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Antes de nada, tenemos tres posturas sobre el origen evolutivo de la mente:

  1. La mente como fruto de la evolución constituye una adaptación al medio. Grave problema: podemos explicar nuestro conocimiento y forma de actuar ordinarias, pero nos sería muy difícil explicar el conocimiento avanzado (el científico) ¿Descubrir las ondas gravitacionales es algo que va a aumentar claramente la eficacia biológica de sus investigadores? Tener un gran conocimiento del mundo a escala mesoscópica parece una gran adaptación pero, ¿para qué a escala cósmica o microscópica? En fin, que si parece que es más fácil y económico conseguir el éxito reproductivo en una discoteca que en un acelerador de partículas… ¿para qué un acelerador de partículas?
  2. La mente es un efecto colateral o epifenómeno de otras adaptaciones al medio. Problema: parece que gran parte de las habilidades cognitivas de un sujeto sí que son adaptaciones… ¿no sería un tanto extraño que la evolución hubiera premiado tanto tener un cerebro tan grande si no tuviera utilidad adaptativa alguna?
  3. La mente es algo bastante complejo y chapucero (realmente son muchas cosas) por lo que contendrá adaptaciones y efectos colaterales de esas adaptaciones y de otras que no tendrán nada que ver con la mente. Problema: es muy difícil diferenciar qué es una adaptación, qué lo fue y ya no lo es, qué lo fue pero ahora lo sigue siendo aunque para otra cosa, etc, etc. No obstante, es el camino a seguir. Ingeniería inversa, historia biológica y adelante.

Aceptando 3, llegamos a tres nuevas posturas con respecto al conocimiento:

  1. Realismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, cómo mínimo, lo suficientemente válido para que hayamos podido sobrevivir. El argumento clásico a favor es decir que si no conociéramos correctamente el mundo no hubiéramos sobrevivido como especie. Parece evidente que si confundes un depredador con una presa, poco durarás en la lucha por la supervivencia. Además, habría cierta evidencia empírica a favor, a saber, comprobar que, en general, tanto nuestros sistemas perceptivos como de toma de decisiones (tanto a nivel consciente como inconsciente) suelen acertar. A pesar de cometer errores, solemos movernos bastante bien en nuestro entorno. Problema: realmente, para sobrevivir, no hace falta tener una información ni completa ni siquiera fidedigna de la realidad (ahora veremos en qué sentido), tan solo la que sea útil para sobrevivir.
  2. Ficcionalismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento fundamentalmente falso acerca de la realidad porque, en general, la mentira es más rentable que la verdad.  Por ejemplo, suele argüirse que las religiones o los patriotismos nacionalistas son teorías falsas que sirven muy bien para cohesionar un grupo y, en consecuencia, mejorar las posibilidades de supervivencia de sus miembros. Problema: la evidencia parece ir al lado contrario: a pesar de que la mentira pudiese ser rentable en casos puntuales, más rentable será la verdad.  No obstante, entendiendo el ficcionalismo tal y como lo entiende Nietzsche, en el sentido de que el conocimiento no es verdadero ni falso, sino como algo diferente, un instrumento al servicio de la vida, es decir, una especie de ficción útil, la cosa no va tan desencaminada y nos lleva a una tercera opción…
  3. Pragmatismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, únicamente, útil para sobrevivir. Parece una imperdonable pérdida de recursos diseñar organismos para conocer toda la realidad. Y, en este sentido, parece más económico hacer un sistema simbólico que impulse a pautas de acción adecuadas para la supervivencia que un sistema que replique la totalidad de lo real. Por ejemplo, parece más barato tener una luz roja que se encienda cuando hay peligro, como puede ser el dolor de garganta ante una infección vírica, que no  un informe detallado de todos y cada uno de los millones de virus presentes en la faringe. El dolor no tiene ninguna similitud, no tiene parecido alguno a un virus y, sin embargo, de un modo biológicamente barato (no hay un gran procesamiento de información) me informa de la presencia del patógeno (o, al menos, de que algo va mal) y, además, me impulsa con mucha urgencia a hacer lo posible por reducirlo.

El pragmatismo, no obstante, tiene que hacer cierta concesión al realismo. Si seguimos con el ejemplo del dolor de garganta, el símbolo «dolor» debe activarse tras la detección veraz de la amenaza, es decir, realmente deben existir virus en mi garganta. Mi organismo, en un principio, debe percibir correctamente lo que le pasa para que «la transformación simbólica» tenga sentido evolutivo.  Aunque a mi consciencia solo llegue un símbolo sin relación alguna con la realidad, mi organismo tiene que «conocer» o interactuar de algún modo con lo real para que tenga sentido mandar la información simbólica.

Objeción: ¿no parece que la cantidad de información que manejamos es muchísimo más alta que la necesaria para la eficacia biológica? El impresionante detalle con la que se nos presenta la información visual… ¿para qué tanta? ¿No hay una enorme inflación informacional?

Posible respuesta 1 : en la clásica carrera armamentística entre organismos luchando por sobrevivir, se perfeccionaron los sistemas perceptivo-cognitivos mucho más de lo que, a priori, pueda parecernos necesario. Si quiero transmitir mis genes, compito con otros, por lo que tanto al combatir con ellos como al competir por pareja he de ser el mejor, por lo que no hay techo en la mejora de cualquiera de mis facultades.

Pero no nos convence: ¿realmente otorga ventaja con mis competidores la nitidez  y riqueza de detalles con la que contemplo la realidad? ¿Qué ventaja me da ante otro tipo con el que me peleo por una hembra distinguir tres tonos de rosa más que él? Está muy bien saber calcular un poquito para sobrevivir pero… ¿para qué sistemas de ecuaciones no lineales? Está muy bien tener visión espacial pero… ¿resolver un cubo de Rubik? Está muy bien tener buena memoria pero… ¿memorizar más de cien mil dígitos de pi?

Posible respuesta 2: Como dijimos al principio de la entrada, mucho de este excedente podría deberse a efectos secundarios de adaptaciones. Por ejemplo, si tengo facultad para imaginar diversos futuros alternativos para escoger la mejor planificación de una acción determinada, también podré imaginar mundos fantásticos sin ninguna utilidad.

Algo mejor pero nos sigue rechinado: parece que en algunos caso podría ser esa la causa pero parece mucha causalidad que, prácticamente, todas nuestras capacidades cognitivas sean muchísimo más avanzadas que lo necesario para sobrevivir y reproducirse: demasiado léxico, demasiada gramática, demasiado cálculo, demasiada imaginación, demasiada cultura…

Creo que la psicología evolucionista todavía no tiene una explicación sólida al excedente de facultades cognitivas propio del ser humano. Recuerdo una entrada en la que hablábamos de cómo el psicólogo Geoffrey Miller intentaba explicar el tema referido al lenguaje humano, y que, al igual que ahora, no nos terminamos de convencer.

La estrategia de la ingeniería inversa, hipótesis metodológica fundamental de la psicología evolucionista tantas veces mencionada por Pinker o Dennett, arrojó una gran luz a la hora de comprender la mente. Dicta así: ante cualquier cosa que te encuentres en el cerebro investiga cuál pudo o puede ser su función evolutiva. Antes no teníamos hipótesis alguna. ¿Para qué valía lo mental? Ahora tenemos vías de investigación. Es el gran legado de Darwin. Sin embargo, las explicaciones de los darwinistas han tenido grandes problemas para investigar ciertas facetas de la mente: ¿Qué utilidad para la supervivencia puede tener la música, el arte, la religión? Las consideradas más altas aspiraciones humanas no parecen poder explicarse bien desde esta perspectiva, más en las sociedades actuales, donde la «lucha por la vida» darwiniana no parece una preocupación esencial en nuestras vidas. Un ciudadano occidental del siglo XXI no se pasa el día pensando en cazar mamuts, protegerse del frío o recolectar frutas y raíces silvestres.

La alternativa habitual es pensar que esas facetas fueron efectos colaterales, epifenómenos de características que sí tienen una función evolutiva evidente. Tener capacidad de imaginarme el futuro o el pasado es extremadamente útil para planificar la obtención de alimento pero también puede servir, accidentalmente, para imaginar historias que nunca ocurrieron y escribir narraciones fantásticas de ciencia-ficción. De este tema ya hablamos aquí con más detenimiento.

Otra forma de entender el tema es pensar que todavía no conocemos del todo la evolución de las especies. Es posible que nuestro conocimiento de la selección natural sea todavía muy precario para, a partir de él, responder todas las grandes cuestiones. En esta línea lo importante será ahondar en nuestro conocimiento de la evolución e intentar comprenderla en toda su complejidad. Una profundización en el tema que ya introdujo Darwin en su bellísimo El Origen del hombre y la selección en relación al sexo es, como ya indica el título, la idea de selección sexual. Los seres vivos no sólo tienen que dedicar sus energías a sobrevivir en el sentido de alimentarse y protegerse de depredadores o elementos nocivos para sus vidas, sino que también, y con la misma importancia, deben encontrar el modo de pasar sus genes a la siguiente generación. No sólo hay que sobrevivir sino que también hay que encontrar pareja. Por eso otra función que podemos encontrar a las facultades mentales en nuestro propósito de ingeniería inversa, aparte de la supervivencia, es la búsqueda de pareja. La selección sexual ejerce una presión selectiva tan importante como la selección natural (si bien se subsume en ella).

Tenemos entonces una nueva hipótesis de trabajo menos explorada que la tradicional. Es la que sigue el psicólogo evolutivo de la Universidad de Nuevo México Geoffrey Miller.  Veamos alguna de sus ingeniosas ideas:

Una de las grandes sorpresas que se llevó David Buss, uno de los principales psicólogos evolutivos en la investigación de la elección de pareja, fue cuando elaboró su magnífico estudio sobre las preferenicas sexuales en treinta y siete culturas de todo el mundo, a finales de la década de 1980, en el que pasó cuestionarios a dieciseis mil sujetos con todo tipo de culturas e idiomas distintos, con diferentes tradiciones e historias; Buss halló que, en todas las culturas, los dos rasgos más deseados de una pareja eran, para ambos sexos, la amabilidad y la inteligencia. No fueron el aspecto físico, ni el dinero, ni el estatus; fueron estos rasgos psicológicos, de importancia universal.

Interesante. Todo el mundo apostaría a que un buen físico, símbolo de salud y fertilidad, estaría por encima de cualquier otra característica. Pero aún más: ¿Podríamos entender el origen de la inteligencia o la amabilidad como ventajas evolutivas para la selección sexual? Seguramente que hemos menospreciado esa idea. Estamos seguros que la inteligencia vale para sobrevivir pero no le dábamos tanta importancia para ligar. Nuestra concepción cambia: no sólo nos hicimos más inteligentes porque es evidente que es mejor serlo para seguir vivos, sino que nos hicimos más inteligentes también para tener más probabilidades de éxito sexual. La selección sexual pudo ir puliendo gradualmente nuestra inteligencia. Miller llega aún más lejos:

Hay un fabuloso número de palabras que hemos aprendido y que no usamos con mucha frecuencia, pero que nos preocupamos de memorizar en su momento, que no parecían muy útiles en nuestra vida normal, pero que aun así utilizábamos de vez en cuando; estas son las palabras que aspiro a explicar: no las 5.000 palabras más útiles, sino las 95.000 palabras ornamentales [un ser humano adulto posee unas 100.000 palabras por término medio según Miller. A mí me parecen demasiadas]. Mi predicción es que, en su mayoría, se utilizan durante el cortejo, esencialmente para lucirse, para mostrar lo brillantes que somos, lo buena que es nuestra capacidad de aprendizaje y nuestra memoria para las palabras. Sabemos donde se encuentran estas palabras en el cerebro: aproximadamente en el área de Wernicke, en ciertas zonas del hemisferio izquierdo; sabemos que existe maquinaria especializada en el cerebro para aprender estas palabras; sabemos que el tamaño del vocabulario es un indicador de inteligencia extremadamente potente, y es el motivo por el que los tests de medición del CI contienen preguntas de vocabulario; en unos pocos minutos de conversación con una persona tomamos el vocabulario que utiliza como indicador bastante fiable de su inteligencia, así que se trata de un aspecto extremadamente útil en la elección de pareja. La hipótesis es que el propio tamaño del vocabulario ha sufrido una poderosa influencia de la selección sexual, y que la mayor parte de las palabras que conocemos no la hemos aprendido por su utilidad para la supervivencia, sino para el cortejo.

Geoffrey Miller,  en un artículo titulado  La selección sexual y la mente

Muy curioso. Parecía difícil de explicar por qué disponemos de léxicos tan amplios, de cerebros capaces de almacenar tal cantidad de vocablos cuando para comunicarnos con nuestros congéneres necesitaríamos bastantes menos. ¿Por qué tantos sinónimos, tantos tipos diferentes de expresar una misma idea, tanta variedad de juegos lingüísticos? ¿Por qué tal riqueza en el lenguaje? Para ligar, para exhibirnos delante de nuestra pretendida pareja cual pavo real mostrando su colorida cola.  Según Miller, no hace falta ser muy guapo, es mejor ser amable y mostrar tu inteligencia con una culta conversación. ¡Hay que ser más pedantes!

Sin embargo, a pesar de que las ideas de Miller y de los demás psicólogos evolucionistas puedan ser interesantes y prometan sugerentes vías de investigación, creo que hay que cogerlas con pinzas. No dejan de ser especulaciones, más o menos atrevidas, que parten de pruebas bastante pobres tanto del conocimiento de nuestro cerebro como de la evolución en general, simplemente porque sabemos todavía demasiado poco de ambos temas. Es posible que la selección sexual haya tenido importancia en el aumento de nuestra inteligencia o la mejora de nuestro lenguaje, pero explicar todo lo que la inteligencia y el lenguaje representan sólo a partir de aquí me sigue pareciendo muy poco y muy arriesgado.