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Definir consiste en delimitar, en predicar una serie de descripciones de un objeto que lo hagan diferente de cualquier otro. Por ejemplo, la RAE define silla como un “Asiento con respaldo, por lo general con cuatro patas, y en que solo cabe una persona”. Lo que se busca con cualquier definición es que, cuando nos encontremos con el objeto en cuestión, sepamos identificarlo al diferenciarlo de todo lo demás. Así, la RAE pretende distinguir una silla de un sofá o de una mesa. Sin embargo, el problema de toda definición estriba en sus fronteras: ¿hay objetos que no serían sillas y que entrarían dentro de nuestra definición? La definición dice que en una silla solo cabe una persona pero, ¿una persona obesa que no cabe en nuestra silla del salón nos impediría seguir refiriéndonos a ella como silla? O quizá en ella caben dos o más bebés… ¿cuál es la medida exacta de una silla para que en ella solo quepa una persona teniendo en cuenta que las personas varían de tamaño?  O, contando con otra variable, ¿dónde estaría el límite que diferenciaría una silla de un sillón? La RAE define sillón como  “Silla de brazos, mayor y más cómoda que la ordinaria”, pero todos sabemos que existen sillas muy cómodas y sillones bastante incómodos, o sillas bastante grandes y sillones pequeños… de nuevo, ¿dónde está el límite que nos permitiera una definición que delimite eficazmente?

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¿Una silla en miniatura seguiría siendo una silla sin que en ella pueda sentarse ningún individuo?

En general, definir es bastante complejo ya que siempre encontraremos esos casos fronterizos, esos objetos que no encajan bien ni dentro ni fuera de nuestra definición. Es lo que pasa con conceptos tan importantes como el de educación (¿todo aprendizaje es educación?), inteligencia (¿es inteligencia la habilidad deportiva o la capacidad de empatía?) o, del que nos vamos a ocupar, el de vida en el sentido biológico. El biólogo Radu Popa hizo un largo estudio publicado en 2004 en el que recogió más de un centenar de definiciones diferentes de vida por parte de multitud de autores interesados en la cuestión. Debería parecernos muy chocante que en una disciplina científica no exista un acuerdo claro entre, al menos, el objeto de su campo de estudio, pero así pasa también en muchas otras (pregunten a un matemático que defina matemáticas o a un físico que defina qué es el universo). Pues, bien, además, de toda ésta amplia variedad de definiciones de vida, ninguna sirve para acotar con absoluta claridad el mundo de lo vivo. Según nos cuenta Antonio Diéguez en su magistral La vida bajo escrutinio, la mayorá de las definiciones tienen en común dos condiciones mínimas esenciales:

1. La capacidad de autorreplicación.

2. La evolución abierta.

El problema es que con solo estas dos clausulas se nos cuelan dentro de la definición un montón de entidades que los biólogos no aceptarían como vivas (moléculas de ADN o ARN sueltas, virus informáticos y cualquier programa de vida artificial…) y dejamos fuera otras entidades tradicionalmente vivas (los híbridos estériles, ciertos insectos sociales que no dejan descendencia o quizá ciertos seres vivos en las fases iniciales de la vida, que no tenían un claro sistema de autorreplicación que permitiera una evolución propiamente darwiniana). La solución consiste en ir añadiendo y perfilando más condiciones: está la famosa definición de vida de Maturana y Varela (apoyada también por Margulis), que hace referencia a la capacidad autopoietica de los seres vivos (capacidad de reconstruirse a sí mismos para mantenerse como una estructura estable); o el desequilibrio termodinámico de Scrhödinger y las estructuras disipativas de Prigogine: un ser vivo será aquel organismo que siempre se encuentra en desequilibrio termoquímico diminuyendo localmente la entropía (estas definiciones insistirían en la idea de metabolismo: intercambiar materia y energía con el entorno). Otros han denunciado que este tipo de definiciones son demasiado formalistas y que no tienen en cuenta el sustrato material de la vida, quizá requisito indispensable para que se de ésta: la química del carbono. Sin embargo, estas posturas “materalistas” caen en lo que se ha llamado “chauvinismo del carbono”, al negar a priori la posibilidad de seres vivos con otro tipo de química diferente (como la del silicio).

El caso es que a pesar de todos estos loables intentos, todavía no tenemos ninguna definición absolutamente válida que marque un criterio de demarcación infranqueable. Antonio Diéguez nos propone la definición hecha por K. Ruiz-Mirazo, J. Peretó y A. Moreno como una de las más elegantes. Un ser vivo ha de cumplir las siguientes claúsulas:

1. Un límite activo semipermeable (membrana).

2. Un aparato de transducción / conversión de energía.

3. Dos tipos al menos de componentes macromoleculares interdependientes, uno capaz de catalizar los procesos de autoconstrucción y otro capaz de almacenar y transmitir la información necesaria para desempeñar estos procesos.

Como vemos, en ella quedan resumidos elementos formales, materiales y autoorganizativos de un modo sencillo. No obstante, estoy seguro, que con un tiempo de reflexión y de búsqueda, podríamos encontrar algún contraejemplo o fisura en la definición. Además, yo le criticaría que las condiciones parecen aisladas. Una definición elegante no debería ser solo una yuxtaposición de propiedades.

Pero, y este es el tema central de esta entrada en el blog, creo que carecer de tan precisa definición no tiene demasiada importancia o, al menos, no tanta como para desesperar y concluir que el asunto es un imposible, o para defender, como muchos han sonstenido, que la biología no tiene nada que decir al respecto (¡la biología no define la vida biológica!). Y es que, como dijimos antes, gran parte de los conceptos importantes para muchas ciencias tampoco tienen una definición absolutamente precisa sin que esto tenga graves consecuencias. Pusimos el ejemplo del concepto de educación. No sabemos con precisión de cirujano qué es educar, pero esto no quita para que en los centros de enseñanza se eduque o para que los padres eduquen a sus hijos. Del mismo modo, con respecto a la vida, no tener la definición superprecisa no implica que los biólogos no puedan hacer su trabajo con total normalidad ni, con respecto a lo que debería ser la utilidad de toda definición, identificar con claridad un objeto. Con las definiciones actuales podemos identificar a la inmensa mayoría de los seres vivos y solo tenemos problemas en determinados casos fronterizos. Por ejemplo, suele citarse el caso de los virus como ejemplo paradigmático. Muchos de ellos son solo una cápsula de proteinas en la que flotan fragmentos de ARN. Un virus puede estar una infinidad de tiempo sin hacer absolutamente nada y, cuando lo hace, siempre necesita un hospedador para que haga todo por él. Así, no metaboliza ni tiene herramientas de replicación propias… ni siquiera trabaja para mantener su estructura autopoietica de forma autónoma. ¿Es, entonces, un ser vivo? No podríamos decirlo, pero eso no implica que no podamos estudiarlo ni que podamos ver que tiene estrechas relaciones con lo vivo. Los virus no suponen problema alguno a la investigación científica por el hecho de no poder catalogarlos bien.

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Otro ejemplo: la propiedad “ser alto” es imposible de delimitar. Podemos, sin duda alguna, afirmar que un hombre que mide 1,97 metros es alto y que un hombre que mide 1,54 no lo es. Sin embargo, si ponderamos que la media de altura del hombre occidental está en 1,75 metros, ¿un hombre de uno 1,749 no será alto mientras que uno de 1,751 sí? Suele decirse que el conjunto de todos los hombres altos es un conjunto borroso, un conjunto que tiene límites en donde hay elementos que no se sabe si entran o no en dicho conjunto. Con el conjunto de todos los seres vivos pasa exactamente lo mismo, pero esto no implica para nada que tener un conjunto así no sea algo válido y útil. Al igual que podemos identificar a los altos que miden 1,97 metros, podemos identificar a los seres plenamente vivos.

No poder definir con precisión no debe ser nunca un obstáculo que paralice la investigación, porque la única finalidad que una definición debería tener es la de ser operativa, funcional, es decir, que permita seguir investigando. Una definición no debería pretender ser más que eso: una etiqueta funcional. Yo estoy completamente seguro que, conforme avance la biología, encontraremos nuevas cualidades de lo vivo que podrán servir de nuevas claúsulas restrictivas que vayan precisando cada vez más nuestra definición. Y, precisamente, descubrir esas nuevas cláusulas será lo valioso, porque cada una de ellas constituirá una nueva perspectiva antes ignorada. Cuando Schrodingër publicó su obra ¿Qué es la vida? intorodujo la física en la biología con su definición de vida como desequilibrio termoquímico. Es una definición muy incompleta, pero eso no quita ni un ápice a lo valioso de su aportación, la cual fue una total revolución en este campo de estudio.

¿Qué es un ser vivo? ¿Qué diferencia establece la barrera entre lo vivo y lo inerte? Pregunta del millón. La respuesta tradicional que todos aprendimos en la escuela se queda ridículamente corta: un ser vivo nace (¿es nacer reproducirse por mitosis o partición? ¿Los virus nacen?), crece (los seres unicelulares se mantienen durante toda su corta existencia más o menos con el mismo tamaño), se reproduce (esta es la que más se acerca) y muere (para contradecirlo tenemos el caso de la inmortal Turritopsis Nutrícola).

¿Por qué definimos entonces a un ser vivo? La mejor definición que he leído hasta la fecha se inspira en la del genial Aristóteles, teniendo unos veinticuatro siglos de antigüedad. Un ser vivo actúa siguiendo un propósito, una finalidad. El estagirita pensaba que ésto era aplicable a todo el universo, y no sólo a los seres vivos, concibiendo un cosmos teleológico en donde todo, desde las piedras hasta las sociedades humanas, funcionaban según una naturaleza intrínseca. Ese fue su error. Ahora pensamos que el mundo inerte no sigue propósito alguno. Los planetas no giran en torno al sol porque lleven a cabo algún plan, sino que giran porque, simplemente, cumplen una serie de normas o leyes naturales que afectan a todos los cuerpos con masa. Los únicos seres que operan siguiendo fines son los vivos (y las máquinas hechas por el hombre).

Pero, ¿qué fin persiguen? ¿Cuál es el propósito de su existencia? Cabría hablar de dos niveles de teleología:

1. Los seres vivos operan para mantener una determinada estructura interna. Una célula realiza una amplia gama de intercambios con su medio en busca de mantenerse siempre igual. Es un sistema homeostático, una máquina que busca autorregularse, mantener un equilibrio interno (que, curiosamente, es un desequilibrio termoquímico). Estar vivo consiste en estar en desequilibrio, en conservar en el tiempo una estructura dinámica, un proceso. ¿Pero qué estructura es esa? Maturana y Varela la han bautizado como autopoiesis: producirse a sí mismos. Así es: la célula está constantemente regenerándose, reparándose, reconstruyéndose una y otra vez, formando un sistema cerrado que cambia de componentes pero no de estructura. La célula eucariota como componente fundamental de los seres vivos constituye una identidad autónoma, una estructura cerrada como un uroboros, como una serpiente que gira sobre sí misma protegiendo siempre su forma de anillo.

2. ¿Y qué sentido tiene mantener esta costosa estructura? También tenemos la respuesta: pasar la información genética a la siguiente generación. La estructura autopoiética encontró la forma de superar la muerte: repetirse lo más posible. Desde el comienzo de la vida en las profundidades de esos océanos inhóspitos en un planeta sin oxígeno en la atmósfera, la vida se las ha arreglado para construir sofisticadísimos sistemas autopoiéticos que tienen la gran virtud de repetirse indefinidamente de modo continuo.

Pensemos el calado profundo de estos dos niveles de finalismo: el único fin de la maquinaria biológica es seguir siendo. La naturaleza viva está tan obstinada en seguir siendo que ha dispuesto que todo su ser sea ese: seguir siendo. Pero, ¿para qué? ¿Por qué perdurar, repetirse hasta la saciedad? La respuesta tradicional desde el darwinismo es que la explicación está en la casualidad: hay una lucha por la supervivencia en la que las estructuras que, por la razón que fuera, consiguen variaciones que les otorgan ventaja, sobreviven más que otras. Si encajamos esto con la autopoiesis podemos decir que la competencia era tal que sólo los organismos que dedicaron toda su estructura a “seguir siendo” fueron los supervivientes, los que vencieron. Tuvo que haber un momento en la historia biológica en la que aparecieron estructuras autopoieticas y, no pudo ser de otra forma, consiguieron un gran éxito en la carrera por la supervivencia.  Lo difícil de explicar, y aquí es donde quiere investigar más profundamente Varela, es este salto que tiene que suceder para dar el paso de organismos ateleológicos a organismos dotados de autopoiesis. La cuestión estará, como siempre, en intentar comprender cómo surgen propiedades emergentes, en cómo de piezas sueltas y caóticas surge algo sistemático, organizado, en cómo pasar del caos al orden, de lo múltiple a lo uno.

Un dato interesante de la teoría de Varela es que él cree que nuestro sistema inmunitario es un sistema autopoiético independiente que vive, por decirlo de alguna manera, en relación simbiótica con nosotros. Tesis controvertida sin duda, pero que nos hace repensar en los límites de nuestra identidad. ¿Yo soy una unidad autopoiética o un conjunto de diversos sistemas también autopoiéticos que pueden ser más grandes que yo como individuo? ¿Formo parte de un ecosistema del que sólo soy una parte funcional? ¿Soy un órgano dentro de un organismo que, al igual que yo, lucha por seguir siendo él mismo?