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Parece errado interpretar nuestra percepción según la metáfora de la cámara de fotos. Ya hace varios siglos que nos dimos cuenta que entender nuestros sentidos como un flujo de información que se transmite desde el exterior al interior, era incorrecto. Y tanto más incorrecto pensar que esa información se transmitía intacta en todo su recorrido, de modo que el exterior se plasmaba en el interior tal como era, es decir, que nuestra percepción era un acceso privilegiado al ser, a la realidad tal cual es.  Esta era la visión de Aristóteles: el sujeto abstraía, “cogía” algo del objeto y lo “introducía” en su entendimiento. Sus críticos la denominaron “realismo ingenuo”.

Hoy pensamos que el proceso direccional de la percepción sigue otros caminos. Imaginemos la conducta de un organismo primitivo, entendiéndola de un modo simple como un mecanismo de estímulos y respuestas. El organismo parte de unas características propias que lo definen en cuanto a tal. Así, cuando actúa en el entorno, recibe respuestas de éste. La selección natural entrará rápidamente en acción premiando las mejores actuaciones y extinguiendo las peores. Entonces tenemos individuos que “ponen las cartas sobre la mesa”, es decir, que ponen todo su organismo en juego, y la selección escoge quién gana y quién pierde la partida. La dirección de la actuación va del organismo a su entorno, siendo devuelta por éste. Siendo la percepción un modo como otro cualquiera de actuar en el mundo, la dirección seguiría siendo la misma. El organismo tiene “un mundo interno” que lanza al exterior a la espera de respuesta.

Pero esto no tiene por qué llevarnos a la postura radicalmente opuesta al realismo aristotélico: el idealismo. Esta postura sostiene que todo nuestro mundo mental y perceptivo es una proyección exclusiva del sujeto, no teniendo “el mundo externo”, ninguna intervención en nuestra mente. Es más, incluso se llega a dudar de la existencia de tal “mundo externo”. No, nuestra mente (aunque mejor sería decir nuestro organismo al completo) es fruto de un intercambio entre el sujeto y el objeto. Es cierto que parte del sujeto, de nuestro “mundo interno”, pero el “mundo externo” la moldea. El término correcto para hablar de esta relación es el de retroalimentación.

Pongamos un ejemplo muy ilustrativo sobre la neurobiología de la visión. La mayoría de la gente piensa que nuestra percepción visual es un proceso que comienza por un estímulo externo que es captado por los fotoreceptores del ojo y que viaja por el nervio óptico, pasando por diferentes partes del cerebro hasta terminar en algún profundo lugar del córtex visual. Falso: el estímulo nervioso no sigue una línea recta del ojo al córtex situado en la nuca, sino que en su procesamiento participan muchas partes del cerebro en el que la información va y viene, yendo en múltiples direcciones, e incluso volviendo hacia atrás muchas veces. Los neurólogos llaman a esto reentrada (Edelman insiste muchísimo en ello). La información hace bucles, recorridos de retroalimentación. Profundicemos en el ejemplo: cuando soñamos, se activan áreas cerebrales avanzadas en el procesamiento (como sería lógico) pero, curiosamente, también se activan áreas de visión primarias. Aquí la dirección va “marcha atrás”, haciendo que zonas preparadas para la recepción inicial de información “generen alucinaciones” guiadas por zonas secundarias. ¿Qué diferenciaría entonces la alucinación de una percepción visual real? Nada, en un sentido mental: ambas son percibidas por el individuo de la misma manera (un enfermo mental que tiene alucinaciones no puede distinguir la realidad de la ficción), pero todo en un sentido pragmático: percibir que hay una pared delante de ti hace que no te choques con ella. Cuando nos chocamos, todo nuestro mecanismo de reentrada (o una parte de él) se reestructura, se moldea para que la próxima vez que nuestro organismo se encuentre con algo parecido sepa actuar.

Nuestra mente tiene la gran virtud de poder anticiparse al futuro, puede conjeturar hipótesis o expectativas de cómo se comporta la realidad. Funciona siguiendo un patrón hipotético-deductivo: partimos de una hipótesis inicial de cómo funciona el mundo, la verificamos mediante la acción, y si nuestra hipótesis es falsada, modificamos la hipótesis inicial y así sucesivamente hasta que la hipótesis funcione. De este modo, nuestra “imagen del mundo” no es plenamente objetiva, no es recibir información real del mundo y plasmarla en un teatro cartesiano. Nuestra “imagen del mundo” es una “invención de la mente” que se ha ido moldeando tras cientos de miles de años de selección natural. Es una “ficción útil” que no es fruto ni del individuo ni del mundo externo, sino de la interacción entre ambos. Cabría entender esta ficción como un sistema homeostático y autopoiético que lo que busca es adaptarse al entorno, siendo capaz de autoregularse y modificarse a sí mismo en pro de sus objetivos. Su mejor característica es su extrema flexibilidad para cambiar en virtud de los contratiempos del entorno.