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“Creo que la capital de China es Berlín”

Estoy equivocado y puedo no ser consciente de que estoy equivocado. Puedo creer con suma certeza que Berlín es la capital de China y no suponer la ridícula gravedad de mi error. Sin embargo, parece impensable que yo esté equivocado en la siguiente aseveración:

“Sé que creo que la capital de China es Berlín”

Téngase muy en cuenta que la frase no empieza por un “creo que” sino por un “sé que” aumentando el grado de certeza de la afirmación. No lo creo, estoy seguro que creo esto. Todo el mundo podría decirme que la capital de China no es Berlín, pero nadie podrá sostener que yo no creo que sea Berlín. La certeza de que creo en lo que creo, de que pienso lo que pienso o siento lo que siento parece absoluta. Eso mismo afirmó Descartes con su famoso “Cogito ergo sum”. Todas mis creencias pueden ser falsas, pero nadie puede dudar de que las tengo.  ¿Seguro? Despegamos.

Descartes afirmaba que podíamos poner en duda todo lo que observamos por los sentidos. Podría darse que estemos soñando o teniendo una alucinación y que lo que creo ver en un lugar no esté realmente en tal lugar. Sin embargo, de modo, acrítico no ponía en duda lo que observamos “en nuestra mente”. La creencia de que Berlín es la capital de China es “captada” por nosotros al igual que un árbol delante de nuestros ojos. Sin embargo, para Descartes se podía dudar de la existencia del árbol pero no de la existencia de una creencia. Al igual que un genio maligno podría poner ese árbol donde realmente no está para torturarnos, ¿por qué no podría hacer lo mismo con nuestros pensamientos? ¿No podría colocar en mi mente creencias que realmente no tengo? Descartes parece tratar, injustificadamente, de desigual forma percibir mediante los sentidos que percibir “en la mente”.

Del mismo modo que podemos decir que soñamos que estamos volando por encima de la ciudad, siendo eso falso, podríamos decir que soñamos que creemos que creemos que Berlín es la capital de China. Es exactamente lo mismo y Descartes parece no darse cuenta.

Christopher Nolan, narra en su película Inception (2010) que sería posible entrar en los sueños de una persona y depositar en ellos una idea que el sujeto, en principio, no tiene. Así, los protagonistas entran en su mundo onírico y pasan mil y una peripecias hasta “convencer” a un rico heredero de que debe renunciar a seguir con la empresa de su padre. La víctima de tal “asalto mental” cree, al principio de la película, que debe seguir con el proyecto paterno. Sin embargo, al final, cuando los protagonistas cumplen su misión, cree que debe abandonar ese proyecto y comenzar uno propio. El genio maligno de Descartes habría realizado su obra maestra: hacer que alguien crea algo que realmente no cree.

Hay que aceptar de una vez por todas la incertidumbre: un mundo sin certezas, sin ningún punto seguro desde el que asomarse. Fue un gran error del pensamiento moderno obsesionarse con la certeza, obsesionarse con la búsqueda de un conocimiento incuestionable cuando, precisamente, lo más interesante surge de las diversas perspectivas, de los problemas intelectuales que surgen ante cualquier cuestión. La ciencia sería muy aburrida si solo constara de un conjunto de certezas. Dios ha sido muy cruel con los inseguros, pero muy generoso con los curiosos.

1. Las escenas de acción, de gran peso en la cinta, están pésimamente rodadas. Cuando aterrizan en el sueño del atontado Cilliam Murphy (al que engañan con una facilidad ridícula) van subidos en un taxi que es atacado por varios tipos armados con fusiles de asalto desde unos pocos metros (prácticamente a quemarropa). Lo normal es que todos hubieran muerto en cuestión de segundos pero, después de varios minutos de tiroteo, el único que sale herido es el personaje de Ken Watanabe.  La poca eficacia de la defensa militarizada del subconsciente hace que en ningún momento temas por la consecución de la misión y que la película acabe por hacerse aburrida. Y es que parece un error que una cinta de acción no tenga un villano combativo (quitando quizá a la suicida Morion Cotillard), siendo los malos un conjunto abstracto de estúpidos pseudosoldados que no dan miedo ni a mi sobrina de tres años.

2. El mundo de los sueños no es así. Cuando se está soñando uno está en el salón de su casa viendo la tele para, un segundo después, estar volando por el cielo del Amazonas y, otro segundo más tarde, ser perseguido por un rinoceronte en una calle de Londres. Es decir, los sueños son incoherentes, ilógicos, fantasiosos, borrosos… En Origen, los sueños son absolutamente reales, de una precisión geométrica, realidades paralelas idénticas a la realidad misma.  Los protagonistas se pasan horas hablando de las reglas de algo que, desde luego, no son los sueños. ¿Desde cuándo tiene tanta importancia el urbanismo cuando dormimos?

3. Creo que una buena película no necesita estar más de la mitad de su metraje explicándose a sí misma (peor aún si lo hace usando a los personajes como profesores del espectador). Creo que una buena película debe explicarse mediante el propio lenguaje cinematográfico, mediante el desarrollo del propio argumento, mediante ese bello juego de imágenes, sonido y palabras que es el buen cine, y no sólo mediante un Di Caprio en plan profe de primaria.

4. La banda sonora (que no está mal) intenta paliar sin éxito la falta de intensidad de la acción. Te asedian sonidos que expresan una desgarradora tensión en momentos que, dado el desarrollo narrativo de la película, no la tienen.

5. Todos los personajes, menos el de Di Caprio, son absolutamente planos, no tienen rasgo definitorio alguno. Y, el de Di Caprio, lo único, es el tormento por la muerte de su esposa y el deseo de ver a sus hijos. Ningún rasgo personal más en los siete personajes principales.

6. Todos los personajes son superhéroes: aparte de su “formación onírica” en la “universidad onírica” todos tienen una formación militar excelente: conducen con la pericia de Alonso, saben usar diferentes armas y explosivos (hasta bazookas), artes marciales, motos de nieve, esquiar…  Eso los hace aún menos creíbles.

7. El mundo que crean Di Caprio y su mujer… cincuenta años para crear el mundo de tus sueños… ¡Y crean una amalgama laberíntica de rascacielos! ¿Ese es el mundo onírico ideal de alguien?

8. La película no es nada original. Si has visto Matrix, Dark City, Abre los ojos u Olvídate de mí (Michel Gondry) habrás visto películas mejores que Origen y de las que ésta se nutre sin demasiado pudor. El tema del sueño dentro de un sueño está bastante trillado desde Calderón de la Barca.

9. Después de tanta parafernalia y tanta explicación, la historia es terriblemente simplona. Bajo esa aparente complejidad todo es hasta ingenuo, superfluo. Nolan nos engaña, presentándonos con barroca grandilocuencia algo finalmente insustancial. La trama más profunda, la de Di Caprio con su mujer, es muy predecible. Desde mitad de película, uno ya se imagina la escena en que  se reconcilian y Cobb la deja marchar.

No obstante, a pesar de estos graves defectos, Origen es una buena película que merece la pena ver. Sus efectos visuales son muy buenos (la ciudad que se pliega sobre sí misma o las peleas sin gravedad molan), el montaje es soberbio (Nolan es un experto en ello desde Memento, película muy, muy recomendable) y, a pesar de ser complicada, te enteras bien de lo fundamental de la trama (es un acierto que los tres niveles de sueño se encarnen en escenarios visualmente muy diferentes). Me gusta esa furgoneta que nunca termina de caer, la elegancia de un encantador Joseph Gordon-Levitt con chaleco luchando contra la gravedad en un ascensor; o que la película dé para varias lecturas y discusiones, más cuando introduce una buena serie de conceptos como tótem, limbo, patada, arquitecto, etc.  que, quizá por su ambigüedad más que por otra cosa, dan para varias sobremesas de controversia. No abunda el cine que invita a pensar.

Me gusta la idea de que, en los sueños, el tiempo pasa mucho más despacio, de modo que lo que en la realidad son unos minutos, en los sueños pueden ser horas, años e incluso décadas. Si pudiéramos controlar el ritmo del tiempo, bajando niveles de sueños dentro de sueños, ¿no podríamos llegar a la inmortalidad? No se trataría de parar el tiempo real, sino de parar nuestra percepción del mismo… Si pudiéramos crear un sueño en el que el tiempo fuera infinito habríamos conquistado la eternidad, y así, sub specie aeternitatis, nuestra vida real no sería más que una mota de polvo, una nada en la eternidad de nuestros sueños. Esta idea da, sin lugar a dudas, para unas cuantas películas más.