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Ines Arrimadas

Somos politólogos y estamos trabajando para asesorar a un prometedor líder político de un partido emergente. Como somos politólogos de verdad (y no freudo-marxistas ni post-estructuralistas), nos ponemos a analizar campañas y resultados electorales de los últimos años. Por gracia de las ciencias de la computación disponemos de una enorme base de datos en donde están recogidas todas las campañas políticas de todos los países en los últimos, pongamos, veinte años. Disponemos de todo: todas las características físicas y biográficas de los candidatos, todos sus discursos, mítines, apariciones en medios de comunicación… El nivel de detalle de nuestra base de datos es asombroso: tenemos incluso datos acerca de qué ropa llevaban cada día de campaña, todas y cada una de las palabras que dijeron, información acerca de sus expresiones faciales, frecuencias de sus voces… Tenemos una ingente cantidad de variables, teras y teras de información.

¿Qué hacemos con ella? Poner a trabajar a una IA. Disponemos de un veloz programa encargado de buscar correlaciones entre cualquier conjunto de variables y los resultados electores.  Es lo que se conoce como data mining: buscar patrones significativos entre grandes cantidades de datos ¿Qué tenían en común todos aquellos que alguna vez ganaron unas elecciones?

Pero antes una digresión. Uno de los resultados más sugerentes de los experimentos con cerebros escindidos de Michael Gazzaniga, es que tenemos la tendencia a justificar las causas de nuestras acciones a posteriori, prefiriendo dar una explicación cualquiera, aunque sea mentira, que quedarnos sin explicación. Hemos hablado ya muchas veces de estos experimentos pero no me canso de contarlos de nuevo ya que creo que aún no los hemos llevado a sus máximas consecuencias teóricas. En uno de ellos, al ojo izquierdo del paciente comisurotomizado (vaya palabrita) se le mostraban una serie de fotografías de mujeres desnudas. La información era recibida entonces únicamente por su hemisferio cerebral derecho, generando una respuesta: risita nerviosa. El hemisferio izquierdo captaba la risita pero no su causa. Cuando el investigador le preguntaba el porqué de la risa, el paciente se inventaba una explicación: “Me hace usted unas preguntas tan extrañas que me entra la risa”.  Existen múltiples factores inconscientes que determinan nuestra conducta y que ignoramos completamente. Es más, nuestra parte consciente tiende a ocultarlos y a buscar, siempre que puede, explicaciones basadas en decisiones libres y conscientes.

Hemos encontrado correlaciones tales como que quien vive en el Estado de Virginia tiene más probabilidades de tener un nombre que empiece por “v” o que quien tiene un nombre que comienza por “d” tiene más probabilidades de ser dentista (según Pelham, Carvallo y Jones para Psychological Science, 2005). Por poner algunos ejemplo más (si bien el lector puede encontrar una abundantísima literatura al respecto), las personas tienden a elaborar juicios morales más severos  si en la habitación en la que reflexionan hay un ambiente cargado y maloliente  (Simone Schnall para Personality and Social Psichology Bulletin , 2008), o tienden a hacer menos trampas si se les dice que hay una presencia sobrenatural invisible que les observa (Jesse Bering, 2005). Cualquier persona que viva en Virginia y que haya puesto a su hija el nombre de “Victoria”, siempre dirá que eligió ese nombre “porque de siempre le había gustado mucho” o “porque le recuerda algo bonito”, nunca dirá nada relacionado con el nombre del Estado de Virginia. Igualmente nadie reconocerá que eligió ser dentista porque se llama “David”, sino porque “siempre ha sentido esa vocación”.

Volvemos a la politología. Exactamente igual, los votantes pueden tomar la decisión de votar a tal o cual candidato en función de motivaciones inconscientes que ignoran completamente, más cuando ya hemos mostrado lo realmente difícil que es hacer una votación plenamente racional.  Supongamos que, después de semanas de procesamiento de datos, nuestra IA encuentra una absurda pero fundamental correlación: sin excepción alguna, en todas las elecciones democráticas celebradas en el mundo en los últimos veinte años, el candidato que en algún momento de la campaña ha combinado una corbata verde con unos pantalones azul marengo, ha obtenido entre un 20 y un 25% más de votos que en elecciones anteriores. No tenemos ni idea de la causa (desconocemos muchísimo de cómo funciona nuestro inconsciente) pero no nos importa. Estamos trabajando para nuestro candidato y, aunque no sabemos si es una estupidez o no, no perdemos nada, así que le decimos que en el siguiente mitin se ponga la corbata y los pantalones del color correspondiente. Para nuestro regocijo, llega el día de la votación y los resultados se cumplen siguiendo la correlación marcada: conseguimos un 23,4% más de votos y ganamos las elecciones. Nuestro cabello se eriza y se nos seca la boca: ¡tenemos el arma electoral definitiva! Tenemos la clave para poner y quitar gobiernos en cualquier nación democrática…

Independientemente de todas las pegas y matizaciones que se puedan hacer a nuestro rocambolesco supuesto, sabemos que desde los orígenes de la democracia griega, se utilizan estrategias retóricas para convencer al electorado, estrategias que intentan evadir nuestra parte racional consciente para adentrarse en nuestras motivaciones inconscientes. Los actuales asesores de campaña de los políticos, sin utilizar todavía inteligencias artificiales en data mining (o seguro que ya sí) conocen un sinfín de parámetros que garantizan un mejor resultado o que llevan directamente al desastre, y los utilizan constantemente.

La cuestión es: si, entonces, la mayoría de las votaciones se realizan siguiendo motivaciones inconscientes tan esperpénticas como pudiese ser el color de una corbata y unos pantalones, ¿qué validez tendría la democracia? Si existen partidos que  poseen conocimiento tal que pueden obtener un significativo número de votos apelando a nuestros inconscientes, mientras que otros partidos no lo poseen, ¿no sería lícito hablar de fraude electoral?

Consideremos la actividad que caracteriza una nación en cualquier momento. Las fábricas están en marcha, las líneas de telecomunicaciones zumban de actividad, las empresas despachan productos. La gente come constantemente. El alcantarillado encauza nuestros desperdicios. Por las grandes extensiones del territorio, la policía persigue a los delincuentes. Se cierran tratos con un apretón de manos. Hay encuentros amorosos. Las secretarias filtran las llamadas, los profesores dan clases, los atletas compiten, los médicos operan, los conductores de autobuses circulan. Puede que desee saber lo que ocurre en cualquier momento en su gran país, pero es imposible que asimile toda la información a la vez. Y aunque pudiera, no le sería de ninguna utilidad. Quiere un resumen. Así que agarra un periódico: no algo denso como el New York Times, sino algo más ligero como el USA Today. No le sorprenderá comprobar que ninguno de los detalles de toda esa actividad figuran en el periódico; después de todo, lo que quiere conocer es el resultado. Quiere saber que el Congreso acaba de de aprobar una nueva ley impositiva que afecta a su familia, pero el origen detallado de la idea – en la que participan abogados, corporaciones y obstruccionistas – no es especialmente importante para el resultado. Y desde luego no quiere conocer todos los detalles del abastecimiento alimenticio del país – cómo comen las vacas y cuántas nos comemos -, lo único que quiere es que le adviertan si hay un brote de la enfermedad de las vacas locas. No le importa cuánta basura se produce; lo único que le interesa es si va a acabar en su patio trasero. Poco le importa la instalación eléctrica y la infraestructura de las fábricas; sólo si los trabajadores se ponen en huelga. Eso es lo que le cuentan los periódicos. Su mente consciente es ese periódico.

[…] Sin embargo, es un lector de periódico bastante peculiar, pues lee el titular y se atribuye el mérito de la idea como si se le hubiera ocurrido a usted primero. Alegremente dice: “¡Se me acaba de ocurrir algo!”, cuando de hecho su cerebro ha llevado a cabo un enorme trabajo antes de que tuviera lugar ese momento genial. Cuando una idea sale a escena, su circuito nervioso lleva horas, días o años trabajando en ellas, consolidando nueva información y probando nuevas combinaciones. Pero usted se la atribuye sin pararse a pensar en la inmensa maquinaria oculta que hay entre bastidores.

[…] Tal como lo expresó Carl Jung: “En cada uno de nosotros hay otro al que no conocemos”. Tal como lo expresó Pink Floyd: “Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo.”

David Eagleman, Incógnito

Si queréis más reflexión sobre esta forma de entender la mente, aquí.

Los pacientes que son ciegos debido a una lesión en las partes visuales superiores del cerebro refieren que no tienen en absoluto ningún sentido visual. Cuando se les pide que cojan un objeto situado en su campo visual, como un lápiz luminoso, preguntan a qué nos referimos, ya que no pueden verlo. Si, no obstante, se les dice que adivinen e intenten agarrarlo de todos modos, suelen realizar con éxito esta tarea en un porcentaje muy superior al que se derivaría de la pura suerte. De hecho, algunos pacientes agarran el lápiz luminoso nueve de cada diez veces, aunque en cada ocasión refieran que no tienen ni idea de dónde se halla el objeto y que intentan adivinarlo al azar. La explicación parece ser que el antiguo sistema visual, situado en el cerebro medio, se halla intacto en estos pacientes y los guía a la hora de asir el objeto, aunque, como esta región no está interrelacionada con las áreas superiores del cerebro, estas personas no tienen una conciencia clara de la ubicación del lápiz luminoso.

En El cerebro accidental de David Linden

Cada vez tengo más clara la idea de lo poco que controlamos a nivel consciente. Somos una máquina automática con una lucecilla arriba que no se entera de prácticamente nada aunque, la pobre, se vanagloria de tener el control absoluto.

PD: ¿No podría verse este experimento como otra prueba a favor de la ilusión del libre albedrío? El ciego está convencido de que elige libremente buscar el lápiz luminoso en tal o cual sitio cuando sabemos que su cerebro medio es el que ha hecho todo.

Para más razones véase El yo no es un comandante… es un farsante