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Como ya dijimos en una ocasión, la democracia es el único sistema político que, por suerte y por desgracia, únicamente valora tu derecho a decidir sin entrar en valoraciones sobre las razones que justifican tal decisión. Dicho de otro modo, la democracia te deja decidir aunque las razones de tu decisión sean una soberana gilipollez.  Esta idea es la clave para entender el problema catalán.

Los independentistas catalanes defienden la independencia en base a una serie de ideas. La primera, e incontestable, es que todo el mundo tiene derecho a elegir quién les gobierna y, dado que la estructura de gobierno actual es el Estado-Nación, todo el mundo tiene derecho a elegir en qué Estado-Nación quiere ser gobernado. Yo, si me place, me puedo nacionalizar holandés. Perfecto, pero el problema está en qué razones puedo alegar para justificar mi disconformidad con el Estado-Nación que actualmente me gobierna y mi deseo de fundar una nuevo. Las razones que suelen esgrimir los independentistas son las siguientes:

1. El Estado español nos oprime económica y políticamente. Lo primero es netamente falso: hay diversos estudios y publicaciones que demuestran con claridad que no hay ningún tipo de saqueo de las arcas catalanas por parte del Estado español. Y lo segundo también lo es: parece muy evidente que a un catalán, el Estado no lo oprime más que a un extremeño o a un castellanoleonés. En cualquier caso, nos oprimirá a todos por igual, pero, en fin, el sistema político español, con sus grandes defectos, es una democracia representativa con elecciones periódicas, libertad de religión, opinión, prensa, etc. Yo, en general, nunca me he sentido especialmente oprimido ni me parece vivir en una dictadura.

2. Pertenecemos a una cultura muy diferente a la española. Igualmente falso: en esta era de globalización las diferencias culturales, si las hubiera entre España y Cataluña, están disminuyendo a una velocidad abrumadora. Un catalán y un extremeño ven Antena 3, usan Whatshapp Facebook, van al cine a ver El Llanero solitario, leen 50 Sombras de Grey, beben cerveza en el bar mientras ven el fútbol, se casan, tienen hijos, trabajan en empleos similares, etc. Es decir, las diferencias culturales son nimias.  Pero es que aunque así no fuera, ¿por qué que tu cultura sea diferente justifica el hecho de no querer convivir con personas de distinta cultura? No hay nada más alejado del ideal intercultural y cosmopolita deseable por cualquier persona con dos dedos de frente. Seguir la fórmula: si soy diferente no quiero juntarme con los demás, es cerrarse al enriquecedor intercambio cultural que suele hacer avanzar las civilizaciones.

3. Tenemos una historia pasada propia y diferente a la española. Seguramente que es imposible entender la historia de Cataluña sin la de España, pero aunque eso fuera cierto, estamos igual que en el punto anterior: ¿Por qué tener una historia diferente justifica no querer convivir con personas con distinta historia? Pero, es más, no creo que sea muy positivo fundar tu patriotismo en la supuesta gloriosa historia pasada de tu país (lo cual, por cierto, si es propio de las dictaduras, sobre todo de la nuestra). La verdad es que yo no tuve nada que ver en las “glorias” o “miserias” del imperio español o del reino de Cataluña, yo no luché en Lepanto ni en Trafalgar y, con toda seguridad, tengo más en común con un japonés actual que con un ciudadano de la Castilla de Carlos V. Además parece mucho más lógico, y positivo, fundar el sentimiento patriótico en cosas como la defensa de la democracia, la libertad o los derechos humanos y no en banderas, himnos o folklore. Es el famoso patriotismo constitucional de Habermas que ya venía de la idea del sentimiento de respeto a la ley de Kant.  No creo que tengamos que luchar tanto por un “nosotros” como por el bien de todos los seres humanos, sencillamente porque en frente de un “nosotros” siempre habrá un “ellos” que será el enemigo a batir.

4. Tenemos una lengua común diferente al castellano que ha sido maltratada históricamente. Bien, luchemos porque esa lengua perviva pero, ¿por qué hacerlo separados? A la hora de qué idioma debe primar en la educación catalana lo más razonable sería garantizar que cualquier ciudadano pudiera elegir la lengua en la que ser educado. Si el catalán ha sido maltratado la solución no puede ser maltratar ahora el castellano. No puedo entender como aquí los independentistas son tan poco pragmáticos: ¿no aprender castellano, una lengua con más de 400 millones de hablantes, la lengua que hablan tus más inmediatos vecinos?

5. Queremos tener más soberanía, más autogobierno: mejor sabremos gobernarnos nosotros mismos que no desde otras instancias lejanas como pueda ser Madrid. En una época en la que la tendencia política es la de construir entidades supranacionales con el fin de enfrentarnos a problemas cada vez más globalizados parece absurdo tomar la dirección opuesta. Cataluña tendrá problemas locales que ellos, mejor que nadie, sabrán gestionar. Sin embargo, también se enfrentará a problemas de ámbito más global que se afrontarán mejor desde instituciones más grandes. La solución más razonable parece estar en salir del deficiente y confuso estado de autonomías para conformar un eficaz sistema federal. En este caso, además, los independentistas caen en cierta paradoja: no quieren que España les gobierne, sin embargo están dispuestos a ceder soberanía a la Unión Europea… ¿quieren autogobierno o, tan solo, cambiar de amo?

6. Existe un nacionalismo españolista que nos odia. Es muy posible, pero mantener las mismas tesis que ese españolismo solo cambiando el nombre de España por Cataluña no parece lo más inteligente. Al nacionalismo españolista se lo combate desde un universalismo cosmopolita que yo creía, ingenuamente, estaba muy bien representado por la burguesía catalana.

En resumen, si el independentismo catalán es una postura política legítima (como cualquier otra), no tiene la suficiente base racional que sustente y, lo que es mucho peor, tiene ciertas similitudes con los regímenes de ideología fascista, no en su talante violento y militarista, pero si en elementos como la exaltación de las ideas de nación o de cultura propia, de pertenencia a una comunidad maltratada históricamente (victimismo en toda regla), presencia de un chivo expiatorio al que culpar de todas las desgracias (el Estado español en este caso), etc. que termina por llevar a conflictos y confrontaciones donde no hay razones reales para que los hubiere.