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Quizá por mi mentalidad moderna no me cuesta demasiado comprender el universo como una enorme maquinaria. Es fácil imaginarse átomos moviéndose según una serie de leyes, engranajes y palancas, fuerzas y aceleraciones; y tener en el cerebro la representación mental similar a la del plano que hace un arquitecto o ingeniero: formas geométricas, esquemas, símbolos y fórmulas matemáticas. Es el cosmos que nos dejó la revolución científica en sus primeros siglos, el universo de James Watt y de Isaac Newton. Es el cosmos en el que nos han educado.

Sin embargo, y quizá por la misma razón, me cuesta muchísimo imaginarme el universo desde el paradigma previo al mecanicismo. Antes de que Copérnico y Galileo dieran a luz un mundo radicalmente nuevo, se entendía el cosmos como un gran ser vivo, como un organismo biológico. ¿Cómo es posible imaginarlo todo como algo viviente cuando, precisamente, andamos como locos buscando un resquicio de vida en la inmensidad de un espacio dominado por lo inerte? Platón nos ofrece un texto maravilloso en el Timeo donde aporta razones para defenderlo:

Y lo ha combinado así [su constructor], primero para que el Todo fuera en lo posible un viviente perfecto, formado por partes perfectas; en segundo lugar, para que fuera único, sin que fuera de él quedara nada de lo que pudiera nacer otro viviente de la misma clase; y finalmente, para que se viera libre de vejez [eterno] y enfermedad [incorruptible] […]. Ésta es la razón de que Dios haya formado el mundo en forma esférica y circular, siendo las distancias por todas partes iguales, desde el centro hasta los extremos. Ésta es la más perfecta de todas las figuras y la más completamente semejante a sí misma. Pues Dios pensó que lo semejante es mil veces más bello que lo desemejante. En cuanto a la totalidad de la superficie exterior, la ha pulido y redondeado exactamente, y esto por varias razones. En primer lugar, el mundo no tenía ninguna necesidad de ojos, ya que no quedaba nada visible fuera de él, ni de orejas, ya que tampoco quedaba nada audible. No lo rodeaba ninguna atmósfera que hubiera exigido una respiración. Tampoco tenía la necesidad de ningún órgano, bien fuera para absorber el alimento, bien para expeler lo que anteriormente hubiera asimilado. Pues nada podía salir de él por ninguna parte, y nada tampoco podía entrar en él, ya que fuera de él no había nada. En efecto, es el mundo mismo el que se da su propio alimento por su propia destrucción. Todas sus pasiones y todas sus operaciones se producen en él, por si mismo, de acuerdo con la intención de su autor. Pues el que lo construyó pensó que sería mejor si se bastaba a sí mismo que no si tenía la necesidad de alguna cosa. No tenían para él ninguna utilidad las manos, hechas para coger o apartar algo, y el artista pensó que no había necesidad de dotarle de estos miembros superfluos, ni le eran tampoco útiles nos pies, ni, en general, ningún órgano adaptado a la marcha […]. Por esa razón, imprimiendo sobre él una revolución uniforme en el mismo lugar, hizo que se moviera con una rotación circular.

Está claro: ¿para que iba a tener ojos, pies o manos el universo? ¿A dónde iba a ir, qué iba a coger o qué iba a ver si Él es todo lo que hay? ¿Y qué forma iba a tener sino la más bella de todas, la esfera, girando en movimiento rotatorio circular y uniforme? Platón también muestra un animal autosuficiente, enzarzado en un proceso cíclico de creación y destrucción… ¡un universo homeostático! ¿No se ve aquí, en el siglo VI a. C., la hipótesis de Gaia?