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ARTE CANINO

En su famoso ensayo El anillo del rey Salomón, Konrad Lorenz distingue entre tres niveles de lenguaje.  Por un lado está el lenguaje simbólico, propio de los humanos, que se distingue por su versatilidad, riqueza y complejidad.

Animales como la mayoría de las aves tienen un lenguaje que, únicamente, se limita a las interjecciones. Emiten sonidos que expresan determinados estados de ánimo sin ningún tipo de intencionalidad consciente de influir en la conducta de otros. Cuando perciben la llegada de un enemigo, emiten un determinado sonido que, al ser oído por otros miembros de su misma especie, les incita a a la huida. El fin evolutivo es evidente, pero el pájaro no lo hace con esa intención, pues sabemos que emite ese mismo sonido incluso si está solo, sin ningún congénere cerca que pueda escucharlo. El ave tiene la emisión de esos sonidos marcada de modo innato en su ADN. No puede no emitirlos. Nosotros mantenemos aún algunas conductas similares aunque ya muy reducidas. Por ejemplo, cuando sentimos dolor y gritamos lo hacemos mecánicamente, aunque nadie pudiese escucharnos.

Después están animales sociales como los perros. No tienen un lenguaje simbólico como el nuestro pero son capaces de comunicarse intencionadamente. ¿Cómo conseguirías comunicarte si no pudieras hablar ni entender lo que los demás te dicen? Siendo un especialista en gestos, en detectar toda información no lingüística que seas capaz de captar en tu interlocutor. Lorenz nos cuenta multitud de ejemplos en los que perros muestran habilidades casi “telepáticas” a la hora de interpretar los estados de ánimo de su dueño. Seguramente, los perros son muy sensibles al más mínimo gesto que delate nuestro estado emocional. Según Lorenz, esta habilidad de los canes es  muy superior a la de los humanos. Los perros son más intuitivos y más empáticos que nosotros.

Así, mi perra pastor “Tito”, tatarabuela del perro que hoy tengo, conocía exactamente, y por medios que podemos calificar de “telepáticos”, si la presencia de una persona me atacaba los nervios. Cuando ocurría ésto, nada podía evitar que le mordiera por detrás, con suavidad, pero con decisión. Era especialmente peligrosa para las personas ancianas y de autoridad, que en sus discusiones conmigo adoptaban la clásica actitud de “por lo demás, tú eres muy joven”: si un extraño se expresaba de este modo, pronto dirigía la mano, asustado, hacia el lugar donde había percibido puntualmente el castigo de “Tito”. No me pude explicar nunca cómo se producía esta reacción, manifiesta incluso cuando la perra estaba bajo la mesa y, por tanto, no podía ver las caras ni los gestos de los interlocutores. ¿Cómo sabía, pues, quién era el que me hacía la contra?

Lo interesante del planteamiento de Lorenz es que en los seres humanos, cuando llegó el lenguaje simbólico, al ser mucho más eficaz en términos de polivalencia y riqueza comunicativa, nuestra facultad de detección de  intenciones y emociones ajenas fue utilizándose menos, perdió su función evolutiva y, a la postre, se atrofió. Y esto es una muestra más del funcionamiento de la evolución natural. A todos nos parecería maravilloso tener la capacidad empática del perro. Sería una cualidad muy útil para desenvolvernos socialmente (de hecho, las personas que, a nivel humano, la tienen alta, son sujetos con grandes habilidades sociales). ¿Por qué no unir nuestra capacidad lingüística con esa intuición empática que ya tuvimos en nuestra época de mamíferos primitivos? Porque la evolución no funciona así, no produce seres más perfectos, sino seres más eficientes en términos adaptativos. Quizá mantener ambas facultades a la par era muy costoso, viendo que simplemente con el lenguaje simbólico nos iba bastante bien. Como ya mostramos aquí, la evolución ha dejado en el camino estupendas adaptaciones, sencillamente, porque no eran útiles en un determinado contexto.

Otra idea interesante que puede sacarse de aquí, es investigar la correlación que pueda existir entre competencia lingüística y capacidad empática (ignoro si se ha hecho ya). Podría darse el caso en que individuos con mucha habilidad para detectar estados de ánimo ajenos tuvieran una menor habilidad para el lenguaje y viceversa. Es posible que la plasticidad cerebral supliera unas facultades con otras siguiendo este patrón.

Y una última idea, quizá la más importante, consiste en que, viendo el uso que los animales han dado a sus diversas formas de lenguaje, la función esencial para la que fue diseñado sea, sencillamente, influir en la conducta de los otros. Otras funciones (descriptiva, argumentativa, poética, fática, etc.) podrían, solo ser, epifenómenos o efectos colaterales de la primera. También podrían ser distintos modos de, en el fondo, conseguir influir en la conducta del otro.

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En resumen, los animales vivían en completa libertad y estaban familiarizados con nuestra casa. Tendían siempre a venir hacia nosotros, no a escapar de nosotros. Las frases que en cualquier otra vivienda podrían ser: “El pájaro se ha escapado de su jaula, ¡cierra aprisa la ventana!”, en la nuestra era: “¡Por Dios, cierra la ventana, que la cacatúa – o el cuervo, el maki, el capuchino – quiere entrar!”. La aplicación más genial del “efecto inverso de las alambradas” fue experimentada por mi esposa cuando nuestro hijo mayor era todavía muy pequeño. Precisamente entonces teníamos algunos animales grandes, que podrían ser peligrosos: cuervos, dos grandes cacatúas de moño amarillo, dos makis mongoz y un mono capuchino, a los que  – en especial a los cuervos – no era prudente dejar solos con el niño. Como solución más práctica, mi mujer improvisó una gran jaula en el jardín y metió en ella… el cochecito con nuestro hijo.

Konrad Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros

Hay muchos tipos de cárceles que no tienen barrotes: un empleo, una relación sentimental o familiar, un proyecto, una promesa, una frontera, el miedo, el remordimiento, la inseguridad… en general, las contradicciones o los callejones sin salida. La relación del hombre con la naturaleza se ha entendido históricamente siguiendo este patrón carcelario: la naturaleza era algo hostil, peligroso, de lo que había que protegerse creando barreras. Una vez establecida una defensa sólida, se pasaba al ataque: mediante nuestra técnica había que controlarla, dominarla, ajustarla a nuestros deseos. Y esto nos llevó al callejón sin salida: una mala relación con lo natural que supone su destrucción sistemática y, a la postre, la nuestra también.

La solución pasa, como en casi todas las ocasiones, por el conocimiento. Cuando comencé a interesarme por la biología, mi impresión hacia seres que antes me parecían dañinos y repugnantes giró 180 grados. Ahora, si en un trozo de pan sale algo de moho, corro a sacar el microscopio para ver que ocurre allí. Cualquier insecto, cualquier mala hierba, me parecen sumamente interesantes. De la curiosidad y del saber surge el respeto, y del respeto surge el amor. Elevada a la enésima potencia, ésta es la vida de Konrad Lorenz : su inmensa curiosidad por la naturaleza iba pareja a su sin par amor hacia ella. Por eso su casa era el ejemplo, por excelencia, de convivencia entre hombre y animal, porque para amar algo hay que comprenderlo. De hecho, gran parte de los males que se han cometido a lo largo de la historia tienen entre sus causas un desconocimiento o una mala comprensión de lo que es el otro. Si sientes indiferencia (y, en cuanto a tal, muestras desconocimiento) por los organismos vivos, no te dolerá demasiado su exterminio en pro de otros fines que sí te interesan.

Comprendemos que, en una primera fase, la humanidad en un estadio de desarrollo técnico primitivo, entendiera la naturaleza como algo hostil. No hay duda de que un tigre dientes de sable quiere comerme y que poco amor puedo mostrar yo al encontrarme con uno, especialmente si está hambriento, en medio de la sabana. Pero en el nivel técnico actual, cuando rara vez hay especie animal que pueda resultar peligrosa, la actitud ante lo natural ha de cambiar. Hemos dominado y controlado el mundo, es algo para estar muy orgullosos como género humano. Pero una vez aquí hay que cambiar los términos.  Y cambiar los términos pasa por cambiar la posición de las alambradas: el que ha sabido protegerse ha de pasar a proteger. Y para que nos interese proteger hay que comprender, respetar y, a fortiori, amar.