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Algo así ocurre en la película En algún lugar del tiempo, de 1980. El protagonista (que interpreta Christopher Reeve) recibe un reloj de oro de una mujer mayor. Luego viaja hacia atrás en el tiempo y entrega el reloj a la misma mujer cuando era joven, el mismo reloj que ella le dará unas décadas después ¿Cómo llegó a existir ese reloj? En toda su existencia, que solo abarca unas pocas décadas, nunca ha estado en una fábrica de relojes. Existe aunque no tiene creador. Parece ser causa sui.

Jim Holt, ¿Por qué existe el mundo?

Rompemos con el principio de conservación de la materia y la energía, creando un objeto físico de la nada… un reloj de oro… ¿de qué marca? ¿Podríamos utilizar así la máquina del tiempo para crear cualquier objeto imaginable? No porque es cuando la mujer mayor le da el reloj, cuando él decide viajar al pasado a dárselo a la joven. Pero entonces, ¿quién decidió crear el reloj? El viajero, al escoger viajar al pasado después de recibir el reloj, crea el bucle pero no puede decidir crear el objeto que él quisiera, sino solo el reloj que ha recibido. Nadie, no hay nadie detrás de la intención de crear concretamente un reloj. Es una creación sin creador, un objeto realmente incausado.

Le echamos un poquito (o bastante) más de imaginación. La mujer mayor lo que me entrega es el mismo universo… ¿tendríamos un auténtico universo incausado sin necesidad de explicación de ningún tipo? ¿Será así como surgiría el nuestro?

No obstante, muy a mi pesar,  las extrañísimas consecuencias de esta paradoja temporal lo que vienen a mostrar es la imposibilidad de los viajes temporales al pasado. Por mera lógica básica, si algo te lleva a paradojas o absurdos, su contrario será verdadero. Si los viajes temporales al pasado nos llevan a locuras, será porque no son posibles.

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Es muy orignal como H. G. Wells utiliza una novela de ciencia-ficción como es La máquina del tiempo para hacer una reflexión sobre la lucha de clases. Su viajero del tiempo avanza hasta el 802.701 y, en vez de encontrarse con una civilización inimaginablemente avanzada se encuentra con los eloi: personitas pequeñas y delicadas, que solamente comen fruta y que se pasan la vida bailando, cantando y recolectando flores. Para sorpresa del viajero, son estúpidos y débiles. Se cansan enseguida de cualquier cosa y su lenguaje es muy simple y carece, prácticamente de conceptos abstractos. ¿Qué pudo pasar? ¿Por qué la civilización del ochocientos mil ha involucionado, es peor que la civilización actual, al menos en genio y valía?

El viajero reflexiona y llega a una interesante conclusión: cuando la humanidad llegue a su momento cumbre en el que haya terminado con la enfermedad, el sufrimiento, las guerras, etc., ¿para qué necesitará entonces un intelecto o una voluntad fuertes? La astucia surge de la necesidad, la inteligencia se nutre de la resolución de problemas y el esfuerzo solo es necesario cuando hay una meta a conseguir. ¿Qué pasa entonces cuando ya no hay necesidad, no hay problemas, no hay fines a los que llegar? Que la inteligencia y la voluntad se debilitan. Wells aplica el darwinismo a la evolución del hombre (incluso cita en el libro al joven Darwin) y llega a esas conclusiones: si el medio ya no es hostil, si ser más apto ya no significa ser más listo ni más fuerte, la debilidad acaba por imponerse. Entre los eloi no se premiaría sexualmente al más intrépido, sino al más feliz, al que mejor bailara o al más divertido.

Y las meditaciones de Wells nos han de hacer pensar en nuestro presente. Por ejemplo, se me ocurre comparar a nuestra juventud del siglo XXI con la de la Esparta de las Termophilas. Los lacedemonios, siendo una población pequeña y sin recursos, siempre amenazada por el poder de otras poleis o de la sempiterna presencia del imperio persa, tuvieron que recurrir a una educación draconiana. Sus hijos debían ser adiestrados en la lucha mediante una férrea disciplina castrense que endureciera su cuerpo y su alma, para convertirlos en fieros guerreros. Solo así consiguieron que sus hoplitas fueran el mejor ejército de la época, capaz de parar incluso al inmenso poder de Jerjes. Comparemos a un joven espartano con uno de nuestros días. Seguramente, el espartano vería a nuestro chico como el viajero de Wells veía a los eloi: débil, flojo, inútil para afrontar los desafíos de un presente riguroso. Nuestros niños, embebidos de confort y adormecidos con todos los adelantos de la sociedad del bienestar, se crían débiles. Anestesiados por la gratuidad de unos padres que cumplen todos sus deseos aquí y ahora, son incapaces de esforzarse por nada, incapaces de proyectos a largo plazo que requieren paciencia y trabajo. La razón y la voluntad se evaporan, quedando solo el mundo de las emociones: el amor, la diversión, la amistad, el goce feliz de la vida.  Los eloi de Wells eran una buena premonición de nuestros días.

De primeras, esto no tendría por qué ser malo. Hay una especie de pólipos que engullen su propio cerebro una vez que se han fijado en las rocas y ya no lo necesitan. Sería fantástico vivir en un mundo en el que no hubiera problema alguno y nos pudiésemos dedicar a pasarlo bien y disfrutar sin más. Sin embargo, en la obra de Wells los eloi no están solos. Existe otra raza: los tétricos morlocks, fotofóbicos seres nocturnos que viven en el mundo subterráneo y que se dedican a cazar y devorar a los indefensos eloi. Es sorprendente que un socialista acérrimo como Wells hablara de las dos clásicas clases sociales antagónicas que describe el marxismo pero no describiera la síntesis final que pronosticaba el mismo. Después de ochocientos mil años, parece que el comunismo no se llegó a implantar… o ya se probó y fue un fracaso. El caso es que, tristemente, todavía no hemos llegado a un mundo en el que no existan problemas, en el que no hagan falta la razón y una voluntad ejercitada. En nuestro mundo todavía existen muchos morlocks y, como en el mundo de Wells, una sociedad de frágiles elois no puede hacerles frente. Nos estamos precipitado en educar a nuestros hijos en  una utopía que ni siquiera ha llegado.

Si queréis leer las opiniones de Muller o Ayala sobre hacia dónde va la evolución de la especie humana clicar aquí. O si queréis saber si la especie humana del siglo XXI sigue evolucionando o está estancada clicar aquí.