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Estamos en el siglo XXIV y ya tenemos la suficiente tecnología para realizar la teletransportación a escala humana. Pensemos en una máquina como la siguiente: por un lado tenemos un cañón-lector que se encargaría de leer una a una la posición de todos y cada uno de los átomos de la persona a la que queremos teletransportar. Para hacer esto necesitaríamos, claro está, un supercomputador que ríanse ustedes de éste. A la vez que va leyendo, el cañón-lector va desintegrando uno por uno todos y cada uno de los átomos de la persona a teletransportar.

Después, toda la información almacenada se transmite por cualquier medio de transmisión de información a distancia que se haya inventado en el siglo XXI a un cañón-reproductor, el cual volvería a reconstruir átomo a átomo a nuestro televiajero. Del mismo modo, el cañón-reproductor dispondría de un almacén de materia, donde estarían los átomos necesarios para construir a un ser humano exactamente igual al que está al otro lado del cañón-lector. La cuestión es: ¿La persona reproducida por el cañón-reproductor sería la misma que la desintegrada por el cañón-lector? ¿O quizá habríamos matado a una y generado a otra completamente nueva que no tiene nada que ver con la anterior a pesar de parecerse mucho? ¿Nos fiaríamos de viajar en este novedoso medio de transporte?

La cuestión es difícil y depende de cómo definamos qué es un individuo tendremos una u otra respuesta. Por un lado, si pensamos que el sujeto es mera información independientemente del sustrato que la albergue tal y como piensan muchos pensadores de la AI, la respuesta sería que no pasa nada, el individuo es el mismo ya que el nuevo sujeto contiene exactamente la misma información que el viejo, de modo que el teletransportador es plenamente fiable y seguro. Pero por otro, si pensamos que el sujeto no es independiente de la materia de la que está hecho, el viejo sujeto habría sido asesinado ya que el nuevo está hecho de una materia completamente diferente. Y, en tercer lugar, si pensamos que el individuo es algo más que materia e información, con toda evidencia, también habríamos matado al viejo sujeto, ya que no sabríamos reproducir ese “algo más” que lo constituye.

El segundo caso (pensar que la materia sí importa) podría solucionarse si nuestro cañón-lector no destruyera la materia, sino que, mediante un “supercable”, transportara todos los átomos del viejo individuo al nuevo. Sin embargo, el problema puede retorcerse un poquito más haciéndose más interesante: pensemos que el cañón-reproductor no sólo puede reproducir una copia del sujeto a teletransportar, sino que puede realizar varias. Teóricamente no hay problema: dispone de toda la información y en su almacén de átomos hay más que suficientes. Supongamos que  yo soy el atrevido viajero y que se realizan siete copias de mí mismo… Habría siete santiagos al otro lado del cañón-reproductor. La pregunta ahora se vuelve mucho más inquietante… ¿Quién de esos siete soy yo? En este sentido la opción de que somos algo más que materia e información cobra fuerza… Parece lógico pensar que yo he muerto y que mis siete copias son siete nuevos santiagos con autoconciencias totalmente diferentes a la mía.

De todas formas no tenemos que tener demasiado miedo. La posibilidad de crear semejante máquina parece remota incluso para el siglo XXIV. El físico Lawrence Krauss dice:

Para construir un teletransportador, habría que calentar la materia a una temperatura un millón de veces superior a la del centro del Sol, emplear en una sola máquina más energía que la que utiliza la humanidad en este momento, contar con telescopios de un tamaño mayor que el de la Tierra misma, mejorar las computadoras en un factor de mil billones y evitar las leyes de la mecánica cuántica.

Addendum del 21-7-2016: acabo de descubrir a Derek Parfit, filósofo británico que ha tratado en profundidad el tema de la identidad, partiendo además, del mismo ejemplo de la teletransportanción en su espléndida obra Razones y personas (a partir del capítulo 10).