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Debido a mis continuos improperios dirigidos al ministro de educación en una manifestación, las autoridades competentes me detienen y me encarcelan. Y allí estoy yo, encerrado tras las paredes de una lúgubre celda pensando en cómo se han vulnerado mis derechos civiles, como se han violado mis libertades fundamentales. Pero, de repente, caigo en que soy determinista, en que no creo que exista nada que podamos llamar con propiedad “decisión libre”, por lo que nuestra sensación de libre albedrío no es más que una ilusión mental. Entonces, me digo que no debería preocuparme. Dentro de una celda soy igual de libre que en el salón de mi casa, es decir, nada de nada. Sin embargo, no consigo calmarme. Yo no quiero estar en la cárcel, quiero salir… ¡quiero ser libre! ¿Qué ocurre entonces? ¿Es absurdo el determinismo?

No, simplemente, hay que revisar nuestras definiciones. Ted Honderich, profesor emérito del University College de Londres y un determinista a la vieja usanza clarifica muy bien la cuestión, en primer lugar, definiendo determinismo:

El determinismo, tal y como yo lo entiendo es la doctrina según la cual cada uno de nuestros eventos o episodios mentales o conscientes, incluida toda decisión, elección y , es el efecto de una decisión causal. La secuencia es anterior a la decisión, la elección o la acción, y a cualquier pensamiento al respecto.

Ted Honderich, entrevistado por Julian Baggini

en Lo que piensan los filósofos (Paidós, 2011).  

El universo es una gran red causal que avanza irreversiblemente hacia el futuro. Todos los sucesos están encadenados a fenómenos que ocurrieron temporalmente antes, de modo que estos sucesos causan necesariamente los anteriores. Honderich lo deja claro:

Cada suceso en ella es un efecto real, un suceso necesario, por así decirlo. Desde luego, no un suceso hecho probable meramente por los antecedentes. Es algo que tenía que ocurrir dados los antecedentes.

Si aceptamos el determinismo nos encontramos de lleno con el problema de la libertad. Si todo está determinado por sus antecedentes yo no soy libre de tomar ninguna decisión, por lo que hablar de libre albedrío carecería por completo de sentido. Entonces yo encarcelado no debería preocuparme mucho, ya que metido en una celda no soy más libre que descansando plácidamente en el sofá de mi casa. En ambos casos mis decisiones son tomadas de antemano por las circunstancias anteriores a mi elección. Si llevamos este argumento a su extremo hablar de derechos tan fundamentales como  la libertad de expresión o de culto, e incluso hablar de la misma democracia (voto libre) es absurdo.

Muchos pensadores optaron por lo que se conoce como compatibilismo. Intentaron hacer compatible esta idea de libertad personal con el determinismo físico. Creo que no lo consiguieron porque la mayoría de sus planteamientos se basaron en “sacar la libertad del orden físico”. Para Descartes la mente es una sustancia diferente a la materia que se rige por otras normas. Kant optó por algo parecido: sacar la libertad del mundo fenoménico para meterla en el nouménico, otro mundo diferente al regido por leyes físicas. Sin embargo, sí es posible mantener el determinismo y que, al menos, tenga sentido hablar de libertad sin tener que postular otras realidades diferentes a la material, si redefinimos lo que significa el término. Así, Honderich distingue dos tipos de acciones “libres”: las acciones originarias y las acciones voluntarias.

[…] la acción originada […] es aquella que tiene una génesis, un inicio, bastante difícil de definir. En cierto sentido, sabemos que entienden por origen (origination) los incompatibilistas. Éste supone que el agente llega a una decisión, elección o acción de forma no determinista, y la decisión, la elección o la acción permanecen dentro del control del agente. Por encima de todo, el origen es el comienzo de una decisión o elección que hace responsable de ella al agente, moralmente responsable de ella en un sentido fuerte.

Si pensamos que algo funciona de modo determinista y, por lo tanto no es libre, si sucesos anteriores determinan sus acciones, una decisión, elección o acción libre tiene que “salirse” de esta cadena causal, no estando determinada por el pasado, es decir, debe ser un origen, algo que surge como una novedad pura ex-nihilo, un punto cero absolutamente inconexo con sus antecedentes temporales, un suceso incausado… Y algo así, tal como subraya Honderich es muy difícil de definir: ¿cómo es un fenómeno de esas características? Sería algo jamás observado por la ciencia hasta el momento, una especie de singularidad.

Pero podemos definir un acto libre de otra manera, como acción voluntaria:

El tipo de libertad que supone la voluntariedad viene a ser el siguiente: una acción libre es aquella que fluye desde los deseos, la personalidad y el carácter del agente, en lugar de oponerse a éstos. El agente no está en una cárcel, no es la víctima de un hombre con una pistola, no está sujeto a una compulsión interior que no quiere tener. Actúa de tal suerte que sus acciones fluyen de él. Según esta definición, una acción libre es, en efecto, lógicamente compatible con el determinismo. El determinismo no dice que no haya acciones que fluyen del agente. Simplemente dice que existe algún trasfondo causal que fija el resultado. Según la interpretación compatibilista, la acción libre es justamente aquella que posee un trasfondo causal interno y fundamental para el agente, por así decirlo, en lugar de externo.

Explicado de otro modo: la libertad entendida como acción voluntaria quiere decir que yo hago algo libremente si, realmente, la acción está acorde (es efecto) con mis deseos, creencias o intenciones, a pesar de que éstas estén completamente determinadas por causas anteriores. Yo quiero salir de la cárcel, creo que es horrible estar allí. Entonces toda acción que obstaculice tales deseos me privará de mi libertad.

De esta forma mantenemos una postura totalmente determinista, seguimos sosteniendo que la libertad (originaria) es una ilusión, y sigue teniendo sentido hablar de libertades fundamentales o democracia. Y, lo mejor de todo, no hay que recurrir a extrañas piruetas conceptuales compatibilistas que terminan por llevarnos al dualismo.

Un hombre va caminando por la calle cuando el viento empuja una teja para hacerla caer encima de su cabeza y acarrearle la muerte. ¿Cómo explicar este lamentable suceso? ¿Cuál es la causa de la muerte? Un ateo apelaría a causas naturales: la fuerza del viento y el hecho de que el hombre pasara justamente por ahí debido a que iba de camino al trabajo causaron el incidente: una desdichado cruce entre dos corrientes causales. Un creyente objetaría: ¿pero qué causó la fuerza del viento o que el hombre fuera a trabajar? Así, se va creando una concatenación de causas, la colligatio causarum, que necesita una causa primera para no caer en una regresión ad infinitum. La causa primera del suceso será la voluntad de Dios, por lo que Dios es el causante último de todo lo que sucede. Pero claro, si Dios es la causa de todo… ¿dónde queda mi libertad de elección? ¿Dónde quedo yo como causa de mis actos? Baruch Spinoza, uno de los grandes genios de la Modernidad, veía en esta cadena causal que acaba por apelar a la voluntad de Dios una estupidez, un refugio de la ignorancia que no sabe encontrar el correcto orden de la naturaleza. No es por casualidad que, aunque ferviente judío, Spinoza fue acusado de ateísmo y expulsado de la sinagoga de Amsterdam.

En un universo mecanicista como el cartesiano, donde todo funciona siguiendo estrictas leyes, ¿cómo introducir actos de la voluntad, actos libres? ¿No sería la libertad una contradicción del orden causal? Descartes solucionó el problema sacando la libertad del mundo, haciendo de la res cogitans (yo) y la res extensa (mundo) dos substancias, dos realidades diferentes: el mundo funciona de modo determinista, sin acto libre alguno, mientras que mi yo, mi mente, posee libre albedrío. Problema: ¿cómo mi mente libre puede causar, por ejemplo, un movimiento voluntario en mi cuerpo? ¿Cómo mi mente, espiritual, inmaterial, inextensa, puede “empujar” los músculos de mi brazo cuando levanto mi material, mecánica y extensa mano?

Descartes no supo nunca como solventar tal dilema, pero Spinoza se atrevió a enfocarlo de otra manera: cortando por lo sano. No existe la libertad humana, es una ilusión. Sólo existe naturaleza, un mundo mecánico rígidamente reglado, que se identifica con la divinidad. Pero, ¿qué es entonces la libertad? ¿Por qué existe aunque sólo sea como ilusión? ¿Por qué tal engaño? En esto Spinoza es francamente genial. El ser humano se mueve por dos fuerzas: las pasiones y la razón. Moverse siguiendo las pasiones, al igual que pensaba Descartes, no tiene nada de libertad. Es obedecer instintos, impulsos que nada tienen que ver con elegir. De aquí la expresión “ser esclavo de tus pasiones”. Sin embargo, obrar siguiendo la razón era para Descartes el acto libre por excelencia. ¿Por qué? ¿Qué tiene de libre hacer una serie de deducciones que lleven a la conclusión de que se debe realizar un acto cualquiera? Nada: tomar una decisión es sólo tener esperanza de que algo va a suceder, hacer una apuesta sobre el futuro. Por ejemplo, si yo decido ir todos los días al gimnasio en el fondo no realizo acto volitivo alguno, únicamente, albergo la creencia de que sucederá el hecho de que yo asista todos los días al gimnasio. Después es posible que me venza la pereza o que tenga un imprevisto que haga que no pueda asistir. Entonces, mi predicción habrá fallado. En el fondo, sólo hay un acto de creencia, una predicción acerca del futuro, no hay ningún agente causal que comience en tal pensamiento y que termine con la acción de ir al gimnasio. La cadena causal que rige el mundo es la que verdaderamente decidirá si voy o no, pero no mi pensamiento. La misión de mi mente es la de informarme, lo más fidedignamente posible, de lo que puede pasar, pero no dirigir absolutamente nada. La mente funciona de un modo paralelo al cuerpo pero no influye en sus decisiones.

Pero, ¿por qué nos creemos libres, poseedores de una voluntad propia? Spinoza nos explica que lo que ocurre es que tenemos un conocimiento imperfecto del futuro, fallamos a la hora de calcular lo que está por venir y los factores que lo causan. Erróneamente pensamos que algo será bueno para nosotros cuando realmente será nefasto. Nos equivocamos constantemente. Nuestro inadecuado conocimiento del mundo fruto de las limitaciones de nuestro precario entendimiento nos hace ver un mundo lleno de libertad, de decisiones que no obedecen orden causal alguno. Incluso llegamos a creer que lo que sucede en la naturaleza obedece a la libre voluntad de un Dios, al azar o a la suerte. Y así vivimos en una fantasía.

¿Qué habría que hacer, o más bien, pensar entonces sobre mi vida y mis actos? Spinoza se muestra aquí muy estoico. La auténtica libertad consiste en conocer el verdadero orden el mundo, finalidad sólo posible mediante el uso de la recta razón. Las leyes de la naturaleza son idénticas a las leyes de la razón. Y una vez conocidas, sólo nos queda la resignación, la aceptación del férreo acontecer de la realidad. Esta concepción de la libertad tendrá mucho eco en autores posteriores como Rousseau o Kant. Para éstos, aún creyendo en contra de Spinoza en la libertad del hombre, la conciben como una obediencia a la razón. La libertad no es hacer lo que a uno le da la gana en todo momento como tristemente suelen pensar mis alumnos (y, más tristemente aún, son coherentes con tal pensamiento), sino en adecuarse a lo que tu razón deduzca. En el caso de Spinoza ser libre consiste en seguir el curso de la naturaleza, el colligatio causarum, en estar en comunión con él ya que es idéntico a mi razón, aceptando estoicamente lo que llegue.

La original filosofía de este judío holandés que se ganaba la vida puliendo lentes ha cobrado actualidad después de las últimas aproximaciones científicas al tema de la libertad. Las actuales neurociencias parecen llegar a conclusiones muy parecidas a las suyas como ya vimos aquí y aquí.

En clase de Ética, mis compañeros de departamento y yo tenemos apadrinado a un niño desde una ONG. Todos los años pedimos a nuestros alumnos la colaboración voluntaria de un euro para tal causa. Ante todo, queremos respetar la libertad del alumno de dar o no dar el dinero, teniendo por claro que coaccionar para que se done es éticamente reprobable. El alumno es libre de hacer lo que quiera sin premio ni castigo.

Sin embargo, ocurre una cosa que hace dudar bastante de la sagrada idea de “elección libre”. Tenemos demostrado que la cantidad de dinero que el profesor consigue recaudar es directamente proporcional al esfuerzo discursivo que hace en clase a favor de que se done. Se puede convencer al alumno para que sea generoso. ¿Es eso coaccionarlo? Podríamos decir que no, ya que seguimos sin obligarle directamente, pero, ¿qué entendemos por obligar? Parece que sólo obligamos a alguien a hacer algo cuando lo amenazamos con un castigo, pero… ¿no se puede obligar a alguien a hacer algo cuando le introducimos ideas en la cabeza? ¿Convencer no es una forma de obligar? Cuando una persona tiene un nivel cultural muy inferior al tuyo de modo que no tiene armas dialécticas para contrarrestar tus afirmaciones, no tiene desarrollado un criterio capaz de juzgar lo que dices… ¿no está siendo, en cierto modo, obligada a pensar de una determinada manera? ¿No es eso lo que entendemos por adoctrinar?

De acuerdo, aceptamos lo dicho. Entonces, mis compañeros y yo, huyendo de adoctrinar a nadie, no hacemos discurso ni a favor ni en contra de donar el dinero. ¿Mejora la situación? Pensemos de dónde saca el alumno las razones para tomar su decisión. El discente no elije en base a una libertad intrínseca, a una espontaneidad mágica o a un “elán vital” creativo, sino que siempre se basa en algún tipo de razón, en algún tipo de causa. ¿Cuál suele ser? Pensemos que, sin el discurso persuasivo del profesor, razones como “Si lo hace mi amigo yo también lo hago”, “Mi madre me dijo  que el dinero nunca llega” o “Mira, tengo justamente un euro en el bolsillo” pueden causar la decisión. Y la clave es: ¿Por qué que el alumno obre según esas razones es mejor que el alumno obre “obligado” por el discurso persuasivo del profesor? ¿Por qué que el alumno obre según razones que nosotros desconocemos es obrar libremente mientras que obrar persuadidos por las razones que nosotros les damos es obrar “coaccionados” cuando, seguramente, las razones que les damos están más fundamentadas? Aquí surge un dilema ético para mí: ¿Debo hacer más esfuerzo persuasivo y así conseguir más dinero para nuestro apadrinado, o debo respetar la libertad de mi alumnado aún cuando sospeche que basará su decisión en razones arbitrarias?

Este ejemplo se puede aplicar igual a los sistemas democráticos. Pensamos que lo que es sagrado en ellos es la libre elección del votante, aún cuando sabemos que muchas veces no es racional ni justa ni siquiera si garantiza lo mejor para el país. El votante no elige libremente en el sentido mágico que hemos mencionado, sino que siempre elige según unas razones. ¿De dónde las saca? De cualquier lado. La democracia es el único sistema que deja que la toma de decisiones pueda estar respaldada por una razón estúpida.  La democracia respeta la elección por la elección, independientemente de lo fundada que esté, cuando parece más certero pensar que lo que hace respetable a una decisión son, precisamente, las razones que la fundan.

El político se ve entonces ante el mismo dilema ético que yo con mis alumnos: ¿debo persuadir a mis votantes o debo dejarles que elijan según su criterio propio? Desgraciadamente, el político no suele guiarse por criterios éticos.  Obra, según solemos entender, ideológicamente, es decir, defendiendo contra viento y marea las acciones de su partido o ideología. Y ese modus operandi, opuesto por definición a la verdad fundamentada racionalmente, es el que genera las razones que fundamentan la “decisión libre” de los votantes.  

Veáse:

Sobre demos y kratos

Sobre demos y kratos (II): antisistema

Votantes