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La tribu de los Hamer tiene un curioso ritual para pasar de la niñez a la vida adulta (por cierto, ¿no hemos perdido en Occidente un ritual quizá necesario? ¿Por no tenerlo queremos ser siempre niños?). El joven de unos quince años de edad tiene que pasar varias veces por encima de una hilera de unos quince o veinte toros sin caerse (si se cae lo podrá intentar de nuevo el año que viene y si se cayera también, la tribu se mofaría de él de por vida… ¡Qué presión!). Si supera la prueba podrá comenzar a elegir mujeres para casarse (bendita poligamia).

Pero lo bueno viene ahora. Las mujeres casaderas se acercan entonces y danzan alrededor del orgulloso hombrecito, pidiéndole que las golpeé con una larga rama de árbol, parecida a un látigo, llamada micere. Golpear a una Hamer en este ritual es una forma de mostrar simpatía y cercanía por ella… Si el muchacho se niega a azotar a alguna y tira el micere al suelo, es muy normal que ella se lo recoja y le suplique que la golpeé (será su forma de flirtear con él). Así, las mujeres más cotizadas por los hombres serán las que más latigazos se lleven, y ellas, muy orgullosas del asunto, mostrarán sus cicatrices como símbolo de belleza y feminidad.

Pero la violencia no acaba allí. En la vida cotidiana de la tribu está mal considerado pegar abusivamente a una mujer o hacerlo sin una razón clara, sin embargo, en muchas ocasiones, las mujeres provocan a sus maridos con una actitud perezosa y desobediente para que éstos les peguen. Así muestran a la comunidad que sus maridos son fuertes y dominantes.

¿Qué hacer ante tal situación?

a) Bombardear su región (el valle del Omo en Etiopía), instaurar en ella un sistema democrático y plantar allí un McDonnalds a la espera que la «mano invisible» de Adam Smith acabe por generar un sistema capitalista que mejore la vida de esas pobres mujeres.

b) Denunciar estos rituales como violencia de género y mandar a la ministra de igualdad a que proponga una ley de paridad y de discriminación positiva a las autoridades Hamer.

c) Reconocer esas costumbres como incomprensibles o inconmensurables para nuestra etnocéntrica mirada occidental y renunciar a juzgarlas, que ya hicimos mucho daño con el coloniasmo. A fin de cuentas Etiopía está muy lejos y hay problemas más grandes. Dejemos que se azoten, ellas verán.

d) Hay que proteger las culturas indígenas de la globalización. Occidente debe ser un atento observador, pero nunca ha de interferir, «intoxicando» costumbres ancestrales. Hay que crear reservas culturales eliminando cualquier intromisión por nuestra parte.

e) Implantar esta costumbre en nuestro país. Hay que volver al origen ya que la civilización occidental es la causante de todo mal. Volviendo a estadios anteriores a nuestro desarrollo seremos más felices. ¡Imitemos a los Hamer! ¡Dazme el micere que mi suegra se va a enterar!.

Entre las respuestas acertadas se rifará un latigazo para presumir ante los colegas.

Habitualmente, cuando hablamos de terrorismo o fundamentalismo religioso hacemos mención a una interpretación literal de los textos sagrados. Parece ser que si ese bárbaro no interpretase así el texto, no llegaría a las conclusiones que le han llevado a cometer una atrocidad. De algún modo, se dice que el problema del fundamentalismo hunde su raíz en un error de interpretación.

Bien, vayamos a la Biblia y tomemos algún texto para comprobar qué posible interpretación no literal podría darse. Por ejemplo, hay muchos donde elegir, pero hoy cojamos Corintios 11, 3-7 por el siempre polémico tema del Burka islámico:

«Pero quisiera que compredierais esto: la cabeza de todo varón es Cristo, la cabeza de la mujer es el varón y la cabeza de Cristo es Dios. Todo varón que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza cubierta deshonra su cabeza. Toda mujer que ora o habla de Dios con la cabeza descubierta deshonra su cabeza: viene a ser como si estuviera rapada. Por lo tanto, si una mujer con se cubre, que se corte el cabello. Pero si le resulta vergonzoso cortarse el cabello o raparse, entonces que se cubra. El varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios. La mujer, en cambio, es gloria del varón»

San Pablo está explicando las normas que deben regir la asamblea y… ¿cómo interpretar este pasaje de tal modo que no obliguemos a las mujeres que van a la Iglesia a ir tapadas o a raparse la cabeza? Es decir, si un buen cristiano regaña a una mujer que asiste a la asamblea  mostrando su cabello… ¿podremos decirle con razón que su interpretación del texto sagrado no es correcta? ¿podremos acusarlo de fundamentalista por abusar de la literalidad del texto? ¿Qué otra interpretación cabe? Y luego decimos que los bárbaros son los musulmanes con sus mujeres. Sigamos con Corintios 14, 34-35:

«Como en todas las reuniones de los fieles, las mujeres callen en las asambleas, pues no les está permitido hablar, sino que se muestren sumisas, como manda la ley. Si quieren aprender algo, que se lo pregunten a sus propios maridos en casa, pues no está bien visto que una mujer hable en la asamblea»

Y es que si yo fuera cristiano (Dios mío líbrame de tus garras) sería fundamentalista porque, verdaderamente hay fragmentos de la Biblia polémicos, de difícil interpretación, pero en otros, no cabe duda alguna. Es decir, son los no literalistas, los no fundamentalistas los que realmente hacen una mala interpretación de los textos. Si las mujeres pueden hablar en la Iglesia es porque interpretamos mal la Biblia.