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Me cuesta mucho digerir ciertas ideas políticas. Leemos la prensa o escuchamos a nuestros locuaces representantes y parece que la única lógica para construir la realidad es el binomio liberalismo-socialismo. Parece que todo sigue la simpleza de privatizar y bajar impuestos o defender lo público y subirlos. Nada hay mucho más allá de ese debate.

Creo que la gente con dos dedos de frente deberían aceptar que el sistema capitalista unido a avances democráticos y en derechos humanos, nos ha llevado a un sistema que, si bien tiene gravísimos defectos, es el mejor conocido hasta la fecha. El hecho de que un ciudadano de clase media pueda abrir el grifo de su casa y que salga agua caliente de modo casi ilimitado es algo inaudito en la historia de la humanidad. En Europa llevamos setenta años sin ninguna guerra importante en nuestro territorio (exceptuando Yugoslavia, Chechenia y Ucrania, pero han sido conflictos periféricos), hemos erradicado la pobreza extrema, curado infinidad de enfermedades, alargando la esperanza de vida a más de ochenta años, y conseguido un número de derechos y libertades sin parangón en la historia de la humanidad.

Pero, a nivel global, nuestro sistema tiene dos grandes problemas citados hasta la exasperación:

1. La enorme desigualdad que genera. A los liberales la desigualdad no les parece un problema debido a que la encajan dentro de un modelo meritocrático: el que gana más es el que tiene más talento o trabaja más. Sin embargo, este modelo no es real. La enorme diferencia entre pobres y ricos no expresa equitativamente la diferencia de talento y trabajo entre unos y otros. La distribución de la riqueza suele ser bastante injusta.

2. Un modelo productivo insostenible. Recomiendo a todo el mundo leer El optimista racional de Matt Ridley, en donde se nos exponen todas las ventajas y logros de nuestro sistema económico. Sin embargo, este libro cojea en el aspecto medioambiental. Parece innegable que un sistema basado en el aumento constante de la producción es ambientalmente insostenible, y ya cada vez son menos los negacionistas del cambio climático.

¿Soluciones? Muy difíciles. Aquí hoy, simplemente pretendo mostrar formas de redistribución de la riqueza y modelos ecológicos más igualitarios y sostenibles. Si quieres aprender formas alternativas a tu estilo de vida lo mejor es recurrir a la Antropología Cultural. Cuando comencé a leer algunos textos clásicos era más joven y más imbécil (yo soy una de esas rara avis que no quiere la juventud eterna. Cuanto más viejo te haces, si envejeces bien, vas siendo algo menos imbécil), entendía a las culturas tribales como “primitivas”, subdesarrolladas y, a la postre, miserables. Tenía en mi mente el esquema colonialista de los antropólogos del XIX. Ahora mi perspectiva es como he dicho, algo menos imbécil: de primitivas, subdesarrolladas y miserables no tienen nada de nada. Son, sencillamente, diferentes caminos que ha seguido la evolución cultural. Un masai, un bosquimano o un yanomamo no tienen ni un pelo más tonto que yo y sus estilos de vida son, en muchos aspectos, mejores que el mío. A la hora de juzgar culturas tenemos que conocerlas bien y no solo medirlas en función de su avance científico o tecnológico. Evidentemente la cultura occidental está años luz de culturas que viven casi en el paleolítico, pero la tecnología no es el único indicador de avance humano.

Vamos a analizar brevemente las dos formas de distribución de la riqueza expuestas por Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, concretamente en el capítulo titulado Potlatch (Recomiendo encarecidamente la lectura de este libro. Lo mejor que he leído este verano):

Los bosquimanos practican una distribución de los recursos bastante igualitaria basada en la reciprocidad. La reciprocidad consiste en ofrecer tu ayuda, servicios o productos a otros sin esperar nada a cambio. No es igual a la mera generosidad. Si un bosquimano estuviese constantemente pidiendo favores a sus congéneres sin prestar nunca ninguno, pronto acabaría siendo tachado de gorrón y se le dejaría de prestar ayuda. La reciprocidad se parece al tipo de relación que los occidentales tenemos con nuestros familiares. A un hermano se le hace un favor sin esperar una inmediata recompensa pero, igualmente, el abuso de los favores terminaría por ser sancionado. Aparte de esta servicialidad, a los bosquimanos les resulta repugnante que alguien se jacte de sus logros o virtudes. El ideal del cazador bosquimano es aquel que caza bien pero pasa totalmente desapercibido. Socialmente, se premia muchísimo la humildad.

bosquimanos Kung noreste del desierto del Kalahari

Marvin Harris cuenta la anécdota de la experiencia del profesor Richard Lee en su convivencia con los bosquimanos en el desierto del Kalahari. Cuando Lee comprobó lo serviciales que eran quiso ofrecerles un regalo. Así que se fue a una aldea cercana con su jeep y compró el buey más grande que pudo encontrar para que los bosquimanos lo sacrificaran en Navidad. Cuando Lee les habló de la suculenta compra que había hecho, ellos le dijeron que conocían ese buey y que era muy malo: solo pellejo y huesos. Lee quedó muy sorprendido porque todos los miembros de la tribu parecían tener esa misma actitud despreciativa. Cuando llegó la Navidad sacrificaron el buey y, naturalmente, tenía una gran capa de jugosa grasa que todos saborearon con gran placer. Entonces Lee les pidió explicación de por qué lo habían criticado. Los bosquimanos le dijeron que claro que sabían que el buey era magnífico, pero que cuando un joven sacrificaba mucha carne llegaba a creerse un hombre importante o un jefe y comenzará a ver a los demás como sirvientes o inferiores. Los bosquimanos no pueden permitir al que se jacta porque piensan que su orgullo pronto le llevará a matar a alguien. Marvin Harris, desde su materialismo cultural, explica esta actitud recurriendo a su relación de producción con el medio. Los bosquimanos son cazadores-recolectores que viven en un entorno de relativa escasez. Si permitieran la existencia de grandes y orgullosos cazadores que, para incrementar su prestigio, compitieran por cazar más, pronto sobrexplotarían los recursos (por ejemplo ahuyentando las presas que periódicamente pasan por sus territorios) y terminarían por perjudicar a toda la tribu.

La reciprocidad es para los bosquimanos la mejor forma de adaptarse a un determinado ecosistema que, colateralmente, trae consigo una forma de vida generosa, pacífica e igualitaria que, además, permite una relación sostenible con el medio. Por aportar otro dato, los cazadores bosquimanos trabajan solamente de diez a quince horas semanales… ¿quién dijo que una de las promesas del capitalismo es que trabajaríamos menos? Esta forma de vida tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra excesiva sobreproducción. Habría que plantearse si, realmente, lo que queremos es producir más y qué precio queremos pagar por ello. Si lo pensamos bien, gran parte de los objetos y servicios que obtenemos con nuestros salarios son superfluos e innecesarios, a cambio de sufrir un fuerte estrés laboral.

Los kwakiutl son los habitantes aborígenes de Vancouver. Su organización política está formada por diferentes jefes tribales establecidos en competencia a lo largo de su territorio. Lo realmente sorprendente de su forma de vida es el modo en que tienen de redistribuir sus recursos: el llamado potlatch. Los jefes kwaikiutl se sienten constantemente inseguros de su estatus, y la forma que tienen de consolidarlo es realizando periódicamente una pantagruélica celebración. En ella invitan a los demás jefes en competencia y les ofrecen una enorme cantidad de comida y regalos. El objetivo es mostrar que uno es tan poderoso que puede permitirse regalar y derrochar hasta el extremo. Es normal que en un potlatch los invitados salgan de la fiesta a vomitar para poder seguir comiendo. En algunos casos que rozan el paroxismo, el anfitrión no solo regalaba sino que llegaba a destruir comida y regalos, acabando incluso por incendiar su propia casa. Los invitados tienen que quedar tan avergonzados que redoblen sus esfuerzos para superar el derroche del potlatch al que acaban que ser invitados en el próximo que realicen ellos.  Los primeros antropólogos que estudiaban este fenómeno lo solían atribuir a la insaciable ansia de poder y prestigio del ser humano, pero Marvin Harris lo explica mejor desde su materialismo: el potlatch es un mecanismo competitivo que asegura  la producción y redistribución de riqueza en sociedades que no tienen una sólida clase dirigente. La necesidad de realizar un impresionante festín moviliza toda la fuerza productiva de una comunidad evitando que ésta baje a niveles en los que no podría resistir guerras o malas cosechas. También actúa compensando las fluctuaciones de productividad entre aldeas que ocupan diferentes territorios. Por ejemplo, los habitantes de tierras costeras compensarán malos años de pesca, disfrutando de los festines otorgados por jefes que viven en zonas con una producción más afortunada y viceversa. Y, por último, también distribuye la riqueza de un modo bastante equitativo. En cada potlatch, cada invitado que ha participado en la organización recibe premios dependiendo de su aportación a la celebración, de modo que cada uno recibe en función de lo que ha producido. Pero incluso hay para los pobres: alguien desfavorecido solo tiene que vitorear al jefe, diciéndole lo grande y generoso que es, para recibir premio. En condiciones de bonanza, no hay pobreza extrema entre los kwakiutl.

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Resulta entonces poco menos que sorprendente que un sistema basado en el ego de sus jefes redistribuya los recursos con semejante eficiencia. Nuestro actual sistema capitalista tiene el problema de que, aunque igualmente está basado en el ansia de poder y riquezas de sus miembros, produce una desigualdad muchísimo mayor.

Con estos ejemplos antropológicos no estoy sugiriendo de ningún modo que tengamos que cambiar nuestro sistema por el bosquimano o el kwaliutl. Hacerlo sería de una ingenuidad terriblemente estúpida (tantas veces vista en la izquierda política). Ni tampoco quiero mistificar a estos pueblos. Tienen tantos problemas como cualquier otra sociedad y viven en condiciones que distan mucho de ser idílicas. Únicamente quiero mostrar que existen infinidad de formas diferentes de redistribuir la riqueza y que, muchas de ellas, tienen, al menos, la virtud de ser socialmente más justas y más equilibradas con el medioambiente que la nuestra. Creo que nuestros políticos suelen pecar de poca amplitud de miras a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas porque parecen anclados en un pequeño número de propuestas tradicionales que se expresan en el simplista binomio liberalismo-socialismo. Si tuviésemos que catalogar el potlatch o la reciprocidad bosquimana, ¿las clasificaríamos como liberales o socialistas? Ninguna de las dos formas encaja bien, porque hay muchas maneras de hacer las cosas aparte del liberalismo o del socialismo.

¿Nueva racionalidad o tomadura de pelo?

¿Es posible otra lógica diferente a la lógica matemática? ¿Es posible un discurso teórico válido como conocimiento y que no respete el principio de no contradicción? ¿Existen racionalidades diferentes a la racionalidad científica? Cuando criticamos la religión o determinados tipos de metafísica, las respuestas suelen ir en tres direcciones:

1. Atacar la racionalidad científica. Siempre se apela a Kuhn, Feyerabend, Lakatos, el Strong Program y demás escuelas de relativismo epistemológico. Lo que se dice es: «Sí, nuestro discurso es una castaña, pero es que el vuestro también». Así, al final, siendo todo una castaña, llegamos al feyerabendiano «Todo vale» y la religión sale dañada pero viva (realmente no le pasa nada. Si su ya de por sí escasa carga racional sale dañada no le importa tener alguna menos y algo más de fe).

2. Ampliar la racionalidad científica. Se dice que la ciencia está genial pero se la acusa de reduccionismo, de situarse como testaferro único de la verdad excluyendo todo lo demás. Se afirma que existen más tipos de racionalidad (razón poética, valorativa, intuitiva, sintiente, dialéctica, dialógica…) e incluso se afirman otros tipos de contrastación empírica (experiencia religiosa, verificar a Dios en la vida cotidiana…). Lo gracioso de hacer esto es que se agranda tanto la racionalidad, «se abre tanto la caja de Pandora» para que los absurdos de la religión entren dentro de ella, que nos quedamos sin criterios para determinar si la afirmación «He visto un burro volando» debería considerarse como un enunciado aceptable racionalmente.

3. Separar los ámbitos de la racionalidad. Ciencia y religión son dos cosas diferentes y como tales no pueden medirse ni compararse. Suele apelarse una determinada interpretación del segundo Wittgenstein, afirmando que cada discurso cobra su sentido sólo en su contexto. Un científico no tiene nada que decir en una Iglesia y un sacerdote no pinta mucho en un laboratorio. La ciencia nos dice qué es el cielo y la religión como se va al cielo. Postura protestante, fideísta por antonomasia. La religión queda blindada ante cualquier crítica racional ya que no forma parte de su ámbito.

¿Qué camino escoger de los tres? NINGUNO. Refutemos las tres opciones:

1. La crítica a la racionalidad científica es exagerada y equívoca. Que el método científico no sea tan estricto como los miembros del Círculo de Viena quisieran pensar o que el contexto de justificación y el de descubrimiento sean, en ocasiones contadas, difíciles de diferenciar, no nos lleva al anarquismo epistemológico de Feyerabend. A todos los relativistas y escépticos radicales les invitamos gentilmente a que vayan a un chamán en vez de a un médico ante un ataque de apendicitis.

2. Los nuevos ámbitos de la racionalidad son tremendamente «cutres». La dialéctica hegeliana, como ejemplo de lógica alternativa a la matemática, es, en palabras de Marvin Harris, «un montón de ruinas sin valor». Aquí queda muy bien el dicho «Por sus obras lo conoceréis». Metodologías alternativas al rigorismo formal y a la contrastación empírica como, por ejemplo, la fenomenología o la hermeneútica no han conseguido grandes logros… ¡No han conseguido ni siquiera una teoría más o menos sólida a lo largo del Siglo XX!

3. Si tienes contenido teórico, estás sujeto a la verificación. Las religiones o las teorías metafísicas, en cuanto a que tienen un corpus doctrinal o teórico, sus proposiciones están sujetas a ser mostradas como falsas. Por lo tanto, nada está blindado al análisis racional. Todo, en palabras kantianas, puede pasar por el gran tribunal de la razón. Los cristianos dicen que «Cristo resucitó», enunciado declarativo y, por lo tanto, verificable.

¿Con esto eliminamos toda filosofía? No, pero la lógica matemática y la contrastación empírica nos deben llevar siempre de la mano. No está mal especular, pero una especulación alejada completamente de cualquier tipo de contacto con la experiencia acabará por ser ridícula (como el Universo geométrico del joven Kepler) mientras que un conjunto de datos empíricos sin interpretación será algo tosco y pobre.