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En línea con otra entrada que escribí, continuo leyendo en muchos lugares de Internet opiniones muy negativas sobre lo que significa la metafísica, sobre todo por parte de científicos o de defensores del conocimiento científico que critican diversos aspectos de las religiones. Parece que muchas veces se tiende a identificar metafísica o filosofía con religión o esoterismo y ya que religión se identifica con charlatanería, la metafísica no suele salir muy bien parada. Esta visión, si bien tiene algo de razón, es, en términos generales, bastante errónea.

Es cierto que la metafísica ha cometido errores y abusos de diversa índole (que ya comenzaron a denunciarse desde hace muchos años. Véase la crítica de Hume). Pongamos un ejemplo. El concepto de infinito (concepto metafísico tradicional) parece tener sentido únicamente si lo aplicamos a cantidades. Sabemos que los números naturales son infinitos y, gracias a las geniales demostraciones de Cantor, sabemos que hay infinitos más grandes que otros. Pero, ¿qué pasa cuando aplicamos el concepto de infinito a entidades no matemáticas, es decir, a objetos reales? Nadie ha percibido nunca ningún objeto que tenga alguna de sus propiedades en cantidad infinita. A lo sumo podemos hablar de la posibilidad de que nuestro universo sea infinito o de que existan infinitos universos, pero no dejan de ser hipótesis muy arriesgadas con más o menos fundamento científico. Sin embargo, muchos metafísicos se han atrevido a postular infinitos referidos a cualidades. Es muy común oír hablar de los atributos de Dios en esos términos: Dios tiene infinito poder, sabiduría, bondad, etc. Con total evidencia hacer esto lleva a absurdos y a paradojas sin solución.

Pensemos en el concepto “estar casado”. Según la teoría de universos múltiples si el tiempo es infinito y hay infinitas personas en los infinitos universos que son exactamente iguales a mí, yo puedo estar casado infinitas veces. Sin embargo, si aplicamos el concepto de infinito a la cualidad de “estar casado” llegamos al absurdo: una vez que estás casado, ¿lo estás mucho o poco? Es absurdo aplicar el concepto de infinito a la cualidad de “estar casado” como también lo es aplicarlo a “ser jugador del Real Madrid” o a “haber nacido en Cuenca”.

Sin embargo, podría objetar el agudo metafísico, categorías como “estar casado” solo admiten todo o nada, pero existen otras que sí admiten muchas gradaciones. Por ejemplo, “ser guapo”, uno puede serlo mucho o poco en muy diferentes grados, por lo que quizá cabría hablar de “belleza en grado infinito”. No, porque todas las cualidades tienen un techo, tanto por arriba como por abajo. Cabría encontrar a la persona más guapa del mundo a partir de la cual ya no cabe ser más guapo o, por el contrario, la más fea. No, de nuevo diría el metafísico, siempre podríamos añadirle algo más de modo que fuera un poquito más guapo o un poquito más feo. Al feo siempre podríamos añadirle una verruga más, un diente algo más torcido o una oreja algo más asimétrica con respecto a la otra. No, querido metafísico, a pesar de tener mucho rango de acción, habría un límite a partir del cual ya solo se podría añadir cualidades en un grado infinitesimal cada vez más pequeño (el límite tendería a quedarse en una cantidad fija que no llegaría nunca al infinito). No hay ninguna cualidad que pueda existir en grado infinito. Por lo tanto, aplicar la infinitud a las cualidades de Dios es un absurdo, error clásico de la metafísica tradicional.

Hasta aquí vale, los científicos tienen razón en criticar estos absurdos metafísicos. Pero giremos ahora la tortilla para ver toda la metafísica que hay en la ciencia tradicional. Vamos a poner el ejemplo de la probabilidad. Como todos sabemos la probabilidad es una de las ramas más fértiles e interesantes de las matemáticas, un poderoso instrumento utilizado por los científicos en gran cantidad de sus quehaceres profesionales cotidianos. Ningún científico osaría decir que la probabilidad es charlatanería metafísica. Pensemos en el simple cálculo de la probabilidad de sacar un seis al tirar un dado de seis caras. Un sexto, ya está. Pues detrás de este sencillísimo cálculo hay una serie de presunciones metafísicas muy claras. Citaremos la más evidente: el concepto puramente metafísico de “azar”. El matemático probabilista presupone la posibilidad de que el dado puede tener seis comportamientos diferentes cuando, realmente, jamás se ha observado eso. En nuestra vida nunca observamos las posibilidades, observamos únicamente los hechos, lo que ocurre (las posibilidades solo podemos imaginarlas). Afirmar que “podría haber ocurrido otra cosa diferente a lo que ha ocurrido” es un juicio inobservable, indemostrable e inverificable, impropio de un científico que presume de solo obedecer la observación empírica. ¿Y si el universo es esa gran maquinaria mecanicista en la que creían Laplace o Spinoza y, por lo tanto, se mueve según leyes deterministas de modo que solo puede ocurrir lo que ocurre? Es decir, nuestro matemático no solo presupone, contra la observación, que pueden darse diferentes posibilidades a un hecho dado sino que, además, presupone que el universo funciona de manera indeterminada (otro postulado metafísico no demostrable empíricamente).

La ciencia está infectada de metafísica de forma que no puede establecerse una frontera clara entre la una y la otra. Pero es que eso no es malo. Hay tanto “buena metafísica” como “mala metafísica” al igual que hay “buena ciencia” y “mala ciencia”. Muchos científicos tienen el prejuicio de entender que la metafísica siempre es mala y que hay que huir de ella como de la peste, sin darse cuenta tanto de que eso es imposible como de que no es tan malo.

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Uno de los pecados más típicos y, casi consustanciales, al mundo intelectual, es el de la arrogancia. He leído a multitud de filósofos decir, sin despeinarse siquiera, que todo lo que se había escrito hasta su llegada era erróneo y que su obra constituía algo así como el punto culminante de la historia de la filosofía. Eso se puede ver en el Discurso del Método de Descartes, a lo largo y ancho de toda la obra de Hegel (que según muchos de sus discípulos constituye el fin del quehacer filosófico a partir del cual solo queda hacer historia de la filosofía); incluso el maravilloso Wittgensetin se atreve a decir que su Tractatus constituye una solución final a todos los problemas de la filosofía. Decía Santayana que quién no conoce la historia de la filosofía está condenado a repetirla. Y así ha sido: todos estos pensadores que se creyeron el fin de la historia solamente han sido un escalón más en ella, siendo su arrogancia un punto ciego de ingenuidad e ignorancia en su, por lo demás, genial trabajo.

Lo mismo puede decirse del positivismo. Asombrados por el rotundo éxito de las ciencias naturales, muchos autores quisieron subirse a su carro y pensaron que la ciencia era, de nuevo, la solución y el fin de la historia de la filosofía. Pero los positivistas tuvieron un atrevimiento aún mayor y enfatizaron como nadie hasta entonces el infravalor de todo lo que se había pensado hasta su llegada, lanzándose a establecer un límite muy definido entre el auténtico conocimiento, la verdaderísima verdad, y la charlatanería o, como ellos la llamaron, la pseudociencia. Los miembros del Círculo de Viena, malinterpretando terriblemente a Wittgenstein, intentaron concienzudamente elaborar un preciso criterio de demarcación entre ciencia y filosofía. Y, claro está, fue un rotundo fracaso. Sus criterios de correspondencia, verificación, testabilidad, falsación, etc. se llevaban por delante gran parte de lo que tradicionalmente consideraríamos ciencia empírica. Al final, se dieron cuenta que era imposible establecer una frontera entre ciencia y metafísica, siendo el mismo discurso científico tan metafísico como cualquier otro.

Lo que me asombra en la actualidad es que, debido seguramente a este desconocimiento de la historia de la filosofía del que se queja Santayana, el discurso positivista se mantiene de forma bastante habitual en cualquier foro científico. Si uno lee uno de los grandes libros de divulgación científica de las últimas décadas, El gen egoísta de Richard Dawkins, ve claramente en su introducción el alegre sesgo positivista de su autor. Es muy común leer a científicos que se disculpan por entrar en cuestiones filosóficas en sus obras, entendiendo siempre la filosofía como algo así como “especular sin pruebas” o “fantasear”, de modo que eso debe evitarse en toda investigación científica seria. Ese “límite”, ese “criterio de demarcación” propio del positivismo sigue presente de forma tácita en sus mentes a pesar de que ya casi nadie lo defiende seriamente desde mediados del siglo pasado.

El asunto es más grave de lo que parece pues creo que la fragmentación del conocimiento, el hecho de que el saber se encuentre dentro de compartimentos estancos poco comunicados, la ausencia de una cosmovisión coherente y bien integrada, el abismo existente entre las ciencias y las humanidades, viene de esta obstinación positivista por crear fronteras artificiales donde, con toda evidencia, no las hay. La miseria del positivismo como corriente filosófica está en su arrogante obsesión por separar. En estos días estoy leyendo la maravillosa Viena de Wittgenstein de Janik y Toulmin, en donde se nos cuenta el ambiente intelectual de la Viena de principios de siglo para comprender el contexto de la filosofía del filósofo austriaco. En la Viena finisecular no existía esta  especialización profesional tan marcada en el ámbito anglosajón. En la Viena que dio a luz a Freud, Kokoschka, Schömberg, Mahler, Ernst Mach, Adolf Loos, e incluso al mismo Círculo positivista de Viena, no existía esta idea de demarcación entre conocimientos, entre saberes ciertos y falsos, de un modo tan marcado como en la actualidad. Leamos este fragmento:

 ¿Fue solamente una coincidencia que los orígenes de la música dodecafónica, de la arquitectura “moderna”, del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa y del psicoanálisis – sin mencionar la reviviscencia del interés por Schopenhauer y Kierkegaard – tuviesen lugar simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran medida, en Viena? ¿Fue meramente un hecho biográfico curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen descubierto en sus conversaciones que tenían un interés común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colección de la obra de Schopenhauer? . ¿Y no fue más que una consecuencia particular de la versatilidad de Arnold Schönberg regalando un ejemplar de su gran libro de texto musical, Armonielehre (Tratado de armonía), al periodista y escritor Karl Krauss, con la dedicatoria: “He aprendido de usted más, quizá, de lo que alguien debiera aprender de otro si pretende permanecer independiente”.

En la Viena de Wittgenstein existía un zeitgeist determinado siendo una de sus características principales esa interdisplinariedad o interdepartamentalidad de la que nuestros pedagogos no paran de hablar. Si Viena se hubiera regido por los criterios de demarcación positivistas que ayudará a dar a luz, dudo mucho que la riqueza de sus aportaciones al siglo XX hubiese sido tal. En otro ejemplo significativo, el mismo Dawkins positivista cuenta lo que ocurrió cuando un ingeniero aeronaútico como Maynard Smith se dedicó a la teoría de la evolución, aplicando a ella la teoría de juegos: una gran revolución. Cuando dos disciplinas que, aparentemente, no tienen nada que decirse, se mezclan fértilmente, el conocimiento avanza. Pero si el conocimiento se aísla,  se compartimenta, la decadencia y la parálisis lo infectan.

Empero, no todo en el positivismo es sinrazón. Como todas las corrientes, defendidas en su totalidad son falsas, pero atendidas parcialmente son verdaderas. El positivismo y la filosofía analítica que lo acompañó nos hicieron ver dos cosas: la grandeza de la colosal revolución que la ciencia traía consigo y los defectos de una buena parte de la filosofía que se había hecho históricamente. Hace unos días leí un tweet muy sugerente de Paco Traver que decía: ¿Por qué la llaman metafísica si carece de física? Eso es cierto. No entiendo cómo alguien puede hacer ontología o filosofía de la naturaleza ignorando por completo la física de partículas. No comprendo como tantos filósofos han dado la espalda a la revolución científica en un, de nuevo, gesto de arrogancia. Las humanidades se apoderaron del concepto de cultura entendiendo como cultura exclusivamente lo que hacían ellas. Es decir, se considera un gesto de alta cultura conocer bien la vida y las obras de, por ejemplo, Schubert, pero no pasa absolutamente nada si no conocemos el Segundo Principio de la Termodinámica o si nuestro nivel de matemáticas no pasa de Bachillerato. El positivismo hizo muy bien en denunciar esto, más cuando la superstición y las magufadas varias, fruto de la ignorancia científica, abundan en nuestro mundo. La red está llena de blogs escépticos criticando cualquier desatino pseudocientífico y eso es magnífico.

Muchos de los problemas filosóficos que aparecían por doquier son fruto de malos usos del lenguaje. Esa es la segunda gran verdad del positivismo y de la filosofía analítica. Es muy cierto que si analizas lingüísticamente con sumo cuidado ciertas argumentaciones ves que, en el fondo, son fruto de errores en el manejo, por ejemplo, de los significados de los términos. Esto ocurre salvajemente en la filosofía postmoderna, la cual es charlatanería pura y dura en un alto porcentaje. El positivismo volvió (y vuelve, ya que hoy en día la postmodernidad sigue muy vigente en ciertos ámbitos) a acertar en su denuncia.

Pero el positivismo erró en su perspectiva global. Ni siquiera su concepción de la ciencia que defendía a ultranza fue correcta. Si yo observo una planta percibo en ella multitud de propiedades: veo formas, longitudes, colores… Si la observo con más tiempo y detenimiento puedo intuir su patrón de crecimiento, cómo se alimenta y se reproduce… pero si aplico a su estudio todo el peso del método científico mi conocimiento aumenta exponencialmente… Comprendo su metabolismo, sus mecanismos de polinización… observo millones de células, millones de reacciones químicas, millones de sistemas que asombran por su complejidad con los que Teofrasto no hubiera podido ni soñar… Si miro la planta al microscopio aparecen nuevos mundos que me llevan al infinito y más allá. La ciencia es, por definición, amplitud de miras, crecimiento. No es, desde luego separación y frontera.

Betrand Russell definía la filosofía como lo que todavía no es ciencia. Un pensador, procedente de un ámbito casi antagónico al de Russell, Karl Jaspers, afirmaba que la ciencia necesitaba de la filosofía para avanzar. Ambos entendían la filosofía como ese momento de especulación, de conjeturas, de discusión sobre conceptos y enfoques metodológicos, previa a la pura experimentación científica. Yo voy algo más allá: no solo ese momento, sino el mismo quehacer estrictamente científico está infectado de filosofía.

En un poético pasaje del Así habló Zarathustra, Nietzsche nos contaba que solamente veía grandes orejas, enormes ojos o gigantescas narices… Tullidos al revés los llamaba. Era su particular crítica a la hiperespecialización de las ciencias modernas. Un hiperespecialista es un gran ojo que ve mucho, pero ni oye ni huele ni toca. Si nuestros sistemas educativos únicamente crean sujetos especialistas en un campo del saber, ciegos para los demás, tendremos tullidos, personas incompletas. De la misma forma, Edgar Morín nos advierte que la gran mayoría de los problemas a los que nos enfrentamos en el siglo XXI son problemas que hay que afrontar a muchos niveles. Ni la ciencia, ni la técnica, ni la política, ni la economía ni cualquier disciplina o perspectiva que se enfrente a ellos por si sola podrá hacerlos frente. A problemas de múltiples niveles soluciones multidisciplinares. Hacen falta teorías globales, visiones que integren de modo coherente todos los campos del saber y no, desde luego, perspectivas que busquen la división y, al hacerlo, fomenten el estancamiento.

A fin de cuentas, cualquier obra de arte es un conjunto de unidades discretas en número finito. Pensemos en un poema. Está formado por estrofas, versos, letras, por la combinación de las 28 letras (más signos de puntuación) que conforman nuestro alfabeto. Con suma facilidad, esas 28 letras pueden pasar a un código binario de ceros y unos. Igualmente, si pensamos en una pintura, podríamos hacerla computable si trasladamos al ordenador un plano bidimensional dividido en casillas muy pequeñas (píxeles) a cada una de las cuales se le asigna una intensidad de color.

Si imaginamos una biblioteca de Babel en la que se dieran todas las combinaciones posibles de letras (sería una biblioteca con infinitos libros) tendríamos todos los poemas posibles, tanto los ya escritos como los que  están por escribir. La inmensa mayoría serían amasijos de letras sin sentido, pero allí estarían Lorca, Byron, Neruda… es más, también estarían las obras que ellos imaginaron pero que no llegaron a escribir e, incluso, sus mismas obras mejoradas o enriquecidas, si  es que decir eso tiene sentido.

Sin embargo, esto es imposible. Esa biblioteca jamás podría existir en acto. Volvamos a la realidad y pensemos en un ordenador muy potente que trabaja incesantemente realizando combinaciones de letras. Trabaja a millones de operaciones por segundo, por lo que es cuestión de tiempo que produjera poemas con sentido. El gran problema estaría en cómo la máquina distinguiría buenos y malos poemas, por lo que la tarea de los programadores sería introducir los algoritmos de distinción adecuados. En primer lugar, podría tener un potente diccionario y ciertas reglas gramaticales que le hicieran descartar los batiburrillos de letras sin sentido. Así, no haría combinaciones de letras sino combinaciones de palabras con lo que las posibilidades combinatorias se reducen enormemente. Asimismo,  diferenciaría verbos, sustantivos, adverbios, etc. de tal modo que eliminaría conexiones gramaticalmente incorrectas. Del mismo modo sabría todos los aspectos técnicos de la elaboración de poemas (tipos de poema, estrofas, versos, métrica, rima, etc.).

¿Un Lord Byron mecanico?

Empero, la cosa sigue siendo pobre. ¿Cómo va a distinguir la máquina un buen poema si ni siquiera los humanos tenemos un criterio para hacerlo? Algún criterio hay. Un poema hecho por mí será seguramente peor que el Don Juan de Byron. La tarea del programador sería aquí introducir algoritmos para que la máquina diferenciara elementos estéticos. ¿Cómo conseguir eso? A priori, habría que determinar qué tipo de poema queremos generar pues el mundo de la poesía está lleno de corrientes, tendencias, escuelas. Por ejemplo, supongamos que quisiéramos, simplemente, hacer un poema que emocionara al lector. Sabemos que existen expresiones más emotivas que otras: la palabra lágrima es más emotiva que radiodespertador. Así, tendríamos un archivo jerarquizado con palabras y expresiones que consiguen emocionar, catalogadas también en función del tipo de emoción a conseguir (alegría, tristeza, melancolía, amor, etc.), y que el ordenador combinaría en busca del poema que se adecue mejor a los objetivos. Ésto, en principio, suena muy simple, pero sería ir añadiendo nuevos criterios , restricciones y algoritmos de búsqueda, de tal modo que, al final, seguro que conseguiríamos poemas que pasarían el test de Turing con sobresaliente: nadie diferenciaría si los ha escrito un humano experto o una máquina.

Creo que habitualmente negamos la posibilidad de un computador poético debido a que pensamos que el proceso de creación literaria no obedece a nada computable. Pensamos en cosas como la inspiración, la genialidad, las musas…  discurso tan bonito como místico y falto de racionalidad. El hecho de que no conozcamos con precisión la lógica de la creación artística no implica que no exista. Aquí tendríamos una especie de metafísica de los huecos: donde no entendemos bien, introducimos jerigonza mística.

Otra objeción podría ser afirmar que los artistas no siguen el mismo proceso de creación que nuestra máquina. Lord Byron no probó millones de combinaciones hasta que eligió el Don Juan como la mejor. Seguramente que, por muchas correcciones y variaciones que barajara, Byron lo escribió de una vez, sin ese exponencial proceso de selección, además de los múltiples factores vitales que , evidentemente, influyen en la creación poética: toda la experiencia vital previa del autor, su personalidad, intenciones, etc. Es cierto, pero esta objeción da píe a otra buena idea: ¿por qué nos obstinamos en que las máquinas emulen a los humanos? ¿No tendrán ellas que seguir su propio camino? Muchos proyectos de AI han fracasado por sus utópicas expectativas a la hora de imitar lo humano, mientras que otros, menos ambiciosos han tenido mucho éxito debido a que se ceñían a objetivos diferentes y más realistas (prácticamente todos los artefactos que tenemos por casa no pretender imitarnos).  Las máquinas avanzan, y quizá no hacia nosotros, sino hacia otras formas quizá más sorprendentes y geniales que lo que pueda ser el homo sapiens.