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El hombre tiene una capacidad poco común en el mundo animal: es capaz no sólo de representarse mentalmente el mundo exterior, sino que también puede representarse a sí mismo representándose el mundo exterior. No sólo tiene conciencia de lo que le pasa sino que también puede pensarse a sí mismo como algo que tiene conciencia de lo que pasa. A eso lo llamamos de modo algo impreciso capacidad de reflexión o, de modo más preciso, autoconsciencia o metarrepresentación. Es muy probable que compartamos con gran parte del reino animal la capacidad de ser conscientes de lo que nos rodea, pero lo que es más raro es encontrar animales con autoconsciencia. Estoy casi seguro de que mi canario Pichulo es consciente de las cosas que ve o de que tiene hambre o sueño, pero dudo mucho de que en su diminuto cerebro de reptil volador se represente a sí mismo comiendo o durmiendo.

Esta útil capacidad ha sido vital en la evolución humana. Es de suma utilidad para planificar una cacería visualizar mentalmente a cada uno de los cazadores situados estratégicamente para cazar al mamut. Pero no sólo eso: la autoconsciencia ha posibilitado prácticamente el surgimiento de toda ciencia o cultura. ¿Qué es sino la filosofía que la disciplina que, por excelencia, se centra en pensar al hombre pensando? ¿O qué es el arte sino representar seres humanos en sus diversas facetas?

Sin embargo, tan portentoso talento ha traído consigo multitud de interrogantes y problemas teóricos. Uno de ellos es lo que denominamos la paradoja de la metarrepresentación. Podemos representarnos a nosotros mismos en cualquier situación, pero también podemos representarnos a nosotros mismos representándonos en cualquier situación y así sucesivamente. Podemos, una y otra vez, volver a pensar que pensamos que pensamos que pensamos y así hasta el infinito. Y aquí surge la paradoja: ¿cuál de esos homúnculos que se representan en esta cadena infinita soy realmente yo? El último, pensaríamos de primeras, el hermano mayor de todos los demás hermanitos metarrepresentacionales, el que imagina a todos los demás imaginándose. Sí, pero si ya hemos dicho que podemos hacer una cadena infinita de representaciones no hay un hermano mayor ya que toda cadena infinita se define por no tener un último elemento.

La solución reside en establecer la diferenciación que el genial Aristóteles ya hizo hace unos cuantos años: diferenciar el infinito en potencia del infinito en acto. La idea de infinito es sumamente extraña (que se lo digan al pobre Cantor) pues, si miramos a nuestro alrededor, no hay nada real que tenga tal propiedad. En la naturaleza no hay nada en número infinito (exceptuando quizá la naturaleza entera, con lo cual muchas cosas existirían en número infinito. Pero esto es sólo una hipótesis que, para el caso no tiene relevancia, así que la omitiremos). Todo, por muy grande que sea su número, es finito. Incluso hay algunos que se aventuran a decirnos la cifra de átomos que tiene el universo (entre 10^77 y 10^80). Por lo tanto, no existe nada infinito en acto, no hay nada real que contenga tan egregio número de elementos. Sólo podemos hablar entonces del infinito en potencia como una abstracción, una entelequia sólo imaginable matemáticamente. Los números naturales son infinitos pero nadie puede escribir todos esos números en ninguna cantidad, infinita también, de hojas de papel.

Apliquemos esto a nuestra paradoja. Es cierto que podemos imaginar una infinita cantidad de metarrepresentaciones como abstracción, pero, en acto, no podemos hacerlo. Puedo imaginarme a mí mismo imaginándome un cierto número de veces, muchas si tengo la suficiente retención y memoria, pero es evidente que no puedo hacerlo hasta el infinito. Nuestra primera respuesta vuelve a ser aceptable: el último de los homúnculos, por elevada que sea su posición en la cadena, seré yo. Otra cosa es la naturaleza de ese yo, pero eso ya es otra cuestión.