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Las vanguardias literarias del siglo XX sacaron mucho partido a una gran idea, la que tuvo el psicólogo y filósofo norteamericano William James a la hora de intentar definir la conciencia como un flujo o corriente continua. James hablaba de una especie de río en el que siguiendo la irreversible flecha del tiempo se van sucediendo ideas, sentimientos, sensaciones, imágenes, y demás contenidos mentales de forma encadenada fluyendo hacia adelante. Me parece una de las más acertadas metáforas de la mente y, creo recordar, que otro filósofo norteamericano, Ralph Waldo Emerson, coincidía conmigo cuando iba más allá, definiendo al individuo de la siguiente manera: “Eres lo que piensas a lo largo de un día”. Siguiendo esta máxima, James Joyce, escribía la novela más importante del siglo pasado, Ulysses, en la que, fundamentalmente, se narraba la vida mental del protagonista, Leopold Bloom, durante un único día, el 16 de junio de 1904. Veamos un fragmento del comienzo del capítulo 18, el célebre monologo interior de Molly Bloom:

Sí porque él no había hecho nunca una cosa así antes como pedir que le lleven el desayuno a la cama con un par de huevos desde los tiempos del hotel City Arms cuando se hacía el malo y se metía en la cama con voz de enfermo haciendo su santísima para hacerse el interesante ante la vieja regruñona de Mrs Riordan que él creía que la tenía enchochada y no nos dejó ni un céntimo todo para misas para ella solita y su alma tacaña tan grande no la hubo jamás de hecho la espantaba tener que gastarse 4 peniques en su alcohol metílico contándome todos sus achaques mucha labia que tenía para la política y los terremotos y el fin del mundo tengamos antes un poco de diversión que Dios nos ampare si todas las mujeres fueran de su calaña le disgustaban los bañadores y los escotes por supuesto nadie quería verla con ellos supongo que era piadosa porque no había hombre que se fijara en ella dos veces espero que nunca me parezca a ella milagro que no nos pidiera que nos cubríeramos la cara pero era una mujer muy educada desde luego y su cháchara sobre Mr Riordan para aquí y Mr Riordan para allá supongo que se alegraría de deshacerse de ella y su perro olisqueándome las pieles y siempre mañoseando para metérseme debajo de las enaguas sobre todo aún así me gusta eso de él tan atento con las viejas ya ves y con los camareros y mendigos también no es orgulloso por nada pero no siempre si es que alguna vez tuviera algo serio es mucho mejor  que los lleven a un hospital donde todo está limpio pero supongo que tendría que repetírselo durante un mes sí y entonces  tendríamos una enfermera del hospital tener que aguantar el rapapolvo y él allí hasta que lo echen o una monja a lo mejor como la de esa foto guarra que tiene es tan monja como yo no sí porque son tan débiles y quejicas cuando están malos necesitan una mujer para ponerse buenos si echan sangre por la nariz te imaginarías que era O algo trágico y esa carademuerto una vez por la ronda sur cuando se torció el pie en la fiesta del coro en la Montaña de pandeazúcar el día que yo llevaba aquel vestido de Miss Stack trayéndole flores las más secas que pudo encontrar en el fondo del cesto cualquier cosa por meterse en el cuarto de un hombre su voz de solterona queriendo imaginar que se moría por sus huesos para nunca verte la jeta otra vez […].

Como vemos, ni puntos ni comas, la conciencia fluye y las ideas se yuxtaponen agolpadas de forma más o menos abrupta. Molly comienza pensando en su marido (suponemos que es en él) haciéndose pasar por enfermo para que la señora Mrs Riordan le lleve el desayuno a la cama y lo cuide. Después pasa a hablar de Mrs Riordan, de su tacañería y mojigatería,  de Mr Riordan, de su perro, de los hospitales y el cuidado femenino de los hombres, para terminar criticando a Miss Stack y sus coqueteos florales. Es muy instructivo como pasa, de un salto brusco, del perro metiéndose debajo de sus enaguas a su marido muy atento con los mendigos y los camareros. A la conciencia le basta cualquier mínima asociación para saltar de un contenido a otro.

Siguiendo mi propio chorro de la conciencia, esta forma de entender la mente me ha hecho pensar en el divertido juego que nos proponía el psicólogo Daniel Wegner: intenta hacer todo lo posible para no pensar en un oso blanco. Es imposible, más tarde o más temprano, acabaremos pensando en él. Esta misma mañana le he propuesto el juego a mi novia y ya van unas cuantas veces que el oso blanco ha aparecido en su conciencia. Entonces la cuestión es: ¿eres libre de elegir tus propios contenidos mentales? Y suponiendo que nuestros contenidos mentales son la causa de nuestra conducta (yo pienso lo que quiero hacer y lo hago), ¿somos realmente libres de hacer lo que hacemos?

La respuesta parece muy clara: No, yo no elijo como los pensamientos aparecen y se conectan entre sí en el flujo de la conciencia. La prueba más contundente estaría en pensar en las obsesiones: una idea se repite una y otra vez en la cabeza sin que podamos hacer nada por evitarlo. ¿Elige libremente Molly Bloom pasar de pensar en el perro de Mrs Riordan a hacerlo sobre el orgullo de su marido? Supongamos que, después de todo el monólogo interior en el que acaba pensando en Mrs Stack dando flores para coquetear su esposo, Molly decide no hablar más con ella. Esa decisión no se hubiera dado si antes Molly no hubiera pensado en Mrs Riordan y en todos los demás elementos de su monólogo interior previos a pensar en Mrs Stack. ¿Sería entonces libre la decisión de Molly o más bien fruto de un aparentemente caótico fluir de ideas?