Posts etiquetados ‘Motivación’

Después del éxito en visitas de mi última entrada en donde, por primera vez en este blog, sacaba una imagen de una chica ligera de ropa para reflexionar sobre una comparación tan audaz como asemejarla a una mosca de la fruta, me he animado a repetir la experiencia, y aquí os traigo ahora a la modelo de Victoria’s Secret Adriana Lima. Qué leches, la reflexión filosófica no tiene por qué estar reñida con alegrarse un poco la vista. La cuestión de hoy es: ¿Por qué actuamos como actuamos? ¿Por qué al ver la foto de Adriana siento unos deseos irrefrenables de acercarme a ella lo más cerca como legalmente me sea posible? ¿Cómo resolver la vieja y misteriosa pregunta de la conducta humana?

La primera explicación clásica la dio, como no podría ser de otra manera, Aristóteles. Nos movemos para conseguir algo porque nuestra naturaleza (y la del Cosmos en su totalidad) es teleológica. Todo ser existente se mueve porque persigue un fin, un objetivo, un telos. Aristóteles hablaba principalmente de los seres vivos (fue el gran primer naturalista de la historia y escribió más de zoología que de cualquier otro tema) pero también extendía este modelo a los seres inertes. Una piedra caía hacía abajo no porque existiera ninguna fuerza que la moviera, sino porque en su naturaleza existía la finalidad, el objetivo de estar lo más abajo posible. Todos los seres tenían un principio intrínseco que les hacía perseguir una serie de objetivos, y no otros. La bellota tenía en su naturaleza la finalidad de convertirse en encina y por eso crecía (se movía) y cambiaba para conseguirlo. En su esencia estaba en potencia (como posibilidad) ser una encina y no un dinosaurio. El fluir de la naturaleza era un continuo actualizar potencias, conseguir en acto lo que sólo existía como posibilidad. Quiero acercarme a Adriana porque en mi naturaleza humana está en potencia acercarme a chicas guapas, cosa que como ya sabemos, no me ocurriría si yo fuera una drosophila.

Pero a pesar de ser una sofisticada teoría que, a priori, conseguía explicar todo el movimiento y el cambio en la naturaleza, no era completamente satisfactoria.  ¿Qué pasa con los seres, quizá la mayoría de los existentes, que no pueden representarse tales finalidades? ¿Cómo va un ser a perseguir un objetivo si no sabe cuál es? Una hormiga persigue el buen funcionamiento del hormiguero al que pertenece. Sin embargo, ¿tiene la hormiga una representación mental clara en su diminuto cerebro de cómo funciona el hormiguero y de cuál es su papel en él? Parece que no. Y si nos vamos al ejemplo de la piedra la objeción se hace más patente: ¿sabe algo la piedra sobre sus fines si no sabe nada? Es muy preclaro que una piedra no obra teleológicamente.

Otra explicación de la conducta, mucho más moderna, es la que nos dio el conductismo. De un modo extremadamente sencillo, la conducta era la mera respuesta de un organismo (un output) a un estímulo dado (un input). Ni fines ni objetivos, sólo estímulos y respuestas. Esta teoría explica mejor que la aristotélica el hacer de la hormiga. No es que la hormiga trabaje en pro del funcionamiento global de su hormiguero, sino que tiene programadas una serie de respuestas ante unos estímulos que, cuando las realiza, como por arte de magia, consigue el objetivo requerido. Cuando la hormiga persigue el rastro hormonal de sus compañeras no lo hace representando en su mente que conseguirá comida y la podrá traer de vuelta al hormiguero, sino que simplemente responde así y, al hacerlo, consigue su objetivo.

Pensemos en un brazo robótico en una cadena de montaje de automóviles. Cada movimiento que realiza lo hace obedeciendo un programa sin que en tal programa se «visualice» de ninguna manera el objetivo final de poner un tornillo en la puerta del coche. La máquina mueve una de sus piezas, luego otra y luego otra siguiendo los pasos de un algoritmo, de modo que, al seguir todas las pautas en el orden requerido, pone el tornillo en su lugar. El objetivo final sólo estaba en la mente del ingeniero pero no está dado ni en el programa ni en la conducta de la máquina. Veámoslo más claramente poniendo el ejemplo de cómo podrían ser las instrucciones que el brazo sigue:

1. Mueve el antebrazo 23º a la derecha.

2. Gira el rotor 2 14º a la izquierda.

3. Activa el servomotor  1 durante 6 segundos.

4. Vuelve al paso 1.

¿Se ve que en ninguna instrucción la máquina se representa el objetivo final?

No obstante, el conductismo tenía un grave problema para explicarlo todo. A saber, no tenía en cuenta lo que ocurre entre el input y el output. Es posible que para explicar la conducta de una hormiga o de un brazo robótico, el conductismo baste, pero para comprender el comportamiento de organismos más complejos no. Un ser humano dará diferentes y muy variadas respuestas ante un mismo estímulo. De aquí el fracaso del delirio watsoniano de predecir y controlar toda la conducta humana sólo en base a esos dos parámetros. ¿Pero qué es lo que faltaba entonces?

Muchos conductistas se dieron pronto cuenta. Uno de ellos, Hull, propuso una de las primeras teorías de la motivación. En esta última palabra estaba la clave: los seres vivos actúan por motivos que no son otra cosa que activaciones del sistema nervioso central. Ahora, ya existía algo entre el input y el output: con miedo todavía a llamarlo mente, Hull sólo habló de SNC. Y en función de cómo se active este sistema nervioso se darán unas respuestas u otras.

Motivo, una especie de fuerza, de impulso o deseo (no sé como llamarlo de otra manera) que empuja a conseguir cualquier cosa. Los mamíferos superiores incorporaron sofisticados sistemas de representación mental para planificar con mayor eficacia la satisfacción de un motivo. Pero hay que tener muy claro que la representación mental de un objetivo, por sí misma, no explica la conducta. Yo puedo representarme mentalmente con todo lujo de detalles el objetivo de conseguir una chuleta de cerdo, incluso puedo planificar muy bien cómo conseguirla, pero si no tengo hambre alguna, difícil será que mi conducta se dirija hacia el filete. Hace falta motivación.

Una consecuencia muy interesante de este descubrimiento supone un enorme reto para los ingenieros de inteligencia artificial. Podemos hacer una máquina que se represente unos objetivos dados (más sofisticada que nuestro brazo robótico) y que cambie su conducta de tal modo que encuentre los medios más eficaces para conseguirlos. Sin embargo, no podemos conseguir que esa máquina esté motivada, que deseé realmente conseguir los objetivos. Las máquinas no sienten deseos por muy bien que cumplan sus funciones. La razón es la de siempre: aún no hemos conseguido que una máquina pueda tener algún tipo de sensación ni emoción consciente. Si queremos emular la conducta de los seres vivos, ineludiblemente, éste tendrá que ser el siguiente paso: máquinas deseantes. O dicho en román paladín, hasta que no tengamos una máquina que se ponga cachonda al ver la foto de Adriana… hasta entonces sólo tendremos un cero en conducta.

Traslado aquí la noticia publicada el lunes en la Tribuna de Ciudad Real… La verdad es que el periodista que nos entrevistó lo ha hecho bastante bien. Tenía la sospecha de que los paparazzis cortan y pegan por donde quieren y acaban publicando lo contrario a lo que uno quería decir, pero no, la noticia traslada bastante bien lo que dijimos.

«La mejor forma de enseñar es despertar la curiosidad del alumno»

Juan Miguel Calderón y Santiago Sánchez-Migallón, profesores de Filosofía, pretenden que el estudiante se acerque al conocimiento a través de las experiencias en primera persona

La interacción con el alumnado ha sido siempre una de las principales metas del profesorado, y es que son muchos los maestros que tienen que luchar cada día con un grupo de muchachos cansados de datos, fechas y fórmulas que convierten ciertas materias en un auténtico problema. Hecho que termina además por viciar el ambiente en las aulas.

Por suerte esta circunstancia no se hace presente en las clases de Filosofía de primero de Bachillerato en el IES Santa María de Alarcos, ya que tanto Juan Miguel Calderón como Santiago Sánchez-Migallón, responsables de la materia, están llevando a cabo una metodología quizás poco ortodoxa, pero mucho más acorde al gusto del adolescente al que se ‘enfrentan’ varias horas a la semana.

Se trata del proyecto denominado Orígenes, una iniciativa con la que estos jóvenes educadores pretenden dotar de mayor autonomía al alumno en la configuración de su aprendizaje con el objetivo de «intentar dejar un poco de lado la enseñanza habitual para fomentar el espíritu crítico del alumno», apunta Juan Miguel.
Ver para creer podría ser una de las máximas de Juan Miguel y Santiago, y es que para un joven todavía en formación resulta mucho más enriquecedor ver una catedral que estudiarla en un libro, o practicar el debate antes que analizar cómo lo hacen, por ejemplo, los políticos.

La praxis de estos profesores se nutre de la propia experiencia para llegar al máximo nivel de formación, y es que como afirman ellos «no hay mejor forma para enseñar que despertar la curiosidad del alumno».
La metodología empleada en estos cursos de Bachillerato busca un acercamiento a la política, haciendo ver a los chicos conceptos básicos como la democracia, el sentido de los sufragios o la importancia de la palabra en la sociedad; por ello estos profesores practican la política con los alumnos, el sentido más primario de la misma, entendida como ya lo hicieron los filósofos de la Grecia clásica.

Dentro del proyecto Orígenes, que entrará en vigor el próximo curso (siempre y cuando lleguen las ayudas solicitadas), hay dos variantes importantes; una dedicada al propio profesorado, con seminarios semanales dedicados a acercar los métodos de Juan Miguel y Santiago a sus compañeros de claustro, fomentando las excursiones, las clases fuera del aula o la participación en los diversos medios de comunicación al alcance de los chavales.

Y precisamente aquí es donde entra en juego la segunda parte del proyecto, Ágora, una metodología mediante la que se pretende que el estudiante no sólo debata con sus compañeros en clase, sino que tenga un acercamiento a los principales instrumentos de comunicación, tales como radio, prensa, televisión o internet. Ya que sintiéndose escuchado «el adolescente puede sentirse mucho más útil en una sociedad en la que tiene bastante que aprender, pero porqué no, también mucho que decir», subraya Santiago. Del mismo modo, grupos de teatro, concursos de blogs o la revista del centro conforman pilares básicos para el desarrollo de un proyecto muy ambicioso.

Si estos dos amantes de los nuevos métodos consiguen llevar a cabo todas las iniciativas que tienen en mente los chicos de este instituto no sólo gozarán de una enseñanza actual y divertida sino que aprenderán a ser mejores adultos, ya que la política entendida como lo hicieran Séneca o Sócrates está presente en todos los sentidos de la vida diaria, ya sea en casa, en las relaciones personales o en el propio centro educativo.

«De este modo el adolescente se enfrentará a su entrada en la edad adulta con una mente más formada y sin ningún tipo de miedos», añade Juan Miguel, ya que la expresión pública de sus ideas o sentimientos en los medios que estos se plantean (debates, grupos de teatro o medios de comunicación) harán que en el futuro no tengan dudas a la hora de defender sus ideales a través de armas tan importantes como la palabra y la razón.