Posts etiquetados ‘Neoliberalismo’

Vamos a hacer un poquito de ejercicio. Mis conocimientos en las ciencias del deporte son más bien precarios, así que decido bajarme una aplicación a mi móvil que me proponga un plan de entrenamiento efectivo. Si la aplicación es de calidad, en ella estarán concretados los mejores conocimientos acerca de cuál es el mejor plan para una persona de mis características y, por tanto, será eficaz. Entonces yo confío en la aplicación y la pongo al mando, es decir, dejo que ella decida por mí qué es lo que tengo que hacer. En ese momento estoy dejando que un algoritmo gobierne una parcela de mi vida ¿Estoy haciendo algo malo? No, precisamente porque ese algoritmo es mejor gobernando esa parcela de mi vida que yo mismo. Es totalmente razonable confiar en esa máquina si, realmente, queremos adelgazar.

Damos un paso más. Hoy es día de elecciones y como buen ciudadano voy a ir a votar. Desde siempre he votado al PSOE. Mi abuelo luchó en la guerra civil en el bando republicano e inculcó sus ideas políticas a mi padre, quien luego me las inculcó a mí. Soy socialista por tradición. Sin embargo, cuando voy a votar me encuentro con un viejo amigo comunista. Hablamos un rato, precisamente sobre política, y me hace pensar. Al final, por primera vez en mi vida, voto a Podemos. Pero después, mientras voy caminando de vuelta a casa, comienzo a sentirme mal. Me arrepiento de mi voto y pienso que he traicionado a mi familia por una conversación de última hora. Quisiera cambiar mi voto pero ya es demasiado tarde: yace en el fondo de la urna.

Rebobinamos. Supongamos otra vez la situación anterior pero introducimos un nuevo elemento: Cortana 2045, mi asistente virtual de última generación, cortesía de Microsoft. A partir de todos mis datos de internet y de acompañarme continuamente en todo mi quehacer cotidiano, sabe perfectamente mis preferencias políticas y también sabe lo voluble que puedo ser a la hora de tomar una decisión, sobre todo, a última hora. Ella sabe mejor que yo a quién quiero realmente votar y no va a dejarse llevar por sesgos ni cambios repentinos de opinión. Entonces, lo razonable sería dejar que Cortana votara por mí ¿Dejaremos entonces una decisión supuestamente tan importante como el voto a un conjunto de algoritmos automatizado?

¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales sepan tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mismos? Tendremos dos opciones: o preferimos seguir sintiéndonos libres y decidimos por nosotros mismos, o dejamos que las máquinas lo hagan y perdemos el mando. El problema estará en que los que pierdan el mando vencerán, ya que tomarán mejores decisiones que los libres, por lo que parece que por simple y pura lógica, cada vez más gente dejará la toma de decisiones a sus consejeros digitales.

Y pensemos las repercusiones de algo así: como apuntábamos en la entrada anterior, la base política, social y económica de nuestra sociedad es el liberalismo, y el liberalismo presupone como condición de posibilidad la existencia de un agente libre que vota, consume y delinque en virtud de susodicha libertad ¿Qué pasará cuándo esas decisiones las tomen máquinas? Podríamos llegar a un original pronóstico: el fin del liberalismo no será, desde luego, el marxismo ni sus diversas variantes, sino una tecnología: la IA.

Pero, y ésta creo que es la gran pregunta del futuro próximo: ¿Aceptará el arrogante ser humano la pérdida del protagonismo en la historia? ¿Aceptará pasar a un segundo plano? ¿Aceptará ser irrelevante?

 

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He de reconocer avergonzado que uno de los campos que menos domino es el de la economía. Por ello animo a mis lectores economistas que me corrijan y que no duden en desmantelar lo que voy a decir.

Estos días hemos tenido noticias de que en muchos colegios e institutos de Castilla-la Mancha están funcionando con una precariedad absoluta en términos de limpieza. Se han amortizado plazas de trabajadores de modo que institutos enormes (con claustros que rondan los cien profesores) están funcionando con solo un limpiador. Acojonante que esto pase en España en el siglo XXI. La idea de la administración es, al final, privatizar este servicio: subcontratar empresas de limpieza. Mi duda es: ¿sale eso más barato? ¿Se ahorra dinero o es pura ideología neocon?

Pongamos un ejemplo: supongamos que tenemos tres trabajadores de limpieza que cobran un sueldo digno. Digamos 1.200 euros. Así, le cuesta al Estado 3.600 euros mensuales. Si el servicio se privatiza, ¿cómo ahorramos? Cuando una empresa entra en juego tenemos una nueva figura: el empresario, el cual tiene que obtener beneficios. ¿Cómo los obtiene y, a la vez, es más barato para el Estado? No sé si voy a decir una simpleza pero la respuesta parece muy obvia: pagándoles mucho menos. Si ahora les paga 600 euros, su coste en salarios se reducirá a 1.800 euros, por lo que le quedarán otros 1.800 para su beneficio. Si se quita, imaginemos, 200, tendrá 1.600 euros de beneficio y al Estado le costará 3.400 euros, algo más barato que si el servicio fuera público. Pero, ¿qué hemos conseguido con este ahorro? Que tres empleados pasen de ser clase media a clase baja, es decir, precarizar el empleo. Hemos introducido un nuevo elemento, a priori innecesario: un intermediario, el empresario que, sin aportar demasiado, saca beneficios y contribuye a una distribución más desigual de la riqueza: él, habitualmente, tendrá un salario mucho más alto que sus empleados, pues si no convendría más ser empleado que jefe. Un desastre.

Pero, pongamos objeciones:

1. El empresario podría hacer mas barato su servicio sin la necesidad de bajar los salarios de sus trabajadores. Podría ahorrar, por ejemplo, en los materiales y herramientas de limpieza (No sé, comprando fregasuelos más barato).  Supongo que algo así podrá hacerse (y esta es la idea que nos está vendiendo constantemente el PP: no derrochar dinero público). Pero la idea no se sostiene: ¿no podría la misma administración pública intentar hacer más eficiente su servicio sin la necesidad de tener que introducir intermediarios? Si conseguimos abaratar costos sin necesidad de que un empresario saque beneficios nos ahorraríamos el cuantioso sueldo del empresario. Lo público puede hacerse económicamente más eficiente sin necesidad de privatizar, y si esto se hace bien, saldría mucho más barato.

2. Los empleados públicos tienen fama de poco eficientes (fama, en muchas ocasiones, ganada a pulso), por lo que pasar esa función a manos privadas podría hacer el sistema mucho más eficiente. Sí, pero una solución más barata en vista de lo anterior es hacer más eficiente el sistema público sin la cara necesidad de privatización. Podríamos, por ejemplo, premiar a las administraciones públicas que consiguen una gestión más eficaz con políticas de incentivos y evaluaciones por resultados. A mí me hace mucha gracia que se hable tanto de mejorar nuestro sistema educativo sin ninguna medida que incentive la labor del profesorado. Se nos pide que trabajemos más cobrando menos y en peores condiciones de trabajo (más alumnos, medios más precarios, etc.). Lo que hace falta no es privatizar, es mejorar el sistema público.

3. Que el dinero público pase a manos privadas podría ser un buen medio de mejorar nuestra economía. Podrían crearse un montón de empresas que asumieran las labores que hacen ahora las instituciones públicas. Error. Ahora, el dinero fluye desde la administración a sus trabajadores. Si privatizamos, lo único que hacemos es introducir intermediarios que se queden con ese dinero precarizando el trabajo de dichos empleados. Lo único que conseguimos es distribuir más injustamente la riqueza dando un buen trozo del pastel a meros gestores privados que, como ya hemos dicho, son innecesarios ya que su labor debería ser asumida por la misma administración.

En definitiva, creo que la cuestión de la privatización no obedece a argumentos racionales sino que es pura ideología y, lo que es aún peor, obedece a que muchos quieren enriquecerse a costa del erario público. Ahora, amigos economistas, a corregirme.

origencomun

¿Eres de izquierdas o de derechas? ¿Por qué lo eres? Lo suyo sería realizar un estudio de cada ideología, examinar cada partido político históricamente, desde su fundación hasta la actualidad; investigar acerca de lo acertado de sus propuestas realizando estudios comparativos con otros países, reflexionar sobre qué modelo de sociedad se cimienta su discurso, sobre qué presupuestos éticos, sobre que visión del individuo y del mundo en general nos ofrece. Una vez hecho ésto uno podría, casi objetivamente, elegir qué partido político conviene votar, qué ideología es la más idónea para posicionarse. Sin embargo, NADIE hace eso.

Entonces, ¿en qué se funda nuestra adhesión a una u otra ideología? ¿En qué se basa nuestro posicionamiento a favor o en contra de un partido, mas cuando suele ser tan ferviente y acalorada? En criterios no racionales, relativos a nuestra historia, biografía, vivencias… Puede ser que seamos de izquierdas porque nuestros padres así lo eran (o por llevar la contraria a los que no), porque un amigo o profesor al que admirábamos  lo era también, o porque una tarde, un compañero de trabajo nos dio un discurso muy convincente a favor de ser de izquierdas. Podemos ser de izquierdas porque va mejor con nuestra personalidad, porque gracias a serlo esquivamos mejor nuestras contradicciones y justificamos mejor nuestro estilo de vida. Podemos ser de izquierdas para afirmarnos, para tener una identidad en donde antas solo había vacío. Ahora soy de izquierdas, me he definido, existo. O por presión del grupo: todos mis amigos y conocidos son de izquierdas, ¿cómo atreverme a ser de otra manera? Podemos ser de izquierdas porque parece que serlo va mejor con nuestros intereses laborales, nuestros hábitos y costumbres. Será más probable ver a un peón de fábrica o a un homosexual siendo de izquierdas que no a un cura o a un enriquecido empresario. Somos de izquierdas porque nos interesa serlo, porque nos gusta serlo, y no por un fundamento racional sólido.

Lo curioso es que una vez que nos posicionamos parece que el cargo es vitalicio. Si yo soy de izquierdas lo soy para toda la vida (conversos hay pero muy pocos). Es como ser del Madrid o del Barça. Y si uno es muy acérrimo, la conversión se irá haciendo cada vez más y más difícil tal como es casi imposible que un culé se vuelva merengue y viceversa. Entonces todo hecho político se interpreta desde este posicionamiento a priori con un muy acentuado sesgo. Si, por ejemplo, el PSOE se embarcó en el trágico camino del recorte social, uno busca donde puede hipótesis ad hoc que justifiquen que ese camino no fue tan malo. Sin embargo, si lo mismo lo hace el PP, uno saca las garras y lanza improperios sobre esos malvados neoliberales que quieren empobrecer al ciudadano medio para llenar los bolsillos a los banqueros con dinero corrupto. La objetividad, si alguna vez se tuvo, se pierde por completo y uno se vuelve completamente ciego a los desmanes de su ideología mientras que adquiere los ojos del águila para ver los dislates de la contraria. Seguidamente se crea un muñeco de paja, un malo de la película contra el que despotricar a diario (descargando contra él los dos minutos de odio del 1984 orwelliano) y, por oposición, sentirse bien, sentirse de los buenos. En una sociedad como la nuestra que busca obsesivamente culpables, cabezas de turco a los que responsabilizar de todos nuestros males, esto funciona muy bien. No hay nada más sano que insultar a Fernández-Lasquetty por su malévolo plan de privatizar la sanidad madrileña, a la austera María Dolores de Cospedal por sus múltiples y cuantiosos salarios o a Artur Mas, el que no quiere ser español, el que reniega de todo lo que somos para destruir España. Los políticos independentistas suelen ser dianas perfectas para nuestras diatribas… ¿Hubo un personaje más odiado en su momento que Carod-Rovira? ¿Alguien más idóneo para ser el enemigo público número uno? No hay nada que una más, que afirme más mi individualidad y, a la vez, mi sensación de pertenencia a un grupo, que tener un enemigo común. Por eso, si no existe, hay que inventarlo: el sistema, el capitalismo, el fascismo, las hordas judeo-masónico-comunistas, los inmigrantes, el Islam… Etiquetas burdamente simplificadoras que no apuntan a nadie en concreto. Son entidades abstractas que acechan en la sombra, amenazas latentes que podrían representar un arquetípico miedo jungiano. ¿Qué es el maquiavélico capitalismo contra el que despotricamos? ¿Los bancos? ¿Pero es que acaso la tienda de zapatos de debajo de mi casa no es también capitalismo? ¿Y no lo es el iPhone con el que el antisistema reúne a sus compañeros de manifestación? ¿Y el agua caliente, la electricidad y los hospitales no forman parte del sistema capitalista?

Es algo un tanto absurdo y es que: ¿Por qué hay que posicionarse? ¿Por qué hay que elegir entre ideologías viendo además que ambos modelos tienen sus luces y sus sombras, sus aciertos y arbitrariedades, viendo que llevadas al extremo ninguna es deseable? La izquierda arrastra la vergüenza del colosal hundimiento del comunismo. Las imágenes de los miles de jóvenes alemanes del Este saltando los escombros del muro de Berlín son el gran símbolo de la vergüenza del socialismo. Por otro lado, no hay más que ver los frutos de un capitalismo descontrolado en la actual crisis que nos asola. La derecha, en el fondo, tampoco puede ya creer en la mano invisible de Adam Smith que hará que todo mejore por el simple hecho de dar libertad plena a los mercados. Han muerto (o gozan de muy mala salud) los grandes discursos políticos del siglo XX. Ahora parece que solo quedan los pequeños relatos de Lyotard o el pensamiento débil de Vattimo: discursos pequeños, poco ambiciosos, debilitados, quizá poco creíbles (o que ya nadie se cree y aún así se repiten una y otra vez) y, en el mejor de los casos, pragmáticos: solucionan algún problema puntual. En política, más que en ninguna otra disciplina o quehacer humanos, reina la postmodernidad.

Pero no nos creamos estas tesis del fin de la historia, de la muerte de todas las ideologías. Lo que hacen falta son nuevas. Una de las cosas que más me preocupa de la crisis es la ausencia de altura de miras para generar algo nuevo. Seguramente cuando el Antiguo Régimen estaba moribundo, muchos pensaban que no había alternativas posibles, y muchos políticos de la época solo sabían poner parches y solucionar los problemas sistémicos con remiendos que no se salían del propio sistema. Pero luego llegó la Modernidad con un nuevo orden político, económico y social. No fue el fin del mundo sino el fin de un tipo de mundo. Me preocupa que en estos momentos no se ve a ningún líder carismático capaz de afrontar la situación ni ningún movimiento ni intelectual capaz de ofrecer alternativas serias. El PP, en los años más raquíticos de la historia de la democracia, solo nos está ofreciendo un reajuste para que el sistema vuelva a ser lo que era (como si antes hubiese sido perfecto). Esa es toda su amplitud de miras: si queréis volver al pasado tenéis que sufrir, tenéis que hacer sacrificios. No hay futuro, no ha cambio, hay solo retorno. Eso es lo mejor que pueden ofrecernos,  no hay más altura política ni ideológica.

Yo, mientras tanto, no voy a posicionarme. Eso no quiere decir que pase de la política y me encierre en mi torre de márfil. No, eso quiere decir que tengo la suficiente dignidad para considerarme por encima de las dos tristes posiciones que nos ofrece este maldecido país pero que seguiré criticando e intentando pensar algo mejor de lo que hay, lo cual, hasta cierto punto y visto lo visto, es bastante fácil.