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En la Universidad de Cambridge Nicholas Humphrey estudió junto  con Lawrence Weiskrantz el fenómeno de la visión ciega en una mona llamada Helen, a la que se le extirpó quirúrgicamente casi la totalidad de su corteza visual. Durante siete años se trató a Helen como si no estuviera ciega intentando descubrir si poseía algún tipo de visión residual (ya que las áreas visuales inferiores de su cerebro estaban intactas). Los resultados fueron sorprendentes:

Progresó tanto en los años siguientes que eventualmente ya podía moverse con destreza en una habitación llena de obstáculos y tomar diminutas grosellas del suelo. Podía incluso capturar al vuelo una mosca. Su visión espacial tridimensional y su capacidad de discriminar entre objetos que diferían en tamaño o brillantez se tornó casi perfecta. No obsante, no recuperó la capacidad de reconocer formas o colores; y también de otras maneras su visión siguió siendo extrañamente inepta. Al correr por una habitación  parecía tan confiada como cualquier mono normal. Pero la menor perturbación la desorganizaba por completo: un ruido inesperado, y hasta la presencia de una persona desconocida en el cuarto eran suficientes para reducirla a un estado de confusión ciega. Era como si, incluso después de todos estos años, ella no estuviera aún segura de su propia capacidad… y podía ver siempre que no se esforzara en hacerlo.

A los pacientes ciegos a los que se somete a pruebas en las que, “a ciegas”, tienen que localizar un objeto, les da vergüenza y son reacios a participar. Les parece que están haciendo algo absurdo tal como a nosotros nos parecería apagar la luz de una habitación en la que jamás hemos entrado e ir diciendo dónde están colocados los objetos. Y aún sabiendo que poseen algún tipo de visión inconsciente que les hace acertar más veces que si eligieran al azar, les parece absurdo porque, cuando realizan el ejercicio, no tienen ninguna razón consciente para elegir que el objeto está en tal o cual posición. A los seres humanos no nos gusta llevar a cabo acciones sin propósito, sin una razón previa que les dé sentido.

Esta idea refuerza la tesis de que la consciencia es una “central de noticias” cuya principal finalidad es dotar de un sentido narrativo a nuestros actos. La visión de Helen era completamente inconsciente, por lo que funcionaba bien siempre que su consciencia no entrara demasiado en acción. Quizá, como la consciencia de un mono debe ser más rudimentaria que la nuestra, la mayor parte del tiempo Helen podía actuar “viendo” su entorno. Sin embargo, cuando se encontraba ante una nueva situación, ante un nuevo problema que requería que su consciencia se activara, sus visión inconsciente se volvía inoperativa. ¿Por qué? Porque para enfrentarse a un nuevo problema la consciencia requiere realizar acciones con sentido y Helen solo veía, por decirlo de alguna manera, sin razón alguna.

Os dejo el vídeo en donde podéis verla comportarse de modo tan sorprendente: