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Un titular: “Redes neuronales logran traducir pensamientos directamente en palabras”.  La noticia es de Europa Press y tiene incluido el artículo de Scientific Reports, por lo que se le presupone cierto crédito. Parece alucinante ¡Hemos sido capaces de descodificar el pensamiento humano! Jerry Fodor nos contaba que debajo del lenguaje cotidiano que utilizamos para pensar (nuestro idioma), existía una estructura más profunda (ya que existe pensamiento sin lenguaje). Hay, por así decirlo, un lenguaje en el que está programado el cerebro (Fodor lo llamó mentalés) y la tarea de todo científico cognitivo que se precie será descubrirlo. Entonces, ¿lo hemos hecho ya?

De ninguna manera. Aunque en esta noticia no veo una mala intención amarillista, una lectura descuidada puede llevar a cierto engaño.

Examinemos lo que verdaderamente nos dice la investigación. Cuando realizamos cualquier actividad cerebral ocurren procesos bio-físico-químicos variados que pueden ser registrados por diferentes técnicas de monitorización. Algunas como, por ejemplo, la resonancia magnética funcional, observan el aumento de flujo sanguíneo en una determinada región cerebral. Entonces, presuponemos que si cuando yo estoy escuchando música, esa determinada área aumenta su flujo, será porque esa zona tiene que ver con mi capacidad para escuchar música. Otros sistemas de monitorización, como el electroencefalograma, detectan las distintas ondas cerebrales que surgen de la actividad eléctrica: ondas delta, theta, alfa, beta y gamma. En el caso del estudio en cuestión se basaron en datos obtenidos por la medición de frecuencias, en concreto de bajas y altas de tipo gamma. Y lo que han hecho Nima Mesgarani y su equipo, es utilizar un cierto tipo de red natural artificial para que encuentre relaciones entre las frecuencias obtenidas y las palabras que un sujeto estaba escuchando en un determinado momento, de modo que mediante un sintetizador de voz o vocoder, la red traducía los patrones cerebrales a palabras sonoras.

El caso es que la traducción de patrones de ondas a voz puede darnos la impresión de que estamos traduciendo pensamientos (mentalés), de modo que desciframos el código secreto de nuestra mente. No, lo único que estamos haciendo es transformar huellassombras, residuos que nuestro cerebro deja cuando piensa, en palabras. Y es que hay una clara confusión. Lo que los métodos de monitorización actuales captan no son los pensamientos mismos sino, por usar una metáfora fácil, el ruido que hacen. Y ese “ruido” podría, incluso, no ser información importante para comprender lo que es el pensamiento. El patrón de ondas detectado cuando se piensa en tal o cual palabra, podría no tener ningún papel causal en todo el procedimiento cerebral mediante en el que se piensa dicha palabra, podría ser un simple epifenómeno. De hecho, el gran problema para los métodos de monitorización cerebral es que es tremendamente complejo observar en directo el funcionamiento del cerebro de alguien sin dañarlo. Por eso se buscan lo que se llaman técnicas no invasivas, pero el problema, aún sin solucionar, es que estas técnicas son todavía muy imprecisas y no nos permiten el nivel de detalle que necesitamos. A día de hoy solo escuchamos ecos, sombras de la mente, y sobre ellos solo cabe la especulación.

Lo explicaremos con una metáfora. Supongamos que tenemos un coche. No sabemos nada de cómo funciona el motor pero podemos escuchar el ruido que hace. Entonces, a partir de ese ruido entrenamos a un algoritmo matemático para que nos diga en qué marcha va el coche en un determinado momento. El algoritmo es muy preciso y no falla nunca a la hora de decir en qué marcha está.  Ipso facto, la prensa saca el titular: “Hemos descubierto el código secreto del motor de explosión y una inteligencia artificial nos permite traducir su funcionamiento”. Si lo pensamos, realmente este descubrimiento sólo nos informaría de una pequeñísima parte  del funcionamiento real de un motor (en este caso que el motor tiene marchas), pero nada de lo verdaderamente significativo: el funcionamiento del cilindro, la explosión de combustible, etc.

Para que, realmente, hubiésemos descubierto el auténtico código del cerebro, deberíamos tener una equivalencia razonable entre un proceso mental y lo que monitorizamos y, con total evidencia, aún no lo tenemos, principalmente, porque no sabemos bien qué ocurre dentro de nuestros cráneos cuando pensamos. Noticias de este tipo pueden dar la impresión de que nuestro conocimiento del cerebro es muchísimo más alto de lo que, realmente, es. Y hay que dejarlo muy, muy claro: estamos todavía, únicamente, tocando la superficie de su funcionamiento y no sabemos, prácticamente, nada.

Eso sí, esto no quita nada a la importancia del descubrimiento de Mesgarani y de su gran utilidad clínica. Será maravilloso que un paciente con síndrome de enclaustramiento pudiera comunicarse con los demás, además de que abrimos las puertas a formas de comunicación “telepáticas”, y a un enorme abanico de posibilidades en el campo de la interfaz hombre-máquina.