Posts etiquetados ‘Paul Churchland’

Miramos por la ventana este hermoso paisaje: una insondable complejidad se muestra ante nuestros ojos. Una gama cromática radicalmente inabarcable para nuestro pobre lenguaje pictórico. Miles de tonalidades de azules, de blancos, de verdes…  que no podemos nombrar. Miles de formas igualmente indefinibles por nuestros pobres conceptos geométricos… ¿Cuál es la forma de aquel arbusto, de aquella entrecortada cima de ladera, de esa nube…? Imposible. Sólo los escritores más talentosos, y sólo tras años de costosa formación, pueden dar descripciones más o menos fidedignas de un simple vistazo por la ventana. Existe un marcado desajuste entre la complejidad de lo que percibimos y el simplón lenguaje que tenemos para describirla.

¿Por qué? ¿Acaso no es nuestro lenguaje la cima de la evolución, lo que nos distingue de los primitivos animales? ¿Acaso no es lo que hacen Quevedo o Cervantes lo más elevado a lo que puede aspirar un ser vivo? Es un error antropocéntrico pensar que porque una facultad sea exclusivamente nuestra tenga que tener una mayor complejidad y sofisticación que otras facultades que compartimos con los animales. También lo es pensar que porque algo ha llegado después en la carrera evolutiva ya tiene que ser mejor o más perfecto, como si la evolución siguiera una línea direccionada hacia producir seres superiores a los anteriores. Nuestro sistema visual tiene una antigüedad de unos 1.000 millones de años en los que ha estado gradualmente puliéndose y mejorando para servir de poderoso medio de adaptación. Sin embargo, nuestro lenguaje puede tener tan sólo  unos tres millones aproximadamente. La visión ha tenido muchísimo más tiempo que el lenguaje para aumentar su complejidad. No hay más que ver que casi un tercio del cerebro humano está ocupado por el córtex visual. Y pensemos en el esfuerzo que nos cuesta mirar por la ventana en comparación con escribir un soneto. Abro los ojos y, de forma totalmente automática, sin tener que pensar, sin tener que seguir proceso mental consciente alguno, veo instantáneamente toda esa ingente cantidad de formas y gamas cromáticas. Pero si volvemos al soneto puedo tardar días, semanas, en encontrar la palabra correcta, en conseguir una buena rima, en lograr una forma gramatical elegante. Decir una simple frase, amontonar un pequeño grupo de letras, requiere un esfuerzo. Mirar por la ventana y ver decenas de miles de colores y formas es instantáneo. Con toda evidencia, somos animales más visuales que lingüísticos.

Paul Churchland nos ofrece un ilustrativo ejemplo para evidenciar la enorme cantidad de datos sensoriales de los que podemos ser conscientes. Pensemos en el superdesarrollado olfato de un perro. Supongamos que tiene unas siete clases de receptores olfativos diferentes (el ser humano tiene siete o quizá más) y que puede percibir treinta niveles de estimulación distintos con cada tipo de receptor, desde un leve matiz olfativo hasta un olor de una intensidad insoportable. El cálculo es sencillo: elevamos 30 a la séptima potencia para conseguir un resultado espectacular: ¡Unas 22 mil millones de percepciones sensoriales diferentes! Esto explicaría por qué un perro puede distinguir el olor de una persona entre millones o descubrir unos gramos de cocaína en una maleta escondida en la bodega de un avión de pasajeros. Sin lugar a dudas, el olfato del perro es algo mucho más sofisticado que nuestro sistema lingüístico.

Véase también: ¿Es más difícil caminar que realizar ecuaciones?

En filosofía de la mente la teoría de la identidad afirma que los estados mentales son una y la misma cosa que los estados físicos del cerebro. Durante mucho tiempo he considerado esta teoría como manifiestamente errónea. Si decimos que dos cosas son una y la misma, ambas tienen que tener exactamente las mismas propiedades y cuando comparamos los estados mentales con los neurales, esta identidad parece no darse en absoluto. Si abro un cerebro con un bisturí no encuentro nada que se parezca a un sentimiento o pensamiento. ¿Que tendrán que ver una serie de intercambios y procesos entre moléculas con mi sentimiento de dolor o alegría? ¿Qué podría tener que ver el chisporrotear de una neurona con mi soledad? Ambas cosas tienen propiedades diferentes: mi soledad no produce electricidad ni parece tener enlaces químicos… ¿Cómo van a ser lo mismo? Muchos filósofos hablan de que dar propiedades físicas a estados mentales es cometer errores categoriales: ¿Es legítimo dar a mi soledad propiedades como tener masa y ocupar un lugar en el espacio? Como veíamos en anteriores entradas, el lenguaje de la física parece muy inadecuado para hablar de la mente y en nuestra vida cotidiana nos apañamos bastante bien sin utilizar un lenguaje fisicalista cuando hablamos de ella.

No obstante, después de leer a Paul Churchland, la teoría ya no me parece tan descabellada. Para defenderla voy a dar dos argumentos, siendo más  fuerte e interesante el segundo:

1. Negar la teoría de la identidad nos lleva a una posición más complicada que si la aceptamos. La cuestión es: ¿Si los estados mentales no son, a fin de cuentas, estados físicos, qué diablos son? Si no aceptamos la identidad debemos postular algún tipo de dualismo sustancial, el cual siempre es problemático. Nos encontramos, al igual que ya le pasó a Descartes, con dos realidades irreconciliables que cuesta mucho casar. ¿Cómo se relaciona lo mental con lo físico? ¿Cómo algo inmaterial e intangible como un pensamiento interacciona con algo físico como mi brazo cuando yo pienso en moverlo? El dualismo es más complicado de mantener que una teoría de la identidad. Aplicando la navaja de Ockham, la identidad es más sencilla: no multiplicamos entes.  

2. Solemos decir que los estados mentales y los físicos tienen un distinto acceso epistémico. Para los estados físicos usamos la observación: vemos las neuronas y experimentamos con ellas, mientras que para los estados mentales no nos queda otra que la introspección en primera persona: me analizo únicamente a mí mismo sintiendo o pensando, no pudiendo hacer lo mismo con otros. Así comprobamos que ambos tipos de estados tienen propiedades distintas y, por eso, nos parece lícito decir que son dos cosas diferentes y hacernos dualistas. Sin embargo, aquí hay un error lógico: que dos cosas tengan un acceso epistémico diferente no implica que sean dos cosas diferentes. Imaginemos una casa que tiene dos entradas. La primera es la puerta principal que sólo da acceso al salón y la segunda es la puerta de atrás que sólo da acceso a la cocina. El dualista entra por una puerta y sólo ve el salón, después entra por la otra y sólo ve la cocina y de ello deduce que ambas habitaciones son de casas distintas.  El problema está en que no sabemos lo suficiente de cómo funcionan los estados físicos del cerebro. Siguiendo con el ejemplo, no sabemos qué puertas conectan el salón con la cocina, pero esto, insistimos, no implica que estemos en dos casas diferentes. Podría ser que sólo contemplamos dos perspectivas de un mismo fenómeno. Nuestra soledad podría tener masa… ¡lo que no sabemos es cuanta!