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Uno de los pecados más típicos y, casi consustanciales, al mundo intelectual, es el de la arrogancia. He leído a multitud de filósofos decir, sin despeinarse siquiera, que todo lo que se había escrito hasta su llegada era erróneo y que su obra constituía algo así como el punto culminante de la historia de la filosofía. Eso se puede ver en el Discurso del Método de Descartes, a lo largo y ancho de toda la obra de Hegel (que según muchos de sus discípulos constituye el fin del quehacer filosófico a partir del cual solo queda hacer historia de la filosofía); incluso el maravilloso Wittgensetin se atreve a decir que su Tractatus constituye una solución final a todos los problemas de la filosofía. Decía Santayana que quién no conoce la historia de la filosofía está condenado a repetirla. Y así ha sido: todos estos pensadores que se creyeron el fin de la historia solamente han sido un escalón más en ella, siendo su arrogancia un punto ciego de ingenuidad e ignorancia en su, por lo demás, genial trabajo.

Lo mismo puede decirse del positivismo. Asombrados por el rotundo éxito de las ciencias naturales, muchos autores quisieron subirse a su carro y pensaron que la ciencia era, de nuevo, la solución y el fin de la historia de la filosofía. Pero los positivistas tuvieron un atrevimiento aún mayor y enfatizaron como nadie hasta entonces el infravalor de todo lo que se había pensado hasta su llegada, lanzándose a establecer un límite muy definido entre el auténtico conocimiento, la verdaderísima verdad, y la charlatanería o, como ellos la llamaron, la pseudociencia. Los miembros del Círculo de Viena, malinterpretando terriblemente a Wittgenstein, intentaron concienzudamente elaborar un preciso criterio de demarcación entre ciencia y filosofía. Y, claro está, fue un rotundo fracaso. Sus criterios de correspondencia, verificación, testabilidad, falsación, etc. se llevaban por delante gran parte de lo que tradicionalmente consideraríamos ciencia empírica. Al final, se dieron cuenta que era imposible establecer una frontera entre ciencia y metafísica, siendo el mismo discurso científico tan metafísico como cualquier otro.

Lo que me asombra en la actualidad es que, debido seguramente a este desconocimiento de la historia de la filosofía del que se queja Santayana, el discurso positivista se mantiene de forma bastante habitual en cualquier foro científico. Si uno lee uno de los grandes libros de divulgación científica de las últimas décadas, El gen egoísta de Richard Dawkins, ve claramente en su introducción el alegre sesgo positivista de su autor. Es muy común leer a científicos que se disculpan por entrar en cuestiones filosóficas en sus obras, entendiendo siempre la filosofía como algo así como “especular sin pruebas” o “fantasear”, de modo que eso debe evitarse en toda investigación científica seria. Ese “límite”, ese “criterio de demarcación” propio del positivismo sigue presente de forma tácita en sus mentes a pesar de que ya casi nadie lo defiende seriamente desde mediados del siglo pasado.

El asunto es más grave de lo que parece pues creo que la fragmentación del conocimiento, el hecho de que el saber se encuentre dentro de compartimentos estancos poco comunicados, la ausencia de una cosmovisión coherente y bien integrada, el abismo existente entre las ciencias y las humanidades, viene de esta obstinación positivista por crear fronteras artificiales donde, con toda evidencia, no las hay. La miseria del positivismo como corriente filosófica está en su arrogante obsesión por separar. En estos días estoy leyendo la maravillosa Viena de Wittgenstein de Janik y Toulmin, en donde se nos cuenta el ambiente intelectual de la Viena de principios de siglo para comprender el contexto de la filosofía del filósofo austriaco. En la Viena finisecular no existía esta  especialización profesional tan marcada en el ámbito anglosajón. En la Viena que dio a luz a Freud, Kokoschka, Schömberg, Mahler, Ernst Mach, Adolf Loos, e incluso al mismo Círculo positivista de Viena, no existía esta idea de demarcación entre conocimientos, entre saberes ciertos y falsos, de un modo tan marcado como en la actualidad. Leamos este fragmento:

 ¿Fue solamente una coincidencia que los orígenes de la música dodecafónica, de la arquitectura “moderna”, del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa y del psicoanálisis – sin mencionar la reviviscencia del interés por Schopenhauer y Kierkegaard – tuviesen lugar simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran medida, en Viena? ¿Fue meramente un hecho biográfico curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen descubierto en sus conversaciones que tenían un interés común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colección de la obra de Schopenhauer? . ¿Y no fue más que una consecuencia particular de la versatilidad de Arnold Schönberg regalando un ejemplar de su gran libro de texto musical, Armonielehre (Tratado de armonía), al periodista y escritor Karl Krauss, con la dedicatoria: “He aprendido de usted más, quizá, de lo que alguien debiera aprender de otro si pretende permanecer independiente”.

En la Viena de Wittgenstein existía un zeitgeist determinado siendo una de sus características principales esa interdisplinariedad o interdepartamentalidad de la que nuestros pedagogos no paran de hablar. Si Viena se hubiera regido por los criterios de demarcación positivistas que ayudará a dar a luz, dudo mucho que la riqueza de sus aportaciones al siglo XX hubiese sido tal. En otro ejemplo significativo, el mismo Dawkins positivista cuenta lo que ocurrió cuando un ingeniero aeronaútico como Maynard Smith se dedicó a la teoría de la evolución, aplicando a ella la teoría de juegos: una gran revolución. Cuando dos disciplinas que, aparentemente, no tienen nada que decirse, se mezclan fértilmente, el conocimiento avanza. Pero si el conocimiento se aísla,  se compartimenta, la decadencia y la parálisis lo infectan.

Empero, no todo en el positivismo es sinrazón. Como todas las corrientes, defendidas en su totalidad son falsas, pero atendidas parcialmente son verdaderas. El positivismo y la filosofía analítica que lo acompañó nos hicieron ver dos cosas: la grandeza de la colosal revolución que la ciencia traía consigo y los defectos de una buena parte de la filosofía que se había hecho históricamente. Hace unos días leí un tweet muy sugerente de Paco Traver que decía: ¿Por qué la llaman metafísica si carece de física? Eso es cierto. No entiendo cómo alguien puede hacer ontología o filosofía de la naturaleza ignorando por completo la física de partículas. No comprendo como tantos filósofos han dado la espalda a la revolución científica en un, de nuevo, gesto de arrogancia. Las humanidades se apoderaron del concepto de cultura entendiendo como cultura exclusivamente lo que hacían ellas. Es decir, se considera un gesto de alta cultura conocer bien la vida y las obras de, por ejemplo, Schubert, pero no pasa absolutamente nada si no conocemos el Segundo Principio de la Termodinámica o si nuestro nivel de matemáticas no pasa de Bachillerato. El positivismo hizo muy bien en denunciar esto, más cuando la superstición y las magufadas varias, fruto de la ignorancia científica, abundan en nuestro mundo. La red está llena de blogs escépticos criticando cualquier desatino pseudocientífico y eso es magnífico.

Muchos de los problemas filosóficos que aparecían por doquier son fruto de malos usos del lenguaje. Esa es la segunda gran verdad del positivismo y de la filosofía analítica. Es muy cierto que si analizas lingüísticamente con sumo cuidado ciertas argumentaciones ves que, en el fondo, son fruto de errores en el manejo, por ejemplo, de los significados de los términos. Esto ocurre salvajemente en la filosofía postmoderna, la cual es charlatanería pura y dura en un alto porcentaje. El positivismo volvió (y vuelve, ya que hoy en día la postmodernidad sigue muy vigente en ciertos ámbitos) a acertar en su denuncia.

Pero el positivismo erró en su perspectiva global. Ni siquiera su concepción de la ciencia que defendía a ultranza fue correcta. Si yo observo una planta percibo en ella multitud de propiedades: veo formas, longitudes, colores… Si la observo con más tiempo y detenimiento puedo intuir su patrón de crecimiento, cómo se alimenta y se reproduce… pero si aplico a su estudio todo el peso del método científico mi conocimiento aumenta exponencialmente… Comprendo su metabolismo, sus mecanismos de polinización… observo millones de células, millones de reacciones químicas, millones de sistemas que asombran por su complejidad con los que Teofrasto no hubiera podido ni soñar… Si miro la planta al microscopio aparecen nuevos mundos que me llevan al infinito y más allá. La ciencia es, por definición, amplitud de miras, crecimiento. No es, desde luego separación y frontera.

Betrand Russell definía la filosofía como lo que todavía no es ciencia. Un pensador, procedente de un ámbito casi antagónico al de Russell, Karl Jaspers, afirmaba que la ciencia necesitaba de la filosofía para avanzar. Ambos entendían la filosofía como ese momento de especulación, de conjeturas, de discusión sobre conceptos y enfoques metodológicos, previa a la pura experimentación científica. Yo voy algo más allá: no solo ese momento, sino el mismo quehacer estrictamente científico está infectado de filosofía.

En un poético pasaje del Así habló Zarathustra, Nietzsche nos contaba que solamente veía grandes orejas, enormes ojos o gigantescas narices… Tullidos al revés los llamaba. Era su particular crítica a la hiperespecialización de las ciencias modernas. Un hiperespecialista es un gran ojo que ve mucho, pero ni oye ni huele ni toca. Si nuestros sistemas educativos únicamente crean sujetos especialistas en un campo del saber, ciegos para los demás, tendremos tullidos, personas incompletas. De la misma forma, Edgar Morín nos advierte que la gran mayoría de los problemas a los que nos enfrentamos en el siglo XXI son problemas que hay que afrontar a muchos niveles. Ni la ciencia, ni la técnica, ni la política, ni la economía ni cualquier disciplina o perspectiva que se enfrente a ellos por si sola podrá hacerlos frente. A problemas de múltiples niveles soluciones multidisciplinares. Hacen falta teorías globales, visiones que integren de modo coherente todos los campos del saber y no, desde luego, perspectivas que busquen la división y, al hacerlo, fomenten el estancamiento.

Leyendo un simpático post de Jesús Zamora acerca de la verdad me vino a la cabeza la popular teoría de la verdad como redundancia. Es una forma ingeniosa de desembarazarse de conceptos que, debido a su carga metafísica, traen dolores de cabeza al reflexionar sobre ellos. Tal era el caso del concepto de verdad. Cuando nos preguntamos ¿qué es la verdad?, automáticamente nos entra vértigo y tenemos que exprimir nuestra sesera para ofrecer alguna respuesta concluyente. Los positivistas lógicos de primera mitad de siglo, intentaron solucionar el asunto disolviéndolo, es decir, constatando que ,en el fondo, lo que pasaba es que el concepto de verdad es un pseudoconcepto, una palabra sin sentido que sólo traía pseudoproblemas. Si queremos tener un conocimiento sólido de la realidad hay que eliminar estas absurdas fuentes de sofismas, por lo que, en su pretencioso proyecto de construir lenguajes lógicamente perfectos, entraba eliminar por completo cualquier palabra que oliera a metafísica.

La primera formulación de la teoría de la verdad como redundancia se encuentra formulada en Ramsey si bien Frege o Wittgenstein ya habían hecho mención de ella. En sus Investigaciones filosóficas Wittgenstein sostiene que decir que “es verdad que p” equivale a decir que “p”, del mismo modo que decir que “es falso que p” equivale a decir que “┐p”; por lo tanto decir “es verdad que p” es una redundancia que no añade nada nuevo a lo dicho en “que p”. Según Ramsey las teorías que afirman que la verdad es una propiedad o una relación de las palabras, de los objetos, o del resultado de relacionarlas, son erróneas. Las afirmaciones “es verdad que” o “es cierto que” no añaden nada nuevo a lo que diría la misma oración sin incluirlas. De este modo no hay verdades ni falsedades, ni siquiera hechos o casos. Ramsey disuelve en un momento todo discurso metafísico acerca de la verdad y, si forzamos un poquito, hasta de la misma realidad. Esto sí que es usar la navaja de Ockham.

Sin embargo, existe un problema: no siempre afirmamos la verdad de algo sin conocer la proposición en cuestión (p), adscribiéndonos ciegamente a su verdad. Sería el ejemplo de decir “Todo lo que el Papa dice es verdadero”. Ramsey, consciente del problema se lanza a su solución:

La proposición “Todo lo que el Papa dice es verdadero” se transcribe a lenguaje lógico así:

(1) Para todo a, R, b, si el Papa asevera aRb, entonces aRb

Si admitimos la cuantificación de segundo orden sobre la proposición, se podría transcribir a:

(2) Vp (Si el Papa dice que p, entonces p)

Podríamos decir entonces lo mismo sin recurrir a “es verdadero” por lo que afirmar la verdad o falsedad en este tipo de proposiciones seguiría siendo redundante.

PD: Ramsey, además de un genio, era un ateo militante, pero tenía graves problemas de riñón que lo llevaron a la tumba con tan sólo veintiséis años. Dios tiene muy mala leche con los ateos. Crucemos los dedos.

 

En su Blog Una nueva conciencia y, a raíz de un post publicado por José Luis Ferreira, Carlos realiza un feroz ataque al naturalismo, al positivismo y al racionalismo. Si bien yo sólo me sumo de modo militante a la primera de estas tres corrientes (algo a la tercera y nada a la segunda), entiendo que se me englobe dentro de estas tendencias. Aquí va mi respuesta.

Abro un manual de fisiología vegetal y me encuentro con una bella ilustración de, por ejemplo, una clásica célula vegetal. Veo como cada una de sus pequeñas partes esta cuidadosamente catalogada (con nombres muy feos eso sí), como se han establecido funciones (sabemos para qué vale cada cosita), redes de relaciones entre cada uno de los distintos orgánulos, complejas interacciones físicas, térmicas, químicas… Cuando veo la célula vegetal, me imagino los arduos años de trabajo de laboratorio, me imagino al curioso naturalista mirando por su microscopio (aparato que requirió siglos de trabajo para su refinamiento actual y que, leches, ¡funciona dogmáticamente!). Años, becas de investigación, horas y horas de trabajo muchas veces mal remunerado… Esa es la gran empresa del conocimiento humano. Cuando ojeo las páginas de ese manual, la fuerza que me guía es la curiosidad  de comprender mejor el mundo (la cual creo que también guió al fisiólogo gracias al cual puedo entender la célula) y la fascinación ante ver lo maravillosa que es realmente la naturaleza. A cada página que paso voy encontrando algunas respuestas, entiendo por qué la pared celular está hecha de celulosa o para qué valen las vacuolas, pero inmediatamente surgen otras mil preguntas: ¿cómo almacenan las sales las vacuolas? ¿cómo atraviesan los nutrientes la pared celular? Para algunas vuelven a darse respuestas, pero para muchas otras no. Y lo bonito, a la vez que trágico, es que no se pueden dar rápidamente. He de esperar a otros años de cuidadosa y precisa investigación, a muchas hipótesis atrevidas pero refutadas, o a que quizá no se sepa nunca. Sin embargo, al mirar la imagen de la célula me cuesta pensar que exista algo de mentira aquí, algo de conocimiento relativo o de escepticismo… ¿Es que acaso la célula vegetal no tiene las partes que aquí se mencionan? ¿Es que los procesos químicos de los que aquí se hablan no ocurren realmente? Podría darse que algunas cosas estuvieran equivocadas pero no la mayoría: las proteínas se sintetizan en los ribosomas, esto es algo extremadamente difícil de negar.

¿Hay algo de dogmatismo, de fortín de seguridad psicológica, de nueva ideología de moda, de servilismo estatal, de perezosa comodidad intelectual que ingenua no duda de sus fundamentos, en mi paseo por el manual de fisiología vegetal? No, aunque puede derivar en ello. Si afirmo que eso es lo único que puede decirse sin más sí, si niego toda posibilidad de otro discurso por principio sí, si tacho a priori de estupidez todo lo demás sí. Pero no es el caso, porque lo que se hace es tachar algunas cosas sólo a posteriori.

Después de comprobar los terribles esfuerzos de miles de biólogos durante siglos por conseguir hablar dos líneas de un minúsculo orgánulo, me encuentro con el filósofo posmoderno de turno (a lo Lyotard por ejemplo), el cual tira por la borda todo a partir de tres libros que ha leído y de dos tardes de pensar frente a la estufa. El conocimiento es relativo, una invención, una fabulación del hombre atormentado que no sabe  vivir en la incertidumbre… No hay hechos, sólo interpretaciones decía Nietzsche.¡Gödel lo ha demostrado desde las matemáticas, Feyerabend desde la historia de la ciencia! La ciencia es una ideología burguesa, cuya única justificación  es servir a la clase dominante… ¡Heisenberg ha destruido todos estos dogmas desde la física cuántica! Entonces vuelvo a mirar mi manual de fisiología y pienso: será verdad entonces y es que los ribosomas no sintetizarán proteínas. Será verdad, así que voy a negar todo esto no sea que me llamen dogmático o positivista que, en un alarde de ingenuidad, no se ha dado cuenta de que es un burócrata al servicio de un opresivo statu quo. Y es que, habitualmente, la mayoría de esta peña no se ha asomado ni por un segundo a mi querido manual.

A partir de este conocimiento tan dogmático e ingenuo, que se caracteriza (entre otras carencias) por su precisión, por haber sido elaborado con sumo cuidado en un trabajo comunitaro de muchísimas personas, y porque su modus operandi reside precisamente en no creerse nada hasta tenerlo muy pero que muy comprobado, podemos permitirnos el lujo (sin ser tachados de fanáticos o tiranos espero) de tachar a posteriori aquellas cosas que están hechas con menos precisión, esfuerzo o cuidado. Y eso es lo que se hace. Planteamientos como las filosofías de Aristóteles, Hegel o Leibniz (por las que tengo un sumo respeto) pierden la partida contra las teorías científicas porque adolecen de ciertas carencias. Aristóteles fue un gran observador pero lo faltó la experimentación, y Hegel o Leibniz se alejan tanto de la observación y del sentido común que acaban por plantear posturas excéntricas o descabelladas. Lo que criticamos (o yo critico) son las posturas alejadas de la naturaleza, que no tienen cuidado en comprobar de algún modo sus tesis (la teología cristiana es un claro ejemplo), que caen en las trampas del lenguaje (es la gran aportación de la filosofía analítica), que se pierden en infructuosas especulaciones (el pensamiento trinitario por ejemplo) o que, a fin de cuentas, no solucionan ningún problema (¿Me puede alguien decir qué problema teórico o práctico solucionó Heidegger?). Criticamos a aquel que se lanza a hablar páginas y páginas de la vida sin haber tocado mi manual de fisiología (estará faltando al respeto a todos los que lo hicieron posible).

Pero estoy abierto a que me ofrezcan otras cosas. Si alguien tiene algo mejor a la lógica matemática (la razón) y a la verificación experimental (la observación) que, por favor, me lo presente.