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Como un invento casi nunca es la obra exclusiva de un solo inventor, por muy grande que pueda ser su genio, y como es el producto de los trabajos sucesivos de innumerables hombres, trabajando en tiempos diferentes y a menudo en diversas direcciones, el atribuir un invento a una sola persona constituye simplemente una manera de hablar, es ésta una falsedad conveniente alentada por un falso sentido del patriotismo y por el sistema de monopolios de patentes, sistema que permite a un hombre reclamar una recompensa financiera especial por ser el último eslabón en el complicado proceso social que produjo el invento. Cualquier máquina completamente desarrollada es un producto colectivo compuesto, la actual maquinaria de tejer, según Hobson, es un compuesto de cerca de 800 inventos, en tanto la de cardar está constituida por un conjunto de 60 patentes. Esto también es cierto por lo que se refiere a países y generaciones, el acervo común de conocimientos y de experiencias técnicas trasciende los límites de los egos individuales o nacionales, y olvidar este hecho es no sólo fomentar la superstición sino minar la base planetaria esencial de la tecnología misma.

Lewis Mumford, Técnica y Civilización

Parece un acto bastante ladino, apropiarse de algo que no es de uno, pero más ladino parece apropiarse de algo que podría servir de provecho a toda la humanidad. No creo que el capitalismo, en sí mismo, sea algo malvado. No creo que el tráfico libre de productos y mercancías tenga en sí algo diabólico. Sin embargo, sí que creo que el capitalismo se hace nocivo cuando invade áreas que no le corresponden, cuando conquista espacios que, a priori, no deberían estar sujetos a transacciones financieras. Y el caso de la propiedad intelectual es uno de ellos. Sí, como afirma Mumford, cualquier invención humana es un fruto colectivo que excede por completo el trabajo de un autor, ¿con qué pretexto puede tal autor decir que la invención es suya? Pero, es más, ¿por qué los demás, miembros de sociedades democráticas, debemos ver como deseable que descubrimientos científicos, tecnológicos o intelectuales de cualquier tipo, no fueran patrimonio de toda la humanidad?

Decía Rousseau que el origen de la propiedad privada fue cuando alguien cercó un terreno, dijo que era suyo y encontró a alguien tan tonto como para creérselo. Con el sistema de patentes o con la propiedad intelectual pasa lo mismo. Cuando enseñamos que Watt es el inventor de la máquina de vapor estamos contribuyendo a esta gran mentira. Por eso urge la necesidad de inventar nuevas formas de premiar el trabajo de los creadores (y de fomentar las ya inventadas, que son muchas), a la vez que el producto de sus obras repercuta en el bien de la comunidad, eliminando, de algún modo, el concepto de «propiedad intelectual».

Véase: La Ley Sinde: ¿Qué significa robar?