Posts etiquetados ‘Razón Instrumental’

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¿Cuándo una tecnología es eficiente? ¿Cómo definir eficiencia tecnológica? ¿Cómo valorar un determinado desarrollo tecnológico? Es algo bastante importante tener claro porque es ya una redundancia cansinamente obvia decir que vivimos rodeados de tecnología. Constantemente leemos o escuchamos juicios de valor acerca de tal o cual tecnología. Que si los transgénicos, las ondas electromagnéticas, los aditivos alimentarios, Internet, los videojuegos… Cualquier avance parece tener legiones de defensores y detractores ya desde sus primeros momentos de aplicación ¿Cómo no perdernos en tal maraña de valoraciones? Pues, de primeras, teniendo claro como medir la eficiencia de una tecnología, saber evaluar, al menos, si una tecnología es deficiente o no.

La primera definición de eficiencia puede surgir de lo que se ha llamado eficiencia termodinámica: el cociente entre la energía suministrada a una máquina y la energía que produce. Según el Segundo Principio de la Termodinámica, la energía producida siempre es menor que la suministrada, es decir, siempre hay pérdidas de energía, siempre hay trabajo o calor que se pierde residualmente, que no se utiliza para el objetivo que la máquina fue diseñada. Esta definición es suficiente cuando nos referimos a artefactos en los que el objetivo del ingeniero es precisamente la eficiencia energética. Sin embargo, cuando pensamos en otro tipo de artilugios en donde el aprovechamiento termodinámico no es lo más importante, esta definición se queda corta. Si somos un programador informático, por regla general nos parecerá poco importante que el programa que estamos diseñando disipe más o menos calor.

Podemos entonces recurrir a la definición clásica de eficiencia como racionalidad instrumental. Un artefacto será eficiente si utiliza los mínimos recursos posibles para conseguir sus fines. Esta definición es interesante porque permite distinguir eficiencia de eficacia. Un artefacto es eficaz, sencillamente, cuando consigue lo que promete con independencia de los recursos que utilice. Matar moscas a cañonazos es eficaz pero no es eficiente. Si algo es eficiente es eficaz pero si es eficaz no tiene por qué ser eficiente. Esta definición es la más usual que solemos encontrar y, en apariencia, parece satisfactoria. Si, de nuevo, soy un programador informático, mi programa será tanto más eficiente, por ejemplo, cuantas menos líneas de código contenga o, en términos matemáticos, cuanto más elegante sea.

Estudié Filosofía en la ilustre Universidad de Salamanca. Allí, el profesor que me introdujo en la filosofía de la tecnología fue Miguel Ángel Quintanilla. El nombre no debe sonaos demasiado pero tiene en su haber una de las más importantes aportaciones de la filosofía patria: un mejor concepto de eficiencia tecnológica que el de racionalidad instrumental. Supongamos que soy un ingeniero industrial al que encargan la construcción de una nueva máquina para, por ejemplo, empaquetar cajas. Soy un excelente profesional, así que construyo una máquina con unos materiales muy baratos y que consume muy poca energía. En términos de racionalidad instrumental es fantástica: con mínimos recursos cumple sobradamente sus objetivos. Sin embargo, hay algo que no he tenido en cuenta: el funcionamiento de la máquina es tremendamente contaminante. Hay efectos colaterales que han pasado desapercibidos a mi proyecto inicial, efectos tan graves que quizá podrían dar al traste con la misma viabilidad de mi proyecto.

Quintanilla encuentra la solución al problema de un modo tan sencillo como ingenioso: una máquina es eficiente si utiliza los medios más económicos para llegar a sus objetivos y a nada más que a sus objetivos. Ya está, esta última clausula soluciona el problema de los efectos no deseados. Mi máquina empaquetadora es muy ineficiente a pesar de ser barata y eficaz, ya que tiene importantes efectos más allá de los objetivos de su diseño. El ideal de la eficiencia de Quintanilla es que los objetivos sean exactamente los mismos que los resultados. De este modo, a la hora de planificar una máquina no solo hemos de tener en cuenta la economía de medios sino también todos los posibles resultados que puedan ir más allá de los objetivos inmediatos. Quizá, el hecho de operar hasta ahora con un concepto de eficiencia demasiado centrado en la economía de medios y en la obtención de resultados a corto plazo, con pocos miramientos hacia efectos colaterales es la que ha generado una economía que, en demasiadas ocasiones, no mira demasiado por el bien común, o un modelo productivo totalmente insostenible a largo plazo.

La propuesta de Quintanilla es muy saludable, desde luego, pero creo que el problema reside en la dificultad de predecir resultados no deseados en cualquier tecnología de las llamadas penetrantes, aquellas que tienen tan gran impacto que modifican el mismo sistema tecno-económico . Por ejemplo, pensemos en que los hermanos Lumiere no vieron, ni de lejos, las grandes repercusiones a todos los niveles de su nuevo invento: el cine (incluso las negaron). O, reflexionemos acerca de Internet ¿Alguien podría haber predicho, primero el éxito, y luego las enormes potencialidades de semejante tecnología? Tenemos las llamadas tecnologías de cisne negro, aquellas cuyo éxito es muy improbable pero sucede. Por definición, son tecnologías impredecibles cuyas consecuencias son, a fortiori, más impredecibles aún. El éxito de la televisión, de Facebook, de Twitter, de Whatsapp, de los youtubers… Prácticamente, cualquiera de las iniciativas empresariales ligadas a las nuevas tecnologías que han triunfado en la actualidad eran de cisne negro ¿Cómo predecir entonces sus consecuencias?

Cuando pienso, por ejemplo, en las críticas que han surgido ante el uso extendido de Internet, hablándose incluso de patología, de adicción equivalente a la de cualquier psicotrópico, me gusta compararlas con las que, seguramente, surgieron ante la invención de la imprenta. Cuando Europa se llenó de libros baratos asequibles a casi todo el mundo, seguro que se oyeron críticas hacia las personas que se pasaban todo el día leyendo. Seguro que muchos padres regañaban a sus hijos ordenándoles que dejaran los libros y que salieran más a relacionarse con chicos de su edad.

Creo que en este tema cualquier generalización es difícil pero me atrevo a decir que confío bastante en la capacidad de adaptación del ser humano ante la aparición de nuevas tecnologías. Un niño del Neolítico aprendía y se adaptaba a su estilo de vida al igual que lo haría un joven europeo del siglo XVIII, a pesar de que las tecnologías que ambos manejaran serían radicalmente diferentes. Parece una prueba de la excesiva psicologización o medicalización propia de nuestra época pensar que cada cosa que ocurre tiene importantes consecuencias para nuestra salud física o mental. Creo sinceramente que el uso habitual que hacemos de Whatsapp la mayoría de las personas no nos llevará a graves problemas mentales.

La tecnología ha ido avanzando en una especie de selección natural darwiniana en la que más apto significaba adaptarse mejor a las necesidades de los consumidores. Si comprobamos que tecnologías han fracasado a lo largo de la historia, veremos que la gran mayoría de ellas no eran buenas en el sentido en que los consumidores las rechazaron o no llegaron al mercado porque los inversores previeron su rechazo. Muchos me tacharán de optimista pero invito al lector que mire a su alrededor y analice todos los avances técnicos que tiene en su hogar, diseñados y mejorados durante años para hacerle la vida bastante más fácil. No damos la suficiente importancia a que cualquier persona de clase media tiene acceso a una tecnología inimaginable tan solo unas décadas antes (qué decir de otros siglos o épocas. Vivimos muchísimo mejor que un rey del medievo). Eso es algo digno de celebración y no tanto de sospecha o crítica. Festejemos y potenciemos el avance tecnológico porque, en el peor de los casos, si el mundo está así de mal por su culpa, solo mediante él podremos salvarnos. De eso estoy seguro.

Adendum del 8-11-2015.

Para los que os guste la elegancia y la precisión que da la matematización de cualquier cosa, añado la fórmula de eficiencia de Quintanilla. Es tan simple (y bonita) que parece una estupidez, pero si pensamos bien y profundizamos en ella no lo es, para nada. Es más, no sé que luz se iluminaría en la cabeza de mi viejo profesor cuando se le ocurrió, pero, insisto, es una gran aportación a la filosofía de la tecnología.

Eficienciatecnológica

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Cube de Vincenzo Natali

SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA NO SIGAS LEYENDO

Siete personas despiertan en un extraño complejo lleno de  habitáculos con forma de cubo. Nadie sabe como ha llegado allí pero pronto se dan cuenta de que en muchos de esos cubículos hay trampas mortales. ¿Qué hacer? ¿Cómo escapar de este complicado y letal laberinto? Hay pistas, hay claves y ninguno de ellos ha sido elegido al azar. De hecho, podemos hacer una historia de la filosofía a partir de los personajes:

Alderson (Julian Richings): muere nada más comenzar la película. Simplemente, despierta en un habitáculo y, al moverse al siguiente sin saber que hay trampas, se tropieza con la primera. Quizá representa el mero azar, el sinsentido, morir sin más. Cinematográficamente, presenta el dilema: un cubo con seis salidas, una por cada cara, que dan a más cubos, alguno de los cuales tiene trampas mortales.

Rennes (Wayne Robson): también conocido como el  “troglodita” o el “pájaro de Ática”. Es un experto escapista que se ha fugado ya de siete cárceles. Representa el pragmatismo.

“Sí, soy la reencarnación de Houdini. Os he arrastrado hasta aquí porque necesito vuestras botas. Sed inteligentes o me largaré en un visto y no visto. Basta de hablar, basta de especular. No penséis en nada que no tengáis delante de vosotros. Ese es el auténtico desafío. Tenéis que salvaos de vosotros mismos”

Después de decir este elocuente discurso muere víctima de una trampa que no supo detectar. Su muerte significa el fracaso de esta filosofía: para salir del cubo hace falta especular, pensar más allá de lo que uno tiene delante.

Worth (David Hewlett): es el nihilismo. Un arquitecto que lleva una vida solitaria y miserable. No tiene razón alguna para salir de allí, por lo que se muestra poco colaborativo. Quentin desmonta su nihilismo al proponerle que, ya que no tiene ganas de vivir, se suicide lanzándose a una trampa. Worth, evidentemente, no lo hace. Sin embargo tiene una gran lucidez (como suelen tenerla los grandes nihilistas): es el único que entiende el sentido del cubo. Curiosamente, se acabará llevando bien con Holloway.

Leaven (Nicole de Boer): joven y aburrida estudiante de matemáticas, tiene un cerebro privilegiado para los números (aunque para nada más. No propone ninguna teoría global que de sentido al cubo). Representa la razón instrumental. Descifra el acertijo numérico del sistema (le han dejado las gafas para ello) pero desprecia a Kazan por ser retrasado (la inteligencia es fría, inhumana) y tiene una buena relación inicial con el poder (Quentin).

Holloway (Nicky Guadagni): médico de indigentes y solterona. Representa el humanismo y es el contrapeso de Quentin en el liderazgo del grupo (por eso acaba con ella). Es la única que se preocupa por Kazan y consigue que no lo abandonen, aunque es conspiranoica  en sus explicaciones del cubo, es materialista (se enfada porque le han quitado sus joyas), cotilla y algo insoportable.

Todos participamos en la creación del cubo

Quentin (Maurice Dean Wint): violento y policía, maltrata a su mujer y a sus hijos (por eso ella le dejó). Va a representar el voluntarismo. En un principio, ejerce de líder positivo del grupo, tranquilizando, animando a los demás y contando con ellos para tomar decisiones, pero poco a poco, irá degenerando para terminar siendo un dictador ejemplar. Comienza desconfiando de Worth (piensa que es una trampa más) porque se presupone con la habilidad de conocer profundamente a la gente con solo mirarla, y enfrentándose a Holloway por el liderazgo, la golpea. A partir de aquí ya sabemos quién es el malo (“Una hora será el tiempo que yo diga”). Al final, asesina a Holloway, a Leaven y deja malherido a Worth.

Kazan (Andrew Miller): clásico savant, autista capaz de realizar cálculos con números astronómicos. Es despreciado por Leaven y Quentin (“Es la ley de la selva. Él pone en peligro la manada” . Los nazis practicaron el darwinismo social), y sólo Holloway se encarga de él. Podemos decir que es el único personaje que no alberga maldad y que no pretende intencionalmente salvarse, aunque es el único que lo consigue (y quizá eso es la causa como moraleja). No deja de ser curioso: escapa el único que no puede comunicar al mundo dónde ha estado (el ser es incomunicable, que diría Gorgias). Kazán sale de la caverna pero no puede volver a salvar a sus semejantes porque ya han muerto. Es el mito platónico invertido: los que ven mueren dentro de la caverna mientras que el ciego escapa. El más tonto escapa… ¿significa eso el fracaso de toda filosofía, representada por los demás personajes, para ofrecernos la salvación? ¿Algún tipo de misticismo? La salida, representada simplemente como una luz cegadora puede indicarnos algo así: la iluminación como final del camino.

¿Qué es el cubo? ¿Qué sentido tiene todo? Quentin piensa que puede ser el divertimento de algún rico excéntrico, idea de la que se burla Holloway, la que aboga más por una conspiración estatal.  Pero la verdad la tiene Worth. Él fue el arquitecto que diseñó el armazón exterior del cubo y explica el sentido de todo:

“Worth: es posible que te cueste entenderlo. No existe ninguna conspiración. No hay nadie que mande. Es una patochada sin píes ni cabeza que funciona bajo la ilusión de un plan maestro ¿Lo entiendes ahora? El gran hermano no te está vigilando.

Quentin: ¿Se puede saber qué explicación es esa?

Worth: La mejor que recibiréis. He estado pensando y la conclusión a la que he llegado es que allí arriba no hay nadie.

Quentin: Sin embargo alguien tuvo que aprobar esta cosa.

Worth: ¿Qué cosa? Sólo nosotros la conocemos.

Quentin: No tenemos ni idea de lo que es.

Worth: Sabemos más que cualquier otro. En fin, quizá alguien supiera algo antes de irse, de que le despidieran o le rechazaran, pero si esto tuvo algún propósito se tergiversó o se perdió en la confusión. Esto es un accidente, tal vez un proyecto olvidado de obras públicas ¿Creéis que alguien quiere preguntar? Lo único que desean es una conciencia tranquila y un sueldo elevado. Yo estuve meses sin mover ni un solo dedo. Era un trabajo estupendo.

Quentin: ¿Por qué nos metieron aquí?

Worth: se creó. O lo utilizas o reconoces que es inútil.

Quentin: pero… ¡claro que es inútil!

Worth: Quentin, ahí quería llegar.

Holloway: ¿En qué nos hemos convertido? Es mucho peor de lo que imaginaba.

Worth: en realidad no. Sólo es más patético.

Quentin: me pones enfermo Worth.

Worth: yo también me pongo enfermo. Los dos somos partes del sistema. Yo proyecté la caja y tú hacías la ronda. Es como dijiste: baja la cabeza, simplifícalo todo y sólo mira lo que tengas delante porque nadie quiere ver todo el cuadro. La vida es complicada. En fin, la razón por la que estamos aquí es que todo está descontrolado.

Holloway: ¿Así es como estropeamos el mundo?

Leaven: Vamos, ¿qué dices? Acaso habéis esnifado pegamento toda la vida. Siento que soy culpable por estropear el mundo desde que tenía siete años. Dios, si necesitas culpables lanza la primera piedra.

Worth: me siento mejor.

Holloway: por eso te has quedado, para confesarte.

Worth (mirando a Quentin): ¿sigues buscando algún culpable?”

Inmediatamente después Quentin golpea repetidamente a Worth. El desorden, el caos de nuestra forma de ser, el descontrol de nuestro estilo de vida, acaban paradójicamente, por crear una máquina sumamente sofisticada. Al final, el cubo que llevaba a la salida es el cubo en el que estaban al principio (ya que los habitáculos se mueven). ¿La solución del puzzle estaba en no hacer nada  (muerte del deseo, filosofía oriental)? ¿O en la sempiterna vuelta al origen?

Nota: la película tiene dos secuelas, pésimas ambas. Sólo aptas si eres fan de la serie B o por mera curiosidad.