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Si la vanguardia de la robótica es una cabeza de canguro que mira donde tú miras, estamos lejos, lejos de conseguir algo realmente sorprendente. ¿Alguien se cree que Kismet tiene realmente conducta emocional? ¿Alguien se cree que Kismet siente empatía con sus interlocutores? A lo sumo tenemos un más o menos competente imitador de los gestos que acompañan a las emociones sin sentir realmente emociones (en lo cual estamos igual que en el siglo IV a.C.). De aquí a la AI de Spielberg va un océano.

Léase Alabada sea su divinidad robótica.

Me gustan los programas de bricolaje. No sé por qué me gusta ver como, poco a poco, va construyéndose algo. Por un lado está el buen hacer del constructor, su innegable habilidad para, lo que para el común de los mortales sería un desastre garantizado, acabe por llegar a una obra intachable. La virtud es algo que, desde siempre, ha gustado admirar. Pero también esta contemplar una planificación y una ejecución, ver como se desarrolla algo con pasos bien estructurados en busca de unos fines claros. Me gusta ver un proceso con sentido, en el que no se hace nada en vano, en el que no sobra ni falta nada. Supongo que es una salida ante el absurdo cotidiano que contemplo en mi trabajo como profesor de secundaria y, quiza de modo mas general, en la misma vida.

Ver como esta silla se va autoconstuyendo es algo hipnótico. A pesar de que uno pronto supone que pasos va a dar este extraño robot, gusta ver como los ejecuta. Hay algo de simpático en él, algo en su lentitud, en la paciencia con la que realiza su tarea o en la dificultad inicial a la que parece enfrentarse, que hace que nos reflejemos en él.   Quizá sea esa labor constructiva, esa capacidad técnica de enfrentarnos a un problema y resolverlo, ese tener un objetivo claro y darlo todo por él, o la fragilidad misma que representa la escena, sean buenas metáforas de lo que es un ser humano. Mejor que la del artista o del filósofo, presentadas tantas veces como la esencia del ser humano únicamente porque los animales carecen de ellas. Quizá me minusvalore pensándome como un robot-silla, pero veo aquí mucha humanidad, mas cuando, al final, la silla vuelve a caerse, como en el famoso mito de Sísifo, como en la vida misma.

Visto en Art Futura

Todos los lunes tengo que impartir una hora de “Alternativa a la Religión”, una pseudoasignatura en la que no se puede hacer nada, ni dar ningún tipo de temario ni hacer maldita la cosa con fines pedagógicos (contradicciones del sistema educativo. Si fuera la única…). Lo único que se permite de forma unánime es ver películas, así que como hombre obediente que soy, eso hacemos todos los lunes en la clase de 3ª ESO B.

Tengo la mala costumbre de dejar la elección de la película a última hora, así que siempre ando el lunes, veinte minutos antes de que empiece la clase, mirando con  prisas en mi colección de películas cuál sería la adecuada para el alumnado. Empecé mirando la estantería de izquierda a derecha. Blade Runner no que es demasiado densa para los críos, 2001 demasiado lenta, Dogville no la van a entender, Troya ya se la he puesto, Reservoir Dogs ni de coña… ¡Bingo! Million Dollar Baby, de boxeo pero muy humana, perfecta.

Sin embargo, en ese momento me acordé de que Million Dollar Baby ya se la había puesto. Es más, me vino a la memoria todo el proceso de elección de esa película cuando lo hice la vez pasada y comprobé que había sido exactamente igual. Me vi a mi mismo empezando de izquierda a derecha y descartando las otras películas exactamente por las mismas razones que había dado ahora mismo. Los dos  procesos habían sido idénticos, sólo los diferenciaba el haber ocurrido en fechas diferentes y que yo me hubiera acordado de que todo era una repetición.

La reflexión surge de modo evidente: ¿qué hay de libre albedrío en mi elección? Alguien que me conociera perfectamente podría haber predicho los descartes y sus respectivas razones, así como la película seleccionada. ¿He elegido libremente?

Mi idea es que no. Los seres humanos operamos por razones, por motivaciones, por causas que determinan nuestra acción. Yo escogí mi película en base a mi experiencia pasada eligiendo películas. Es más, repliqué exactamente mi experiencia pasada, el archivo que hay en mi memoria para elegir películas para la clase de los lunes con 3ºB. ¿No es esa siempre nuestra forma de actuar? ¿No estamos siempre aprendiendo y repitiendo? Vale pero, ¿dónde queda entonces la novedad de nuestras acciones? Stuart Hameroff lo explica muy bien en este texto (extraído de nuevo del libro de Blackmore):

Para hacer una analogía, imagina que has entrenado a un robot zombi para que cruce un lago en un velero, y en el otro hay tres embarcaderos, A, B o C, y el viento cambia constantemente. En este caso, el viento jugaría el papel de las influencias no computables, y los virajes y golpes de timón del velero serían los procesos algorítmicos deterministas para cuya ejecución se ha programado al robot zombi. Pero cada viraje estaría sometido a esa influencia no computable, de manera que el resultado – el puerto A, B o C en que atraca el velero – sería consecuencia de ambas influencias. Pienso que la experiencia de llevar a cabo este proceso determinista junto con esta influencia no computable es lo que llamamos libre albedrío. Por lo tanto, en ocasiones, hacemos cosas que son más o menos inesperadas incluso para nosotros mismos.

Creo que Hameroff se equivoca en varios puntos, si bien el planteamiento general es correcto. En primer lugar de lo que está hablando no es de libre albedrío sino de alatoriedad. Un proceso aleatorio (los golpes de viento) no tiene nada que ver con actos libres. Es como si dijéramos que cuando tiro un dado, éste elige libremente sacar una de sus seis caras. Y en segundo lugar, esa no computabilidad a la que se refiere tiene que ver con las fluctuaciones cuánticas de los microtúbulos de las neuronas, que según él y Penrose son las responsables de nuestra conciencia, teoría ésta, muy dudosa para la comunidad científica (sinceramente, no la entiendo).

Yo cambiaría la perspectiva afirmando que nuestra toma de decisiones es un sistema caótico en el sentido en que es muy sensible a pequeñas variaciones en las condiciones iniciales. Si mientras  estaba escogiendo mi película mi canario se hubiese puesto a cantar, es posible que esta pequeña interferencia hubiera hecho cambiar mi decisión. Algo insignificante, impredecible, cambia el resultado, por eso la conducta humana es tan difícil de pronosticar, pero de ahí a libertad de elección va un trecho. Así que la metáfora de que somos robots zombi me parece correcta: robots en el sentido determinista de nuestra elección, pero zombis en el sentido de caóticos, torpes, volubles, muchas veces impredecibles (nota: nada que ver con los zombis de Chalmers, de los que ya hablaré otro día).