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De hecho, ahora vemos que no se puede ser un verdadero darwinista y, a la vez, un defensor de la idea de progreso en biología, en ninguna de sus formas. Los elementos constructivos de la evolución son funcionalmente azarosos, y el que la selección reúna variaciones dentro de los grupos no afecta, en modo alguno, a la naturaleza esencialmente no direccional del proceso. Dada una necesidad, la opción que se toma para satisfacerla es una función de lo que se tiene a mano, y no de lo que sería la respuesta perfecta. Esta conclusión corresponde a lo que ocurre a nivel fenotípico. Muchas de las adaptaciones que con más éxito empezaron su vida en cualquier otro papel, y después cambiaron a su tarea actual.

Es más, no hay nada en la selección en sí que apoye el progresionismo. Lo que cuenta es la reproducción, aquí y ahora y en el futuro inmediato. Si la forma más simple y menos inteligente puede hacer un buen papel – y en muchas ocasiones éste es el caso -, entonces no se buscará una más compleja […] El que la historia de la vida muestre un supuesto aumento de complejidad en ciertas formas no es más que una consecuencia contingente de el hecho de que el mundo está superpoblado y, por tanto, nuevas opciones requieren nuevas adaptaciones. Biológicamente todos podríamos desaparecer.

[…] El darwinismo es el polo opuesto al progresionismo.

Michael Ruse, Tomándose a Darwin en serio

Uno de los temas más polémicos en torno al darwinismo es el del progreso: ¿sigue la evolución un progreso? Entre los grandes del tema hay diversas posturas: Wilson piensa que hay progreso hacia un aumento de biodiversidad, Stebbins de la complejidad, Dawkins o Dobzhansky de la adaptabilidad; y por el bando contrario, el citado Ruse o Jay Gould niegan cualquier tipo de progreso.

En el blog ya hablamos de la postura antiprogresista de Jay Gould y, antes, de otra defendida por Conway Morris que, sin aceptar explícitamente el progreso, sostiene la inevitabilidad de aparición de ciertas formas dado el ecosistema planetario (incluido el hombre).

Vamos a intentar aclarar la cuestión:

  1. La única regla, digamos necesaria, de la evolución, según el darwinismo, es la supervivencia de los más aptos. Entonces, la evolución favorecerá un progreso hacia una mayor aptitud, pero hay que tener en cuenta que ese progreso es siempre local, no global. Si yo soy un oso polar muy apto para el entorno ártico, si cambia el clima y ahora mi ecosistema es un desierto, mi especie se extinguirá irreversiblemente ¿Era yo entonces la cima de cierto progreso hacia la adaptabilidad? No, solo lo era para un cierto ecosistema local, por lo que no tiene sentido hablar de una evolución progresiva hacia la mayor adaptabilidad. Los más aptos hoy no lo serán mañana, y los más aptos aquí no lo serán allí.
  2. El aumento de la complejidad, biodiversidad, tamaño, control del medio, flexibilidad de la conducta, cognición, etc. que se han postulado como frutos del progreso evolutivo son solo efectos colaterales de la adaptabilidad local. Jay Gould argumenta que si partimos de mínimos, todo tiene necesariamente que aumentar. Por ejemplo, si los primeros organismos fueron muy simples, no nos queda otra que aumentar la complejidad. Del mismo modo, si eran muy pequeños irán surgiendo otros más grandes. Pero esto no quiere decir que la evolución progrese necesariamente hacia ello, sino que por mera estadística, ocurrirá. Es como si tenemos una caja con un agujero en su fondo y una bola dentro. Si nos ponemos a mover la caja, la bola irá dando tumbos azarosos por la base de la caja y, si lo hacemos durante cientos de miles de años, al final, será tan probable que casi se hará necesario, que la bola se cruce en su deambular con el agujero y caiga de la caja ¿Estaban la bola y la caja diseñadas estratégicamente para que la bola cayera? No ¿Era el objetivo o el fin de la bola caer por el agujero? No. Pues eso mismo ocurre con la evolución: no está dirigida hacia nada, pero, por probabilidad, en ella ocurrirán de modo prácticamente necesario ciertas cosas.
  3. La evolución es absolutamente ciega y solo genera buenas adaptaciones porque las buenas adaptaciones son las que quedan. Es como si tenemos varias montañas y el viento, la lluvia, el frío y la nieve las van erosionando. Después de millones de años, muchas de ellas se han convertido en llanuras y planicies mientras que otras han conservado, casi indemne, su empinada forma inicial debido a estar constituidas por dura roca granítica ¿Querían realmente esas montañas mantenerse escarpadas? No ¿Había un proyecto o un progreso dirigido hacia la mayor duración de ciertas formas? No. Pero, ¿era inevitable que esas montañas “sobrevivieran”? Dada una atmósfera como la nuestra y dados los componentes de la litosfera, casi que sí.

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Si en entradas anteriores expusimos teorías que sostienen la necesidad o inevitabilidad de la aparición del hombre, apelando tanto a que en lapsos de tiempo suficientemente largos tienden a aparecer inevitablemente ciertos diseños biológicos dados unos entornos determinados, como a la negación filosófica de la posibilidad del azar ontológico imprescindible para que la evolución siga caminos indeterminados, ahora vamos a ver la posición contraria.

Stephen Jay Gould es el mejor divulgador de las ciencias biológicas que he tenido el placer de leer. Sus ensayos son una auténtica delicia que, seguramente, han hecho más vocaciones científicas que cientos de horas de clases universitarias. A pesar que su prestigio se ha puesto en duda en varias ocasiones y quizá da algo de pie a ciertas posturas posmodernas, a mí me sigue pareciendo uno de los grandes de los últimos tiempos. Si su base puede cojear, sus evocadoras reflexiones sobre temas, a veces aparentemente inocuos, son fascinantes. Os recojo el fragmento de un artículo en donde narra sucintamente la historia natural hasta la llegada del ser humano como un conjunto de casualidades:

¿Por qué existe el Homo sapiens (la cuestión que, admitámoslo, nos lleva a preguntarnos qué es la vida)? Si consideramos escalas fractales decrecientes, encontraremos contingencia por doquier. Estamos aquí porque la lista negra de los productos anatómicos de la explosión cámbrica no incluyó un pequeño y “nada prometedor” grupo (los cordados) representado en Burgess Shale por el género Pikaia.  (Cualquier repetición de la película de la vida a través de la lotería cámbrica habría arrojado un conjunto enteramente distinto de linajes supervivientes; en este sentido, cualquier forma de vida presente debe su existencia a la fortuna). Remontémonos a la supervivencia de los mamíferos. Suprimamos el bólido cretácico (el accidente aleatorio último procedente del cielo) y los dinosaurios todavía estarían dominando el mundo de los vertebrados terrestres, en el que los mamíferos probablemente seguirían siendo criaturas marginales del tamaño de una rata (los dinosaurios habían dominado a los mamíferos durante más de 100 millones de años, ¿por qué no iban a seguir haciéndolo durante otros 65 millones de años?). Remontémonos  a un linaje de monos antropoides en las selvas africanas de hace 10 millones de años. En esta repetición no se produce ningún resecamiento del clima, de manera que los bosques no se convierten en sabanas y praderas. El linaje antropoide nunca abandona la selva persistente, y les va francamente bien quedándose como están.

Stephen Jay Gould, “¿Qué es la vida? como problema histórico”

Y el ser humano nunca habría existido. Gould insiste en que hay factores macro que pueden intervenir en el devenir evolutivo y cambiar significativamente su dirección. El supuesto meteorito que terminó con los dinosaurios o el choque de placas tectónicas que originó la gran falla del Rift que, a su vez, modificó el clima africano convirtiendo la selva en sabana, son fenómenos fortuitos, contingentes, con unas consecuencias enormes para miles de especies.

El problema de fondo es resolver la cuestión filosófica del azar ontológico (si es posible el azar o no), sin la cual no podemos determinar si la vida o el hombre tendrían que aparecer sí o sí. Gould apuesta por la existencia del azar (incluso lo menciona líneas antes de este extracto). Si la evolución juega a los dados, cada vez que rebobináramos la historia de la vida saldría un resultado diferente y la aparición del hombre sería tanto más improbable cuánto más conscientes fuéramos de la inabarcable cantidad de casualidades necesarias para su aparición. Pero esto no debe hacernos pensar que el hombre es un milagro casi inexplicable por su improbabilidad, ya que no tenemos conocimiento de los resultados de “otras tiradas de dados” que podrían haber dado otros seres aún más espectaculares que los humanos. ¿Quién sabe si la evolución hubiera ido por otros derroteros y hubiese creado algo mucho más maravilloso que la mera inteligencia? Prejuicios antropocéntricos nos impiden comprender bien esta idea: ¿por qué la mente humana es lo mejor que puede desarrollar la evolución? Seguramente que si los peces pudiesen pensar, se jactarían de que tener branquias es el fin último de la creación. Es muy posible que lo mejor de la historia natural esté aún por llegar y el pretencioso humano sea simplemente un mero capítulo.

La que sí queda muy dañado es la idea de que la historia natural sigue un plan premeditado. Se antoja muy extraño que un dios que planeara la aparición del hombre, necesitara para ello recurrir a “dar tantos rodeos”, a catástrofes y extinciones masivas que se llevan consigo a tantas criaturas creadas previamente. ¿Para qué tan ineficiente despliegue de medios? ¿Para qué crear varias miriadas de especies cuyo único fin es la extinción? ¿No hubiera sido, a todas luces más práctico, crear al hombre sin más de una vez por todas? Si Dios ideó un plan así, nos hace dudar mucho de su omnipotencia o, como mínimo, de sus habilidades como ingeniero. Y la crítica vale tanto para un universo azaroso como para uno determinista. Podría ser que el universo fuese totalmente determinado y, eso, de ningún modo, nos ha de hacer pensar en planificación alguna. La Tierra se mueve alrededor del sol siguiendo una trayectoria que podríamos definir como totalmente determinada y predecible, y eso no implica que la Tierra gire según un plan prefijado o por algún propósito o intención. Desde luego, si hubiese algún plan, no es un plan demasiado inteligente. En cualquier caso todo se parece más a una especie de experimento, a un juego en el que se marcan una serie de reglas iniciales y se espera a ver qué pasa. Si hubiera algún dios, parece estar jugando con un algoritmo genético, ensayando y probando resultados en un grandioso laboratorio cósmico, más que querer llegar a un objetivo prefijado.

Una postura derivada del darwinismo es lo que se ha llamado programa adaptacionista. Si la selección natural premia a los más aptos, siendo éstos aquellos que tienen una variación con respecto a sus congéneres que les hace tener cierta ventaja, serán estas ventajas las que pasen a la siguiente generación. A estas ventajas se las conoce comúnmente como adaptaciones (Una definición clásica de adaptación es la aportada por Hudson Reeve y Paul Sherman (1993): una adaptación es una variable fenotípica que resulta en la mayor aptitud o eficacia biológica de entre un conjunto específico de variantes en un determinado ambiente. No obstante es una definición problemática como discute Ruse). Si la selección natural ha estado ejerciendo su presión selectiva durante millones de años sobre toda la historia de la biosfera (o incluso más, si aceptamos una selección natural prebiótica), parece de esperar que las características fenotípicas expresadas por los individuos tengan algún tipo de función adaptativa. La tesis polémica, propia de este programa, estaría en afirmar que todas las características fenotípicas son adaptaciones.

De este modo, la mente humana con todas sus características y la elaboración de concomimiento como una de sus funciones, al ser un fruto más de la selección, debería poder ser explicada como una adaptación más. Nuestra mente ha de tener una función para potenciar nuestra eficacia reproductiva al igual que la tienen las garras del león o las branquias del pez. Esto choca con nuestro sentido común cuando pensamos qué función adaptativa tendrán actividades humanas como el arte, la religión, la filosofía, la música, etc. actividades además que se sitúan comúnmente como las más dignas del quehacer humano (y las más inútiles por definición según el siempre sensato Aristóteles). ¿De qué puede servirme para expandir mis genes el hecho de pintar un cuadro o leer un poema de Pessoa? Este problema hizo al co-descubridor de la selección natural, “sacar la mente fuera de la evolución”. Según Wallace, todas las “partes” de nuestro cuerpo pueden explicarse mediante la selección natural menos la mente, para la que necesitamos apelar a un ser superior. ¿No podemos explicar entonces la mente desde el programa adaptacionista? Esperemos, todavía es pronto para tener que hablar de un ser superior. Que se tengan problemas para explicar algo no da píe a que tengamos que recurrir a hipótesis más improbables e inverosímiles que la posibilidad de que existan más explicaciones dentro del ámbito naturalista (Recomendación epistemológica donde las haya).

Parecería una evidencia afirmar que, como mínimo, ninguna de las características de un individuo resultan ser contradictorias con las selección (la presencia de algo que tienda a eliminar al individuo antes de reproducirse) ya que serían inmediatamente eliminadas debido a que su portador moriría sin propagar sus genes. Sin embargo, la continua introducción de novedad a modo de mutaciones evita que esto suceda. Si suponemos que un individuo ha ido acumulando muchísimas adaptaciones que le hacen ser un magnífico superviviente en su nicho ecológico, nada impide que su descendiente no nazca con una mutación negativa (supongamos un gen semiletal) que lo haga menos apto que sus padres pero, aún así, todavía competitivo en la lucha por la existencia. A la larga, su genotipo podría perder (o no), pero si nosotros estudiamos ese individuo en el presente, todo su fenotipo no está constituido por adaptaciones, sino que podría tener características neutrales o incluso contra-adaptaciones no lo suficientemente letales para eliminarlo en la lucha por la vida (por ejemplo, un sapiens con miopía).

Dennett se ha postulado en el programa adaptacionista con su propuesta de “la ingeniería a la inversa”. Según este planteamiento, es epistemológicamente sensato explicar toda característica biológica como fruto de la selección natural y, por lo tanto, como beneficioso en términos de eficacia reproductiva para su poseedor. Al igual que si vemos un reloj, para comprender sus partes pensamos en la figura de un ingeniero que les dio una función clara, así deberíamos obrar con respecto a cualquier ser vivo. Dependiendo del beneficio evolutivo postulado, se podrán establecer hipótesis para comprobarlas empíricamente con posterioridad. Para Dennett, encontrarse con una característica fenotípica y no postular ninguna posible función adaptativa, es plantear una hipótesis nula que no nos vale epistemológicamente para nada. Sin hipótesis adaptacionista, la investigación no tiene ningún camino que seguir.  Como prueba de lo valioso del adaptacionismo no hay más que ver los múltiples frutos que ha dado esta directriz. Sin embargo, una cosa es una recomendación epistemológica y otra cosa es la verdad. Que sea conveniente para la investigación tratar todo como si fuera a priori una adaptación no implica que todo sea una adaptación.

En claro desafío al programa adaptacionista, Gould y Lewontin (1979) publicaron un famoso artículo en el que utilizaban la sátira del Cándido de Voltaire a la teoría de los mundos posibles de Leibniz para criticarlo. En la obra de Voltaire, el profesor Pangloss explicaba todo fenómeno ocurrido en función de su servicio a un bien mayor superior, apelando constantemente a que Dios creó nuestro Universo como el mejor de los mundos posibles. Voltaire ironizaba sobre tal afirmación cuando el profesor Pangloss encontraba bondad en el terrible terremoto que asoló Lisboa en 1755. Gould afirma que entender todo como adaptación es hacer lo mismo que hacía Pangloss: dar un sentido apriorístico a todo no lleva más que a tener que encajar ad hoc lo que no cuadre con nuestro sentido inicial.  Sería muy bonito que todo fuera explicable desde el adaptacionismo, pero la verdad es que no tiene por qué ser así. G&L apelarán a las restricciones filogenéticas como alternativas a la adaptación. Los organismos heredan pautas de desarrollo desde el cigoto hasta la fase adulta que no permiten la posibilidad de muchas cambios y que restringen la dirección de los cambios posibles. Para explicar esto pusieron el ejemplo de las pechinas de la catedral de San Marcos en Venecia. Según G&L, las pechinas son subproductos de los arcos (suponiendo, en el ejemplo, que el arco es una adaptación diseñada por la selección natural) no causados directamente por la selección natural, sino, como un epifenómeno suyo. Del mismo modo, es posible que las pechinas pudieran, a su vez, servir en un futuro como adaptaciones de algún tipo (pensemos que si el criterio artístico fuera la selección natural, las pechinas han sido decoradas y ornamentadas de diversas maneras) o permanecer inútiles siempre. De este modo podríamos encontrarnos con muchas “partes” del organismo sin una función adaptativa clara. ¿Es el caso de la mente humana?

De cualquier forma, aunque la explicación adaptacionista no pueda con todo, sí que es cierto que ha de quedar como trasfondo de cualquier otra explicación. Nuestra mente es fruto de la evolución, esto es indudable y jamás debe perderse de vista; otra cosa es que podamos explicar todas sus características desde la idea de adaptación.

El ácaro de la especie Adactylidium puede considerarse como el primer animal funcionario o, dicho de otra forma, el primer animal filósofo previo a la aparición de la filosofía.  O dicho de otro modo, el primer insecto que estuvo toda su vida sin hacer absolutamente nada, el animal vago por excelencia.

Según nos cuenta Jay Gould en El pulgar del Panda (capítulo 6), el macho de esta especie emerge del cuerpo de la madre y muere unas pocas horas después sin haber hecho nada en el transcurso de su breve vida (nada menos escribir una tesis doctoral sobre Hegel). Ni siquiera hace por alimentarse o aparearse. Nada.

La especie Adactylidium sólo se alimenta de huevos de tisanóptero (otro tipo de insecto). La madre embarazada de nuestro funcionario se introduce en el huevo para vivir allí el resto de su vida. Debido a la limitación de alimento que proporciona el único huevo en el que residirá, la proporción entre hijas e hijos es muy favorable a las hembras (de ocho a cinco frente a un único macho). Además, esta especie sólo se aparea entre consanguíneos (viva la prohibición del incesto en el mundo animal). Sin embargo,  siendo así, es muy arriesgado tener sólo un hijo macho, ya que si éste muriera, todas sus hermanas morirían vírgenes y los genes no pasarían a la siguiente generación. ¿Qué estrategia seguir? Pues mantener tanto al macho como a sus hermanas dentro del cuerpo de la madre, protegidos para que no mueran y juntitos para que se apareen.

Dos días después de que mamá Adactylidium entrara en el huevo de tisanóptero, se abren entre seis y nueve huevos dentro de ella. Las larvas se alimentarán exclusivamente de su cuerpo. Bien, pues entre bocado y bocado a la mamá, nuestro ácaro macho fecunda a todas sus hermanas. Cuando éstas han quedado embarazadas hacen unos agujeros y salen del cuerpo de la madre en busca de un nuevo huevo  de tisanóptero para comenzar el proceso otra vez.

Un ácaro filósogo de la especie Adactylidium

Entonces, nuestro querido ácaro queda solo dentro del putrefacto cuerpo de su madre, rodeado de excrementos y de los esqueletos desechados de las fases larva y ninfa de sus hermanas. Ya ha hecho todo lo que evolutivamente tenía que hacer… ¿Qué hacer entonces? Pues salir del cuerpo de su madre, contemplar el mundo y morir sin hacer maldita la cosa unas horas después.  No sabemos por qué lo hace, por qué, simplemente, no muere en el cuerpo de su madre. ¿Habrá querido la naturaleza que ese pobre organismo se extasíe ante las maravillas del mundo exterior? ¿Ha sido Gea tan generosa que le ha concedido un ratito de gloria al más miserable de sus siervos? ¿Qué se le pasará por su cabeza de ácaro en ese poco tiempo de ocio absoluto antes de su muerte? ¿Pensará en el más allá de los insectos o será profundamente ateo?

Con sus primos de la especie Acarophenax tribolii no pasa lo mismo. Si bien el proceso vital es similar, el macho no llega a salir al mundo después de embarazar a sus hermanas. Podríamos decir que es el animal que no llega a nacer (¿matarlo sería abortar?), o, haciendo un paralelismo con los tiempos que corren, es aquel ser  treintañero que no llegó a irse nunca de casa de sus padres.

Véase la saga entera:

Los seres que heredrán la Tierra

Los seres que heredarán la Tierra (II)

Los seres que heredarán la Tierra (III). La transferencia horizontal de genes

Estoy leyendo Decostruyendo a Darwin de Javier Sampedro y estoy disfrutando como un crío con zapatos nuevos. Desde El gen egoísta o El pulgar del Panda no me había divertido tanto con un libro de divulgación científica. Curiosidades interesantísimas, explicaciones con una claridad meridiana, narrativa fluida… Todos los ingredientes para ser un libro cien por cien recomendable.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención de lo que llevo leído es lo que Sampedro ha llamado el misterio del cronocito (lo que voy a hacer es básicamente resumir un trozo del capítulo 4 del libro. Sí queréis leerlo mejor explicado id sin duda al original). Como  ya vimos en este post una de las grandes objeciones al darwinismo fue la ausencia de tipos intermedios en el registro fosil. Parece que las especies existen inalteradas durante mucho tiempo para luego desaparecer y ser sustituidas por una nueva serie de especies diferentes. Esto rompe el gradualismo de Darwin que postula un cambio lento y progresivo de pequeñas variaciones. ¿Cómo explicamos los cambios bruscos que las pruebas fósiles nos remiten? Una de las alternativas es la teoría del equilibrio puntuado de Jay Gould y Eldredge de la que próximanete hablaremos.

Tener núcleo representa uno de los eventos más inexplicables de la historia natural

Dentro de todos estos cambios bruscos, que el darwinismo se las ve y se las desea para exlicar,  el mayor de  toda la historia natural de la Tierra es el paso evolutivo de los procariotas a los eucariotas.  La diferencia entre ambos microorganismos no estriba sólo en que los procariotas no tienen núcleo y los eucariotas sí, sino en muchas más cosas:

1. La endocitosis: los eucariotas pueden “comerse” a otras células o fragmentos de ellas, virus o moléculas grandes, degradándolas en el interior del citoplasma.

2. El sistema de transducción de señales: las eucariotas poseen un sofisticado sistema de comunicación basado en una compleja transformación de unas proteínas en otras.

3. La factoría del núcleo: tener el ADN dentro del núcleo produce la necesidad de un sistema de “puertas” que den paso selectivamente a una enorme diversidad de componentes que entran y salen constantemente.

Bien, la teoría de la simbiogénesis de Lynn Margulis postula que el paso de los procariotas a los eucariotas no pudo ser gradual, sino más bien por la simbiosis entre una arquea y una bacteria. Así, es de esperar que en el ADN de los eucariotas encontremos similitudes con el ADN de sus dos antepasados simbióticos. Hyman Hartman y Alexei Fedorov realizaron un experimento para poner a prueba esta hipótesis. Primero determinaron cómo podría ser el ADN  de un supuesto organismo eucariota primordial realizando un estudio comparativo de organismos eucariotas cuyo genoma ya conocemos (la levadura de la cerveza, la famosa Drosophila melanogaster, etc.) y determinaron que este genoma estaría compuesto por 2.136 genes.

Después, investigaron cuáles de estos genes provenían de la arquea y cuáles de la bacteria. Buscaron cuáles de esos 2.136 genes podrían encontrarse en cualquier bacteria y arquea existentes entre los más de cincuenta especies de ellas cuyos genomas ya se han secuenciado. Así, encontraron 1.789 que existían en bacterias y arqueas. La hipótesis de Margulis parecía corroborarse. Sin embargo, los 347 genes restantes… ¿de dónde habían salido?

Para mayor sorpresa resultó que esos genes misteriosos se ocupan precisamente de las características que más diferencian a los procariotas de los eucariotas (las tres enumeradas anteriormente). En concreto, de los 347, 91 se relacionan con la endocitosis, 108 con la transducción de señales y 47 con procesos nucleares (los 101 restantes no se conocen todavía). Es decir, lo que hace que una eucariota sea una eucariota parece no proceder de los dos organismos que se unieron simbióticamente para generarla. ¿Qué explicación tiene esto?

Hartman y Fedorov nos hablan de que la célula eucariota no procede de la unión de de dos microbios, sino de tres: una arquea, una bacteria y lo que ellos denominan como  cronocito, otro ser que aportó esos 347 genes responsables de las características esenciales del organismo eucariota. Bien, las bacterias y las arqueas han estado siempre allí pero… ¿Alguien tiene pruebas de la existencia del cronocito? Este organismo va a ser para la biología lo que el Boson de Higgs es para la física, el “organismo de Dios”.

El Dominical publica una entrevista al co-director del yacimiento arqueológico de Atapuerca Juan Luis Arsuaga, quien en el debate sobre ciencia y religión parece situarse en la postura de los dos magisterios de Jay Gould.  Transferimos aquí algunos fragmentos literales:

La prehistoria, en el antiguo EGB, se despachaba en un par de clases. ¿Eso está cambiando?

Debe cambiar, porque la prehistoria no sólo es interesante porque la gente tallara piedras o aprendiera a dominar el fuego. Es interesante, sobre todo, porque es el registro de nuestra evolución biológica y somos producto de eso. Darwin tenía razón. Eso es lo importante. No estamos aquí porque un agente sobrenatural nos haya creado.

[la teoría de la evolución ha tenido tanto éxito] Tanto que la religión también quiere adaptar la teoría a su negocio y habla de un diseño inteligente.

Ah, claro, porque nunca ha digerido la Teoría de la Evolución. Aún me pregunto si han digerido el hecho de que la Tierra no sea el centro del universo.

¿Se puede ser científico y tener fuertes convicciones religiosas?

Hay quien dice que son dos pensamientos irreconciliables. Sin embargo, tampoco faltan quienes piensan que se pueden compartir porque atañen a enseñanzas diferentes. Si la religión, en su magisterio, habla del mundo material o del origen del hombre o del universo… no es una voz que deba considerarse, eso está clarísimo. Ahora bien, si su magisterio se refiere a aspectos filosóficos o morales o a la búsqueda de la felicidad pues, bueno, eso ya es otra cosa.

¿Cree que en Europa, al contrario de lo que ocurre en EEUU, el debate sobre Creacionismo y Evolución está superado?

¡Qué va! No estará superado jamás. Aquí en España, nunca había habido debate porque se imparten las dos enseñanzas. En España, el profesor de Biología llega a la clase y explica la Evolución; y después entra el profesor de Religión y explica la Creación. Y esto es la avanzada Europa. En la fanática América lo que pasa es que no se puede explicar Religión.

¿Ah, no?

Pues no. Allí la Religión se aprende en la sinagoga, en la mezquita o en la parroquia, no en el instituto. Ésta es la raíz del debate en EE UU: como no hay asignatura de Religión, lo que pretendían los defensores de esos cuentos del diseño inteligente es enseñar eso en la clase de Biología. En los juicios que ha habido lo que se discutía era si eso era religión o no. Porque si es religión (y parece claro que lo es), debe quedar fuera de las aulas, no se puede dar en la escuela.”

Partimos de la no simetría entre una proposición existencial afirmativa y una negativa a la hora de aceptar su verdad. Si yo digo “No existen los duendes bicéfalos” no tengo por qué aportar razones a favor de mi enunciado. Si así fuera cada vez que mi imaginación se encontrara con cualquier fantasía y como el universo es inmenso y harían falta millones de vidas para registrarlo entero, debería aceptar su existencia al no poder probar su inexistencia. Ergo, una afirmación existencial negativa se acepta sin tener que aportar razones a favor.

Por el contrario, una proposición existencial afirmativa tal como “Existe el monstruo del Lago Ness” sí que requiere de razones para aceptar su veracidad. De la calidad de tales razones extraeremos nuestra aprobación. Por lo tanto, cuando un cristiano se defiende de los ateos sosteniendo que no han sido capaces de demostrar la inexistencia de Dios no tienen razón. Es el cristianismo el que tiene que aportar razones para que creamos en lo que nos dice. Sería como si un amigo me dice que esta tarde ha visto un OVNI y, si yo dudo de ello, me responde que le demuestre que él no ha visto un OVNI. No, ha de ser el que propone el enunciado el que aporte pruebas a favor de su afirmación.

Aplicando lo dicho al Cristianismo, sabemos que las pruebas aportadas para la existencia de Dios son insuficientes, por lo que lo más razonable es no ser creyente. La filósofa Ayn Rand lo explica mejor que yo:

Podría objetarse, siguiendo a San Anselmo y, en la actualidad, a Jay Gould que ciencia y religión son dos cosas diferentes. Razón y fe son dos cosas inconmensurables, condenadas a no entenderse porque su naturaleza es distinta. Esta es la postura protestante por antonomasia, surgida desde el nominalismo de Ockham. El problema que tiene es que si se acepta se imposibilita cualquier tipo de teología racional. La razón no puede hablar de Dios. Sin embargo, el catolicismo sí que intenta construir teorías racionales en torno a Dios, por lo que a tenor de lo dicho el catolicismo es insostenible.

La única religión posible, siendo estrictos, sería la propuesta por el primer Wittgenstein. Los positivistas lógicos no entenideron demasiado bien el Tractatus ya que, a partir de él, postularon el absurdo de la religión. Wittgenstein era un hombre muy religioso pero entendía que la religión estaba en el ámbito de “lo que no se puede hablar” . La religión estaba en lo que él denominada como lo místico, algo fuera del mundo y, por lo tanto, fuera de los límites del lenguaje. La religión se vive, se siente, pero no se puede teorizar racionalmente sobre ella. A mí ésta me parece la única forma  honesta posible de religión.

De lo que no se puede hablar mejor es guardar silencio

Uno de los argumentos más poderosos en contra de la teoría del diseño inteligente es que, a pesar de lo increíblemente sofisticados que son los seres vivos, en muchos de ellos se ven tremendas “chapuzas” que cualquier ingeniero mínimamente coherente hubiera podido subsanar con facilidad. Como Dios es infinitamente sabio, no entendemos cómo al guiar la evolución cometiera errores de diseño.

Jesús Mosterín nos pone el ejemplo del ojo humano, caso que utilizó antes William Paley para demostrar las virtudes de diseño del creador, como muestra, precisamente, de “chapuza” de diseño. Pero… ¿no es el ojo humano una maravilla de la evolución? Sí, pero no es, ni de lejos, el mejor diseño posible. ¿Por qué?

Los vasos sanguíneos que se encargan de nutrir el ojo están delante de la retina y no detrás como sería lógico. La luz tiene que atravesarlos para llegar a los fotorreceptores del ojo… ¿No sería mejor que estuvieran detrás y no interfirieran el paso de la luz? Igualmente pasa con el nervio óptico, que está delante, de tal forma que, aparte de interferir el paso de la luz, necesita abrir un agujero para salir del ojo, provocando el famoso punto ciego. ¿No sería fácil que la red de nervios  estuviera detrás de la retina? Si fuera así, ambos ojos no tendrían que trabajar conjuntamente para que no percibamos una “mancha invisible” (punto ciego) en nuestra percepción de la imagen. En este sentido, el ojo de ciertas razas de calamares muy evolucionados, lo tiene solucionado (es curioso como un ser que nos parece tan poco evolucionado como un calamar tiene ojos con lente al igual que los mamíferos).

El clásico juego para encontrar el punto ciego consiste en cerrar el ojo izquierdo y, con el derecho, mirar la “x”. Después acerque o aleje la cabeza hasta que el punto de la derecha desaparezca. Entonces habrá detectado el punto ciego de su ojo derecho.

¿Encuentras el punto ciego?

Así, Francisco J. Ayala afirma que hablar de la teoría del diseño inteligente es blasfemar, es llamar a Dios chapucero. Stephen Jay-Gould viene a afirmar algo parecido en el primer capítulo de su obra El pulgar del panda. Más chapuzas de la creación pueden leerse en el capítulo 14 del libro de Mosterín Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo.