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John Brockman

A raíz de un popular artículo de Pinker y de su consecuente repuesta de Wieseltier, comentada en Jot Down por Cristian Campos, continua la extraña (y para mí netamente absurda) disputa entre las ciencias y las letras, comenzada en el Siglo XIX y reavivada por el movimiento de la Tercera Cultura (a la que el mismo Pinker se adscribe y con el que yo simpatizo bastante). Este grupo de intelectuales pretenden tender un puente entre las ciencias y las letras partiendo de la propuesta de C. P. Snow, aunque, para muchos, ese puente no es más que una invasión de las ciencias positivas de campos tradicionalmente humanísticos. Lo que parece tender una mano no es más que el falso camuflaje de buena intención que precede a la conquista. Desde luego, leyendo el artículo de Cristian Campos así lo parece.

Lo que pasa, y suele pasar muchas veces, es una rotunda incomprensión de lo que hacen y representan las disciplinas humanísticas (en general, de lo que uno no hace o no conoce directamente). Voy a poner dos ejemplos casi al azar, pero que me parecen muy ilustrativos:

1. Pensemos en el trabajo de un historiador. La historia es una disciplina tradicionalmente de letras. ¿Qué podría significar que esta antigua disciplina fuera sustituida por la física? Algo tremendamente extraño: ¿Podríamos explicar la Revolución Francesa en términos estrictamente fisicalistas, hablando de masas, partículas, fluctuaciones, fuerzas de atracción y repulsión…? Creo que en el peor de los casos es absurdo siquiera intentarlo y, en el mejor, todavía no se puede ni imaginar cómo hacerlo. ¿Renunciamos entonces a hacer historia ya que es una disciplina pseudocientífica y la física aún no puede sustituirla ya que no tenemos supercomputadores tan potentes como para predecir los acontecimientos históricos igual que hacemos en el mundo cuántico? Pero es que, ¿qué tiene la historia de charlatanería, de absurdos que lleven a equipararla con la homeopatía o la nigromancia? Un buen historiador utiliza los avances científicos que tiene disponibles. ¿Qué hacen los arqueólogos en sus excavaciones?  ¿Es que no utilizan métodos geológicos o botánicos para datar sus hallazgos? ¿Nadie ha oído hablar, por ejemplo, de la técnica del carbono-14? ¿No usan datos estadísticos? Un buen historiador barajará las fuentes más fiables de entre las disponibles, leerá las opiniones de otros expertos sobre el asunto a tratar, descartará hipótesis descabelladas o poco confirmadas por las pruebas de las que dispone… es decir, será racional en su metodología de modo que su lectura de la historia sea lo más verosímil posible. Sin embargo, no puede hacer lo mismo que hace un físico porque su objeto de estudio es diferente. Un historiador tiene que interpretar, narrar una historia, buscar nexos que den sentido a hechos que puedan parecer inconexos. Ese es su trabajo. Un físico, por el contrario, busca encontrar las leyes fundamentales de la naturaleza realizando experimentos y traduciendo sus resultados a lenguaje matemático. ¿Cómo va un historiador a hacer experimentos con la historia pasada? ¿Cómo va a pasar una sucesión de hechos históricos a fórmulas matemáticas? ¿Cómo se traduce “Napoleón fue derrotado en Waterloo” a ecuaciones? ¿Qué tipo de probetas o aceleradores de partículas entran en el “laboratorio” del historiador?

2. La Estética es una rama de la Filosofía que se encarga de cuestiones como ¿qué es una obra de arte?, ¿qué es un artista? o ¿qué es la belleza?. Cualquier profesional de la Estética que se precie deberá conocer cosas como los distintos materiales que se usan para las diversas obras y estilos artísticos y sus propiedades, las leyes de la óptica o de la perspectiva, la física que subyace a los colores, las diferentes tecnologías  de creación y producción artística, qué ocurre en el cerebro cuando sentimos que algo es bello, etc. pero no me imagino qué más puede decirle la ciencia acerca de su disciplina. No se me ocurre cómo puede irse a una galería de arte, contemplar las obras, y entender todo lo que allí ocurre en términos fisicalistas. No entiendo como puede contemplarse un cuadro de Picasso y hacer un buen análisis hablando únicamente de átomos, fotones y supercuerdas.

Es decir, es posible un discurso racional no equiparable a pseudociencia que no hable en términos científicos. Pero es que esto es una obviedad. En nuestra vida cotidiana nos comunicamos con nuestros congéneres, en la inmensa mayoría de los casos, en un lenguaje no científico, y nadie diría que todo lo que decimos (o casi todo) es charlatanería pseudocientífica. Por eso no puedo entender todavía la obcecación del discurso positivista de tachar de absurdo todo lo que no sea un texto exclusivamente científico. Este mismo artículo no habla en ese lenguaje y, espero, que nadie lo trate como un conjunto de idioteces.

Una cuestión muy diferente es el de la existencia y proliferación de discursos irracionales que pretenden hacerse pasar por ciencia o conocimiento. Todas las “ciencias” ocultas, el “pensamiento” postmoderno, o gran parte de las tesis de las religiones contradicen descubrimientos científicos o mantienen conclusiones totalmente infundadas y sin ningún sustrato racional. Sus afirmaciones son fruto de prejuicios escasamente reflexionados o tienen una carga emocional que obnubila su racionalidad. Contra todo esto hay que luchar, pero lo que no puede hacerse de ninguna manera es equiparar lo que dice un vidente por la tele  a lo que dice un profesor de historia.

La estrategia de la ingeniería inversa, hipótesis metodológica fundamental de la psicología evolucionista tantas veces mencionada por Pinker o Dennett, arrojó una gran luz a la hora de comprender la mente. Dicta así: ante cualquier cosa que te encuentres en el cerebro investiga cuál pudo o puede ser su función evolutiva. Antes no teníamos hipótesis alguna. ¿Para qué valía lo mental? Ahora tenemos vías de investigación. Es el gran legado de Darwin. Sin embargo, las explicaciones de los darwinistas han tenido grandes problemas para investigar ciertas facetas de la mente: ¿Qué utilidad para la supervivencia puede tener la música, el arte, la religión? Las consideradas más altas aspiraciones humanas no parecen poder explicarse bien desde esta perspectiva, más en las sociedades actuales, donde la “lucha por la vida” darwiniana no parece una preocupación esencial en nuestras vidas. Un ciudadano occidental del siglo XXI no se pasa el día pensando en cazar mamuts, protegerse del frío o recolectar frutas y raíces silvestres.

La alternativa habitual es pensar que esas facetas fueron efectos colaterales, epifenómenos de características que sí tienen una función evolutiva evidente. Tener capacidad de imaginarme el futuro o el pasado es extremadamente útil para planificar la obtención de alimento pero también puede servir, accidentalmente, para imaginar historias que nunca ocurrieron y escribir narraciones fantásticas de ciencia-ficción. De este tema ya hablamos aquí con más detenimiento.

Otra forma de entender el tema es pensar que todavía no conocemos del todo la evolución de las especies. Es posible que nuestro conocimiento de la selección natural sea todavía muy precario para, a partir de él, responder todas las grandes cuestiones. En esta línea lo importante será ahondar en nuestro conocimiento de la evolución e intentar comprenderla en toda su complejidad. Una profundización en el tema que ya introdujo Darwin en su bellísimo El Origen del hombre y la selección en relación al sexo es, como ya indica el título, la idea de selección sexual. Los seres vivos no sólo tienen que dedicar sus energías a sobrevivir en el sentido de alimentarse y protegerse de depredadores o elementos nocivos para sus vidas, sino que también, y con la misma importancia, deben encontrar el modo de pasar sus genes a la siguiente generación. No sólo hay que sobrevivir sino que también hay que encontrar pareja. Por eso otra función que podemos encontrar a las facultades mentales en nuestro propósito de ingeniería inversa, aparte de la supervivencia, es la búsqueda de pareja. La selección sexual ejerce una presión selectiva tan importante como la selección natural (si bien se subsume en ella).

Tenemos entonces una nueva hipótesis de trabajo menos explorada que la tradicional. Es la que sigue el psicólogo evolutivo de la Universidad de Nuevo México Geoffrey Miller.  Veamos alguna de sus ingeniosas ideas:

Una de las grandes sorpresas que se llevó David Buss, uno de los principales psicólogos evolutivos en la investigación de la elección de pareja, fue cuando elaboró su magnífico estudio sobre las preferenicas sexuales en treinta y siete culturas de todo el mundo, a finales de la década de 1980, en el que pasó cuestionarios a dieciseis mil sujetos con todo tipo de culturas e idiomas distintos, con diferentes tradiciones e historias; Buss halló que, en todas las culturas, los dos rasgos más deseados de una pareja eran, para ambos sexos, la amabilidad y la inteligencia. No fueron el aspecto físico, ni el dinero, ni el estatus; fueron estos rasgos psicológicos, de importancia universal.

Interesante. Todo el mundo apostaría a que un buen físico, símbolo de salud y fertilidad, estaría por encima de cualquier otra característica. Pero aún más: ¿Podríamos entender el origen de la inteligencia o la amabilidad como ventajas evolutivas para la selección sexual? Seguramente que hemos menospreciado esa idea. Estamos seguros que la inteligencia vale para sobrevivir pero no le dábamos tanta importancia para ligar. Nuestra concepción cambia: no sólo nos hicimos más inteligentes porque es evidente que es mejor serlo para seguir vivos, sino que nos hicimos más inteligentes también para tener más probabilidades de éxito sexual. La selección sexual pudo ir puliendo gradualmente nuestra inteligencia. Miller llega aún más lejos:

Hay un fabuloso número de palabras que hemos aprendido y que no usamos con mucha frecuencia, pero que nos preocupamos de memorizar en su momento, que no parecían muy útiles en nuestra vida normal, pero que aun así utilizábamos de vez en cuando; estas son las palabras que aspiro a explicar: no las 5.000 palabras más útiles, sino las 95.000 palabras ornamentales [un ser humano adulto posee unas 100.000 palabras por término medio según Miller. A mí me parecen demasiadas]. Mi predicción es que, en su mayoría, se utilizan durante el cortejo, esencialmente para lucirse, para mostrar lo brillantes que somos, lo buena que es nuestra capacidad de aprendizaje y nuestra memoria para las palabras. Sabemos donde se encuentran estas palabras en el cerebro: aproximadamente en el área de Wernicke, en ciertas zonas del hemisferio izquierdo; sabemos que existe maquinaria especializada en el cerebro para aprender estas palabras; sabemos que el tamaño del vocabulario es un indicador de inteligencia extremadamente potente, y es el motivo por el que los tests de medición del CI contienen preguntas de vocabulario; en unos pocos minutos de conversación con una persona tomamos el vocabulario que utiliza como indicador bastante fiable de su inteligencia, así que se trata de un aspecto extremadamente útil en la elección de pareja. La hipótesis es que el propio tamaño del vocabulario ha sufrido una poderosa influencia de la selección sexual, y que la mayor parte de las palabras que conocemos no la hemos aprendido por su utilidad para la supervivencia, sino para el cortejo.

Geoffrey Miller,  en un artículo titulado  La selección sexual y la mente

Muy curioso. Parecía difícil de explicar por qué disponemos de léxicos tan amplios, de cerebros capaces de almacenar tal cantidad de vocablos cuando para comunicarnos con nuestros congéneres necesitaríamos bastantes menos. ¿Por qué tantos sinónimos, tantos tipos diferentes de expresar una misma idea, tanta variedad de juegos lingüísticos? ¿Por qué tal riqueza en el lenguaje? Para ligar, para exhibirnos delante de nuestra pretendida pareja cual pavo real mostrando su colorida cola.  Según Miller, no hace falta ser muy guapo, es mejor ser amable y mostrar tu inteligencia con una culta conversación. ¡Hay que ser más pedantes!

Sin embargo, a pesar de que las ideas de Miller y de los demás psicólogos evolucionistas puedan ser interesantes y prometan sugerentes vías de investigación, creo que hay que cogerlas con pinzas. No dejan de ser especulaciones, más o menos atrevidas, que parten de pruebas bastante pobres tanto del conocimiento de nuestro cerebro como de la evolución en general, simplemente porque sabemos todavía demasiado poco de ambos temas. Es posible que la selección sexual haya tenido importancia en el aumento de nuestra inteligencia o la mejora de nuestro lenguaje, pero explicar todo lo que la inteligencia y el lenguaje representan sólo a partir de aquí me sigue pareciendo muy poco y muy arriesgado.

Sólo podemos predecir con un cierto grado de probabilidad la posición de un electrón en un átomo. Tampoco podemos predecir, por definición, el paso siguiente de un sistema caótico. ¿Cómo podríamos predecir entonces un conjunto de incalculables átomos agrupados en moléculas que se mantienen en un continuo desequilibrio termoquímico, de billones de células funcionando de modo autónomo formando parte de sistemas con comportamiento caótico? ¿Cómo predecir sistemas regulados por unas cien mil millones de neuronas interconectadas por un número tan alto de combinaciones posibles que exceden en varios grados de magnitud el poder de computación de nuestros ordenadores más poderosos? ¿Cómo conseguir, en definitiva, el sueño de todo hombre, de predecir el comportamiento de otro ser humano? No era tan difícil, la naturaleza encontró la solución hace ya bastante tiempo:

[…] si telefoneo a mi amigo que reside en una ciudad de la costa del Pacífico, podemos quedar en vernos en Chicago a la entrada del bar, en un hotel concreto un día en particular dos meses más tarde a eso de las 19:45 horas. Puedo pronosticar, él puede vaticinar y cualquier persona que nos conozca puede predecir que ese día en concreto a la hora establecida nos encontraremos. Y así es, aquel día nos encontramos. ¡Es algo fabuloso! ¿Hay algún otro ámbito en el que las personas – lo mismo da que sean legas o dedicadas a la ciencia – pronostiquen, con meses de antelación, las trayectorias de dos objetos situados a miles de kilómetros de distancia con una exactitud de milímetros y minutos, y lo hagan a partir de la información transmitida a través de una conversación que dura unos pocos segundos? El cálculo que entreteje esta previsión es la psicología intuitiva: el conocimiento de que quiero encontrarme con mi amigo y él conmigo, y que cada cual cree que el otro estará en un lugar determinado en un momento concreto y conoce una secuencia de viajes en coche, caminatas y vuelos que nos llevarán allí. No hay ninguna ciencia de la mente o del cerebro capaz de hacerlo mejor […].

Steven Pinker, Cómo funciona la mente

Sólo necesitamos un poquito de información: saber las intenciones del otro y saber que tiene conocimiento para realizar tales intenciones. Nada más. Nuestra mente, sin realizar la ingente cantidad de cálculos necesarios para hacer tales predicciones, vaticina a diario cientos de conductas de sus semejantes con una excelente competencia. De algún modo, la naturaleza encontró un atajo y se adelantó en mucho a nuestras teorías científicas a la hora de prever eventos. Pero la cosa no fue gratis. Tardó millones de años en hacerlo, millones de años en crear la máquina de predicción más poderosa jamás diseñada, la máquina más compleja del universo: el cerebro humano.

Gran parte de los planteamientos éticos propuestos a lo largo de la historia de la filosofía han sido eudaimonísticos, es decir, proponían la obtención de la felicidad como fin último de la existencia humana. Ya sea como un estado de armonía con la naturaleza, ataraxia, nirvana o muerte del deseo, ya sea mediante un hedonista cálculo de placeres o, ya en la otra vida, mediante la contemplación de Dios, todas las éticas planteaban una búsqueda de un estado final cualitativamente diferente de los anteriores, cuya consecución era el objetivo a seguir. Todo ser humano debía seguir una serie de preceptos, habitualmente dolorosos: privaciones, mortificaciones, sacrificios… para obtener una felicidad convertida pronto en un bien elitista, sólo prometida a unos pocos, imposible de conseguir por el vulgo ignorante. La felicidad no era una cosa fácil.

Con el advenimiento de la psicología moderna, la felicidad dejó paso a la idea de salud mental (primer paso de su desmixtificación). Se la consideró como el estado habitual del individuo que no había sufrido una serie de traumas en su desarrollo (tesis fundamental del psicoanálisis) o de aquel que dispone de unos mecanismos saludables a la hora de enfrentarse e interpretar los diversos problemas de su vida cotidiana (tesis fundamental de la psicología cognitiva). Con su vocación terapeútica, la psicología democratizó la felicidad. Ya no se trataba de un teleológico fin al que aspiraba el sabio o el asceta. Ya no era la meta de un sendero o de una ascensión. El carpintero y el agricultor podían ser más felices que el filósofo y el monje. La felicidad podía ser gratuita.

Sin embargo, de modo paralelo, a partir del siglo XIX, ocurrió lo peor: la infelicidad cobró prestigio (paso atrás en su desmixtificación). Es lo que Bertrand Russell llamó la tragedia byroniana. Muchas ideas propias del romanticismo ganaron fuerza: la vida es tragedia, sinsentido, ruido y furia. El ser humano se encuentra solo, sondeando el abismo de los cuadros de Caspar Friedrich. Nada puede aplacar su sufrimiento, su siempre insatisfecha ansia de absoluto, su schopenhaueriana siempre sedienta voluntad de vivir. Los papeles se invierten: la felicidad es ahora propia de la ingenuidad e ignorancia del pueblo llano mientras que el sabio, que ha comprendido el absurdo de la condición humana, debe ser infeliz.

Los ecos de esta visión arraigaron en un siglo XX con dos guerras mundiales, Auschwitz, Hiroshima y el fracaso de la utopía marxista. Estos desastres históricos fortalecieron el pesimismo de las diversas corrientes filosóficas. Así tenemos al Sísifo de Camus en el existencialismo francés o el ser-para-la muerte de Heidegger en el existencialismo alemán.  El psicoanálisis convierte toda actividad humana en fruto de una neurosis. Si la enfermedad mental era algo anormal, únicamente estado de  individuos perturbados, ahora se universaliza: el hombre está enfermo, la patología es una de sus cualidades esenciales. Camus afirmará que la única pregunta filosófica realmente importante es si uno ha de suicidarse o no.

Afortunadamente, y ante tanta desazón, la psicología fue convirtiéndose progresivamente en una disciplina científica y no abandonó su vocación terapeútica. A los enfermos mentales hay que curarlos y la infelicidad es algo contra lo que hay que luchar. Se hacen experimentos y a finales del siglo XX comienzan a comprenderse los mecanismos de la química cerebral. En 1986 se descubre la fluoxetina, más conocida como prozac, un antidepresivo que realmente funciona. La felicidad, al fin, se convierte en un asunto científico (segundo paso hacia su desmixtificación) y se consiguen espectaculares avances. Está demostrado que los antidepresivos, junto con terapia cognitivo-conductual, tienen un notable éxito en la cura de la infelicidad. De hecho, el punto crítico en esta terapia es cuando al sujeto que ya ha mejorado se le quita la medicación pues hay riesgo de recaída. Sin más misterio, tenemos sustancias químicas que hacen mejorar tu estado de ánimo, que hacen que interpretes la realidad de un modo más optimista. No hay trampa: funcionan, no son adictivas y sus efectos secundarios se han minimizado tanto que podemos tener pacientes que las toman durante toda su vida sin que les pase absolutamente nada.

Sin embargo, todavía existen muchos prejuicios contra su uso. El más habitual consiste en pensar que la felicidad que otorgan es artificial, falsa, postiza, siendo lo recomendable obtener sus beneficios sin tener que recurrir a ellas. Lo auténtico es ser feliz por uno mismo sin recurrir a nada externo, a nada ajeno a cierta disciplina mental, hábito o descubrimiento que, teóricamente, nos llevará a ese estado prometido. Este enfoque es erróneo y vuelve a mixtificar de nuevo la idea misma de felicidad por tres razones:

1.  La distinción natural/artificial es harto dudosa y confusa. Sabemos que, por ejemplo, realizar ejercicio físico produce neuropéptidos de forma endógena que aportan felicidad. Los defensores tradicionales de la “felicidad auténtica” aceptarían los hábitos deportivos como medio legítimo para ser feliz por el mero hecho de que la alegría “sale de dentro” mientras que no aceptan la labor de los antidepresivos tachándola de artificial simplemente porque la alegría “viene de fuera”, hay que tomarla en cápsulas. Pensemos en una persona que acaba de salir del gimnasio e interpreta cualquier hecho cotidiano de su vida con sumo optimismo debido a la labor de la química cerebral que acaba de producir a base de estar subido media hora en una bicicleta estática. ¿La interpretación de ese hecho no es igual de artificial que la de aquel que la hace después de la ingesta de escitalopram? ¿Por qué una es auténtica y la otra no?

O reflexionemos sobre una persona que sufre distimia o depresión crónica desde su nacimiento. Su estado normal, natural, es el de no poder levantarse de la cama viviendo un infierno diario. Según los defensores de la “felicidad auténtica” darle antidepresivos sería engañarle, hacerle sentir una felicidad artificial. En consecuencia, el paciente debería estar de acuerdo en seguir en su lamentable estado ya que es lo auténtico en él.

2. Se obvian por completo las bases biológicas de nuestra conducta. Se piensa, ingenuamente, que somos exclusivamente fruto de nuestro entorno cultural. En términos de Steven Pinker, se piensa que somos una tabula rasa cuyos sentimientos son únicamente fruto de nuestros pensamientos y hábitos aprendidos. Se ignora que cuando pensamos o actuamos, siempre lo hacemos desde un determinado estado de ánimo y ese estado esta determinado por nuestra química neuronal.

3. Esta forma de entender la felicidad no favorece los programas de investigación científica en esta línea. Ya no sólo hablo de farmacología, sino, por ejemplo, de los avances de la ingeniería genética. Supongamos que descubrimos qué genes intervienen directamente en que una persona sea feliz. Podríamos modificarlos de tal manera que extirpáramos para siempre la depresión o la ansiedad del género humano. ¿No sería este descubrimiento algo fantástico, la auténtica gran revolución en la consecución de la felicidad para todo el mundo? No, dirían muchos, eso sería cambiar peligrosamente la naturaleza humana, crear “monstruos inhumanos”, jugar a ser dioses haciendo nuevos frankensteins. Pero es que este planteamiento parte de la idea de que existe una esencia humana, una forma de ser propia del hombre (y por lo tanto deseable) que no debemos tocar, cuando hoy sabemos que eso no es cierto. Una de las poderosas tesis que Darwin nos dejó es que el ser humano no es algo acabado, no existe una esencia humana dada para siempre pues el hombre, como cualquier otro ser vivo, está en continuo cambio, sigue evolucionando. ¿No sería mejor que nosotros controláramos la evolución en vez de dejar nuestro destino en sus caprichosas leyes? A mí me gustaría ver humanos pacíficos, comprensivos y generosos en vez de agresivos, intolerantes y egoístas sólo por la razón de que desde los últimos 30.000 años la genética del homo sapiens sapiens lo ha dictado así. Y aún menos me gustaría ver que nuestra especie evoluciona hacia formas más beligerantes e infelices sólo porque nos parece conveniente dejar que la naturaleza siga su curso por miedo a tocar nada, agarrándonos al mito esencialista de que existe una naturaleza humana dada para siempre.

Leo esto en La tabla rasa de Steven Pinker:

“Una de las demostraciones más espectaculares de la ilusión del yo unificado es la de los neurocientíficos Michael Gazzaniga y Roger Sperry, que demostraron que cuando los cirujanos cortan el cuerpo calloso que une los hemisferios cerebrales, literalmente parten el yo en dos, y cada hemisferio puede actuar libremente, sin el consejo ni el consentimiento del otro. Y lo que es aún más desconcertante, el hemisferio izquierdo teje constantemente una explicación coherente pero falsa de la conducta escogida sin que lo sepa el derecho. Por ejemplo, s el que realiza el experimento lanza la señal “Andar” al hemisferio derecho (manteniendo la señal en la parte del campo visual que sólo el hemisferio derecho puede ver), la persona cumplirá la orden y empezará a andar para salir de la habitación. Pero cuando a la persona (concretamente, al hemisferio izquierdo de la persona) se le pregunta por qué se levantó, dirá, con toda sinceridad: “Para tomar una Coca-Cola”, y no “Pues no sé” o “Simplemente me entraron ganas de hacerlo” o “Llevan años haciéndome pruebas desde que me operaron, y a veces hacen que haga cosas pero no sé exactamente qué es lo que me pidieron”. Asimismo, si al hemisferio izquierdo del paciente se le muestra un pollo, y al derecho se le muestra un paisaje nevado, y ambos hemisferios han de escoger una imagen que se corresp0nda con lo que ven (cada uno utilizand una mano diferente), el hemisferio izquierdo elige una para de pollo (correctamente), y el derecho, una pala (también correctamente). Pero cuando al hemisferio izquierdo se le pregunta por qué la persona en su conjunto tomó esas decisiones, dice alegremente: “Pues es muy sencillo. La para del pollo va con el pollo, y se necesita una pala para limpiar el gallinero”.

Lo espeluznante es que no tenemos razones para pensar que el generador de tonterías del hemisferio izquierdo del paciente se comporte de modo alguno de forma distinta a los nuestros cuando nosotros interpretamos las inclinaciones que emanan del resto de nuestro cerebro. La mente consciente – el yo o el alma – es un creador y manipulador de opinión, no el comandante en jefe.”

El ecologismo (mal llamado así. Debería mejor llamarse ambientalismo para no confundirse con la rama de la biología que estudia los ecosistemas) suele defender la búsqueda de un equilibrio entre el hombre y su ecosistema, apelando a que los animales lo mantienen e incluso que sociedades más primitivas también lo han mantenido (de nuevo nuestro buen salvaje). Esta afirmación es presa de  un error pues ese equilibrio no existe o, si ha existido alguna vez o se da de vez en cuando, su duración ha sido breve. El mundo natural está en constante desequilibrio (al igual que los seres que lo componen están en desequilibrio termoquímico): el mero hecho de  que una variación hereditaria de una ventaja a una especie determinada,  una migración de individuos nuevos, un cambio ambiental de cualquier tipo, provocan reacciones en cadena que afectan de modo fundamental a esa complejísima red de relaciones que configura lo que es un ecosistema y que determina el futuro de todas las especies que habitan en él. Y en este constante desequilibrio se extinguen constantemente especies sin que el hombre y su irresponsable desarrollo económico hagan absolutamente nada.

Millones de especies han desaparecido antes de la llegada del hombre. La misma Gea (no entiendo la manía de no traducir Gaia al castellano), esa diosa bondadosa y comprensiva que nos ha pintado la mitología popular, causa periódicamente glaciaciones, pandemias, erupciones volcánicas, movimientos sísmicos, etc. que acaban por provocar extinciones masivas. Y es que el ser humano, a día de hoy, no ha conseguido ni llegarle a la suela de los zapatos a Gea en lo que a crímenes medioambientales se refiere. Es más, si el homo sapiens es una especie tan natural como cualquier otra, ¿no es la misma Gea la que se daña a sí misma mediante uno de sus hijos? ¿no se hiere la naturaleza a sí misma? ¿O no será más bien que ese constante autodañarse es el modo normal de funcionar de la naturaleza?

Pero es que esta idea de la bondad de la naturaleza, extremada en la idea de Lovelock de que la naturaleza se autorregula para salvaguardar la vida, está muy extendida en la sociedad. Siguiéndola de modo casi inconsciente, uno compra en el supermercado alimentos lo más naturales posibles, desconfiando de todo aquello que haya pasado por un laboratorio. Los de la new age argumentan que fumar marihuana no es malo ya que se fuma algo que procede directamente de la naturaleza. La marihuana es fruto de Gea mientras que otras drogas, procesadas artificialmente, son más perjudiciales nada más por eso: cambiar algo natural es malo en sí mismo. A todos ellos les invito a que ingieran algo tan natural como la cicuta y a que jamás utilicen anestésicos, analgésicos, antibióticos sintéticos, antihistamínicos, antidepresivos, ansiolíticos… En fin, prácticamente, que no utilicen casi ningún fármaco producto de la medicina moderna.

Sin embargo, a pesar de esta aceptación ingenua de la bondad de lo natural, existe el paradójico temor a la naturaleza biológica del hombre que denuncia Steven Pinker. La mayoría del mundo intelectual reduce la naturaleza biológica humana a aspectos marginales como actos reflejos o instintos, confundiendo primitivo con natural. Lo avanzado, lo que nos hace ser hombres, es lo cultural, algo que, volviendo al no superado mito del fantasma en la máquina, se superpone sobre lo natural y es independiente de él. Que Miguel Ángel pintara la Capilla Sixtina es algo que tiene muy poco que ver con su biología. Lo natural es propio de los animales mientras que lo cultural, y toda su grandeza, es cosa de hombres.

La negación de la naturaleza biológica emparejada a la comprensión de lo natural como bueno, afecta negativamente a la aceptación del darwinismo o de cualquier estudio de la conducta humana basada en la biología. Si un estudio dice, por ejemplo, que tenemos un gen que nos hace ser violentos, automáticamente se pasa del ser al deber ser y se piensa que los estudios naturalistas apoyan la violencia. Existe un halo de sospecha sobre la ciencia evolucionista que, además, se asocia al darwinismo social de Galton o Spencer, o a la ciencia lúgubre de Malthus. Si sobreviven los más aptos, entonces deben sobrevivir los más aptos: hagamos políticas que defiendan la eugenesia y nieguen los subsidios y la atención médica a los más necesitados ya que ellos serán los menos aptos y habrá de dejarlos morir por imperativo natural.

Nada más lejos de la realidad. El hecho de que descubramos que tanto nuestra querida Gea como nuestra propia naturaleza tiene cosas que no nos gustan, no quiere decir que tengamos que obrar según ello. Precisamente, nuestra ética o nuestros sistemas políticos se oponen a la ley natural. Si en la naturaleza el grande se come al pequeño, nuestro sistema legal intenta evitar eso, protegiendo al pequeño. Si en la naturaleza prima la diferencia, nuestra idea de justicia nos iguala en derechos y responsabilidades. La ética se opone a la naturaleza. Sin embargo, esto no tiene por qué hacernos renegar de su conocimiento. Resulta lamentable que por motivos ideológicos o por prejuicios culturales no hagamos caso de la ciencia cuando nos revela datos de nuestra propia naturaleza. El conocimiento siempre es bueno, otra cosa es lo que se haga con él.

Recomiendo a todo el mundo que vaya  a ver Avatar, especialmente si puede verla con gafas 3D.  Cuando salí del cine me sentí afortunado de vivir en esta época, de tener la posibilidad de ver cosas que nadie hasta ahora habría soñado ver. Los efectos visuales de esta película son una de esas cosas. Pero no sólo unos efectos digitales inauditos, sino la imaginación que ha generado las imágenes, los paisajes, las diversas y originales especies vegetales y animales que pueblan la cinta… Es el gran espectáculo del cine.

Sin embargo, aparte de esa calidad visual que ya hace que la película sea altamente recomendable, me preocupó cierto aspecto de la moraleja que transmite. El argumento no es nada nuevo ni original. James Cameron nos muestra la clásica historia del malvado hombre blanco ávido de poder y riqueza en contra de una tribu de buenos salvajes (esta vez alienígenas). El codicioso humano tiene una tecnología bélica muy superior, pero, a nivel global, carece de sabiduría: estamos ante la clásica distinción entre razón instrumental (propia del hombre blanco) y comprensión o sabiduría (propia del buen salvaje). Así, aunque el hombre tiene naves espaciales y misiles y su rival sólo flechas, la tribu es más sabia, tiene una comprensión superior de la naturaleza que le lleva a una comunión total con ella (ese es el mensaje ecologista de la cinta), mientras que el humano sólo busca explotarla para sus beneficios egoístas.

Parte de este mensaje está bien. Todos sabemos ya (aunque después de Copenhage parece que aún no) que nuestro modelo económico e industrial de explotación del ecosistema no va a ningún sitio y, desde el Siglo XIX, también somos conscientes de las miserias del colonialismo etnocéntrico e imperialista que llevaron a cabo las potencias europeas sobre las naciones periféricas. Y, precisamente, la visión del hombre blanco que da Cameron es la del hombre del Siglo XIX. Ya hemos aprendido la lección, por lo menos a nivel teórico.

Sin embargo, la parte que no me gusta del mensaje es lo que Steven Pinker llama el mito del buen salvaje.  Una visión antropológica muy aceptada hoy en día está inspirada en la célebre tesis de Rousseau: el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. Así, los nativos del planeta Pandora en Avatar, serían fundamentalmente buenos, representantes de ese estado natural previo a la llegada del hombre occidental. Será esta suposición, esta creencia injustificada en la bondad de los pueblos diferentes al nuestro, lo que acaba por llevar al relativismo cultural y, en consecuencia, a la imposibilitación de toda crítica a esas culturas, en Avatar, llegando a postular su superioridad cultural respecto a los valores occidentales (o, como esperamos que todo el mundo entienda, a una caricatura decimonónica de ellos). Todo este planteamiento es un profundo error. Veámoslo en un texto del mismo Pinker:

“En los pueblos preagrícolas, no es extraño que un tercio de los hombres mueran a manos de otros hombres, y que casi la mitad de los hombres hayan matado a alguien. En comparación con las prácticas bélicas modernas, la movilización primitiva es más completa, las batallas son más frecuentes, el número de víctimas es proporcionalmente mayor, menor el número de prisioneros y mayor el daño producido por las armas. Incluso en las sociedades más pacíficas de cazadores recolectores, como los Kung San del desierto del Kalahari, la tasa de asesinatos es parecida a la que podemos encontrar en junglas urbanas americanas modernas como Detroit. En su búsqueda de universales humanos a través de los registros etnográficos, el antropólogo Donald Brown incluye entre los rasgos documentales en todas las culturas el conflicto violento, la violación, la envidia, la posesividad sexual y los conflictos intragrupales y extragrupales.”

La violencia es un universal antropológico, insertado en las profundidades de nuestro genoma. En este sentido, Hobbes tendría razón con respecto a Rousseau: somos malos o, como mínimo, tenemos una tendencia evidente al mal. No existe el buen salvaje, no hay una bondad natural precultural. Pero es que ni siquiera existe ser humano sin cultura, sino que naturaleza y cultura siempre se dan a la par. Y no toda cultura es perversa y esclavizadora, sino que habrá culturas peores y otras mejores, y, a fortiori, las culturas que entenderíamos de modo etnocéntrico como “salvajes” (periféricas o anteriores a la actual cultura occidental), suelen ser peores a la occidental en muchísimos aspectos (y por ello tenemos la responsabilidad moral de criticarlas): tiránicas con respecto a su sistema político, alentadoras de la guerra y de la injusticia social, supersticiosas, machistas…

Me gustaría que, por una vez, entendiéramos la idea de progreso o de civilización occidental en su justa medida, o que comenzáramos a generar nuevas imágenes del hombre blanco, menos ancladas en visiones ya superadas como la que aparece en Avatar.

Véase también Gaia no es tan maja.