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Me gusta mucho el ajedrez. Es un juego bellísimo, de un orden geométrico asombroso. Me encanta revivir partidas clásicas analizando la genialidad de esos grandes jugadores que tuvieron un momento de inspiración y que combinaron magistralmente sus piezas desde un plan trazado con muchas jugadas de antelación. Los resultados son muy hermosos: jugadas perfectas, cálculos precisos, trampas invisibles que en una jugada hacen cambiar por completo el sino de la partida. Y todo eso desde la romántica visión de un duelo a muerte entre caballeros, una encarnizada lucha entre dos cerebros en la que no hay suerte (el ajedrez no es un juego de azar), todo lo que pase es enteramente responsabilidad tuya. Las derrotas son muy duras.

Sin embargo, cuando me pongo a jugar pronto me doy cuenta que no tengo la genialidad de los grandes maestros. No puedo calcular con tanta antelación ni se me ocurren combinaciones tan brillantes. No es sólo falta de inteligencia en comparación con grandes jugadores, sino falta de preparación y entrenamiento: no me sé todas las aperturas, ni siquiera domino ninguna de forma más o menos competente. Tampoco tengo conocimientos sólidos de los fundamentos teóricos del juego. Supongo que necesitaría años de entrenamiento para poco más que no hacer el ridículo en un torneo federado.

¿Cómo, siendo un mediocre, juego entonces mis partidas? Como no puedo tener una visión global perfecta de lo que pasa en el tablero ni puedo anticipar con claridad el futuro a medio y largo plazo, vivo en el presente. ¿Cómo? Siguiendo una serie de principios básicos, de recomendaciones, de apuestas más o menos arriesgadas: despliega rápido tus piezas, presiona el centro, enrócate lo más pronto posible, no saques la dama hasta que la partida esté avanzada, que tus alfiles tengan diagonales largas para moverse, busca columnas vacías, ataca el peón más débil de la cadena, si tienes ventaja material no temas cambiar piezas, busca ataques dobles, clava piezas adversarias, etc. Luego, mi memoria también me ayuda: puedo recordar partidas clásicas o que ya he jugado, repetir estrategias que me han funcionado y evitar errores que me costaron la derrota. Igualmente mi conocimiento de mates clásicos es de gran ayuda al final de la partida. Téngase en cuenta que todas estas directrices de juego son sólo consejos, prácticas que sólo serán válidas en un contexto dado pero que muchas veces serán inútiles o, incluso, contraproducentes.

¿Y qué tiene que ver esto con la mente? Pues que la mente funciona de modo muy similar a un jugador aficionado al ajedrez como yo:

1. Nuestro cerebro es un conjunto de módulos, de subsistemas encargados de realizar tareas concretas, una caja de herramientas para sobrevivir. Hay que tener claro que nuestra mente no fue diseñada para encontrar la verdad ni para descubrir los grandes misterios del cosmos, está diseñada para adaptarse al medio, para operar y desenvolverse en él. La mente tiene una finalidad muy práctica. En la metáfora, cada módulo es un principio básico, una directriz de juego, una forma de hacer las cosas.

2. Las directrices de juego son sólo apuestas, hipótesis, tentativas, en muchas ocasiones chapuceras o mal avenidas unas con otras. Por eso nos equivocamos, por eso el error es tan común en nuestro quehacer cotidiano (y tan necesario).

3. La memoria es otro subsistema encargado de seleccionar las mejores directrices, almacenándolas para nuevos usos. Por eso la memoria está muy ligada a las emociones. ¿Qué recordamos después de una partida? Aquella jugada pésima que me hizo perder. ¿Qué emoción iba ligada a esa jugada? Rabia, impotencia… Las emociones intensas suelen ir ligadas a momentos cruciales en el proceso de aprendizaje. Y es que el cerebro humano es una gran maquinaria de aprendizaje en el que se ensayan constantemente conductas, unas se refuerzan y otras se desechan. Creo que nos diferenciamos más de los animales por nuestra enorme capacidad de aprendizaje que por nuestra inteligencia.

4. No existe el «teatro cartesiano», un lugar donde existe una visión unificada, clara y sencilla de toda la partida. Sólo tenemos visiones parciales de la realidad dadas por cada módulo particular, múltiples perspectivas, estrategias y enfoques, diseñadas por la selección natural para no ser irreemplazables:  si falla una tenemos más. Aunque pierda ese valioso alfil puedo seguir intentando ganar la partida. La redundancia es una característica fundamental de nuestro cerebro. De hecho, una de las definiciones más comunes de persona inteligente es decir que es aquella que aporta más soluciones ante un problema dado. Una buena mente es la que, sencillamente, tiene muchos recursos.

5. ¿Por qué no existe ese «teatro cartesiano»? ¿Por qué no tener una visión global, unificada de todo? ¿Por qué no visualizar el tablero con claridad y distinción? ¿No ganaríamos más partidas? Así es pero es mucho menos eficiente teniendo en cuenta la escasez de medios. A la naturaleza le hubiera costado mucho crear un Carlsen en cada ser humano. Además, la variabilidad o diversidad de genotipos es una gran estrategia evolutiva. Pensemos que la naturaleza crea todos los cerebros tan buenos al ajedrez como Magnus Carlsen. Entonces, todos los seres humanos jugarían muy bien, pero con un estilo único, con unos determinados hábitos y, a pesar de la calidad del juego, con unos puntos débiles. La naturaleza rápidamente sacaría unos rivales que explotarían a la perfección tales defectos. La humanidad estaría condenada a la extinción. Por el contrario, diseñando jugadores mediocres pero variados, aumenta las probabilidades de supervivencia. Es lo mismo que ocurre con los pesticidas y las plagas. Solo las especies con una alta tasa de mutación sobreviven a los venenos del agricultor, haciéndose inmunes a ellos en unas cuantas generaciones.

6. El cerebro, al igual que la partida de ajedrez, es un sistema muy dinámico: se está construyendo movimiento a movimiento. Los principios de juego de los que parto pueden ir cambiando, combinarse o refutarse mientras se juega. Hay momentos en los que vendrán bien y en otros no, de modo que no hay una fórmula magistral para cada partida y, por eso, cada partida es siempre distinta al igual que cada mente es única e irrepetible. Incluso ante posiciones similares, muchas veces optaremos por estrategias diferentes (ya sea por que nos falla la memoria, porque se nos ha ocurrido algo mejor o, sencillamente, porque tenemos una corazonada), y es que no solemos funcionar mediante la lógica bivalente propia de las máquinas, sino más bien con lógica borrosa: tendemos a repetir una estrategia que funcionó, pero no lo hacemos el 100% de las veces desde el principio, sino que vamos subiendo el porcentaje a medida que funciona y no tenemos problema alguno en cambiarla si surge la necesidad. Por eso tropezamos muchas veces en la misma piedra, porque eso, al final, hace que tropieces muy pocas veces.

Marvin Minsky en Máquinas inteligentes:

En particular, todos compartimos la noción de que dentro de cada persona se esconde otra persona, que llamamos el «yo», y que piensa y siente por nosotros: toma nuestras decisiones y hace planes que después aprueba o rechaza. Esto se parece mucho a lo que Daniel Dennett llama el Teatro Cartesiano – la quimera universal de que en alguna parte en lo profundo de la mente hay un lugar especial donde todos los sucesos mentales convergen finalmente para ser experimentados -. En este sentido, el resto de nuestro cerebro – todos los mecanismos del lenguaje, el control motriz – son meros accesorios que el «yo» encuentra convenientes para sus propósitos ocultos.

David Hume lo dijo ya hace algunos siglos. No hay ninguna evidencia a favor de un «lugar» donde todas nuestras experiencias se encuentren «unificadas». Cuando estoy hablando con alguien ocurren varios procesos: por un lado veo una imagen (la cara de mi interlocutor) y, por el otro, escucho unos sonidos (su voz), luego proceso todo eso mediante un montón de sistemas cerebrales: traducir e interpretar los sonidos en unidades con significado dentro de un entorno social muy específico, comprender las señales faciales o gestuales que nos envía, elaborar una respuesta lingüística, mover los músculos necesarios para mantener mi postura corporal y ejecutar sonidos articulados, etc. . Toda esta complejísima miríada de procesos ocurren a la vez pero, ¿quién me dice que hay una «entidad mental», un «espacio» en el que todo esto ocurre a la vez de forma que un nuevo espectador percibe todo y actúa unitariamente?

Esta es una idea obviamente absurda, porque no explica nada. Entonces, ¿por qué es tan popular? Respuesta: ¡precisamente porque no explica nada! Eso es lo que la hace ser tan útil para la vida diaria. Uno puede dejar de preguntarse por qué hace lo que hace y por qué siente lo que siente. Por arte de magia, nos exime de la responsabilidad y el deseo de comprender cómo tomamos nuestras decisiones. Uno simplemente dice «yo decido» y transfiere toda la responsabilidad a su imaginario ego interno.

El «yo» parece la última respuesta, la causa última que «explica» todas nuestras decisiones y creencias, la base de mi libertad, mi historia, mi auténtica esencia. Pero, ¿qué podemos explicar a través de esa instancia? ¿Hacia dónde podemos seguir pensando contando con ella? Cuando en un juicio le preguntan al presunto culpable por qué ha cometido el crimen, si el dice «porque yo lo quise, fue mi decisión», bastará para declararlo culpable sin más pesquisas. El concepto de «yo» es una vía muerta de investigación.

Presumiblemente, cada persona adquiere esta idea en la infancia, a partir de la maravillosa percepción de que uno mismo es otra persona, muy semejante a las que ve a su alrededor. Lo positivo de esta percepción es que profundamente útil cuando se trata de predecir lo que uno, uno mismo, va a hacer, a partir de la experiencia de los otros.

Efectivamente, si decimos que el «yo» es una ilusión hay que explicar el por qué de esa ilusión, qué función podría desempeñar. Y aquí la tenemos: función predictiva de la conducta de los otros. Si yo creo que dentro de mí hay otra persona (ese homúnculo de Dennett) que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el comportamiento de los otros observando esa persona dentro de mí. Ya hablamos de eso aquí: la autoconsciencia podría ser nada más que inventar «otro yo» para saber que harán los otros.

El problema es que el concepto del yo individual se convierte en un obstáculo para el desarrollo de ideas más profundas cuando verdaderamente se necesitan mejores explicaciones. Entonces, cuando fallan nuestros modelos internos, nos vemos forzados a mirar a cualquier otra parte en busca de ayuda o consejo. Es entonces cuando acudimos a los padres, los amigos o los psicólogos, o recurrimos a algún libro de autoayuda, o caemos en las manos de esos tipos que pretenden poseer poderes psíquicos. Nos vemos formados a buscar fuera de nosotros, porque el mito del yo individual no da cuenta de lo que pasa cuando una persona experimenta conflictos, confusiones, sentimientos entremezclados – o lo que pasa cuando gozamos o sufrimos, cuando nos sentimos confiados o inseguros, o depresivos o eufóricos, o cuando algo nos repugna o nos atrae -. No nos da ninguna idea de por qué unas veces podemos resolver los problemas y otras tenemos dificultades para comprender las cosas. No explica la naturaleza de las relaciones intelectuales o emocionales, o ni siquiera establece la relación entre ambas categorías.