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El ecologismo (mal llamado así. Debería mejor llamarse ambientalismo para no confundirse con la rama de la biología que estudia los ecosistemas) suele defender la búsqueda de un equilibrio entre el hombre y su ecosistema, apelando a que los animales lo mantienen e incluso que sociedades más primitivas también lo han mantenido (de nuevo nuestro buen salvaje). Esta afirmación es presa de  un error pues ese equilibrio no existe o, si ha existido alguna vez o se da de vez en cuando, su duración ha sido breve. El mundo natural está en constante desequilibrio (al igual que los seres que lo componen están en desequilibrio termoquímico): el mero hecho de  que una variación hereditaria de una ventaja a una especie determinada,  una migración de individuos nuevos, un cambio ambiental de cualquier tipo, provocan reacciones en cadena que afectan de modo fundamental a esa complejísima red de relaciones que configura lo que es un ecosistema y que determina el futuro de todas las especies que habitan en él. Y en este constante desequilibrio se extinguen constantemente especies sin que el hombre y su irresponsable desarrollo económico hagan absolutamente nada.

Millones de especies han desaparecido antes de la llegada del hombre. La misma Gea (no entiendo la manía de no traducir Gaia al castellano), esa diosa bondadosa y comprensiva que nos ha pintado la mitología popular, causa periódicamente glaciaciones, pandemias, erupciones volcánicas, movimientos sísmicos, etc. que acaban por provocar extinciones masivas. Y es que el ser humano, a día de hoy, no ha conseguido ni llegarle a la suela de los zapatos a Gea en lo que a crímenes medioambientales se refiere. Es más, si el homo sapiens es una especie tan natural como cualquier otra, ¿no es la misma Gea la que se daña a sí misma mediante uno de sus hijos? ¿no se hiere la naturaleza a sí misma? ¿O no será más bien que ese constante autodañarse es el modo normal de funcionar de la naturaleza?

Pero es que esta idea de la bondad de la naturaleza, extremada en la idea de Lovelock de que la naturaleza se autorregula para salvaguardar la vida, está muy extendida en la sociedad. Siguiéndola de modo casi inconsciente, uno compra en el supermercado alimentos lo más naturales posibles, desconfiando de todo aquello que haya pasado por un laboratorio. Los de la new age argumentan que fumar marihuana no es malo ya que se fuma algo que procede directamente de la naturaleza. La marihuana es fruto de Gea mientras que otras drogas, procesadas artificialmente, son más perjudiciales nada más por eso: cambiar algo natural es malo en sí mismo. A todos ellos les invito a que ingieran algo tan natural como la cicuta y a que jamás utilicen anestésicos, analgésicos, antibióticos sintéticos, antihistamínicos, antidepresivos, ansiolíticos… En fin, prácticamente, que no utilicen casi ningún fármaco producto de la medicina moderna.

Sin embargo, a pesar de esta aceptación ingenua de la bondad de lo natural, existe el paradójico temor a la naturaleza biológica del hombre que denuncia Steven Pinker. La mayoría del mundo intelectual reduce la naturaleza biológica humana a aspectos marginales como actos reflejos o instintos, confundiendo primitivo con natural. Lo avanzado, lo que nos hace ser hombres, es lo cultural, algo que, volviendo al no superado mito del fantasma en la máquina, se superpone sobre lo natural y es independiente de él. Que Miguel Ángel pintara la Capilla Sixtina es algo que tiene muy poco que ver con su biología. Lo natural es propio de los animales mientras que lo cultural, y toda su grandeza, es cosa de hombres.

La negación de la naturaleza biológica emparejada a la comprensión de lo natural como bueno, afecta negativamente a la aceptación del darwinismo o de cualquier estudio de la conducta humana basada en la biología. Si un estudio dice, por ejemplo, que tenemos un gen que nos hace ser violentos, automáticamente se pasa del ser al deber ser y se piensa que los estudios naturalistas apoyan la violencia. Existe un halo de sospecha sobre la ciencia evolucionista que, además, se asocia al darwinismo social de Galton o Spencer, o a la ciencia lúgubre de Malthus. Si sobreviven los más aptos, entonces deben sobrevivir los más aptos: hagamos políticas que defiendan la eugenesia y nieguen los subsidios y la atención médica a los más necesitados ya que ellos serán los menos aptos y habrá de dejarlos morir por imperativo natural.

Nada más lejos de la realidad. El hecho de que descubramos que tanto nuestra querida Gea como nuestra propia naturaleza tiene cosas que no nos gustan, no quiere decir que tengamos que obrar según ello. Precisamente, nuestra ética o nuestros sistemas políticos se oponen a la ley natural. Si en la naturaleza el grande se come al pequeño, nuestro sistema legal intenta evitar eso, protegiendo al pequeño. Si en la naturaleza prima la diferencia, nuestra idea de justicia nos iguala en derechos y responsabilidades. La ética se opone a la naturaleza. Sin embargo, esto no tiene por qué hacernos renegar de su conocimiento. Resulta lamentable que por motivos ideológicos o por prejuicios culturales no hagamos caso de la ciencia cuando nos revela datos de nuestra propia naturaleza. El conocimiento siempre es bueno, otra cosa es lo que se haga con él.