Posts etiquetados ‘William Paley’

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Los intentos de una demostración que se precie de serlo sobre la existencia de Dios, desde Anselmo de Canterbury hasta Tomás de Aquino, han sido un fracaso. No hay ninguna prueba irrefutable de que Dios existe, es más, tampoco hay razones demasiado convincentes para defender a ultranza su existencia. Los teístas pueden contraargumentar que el ateo tampoco tiene una demostración ni razones poderosas para afirmar taxativamente que Dios no existe. También es cierto, pero no lo es menos que el que afirma algo es el que tiene la carga de la prueba. Supongamos que yo afirmo la existencia de duendes verdes de tres cabezas. Cuando alguien me dijera que no cree en mi afirmación, lo suyo es que yo aporte pruebas, no que obligue al no creyente a que demuestre la falsedad de mi aserto. Si esto no fuera así y dada la fecundidad imaginativa de la mente humana, nos pasaríamos toda la vida buscando pruebas en contra de cualquier afirmación por absurda que pareciera. No, la forma lógica de actuar es pensar que algo no existe simplemente porque no hay razones sólidas para pensar en su existencia. Yo no puedo estar todo el día afirmando que soy “a-duendes verdes”, “a-duendes rosas”, “a-duendes amarillos” y así hasta el infinito.

Sin embargo, a pesar de que esto parece suficiente para declararse ateo, hay que aceptar honestamente que  tampoco podemos demostrar ni aportar razones muy convincentes para afirmar rotundamente que Dios no existe. No sabemos si somos el experimento de una raza extraterrestre, si Dios pudiera ser algo parecido al Bosón de Higgs o si somos una simulación por computador y vivimos en Matrix.

Pero es que la búsqueda de una demostración de la existencia o inexistencia de Dios es algo muy extraño. Yo puedo probar la existencia de una regla matemática para resolver un tipo de problemas utilizando la deducción. El teorema de Pitágoras puede demostrarse, dando además una demostración absolutamente irrefutable para cualquier hijo de vecino. También podemos probar la existencia de objetos empíricos con la mera observación, pero si Dios ni es una regla matemática ni es un objeto observable del mundo…. ¿tiene sentido hablar de una demostración de su existencia? Dios parece, según los teístas, encontrarse en un plano distinto, diríamos “metafísico”, en el cual no sé si tiene mucho sentido hablar de demostraciones. Si Dios no es algo físico y, menos aún, una entidad matemática, parece muy difícil establecer algún tipo de relación causal entre él y el mundo que supuestamente ha creado. Nos encontraríamos en el difícil problema de la relación entre substancias que Descartes no fue capaz de resolver: ¿cómo substancias espirituales interactúan con substancias materiales?

Por ejemplo, tenemos el problema de qué tipo de “acto” sería la creación del universo. Muchos creacionistas argumentan que cuando uno se encuentra con un objeto complejo en el mundo tal como puede ser un ser vivo cualquiera, habría que apelar a un creador pues, del mismo modo, si uno se encuentra un reloj en el suelo parece absurdo pensar en que nadie lo diseñó. Es el famoso argumento creacionista de William Paley. Sin entrar en que la evolución puede producir entidades complejas sin necesidad de diseños dirigidos, podemos objetar que parece igual de absurdo encontrarse un reloj y afirmar que ha sido creado de la nada ya que, por experiencia, siempre que observamos un objeto pensamos que ha sido creado a partir de materiales anteriores apelando al principio de conservación de la materia y la energía. Pensar en una creación ex-nihilo es algo que, de nuevo, ha de explicarse desde un plano metafísico si pretendemos que tenga sentido.

¿Cuál sería la postura más coherente entonces? El agnosticismo: no definirse en este aspecto, reconociendo que, dado lo que sabemos es prematuro decir nada o bien reconociendo la imposibilidad de llegar a saberlo nunca (ignoramus et ignorabimus). Yo opto por la primera opción: lo más honesto intelectualmente habiendo hecho un recorrido por la historia de la filosofía y de la ciencia es mantenerse agnóstico (lo que suele llamarse agnosticismo débil). Ignoro si en un futuro alguien descubrirá algo maravilloso o Dios se aparecerá en la puerta de mi casa para probarme su existencia, pero hasta que esto ocurra, cierro la boca.

Hay también que tener clara la diferencia entre teísta y creyente. Un teísta es alguien que cree en la existencia de Dios pero que no tiene por qué adscribirse a ninguna religión. Por el contrario, el creyente cree en alguna religión. El teísta puede ser creyente pero el creyente debe ser teísta. Aquí sí que nos definimos claramente como no creyentes: las grandes religiones son falsas en sus afirmaciones fundamentales o, como mínimo, son infundadas; fruto de tradiciones culturales antiguas llenas de mito, magia, superstición e incluso barbarie. A tres siglos de la Ilustración nadie debería creer en milagros ni resurrecciones. Muy diferente es defender el deísmo o ciertos tipos de religión natural. Pensadores ilustrados como Pierre Bayle, Thomas Woolston, John Locke, Thomas Paine, Rousseau o Voltaire mantuvieron ciertas formas de deísmo, criticando el dogmatismo de la religión cristiana y, en general, toda forma de divina providencia. Aunque el deísmo fue una tendencia predominante en la Ilustración también es cierto que tuvo muchos críticos (curiosamente Hume está entre ellos, también Berkeley, Joseph Butler o, cómo no, William Paley), la mayoría en la línea argumental de que la religión natural es insuficiente, siendo necesaria la revelación de Dios a los hombres. El agnosticismo, sin embargo, no ha sido nunca un movimiento filosófico organizado, teniendo un carácter minoritario y disperso. Quizá sus máximos representantes sean Thomas Henry Huxley, el carismático bulldog de Darwin o, en la edad contemporánea, Bertrand Russell, teniendo más adeptos fuera de la filosofía que dentro de ella.

El agnóstico no se encuentra en su vida en un punto intermedio entre el teísta y el ateo sino más cerca del ateo. Ya que el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, vive como si Dios no existiera, es decir, como un ateo. A nivel práctico, el agnosticismo es un criptoateísmo o un ateísmo práctico. Si no sé si Zeus puede castigarme o no por no hacer libaciones en su honor parece bastante absurdo que viva temiendo su ira. Siguiendo al genial Epicuro, si no sabemos nada de los dioses vivamos sin tenerles miedo.

Vivir como si Dios no existiera tampoco nos lleva a la inmoralidad o a una ética ligera y despreocupada como suelen acusarnos lo creyentes. Hay diversas éticas que pueden fundamentarse sin que tenga que existir un Dios detrás que las justifique. Ni mucho menos tiene razón Dostoievski en su célebre sentencia: “Si Dios no existe todo está permitido”. Una vida en la que sus consignas sean la bondad, la generosidad, la preocupación por los demás o la búsqueda del bien común no tiene por qué estar respaldada por un Dios que lo ordene o que lo justifique. Podemos defender el humanismo laico que está hoy en día tan de moda, pero no solo ese. La historia del pensamiento nos da múltiples posturas éticas que no necesitan fuerzas divinas: emotivismo, utilitarismo, existencialismo, hedonismo… Hay miles de autores con propuestas éticas muy interesantes y que nadie tacharía de abominaciones morales.

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Dos ideas de raigambre platónica dominaban el panorama naturalista predarwinista: de lo más imperfecto es imposible que surja lo más perfecto y no es posible diseño sin inteligencia. Así, la scala naturae que gobernaba la visión del cosmos situaba en su cumbre a Dios, ente perfecto e inteligencia máxima por antonomasia, seguido en escala descendente por seres cada vez menos perfectos e inteligentes: ángeles, hombres, animales, vegetales, materia y, al final, la nada. Los entes medían su excelencia en función de su participación con Dios, de cuya excelencia se participaba en mayor o menor medida.

La revolución darwiniana romperá con ambas ideas. La selección natural es un simple mecanismo algorítmico (automático, no inteligente, no libre, “tonto”) mediante el que Darwin demuestra que es posible generar diseño sin inteligencia. Darwin dice: Dadme una serie de entidades y mucho tiempo y yo os daré diseño. Nacen más individuos de los que pueden sobrevivir, y de entre ellos, los que, casualmente, tienen ventajas evolutivas, y no hay mejor ventaja evolutiva que un mecanismo que funcione precisamente para ser ventaja evolutiva (es decir, un diseño), sobreviven. Por acumulación de diseños, encontramos la gran complejidad de los ecosistemas terrestres. Un mecanismo idiota produce diseños de una complejidad todavía no comprensible en muchos casos. No nos hace falta una mente, entendida como tal, para diseñarlo todo, sólo hace falta mucho tiempo y selección.

Hay que tener cuidado en como entendemos el concepto de perfección. La única forma de hacerlo dentro del contexto biológico es como eficiencia (adecuación de objetivos a resultados) ya que si la entendemos como complejidad (tal como lo pensó Lamarck) caemos en el riesgo de que ambas pueden ser contradictorias (no hay nada tan eficiente como una bacteria ni nada tan poco complejo en comparación con un mamífero). Aplicando la idea de acumulación de diseños mediante selección natural, es una evidencia la mejora de la eficiencia de los diseños a lo largo de la historia biológica, es decir, un aumento de la perfección a partir de lo menos perfecto.

Este proceso ha dado lugar a la aparición de la mente humana (que nunca fue su final ni su conclusión. La evolución no es unidireccional ni ha terminado aún, es más, nunca termina estando siempre en un “en medio”. La scala naturae debería dejar algún hueco encima del hombre pues éste seguirá evolucionando), que no es cumbre del diseño en muchos de sus aspectos a pesar de sí serlo en lo que se refiere a complejidad (entendida ésta de modo tosco como número de componentes e interrelaciones). La inversión de la revolución darwiniana, la peligrosa idea de Darwin, consiste en poner la inteligencia al final del proceso, no al principio. La mente es un resultado de la selección natural, no su causa. Cuando todos pensaban que un carro es tirado por caballos, Darwin nos dice que hay que poner los caballos detrás del auriga. Es una tesis compleja de asimilar y entender en todas sus consecuencias.

Y es que, ¿no resulta flagrantemente antropomórfico situar una inteligencia, por mucho que se enfatice que no es la humana y se la diferencie de ella, como la causa de todo lo que existe? La mera analogía del reloj de Paley no parece suficiente. En el presente estado del conocimiento biológico, ¿sigue siendo válida la comparación entre un reloj y un ser vivo? Pero es que la idea parece más básica. El mismo concepto de creación cósmica es absolutamente desconocido por la experiencia. Realmente, lo que nosotros conocemos son modificaciones de estados anteriores y nunca creaciones ex nihilo. Así, el encontrarnos con un reloj sólo podría llevarnos a pensar en un diseñador humano, nunca en una inteligencia divina que crea a partir de la nada.

No tenemos ni la más remota idea de qué “algo” pudo haber antes de que se generara el universo y la vida. Darwin no destruye la posibilidad de Dios, pero sí hace innecesaria la idea de Dios ingeniero, de inteligencia creadora. Uno de los argumentos más fuertes del teísmo, la idea de la ordenación teleológica del Cosmos como prueba de un Supremo Hacedor, salta en pedazos.

Samuel Wilberforce declaro que el darwinismo era incompatible con la doctrina cristianaLa publicación del Origen de las especies en 1859 puso patas arriba la Inglaterra victoriana. El choque entre el nuevo evolucionismo (realmente para nada nuevo) y las posiciones académicamente aceptadas (la teología natural de William Paley o el creacionismo del carismático Georges Cuvier, avaladas por el fijismo del gran naturalista sueco Carl Linneo) se hizo oír, y, rápidamente, a Darwin le llovieron ataques por todos lados.  El opositor más fuerte en este primer momento fue el obispo anglicano de Oxford, Samuel Wilberforce, quien no tardó en declarar que el darwinismo era incompatible con la fe cristiana (exactamente como yo lo veo). Darwin, enfermo y retirado a su casa en Downe (dejó las apariciones públicas a su bulldog Huxley), no hizo caso a la mayoría de las críticas (sobre todo de las que le llegaban desde ámbitos estrictamente religiosos) afirmando que él mismo era capaz de hacérselas a su teoría mucho mejor. Sin embargo, hubo tres objeciones que le preocuparon especialmente:

1. La función de los tipos intermedios: Aunque fuera factible  que la selección natural fuera la causa de las adaptaciones  consumadas, no alcanzaba a explicar las fases iniciales de su desarrollo. La utilidad biológica del ojo es evidente pero, en sus comienzos, ¿cómo surgió un órgano de tales características? Esta objeción vino por parte del zoólogo George Jackson Mivart (1827-1900) y Darwin la tuvo muy en cuenta. Parece que sólo podemos explicar la complejidad resultante en un ojo si la evolución ha seguido un camino, una causa final hacia él. Ya que el ojo ha tenido que pasar por etapas sin ninguna utilidad, ha tenido que desarrollarse en función de su utilidad futura.

Darwin respondía: un órgano puede ser tan útil en las primeras fases de su desarrollo como en las últimas, aunque no necesariamente de la misma manera. Por ejemplo, es probable que las plumas primitivas  sirvieran como aislantes del calor y más adelante fueran desarrollando su ventaja aerodinámica. Para Darwin, suponer que las plumas surgieron para concretar la remota posibilidad de vuelo era una tontería mística.

2. La ausencia de tipos intermedios: el registro fósil era muy escaso para los tipos intermedios entre una especie y otra. Darwin confiaba en que la paleontología acabaría por descubrir fósiles de estos tipos intermedios con los que justificar la gradualidad de la evolución. Sin embargo, esto no ocurrió así y la presencia de estos fósiles es hoy en día anecdótica.

No obstante, esto sólo constituye una objeción a que, quizá, la evolución no es tan gradual como Darwin sugería. En la actualidad existen datos contundentes que explican que las especies permanecieron estables durante grandes periodos y, “de pronto”, fueron sustituidas por otras. Por ello este tema sigue siendo polémico a día de hoy.

3. La falta de tiempo: En el siglo XVII, el Obispo James Ussher sirviéndose de un estudio bíblico, había datado la creación de la Tierra en el 4.004 a.C. Sin embargo, conforme avanzaba la geología se evidenciaba  que la Tierra era muchísimo más antigua. La evolución de las especies, tal como la planteaba Darwin, necesitaba mucho tiempo y las extensas épocas de la geología parecían ir dándole la razón. Sin embargo, en 1866 el  prestigioso físico William Thomson (Lord Kelvin, 1824-1907) dató la edad de la Tierra entre los cien y los cuatrocientos millones de años (manifestando su preferencia por la cifra más baja). La hipótesis de Lord Kelvin consistía en pensar que la tierra había sido un cuerpo incandescente que progresivamente había ido enfriándose. Mediante cálculos matemáticos estimó la tasa de calor que la Tierra desprendía y el calor remanente, sirviéndole estos datos para realizar su estimación temporal. Cien millones de años era un espacio de tiempo insuficiente para que la evolución diera lugar a la actual diversidad de especies, por lo que está objeción preocupaba amargamente a Darwin. Sin embargo, hoy sabemos que la estimación de Kelvin era errónea debido a que no tenía en cuenta la radiactividad (descubierta más tarde) que es una fuente de calor adicional para el planeta. La edad de la Tierra ronda los 4.500 millones de años, tiempo suficiente para la evolución darwiniana.

4. Los mecanismos de herencia: en 1867, el ingeniero escocés Fleeming Jenkin (1833-1885) sostuvo que una variación favorable en un individuo se diluiría en muy pocas generaciones en los sucesivos cruces del individuo aventajado con los individuos “normales” de su especie. Jenkin pensaba que los factores hereditarios se podían dividir hasta el infinito, lo cual implicaba que cada nueva variación se distribuía en cantidades cada vez más pequeñas.

Paradójicamente, esta objeción se podría haber refutado enseguida si la comunidad científica hubiese tomado en cuenta las publicaciones de un monje llamado Gregor Mendel escritas un año antes de las afirmaciones de Jenkin. Para Mendel, los factores genéticos se comportan como si fueran partículas indivisibles que no se pierden con el repetido cruzamiento. Desgraciadamente, esto no se hizo lo suficientemente público hasta 1900, cuando Mendel llevaba dieciséis años muerto y Darwin dieciocho.

Uno de los argumentos más poderosos en contra de la teoría del diseño inteligente es que, a pesar de lo increíblemente sofisticados que son los seres vivos, en muchos de ellos se ven tremendas “chapuzas” que cualquier ingeniero mínimamente coherente hubiera podido subsanar con facilidad. Como Dios es infinitamente sabio, no entendemos cómo al guiar la evolución cometiera errores de diseño.

Jesús Mosterín nos pone el ejemplo del ojo humano, caso que utilizó antes William Paley para demostrar las virtudes de diseño del creador, como muestra, precisamente, de “chapuza” de diseño. Pero… ¿no es el ojo humano una maravilla de la evolución? Sí, pero no es, ni de lejos, el mejor diseño posible. ¿Por qué?

Los vasos sanguíneos que se encargan de nutrir el ojo están delante de la retina y no detrás como sería lógico. La luz tiene que atravesarlos para llegar a los fotorreceptores del ojo… ¿No sería mejor que estuvieran detrás y no interfirieran el paso de la luz? Igualmente pasa con el nervio óptico, que está delante, de tal forma que, aparte de interferir el paso de la luz, necesita abrir un agujero para salir del ojo, provocando el famoso punto ciego. ¿No sería fácil que la red de nervios  estuviera detrás de la retina? Si fuera así, ambos ojos no tendrían que trabajar conjuntamente para que no percibamos una “mancha invisible” (punto ciego) en nuestra percepción de la imagen. En este sentido, el ojo de ciertas razas de calamares muy evolucionados, lo tiene solucionado (es curioso como un ser que nos parece tan poco evolucionado como un calamar tiene ojos con lente al igual que los mamíferos).

El clásico juego para encontrar el punto ciego consiste en cerrar el ojo izquierdo y, con el derecho, mirar la “x”. Después acerque o aleje la cabeza hasta que el punto de la derecha desaparezca. Entonces habrá detectado el punto ciego de su ojo derecho.

¿Encuentras el punto ciego?

Así, Francisco J. Ayala afirma que hablar de la teoría del diseño inteligente es blasfemar, es llamar a Dios chapucero. Stephen Jay-Gould viene a afirmar algo parecido en el primer capítulo de su obra El pulgar del panda. Más chapuzas de la creación pueden leerse en el capítulo 14 del libro de Mosterín Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo.