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Todos nosotros somos unos novelistas consumados, que nos vemos a nosotros mismos comprometidos en todo tipo de comportamiento, y siempre intentamos presentar las mejores «caras», si podemos. Hacemos todo lo posible por conseguir que todo el material sea coherente dentro de un buen argumento. Y ese argumento es nuestra autobiografía. El personaje principal de ficción que está en el centro de esa autobiografía es nuestro yo.

Daniel Dennett,

citado por Minsky en La Máquina de las Emociones

El factor fundamental que define nuestra identidad es la consciencia (Yo, y no otro, soy consciente de todo lo que me ocurre), pero existe otro factor secundario que también nos identifica, a saber, el «todo lo que me ocurre». Es más, en nuestra vida cotidiana tiene más relevancia este segundo factor debido a que el primero es igual para todos los sujetos (todos somos igualmente conscientes), mientras que lo que nos ocurre es diferente, por lo que nos define más. Cuando nos preguntan quiénes somos no solemos responder «El que es consciente de todo lo que le ocurre», ya que eso se da por hecho. Respondemos con nuestro nombre (nuestra etiqueta identificativa), nuestra profesión, intereses, rasgos de personalidad, biografía… Contestamos con una narración, utilizamos el lenguaje para contar descripciones e historias sobre nosotros mismos. Y como dice Dennett, en esas historias el protagonista, el héroe, es siempre «Yo».

Pero, igual que pasaba con la ficción de la unidad del «yo consciente», nuestro «yo narrativo» también carece de la misma unidad. ¿Por qué? Porque no hay un «yo» sino una indefinida multiplicidad de «yoes» enfrentándose a las diversas circunstancias de nuestras vidas. Pensemos, por ejemplo, en cómo se percibe un individuo ante distintos contextos:

Yo en mi trabajo: me siento inseguro porque no confío en mis cualidades ni en mis conocimientos. Intento aparentar seguridad pero por dentro me come la ansiedad. Sin que se note demasiado, pregunto mis dudas a compañeros más experimentados.

Yo en mis relaciones sociales: soy muy divertido e ingenioso. Me encuentro muy agusto rodeado de gente.

Yo en mis relaciones de pareja: soy tímido e inseguro porque creo que no soy nada atractivo. Estoy calvo y llevo gafas. Me cuesta tomar las riendas y dar el último paso por lo que no he tenido demasiadas relaciones.

Yo con mis padres: soy un hijo obediente que respeta y trata muy bien a sus padres. Sin embargo, tengo cierto rencor a mi madre porque creo que no se encargó de mí lo suficiente en ciertos momentos de mi infancia. 

¿Tienen algo en común estas descripciones? ¿No podrían ser de cuatro personas completamente diferentes? Y es que podemos seguir multiplicando esquizofrénicamente nuestras identidades:

Yo como juerguista: me gusta beber y las mujeres. Me encanta bailar y salir hasta altas horas de la madrugada.

Yo como padre responsable: mi familia es muy importante. Tengo que cuidar de mis hijos y ser fiel a mi esposa.

Estos dos yoes pueden representar conflictos, narraciones contradictorias que pujarán por hacerse con el control de la acción. Incluso podrían ser causa de psicopatologías en el caso en que el que una de nuestras narraciones presente una fuerte diferencia entre lo que narra y lo que realmente ocurre (es lo que se llama disonancias cognitivas):

Yo soy el rey de la fiesta, soy muy divertido, tengo un gran sentido del humor y caigo bien a todo el mundo. Sin embargo, en la realidad nadie me invita a ninguna fiesta y no tengo muchos amigos. 

O incluso existen yoes futuros, «yoes proyecto»: lo que querríamos ser. E, igualmente, puede darse un conflicto entre lo que creemos que somos y lo que creeríamos que debiéramos ser:

Mi padre quería que fuera ingeniero, sin embargo, he sido un mal estudiante y no conseguí la nota suficiente para estudiar una ingeniería. He fracasado.

Esto sería algo parecido al concepto de Superego freudiano: un yo ideal que pretendo ser, forjado por mi educación, mis valores culturales o las enseñanzas de mis padres. Si la distancia entre mi yo real, lo que soy, y ese yo ideal es muy grande, surge el conflicto y con él la posibilidad de patología.

Entonces , tenemos varias ideas fundamentales:

1. Somos narradores natos, contadores de historias. Preferimos tener una historia que de sentido a cualquier hecho de nuestra vida a no tener ninguna y, en este sentido, preferimos una historia falsa a no tener historia.

2. Nuestro yo narrativo es una multiplicidad enorme de narradores que compiten entre ellos para «contar la mejor historia», es decir, para adueñarse de la situación y controlar la conducta, ya que nuestras narraciones son causa de cómo actuamos. Cuando hacemos cualquier cosa, buscamos en el «archivo» de nuestra memoria la narración que mejor se adapte a la situación y la utilizamos para actuar. Tener un buen número de narraciones será más adaptativo que tener muy pocas por lo que parece que esta multiplicidad puede tener un fin evolutivo evidente: saber reaccionar ante un entorno muy diverso y cambiante.

3. Buscar ser coherente es una empresa prácticamente imposible: ¿cómo serlo ante tal diversidad de yoes? Además, como acabamos de decir, si el entorno es cambiante es más adaptativo tener muchas identidades distintas. ¿Por qué, entonces, pretender tener solo una rígida e inflexible? Y es que no comprendo bien de dónde puede salir esa necesidad de coherencia que parecemos manifestar en nuestras vidas. Hay la necesidad de que un Yo de los muchos, sea siempre el que lleve la voz cantante, de actuar siempre siguiendo un mismo estilo, una misma manera. Una razón que se me ocurre es la de no perdernos en esta pluralidad tan amplia. Ser muchos puede hacer que no sepas quien eres por lo que puede surgir la necesidad de inventarte la ficción de que eres solo uno, la necesidad práctica de simplificar. Quizá sea pura economía intelectual.

Marvin Minsky en Máquinas inteligentes:

En particular, todos compartimos la noción de que dentro de cada persona se esconde otra persona, que llamamos el «yo», y que piensa y siente por nosotros: toma nuestras decisiones y hace planes que después aprueba o rechaza. Esto se parece mucho a lo que Daniel Dennett llama el Teatro Cartesiano – la quimera universal de que en alguna parte en lo profundo de la mente hay un lugar especial donde todos los sucesos mentales convergen finalmente para ser experimentados -. En este sentido, el resto de nuestro cerebro – todos los mecanismos del lenguaje, el control motriz – son meros accesorios que el «yo» encuentra convenientes para sus propósitos ocultos.

David Hume lo dijo ya hace algunos siglos. No hay ninguna evidencia a favor de un «lugar» donde todas nuestras experiencias se encuentren «unificadas». Cuando estoy hablando con alguien ocurren varios procesos: por un lado veo una imagen (la cara de mi interlocutor) y, por el otro, escucho unos sonidos (su voz), luego proceso todo eso mediante un montón de sistemas cerebrales: traducir e interpretar los sonidos en unidades con significado dentro de un entorno social muy específico, comprender las señales faciales o gestuales que nos envía, elaborar una respuesta lingüística, mover los músculos necesarios para mantener mi postura corporal y ejecutar sonidos articulados, etc. . Toda esta complejísima miríada de procesos ocurren a la vez pero, ¿quién me dice que hay una «entidad mental», un «espacio» en el que todo esto ocurre a la vez de forma que un nuevo espectador percibe todo y actúa unitariamente?

Esta es una idea obviamente absurda, porque no explica nada. Entonces, ¿por qué es tan popular? Respuesta: ¡precisamente porque no explica nada! Eso es lo que la hace ser tan útil para la vida diaria. Uno puede dejar de preguntarse por qué hace lo que hace y por qué siente lo que siente. Por arte de magia, nos exime de la responsabilidad y el deseo de comprender cómo tomamos nuestras decisiones. Uno simplemente dice «yo decido» y transfiere toda la responsabilidad a su imaginario ego interno.

El «yo» parece la última respuesta, la causa última que «explica» todas nuestras decisiones y creencias, la base de mi libertad, mi historia, mi auténtica esencia. Pero, ¿qué podemos explicar a través de esa instancia? ¿Hacia dónde podemos seguir pensando contando con ella? Cuando en un juicio le preguntan al presunto culpable por qué ha cometido el crimen, si el dice «porque yo lo quise, fue mi decisión», bastará para declararlo culpable sin más pesquisas. El concepto de «yo» es una vía muerta de investigación.

Presumiblemente, cada persona adquiere esta idea en la infancia, a partir de la maravillosa percepción de que uno mismo es otra persona, muy semejante a las que ve a su alrededor. Lo positivo de esta percepción es que profundamente útil cuando se trata de predecir lo que uno, uno mismo, va a hacer, a partir de la experiencia de los otros.

Efectivamente, si decimos que el «yo» es una ilusión hay que explicar el por qué de esa ilusión, qué función podría desempeñar. Y aquí la tenemos: función predictiva de la conducta de los otros. Si yo creo que dentro de mí hay otra persona (ese homúnculo de Dennett) que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el comportamiento de los otros observando esa persona dentro de mí. Ya hablamos de eso aquí: la autoconsciencia podría ser nada más que inventar «otro yo» para saber que harán los otros.

El problema es que el concepto del yo individual se convierte en un obstáculo para el desarrollo de ideas más profundas cuando verdaderamente se necesitan mejores explicaciones. Entonces, cuando fallan nuestros modelos internos, nos vemos forzados a mirar a cualquier otra parte en busca de ayuda o consejo. Es entonces cuando acudimos a los padres, los amigos o los psicólogos, o recurrimos a algún libro de autoayuda, o caemos en las manos de esos tipos que pretenden poseer poderes psíquicos. Nos vemos formados a buscar fuera de nosotros, porque el mito del yo individual no da cuenta de lo que pasa cuando una persona experimenta conflictos, confusiones, sentimientos entremezclados – o lo que pasa cuando gozamos o sufrimos, cuando nos sentimos confiados o inseguros, o depresivos o eufóricos, o cuando algo nos repugna o nos atrae -. No nos da ninguna idea de por qué unas veces podemos resolver los problemas y otras tenemos dificultades para comprender las cosas. No explica la naturaleza de las relaciones intelectuales o emocionales, o ni siquiera establece la relación entre ambas categorías.