Quizá el primer problema de la historia de la filosofía occidental haya sido este: si Heráclito decía que la esencia del mundo es estar en continuo devenir, es decir, en constante y fluido cambio, y Platón afirmaba que solo es posible conocer lo que no cambia… ¿cómo es posible conocer la realidad? Platón tuvo que inventarse otro mundo estático e inmutable fuera del mundo natural, tal como, sorprendentemente (al menos para mí), hizo Popper ya bien metidos en el siglo XX, junto con muchos otros neoplatónicos actuales.

Pero, ¿permanece algo en el cambio? Parece que sí. Cuando miro a mi alrededor el mundo parece bastante estable y los objetos permanecen, al menos, tiempos razonables dada mi escala de medición humana… Si nos centramos en el presente, casi todo sigue igual y solo algunas cosas cambian. Ahora mismo estoy sentado enfrente de mi ordenador, mientras mi hija recorta papeles de colores en mi misma mesa. Al fondo, la tele está encendida. Si hago un cómputo entre lo que cambia y lo que no, la estabilidad gana por goleada: las paredes, los muebles, el suelo (el fondo de mi campo perceptivo), los colores, la luz permanece completamente invariable. Solo mi mente pensando, mis manos tecleando, las letras apareciendo en la pantalla, los movimientos de mi inquieta hija y el sonido de fondo de la televisión son cambiantes. Y dentro de eso que cambia, también hay cierta permanencia. Mis pensamientos parecen seguir siendo míos, siendo, de algún modo coherentes con los anteriores; las teclas siguen estando en su sitio, las letras permanecen escritas tal y como las escribo; mi hija sigue siendo ella y el sonido de la tele suena tan común y corriente como siempre lo ha hecho. Ahora mismo mi realidad sucede tranquila, predecible, controlable, apacible, cómoda…

Pero, si por ejemplo, los físicos nos dicen que los objetos están compuestos por partículas que están en continuo movimiento, si los objetos cambian de posición, salen y entran de mi campo de visión… ¿cómo sé que son los mismos y no otros diferentes? Si hay millones de fotones que bombardean a cada segundo todo mi cambio de visión, haciéndolo cada vez en cantidades variables, rebotando y chocando con todo… ¿cómo percibo colores e iluminaciones tan estables? Lo lógico sería pensar en una realidad caótica, confusa, vibrante… como el cuadro de Jackson Pollock que vemos arriba.

Bien, hagamos un experimento. El psicólogo cognitivo Roger Shepard y su discípulo Sherryl Judd, enseñaban a varios sujetos un conjunto de las doce pares de formas tridimensionales de la imagen de abajo. Como vemos, son dos formas idénticas cuya relación se va modificando en función de unas sencillas reglas de transformación: traslación en un plano bidimensional, rotación, traslación en profundidad (o cambio de escala), o rotación del propio plano (en g, h, i y l) .

Después, Shepard y Juud preguntaban que, suponiendo que las dos figuras del par fueran la misma, qué tipo de transformación había sufrido la primera para llegar a la posición de la segunda. En el caso del par a, la explicación parece clara e indiscutible: la figura se ha movido a la derecha por un plano. Sin embargo, en b caben dos explicaciones posibles: o el objeto ha aumentado su tamaño, o se ha acercado al observador partiendo de un plano tridimensional.  Del mismo modo, por ejemplo en h, puede decirse que la figura se ha contraído o que ha rotado sobre sí misma. La mayoría de los observadores elegían la explicación que no implicara cambiar la forma o el tamaño del objeto, prefiriendo añadir una tercera dimensión con tal de no modificarla. Es decir, ante dos explicaciones igualmente válidas, se elige la que mantiene estable el objeto (en la imagen, lo escrito encima del par de formas es la explicación que modifica la forma, y lo escrito debajo la explicación que no), lo que viene a demostrar que tenemos una tendencia innata a estabilizar la realidad. A esto lo llamo Shepard invariante (término tomado de James Gibson). En una sucesión temporal, nuestro cerebro intenta maximizar lo invariante de una realidad siempre cambiante. Pero lo invariante no es, desde luego, ninguna propiedad esencial o forma aristotélica que el sujeto abstrae del objeto, sino todo lo que sea posible percibir que me permita seguir identificando el objeto como el mismo en el momento siguiente.

Unas investigaciones muy relevantes (muy potentes al respecto son las de Hubel y Wiesel, por las que ganaron un Premio Nobel) demostraron como nuestra percepción visual es especialmente buena detectando los bordes de los objetos ¿Por qué? Para mantener la identidad de lo observado, dejando muy clara la frontera entre lo que es y no es el objeto (cuando, realmente, los objetos tienen bordes mucho más borrosos de como los percibimos). Los bordes nos dan información más relevante sobre la estructura invariante del objeto que cualquier otra región visual del mismo. A nivel físico, pueden describirse como un cambio brusco en los niveles de luminancia, que es además resaltada por la inhibición lateral de los fotorreceptores de la retina. La demostración es muy espectacular con las bandas de Mach:

Al observarlas nos da la impresión de que los límites entre las bandas tienen un cierto relieve, pareciendo sobresalir hacia nosotros y creando la ilusión óptica de cierta concavidad en cada banda. La ilusión se produce porque nuestro cerebro clarea u oscurece de más los límites entre cada banda para resaltar el contraste y diferenciar mejor unas de otras. Los bordes son un invariante que nuestra cognición trata de mantener a toda costa, incluso falseando la misma realidad.

 

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comentarios
  1. Yack dice:

    Realmente nuestra conciencia sólo puede percibir el instante presente, que es tan corto, que en él no es posible el movimiento. Si percibimos el movimiento, necesariamente ha de ser gracias a la existencia de una propiedad (atemporal) asociada ese instante estático.

    Podríamos imaginar esa propiedad como algo equivalente a la estela de un objeto en una fotografía movida o a los recursos expresivos de los dibujantes de comics, que expresan el movimiento, dentro de una viñeta, con líneas y repeticiones adyacentes de algunos elementos.

    Así que el tiempo y el cambio gradual de la realidad a lo largo de él, es una conjetura indemostrable. Podríamos estar contemplando una única diapositiva estereotemporal y no podríamos descubrir el error.

    Al margen de esto, si suponemos que el universo es una sopa de partículas en vertiginosa agitación a todos los niveles, parece haber una conspiración a favor de que nuestra mente pueda detectar objetos sólidos y estables.

    Por una parte, la materia se reagrupa espontáneamente en varios niveles organizativos de extremada complejidad y precisión hasta estabilizarse en el último nivel y por otra parte los seres vivos, y en particular sus mentes, pueden simplificar el movimiento de los objetos voluminosos, extrayendo de ellos sus propiedades más relevantes para predecir y cambiar el futuro.

    Así, podemos localizar y seguir a una serpiente que cambia de forma y textura mientras se desplaza entre matorrales y rocas que la ocultan total o parcialmente.

    Algo sorprendente que quizás nunca lleguemos a entender en profundidad. Y me refiero a la capacidad de identificar objetos sólidos como nuestro amigo Perez a pesar de que sus constituyentes atómicos están cambiando continuamente.

    Saludos.

    .

  2. wachovsky dice:

    Pero no es una cuestión cognitiva solamente, salvo en la escala de Planck o muy próxima a ella -que se desconoce por completo su realidad- la realidad es invariante, la energía es lo que se conserva, las simetrías lorentzianas presentan la gran dificultad de ser rotas espontáneamente; Lie, Klein, Hilbert, Noether estudiaron estos asuntos y hoy son bien conocidos por relativistas y cuánticos. No tenemos claro si todo responde a un Gran Diseño, pero los entes y seres parecen ir como un software polinomial complejo por esos lados. Todo lo que escribo salvo lo del pseudodiseño implementado ya es sabido desde hace un siglo, no es algo desconocido salvo por las mayorías que no quieren aprehender que la realidad no existe como tal constando de hasta ahora conocidos unos 124 campos cuánticos acoplados o entrelazados de forma poco conocida, compleja, matemática e interdimensional; sí, las ecuaciones de Witten, la conjetura Maldacena y la hipótesis Horava en gravitación: la realidad no consta de partículas tanto como de cuerdas y lazos de energía en electronvoltios donde a mayor frecuencia-energía menor espacio y tiempo y viceversa y allí todos los bosones y los fermiones juntos interactuando en la armonia y el Orden micro y macrocosmos. La estabilidad del cambio en la permanencia a lo Locke no la inventamos nosotros ni el cerdo británico comandante de nuestros encéfalos liberales-republicanos-democráticos, existe per se desde el origen y big bang de los tiempos. Vamos, hay una disciplina matemática que estudia el invariante y se llama topologia, luego aplica a la geometría de la química, de la astrofisica, de la embriologia y el fenotipo proteomico de la epigenetica, la cosmologia y la física de partículas… matemáticas, matemáticas, matemáticas es lo que hay, siempre hubo y siempre habrá, en la Teoría de la información y en nuestras reglas lingüísticas y conexidades sinapticas, en la música, en los biomateriales y en estos hipertextos que nos mandamos a celeritas la velocidad luz, fotones, ondas de radio, gamma, ultravioleta, x e infrarrojo. Va siendo hora de prestar atención y publicar entradas sobre Natura Physis pura y dura Santiago, concluyen con el divague, la ficción que nos fabricamos en neuro-parapsicología y la filosofía escolástica devenida tanto nietzscheana como posmoderna posestructuralista.
    Lo de la caverna en Platón era cierto, la ciencia lo demostró finalmente.

  3. pharmakoi dice:

    Pero eso es por la tele. Lo de la caverna digo.

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