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¿Eres de izquierdas o de derechas? ¿Por qué lo eres? Lo suyo sería realizar un estudio de cada ideología, examinar cada partido político históricamente, desde su fundación hasta la actualidad; investigar acerca de lo acertado de sus propuestas realizando estudios comparativos con otros países, reflexionar sobre qué modelo de sociedad se cimienta su discurso, sobre qué presupuestos éticos, sobre que visión del individuo y del mundo en general nos ofrece. Una vez hecho ésto uno podría, casi objetivamente, elegir qué partido político conviene votar, qué ideología es la más idónea para posicionarse. Sin embargo, NADIE hace eso.

Entonces, ¿en qué se funda nuestra adhesión a una u otra ideología? ¿En qué se basa nuestro posicionamiento a favor o en contra de un partido, mas cuando suele ser tan ferviente y acalorada? En criterios no racionales, relativos a nuestra historia, biografía, vivencias… Puede ser que seamos de izquierdas porque nuestros padres así lo eran (o por llevar la contraria a los que no), porque un amigo o profesor al que admirábamos  lo era también, o porque una tarde, un compañero de trabajo nos dio un discurso muy convincente a favor de ser de izquierdas. Podemos ser de izquierdas porque va mejor con nuestra personalidad, porque gracias a serlo esquivamos mejor nuestras contradicciones y justificamos mejor nuestro estilo de vida. Podemos ser de izquierdas para afirmarnos, para tener una identidad en donde antas solo había vacío. Ahora soy de izquierdas, me he definido, existo. O por presión del grupo: todos mis amigos y conocidos son de izquierdas, ¿cómo atreverme a ser de otra manera? Podemos ser de izquierdas porque parece que serlo va mejor con nuestros intereses laborales, nuestros hábitos y costumbres. Será más probable ver a un peón de fábrica o a un homosexual siendo de izquierdas que no a un cura o a un enriquecido empresario. Somos de izquierdas porque nos interesa serlo, porque nos gusta serlo, y no por un fundamento racional sólido.

Lo curioso es que una vez que nos posicionamos parece que el cargo es vitalicio. Si yo soy de izquierdas lo soy para toda la vida (conversos hay pero muy pocos). Es como ser del Madrid o del Barça. Y si uno es muy acérrimo, la conversión se irá haciendo cada vez más y más difícil tal como es casi imposible que un culé se vuelva merengue y viceversa. Entonces todo hecho político se interpreta desde este posicionamiento a priori con un muy acentuado sesgo. Si, por ejemplo, el PSOE se embarcó en el trágico camino del recorte social, uno busca donde puede hipótesis ad hoc que justifiquen que ese camino no fue tan malo. Sin embargo, si lo mismo lo hace el PP, uno saca las garras y lanza improperios sobre esos malvados neoliberales que quieren empobrecer al ciudadano medio para llenar los bolsillos a los banqueros con dinero corrupto. La objetividad, si alguna vez se tuvo, se pierde por completo y uno se vuelve completamente ciego a los desmanes de su ideología mientras que adquiere los ojos del águila para ver los dislates de la contraria. Seguidamente se crea un muñeco de paja, un malo de la película contra el que despotricar a diario (descargando contra él los dos minutos de odio del 1984 orwelliano) y, por oposición, sentirse bien, sentirse de los buenos. En una sociedad como la nuestra que busca obsesivamente culpables, cabezas de turco a los que responsabilizar de todos nuestros males, esto funciona muy bien. No hay nada más sano que insultar a Fernández-Lasquetty por su malévolo plan de privatizar la sanidad madrileña, a la austera María Dolores de Cospedal por sus múltiples y cuantiosos salarios o a Artur Mas, el que no quiere ser español, el que reniega de todo lo que somos para destruir España. Los políticos independentistas suelen ser dianas perfectas para nuestras diatribas… ¿Hubo un personaje más odiado en su momento que Carod-Rovira? ¿Alguien más idóneo para ser el enemigo público número uno? No hay nada que una más, que afirme más mi individualidad y, a la vez, mi sensación de pertenencia a un grupo, que tener un enemigo común. Por eso, si no existe, hay que inventarlo: el sistema, el capitalismo, el fascismo, las hordas judeo-masónico-comunistas, los inmigrantes, el Islam… Etiquetas burdamente simplificadoras que no apuntan a nadie en concreto. Son entidades abstractas que acechan en la sombra, amenazas latentes que podrían representar un arquetípico miedo jungiano. ¿Qué es el maquiavélico capitalismo contra el que despotricamos? ¿Los bancos? ¿Pero es que acaso la tienda de zapatos de debajo de mi casa no es también capitalismo? ¿Y no lo es el iPhone con el que el antisistema reúne a sus compañeros de manifestación? ¿Y el agua caliente, la electricidad y los hospitales no forman parte del sistema capitalista?

Es algo un tanto absurdo y es que: ¿Por qué hay que posicionarse? ¿Por qué hay que elegir entre ideologías viendo además que ambos modelos tienen sus luces y sus sombras, sus aciertos y arbitrariedades, viendo que llevadas al extremo ninguna es deseable? La izquierda arrastra la vergüenza del colosal hundimiento del comunismo. Las imágenes de los miles de jóvenes alemanes del Este saltando los escombros del muro de Berlín son el gran símbolo de la vergüenza del socialismo. Por otro lado, no hay más que ver los frutos de un capitalismo descontrolado en la actual crisis que nos asola. La derecha, en el fondo, tampoco puede ya creer en la mano invisible de Adam Smith que hará que todo mejore por el simple hecho de dar libertad plena a los mercados. Han muerto (o gozan de muy mala salud) los grandes discursos políticos del siglo XX. Ahora parece que solo quedan los pequeños relatos de Lyotard o el pensamiento débil de Vattimo: discursos pequeños, poco ambiciosos, debilitados, quizá poco creíbles (o que ya nadie se cree y aún así se repiten una y otra vez) y, en el mejor de los casos, pragmáticos: solucionan algún problema puntual. En política, más que en ninguna otra disciplina o quehacer humanos, reina la postmodernidad.

Pero no nos creamos estas tesis del fin de la historia, de la muerte de todas las ideologías. Lo que hacen falta son nuevas. Una de las cosas que más me preocupa de la crisis es la ausencia de altura de miras para generar algo nuevo. Seguramente cuando el Antiguo Régimen estaba moribundo, muchos pensaban que no había alternativas posibles, y muchos políticos de la época solo sabían poner parches y solucionar los problemas sistémicos con remiendos que no se salían del propio sistema. Pero luego llegó la Modernidad con un nuevo orden político, económico y social. No fue el fin del mundo sino el fin de un tipo de mundo. Me preocupa que en estos momentos no se ve a ningún líder carismático capaz de afrontar la situación ni ningún movimiento ni intelectual capaz de ofrecer alternativas serias. El PP, en los años más raquíticos de la historia de la democracia, solo nos está ofreciendo un reajuste para que el sistema vuelva a ser lo que era (como si antes hubiese sido perfecto). Esa es toda su amplitud de miras: si queréis volver al pasado tenéis que sufrir, tenéis que hacer sacrificios. No hay futuro, no ha cambio, hay solo retorno. Eso es lo mejor que pueden ofrecernos,  no hay más altura política ni ideológica.

Yo, mientras tanto, no voy a posicionarme. Eso no quiere decir que pase de la política y me encierre en mi torre de márfil. No, eso quiere decir que tengo la suficiente dignidad para considerarme por encima de las dos tristes posiciones que nos ofrece este maldecido país pero que seguiré criticando e intentando pensar algo mejor de lo que hay, lo cual, hasta cierto punto y visto lo visto, es bastante fácil.

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[…] las gentes de la isla polinesia de Pascua, se asentaban en una tierra que fue boscosa en otro tiempo, y entre cuyas arboledas se incluía el palmeral más grande del planeta. Los pascuenses, sin embargo, fueron talando de forma gradual aquellas masas verdes al fin de emplear su madera para hacer canoas, obtener leña, transportar estatuas, erigirlas y fabricar tallas, amén de para proteger el suelo de la erosión. Al final, acabaron con los bosques hasta el punto de extinguir todas las especies de árboles, y así fue como se quedaron sin embarcaciones, sin esculturas y sin material con que salvaguardar la capa superficial del terreno, y su sociedad se hundió en medio de una epidemia antropófaga que supuso la muerte del 90 por 100 de los isleños. La cuestión que más intrigaba a mis alumnos de la UCLA era una que yo no había tenido en cuenta: ¿cómo demonios puede ninguna sociedad tomar una decisión tan desastrosa, a ojos vista, como talar todos los árboles de los que depende? Mis estudiantes se preguntaban, por ejemplo, qué debían estar pensando los pascuenses en el momento de echar abajo la última palmera.

jared Diamond, ¿Por qué hay sociedades que toman decisiones desastrosas?

Sólo tres notas:

1. Los habitantes de la Isla de Pascua no tenían una economía capitalista, no habían tenido Ilustración ni sabían qué era el liberalismo ni el marxismo. Eran una cultura no occidental. Lo que mal llamaríamos un “pueblo primitivo”. Pues bien, parece que no mantuvieron una equilibrada relación con su ecosistema. Un buen ejemplo contra el mito del buen salvaje.

2. Seguramente que sus creencias religiosas tuvieron un peso muy grande a la hora de tomar la decisión. Hacía falta mucha madera para construir y transportar moáis. Un buen ejemplo de que obrar anteponiendo tales creencias al sentido común no suele dar buenos resultados.

3. Me pregunto en qué pensará Mariano Rajoy cuando esté talando la última palmera. Seguramente en qué habrá que esperar a ver lo que dicen en Bruselas o que no ha tenido más remedio y que eso, aunque sea desagradable, es gobernar con responsabilidad.

Una de las principales razones por las que me siento feliz de ser profesor es que soy un funcionario público. Esto quiere decir, fundamentalmente, que trabajo para servir a los demás, trabajo en pro de toda la sociedad, lo cual es muy distinto a ser un trabajador en una empresa privada. Yo no trabajo para hacerme rico ni para hacer ricos a otros, que suele ser el sentido último del que trabaja por cuenta ajena. Por eso no creo en las políticas liberales que pretenden minimizar las funciones y el alcance del Estado, convirtiéndonos a todos en miembros de productivas empresas. Por eso no creo en la derecha (y no entiendo cómo cualquier funcionario puede votarles).

No entiendo por qué cada vez más ámbitos de la realidad deban estar regidos por las leyes de la oferta y la demanda. Y, desde luego, ámbitos como la educación y la sanidad deberían permanecer intocables al capital. ¿Qué pensaríamos si cosas como la amistad o la familia estuvieran reguladas por los mercados? ¿En qué se convierte el amor cuando en él interviene el dinero? En prostitución. Esto no quiere decir que haya que demonizar a los empresarios o al sistema económico. El capitalismo ha traído prosperidad y bienestar. Crear una empresa e intentar ganar mucho dinero no tiene por qué ser malo. Lo que sí es malo es que el interés económico alargue sus tentáculos a facetas de la realidad que no le corresponden. Está muy bien que una empresa fabrique iphones, pero no que manipule las mentes de los niños o decida quién tiene derecho o no a un trasplante de corazón. Y, con certera evidencia, está muy, pero que muy mal que las empresas determinen las decisiones políticas. La política es otro espacio público que, desgraciadamente, ha sido invadido por lo económico. Es curioso como en pleno siglo XXI hayamos dejado cómo algo tan impredecible e incontrolable como la bolsa, determine las decisiones de nuestros líderes, hoy menos poderosos que nunca. Hemos creado un sistema en que los hombres no gobiernan, sino unos fenómenos complicados y abstractos cuyo comportamiento es desconocido hasta para nuestros premios nobeles en economía. El hombre ya no es dueño de sí mismo.

Por eso, en estos días malditos de austeridades y motosierras hay que defender más que nunca el espacio público. Tenemos que impedir que lo público retroceda pues dudo mucho que lo que hoy perdamos, y que costó mucho conseguir, vaya a recuperarse más adelante. Yo podría entender que las rebajas en los presupuestos para educación, la reducción y congelación de mi sueldo y las dos horas más de trabajo no remunerado que parece que me van a colar, fueran medidas necesarias sin las que vamos a pique (aunque me cuesta mucho creerme que son absolutamente necesarias y que no hay más opciones), pero cuando veo que las grandes fortunas no se tocan (nuestros ricos no están por imitar a sus colegas norteamericanos) y que esta crisis la vamos a pagar las clases medias y bajas… no me creo la historia. Y es que no entiendo por qué una crisis generada en lo económico tenga que solucionarse mediante el retroceso de lo público o, con más precisión, no entiendo cómo hemos dejado que lo económico interfiera así en lo público. No puedo entender cómo una arriesgada inversión de un dirigente de un banco tenga algo que ver con la educación de nuestros hijos, no puedo concebir que haya algún tipo de conexión causal entre esas dos cosas. Nuestro sistema es manifiestamente absurdo.

 

Bajos tipos de interés durante mucho tiempo → Sobreinversión + hipotecas basura (orgía descontrolada del crédito)→ Empresas y particulares endeudados incapaces de devolver sus préstamos cuando sus inversiones dejan de ser rentables → Crisis.

Estados Unidos tiene un gran déficit público ¿Cuál sería la consecuencia normal de esto? → Deuda pública → Elevación de los tipos de interés → Incremento de la demanda de dólares → Incremento del tipo de cambio del dolar → Encarecimiento de las exportaciones y abaratamiento de las importanciones → Déficit por cuenta corriente en la balanza de pagos.

¿Cómo es posible que si Estados Unidos tiene un gran déficit público, los tipos de interés hayan permanecido tanto tiempo tan bajos?

CHINA decide incorporarse al mercado en los años 90 → Compra deuda pública a los Estados Unidos + Vincula el yuan con el dolar → los tipos de intereses permanecen bajos → se favorecen las exportaciones chinas → China termina por convertirse en la primera potencia económica del mundo.

Todo esto dicho de un modo mucho más sencillo:

1. No deja de ser paradójico que la bombilla, como símbolo por excelencia de la innovación, metáfora de las grandes ideas,  sea un producto diseñado para fallar. ¿Fracaso de las ideas del Siècle del lumières? No creo, más bien tergiversación.

2. Curiosa idea la de Bernard London: obsolescencia programada OBLIGATORIA. ¿Saldríamos así de la crisis?

3. Ingenieros trabajando para empeorar productos, el novamás de la idea de progreso . Eso va para todos los que piensan que la mano invisible vela para que todos seamos más felices.

4. Los iPod son una mierda (y los iPad, lo cual ha convertido a Apple en una empresa que ha doblado sus ingresos durante la crisis) y África es el vertedero de Occidente. Eso ya lo sabíamos.

5. El documental está bien hecho, pero no nos dice nada nuevo, nada que no supiéramos ya desde hace bastante tiempo. Lo triste es que la EVIDENTE necesidad de un cambio en el modelo productivo no vino con la Unión Europea y su fallida Constitución, tampoco vino con el decepcionante a todos los niveles PSOE, y no vendrá, desde luego, con el PP. La crisis será una nueva oportunidad perdida.

6. Pero, ¿realmente queremos una sociedad de decrecimiento? ¿Alguien está dispuesto a volver a los años 60? El cambio de modelo productivo, económico y político tendrá que ser necesariamente fruto de una auténtica revolución cultural.

No soy demasiado franckfurtiano. No creo que detrás de nuestro orden social hay una mano negra dirigiendo todo desde la sombra ni que el capitalismo sea el causante de todos los males que nos acechan. No creo que los bancos o las multinacionales sean esencialmente malvadas y que los grandes directivos sean como el Ebenezer Scrooge de Dickens, como tampoco creo que fuerzas ocultas manipulen significativamente nuestra mente mediante la hipnopedia de Huxley. Pienso en la realidad como en un conjunto muy complejo de intereses entrecruzados en la que el poder se encuentra muy descentralizado. Creo que la realidad más que controlada desde la sombra está más bien bastante descontrolada.  Por ello, cuando pensaba en la crisis económica, aceptaba de algún modo que todos hemos contribuido a ella y que buscar culpables era más un ejercicio demagógico de descarga de responsabilidad que un análisis objetivo de la situación. Sin embargo, el otro día leí ESTO y, claro, uno empieza a vislumbrar que la responsabilidad sí que puede centralizarse en ciertas entidades, lo cual no deja de recordarme a Leopoldo Abadía y su teoría de la crisis NINJA:

¿Es ASÍ realmente como se ha desenvuelto la crisis? ¿Hay otras teorías alternativas?  ¿Tengo que pegarle fuego al banco que tengo enfrente de mi casa o el señor Abadía se equivoca? Por favor, economistas, ayudadme.

Léase también mi Historia de una bromilla.

Las razones se asemejan mucho a las que me hicieron no ir a la huelga de funcionarios, pero en este caso hay alguna más:

1. No tengo muy claro contra qué o contra quién va la huelga: ¿va contra la reforma laboral (otra de las múltiples decepciones que me he llevado con el lamentable  gobierno socialista)? ¿contra la crisis? ¿contra el capitalismo? ¿o incluso contra el PP?

2. Si la de funcionarios fue a destiempo (después de que el Parlamento aprobase la rebaja de salarios), el destiempo de ésta es alucinante: ¡años de retraso! ¿Por qué ahora? ¿Y por qué no es ésta la cuarta huelga general en vez de la primera?

3. La inutilidad de la huelga es más que patente. El gobierno ya ha dicho que no va a cambiar ni un ápice de su reforma laboral. ¿Qué pretendemos conseguir con ella? Yo es que quizá me he vuelto mayor, pero para mí algo vale para algo si consigue los objetivos propuestos. Protestar por protestar…

4. Si por lo menos mi participación contara para algo… Los organizadores dirán que a la huelga han ido cincuenta mil millones de personas mientras que el gobierno dirá que han ido dos o tres. Ningún medio dirá la verdad por lo que el hecho real de que la huelga fuera un éxito o un fracaso no alteraría nada.

5. Las huelgas como elemento subversivo, reivindicativo de algo, han perdido su sentido, han sido plenamente absorbidas por el propio sistema. Dicho de otro modo, al gobierno está huelga no va a hacerle ni cosquillas, porque, tristemente, las huelgas ya no hacen ni cosquillas. Y a mí no me vale que sea, al menos, la expresión de nuestro derecho a la pataleta. Si el sistema sólo nos deja patalear, mal vamos.  Es necesario buscar nuevas formas de protesta.

6. ¿Por qué no se propone una huelga indefinida, de esas que verdaderamente hacen daño? ¿Por qué sólo un día de paseillo y banderola? ¿Es que la situación no es ya lo suficientemente grave?

7. Por dinero. Pierdo un día de sueldo que se ahorra el gobierno. O sea, que mi huelga beneficia al gobierno al que pretendo perjudicar con ella… Encima si ese dinero va a parar a los sueldos de liberados sindicales… ¡Estoy dispuesto a echar horas extras!

8. Quiero que los sindicatos salgan profundamente perjudicados por la crisis en pro, utópico de mí, de que se reflexione seriamente sobre su gestión y finalidades, reformándolos a conciencia.

9. Me hace gracia que un montón de personas, quizá los que más deberían manifestarse dado lo precaria de su situación, no puedan manifestarse (¡valiente derecho a huelga!): todos los sin papeles y sin contrato o con contratos temporales de mierda, o con un sueldo tan ridículo que perder un día es muy doloroso (es decir, toda la generación de trabajadores jóvenes de nuestro país que no están en el paro) tendrán que ir a currar. ¡Esta es nuestra vigorosa democracia!

10. Si hay, más o menos, las mismas razones para ir a esta huelga que a la anterior, por lo que si se va a ésta, sería lógico haber ido a la otra, me parece una pasada que se les exija a los trabajadores renunciar a dos días de su sueldo (que al ser realmente más de dos días se irá a… ¿más de cien euros?) a cambio de que no pase absolutamente nada.

11. Estoy tan desencantado del juego político en nuestro país que me da vergüenza participar en él. Estoy tan harto de los vacuos discursos para imbéciles de nuestro querido presidente y las réplicas a la zaga de nuestro brillante líder de la oposición, que meterme en ese juego y además pagando… me parece infravalorarme. El día que me meta en política, que alguna vez habrá que dar el salto, lo haré para intentar cambiar en algo este desaguisado, no para continuar con su juego.

Viñeta vista en Territorio Vergara.

Una adolescencia mimada, adormilada, anestesiada tas años de hiperprotección institucionalizada. Una adolescencia que vive en un presente superabundante, tan saturado de estímulos que sólo las emociones extrafuertes pueden sacarle de su letargo. Una adolescencia que cuando ya lo tiene todo, al no quedarle nada contra lo que rebelarse, ninguna parcela de la realidad por conquistar, opta por el último lugar prohibido: la autodestrucción.

Como sacadas de Trainspotting, las lolitas de John John Jesse lucen el nihilismo punk del “No future” propio de la época Thatcher en los suburbios de Manchester. No hay trabajo, no hay ningún proyecto vital que merezca la pena. Rostros drogados y cansados, apatía e inocencias rotas demasiado pronto.

¿No será lo que nos espera como resultado de esta crisis del fin del mundo? ¿No es esta la conclusión lógica? ¿No son las conductas juveniles variantes de retornos al punk? ¿Volverán los Sex Pistols insultando a la reina de Inglaterra?

Visto en 40fakes.

1. Para que se hunda aún más la credibilidad de los sindicatos. Después de cuatro millones de parados y no manifestarse ni una vez, ahora convocan una huelga para salvar las apariencias, ya que “cantaría mucho” no movilizarse ante un recorte salarial y social como el que ha caído. Viendo que UGT o CC. OO. viven de las subvenciones del gobierno, lo único que se pretende es que esta huelga sea un día de paseo y banderola sin más consecuencias. Espero que si de esta crisis pueda sacarse algo bueno sea la pérdida del prestigio social de los sindicatos y la reflexión sobre la utilidad que realmente tienen. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza cuando se presentan en nuestros institutos animándonos a la huelga.

2. Como profesor de secundaria creo que a los únicos a los que fastidio con  no asistir a mi jornada laboral es a los alumnos (a los que les niego su derecho a la educación) y a los padres (que tendrán que ingeniárselas para ver qué hacen con los críos). Al trabajar en un instituto público, los padres de mi alumnado serán gente de clase media (muchos funcionarios como yo) que no tienen la culpa de absolutamente nada. Si, al menos, mis alumnos fueran hijos de banqueros…

3. Otra utilidad de esta huelga, condenada al fracaso por sus mismos convocantes, es que el gobierno (contra el que hago la misma huelga) salga beneficiado ya que, aparte de comprobar triunfante el poco seguimiento del evento, se ahorra pagarme el día de sueldo (que además, es más de un día como todos sabemos, pues hay que pagar la seguridad social y demás). Paradójicamente, la huelga contra la rebaja de mi sueldo hace que éste se reduzca aún más, no perjudica más que a los que no tienen la culpa y beneficia al mismo gobierno…

4. La huelga ha sido convocada después de que la medida se aprobara en el Parlamento. Seguramente que cambiar la fecha inicial fue una medida estratégica del gobierno y de los sindicatos (¿por qué la cambiaron?), pero, aunque no lo fuera… ¿Qué sentido tiene manifestarse contra algo que ya ha sido aprobado? Tenemos certeza absoluta de que esta huelga no va a cambiar la medida… ¿Para qué hacerla entonces? Además, llevo un tiempo pensando en que las huelgas, que tenían mucho sentido en el siglo XIX, no lo tienen ahora. ¿Qué sentido tiene una protesta contra un sistema regulada por el propio sistema que, además, viendo sus resultados, no cambia el mismo sistema? Me da la impresión que quienes sean los que dominan este mundo (creo que son una especie de fuerzas impersonales, complejos nudos de intereses económicos) nos dicen algo como “os controlamos tanto que incluso os permitimos que os quejéis, eso sí, ordenadamente”. ¿No debería ser una protesta contra el sistema algo que no estuviera regulado por el mismo, algo fuera de él? Además, también tengo la impresión de que todas las huelgas están ya tan politizadas que su finalidad ha quedado reducida exclusivamente a lo político. Francamente, no quiero bailarle el juego al PP ni a nadie.

5. Después de que gran parte del sector privado está en el paro y yo no he hecho nada por ellos cuando su situación es muchísimo más grave que  la rebajada de un pequeño procentaje del sueldo, no me siento con la autoridad moral de salir a la calle. ¿Alguien se creerá que nos movilizamos por el bien de la sociedad y no por nuestro bolsillo cuando hemos estado en silencio todos estos años? Entendería que los empleados del sector privado se sintieran ofendidos por esta huelga. Tristemente, esto consigue enfrentar a los pobres contra los pobres.

6. A pesar de todo, no quiero que mi no asistencia sea considerada como una victoria por parte del gobierno. No quiero que piensen que la poca participación en la huelga es porque estamos de acuerdo con las medidas. Por eso llevo todo este tiempo pensando en otras formas de protesta alternativas que no le hagan el juego ni a los sindicatos ni al gobierno, y esto ha vuelto a hacerme pensar en los pocos instrumentos de participación política que tengo a mi disposición. No me basta, desde luego, con no votar al PSOE en las próximas elecciones (que miedo me da que la gente olvide pronto esto y, viendo la “castaña” de oposición que tenemos, vuelvan a ganar). Así, un instrumento de protesta, entendido como prensa, es este Blog, reforzando además la idea de que Internet es un medio democrático de comunicación y expresión de ideas (quizá sea la futura forma de hacer política viendo que la tradicional está fracasando).

7. Empero, sigo sin estar satisfecho, por lo que animo a mis lectores y contertulios habituales que me propongan ideas de formas de protesta alternativas a la huelga.

Historia de una bromilla:

1. Son buenos tiempos. La economía va bien y hacemos buena caja. Como somos progres y guays gastamos en medidas sociales (lo cual es magnifico) pero también hacemos política: Ministerio de igualdad (que el voto femenino es la mitad de los votos), los 400 euros con los que comprar al personal, portátiles para todos los docentes,  la decoración del salón de la ONU en Ginebra pintado por Barceló cuesta 20 millones de euros…

2. Los buenos tiempos continúan. Tenemos 600 asesores en la Moncloa que nos informan de que hay algunos directivos de bancos que andan un poco descontroladillos (hipotecas subprime a tutiplén y cosas por el estilo),  pero no pasa nada porque seguimos teniendo dinero. Los banqueros y los dueños de las empresas, además, tienen mucho poder, no les toquemos las narices.

3. Se aproximan malos tiempos. Tenemos 600 asesores en la Moncloa que nos informan de ello. Algunos bancos se van a pique, lo cual, según el más básico manual de economía es muy, muy, muy malo. Aún tenemos dinero, inyectemos a esos bancos y saquémoslos a flote (es curioso que, con total normalidad, se use dinero público para corregir las cagadas de directivos de bancos y que a estos directivos no les pase nada). El sector de la construcción se está yendo a la mierda…

4. Los malos tiempos llegan. Todavía mantenemos que no hay crisis sino sólo una “profunda desaceleración”. Es curioso como de los 600 asesores de la Moncloa (que le cuestan al Estado 28 millones de euros al año) nadie vio la crudeza de lo que se venía encima. ¿Qué se estudia hoy en día en las facultades de economía? ¿No se definen las ciencias por su poder predictivo?

5. Cuatro millones de parados y una población cada vez más vieja (al Estado le saldría mucho más barato que las cascáramos a los 65). De momento podemos ir pagando el paro… pero, esto no levanta… ¿Qué hacemos? Lo más importante es ganar las elecciones. De momento nos va bien porque el PP está con el caso Gurtel, por lo que cuando con la que está cayendo deberíamos ir de culo en las encuestas, vamos igualados. Con un rival así no hay miedo a la crisis. No obstante, no vamos a meter recortes porque somos progres, y los progres nunca hacen recortes sociales y porque eso es impopular, y no hay que perder las elecciones.

6. Mientras tanto los sindicatos se mantienen en silencio. Si gobernara el PP habrían hecho cuatro huelgas generales y estaríamos al borde de la guerra civil, pero es lo que tiene que los sindicatos coman de tu mano.

7. Queremos que el PP pacte con nosotros para comernos juntos la crisis (no hay nada más electoral que que no me puedan criticar con la que está cayendo ya que van conmigo). Pero es que el PP no es tonto, y aunque la unión de los dos partidos mayoritarios sería muy bueno para España, que el PSOE se coma la crisis es lo único que les puede devolver a la Moncloa. Así que no pactamos ni siquiera unos mínimos de ley educativa (Aquí es cuando comienzo a vomitar y me planteó qué formas de desobediencia civil serían legítimas y, entiendo que, dada la situación, casi todas).

8. Grecia peta. Además había falseado las cuentas. Alemania, que es un país serio, se encabrona mucho. España da 10.000.000 de euros a Grecia, creyendo hacer un buen negocio con los intereses. Es gracioso que des un préstamo en la situación en la que te encuentras. Europa mira nuestras cuentas y nos da un toque muy serio. Seguimos siendo un país PIGS… Mucho miedo, ¿qué hacemos? ¿Petamos como Grecia?

9. El pabellón español en la Expo de Shangai cuesta 74 millones de Euros. Tiene un bebé gigante que habla…

10. Ajuste del 5% a los funcionarios, congelación de sueldos y demás medidas para recortar el gasto público. Los funcionarios perdemos una cantidad de poder adquisitivo de la cual no nos vamos a recuperar nunca. Yo sé que, a partir del mes que viene, seré más pobre de lo que he sido hasta ahora hasta que me jubile. El PSOE había prometido que no tocaría el sueldo de los funcionarios…

11. Los sindicatos hacen como si se cabrearan. Hay que tener en cuenta que los funcionarios son los que llenan sus filas y pagan sus cuotas. Si ahora no hicieran nada cantaría mucho, así que proponen una huelga descafeinada sólo de funcionarios, que no valdrá más que para que el Estado se ahorre el pagarme ese día. Una huelga que, además, se hace después de que las medidas se aprueben en el Parlamento. ¿No sería más normal hacer la huelga antes para intentar que no se aprobaran?

12. ¿Hay que ir a la huelga? Mis alumnos tan contentos.