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Supongamos que tenemos la siguiente secuencia numérica:

2 4 6 8

Con suma facilidad podemos encontrar la regla que la produce, a saber: números pares que se van incrementando de dos en dos. Parece que no hay ningún problema pero si pensamos, no hay ninguna garantía de que el siguiente número de la secuencia sea un 10 ni que esa regla sea válida. Supongamos que ahora nos dan más elementos:

2 4 6 8 3 2 4 6 8 3

Todo cambia drásticamente: ahora la regla de generación no tiene nada que ver con números pares ni con crecer de dos en dos, sino que consiste en cinco números que se repiten sin que encontremos relación alguna entre ellos (podrían bien ser fruto de una producción aleatoria).  ¿Qué quiere decir esto? Algo que decía Hegel hace muchos años: la verdad o está al final o no está. O dicho de otro modo: si no tenemos todos los elementos de una secuencia es imposible establecer con seguridad la regla que la genera.

Pensemos ahora estas secuencias en términos de historia de la ciencia. Cada número es una evidencia empírica, el resultado de un experimento. Las reglas de formación de la secuencia serían leyes científicas. Creo que la metáfora no es muy desacertada ya que los resultados experimentales siempre se cuantifican en magnitudes y las leyes científicas no son más que relaciones entre tales magnitudes. Si observamos la primera secuencia tendríamos tres leyes que nos servirían para predecir el próximo número. Pero al incorporar los nuevos números que da la segunda secuencia descubriríamos que las tres leyes son falsas, no nos sirven para establecer nuevas predicciones. Todo se pone patas arriba y hacen falta nuevas teorías para interpretar los nuevos hechos. Ahora la ley nos dice que la secuencia numérica se repite de cinco en cinco. En terminología de Kuhn podríamos hablar de que estamos ante un nuevo paradigma, una nueva forma radicalmente diferente de entender la realidad. Es posible que la ciencia avance así, aportando más evidencia empírica en virtud de nuevas observaciones que nos hace revisar nuestra antiguas leyes, estableciendo otras que se ajustan cada vez con más precisión a los nuevos datos. Eso sí, manteniendo siempre la máxima de que futuros datos puedan invalidar nuestras actuales leyes en un siempre inseguro e incierto camino. En ciencia no hay verdades absolutas.

Sigamos. Los nuevos datos nos dan la siguiente secuencia:

2 4 6 8 3 2 4 6 8 3 5 7 0 3 4 2 00 4 2 3 1 2 3 6 8 9

Siempre hemos vivido con una gran confianza en que el desarrollo de la ciencia nos llevaría a resolver todas las grandes cuestiones. Creemos que, tarde o temprano, la ciencia descubrirá la cura del cáncer o del Alzheimer, que conseguirá ingenios tecnológicos inimaginables sin que exista razón alguna para poner límites a este avance… Pero supongamos entonces que nuestra evidencia empírica es la de la anterior secuencia. Aparentemente no existe relación ninguna entre sus miembros, no hay ley alguna que pueda relacionar los datos. ¿No podría llegar el momento en que nos encontráramos con algo así? Nuestras mejores inteligencias podrían estar devanándose los sesos durante años sin encontrar nada (Más sabiendo que dada una secuencia de números no hay ningún mecanismo que nos diga si es aleatoria o sigue algún patrón). La búsqueda podría ser eterna pero podría llegar un momento en que nos diésemos por vencidos. ¿Podría existir tal fin de la ciencia? De momento, es muy alentador ver que no hay razones sólidas contra el desaliento (al menos en la actualidad). La electrodinámica cuántica consigue grados de precisión en sus predicciones de un promedio de doce decimales. Es la teoría más precisa jamás construida y, a día de hoy, lo más cerca que el hombre ha estado de una verdad absoluta.

Más cosas. Volvemos al principio. Tenemos la primera sucesión (2468). Ahora pensemos que tenemos una nueva tal que así:

3 5 7 9

Si se nos dice que está secuencia es un ejemplo de las reglas que generan la primera, nos vemos obligados a cancelar una de nuestras leyes (números pares) pero podemos mantener las otras dos (orden creciente de dos en dos). Ahora viene otro ejemplo:

4 7 9 13

Tenemos que romper otra de las leyes (de dos en dos) para quedarnos sólo con el orden creciente. La única regla de generación de esta cadena es que está formada por números en orden creciente. Lo interesante del tema es pensar en por qué, nada más ver la primera secuencia aplicamos reglas muy concretas para, sólo al final, mantener la más general cuando, de primeras, podríamos sólo haber mantenido esta última. Al ver 2468 podríamos únicamente haber dicho que son números en orden creciente pero, sin embargo, añadimos que crecían de dos en dos y que eran números pares. Además, ¿por qué establecer estas relaciones y no otras? Surge la necesidad de pensar que tenemos un “modo natural” de razonar, de establecer deducciones (que bien puede ser algo innato, inscrito en nuestros genes, o aprendido, o ambas cosas). Kant tiene mucha razón.

Además, reflexionemos sobre cómo hemos ido puliendo nuestras leyes en base a nuevas evidencias: si tras tener 2468, las siguientes secuencias hubieran sido:

12 14 16 18

o:

124 126 128 130

no hubiéramos aumentado nuestro conocimiento. Únicamente estaríamos más seguros, tendríamos algo más de certeza en que nuestras tres leyes iniciales están en lo cierto. Sin embargo, al encontrar las nuevas secuencias (2579 y 479 13) hemos ido puliendo nuestra teoría, hemos descartado leyes (siempre reducidas a meras hipótesis) para quedarnos con la última (orden creciente). Hemos operado por falsación (bendito Popper), descartando hipótesis en base a experimentos. Nuestro conocimiento ha avanzado, se ha modificado, a base de demostrar que estábamos equivocados. Si todas las nuevas secuencias hubieran verificado las tres leyes iniciales, nuestro conocimiento del mundo sería muy certero, muy avalado por la experiencia, pero no se hubiera modificado. La ciencia necesita del error para progresar.

Christopher Hitchens es uno de los intelectuales pertenecientes al núcleo duro del ateísmo anglosajón de los últimos años, junto a otros jinetes del apocalipsis como Dawkins, Harris, Dennett… A pesar de que no estoy de acuerdo con algunas de sus posiciones he de reconocer su valía y su labor en cuanto a ateo militante luchando contra las falsas creencias.

Este año supimos la desgraciada noticia de que Hitchens se esta tratando de un cáncer de esófago, además de un cáncer de los muy malos, que casi con total seguridad, no superará. Algunos Hijos de la Gran Puta sentenciaron que Dios lo había castigado por su herejía apelando al mejor espíritu del Supremo Hacedor del Antiguo Testamento. Esta Suprema Idiotez, sin embargo, no alberga contradicción con la doctrina cristiana y su peculiar visión de la Providencia divina, y nos conecta con uno de los principales problemas de la teología: el del mal en el mundo.

¿Cómo un Dios infinitamente bueno puede mandar un cáncer a Chistopher Hitchens? La cuestión es peliaguda pero el filósofo alemán Gottfried Leibniz dio una ingeniosa respuesta con su teoría de los mundos posibles:

Un mundo es “posible” si no contradice las leyes de la lógica. Hay un número infinito de mundos posibles y consideró que sería mejor uno que tuviera el mayor exceso del bien sobre el mal. Él podría haber creado un mundo que no contuviera mal, pero ése no hubiera sido tan bueno como el mundo actual. Eso es porque algunos grandes bienes están lógicamente ligados con ciertos males. Para tomar un ejemplo trivial, un trago de agua fresca cuando uno está sediento en un día de calor, puede darnos tal placer que uno puede pensar que la sed previa, aunque molesta, valía la pena de sufrirla, porque sin ella el goce subsiguiente no podía haber sido tan grande. Para la teología, no son ejemplos como éste los importantes, sino la relación del pecado con el libre albedrío. el libre albedrío es , gran bien, pero era lógicamente imposible para Dios el conceder el libro albedrío y al mismo tiempo decretar que no hubiera pecado. Dios decidió, por lo tanto hacer al hombre libre, aunque previó que Adán se comería la manzana, y aunque el pecado traería consigo inevitablemente el castigo. El mundo que resultó, aunque contiene mal, tiene un exceso más grande de bien sobre el mal que cualquier otro mundo posible; éste es, por consiguiente, el mejor de todos los mundos posibles y el mal que contiene no proporciona ningún argumento contra la bondad de Dios.

Bertrand Russell en su Historia de la Filosofía

Líneas más adelante, el propio Russell, ridiculiza el argumento heredando la misma deliciosa ironía del Cándido deVoltaire:

Este argumento satisfizo evidentemente a la reina de Prusia. Sus siervos continuaron soportando el mal, mientras ella continuó disfrutando del bien, y era confortante el que un gran filósofo le asegurara que eso era justo y lícito

Y es que, este argumento, está lleno de graves problemas:

1. ¿Hay un número infinito de mundos posibles? Quiza las posibilidades son finitas. Pensemos, por ejemplo, que si existe un número finito de átomos, las combinaciones entre ellos para formar mundos, siendo altísimas, serán necesariamente finitas. ¿Cómo podemos saber eso?

2.La tesis “Un mundo es posible si no contradice las leyes de la lógica” contiene un posible error categorial. La contradicción es aplicable solamente a inferencias tal que un razonamiento como “Hoy llueve y hoy no llueve” es contradictorio. Entonces, ¿cómo aplicar el adjetivo contraditorio a algo que no sea una argumentación, algo como el Universo? ¿Puede haber un filete de ternera contradictorio?

3. Me repatean muchísmo las afirmaciones del tipo de que sólo hay bien porque existe el mal. Me recuerda a Hegel cuando decía que las botas del general en su avance, a veces, pisan alguna bella florecilla; afirmación que bien pudo justificar las millones de bajas del ejército prusiano en la Primera Guerra Mundial por avanzar unos pocos metros de terreno en Verdún o en el Somme. Entonces no busquemos construir un mundo sin sufrimiento, ya que este sufrimiento será necesario para que el mundo sea bueno. Un mundo con hambre, guerras y plagas será mejor, a fin de cuentas, que un mundo que no las tenga… Además si bien encontramos males que traen consigo bienes venideros, ¿no hay males que no traen consigo bien alguno? ¿Qué hay de bueno en el cáncer de Hitchens?

4. No veo la conexión lógica entre los bienes y los males. En el ejemplo del agua hay claridad, pero… ¿qué trae de bueno un terremoto que mata a miles de personas? A lo mejor, cuando ocurre, en otras partes del mundo pasan cosas buenas que equilibran la balanza. A lo mejor cuando alguien se cae y se parte una pierna a otro le toca la lotería. Podría ser, pero esto nos llevaría a establecer causalidades mágicas, es decir, nos llevaría a afirmar que la rotura de una pierna causa que toque la lotería, lo cual no lleva más que a vivir en un mundo de fantasía (el mundo en el que viven los que creen que Dios puede mandarte un cáncer).

5. Que producir en mí el bien que me hace beber agua después de estar sediento en un día caluroso haga necesario a un Dios omnipotente tener que necesitar el día caluroso y la sed, dice muy poco a favor de su omnipotencia. ¿No podría producir Dios en mí una sensación exactamente igual de buena que la que causa el agua después de estar sediento en un día caluroso, sin sed ni calor? Dios parece tener menos poder que las sustancias psicotrópicas…

6. La idea de que la libertad del hombre es un bien tan grande que justifica la existencia de los males que el mismo hombre comete está muy bien pero, ¿no podría Dios haber rebajado la peligrosidad del mismo hombre? ¿No podría haber creado un mundo en el que el hombre, lo más malo que pudiera hacer con su libertad fuera insultar al vecino? No sé, creo que tenemos un sistema nervioso muy sensible al dolor… ¿no podría Dios haberle bajado algunos decibelios?

7. Este argumento puede ser igual de verdadero a su inversa como nos cuenta de nuevo Russell:

Un maniqueo podría replicarle que éste es el peor de los mundos posibles, en el que las cosas buenas que existen sólo sirven para realizar los males. El mundo -podría decir- fue creado por un demiurgo malvado, que permitió el libre albedrío, que es bueno, para estar seguro del pecado, que es malo, y cuyo mal supera al bien del libre albedrío. El demiurgo -podía continuar- creó algunos hombres virtuosos, con el fin de que pudieran ser castigados por los malos, pues el castigo del virtuoso es un mal tan grande que hace al mundo peor que si no existiera ningún hombre bueno.

No amigos, no hay ningún Dios que haya querido castigar a Hitchens por sus maldades, ni su cáncer va a traer a alguien bien alguno. Tener un cáncer es una tragedia que, por ningún bien venidero, es preferible a no tenerlo. La enfermedad se debe a un conjunto de causas biológicas que nuestros médicos  tratan de combatir cada día (estos sí que son los que verdaderamente intentan que el mundo sea más bueno que malo).  Y quien diga que a Hitchens o a su familia, ésto los va a unir más o los va a hacer más fuertes, o cosas por el estilo, no estará diciendo más que estupideces. El cáncer sólo los va hacer sufrir muchísimo y punto. A mí me encantaría más que a nadie que no fuera así pero, salgamos ya de nuestro infantilismo, no lo es. Lo más que podemos hacer es mandarles ánimos y desearles que el trance sea lo menos doloroso posible.

Nuestra capacidad de comprensión de cantidades numéricas es una birria. Para cantidades muy bajas las cifras parecen tener significado. Entendemos muy bien qué diferencia hay entre que a nuestra casa vengan a cenar tres personas o catorce. Puedo establecer comparaciones entre cantidades pequeñas y grandes (doce contra  dos mil es una pelea desigual) pero… ¿qué nos pasa cuando trabajamos con cifras muy altas? El más absoluto desastre. Por ejemplo, ¿cuántos granos de trigo caben en una habitación de tres metros cúbicos de volumen? Ni la más remota idea ¿Un millón? ¿Seis millones? ¿Trescientos mil? Es muy difícil, podría objetarse. Sí, pero, ¿tanto para que no podamos ni siquiera realizar una aproximación razonable? ¿Cuántos es cinco elevado a cuarenta y dos? ¿Es más que seiscientos millones? Cuando oímos cifras tan altas todas nos suenan igual. ¿Mi cerebro entiende algo distinto cuando oye 7.345.456.123.343 que cuando oye 1.245.345.212? “Un montonazo” afirma igualmente para ambas cifras.

Hace tiempo, hablamos de que es más difícil caminar que realizar ecuaciones debido a que el sistema de locomoción es mucho más antiguo que el neocortex, por lo que la evolución ha tenido mucho más tiempo para perfeccionar nuestras piernas que nuestras neuronas dedicadas a calcular. Por eso la Inteligencia Artificial hace máquinas que resuelven complejos algoritmos pero no que corran más que Usain Bolt. Es la llamada Paradoja de Moravec. Además es que para sobrevivir no hace falta manejar cifras exponenciales. ¿Cuántos tigres van a venir a comerme? ¿Cómo repartimos la carne? Desde luego no en cincuenta millones de trozos. Nuestros ancestros no necesitaban unas matemáticas tan potentes para sobrevivir y nosotros heredamos su torpeza.

¿Cuántos decimales de pi eres capaz de memorizar?

Pero, ¿Y si nosotros las necesitáramos para comprender nuestra realidad? La diferencia entre cinco y cincuenta millones no es sólo cuantitativa. Una piedra que pesa cinco gramos es pequeñita, mientras que una piedra que pesa cincuenta millones de gramos… Tiene que ser algo muy grande y destructivo pero… ¿Cuánto de grande? ¿Lo pueden imaginar con facilidad? Yo no, pero el caso es que el hecho de que una roca pueda demoler un edificio y la otra no es una diferencia cualitativa que surge de un aumento cuantitativo.

Las diferencias cuantitativas generan diferencias cualitativas, propiedades que emergen de las diferentes relaciones entre las partes, puntos sin retorno, puntos de fractura, momento a partir del cual… El tamaño sí que importa (lo siento machotes), las escalas importan. El Universo no parece funcionar igual a escala cuántica que a escala humana o planetaria. Y la escala cuántica y la planetaria, la de los muy pequeño y la de lo muy grande funcionan con números exponenciales. Tenemos millones de neuronas, millones de receptores sensoriales, millones de conos y bastones, millones de células, virus y bacterias multiplicándose a gran velocidad… incluso la biología también es exponencial. Supongo que será un reto para el evolucionismo explicar cómo los billones de células de cualquier mamífero se han puesto de acuerdo por pequeñas variaciones aleatorias para mantenerlo con vida.

La información crece exponencialmente

¿Y cómo calcular números tan altos? Llegan las supercomputadoras  que, para calcular cifras astronómicas, también ellas mismas lo son: millones de puertas lógicas, millones de nanotransistores, millones de bits… Para ellas, cada vez es menos peligroso que ocurran explosiones combinatorias pues sí saben pensar exponencialmente.  ¿Tendrán ellas que enseñarnos la auténtica verdad? ¿Serán ellas las herederas del progreso del conocimiento, quedando los seres humanos obsoletos? No necesariamente. De lo que se trata no es de tener una capacidad de cálculo increíble (en eso ya no podemos competir ni con una calculadora  de dos dígitos comprada en los chinos), sino de entender el significado de las cantidades exponenciales. Por ejemplo, cuando entró el euro, todos hacíamos constantemente esfuerzos para pasar los euros a pesetas. Las cantidades en pesetas nos eran significativas. Yo sabía que si por una cerveza me cobraban seiscientas pesetas me estaban timando, y sabía que un coche medio costaba unos dos millones. Sin embargo, cuando me decían 300.000 euros, sólo podía decir “eso es mucho dinero”. Al cabo del tiempo las cantidades en euros cobraron significado por sí mismas y ya no tenemos (casi nunca) que pasarlas a pesetas. Sé que podría pagar por un coche hasta 20.000 euros y que cobrar menos de 10.000 euros anuales es explotación en su sentido más genuino.

Si los intelectuales, hemos de ser los cronistas conceptuales de nuestra época, como afirmaba Hegel, para unos tiempos exponenciales hemos de aprender a pensar exponencialmente.

Plaza Roja de MoscúParece haber un acuerdo tácitamente aceptado por toda la comunidad intelectual de entender el ideal de progreso propuesto por los ilustrados como un mito, como una promesa falsa. El fracaso de esta idea parece dar con el traste de un tirón con todo el significado de la Modernidad o de la Ilustración. Como la idea de progreso parece falsa, la Modernidad es falsa, pasemos página y vayamos a otra cosa.

¿En qué se basan para afirmar en eso? En que el Siglo XX, siglo que se ve como el cúlmen de la Modernidad (no entendemos por qué), fue la prueba demostrativa de que las promesas ilustradas eran falsas. Un siglo con dos guerras mundiales, dos bombas atómicas, gulags, Auschwitz, deterioro medioambiental, Tercer Mundo… no era aquel paraíso terrenal que prometía el Siglo de las Luces. Las guerras mundiales fueron las más mortíferas de la historia de la humanidad debido a que en ellas se utilizaron todos los avances científicos y tecnológicos existentes; la degradación medioambiental sería imposible a la escala en la que hoy sucede sin la tecnología fruto de la idea de progreso; la amenaza nuclear que hasta hace poco acechaba como un espectro sobre el mundo era imposible sin la fórmula de Einstein. Parece como si gran parte de las desgracias de la tierra fueran culpa de la ciencia y la tecnología, o de esa razón instrumental que parece ser que es la única que pueden usar los científicos y los ingenieros (por lo visto si haces ciencia pierdes inmediatamente la capacidad de escribir poesía o de enamorarte).

Estos ataques se deben fundamentalmente a una serie de terribles confusiones. Es cierto que algunos pensadores ilustrados, y no tan ilustrados, creían que el progreso en todos los sentidos (no sólo tecnológico) sería algo ilimitado, que crecería y crecería al hasta el infinito como por arte de magia. Esta idea, que aún se mantiene en muchos sectores (sobre todo económicos) no es que sea falsa (no podemos comprobar una afirmación que habla sobre el futuro ya que éste aún no ha llegado) pero sí que parece contener una serie de presupuestos peligrosos:

super-maquina1. Da la impresión de que la ciencia o la tecnología “tienen vida propia”, es decir, de algún modo pueden avanzar por sí mismas. Esta perspectiva ignora que detrás de ellas existen personas que son las que realmente las hacen avanzar. La ciencia y la técnica se dan en sociedades determinadas, con características muy concretas. Una sociedad en la que se prohíba o no se fomente la investigación, difícilmente tendrá progreso científico. Esta tendencia mística de “dar vida propia” a cualquier entidad que se desarrolla en la historia con independencia de sus componentes o circunstancias hunde sus raíces en la filosofía hegeliana.  Para Hegel el Espíritu Absoluto avanza autoconociéndose en la historia, y avanza con o sin nuestro permiso. Los héroes de la historia favorecen este avance pero muchas veces no lo saben: son las astucias de la razón. Siguiendo este esquema, muchos pensadores han hablado de procesos transhistóricos que funcionan por sí mismos (el marxismo clásico es el otro gran ejemplo). Esta forma de pensar es una sofisticadísima versión del animismo o hilozoismo de Tales de Mileto.

2. Afirmar que la ciencia y la tecnología son malas o buenas es caer del modo más ingenuo en la falacia naturalista. Las cosas no son buenas ni malas, sino que lo que será bueno o malo es el uso que se les de. Una fórmula matemática no es mala ni buena, será mala si se utiliza para diseñar misiles nucleares con el fin de atacar ciudades y será buena si con ella encontramos vacunas. El conocimiento no es bueno ni malo, su uso es lo bueno o malo. Por lo tanto, el progreso de la ciencia y de la técnica no es bueno en sí mismo, será bueno si con él conseguimos hacer cosas buenas y, efectivamente, no siempre ha sido así.

3. No es posible mantener que el progreso sea algo ilimitado. Me llena de perplejidad pensar que llevó a estos pensadores a hablar de un progreso infinito. ¿Por qué ha de ser infinito? ¿Qué indicadores había para lanzar tal afirmación? Me parece algo absurdo. Supongamos que la medicina progresa de tal manera que es capaz de curar todas las enfermedades. Podríamos decir que estamos ante el final de la medicina, pero esto no es equivalente a decir que su progreso haya sido infinito. Lo mismo podemos decir del progreso en cuestión de la defensa de los Derechos Humanos. El día en el que en el mundo no se violara ningun precepto de la Declaración de los Derechos Humanos podríamos decir que hemos dado un salto de gigante en el progreso, pero no que puede darse un progreso ilimitado en cuestión de derechos. En el fondo, lo que suena mal es la noción de infinito aplicada a una realidad que no soporta nada bien esta categoría. Por otro lado se ha visto que el crecimiento económico e industrial conlleva el deterioro del medioambiente. Los recursos naturales son limitados por lo que un crecimiento ilimitado es imposible.

Hasta aquí la crítica legítima a la noción de progreso. Vayamos ahora a examinar lo que realmente hay de positivo en ella y por lo cual no es una idea para nada desdeñable:

1. Negar rotundamente la idea de progreso es negar la creencia en que se puede mejorar. Negar el progreso llega necesariamente a posturas manifiestamente absurdas. ¿Qué sistema político podríamos proyectar que no tuviera como objetivos la mejora de los ciudadanos en mayor o menor medida? ¿Que acción humana razonable no está destinada en alguna medida a mejorar algo? Negar el progreso lleva como poco al inmovilismo y al ultraconservadurismo, y en casos extremos, al escepticismo y al nihilismo.

2. El nivel de vida que se ha conseguido en los países occidentales a día de hoy es, comparándolo con toda época histórica conocida, el mejor hasta la fecha. Este logro se debe al progreso tecnológico, por un lado, y al progreso democrático por el otro. Cualquier persona de clase media en nuestro país vive en unas condiciones materiales superiores a las de un rey de la Edad Media y tiene más derechos y está más amparado por la ley que en ningún otro momento de la historia.  Es cierto que nuestras sociedades distan mucho de ser perfectas y que queda mucho por hacer, pero negar que estamos en las mejores condiciones materiales y sociales de la historia es negar una evidencia. Las visiones apocalípticas de los religiosos que afirman que vivimos en una época de degeneración, de pérdida de valores morales y de deshumanización sin precedentes, no son más que puntos de vista distorsionados y exagerados. No creo que seamos mucho más infelices ni malvados que en cualquier otra época histórica, pero sí sé que la luz eléctrica o la vacuna de la gripe han mejorado nuestras vidas.Niños refugiados en la guerra de Korea

3. Aún viviendo en Occidente en la mejor época histórica hasta la fecha, es cierto que estamos muy lejos del paraíso terrenal que prometieron algunos ilustrados y que intentó llevarse a cabo de modo radical por el marxismo. ¿Es razón suficiente esta para calificar de mito la idea de progreso? Evidentemente no. Ya hemos dicho que la ciencia y la tecnología pueden ser usadas para lo que se quiera. La Ilustración nos decía que progresaríamos si utilizamos la ciencia y la tecnología de un modo racional. ¿Utilizar la física cuántica parar crear bombas nucleares es una forma racional de usar la ciencia? ¿utilizar los avances de la química para fabricar gas Ciclón y gasear a judíos? Parece que no. El hecho de que no hayamos conseguido el paraíso se debe a que no hemos sido lo racionales que deberíamos haber sido, a que hemos hecho un mal uso de nuestras posibilidades. Tenemos todo el futuro para enmendar nuestros errores.

En la actualidad el concepto de progreso parece haber sido sustituido por otro: el de desarrollo sostenible. Si bien su significado se refiere fundamentalmente al respeto al medioambiente, parece estar límpio de estos tintes utópicos e hiperoptimistas de la concepción incial que hemos criticado. El desarrollo sostenible ha de entenderse como una búsqueda de los mejores medios para conseguir unos fines siempre deseables, como un progreso muy consciente de sus limitaciones y del peligro que toda nueva empresa comprende necesariamente. Este concepto debe suponer una nueva reflexión sobre las finalidades humanas y los medios adecuados para conseguirlas.