Archivos de la categoría ‘Filosofía política’

En nuestros sistemas liberales, la mayoría de la gente (exceptuando a los igualitaristas más radicales) está dispuesta a aceptar cierto nivel de desigualdad social o económica, siempre que se parta del principio de igualdad de oportunidades. Robert Nozick lo explicaba muy bien con su famoso argumento de Wilt Chamberlain. Supongamos que nos gusta mucho el baloncesto y estamos dispuestos a pagar cierto dinero por ir a ver a jugar a los Lakers. Supongamos también que el beneficio de esas entradas se reparte equitativamente entre todos los jugadores. Sin embargo, Wilt Chamberlain es excepcionalmente bueno, por lo que él propone que si queremos verlo jugar, paguemos un pequeño extra en nuestras entradas que iría íntegramente para su bolsillo. A la mayoría de la gente le parece un buen trato, ya que ver a Chamberlain jugar es todo un espectáculo por el que merece la pena pagar un poco más de dinero. Entonces, Chamberlain gana más dinero que sus compañeros de equipo, se ha generado una desigualdad económica, pero en ella no parece haber nada éticamente reprobable: el público eligió libremente pagar una entrada más cara por ver a Chamberlain, y podríamos decir que Chamberlain merece más dinero ya que su talento y dedicación al equipo es mayor que el del resto de los jugadores. Además, se respetó perfectamente el principio de igualdad de oportunidades: todos los jugadores de los Lakers compitieron en igualdad para ser los mejores del equipo y Chamberlain lo consiguió sin ninguna duda.

El argumento de Nozick es muy ilustrativo para explicar por qué en nuestras sociedades alguien como Leonel Messi, que lo único que hace, aunque lo haga excepcionalmente bien, es darle patadas a un balón, cobre muchísimo más que un científico que está investigando la cura contra el cáncer. Parece algo muy injusto pero, realmente, no lo es: nosotros, al poner el partido en la tele, comprar su camiseta o ir al estadio a verlo, estamos eligiendo democráticamente que merece más la pena ver jugar a Messi que invertir en investigación para la cura de enfermedades. Si somos imbéciles, al menos, nadie nos está obligando a serlo. Nozick defiende el derecho a decidir por encima de la obligación moral de ayudar a los otros. Nos merecemos, con total justicia, la sociedad que tenemos pero, al menos, la habríamos elegido nosotros.

Pero la idea a la que queremos llegar es esta: ¿es cierta, o al menos posible o deseable, la igualdad de oportunidades? Si echamos un somero vistazo a la realidad social que nos rodea vemos que, con total contundencia, la igualdad de oportunidades no existe. Un chico proveniente de una familia rica y culta que le proporciona todas las facilidades para que estudie, no parte en igualdad de condiciones que otro de familia humilde, que comparte su minúscula habitación con otros tres hermanos, que no tiene ni siquiera un buen escritorio donde estudiar, y al que su padre le repite una y otra vez que no pierda el tiempo con los libros y que se ponga ya a trabajar y a ganar dinero.

¿Cómo podríamos solucionar algo así? Completamente imposible: habría que aislar a todo recién nacido de sus influencias familiares, educándolo estatalmente en una especie de comuna tal y como soñaba Platón, lo cual no parece para nada deseable. A mí me gusta muchísimo más una sociedad con una gran diversidad de familias que inculquen a sus hijos los más distintos valores y objetivos vitales, que otra en la que todos los niños sean educados por igual en la competencia por maximizar el éxito socio-económico.

Pero es que ni aún así habría igualdad de oportunidades porque, de nuevo, cada niño no partiría desde la misma posición. A día de hoy tenemos cada vez más evidencias que relacionan el cociente intelectual o la capacidad de esfuerzo de una persona con sus genes. Entonces, cuando una persona nace con unos genes que le dan un CI más alto que el de sus competidores, ya no parte desde la misma línea de salida, sino que tiene una ventaja crucial. Yo, como profesor, me encuentro constantemente ante la injusticia de tener que poner buena nota a alumnos vagos pero muy inteligentes, mientras que suspendo a otros que trabajan mucho más que ellos, pero que están menos dotados intelectualmente. Tener o no talento es consecuencia de la lotería genética, y no hay nada más injusto que la lotería.

Segundo mito del liberalismo: la meritocracia. De nuevo, parece razonable aceptar desigualdades siempre y cuando el que recibe más lo haga en función de su mérito. Solo nos parecería injusto el hecho de que alguien obtenga más que los demás si no lo merece. Echemos, de nuevo, un vistazo a nuestra sociedad: ¿se da una clara meritocracia? De nuevo, parece que no ¿Por qué? El fallo reside aquí en las diferencias de remuneración: no existe una correspondencia entre la distribución de los beneficios y el mérito.

Un ejemplo: Messi cobra unos 40 millones de euros, mientras que el sueldo anual de un médico en España puede rondar los 30.000 euros. Hacemos el sencillo cociente y comprobamos que Messi cobra 1.300 veces más que un médico. Es difícil cuantificar el mérito de lo que hace un futbolista de élite pero por mucho que le demos vueltas, no creo que tenga 1.300 veces más mérito que lo que hace un médico. En nuestro mundo la distribución de la riqueza es, claramente, injusta y no obedece a criterios de mérito (seguramente, influye muchísimo más la suerte que el talento como sostiene este estudio). Esta página te ofrece ver en qué posición estás con respecto al resto del mundo en función de tus ingresos (curioso que si eres un mileurista en España estás dentro del 7% de las personas más ricas del planeta).

La igualdad de oportunidades y la meritocracia, dos principios básicos sin los cuales nadie aceptaría el liberalismo como sistema de distribución de bienes sociales y económicos son mitos. Y, evidentemente, la idea de que se autorregulan de alguna manera sin la injerencia de los estados mediante la mano invisible de Adam Smith es, igualmente, un mito.

Entonces, ¿ya está? ¿Nos lanzamos a las calles para destruir los cimientos de nuestro sistema? De ninguna manera. Que estos dos principios básicos sean imposibles, y ni siquiera deseables si los aplicáramos con todo su rigor, no implica que no puedan utilizarse como ideales regulativos. Lo explico: nunca los conseguiremos plenamente, pero eso no quita que tengamos que estar constantemente intentándolo ya que, dada cualquier situación concreta, será más justa si en ella se dan que si no. De hecho, no podemos renunciar a ellos porque nadie querría vivir en la plena injusticia. Imaginad un mundo en el que no exista en absoluto respeto por la igualdad ni por la meritocracia… ¡Sería algo así como volver al estado natural de Hobbes en donde homo homini lupus!

¿Y cuál es la forma de llevar esto a la práctica? Cuando se entra en discusiones en las que se defiende o ataca la educación pública, creo que el gran argumento a su favor está aquí: servir de trampolín socio-económico. La educación pública será el gran catalizador de la igualdad de oportunidades y de la meritocracia. Va a permitir que individuos mejoren su situación en base a su mérito y talento y, al fomentar esa movilidad social, sirve para reducir la desigualdad extrema. Sirve, en este sentido, como un re-distribuidor de riqueza y estatus social. Por eso es tan sumamente importante defender nuestros sistemas educativos, y no llego a entender la pequeña partida presupuestaria que un país como España les administra.

Con esto no estoy diciendo, huelga decir, que no debería existir la educación privada. Me parece totalmente saludable que exista, sobre todo porque es muy positivo que existan centros de enseñanza alternativos al modelo oficial del estado, de modo que se fomente la divergencia de formas de ser y pensar. Además, con ella se posibilita el derecho de los padres a elegir qué tipo de educación deben recibir sus hijos. No obstante, la educación privada debería ser minoritaria o, al menos menos importante que la pública, debido a que una sociedad donde la privada fuera mayoritaria la función esencial de trampolín social quedaría diluida.

Nozick defiende la idea de un estado mínimo que, por un lado parece muy aceptable pero por otro no. Sostiene que solo debe existir el estado necesario para mantener los derechos fundamentales (que para él, esencialmente, es el derecho a la propiedad). Estoy de acuerdo en que es cierto que el estado no debe engordarse innecesariamente (y de hecho sucede muchísimo, siendo un síntoma inequívoco de corrupción), pero difiero en lo que debe considerarse por “mínimo”, porque para mí hay tres elementos que jamás podrían ser completamente privados: sanidad, educación y justicia. Nozick argumenta a favor de una sanidad y una educación completamente privadas, pero no consigue hacerlo con solvencia cuando nos referimos a la justicia. Y es que no hay por dónde cogerlo: ¿cómo sería posible una justicia privada? ¿Cómo podríamos tener un sistema de justicia privado que diera el mismo servicio a pobres y a ricos?

En el programa electoral de VOX no encontramos mucho más que una serie de soluciones simplistas, propias de una tertulia de bar después de un par de copas. Simplismos como eliminar el estado de las autonomías, poner un “muro infranqueable” en nuestras fronteras africanas, eliminar toda la ley LGTBI, etc. son clásicos eslóganes “todo o nada” que ignoran burdamente la enorme complejidad que representan los problemas de este país. Lo grave no es que sean soluciones de extrema derecha, sino que cuelen y reciban votos.

Cada partido político sabe muy bien las debilidades de sus contrincantes y los temas que hay que tocar. Así, el tema de la inmigración es un clásico de la derecha. Es muy fácil recurrir a unos sistemas límbicos diseñados para defender al igual y sospechar del diferente, para echar la culpa de todos nuestros males a los inmigrantes. Entonces se crea un muñeco de paja: la izquierda abre las fronteras de par en par creando un gran efecto llamada… Los inmigrantes nos quitan los puestos de trabajo, reciben más ayudas que nosotros, traen terrorismo y delincuencia, vienen aquí a hacer turismo sanitario, etc. Esa misma táctica la ha utilizado el independentismo y, en general, es usado por cualquier partido nacionalista o regionalista. Y lo triste es que funcione ¿Alguien cree, realmente, que los principales problemas sociales y económicos de este país se deban a la inmigración? De la misma forma, ¿algún catalán se cree que los principales problemas sociales y económicos de Cataluña se deban a su unión con el resto de España? Pues, lamentablemente, muchos parecen creérselo o, al menos, eso parecen decir las urnas. Y, quizá, lo más grave es que los mismos políticos que impulsan estas ideas se las crean. Yo prefiero que los de arriba me engañen a que sean imbéciles, pues temo más a estos últimos que a los mentirosos de toda la vida.

Son las Políticas de la Tribu: discursos que eluden nuestro neocórtex racional para ir, directamente, a nuestras entrañas paleomamíferas y reptilianas. A todos nos gusta sentirnos miembros de un grupo, hermanados con nuestros semejantes, nuestro pueblo, nuestra nación, los nuestros. Y también llevamos muy mal responsabilizarnos de nuestros fracasos si tenemos a nuestra disposición un chivo expiatorio: los otros (inmigrantes, golpistas, rojos, fachas, empresarios, mercados…). También tenemos una cierta tendencia innata a seguir a líderes carismáticos (es lo que Erich Fromm llamó miedo a la libertad), a la seguridad que nos da su fuerza, a preferir perder derechos a cambio de la supuesta  seguridad que prometen… Somos miedosos, se nos asusta fácilmente y cuando hay miedo nos agarramos a un clavo ardiendo, al primero, sea el que sea, que nos promete una solución fácil y rápida a ese sentimiento tan desagradable. Pensar es costoso y nos da pereza, por lo que preferimos que nos hablen en cristiano, de forma clara y sencilla (Solemos confundir simplicidad con franqueza y honestidad. Esa, quizá, es una de las claves del éxito de Trump) y sospechamos del lenguaje oscuro de los intelectuales (quizá por eso John Kerry perdió contra George W. Bush). Así, a nuestras entrañas les encantan políticos como Santiago Abascal o Vladimir Putin, les encantan estos machos alfa, guardianes de la manada, adalides de lo nuestro.

Es por eso muy importante el impulso de una vieja idea ya defendida hace unos años por Tony Blair: la Política Basada en Evidencias.  Muy sencillo: las políticas públicas han de estar basadas en estudios empíricos, o más técnico: hay que incorporar mucho más conocimiento a cada una de las fases de la decisión política. De este modo se quita peso a la ideología (es muy necesario matar las ideologías) y se intenta combatir esta epidemia de desinformación propia de opinólogos y tertulianos, de intelectuales orgánicos (véase el concepto de Gramsci) que defenderán contra viento y marea las decisiones del partido al que sirvan, de fake news, de eslóganes, de postverdades, y de amarillismo periodístico que asola nuestros medios.  Me encantaría que cada vez que alguien defiende tal o cual cosa, tuviera, necesariamente, que avalarlo con multitud de datos. Y es que, no entiendo muy bien por qué razón, damos valor a la mera opinión de alguien. No entiendo por qué alguien puede decir algo y avalarlo sólo con la justificación de que es su opinión. Además, y solo por eso, ¡debemos respetarla! Es decir, yo, sólo por el hecho de ser yo, tengo derecho a decir la estupidez que se me ocurra y todo el mundo tiene que respetar lo que digo. No, el derecho a la libertad de expresión y pensamiento conlleva la responsabilidad de no decir la primera ocurrencia que me venga a la cabeza, sino intentar que mi opinión se asemeje lo más posible a la verdad, es decir, que, al menos, esté bien informada.

Por poner un sencillo ejemplo, VOX habla de eliminar las autonomías no solo por contrarrestrar el independentismo, sino por la clásica tesis liberal de que hay que adelgazar al máximo el Estado: funcionarios, los mínimos posibles. Entonces se lanzan las típicas y tópicas soflamas: funcionarios vagos, ineficientes, enchufados, puestos a dedo… dibujando un país que sufre la costosa superinflación del sector público. Pues bien, si uno va a los datos ve que esto no se sostiene por ningún lado. Fuentes de la OECD nos dicen que el porcentaje de funcionarios con respecto a toda la población empleada en España es del 15,7%, en la misma línea de países tan liberales como Estados Unidos (un 15,3%) o Gran Bretaña (16,4%), y muy por debajo de las siempre ejemplares socialdemocracias nórdicas (Suecia 28,6%, Dinamarca 29,1% o Noruega 30%). Según los datos en España no hay un superávit de funcionarios.

Y también hay que tomar clara consciencia de que no hay soluciones fáciles ni simples para ningún problema ¿O es que si fuera así no se habrían solucionado ya? Hay que tener en cuenta que cualquier decisión política genera una cascada de consecuencias que son, muchas veces, muy difíciles de predecir. De la misma forma, problemas como el desempleo, el fracaso escolar, la precariedad laboral, etc. no tienen una clara y única causa, sino que son problemas multicausales que, consecuentemente, necesitan soluciones a muy diversos niveles. A mí me hace gracia como en mi entorno laboral, el educativo, se intentan solucionar todos los problemas solo a golpe de reforma educativa, solo mediante una nueva y, supuestamente milagrosa, ley. No, el problema de la educación solo puede solucionarse desde muchos niveles pues es un problema que supera, con mucho, el poder de maestros y profesores. El problema de la educación es un problema social, económico, cultural, etc. que tiene que afrontarse conjuntamente desde todos esos niveles a la vez. Tendemos a caer en un cierto solucionismo político, creyendo que los políticos son omnipotentes y que pueden solucionarlo todo por si solos (y que cuando no lo hacen es porque no quieren, ya que siguen otros intereses ocultos). No, los políticos solo pueden hacer leyes y las leyes tienen su poder, pero no pueden resolverlo todo. De hecho, de nada vale una ley si no hay una voluntad clara de cumplirse ni unas autoridades con las herramientas necesarias para hacer que se cumpla, sancionando su incumplimiento, que es lo que ocurre en España cuando el poder judicial trabaja con medios precarios.

La izquierda, desgraciadamente, ha dejado completamente estas directrices, alejándose de lo empírico para situarse casi en su opuesto dialéctico: la débil posmodernidad incapaz de cualquier respuesta firme a, prácticamente, todo, lo cual lleva, necesariamente, al neoconservadurismo que ya denunció hace tiempo Habermas. Y es que si los referentes intelectuales de la izquierda son gente como Zizek o Biung-Chul Han, mal andamos ¿De verdad que no se cansan siempre de la misma historia? No puedo entender como a estas alturas pueden defenderse planteamientos como los de Lacan, Deleuze, Althusser… retornar a postulados freudianos… y, por supuesto, renunciar a toda validación científica ya que la tecno-ciencia se considera como instrumento y parte del alienador sistema capitalista.

Por eso hace falta que la izquierda (y la derecha también) vuelva a los antiguos valores de la Ilustración de donde, supuestamente, nació el Estado Liberal de Derecho que todos disfrutamos. Coincido completamente con el espíritu de Steven Pinker en su última obra (con todos los matices a su interpretación histórica que quieran hacerse). Una buena noticia sería ver a nuestros políticos dar pasos en esa dirección y no al contrario. En el tema de Cataluña estaría muy claro: la Ilustración defendió un ideal cosmopolita alejado de los ideales nacionalistas que llegarán en el XIX y que nos llevarán a Auschwitz. Ante el independentismo no nacionalismo sino universalismo. La izquierda debería combatir con firmeza el nacionalismo ya que, precisamente, éste nació del Romanticismo, es decir, del movimiento contrailustrado por excelencia.

La derecha, en vez de radicalizarse hacia el ultrapatriotismo, debería volver a sus orígenes: el liberalismo clásico, es decir, a la defensa de la libertad del mercado y de las libertades individuales. UPyD fue un partido interesante en esa línea y, desgraciadamente, Ciudadanos podría haber sido un partido auténticamente liberal si no se hubiera escorado hacia ese nacionalismo que, paradójicamente, es idéntico al que pretende combatir. Sería muy positivo que la derecha ensayara lo que Anthony Giddens denominó la Tercera Vía, en vez de coquetear con el extremismo con tal de arañar votos.

 

 

Os dejo el vídeo de la mesa de debate que hicimos en el edificio de Elzaburu en Madrid. Cuando lo he vuelto a ver me ha parecido más interesante aún que cuando estuve allí. Y es que el plantel de expertos es bastante bueno… y si estoy ya es insuperable 😉

La idea que defendí es una de las tesis centrales de Harari en Homo Deus: el fin del liberalismo a manos de las nuevas tecnologías. El fin de nuestro sistema económico-político no va a venir de la mano de los críticos del sistema. El marxismo, con todas sus matizaciones, con todas sus variantes y reformulaciones no ha podido hacer, ni hará, ni cosquillas, al neoliberalismo. El fin de nuestro sistema vendrá por otro lado: de la mano de la revolución tecnológica ¿Cómo?

El liberalismo moderno está basado en la idea de la sacralización del individuo. Y la cualidad más esencial, y por lo tanto valiosa, de ese individuo es su capacidad de elección libre. Entonces, dicho individuo tiene que vivir en un sistema democrático (ya que ha tener la libertad de autogobernarse a sí mismo, tachando de dictatorial cualquier forma de gobierno que sacrifique al individuo en pro de alguna causa mayor como, por ejemplo, el nacionalismo en sus diferentes estilos. Curioso que hoy en día las posturas nacionalistas tengan cierta fuerza) y en un sistema capitalista (tiene que tener libertad para producir pero, sobre todo, para consumir). Por lo tanto, el sistema se fundamenta en la libertad de votantes y consumidores, y si esa desaparece el sistema se derrumba ¿Está desapareciendo?

Nosotros aceptamos que los políticos nos mientan. No nos gusta, de hecho, nos asquea profundamente y gran parte de la apatía política que hoy existe viene de ese desencanto hacia esos mentirosos profesionales que, constantemente, dicen y se desdicen en un bucle patético. Sin embargo, lo aceptamos porque pensamos que el sistema democrático nos trae una serie de ventajas que compensan, con creces, este defecto. Para mí, la principal virtud es que la democracia facilita un mecanismo no violento de alcanzar el poder. En cualquier época histórica no democrática (es decir, en casi toda la historia de la humanidad) si querías gobernar debías quitar por la fuerza al gobernador vigente, y así la historia de nuestra especie es una historia de guerras y guerras y más guerras. La democracia minimiza esto y ya por eso merece, con mucho, la pena.

Sin embargo, nuevas tecnologías están dañando la idea de libertad del sujeto. Bueno, la libertad del sujeto está ya bastante dañada, sencillamente, porque el sujeto no es, para nada, libre, como ya hemos argumentado en muchas ocasiones. No obstante, por mor de la argumentación, vamos a aceptar que el sujeto elige libremente pero que puede ser manipulado, y que un alto nivel de manipulación invalida la libre elección. Entonces, aceptamos un “poquito” de manipulación (la que hacen los políticos), pero demasiada ya no sería aceptable ya que eso significaría que el individuo ha sido engañado y que su voto, en cierto sentido, no ha sido libre ¿Y cómo daña las nuevas tecnologías esto? Aquí entra Cambridge Analytica.

Christopher Wiley,  que parece sacado de un comic cyberpunk (la realidad siempre supera a la ficción), nos ha contado estos días como se elevaba el arte de la manipulación a niveles jamás vistos. Usando el enorme agujero en la seguridad de protección de datos de Fabebook, el análisis de la personalidad a partir de los likes de Facebook iniciado por Kosinski y Stillwell en Cambridge, y técnicas de microtargeting publicitario, la empresa Cambridge Analytica manipuló a más de ochenta millones de personas para votar a favor de Donald Trump o del Brexit (todo mejor explicado en mi ponencia que empieza a partir del minuto 23).  Según sostiene el mismo Wiley, sin la actuación de Cambridge Analytica la victoria de Trump y del Brexit no hubiesen sido tales… entonces, ¿no estamos hablando de fraude electoral en toda regla? ¿Qué legitimidad tienen esos resultados electorales? Pero, fijaos en el asunto porque es muy diferente a otros tipos de tongo electoral: aquí no se ha hecho trampas en el sentido clásico del término: no se obligo a nadie a votar nada en contra de su voluntad ni se falsificaron papeletas ni nada por el estilo. La gente votó felizmente, pensando en que lo hacían libremente. Entonces estamos hablando de un fraude electoral en unas elecciones en las que los votantes votaron libremente… ¿qué diablos significa eso? Que la libertad, fundamento básico del liberalismo, se cae y con ella se cae todo.

No obstante, creo que Wiley exagera un poco. No creo que las herramientas de las que dispuso Cambridge Analytica sean tan potentes a la hora de influenciar en el electorado y que, por tanto, hayan sido tan determinantes en las elecciones donde se utilizaron. Pero eso no quita que en un futuro, bastante próximo, este tipo de técnicas se vayan perfeccionando hasta llegar a niveles de manipulación del votante que nadie estaría dispuesto a aceptar. Véase en el vídeo cuando expongo la “hipótesis de la corbata amarilla” (a partir del minuto 33).

¿Soluciones? Lamentablemente, las medidas legales siempre van muy detrás de los rapidísimos avances tecnológicos (más con la habitual ineptitud de la clase política). El nuevo reglamento europeo (el latoso RGPD) ha mejorado el control de los usuarios sobre sus datos pero todavía se queda muy corto en muchos aspectos y, muy pronto, veremos ya las argucias de las empresas para saltárselo. Como bien subrayaba Elena Gil es muy importante formar en una ética del diseño (que no aparece ni lo más mínimo en ningún plan de estudios de ingeniería), y como bien subrayaba Marlon Molina, una petición de responsabilidades bien delimitada por capas parece una idea muy sensata para afrontar la dificultad que supone la dispersión de la responsabilidad en grandes proyectos empresariales. De la misma forma, que la actividad del programador informático estuviese colegiada tampoco sería una mala propuesta. En el fondo estamos como siempre: un liberalismo económico voraz y descontrolado que pide a gritos una regulación.

Me lleva llamando mucho tiempo la atención la falta de ética generalizada en el sector ingenieril. Recuerdo una vez, discutiendo con un neoliberal, que cuando le hablaba de que la economía debería estar supervisada por la ética me respondió que si yo pretendía convertir la economía en una sharia. O sea, que si hablamos de ética ya somos una especie de… ¡fundamentalistas religiosos!  Y es que los ingenieros están imbuidos en el ethos del mundo empresarial, el cual, como todos sabemos, es de todo menos ético. Así que ingenieros del mundo, por favor, a ver si somos un poquitín más buena gente, y vamos diseñando cosas no tanto para forrarnos como para hacer del mundo un lugar algo mejor. Simon Roses… ¡No trabajes más para DARPA!

Algo de activismo majo al respecto: Tristan Harris, antiguo responsable de diseño ético de Google que se fue de allí espantado viendo lo que realmente había, y otros desertores del sistema, han fundado el Center of Human Technology. Algo es algo.

Vamos a hacer un poquito de ejercicio. Mis conocimientos en las ciencias del deporte son más bien precarios, así que decido bajarme una aplicación a mi móvil que me proponga un plan de entrenamiento efectivo. Si la aplicación es de calidad, en ella estarán concretados los mejores conocimientos acerca de cuál es el mejor plan para una persona de mis características y, por tanto, será eficaz. Entonces yo confío en la aplicación y la pongo al mando, es decir, dejo que ella decida por mí qué es lo que tengo que hacer. En ese momento estoy dejando que un algoritmo gobierne una parcela de mi vida ¿Estoy haciendo algo malo? No, precisamente porque ese algoritmo es mejor gobernando esa parcela de mi vida que yo mismo. Es totalmente razonable confiar en esa máquina si, realmente, queremos adelgazar.

Damos un paso más. Hoy es día de elecciones y como buen ciudadano voy a ir a votar. Desde siempre he votado al PSOE. Mi abuelo luchó en la guerra civil en el bando republicano e inculcó sus ideas políticas a mi padre, quien luego me las inculcó a mí. Soy socialista por tradición. Sin embargo, cuando voy a votar me encuentro con un viejo amigo comunista. Hablamos un rato, precisamente sobre política, y me hace pensar. Al final, por primera vez en mi vida, voto a Podemos. Pero después, mientras voy caminando de vuelta a casa, comienzo a sentirme mal. Me arrepiento de mi voto y pienso que he traicionado a mi familia por una conversación de última hora. Quisiera cambiar mi voto pero ya es demasiado tarde: yace en el fondo de la urna.

Rebobinamos. Supongamos otra vez la situación anterior pero introducimos un nuevo elemento: Cortana 2045, mi asistente virtual de última generación, cortesía de Microsoft. A partir de todos mis datos de internet y de acompañarme continuamente en todo mi quehacer cotidiano, sabe perfectamente mis preferencias políticas y también sabe lo voluble que puedo ser a la hora de tomar una decisión, sobre todo, a última hora. Ella sabe mejor que yo a quién quiero realmente votar y no va a dejarse llevar por sesgos ni cambios repentinos de opinión. Entonces, lo razonable sería dejar que Cortana votara por mí ¿Dejaremos entonces una decisión supuestamente tan importante como el voto a un conjunto de algoritmos automatizado?

¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales sepan tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mismos? Tendremos dos opciones: o preferimos seguir sintiéndonos libres y decidimos por nosotros mismos, o dejamos que las máquinas lo hagan y perdemos el mando. El problema estará en que los que pierdan el mando vencerán, ya que tomarán mejores decisiones que los libres, por lo que parece que por simple y pura lógica, cada vez más gente dejará la toma de decisiones a sus consejeros digitales.

Y pensemos las repercusiones de algo así: como apuntábamos en la entrada anterior, la base política, social y económica de nuestra sociedad es el liberalismo, y el liberalismo presupone como condición de posibilidad la existencia de un agente libre que vota, consume y delinque en virtud de susodicha libertad ¿Qué pasará cuándo esas decisiones las tomen máquinas? Podríamos llegar a un original pronóstico: el fin del liberalismo no será, desde luego, el marxismo ni sus diversas variantes, sino una tecnología: la IA.

Pero, y ésta creo que es la gran pregunta del futuro próximo: ¿Aceptará el arrogante ser humano la pérdida del protagonismo en la historia? ¿Aceptará pasar a un segundo plano? ¿Aceptará ser irrelevante?

 

zenobia

Uno de los grandes errores de la modernidad fue la búsqueda obsesiva de un fundamento irrefutable. Se buscaba una verdad, un primer principio que sirviera como base sólida para construir el gran edificio del saber. Realmente, ese fue el gran error de Descartes. Era una misión imposible, un imperdonable acto de arrogancia humana, y cualquier pretencioso intento de encontrar tal arkhé indestructible fue fácilmente desmontado por los grandes críticos de la Edad Moderna ¿Qué quedó entonces? La nada, el último hombre que diría Nietzsche, el nihilismo, el pesimismo existencial. Dios había muerto, por lo que nada tenía sentido.

Muchos se han quedado a vivir aquí, lamentándose eternamente de los fracasos de la razón humana, atrapados en una autodestructiva tragedia byroniana. Otros, sin embargo, han querido salir del abismo entrando en lo que se ha llamado la época o edad postmetafísica. Veamos este fragmento del precioso Las ciudades invisibles de Italo Calvino:

Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de administrable: aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes,  y las casas son de bambú y zinc, con muchas galerías y balcones, situadas a distintas alturas, sobre zancos que se superponen unos a otros, unidas por escaleras de mano y aceras colgantes, coronadas por miradores abiertos de tejados cónicos, depósitos de agua, veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.

No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron  satisfechos con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y ya indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si al que vive en Zenobia se le pide describa como sería para él una vida feliz, la que imagina es siempre una ciudad como Zenobia, con sus pilotes y sus escalas flotantes, una Zenobia tal vez totalmente distinta, con estandartes y cintas flameantes, pero obtenida siempre combinando elementos de aquel primer modelo.

Dicho esto, es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos clases, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por ella.

Los habitantes de Zenobia ignoran el fundamento, el propósito que dio forma a su ciudad. Sin embargo, eso no les impide vivir ni afecta en nada a su bienestar o felicidad. El hecho de desconocer el origen de sus deseos no impide que no deseen. Los habitantes de Zenobia viven sin fundamento (como todos nosotros y como, prácticamente, todos los hombres de la historia de la humanidad) y viven bien. El peligro está cuando llega ese fundamento, cuando llega un deseo que, como nos dice Calvino en el último párrafo, puede llegar a borrar la ciudad o ser borrado por ella.

El peligro estriba en cuando llega un deseo intemporal, descontextualizado y, por lo tanto, totalizador (y totalitario: hablamos de Zenobia pero podríamos hablar de Berlín). Cuando, por ejemplo, llega alguien que quiere una Zenobia absolutamente diferente a la que hay, sin ningún pilote, una Zenobia a ras de suelo. Sería un Descartes que, viendo que Zenobia no tiene fundamento, la desecha y funda otra, radicalmente nueva, desde cero. Aquí solo podrían pasar dos cosas: o el deseo cartesiano destruiría Zenobia o la propia Zenobia destruiría a Descartes. El sueño de Descartes sería un goyesco sueño de la razón que terminaría, sin duda, en pesadilla.

Por eso, vivir sin fundamento, es decir, vivir sin dogmatismos, teniendo muy claro que nuestro conocimiento es rudimentario, provisional, precario y completamente falible, es el mejor antídoto contra cualquier pretensión totalizadora.  Pero vivir sin fundamento no nos debe llevar, desde luego, a ningún tipo de pesimismo o nihilismo, tan propios del siglo XX o del pensamiento postmoderno; ni siquiera a un pensamiento débil (del que tanto se ha abusado). No debemos caer ni en el nada vale ni en el todo vale, porque no es cierto. No hay más que mirar a nuestro alrededor: el mundo, Zenobia, funciona.  Y en él, desde luego hay verdades, reglas, principios que viven bastante ajenos a cualquier absurdo vacío existencial.

Dibujo de Mauricio Pettinaroli.

Natural-Eye-Makeup-and-Red-lips-001

Piense el lector en cuántos rostros como el de la foto ha visto hoy en el mundo real (no en la tele ni en Internet, me refiero a rostros de carne y hueso) ¿Pocos verdad? A no ser que uno trabaje en una agencia de modelos (y ni aún así) en el mundo real no hay rostros así. Los labios son más grandes, rojos y jugosos que los que nos solemos encontrar; la piel es demasiado blanca y lisa, los ojos también son más grandes y de un azul mucho más intenso de lo común… ¡Nunca nos topamos con alguien en condiciones de luz tan idóneas! ¿Idóneas para qué? Para mostrarnos un rostro lo más atractivo posible. No conozco a ningún hombre heterosexual que piense que la chica de la foto no es altamente apetecible. Curioso: un rostro irreal, un rostro que no vamos a ver ni aunque nos encontráramos cara a cara con su dueña, nos resulta mucho más atractivo que cualquiera de los rostros reales que vemos cotidianamente ¿Por qué? Porque esta foto es, en su totalidad, lo que los psicólogos llaman estímulo supernormal.

Mi mejor lectura de este verano ha sido La historia de tu vida de Ted Chiang, potente colección de relatos de ciencia-ficción, de la que ya ha hecho cuenta Hollywood (La cinta llegará en septiembre de la mano de Denis Villeneuve). El último de los relatos trata sobre la posibilidad de la calignosia voluntaria, en cristiano, de la posibilidad de “desconectar” tu capacidad de evaluar la belleza física de tus congéneres. Para un calignósico no habría gente guapa ni fea, de modo que juzgaría a los demás solo apelando a sus cualidades personales, sin caer en el llamado aspectismo.

(A partir de aquí spoilers)

En el relato, una institución universitaria propone que todos sus alumnos se hagan calignósicos (mediante una técnica neurológica muy sencilla y reversible) en pro de luchar por una verdadera igualdad social. La propuesta va a someterse a votación, por lo que toda la narración discurre a base de entrevistas en las que diversos personajes dan argumentos a favor o en contra (en general, con argumentaciones bastante buenas). Las empresas de cosméticos son, evidentemente, las más interesadas en que las urnas no den la razón a los defensores de la calignosia, por lo que no dudan en jugar sucio: comienzan pagando a estudiantes para que hagan campaña en contra, usan de tapadera para sus proclamas anti-cali una organización llamada Ciudadanos para la Nanomedicina Ética (CNE), para terminar con una argucia electoral que les lleva a ganar.

La mayoría de los votantes sostenían que el discurso final  dado por la representante del lobby empresarial, Rebecca Boyer, había sido muy convincente y  les había influido mucho en la toma de la decisión. Unos hackers entran en los ordenadores de la corporación y sacan a la luz que en el discurso se habían dado diversas manipulaciones digitales…

Las discrepancias son fundamentalmente mejoras en la entonación vocal, la expresión facial y el lenguaje corporal de la señora Boyer. Los espectadores que ven la versión original opinan que la actuación de la señora Boyer es buena, mientras que los que ven la versión manipulada opinan que su actuación es excelente, describiéndola como extraordinariamente dinámica y persuasiva. Los Guerreros SemioTécnicos [los hackers] concluyen que Wyatt/Hayes [la corporación de empresas de cosméticos] ha desarrollado un nuevo software capaz de ajustar con precisión las señales paralingüísticas para maximizar la respuesta emocional que se desea evocar en los espectadores. Esto incrementa drásticamente la efectividad de un discurso grabado, especialmente cuando se ve por spex [una especie de gafas digitales], y su uso en la emisión del CNE probablemente hizo que muchos partidarios de la iniciativa de caliagnosia cambiasen el sentido de su voto.

Después, Walter Lambert,”presidente de la Asociación Nacional de Caliagnosia” reflexiona:

En toda mi carrera, solo he conocido a un par de personas que tienen el tipo de carisma que proporcionaron a la señora Boyer en este discurso. Esa clase de persona emite una especie de campo de distorsión de la realidad que le permite convencerle a uno de casi cualquier cosa. Uno se siente conmovido por su mera presencia, y está dispuesto a abrir la cartera o a acceder a cualquier cosa que pide. Luego uno recuerda todas las objeciones que tenía, pero para entonces, habitualmente, es demasiado tarde. Y estoy realmente asustado ante la idea de que las corporaciones sean capaces de generar este efecto con software.

[…]

Esto significa que una vez que el uso de este software se extienda, vamos a enfrentarnos a discursos extraordinariamente persuasivos por todas partes: anuncios, notas de prensa, evangelizadores… Oiremos las alocuciones más conmovedoras dadas por políticos o generales desde hace décadas. Incluso los activistas y los provocadores culturales los usarán, solo para seguir a la altura de los poderes establecidos. Una vez que el alcance de este software se haga suficientemente amplio, incluso las películas lo usarán: la habilidad de un actor dejará de importar, porque la actuación de todos será impresionante.

Pasará lo mismo que sucedió con la belleza: nuestro entorno se saturará de estímulos supernormales, y esto afectará nuestra interacción con la gente real. Cuando todos los presentadores de todos los programas tengan la presencia de Winston Churchill o Martin Luther King, comenzaremos a considerar que la gente normal, con su uso ordinario de señales paralingüísticas, es imprecisa y poco persuasiva. Nos sentiremos cada vez menos satisfechos con las personas con las que interactuamos en la vida real, porque no serán tan interesantes como las proyecciones que veremos por las spex.

Algunas cuestiones:

  1. Pensemos en la pornografía. Todo en ella son estímulos supernormales, todo es grande, desmesurado: pechos, piernas, curvas… incluso los ojos maquilladas o las uñas postizas son enormes ¿El uso generalizado de pornografía no estará generando insatisfacción en nuestra vida sexual?  ¿Cuantas instituciones (en el sentido amplio del término) tienen éxito en nuestras sociedades porque utilizan estímulos supernormales? Un show televisivo como Gran Hermano ¿no es elevar los estímulos sociales a nivel de estímulo supernormal?
  2. En este sentido, y como ya sabemos desde hace mucho, somos manipulados continuamente y, por muy listos e informados que estemos, cuando nuestra razón entra en juego ya suele ser demasiado tarde. Lo siento pero terminamos por comprar la marca de leche que el publicista quiere. Es imposible luchar contra nuestro cerebro reptiliano ¡Asúmelo!
  3. Supongamos que, en la realidad, alguien consigue crear ese software, lo usa y gana las elecciones ¿Fraude electoral o no? Diríamos que sí pero, a sabiendas de que en la actualidad los políticos ya usan herramientas de manipulación constantemente… ¿No estamos ya ante fraudes que deslegitimarían por completo nuestras instituciones democráticas? ¿Dónde está el límite entre utilizar un software infalible y usar unas determinadas palabras biensonantes en un discurso?
  4. ¿Estaría la solución, como bien argumentan algunos de los personajes de Chiang, en que nos auto-provocáramos diferentes tipos de agnosias que nos inmunizarán de la persuasión como la aprosodia (no distinguir el tono de las frases, solo percibiendo su significado) o la hipoemocionalidad visual (no ser afectado emocionalmente por lo que se ve), hasta llegar a percibir sola y exclusivamente las ideas puras del orador?
  5. Pero tanto si hablamos de aspectismo como de este nuevo persuasivismo: discriminar (al menos a nivel electoral) a aquellos que no nos persuaden eficazmente, creo que caemos en un cierto esencialismo: pensar que en nuestro “interior” existe “algo” muy valioso, una esencia maravillosa mucho más importante que nuestras “cualidades externas”. Incluso quizá en cierto dualismo, al separar radicalmente cualidades físicas y mentales.
  6. Supongamos que con la caliagnosia ya no juzgaremos a las personas por su aspecto, lo cual nos parece justo pero, ¿por qué juzgarlos por otras cualidades va a ser más justo? Por ejemplo, si entonces valoráramos a la gente por su inteligencia, ¿no estaríamos discriminando a los tontos? Si solo nos centramos en las “cualidades internas”, ¿no estamos discriminando a las personas poco carismáticas, poco graciosas, con mal carácter, etc.? Denunciar el aspectismo no es más que llevar al extremo un ideal igualitarista para nada deseable. Si seguimos su lógica, cualquier cualidad en la que un ser humano destaque sobre otra ya produce discriminación, por lo que habría que eliminar absolutamente todas las diferencias. Pensemos que nunca podríamos elegir pareja pues… ¿qué acto hay más discriminatorio que elegir una pareja, que elegir a una mujer entre todas las demás? ¡Sería mucho más justo ser un mujeriego!
  7. Mejor parece entonces dejar las cosas como están. De primeras, los observadores disfrutaríamos de la belleza de los otros y los que la posean de forma natural, disfrutarán de su influencia. A los feos no les quedará otra que intentar destacar en otras facetas personales del mismo modo que cualquiera que tenga algún tipo de carencia. Sin embargo, si surgiera ese software de Wyatt/Hayes, al igual que si surgiera un elixir del amor que provocara que nos enamoráramos locamente de alguien, si que parece problemático… ¿Qué deberíamos hacer?

Irina Bereznaya

En la foto Irina Berezhnaya, diputada ucraniana, un estímulo supernormal miembro del Party of Regions, por cierto, de centro y rusófilo.

Ines Arrimadas

Somos politólogos y estamos trabajando para asesorar a un prometedor líder político de un partido emergente. Como somos politólogos de verdad (y no freudo-marxistas ni post-estructuralistas), nos ponemos a analizar campañas y resultados electorales de los últimos años. Por gracia de las ciencias de la computación disponemos de una enorme base de datos en donde están recogidas todas las campañas políticas de todos los países en los últimos, pongamos, veinte años. Disponemos de todo: todas las características físicas y biográficas de los candidatos, todos sus discursos, mítines, apariciones en medios de comunicación… El nivel de detalle de nuestra base de datos es asombroso: tenemos incluso datos acerca de qué ropa llevaban cada día de campaña, todas y cada una de las palabras que dijeron, información acerca de sus expresiones faciales, frecuencias de sus voces… Tenemos una ingente cantidad de variables, teras y teras de información.

¿Qué hacemos con ella? Poner a trabajar a una IA. Disponemos de un veloz programa encargado de buscar correlaciones entre cualquier conjunto de variables y los resultados electores.  Es lo que se conoce como data mining: buscar patrones significativos entre grandes cantidades de datos ¿Qué tenían en común todos aquellos que alguna vez ganaron unas elecciones?

Pero antes una digresión. Uno de los resultados más sugerentes de los experimentos con cerebros escindidos de Michael Gazzaniga, es que tenemos la tendencia a justificar las causas de nuestras acciones a posteriori, prefiriendo dar una explicación cualquiera, aunque sea mentira, que quedarnos sin explicación. Hemos hablado ya muchas veces de estos experimentos pero no me canso de contarlos de nuevo ya que creo que aún no los hemos llevado a sus máximas consecuencias teóricas. En uno de ellos, al ojo izquierdo del paciente comisurotomizado (vaya palabrita) se le mostraban una serie de fotografías de mujeres desnudas. La información era recibida entonces únicamente por su hemisferio cerebral derecho, generando una respuesta: risita nerviosa. El hemisferio izquierdo captaba la risita pero no su causa. Cuando el investigador le preguntaba el porqué de la risa, el paciente se inventaba una explicación: “Me hace usted unas preguntas tan extrañas que me entra la risa”.  Existen múltiples factores inconscientes que determinan nuestra conducta y que ignoramos completamente. Es más, nuestra parte consciente tiende a ocultarlos y a buscar, siempre que puede, explicaciones basadas en decisiones libres y conscientes.

Hemos encontrado correlaciones tales como que quien vive en el Estado de Virginia tiene más probabilidades de tener un nombre que empiece por “v” o que quien tiene un nombre que comienza por “d” tiene más probabilidades de ser dentista (según Pelham, Carvallo y Jones para Psychological Science, 2005). Por poner algunos ejemplo más (si bien el lector puede encontrar una abundantísima literatura al respecto), las personas tienden a elaborar juicios morales más severos  si en la habitación en la que reflexionan hay un ambiente cargado y maloliente  (Simone Schnall para Personality and Social Psichology Bulletin , 2008), o tienden a hacer menos trampas si se les dice que hay una presencia sobrenatural invisible que les observa (Jesse Bering, 2005). Cualquier persona que viva en Virginia y que haya puesto a su hija el nombre de “Victoria”, siempre dirá que eligió ese nombre “porque de siempre le había gustado mucho” o “porque le recuerda algo bonito”, nunca dirá nada relacionado con el nombre del Estado de Virginia. Igualmente nadie reconocerá que eligió ser dentista porque se llama “David”, sino porque “siempre ha sentido esa vocación”.

Volvemos a la politología. Exactamente igual, los votantes pueden tomar la decisión de votar a tal o cual candidato en función de motivaciones inconscientes que ignoran completamente, más cuando ya hemos mostrado lo realmente difícil que es hacer una votación plenamente racional.  Supongamos que, después de semanas de procesamiento de datos, nuestra IA encuentra una absurda pero fundamental correlación: sin excepción alguna, en todas las elecciones democráticas celebradas en el mundo en los últimos veinte años, el candidato que en algún momento de la campaña ha combinado una corbata verde con unos pantalones azul marengo, ha obtenido entre un 20 y un 25% más de votos que en elecciones anteriores. No tenemos ni idea de la causa (desconocemos muchísimo de cómo funciona nuestro inconsciente) pero no nos importa. Estamos trabajando para nuestro candidato y, aunque no sabemos si es una estupidez o no, no perdemos nada, así que le decimos que en el siguiente mitin se ponga la corbata y los pantalones del color correspondiente. Para nuestro regocijo, llega el día de la votación y los resultados se cumplen siguiendo la correlación marcada: conseguimos un 23,4% más de votos y ganamos las elecciones. Nuestro cabello se eriza y se nos seca la boca: ¡tenemos el arma electoral definitiva! Tenemos la clave para poner y quitar gobiernos en cualquier nación democrática…

Independientemente de todas las pegas y matizaciones que se puedan hacer a nuestro rocambolesco supuesto, sabemos que desde los orígenes de la democracia griega, se utilizan estrategias retóricas para convencer al electorado, estrategias que intentan evadir nuestra parte racional consciente para adentrarse en nuestras motivaciones inconscientes. Los actuales asesores de campaña de los políticos, sin utilizar todavía inteligencias artificiales en data mining (o seguro que ya sí) conocen un sinfín de parámetros que garantizan un mejor resultado o que llevan directamente al desastre, y los utilizan constantemente.

La cuestión es: si, entonces, la mayoría de las votaciones se realizan siguiendo motivaciones inconscientes tan esperpénticas como pudiese ser el color de una corbata y unos pantalones, ¿qué validez tendría la democracia? Si existen partidos que  poseen conocimiento tal que pueden obtener un significativo número de votos apelando a nuestros inconscientes, mientras que otros partidos no lo poseen, ¿no sería lícito hablar de fraude electoral?

Me cuesta mucho digerir ciertas ideas políticas. Leemos la prensa o escuchamos a nuestros locuaces representantes y parece que la única lógica para construir la realidad es el binomio liberalismo-socialismo. Parece que todo sigue la simpleza de privatizar y bajar impuestos o defender lo público y subirlos. Nada hay mucho más allá de ese debate.

Creo que la gente con dos dedos de frente deberían aceptar que el sistema capitalista unido a avances democráticos y en derechos humanos, nos ha llevado a un sistema que, si bien tiene gravísimos defectos, es el mejor conocido hasta la fecha. El hecho de que un ciudadano de clase media pueda abrir el grifo de su casa y que salga agua caliente de modo casi ilimitado es algo inaudito en la historia de la humanidad. En Europa llevamos setenta años sin ninguna guerra importante en nuestro territorio (exceptuando Yugoslavia, Chechenia y Ucrania, pero han sido conflictos periféricos), hemos erradicado la pobreza extrema, curado infinidad de enfermedades, alargando la esperanza de vida a más de ochenta años, y conseguido un número de derechos y libertades sin parangón en la historia de la humanidad.

Pero, a nivel global, nuestro sistema tiene dos grandes problemas citados hasta la exasperación:

1. La enorme desigualdad que genera. A los liberales la desigualdad no les parece un problema debido a que la encajan dentro de un modelo meritocrático: el que gana más es el que tiene más talento o trabaja más. Sin embargo, este modelo no es real. La enorme diferencia entre pobres y ricos no expresa equitativamente la diferencia de talento y trabajo entre unos y otros. La distribución de la riqueza suele ser bastante injusta.

2. Un modelo productivo insostenible. Recomiendo a todo el mundo leer El optimista racional de Matt Ridley, en donde se nos exponen todas las ventajas y logros de nuestro sistema económico. Sin embargo, este libro cojea en el aspecto medioambiental. Parece innegable que un sistema basado en el aumento constante de la producción es ambientalmente insostenible, y ya cada vez son menos los negacionistas del cambio climático.

¿Soluciones? Muy difíciles. Aquí hoy, simplemente pretendo mostrar formas de redistribución de la riqueza y modelos ecológicos más igualitarios y sostenibles. Si quieres aprender formas alternativas a tu estilo de vida lo mejor es recurrir a la Antropología Cultural. Cuando comencé a leer algunos textos clásicos era más joven y más imbécil (yo soy una de esas rara avis que no quiere la juventud eterna. Cuanto más viejo te haces, si envejeces bien, vas siendo algo menos imbécil), entendía a las culturas tribales como “primitivas”, subdesarrolladas y, a la postre, miserables. Tenía en mi mente el esquema colonialista de los antropólogos del XIX. Ahora mi perspectiva es como he dicho, algo menos imbécil: de primitivas, subdesarrolladas y miserables no tienen nada de nada. Son, sencillamente, diferentes caminos que ha seguido la evolución cultural. Un masai, un bosquimano o un yanomamo no tienen ni un pelo más tonto que yo y sus estilos de vida son, en muchos aspectos, mejores que el mío. A la hora de juzgar culturas tenemos que conocerlas bien y no solo medirlas en función de su avance científico o tecnológico. Evidentemente la cultura occidental está años luz de culturas que viven casi en el paleolítico, pero la tecnología no es el único indicador de avance humano.

Vamos a analizar brevemente las dos formas de distribución de la riqueza expuestas por Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, concretamente en el capítulo titulado Potlatch (Recomiendo encarecidamente la lectura de este libro. Lo mejor que he leído este verano):

Los bosquimanos practican una distribución de los recursos bastante igualitaria basada en la reciprocidad. La reciprocidad consiste en ofrecer tu ayuda, servicios o productos a otros sin esperar nada a cambio. No es igual a la mera generosidad. Si un bosquimano estuviese constantemente pidiendo favores a sus congéneres sin prestar nunca ninguno, pronto acabaría siendo tachado de gorrón y se le dejaría de prestar ayuda. La reciprocidad se parece al tipo de relación que los occidentales tenemos con nuestros familiares. A un hermano se le hace un favor sin esperar una inmediata recompensa pero, igualmente, el abuso de los favores terminaría por ser sancionado. Aparte de esta servicialidad, a los bosquimanos les resulta repugnante que alguien se jacte de sus logros o virtudes. El ideal del cazador bosquimano es aquel que caza bien pero pasa totalmente desapercibido. Socialmente, se premia muchísimo la humildad.

bosquimanos Kung noreste del desierto del Kalahari

Marvin Harris cuenta la anécdota de la experiencia del profesor Richard Lee en su convivencia con los bosquimanos en el desierto del Kalahari. Cuando Lee comprobó lo serviciales que eran quiso ofrecerles un regalo. Así que se fue a una aldea cercana con su jeep y compró el buey más grande que pudo encontrar para que los bosquimanos lo sacrificaran en Navidad. Cuando Lee les habló de la suculenta compra que había hecho, ellos le dijeron que conocían ese buey y que era muy malo: solo pellejo y huesos. Lee quedó muy sorprendido porque todos los miembros de la tribu parecían tener esa misma actitud despreciativa. Cuando llegó la Navidad sacrificaron el buey y, naturalmente, tenía una gran capa de jugosa grasa que todos saborearon con gran placer. Entonces Lee les pidió explicación de por qué lo habían criticado. Los bosquimanos le dijeron que claro que sabían que el buey era magnífico, pero que cuando un joven sacrificaba mucha carne llegaba a creerse un hombre importante o un jefe y comenzará a ver a los demás como sirvientes o inferiores. Los bosquimanos no pueden permitir al que se jacta porque piensan que su orgullo pronto le llevará a matar a alguien. Marvin Harris, desde su materialismo cultural, explica esta actitud recurriendo a su relación de producción con el medio. Los bosquimanos son cazadores-recolectores que viven en un entorno de relativa escasez. Si permitieran la existencia de grandes y orgullosos cazadores que, para incrementar su prestigio, compitieran por cazar más, pronto sobrexplotarían los recursos (por ejemplo ahuyentando las presas que periódicamente pasan por sus territorios) y terminarían por perjudicar a toda la tribu.

La reciprocidad es para los bosquimanos la mejor forma de adaptarse a un determinado ecosistema que, colateralmente, trae consigo una forma de vida generosa, pacífica e igualitaria que, además, permite una relación sostenible con el medio. Por aportar otro dato, los cazadores bosquimanos trabajan solamente de diez a quince horas semanales… ¿quién dijo que una de las promesas del capitalismo es que trabajaríamos menos? Esta forma de vida tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra excesiva sobreproducción. Habría que plantearse si, realmente, lo que queremos es producir más y qué precio queremos pagar por ello. Si lo pensamos bien, gran parte de los objetos y servicios que obtenemos con nuestros salarios son superfluos e innecesarios, a cambio de sufrir un fuerte estrés laboral.

Los kwakiutl son los habitantes aborígenes de Vancouver. Su organización política está formada por diferentes jefes tribales establecidos en competencia a lo largo de su territorio. Lo realmente sorprendente de su forma de vida es el modo en que tienen de redistribuir sus recursos: el llamado potlatch. Los jefes kwaikiutl se sienten constantemente inseguros de su estatus, y la forma que tienen de consolidarlo es realizando periódicamente una pantagruélica celebración. En ella invitan a los demás jefes en competencia y les ofrecen una enorme cantidad de comida y regalos. El objetivo es mostrar que uno es tan poderoso que puede permitirse regalar y derrochar hasta el extremo. Es normal que en un potlatch los invitados salgan de la fiesta a vomitar para poder seguir comiendo. En algunos casos que rozan el paroxismo, el anfitrión no solo regalaba sino que llegaba a destruir comida y regalos, acabando incluso por incendiar su propia casa. Los invitados tienen que quedar tan avergonzados que redoblen sus esfuerzos para superar el derroche del potlatch al que acaban que ser invitados en el próximo que realicen ellos.  Los primeros antropólogos que estudiaban este fenómeno lo solían atribuir a la insaciable ansia de poder y prestigio del ser humano, pero Marvin Harris lo explica mejor desde su materialismo: el potlatch es un mecanismo competitivo que asegura  la producción y redistribución de riqueza en sociedades que no tienen una sólida clase dirigente. La necesidad de realizar un impresionante festín moviliza toda la fuerza productiva de una comunidad evitando que ésta baje a niveles en los que no podría resistir guerras o malas cosechas. También actúa compensando las fluctuaciones de productividad entre aldeas que ocupan diferentes territorios. Por ejemplo, los habitantes de tierras costeras compensarán malos años de pesca, disfrutando de los festines otorgados por jefes que viven en zonas con una producción más afortunada y viceversa. Y, por último, también distribuye la riqueza de un modo bastante equitativo. En cada potlatch, cada invitado que ha participado en la organización recibe premios dependiendo de su aportación a la celebración, de modo que cada uno recibe en función de lo que ha producido. Pero incluso hay para los pobres: alguien desfavorecido solo tiene que vitorear al jefe, diciéndole lo grande y generoso que es, para recibir premio. En condiciones de bonanza, no hay pobreza extrema entre los kwakiutl.

Edward_Curtis_image_6

Resulta entonces poco menos que sorprendente que un sistema basado en el ego de sus jefes redistribuya los recursos con semejante eficiencia. Nuestro actual sistema capitalista tiene el problema de que, aunque igualmente está basado en el ansia de poder y riquezas de sus miembros, produce una desigualdad muchísimo mayor.

Con estos ejemplos antropológicos no estoy sugiriendo de ningún modo que tengamos que cambiar nuestro sistema por el bosquimano o el kwaliutl. Hacerlo sería de una ingenuidad terriblemente estúpida (tantas veces vista en la izquierda política). Ni tampoco quiero mistificar a estos pueblos. Tienen tantos problemas como cualquier otra sociedad y viven en condiciones que distan mucho de ser idílicas. Únicamente quiero mostrar que existen infinidad de formas diferentes de redistribuir la riqueza y que, muchas de ellas, tienen, al menos, la virtud de ser socialmente más justas y más equilibradas con el medioambiente que la nuestra. Creo que nuestros políticos suelen pecar de poca amplitud de miras a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas porque parecen anclados en un pequeño número de propuestas tradicionales que se expresan en el simplista binomio liberalismo-socialismo. Si tuviésemos que catalogar el potlatch o la reciprocidad bosquimana, ¿las clasificaríamos como liberales o socialistas? Ninguna de las dos formas encaja bien, porque hay muchas maneras de hacer las cosas aparte del liberalismo o del socialismo.

habermas

Me da la impresión de que Habermas ya no está tanto de moda. Y me parece extraño, porque si ahora la izquierda va a volver a mandar en España, debería tenerlo en cuenta. Después de la caída del muro de Berlín (y ya desde mucho antes) la izquierda política se estaba quedando sin referencias. En los años de la Guerra Fría, los intelectuales se debatían entre aquellos que condenaban los abusos del régimen comunista y los que se aferraban dogmáticamente a él, entre puristas y revisionistas. Pero cuando cayó el muro, parecía que ya nadie podía seguir siendo un marxista ortodoxo y los partidos de izquierda pura (ahora se utiliza el término peyorativo “radical”) fueron perdiendo influencia. Así, se hacía necesario replantear el pensamiento de izquierdas y Habermas fue quien más brillantemente lo hizo. Por eso creo que partidos como Podemos y sus diversas variantes, además del PSOE, lo tendrían que seguir teniendo muy en cuenta, ya que su filosofía constituye una gran renovación de la izquierda que permitiría alejarse de las viejas y obsoletas categorías decimonónicas de Marx, sin renunciar a lo mejor de ellas.  Además, Habermas es el filósofo del pacto por excelencia.

En su voluminosa (y aburridísima) Teoría de la acción comunicativa, Habermas se plantea al más puro estilo kantiano, las condiciones de posibilidad de cualquier acuerdo. En una sociedad globalizada donde una gran multiplicidad de grupos de interés entran en juego, necesariamente van a producirse conflictos. Ante el dilema, Habermas distingue dos posturas tradicionales: el dogmatismo y el relativismo. La primera consiste en pensar que tu posición es la correcta, la inamovible verdad absoluta y, en consecuencia, puede imponerse a los demás. La segunda es pensar que todas las posturas son igualmente respetables. El relativismo es más tolerante que el dogmatismo, ya que permite al que piensa diferente, sin embargo, es débil y, necesariamente conservador, ya que imposibilita el juicio de las acciones del otro. Desde el relativismo no podríamos condenar, por ejemplo, la ablación del clítoris o la lapidación de mujeres en Nigeria ¿Quién soy yo para juzgar otra cultura desde la mía? Ambas posturas no son, evidentemente, válidas para resolver conflictos. Habitualmente el dogmatismo acabará por imponerse al relativismo. Son muchos los autores que han pronosticado la defunción de un Occidente demasiado relativista ante un Oriente (fundamentalmente un Islam) muy dogmático.

La alternativa de Habermas es la razón procedimental. Si buscamos las condiciones de posibilidad de todo diálogo encontramos que, en primer lugar, hace falta compartir un mismo lenguaje. Los interlocutores deben ser miembros de una misma comunidad de significado. Pero además del significado, los interlocutores deben manejar una misma capacidad argumentativa, deben aceptar unos mínimos lógicos que permitan aceptar o desechar argumentos y razones. Habermas piensa, al estilo ilustrado, que la razón o racionalidad es algo prácticamente universal, propio de todos los seres humanos. Entonces, si los interlocutores aceptan el uso de la razón lógica, es posible comenzar el diálogo.

El diálogo empieza con cada posición anclada en su inicio. Por ejemplo, si hablamos de un pacto entre partidos políticos, tendremos a cada partido posicionado en su ideología clásica. Habermas entiende su razón procedimental como una razón que se origina en un contexto histórico, social o cultural concreto. Es una razón situada, “encarnada” o sensible al contexto. No estamos hablando de una razón abstracta, propia del mundo de las ideas de Platón. Entonces se van dando argumentos a favor de cada idea en debate. Si el diálogo es realmente racional, cada bando debe reconocer su falibilidad, es decir, reconocer que las razones del otro pueden ser mejores que las suyas y aceptar cambiar de postura  cuando esto ocurra. Sería totalmente irracional hacer lo contrario (sería dogmatismo). Así, la razón procedimental es autocrítica y se va modificando, avanzando hacia la postura del otro. Habermas insiste mucho en la idea de que otra condición de posibilidad de cualquier diálogo racional es la ausencia de coacción (poco racional es un debate en el que te están apuntando con una pistola). La ausencia de cualquier forma de violencia es, del mismo modo, una de las grandes virtudes del debate racional: solo valen razones expuestas en total libertad. En este sentido, ambos interlocutores se encuentran en total simetría: iguales y libres.

La razón procedimental de Habermas no se postula como una racionalidad dada en principio, una razón infalible y universal desde el comienzo. La entiende más como un ideal regulativo al que siempre se intenta llegar, quizá incluso un objetivo utópico pero no por ello absurdo. La razón procedimental empieza desde lo particular para intentar llegar a ser lo más universal posible, es un proyecto, no algo acabado. Se sigue así el viejo ideal ilustrado de generar normas morales universales pero reconociendo la crítica a esta posibilidad. Habermas es más humilde que Kant.

Aplicando este planteamiento a la posibilidad de pactos políticos, habría que añadir más clausulas iniciales. En primer lugar, entre los diferentes partidos debe haber una voluntad de pacto: deben querer realmente pactar. Y el objetivo del pacto debe ser el bien común. Si detrás de un pacto solo existen intereses partidistas que perjudicarían el bien común, automáticamente nos saldríamos de la razón procedimental. En España solemos ser muy condescendientes con nuestros políticos, ya que debería ser un imperativo moral defenestrar a cualquier partido del que se sospechen intereses partidistas por encima del bien común. Es lamentable ver una y otra vez como la oposición se opone a la gran mayoría de las leyes que hace el partido gobernante, independientemente de la bondad de la ley. Después debe venir la voluntad de aceptar el cambio de posturas si las razones del otro son mejores. Esto es muy importante: los partidos políticos deberían salir del dogmatismo inamovible de sus ideologías. Es por eso que a mí personalmente, los partidos puristas como puede ser Izquierda Unida, me parecen obsoletos. Si los tiempos cambian, los problemas y las soluciones cambian. Mantener a capa y espada una ideología del siglo XIX considerando que toda modificación es una traición a los ideales del partido es un gravísimo error. Hay que cambiar la estructura de los partidos políticos en el sentido en que son instituciones con unos idearios rígidos. Si entendemos la democracia representativa como el gobierno del pueblo a través de representantes, no podemos tener partidos que gobiernen solo para los votantes ideológicamente afines. Sería muchísimo más democrático gobernar consensuando las medidas con la oposición porque así mejoraríamos la representación: estaríamos gobernando para todos y no solo para los nuestros. Es el caso, por ejemplo, de las siete leyes educativas que han asolado nuestro sistema en los últimos años. La nueva LOMCE es una ley tremendamente ideológica hecha por y para los votantes del ministro de educación, sin consenso político alguno. No entiendo cómo Wert no es consciente de que hacer una ley educativa sin consenso alguno, a pesar de que pudiera ser una buena ley, hace más daño al sistema educativo que una mala ley consensuada. La razón estriba en que una ley poco consensuada será tumbada cuando el partido que la elaboró pierda las elecciones, y cambiar de ley educativa cada poco tiempo siembra un caos tremendamente negativo. Los docentes seguimos exigiendo desde hace años un Pacto de Estado sobre educación que no llega debido, única y exclusivamente, a intereses partidistas y falta de altura política.

Por eso me gustan los partidos de centro, siempre que ser de centro signifique la apertura a la voluntad de pactar y no una mera etiqueta oportunista. Además creo que esta es la forma de ir, progresivamente, superando las ideologías políticas clásicas hacia nuevas formas e ideas, pues siempre me ha parecido muy preocupante la falta de novedad en los idearios políticos de los, supuestamente, nuevos partidos. Es el ejemplo claro de Podemos: una de sus claras carencias es que su ideología original era una izquierda purista. Celebro que ahora hayan derivado hacia la socialdemocracia, aunque todavía espero bastante más novedad de ellos.

Por último, algo que me ha parecido de una falta de previsión bastante estúpida, además de una actitud muy negativa, de nuevo por parte de Podemos, es partir de la negativa al pacto. Pablo Iglesias repetía una y otra vez que no pactaría con la casta. No entiendo como no previó que, dada la pluralidad de partidos que se presentaban a las elecciones, su partido tendría que pactar. En este sentido Albert Rivera fue mucho más inteligente y ahora no tendrá que tragarse sus palabras.

En definitiva: racionalidad para romper con las ideologías y hacer nacer nuevas formas de política.

Sobre Podemos

Publicado: 1 noviembre 2014 en Filosofía política
Etiquetas:,

pablo_iglesias_noticia_ep_100214

Si tuviera que votar desde las entrañas y desde el estado de ánimo que tengo en este momento, votaría, sin dudarlo, a Podemos. Sin embargo, hay que pensar algo más en frío, que ya lo recomendaban mucho los sabios griegos, así que vamos a analizar algunas de las claves que, al menos en mi caso, influirán en el voto.

Puntos fuertes de Podemos:

1. Su líder. Evidentemente, Pablo Iglesias, en cuanto a personaje público, les da cien patadas al resto de los candidatos. Es inteligente, educado, muy carismático, muy dispuesto y decidido, seguro de sí mismo y, lo que es más importante, parece honesto y honrado (o, al menos en mi caso, ha conseguido engañarme muy bien). Si lo comparamos con nuestro querido presidente, no hay por donde coger el asunto: Rajoy es  desgarbado, oscuro, timorato, ambiguo, cecea al hablar, da la impresión de antiguo y desfasado, no tiene carisma alguno y, además, la sombra de la corrupción acecha su misma persona en forma de sobresueldos.

2. Su cúpula está formada por profesores de Universidad, gente en apariencia formada. Eso es bastante importante. La crisis del Ébola ha dejado en claro que poner a gente no formada en cargos de gran responsabilidad es receta para el desastre. La ministra Mato terminó por ser relegada a un lugar secundario tras su desastrosa gestión inicial. Es de cajón: queremos que quien nos gobierne tenga, al menos, la competencia para hacerlo. Yo nunca he podido entender como tenemos ministros de Sanidad que no tienen nada que ver con la medicina, ministros de Educación que no saben nada de docencia o, en general, presidentes que no saben idiomas. En fin, estoy diciendo obviedades.

3. Han sabido, mejor que nadie, hacerse eco del sentir generalizado de la población. Han recogido a la perfección el espíritu indignado del 15-M. Estamos en una democracia (o eso parece) y en este sistema es crucial conectar con el ciudadano. Los dos grandes partidos han gestionado terriblemente mal el descontento intentando volcarlo en el partido rival con el deprimente y aburrido “y tú más”. Sigo sin entender como teniendo cientos de analistas y asesores expertos en gestión de medios, han hecho las cosas tan rematadamente mal, sobre todo el PSOE: ¿cómo esta fuerza política se ha hundido tan rápidamente estando en la ventajosa situación de ser oposición en un entorno de grave crisis?

4. Los otros partidos. Sin centrarme en la corrupción, el papel de los dos grandes roza el esperpento en demasiadas ocasiones. Valle-Inclán no podría haber imaginado unos personajes y unas situaciones teatrales más preclaras. Tenemos sesiones parlamentarias de un nivel de parvulario y declaraciones insulsas que llevan a una falta de credibilidad pasmosa. Por poner un ejemplo, en estos días, cuando PP y PSOE niegan la posibilidad de una sesión plenaria extraordinaria acerca de la corrupción alegando que “querían un debate en positivo”, a uno se le ponen los pelos como escarpias: ¿ese es el único argumento que se te ocurre para evitar un debate que el ciudadano pide a gritos? ¿Hablar a la gente como si fuera deficiente mental? Pero es que hay tantos y tantos ejemplos: la espectacular defensa contra los papeles de Bárcenas (¿recordáis el contrato en diferido o los discos duros destruidos porque se seguía el  procedimiento habitual?). Ahora Rajoy dice que “En España quien la hace la paga” mientras Jaume Matas sale de la cárcel acogiéndose a un tercer grado, pocas semanas después de que al juez Elpidio Silva se lo inhabilite durante diecisiete años y mientras se hace todo lo posible para dejar fuera de juego a la juez Alaya. No puedo entender cómo han conseguido crear un abismo tan grande entre sus declaraciones y la percepción del ciudadano de a pie: ruedas de prensa desde televisiones de plasma, sin preguntas o con preguntas pactadas con sus medios de prensa colegas, constantes salidas de tono como las del ministro Wert en Educación o el consejero de sanidad de Madrid, programas electorales totalmente incumplidos, discursos contradictorios que quedan en evidencia ante un breve paseo por la hemeroteca, medios de comunicación groseramente politizados… Es demasiado. El PSOE, a la desesperada, pone a un guaperas al frente del partido para vendernos la moto regeneracionista, a la par que, respecto a ideas, proyectos y medidas, siguen exactamente estancados en lo mismo, y con la misma falta de credibilidad de siempre. Como se repite una y otra vez, la campaña electoral de Podemos se la están haciendo PP y PSOE, además, excelentemente bien.

4.1. Ahora sí, la corrupción. Si algo tenía en apariencia el PP de Aznar fue que no robaba. Podía gustarte o no su conservadurismo o sus políticas liberales pero, al menos, parecía que no eran corruptos. Esto se ha derrumbado a pasos agigantados. Y, de nuevo, una defensa penosa de la situación únicamente basada en que su único error fue poner en cargos de responsabilidad a la gente equivocada y que, ellos, los no corruptos, no sabían nada del asunto. Esto resulta absolutamente increíble. Yo trabajo en un instituto en el que estamos alrededor de cincuenta profesores. Si uno de nosotros, muy astuto, robara, es posible que los demás no supiésemos nada. Sin embargo, si el robo fuese algo habitual, si diez profesores robaran por sistema, todo el mundo lo sabría. Piense el lector en su empresa, fábrica o administración… Si muchos robaran, ¿usted no lo sabría? Si su compañero de mesa de oficina, con el que lleva años trabajando codo con codo, se llevara miles de millones, ¿no sospecharía, al menos, un poquito, de que algo va mal? Y, en cualquier caso, si usted dirige una empresa en el que una buena parte de sus empleados roban y usted no se da cuenta, está pecando de inepto y, a fortiori, no tiene usted competencia para dirigir la empresa. Aquí solo caben dos opciones: o sabe que roban y calla y consiente, y entonces usted es cómplice de corrupción, o usted no sabía nada y entonces es un incompetente. En ambos casos tiene que dimitir.  Y yo, como no me creo que sean tan tontos como para no saber nada, resuelvo que estamos ante auténticas organizaciones criminales en las cuales la malversación de fondos públicos es algo normalizado. ¿Alguien puede ser entonces tan obtuso como para seguir votándoles?

5. En este sentido Podemos no es corrupto. Tampoco se puede decir que eso sea una gran virtud ya que con pocos meses de vida, no ha habido tiempo a que se corrompan. Estoy seguro que, cuando el partido crezca y se estabilice, algún corrupto aparecerá. No obstante, el hecho de que, a día de hoy, no son corruptos, es un hecho.

Puntos débiles de Podemos:

1. La inexperiencia: Pablo Iglesias tiene solo 35 años y nunca ha gobernado nada. Su cúpula puede tener buenos conocimientos de teoría política, pero en la práctica nada de nada. A mí, este me parece el mayor defecto: la inexperiencia trae inevitablemente errores. No obstante, si analizamos la breve trayectoria del partido comprobamos lo contrario. De momento, Podemos ha dado una asombrosa lección de cómo manejar los medios electorales. Situarse como la segunda fuerza política en un país con un arraigado bipartidismo a los pocos meses de la creación de un partido es un logro inaudito en la historia de nuestra democracia. Así que, a día de hoy, más que errores, Podemos está en racha de aciertos.

2. El populismo: ya escribí en otra ocasión acerca de eso. Si miramos detenidamente su programa, vemos la enorme dificultad de llevar a cabo medidas que suenan demasiado bien. Además, tal programa no difiere mucho del de Izquierda Unida, es decir, estamos ante el viejo planteamiento de izquierdas de toda la vida. No creo que la solución a la crisis sea más derecha (ya hemos visto donde estamos) pero tampoco creo que sea más izquierda. Creo que hay que tener la suficiente imaginación para plantear algo diferente y romper de una vez con las ideologías. No obstante, creo que también hay que decir que es curioso que acusen de populismo a Podemos aquellos que gobiernan con la calculadora electoral en la mano, rodeados de asesores que les escriben hasta las comas de sus discursos. De todas formas, y de nuevo clavo una lanza a favor de Pablo, después de estos años en los que el neoliberalismo nos ha pasado por encima como una apisonadora, quizá no venga mal algo de izquierda, por eso de equilibrar algo el asunto y llegar a un siempre sano término medio.

3. Sus “dudosas” conexiones con ciertos regímenes sudamericanos, sobre todo con la Venezuela de Chávez. Hay miles de razones para no querer que en España se instaure un régimen similar al chavista. Pablo Iglesias se ha querido desmarcar del tema no visitando Venezuela en su reciente ronda latinoamericana. De todas formas creo que acusar a Podemos de bolivariano es caer en el improperio fácil. España es un país de una idiosincrasia y de unas condiciones sociales y económicas muy diferentes a las de cualquier nación de América latina. Aunque quisieran, no podrían convertir España en Bolivia. Creo que Pablo Iglesias suavizará sus posiciones al respecto conforme se acerquen las elecciones. Y, bueno, si no nos dio miedo que Esperanza Aguirre se confesara admiradora de Margaret Thatcher, defendiendo el liberalismo salvaje, ¿por qué iba a darnos un fuerte giro a la izquierda? ¿Neoliberalismo sí pero socialismo duro no? Suele decirse que el peligro de las crisis es el afloramiento de figuras populistas que, mediante el discurso fácil de la indignación, llegan al poder. Pero es que la otra alternativa: el bipartidismo corrupto, es insostenible (o lo es al menos para mí: votar al PP o al PSOE por “miedo a lo diferente” no es opción). Y es que si nos enrocamos en esa posición, cualquier cambio es imposible.

Como colofón: existen otras alternativas a Podemos, están UPyD, Ciutadans, RED, EQUO… con propuestas también interesantes en muchos ámbitos, pero dentro de los partidos con posibilidades reales de gobierno, y haciendo balance, Podemos es una opción muy válida. En el peor de los casos no creo que lleven a España a un desastre mucho mayor que en el que se encuentra ahora. Supongo que si llegan a gobernar no podrán llevar a cabo muchas de sus propuestas, pero se darían algunos pasos que, visto lo visto, no van a darse con los que ahora nos gobiernan. Si queremos un cambio radical, Podemos es el cambio. Los próximos años van a ser los más interesantes de nuestra precaria democracia.