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Vamos a hacer un poquito de ejercicio. Mis conocimientos en las ciencias del deporte son más bien precarios, así que decido bajarme una aplicación a mi móvil que me proponga un plan de entrenamiento efectivo. Si la aplicación es de calidad, en ella estarán concretados los mejores conocimientos acerca de cuál es el mejor plan para una persona de mis características y, por tanto, será eficaz. Entonces yo confío en la aplicación y la pongo al mando, es decir, dejo que ella decida por mí qué es lo que tengo que hacer. En ese momento estoy dejando que un algoritmo gobierne una parcela de mi vida ¿Estoy haciendo algo malo? No, precisamente porque ese algoritmo es mejor gobernando esa parcela de mi vida que yo mismo. Es totalmente razonable confiar en esa máquina si, realmente, queremos adelgazar.

Damos un paso más. Hoy es día de elecciones y como buen ciudadano voy a ir a votar. Desde siempre he votado al PSOE. Mi abuelo luchó en la guerra civil en el bando republicano e inculcó sus ideas políticas a mi padre, quien luego me las inculcó a mí. Soy socialista por tradición. Sin embargo, cuando voy a votar me encuentro con un viejo amigo comunista. Hablamos un rato, precisamente sobre política, y me hace pensar. Al final, por primera vez en mi vida, voto a Podemos. Pero después, mientras voy caminando de vuelta a casa, comienzo a sentirme mal. Me arrepiento de mi voto y pienso que he traicionado a mi familia por una conversación de última hora. Quisiera cambiar mi voto pero ya es demasiado tarde: yace en el fondo de la urna.

Rebobinamos. Supongamos otra vez la situación anterior pero introducimos un nuevo elemento: Cortana 2045, mi asistente virtual de última generación, cortesía de Microsoft. A partir de todos mis datos de internet y de acompañarme continuamente en todo mi quehacer cotidiano, sabe perfectamente mis preferencias políticas y también sabe lo voluble que puedo ser a la hora de tomar una decisión, sobre todo, a última hora. Ella sabe mejor que yo a quién quiero realmente votar y no va a dejarse llevar por sesgos ni cambios repentinos de opinión. Entonces, lo razonable sería dejar que Cortana votara por mí ¿Dejaremos entonces una decisión supuestamente tan importante como el voto a un conjunto de algoritmos automatizado?

¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales sepan tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mismos? Tendremos dos opciones: o preferimos seguir sintiéndonos libres y decidimos por nosotros mismos, o dejamos que las máquinas lo hagan y perdemos el mando. El problema estará en que los que pierdan el mando vencerán, ya que tomarán mejores decisiones que los libres, por lo que parece que por simple y pura lógica, cada vez más gente dejará la toma de decisiones a sus consejeros digitales.

Y pensemos las repercusiones de algo así: como apuntábamos en la entrada anterior, la base política, social y económica de nuestra sociedad es el liberalismo, y el liberalismo presupone como condición de posibilidad la existencia de un agente libre que vota, consume y delinque en virtud de susodicha libertad ¿Qué pasará cuándo esas decisiones las tomen máquinas? Podríamos llegar a un original pronóstico: el fin del liberalismo no será, desde luego, el marxismo ni sus diversas variantes, sino una tecnología: la IA.

Pero, y ésta creo que es la gran pregunta del futuro próximo: ¿Aceptará el arrogante ser humano la pérdida del protagonismo en la historia? ¿Aceptará pasar a un segundo plano? ¿Aceptará ser irrelevante?

 

zenobia

Uno de los grandes errores de la modernidad fue la búsqueda obsesiva de un fundamento irrefutable. Se buscaba una verdad, un primer principio que sirviera como base sólida para construir el gran edificio del saber. Realmente, ese fue el gran error de Descartes. Era una misión imposible, un imperdonable acto de arrogancia humana, y cualquier pretencioso intento de encontrar tal arkhé indestructible fue fácilmente desmontado por los grandes críticos de la Edad Moderna ¿Qué quedó entonces? La nada, el último hombre que diría Nietzsche, el nihilismo, el pesimismo existencial. Dios había muerto, por lo que nada tenía sentido.

Muchos se han quedado a vivir aquí, lamentándose eternamente de los fracasos de la razón humana, atrapados en una autodestructiva tragedia byroniana. Otros, sin embargo, han querido salir del abismo entrando en lo que se ha llamado la época o edad postmetafísica. Veamos este fragmento del precioso Las ciudades invisibles de Italo Calvino:

Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de administrable: aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes,  y las casas son de bambú y zinc, con muchas galerías y balcones, situadas a distintas alturas, sobre zancos que se superponen unos a otros, unidas por escaleras de mano y aceras colgantes, coronadas por miradores abiertos de tejados cónicos, depósitos de agua, veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.

No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron  satisfechos con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y ya indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si al que vive en Zenobia se le pide describa como sería para él una vida feliz, la que imagina es siempre una ciudad como Zenobia, con sus pilotes y sus escalas flotantes, una Zenobia tal vez totalmente distinta, con estandartes y cintas flameantes, pero obtenida siempre combinando elementos de aquel primer modelo.

Dicho esto, es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos clases, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por ella.

Los habitantes de Zenobia ignoran el fundamento, el propósito que dio forma a su ciudad. Sin embargo, eso no les impide vivir ni afecta en nada a su bienestar o felicidad. El hecho de desconocer el origen de sus deseos no impide que no deseen. Los habitantes de Zenobia viven sin fundamento (como todos nosotros y como, prácticamente, todos los hombres de la historia de la humanidad) y viven bien. El peligro está cuando llega ese fundamento, cuando llega un deseo que, como nos dice Calvino en el último párrafo, puede llegar a borrar la ciudad o ser borrado por ella.

El peligro estriba en cuando llega un deseo intemporal, descontextualizado y, por lo tanto, totalizador (y totalitario: hablamos de Zenobia pero podríamos hablar de Berlín). Cuando, por ejemplo, llega alguien que quiere una Zenobia absolutamente diferente a la que hay, sin ningún pilote, una Zenobia a ras de suelo. Sería un Descartes que, viendo que Zenobia no tiene fundamento, la desecha y funda otra, radicalmente nueva, desde cero. Aquí solo podrían pasar dos cosas: o el deseo cartesiano destruiría Zenobia o la propia Zenobia destruiría a Descartes. El sueño de Descartes sería un goyesco sueño de la razón que terminaría, sin duda, en pesadilla.

Por eso, vivir sin fundamento, es decir, vivir sin dogmatismos, teniendo muy claro que nuestro conocimiento es rudimentario, provisional, precario y completamente falible, es el mejor antídoto contra cualquier pretensión totalizadora.  Pero vivir sin fundamento no nos debe llevar, desde luego, a ningún tipo de pesimismo o nihilismo, tan propios del siglo XX o del pensamiento postmoderno; ni siquiera a un pensamiento débil (del que tanto se ha abusado). No debemos caer ni en el nada vale ni en el todo vale, porque no es cierto. No hay más que mirar a nuestro alrededor: el mundo, Zenobia, funciona.  Y en él, desde luego hay verdades, reglas, principios que viven bastante ajenos a cualquier absurdo vacío existencial.

Dibujo de Mauricio Pettinaroli.

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Piense el lector en cuántos rostros como el de la foto ha visto hoy en el mundo real (no en la tele ni en Internet, me refiero a rostros de carne y hueso) ¿Pocos verdad? A no ser que uno trabaje en una agencia de modelos (y ni aún así) en el mundo real no hay rostros así. Los labios son más grandes, rojos y jugosos que los que nos solemos encontrar; la piel es demasiado blanca y lisa, los ojos también son más grandes y de un azul mucho más intenso de lo común… ¡Nunca nos topamos con alguien en condiciones de luz tan idóneas! ¿Idóneas para qué? Para mostrarnos un rostro lo más atractivo posible. No conozco a ningún hombre heterosexual que piense que la chica de la foto no es altamente apetecible. Curioso: un rostro irreal, un rostro que no vamos a ver ni aunque nos encontráramos cara a cara con su dueña, nos resulta mucho más atractivo que cualquiera de los rostros reales que vemos cotidianamente ¿Por qué? Porque esta foto es, en su totalidad, lo que los psicólogos llaman estímulo supernormal.

Mi mejor lectura de este verano ha sido La historia de tu vida de Ted Chiang, potente colección de relatos de ciencia-ficción, de la que ya ha hecho cuenta Hollywood (La cinta llegará en septiembre de la mano de Denis Villeneuve). El último de los relatos trata sobre la posibilidad de la calignosia voluntaria, en cristiano, de la posibilidad de “desconectar” tu capacidad de evaluar la belleza física de tus congéneres. Para un calignósico no habría gente guapa ni fea, de modo que juzgaría a los demás solo apelando a sus cualidades personales, sin caer en el llamado aspectismo.

(A partir de aquí spoilers)

En el relato, una institución universitaria propone que todos sus alumnos se hagan calignósicos (mediante una técnica neurológica muy sencilla y reversible) en pro de luchar por una verdadera igualdad social. La propuesta va a someterse a votación, por lo que toda la narración discurre a base de entrevistas en las que diversos personajes dan argumentos a favor o en contra (en general, con argumentaciones bastante buenas). Las empresas de cosméticos son, evidentemente, las más interesadas en que las urnas no den la razón a los defensores de la calignosia, por lo que no dudan en jugar sucio: comienzan pagando a estudiantes para que hagan campaña en contra, usan de tapadera para sus proclamas anti-cali una organización llamada Ciudadanos para la Nanomedicina Ética (CNE), para terminar con una argucia electoral que les lleva a ganar.

La mayoría de los votantes sostenían que el discurso final  dado por la representante del lobby empresarial, Rebecca Boyer, había sido muy convincente y  les había influido mucho en la toma de la decisión. Unos hackers entran en los ordenadores de la corporación y sacan a la luz que en el discurso se habían dado diversas manipulaciones digitales…

Las discrepancias son fundamentalmente mejoras en la entonación vocal, la expresión facial y el lenguaje corporal de la señora Boyer. Los espectadores que ven la versión original opinan que la actuación de la señora Boyer es buena, mientras que los que ven la versión manipulada opinan que su actuación es excelente, describiéndola como extraordinariamente dinámica y persuasiva. Los Guerreros SemioTécnicos [los hackers] concluyen que Wyatt/Hayes [la corporación de empresas de cosméticos] ha desarrollado un nuevo software capaz de ajustar con precisión las señales paralingüísticas para maximizar la respuesta emocional que se desea evocar en los espectadores. Esto incrementa drásticamente la efectividad de un discurso grabado, especialmente cuando se ve por spex [una especie de gafas digitales], y su uso en la emisión del CNE probablemente hizo que muchos partidarios de la iniciativa de caliagnosia cambiasen el sentido de su voto.

Después, Walter Lambert,”presidente de la Asociación Nacional de Caliagnosia” reflexiona:

En toda mi carrera, solo he conocido a un par de personas que tienen el tipo de carisma que proporcionaron a la señora Boyer en este discurso. Esa clase de persona emite una especie de campo de distorsión de la realidad que le permite convencerle a uno de casi cualquier cosa. Uno se siente conmovido por su mera presencia, y está dispuesto a abrir la cartera o a acceder a cualquier cosa que pide. Luego uno recuerda todas las objeciones que tenía, pero para entonces, habitualmente, es demasiado tarde. Y estoy realmente asustado ante la idea de que las corporaciones sean capaces de generar este efecto con software.

[…]

Esto significa que una vez que el uso de este software se extienda, vamos a enfrentarnos a discursos extraordinariamente persuasivos por todas partes: anuncios, notas de prensa, evangelizadores… Oiremos las alocuciones más conmovedoras dadas por políticos o generales desde hace décadas. Incluso los activistas y los provocadores culturales los usarán, solo para seguir a la altura de los poderes establecidos. Una vez que el alcance de este software se haga suficientemente amplio, incluso las películas lo usarán: la habilidad de un actor dejará de importar, porque la actuación de todos será impresionante.

Pasará lo mismo que sucedió con la belleza: nuestro entorno se saturará de estímulos supernormales, y esto afectará nuestra interacción con la gente real. Cuando todos los presentadores de todos los programas tengan la presencia de Winston Churchill o Martin Luther King, comenzaremos a considerar que la gente normal, con su uso ordinario de señales paralingüísticas, es imprecisa y poco persuasiva. Nos sentiremos cada vez menos satisfechos con las personas con las que interactuamos en la vida real, porque no serán tan interesantes como las proyecciones que veremos por las spex.

Algunas cuestiones:

  1. Pensemos en la pornografía. Todo en ella son estímulos supernormales, todo es grande, desmesurado: pechos, piernas, curvas… incluso los ojos maquilladas o las uñas postizas son enormes ¿El uso generalizado de pornografía no estará generando insatisfacción en nuestra vida sexual?  ¿Cuantas instituciones (en el sentido amplio del término) tienen éxito en nuestras sociedades porque utilizan estímulos supernormales? Un show televisivo como Gran Hermano ¿no es elevar los estímulos sociales a nivel de estímulo supernormal?
  2. En este sentido, y como ya sabemos desde hace mucho, somos manipulados continuamente y, por muy listos e informados que estemos, cuando nuestra razón entra en juego ya suele ser demasiado tarde. Lo siento pero terminamos por comprar la marca de leche que el publicista quiere. Es imposible luchar contra nuestro cerebro reptiliano ¡Asúmelo!
  3. Supongamos que, en la realidad, alguien consigue crear ese software, lo usa y gana las elecciones ¿Fraude electoral o no? Diríamos que sí pero, a sabiendas de que en la actualidad los políticos ya usan herramientas de manipulación constantemente… ¿No estamos ya ante fraudes que deslegitimarían por completo nuestras instituciones democráticas? ¿Dónde está el límite entre utilizar un software infalible y usar unas determinadas palabras biensonantes en un discurso?
  4. ¿Estaría la solución, como bien argumentan algunos de los personajes de Chiang, en que nos auto-provocáramos diferentes tipos de agnosias que nos inmunizarán de la persuasión como la aprosodia (no distinguir el tono de las frases, solo percibiendo su significado) o la hipoemocionalidad visual (no ser afectado emocionalmente por lo que se ve), hasta llegar a percibir sola y exclusivamente las ideas puras del orador?
  5. Pero tanto si hablamos de aspectismo como de este nuevo persuasivismo: discriminar (al menos a nivel electoral) a aquellos que no nos persuaden eficazmente, creo que caemos en un cierto esencialismo: pensar que en nuestro “interior” existe “algo” muy valioso, una esencia maravillosa mucho más importante que nuestras “cualidades externas”. Incluso quizá en cierto dualismo, al separar radicalmente cualidades físicas y mentales.
  6. Supongamos que con la caliagnosia ya no juzgaremos a las personas por su aspecto, lo cual nos parece justo pero, ¿por qué juzgarlos por otras cualidades va a ser más justo? Por ejemplo, si entonces valoráramos a la gente por su inteligencia, ¿no estaríamos discriminando a los tontos? Si solo nos centramos en las “cualidades internas”, ¿no estamos discriminando a las personas poco carismáticas, poco graciosas, con mal carácter, etc.? Denunciar el aspectismo no es más que llevar al extremo un ideal igualitarista para nada deseable. Si seguimos su lógica, cualquier cualidad en la que un ser humano destaque sobre otra ya produce discriminación, por lo que habría que eliminar absolutamente todas las diferencias. Pensemos que nunca podríamos elegir pareja pues… ¿qué acto hay más discriminatorio que elegir una pareja, que elegir a una mujer entre todas las demás? ¡Sería mucho más justo ser un mujeriego!
  7. Mejor parece entonces dejar las cosas como están. De primeras, los observadores disfrutaríamos de la belleza de los otros y los que la posean de forma natural, disfrutarán de su influencia. A los feos no les quedará otra que intentar destacar en otras facetas personales del mismo modo que cualquiera que tenga algún tipo de carencia. Sin embargo, si surgiera ese software de Wyatt/Hayes, al igual que si surgiera un elixir del amor que provocara que nos enamoráramos locamente de alguien, si que parece problemático… ¿Qué deberíamos hacer?

Irina Bereznaya

En la foto Irina Berezhnaya, diputada ucraniana, un estímulo supernormal miembro del Party of Regions, por cierto, de centro y rusófilo.

Ines Arrimadas

Somos politólogos y estamos trabajando para asesorar a un prometedor líder político de un partido emergente. Como somos politólogos de verdad (y no freudo-marxistas ni post-estructuralistas), nos ponemos a analizar campañas y resultados electorales de los últimos años. Por gracia de las ciencias de la computación disponemos de una enorme base de datos en donde están recogidas todas las campañas políticas de todos los países en los últimos, pongamos, veinte años. Disponemos de todo: todas las características físicas y biográficas de los candidatos, todos sus discursos, mítines, apariciones en medios de comunicación… El nivel de detalle de nuestra base de datos es asombroso: tenemos incluso datos acerca de qué ropa llevaban cada día de campaña, todas y cada una de las palabras que dijeron, información acerca de sus expresiones faciales, frecuencias de sus voces… Tenemos una ingente cantidad de variables, teras y teras de información.

¿Qué hacemos con ella? Poner a trabajar a una IA. Disponemos de un veloz programa encargado de buscar correlaciones entre cualquier conjunto de variables y los resultados electores.  Es lo que se conoce como data mining: buscar patrones significativos entre grandes cantidades de datos ¿Qué tenían en común todos aquellos que alguna vez ganaron unas elecciones?

Pero antes una digresión. Uno de los resultados más sugerentes de los experimentos con cerebros escindidos de Michael Gazzaniga, es que tenemos la tendencia a justificar las causas de nuestras acciones a posteriori, prefiriendo dar una explicación cualquiera, aunque sea mentira, que quedarnos sin explicación. Hemos hablado ya muchas veces de estos experimentos pero no me canso de contarlos de nuevo ya que creo que aún no los hemos llevado a sus máximas consecuencias teóricas. En uno de ellos, al ojo izquierdo del paciente comisurotomizado (vaya palabrita) se le mostraban una serie de fotografías de mujeres desnudas. La información era recibida entonces únicamente por su hemisferio cerebral derecho, generando una respuesta: risita nerviosa. El hemisferio izquierdo captaba la risita pero no su causa. Cuando el investigador le preguntaba el porqué de la risa, el paciente se inventaba una explicación: “Me hace usted unas preguntas tan extrañas que me entra la risa”.  Existen múltiples factores inconscientes que determinan nuestra conducta y que ignoramos completamente. Es más, nuestra parte consciente tiende a ocultarlos y a buscar, siempre que puede, explicaciones basadas en decisiones libres y conscientes.

Hemos encontrado correlaciones tales como que quien vive en el Estado de Virginia tiene más probabilidades de tener un nombre que empiece por “v” o que quien tiene un nombre que comienza por “d” tiene más probabilidades de ser dentista (según Pelham, Carvallo y Jones para Psychological Science, 2005). Por poner algunos ejemplo más (si bien el lector puede encontrar una abundantísima literatura al respecto), las personas tienden a elaborar juicios morales más severos  si en la habitación en la que reflexionan hay un ambiente cargado y maloliente  (Simone Schnall para Personality and Social Psichology Bulletin , 2008), o tienden a hacer menos trampas si se les dice que hay una presencia sobrenatural invisible que les observa (Jesse Bering, 2005). Cualquier persona que viva en Virginia y que haya puesto a su hija el nombre de “Victoria”, siempre dirá que eligió ese nombre “porque de siempre le había gustado mucho” o “porque le recuerda algo bonito”, nunca dirá nada relacionado con el nombre del Estado de Virginia. Igualmente nadie reconocerá que eligió ser dentista porque se llama “David”, sino porque “siempre ha sentido esa vocación”.

Volvemos a la politología. Exactamente igual, los votantes pueden tomar la decisión de votar a tal o cual candidato en función de motivaciones inconscientes que ignoran completamente, más cuando ya hemos mostrado lo realmente difícil que es hacer una votación plenamente racional.  Supongamos que, después de semanas de procesamiento de datos, nuestra IA encuentra una absurda pero fundamental correlación: sin excepción alguna, en todas las elecciones democráticas celebradas en el mundo en los últimos veinte años, el candidato que en algún momento de la campaña ha combinado una corbata verde con unos pantalones azul marengo, ha obtenido entre un 20 y un 25% más de votos que en elecciones anteriores. No tenemos ni idea de la causa (desconocemos muchísimo de cómo funciona nuestro inconsciente) pero no nos importa. Estamos trabajando para nuestro candidato y, aunque no sabemos si es una estupidez o no, no perdemos nada, así que le decimos que en el siguiente mitin se ponga la corbata y los pantalones del color correspondiente. Para nuestro regocijo, llega el día de la votación y los resultados se cumplen siguiendo la correlación marcada: conseguimos un 23,4% más de votos y ganamos las elecciones. Nuestro cabello se eriza y se nos seca la boca: ¡tenemos el arma electoral definitiva! Tenemos la clave para poner y quitar gobiernos en cualquier nación democrática…

Independientemente de todas las pegas y matizaciones que se puedan hacer a nuestro rocambolesco supuesto, sabemos que desde los orígenes de la democracia griega, se utilizan estrategias retóricas para convencer al electorado, estrategias que intentan evadir nuestra parte racional consciente para adentrarse en nuestras motivaciones inconscientes. Los actuales asesores de campaña de los políticos, sin utilizar todavía inteligencias artificiales en data mining (o seguro que ya sí) conocen un sinfín de parámetros que garantizan un mejor resultado o que llevan directamente al desastre, y los utilizan constantemente.

La cuestión es: si, entonces, la mayoría de las votaciones se realizan siguiendo motivaciones inconscientes tan esperpénticas como pudiese ser el color de una corbata y unos pantalones, ¿qué validez tendría la democracia? Si existen partidos que  poseen conocimiento tal que pueden obtener un significativo número de votos apelando a nuestros inconscientes, mientras que otros partidos no lo poseen, ¿no sería lícito hablar de fraude electoral?

Me cuesta mucho digerir ciertas ideas políticas. Leemos la prensa o escuchamos a nuestros locuaces representantes y parece que la única lógica para construir la realidad es el binomio liberalismo-socialismo. Parece que todo sigue la simpleza de privatizar y bajar impuestos o defender lo público y subirlos. Nada hay mucho más allá de ese debate.

Creo que la gente con dos dedos de frente deberían aceptar que el sistema capitalista unido a avances democráticos y en derechos humanos, nos ha llevado a un sistema que, si bien tiene gravísimos defectos, es el mejor conocido hasta la fecha. El hecho de que un ciudadano de clase media pueda abrir el grifo de su casa y que salga agua caliente de modo casi ilimitado es algo inaudito en la historia de la humanidad. En Europa llevamos setenta años sin ninguna guerra importante en nuestro territorio (exceptuando Yugoslavia, Chechenia y Ucrania, pero han sido conflictos periféricos), hemos erradicado la pobreza extrema, curado infinidad de enfermedades, alargando la esperanza de vida a más de ochenta años, y conseguido un número de derechos y libertades sin parangón en la historia de la humanidad.

Pero, a nivel global, nuestro sistema tiene dos grandes problemas citados hasta la exasperación:

1. La enorme desigualdad que genera. A los liberales la desigualdad no les parece un problema debido a que la encajan dentro de un modelo meritocrático: el que gana más es el que tiene más talento o trabaja más. Sin embargo, este modelo no es real. La enorme diferencia entre pobres y ricos no expresa equitativamente la diferencia de talento y trabajo entre unos y otros. La distribución de la riqueza suele ser bastante injusta.

2. Un modelo productivo insostenible. Recomiendo a todo el mundo leer El optimista racional de Matt Ridley, en donde se nos exponen todas las ventajas y logros de nuestro sistema económico. Sin embargo, este libro cojea en el aspecto medioambiental. Parece innegable que un sistema basado en el aumento constante de la producción es ambientalmente insostenible, y ya cada vez son menos los negacionistas del cambio climático.

¿Soluciones? Muy difíciles. Aquí hoy, simplemente pretendo mostrar formas de redistribución de la riqueza y modelos ecológicos más igualitarios y sostenibles. Si quieres aprender formas alternativas a tu estilo de vida lo mejor es recurrir a la Antropología Cultural. Cuando comencé a leer algunos textos clásicos era más joven y más imbécil (yo soy una de esas rara avis que no quiere la juventud eterna. Cuanto más viejo te haces, si envejeces bien, vas siendo algo menos imbécil), entendía a las culturas tribales como “primitivas”, subdesarrolladas y, a la postre, miserables. Tenía en mi mente el esquema colonialista de los antropólogos del XIX. Ahora mi perspectiva es como he dicho, algo menos imbécil: de primitivas, subdesarrolladas y miserables no tienen nada de nada. Son, sencillamente, diferentes caminos que ha seguido la evolución cultural. Un masai, un bosquimano o un yanomamo no tienen ni un pelo más tonto que yo y sus estilos de vida son, en muchos aspectos, mejores que el mío. A la hora de juzgar culturas tenemos que conocerlas bien y no solo medirlas en función de su avance científico o tecnológico. Evidentemente la cultura occidental está años luz de culturas que viven casi en el paleolítico, pero la tecnología no es el único indicador de avance humano.

Vamos a analizar brevemente las dos formas de distribución de la riqueza expuestas por Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, concretamente en el capítulo titulado Potlatch (Recomiendo encarecidamente la lectura de este libro. Lo mejor que he leído este verano):

Los bosquimanos practican una distribución de los recursos bastante igualitaria basada en la reciprocidad. La reciprocidad consiste en ofrecer tu ayuda, servicios o productos a otros sin esperar nada a cambio. No es igual a la mera generosidad. Si un bosquimano estuviese constantemente pidiendo favores a sus congéneres sin prestar nunca ninguno, pronto acabaría siendo tachado de gorrón y se le dejaría de prestar ayuda. La reciprocidad se parece al tipo de relación que los occidentales tenemos con nuestros familiares. A un hermano se le hace un favor sin esperar una inmediata recompensa pero, igualmente, el abuso de los favores terminaría por ser sancionado. Aparte de esta servicialidad, a los bosquimanos les resulta repugnante que alguien se jacte de sus logros o virtudes. El ideal del cazador bosquimano es aquel que caza bien pero pasa totalmente desapercibido. Socialmente, se premia muchísimo la humildad.

bosquimanos Kung noreste del desierto del Kalahari

Marvin Harris cuenta la anécdota de la experiencia del profesor Richard Lee en su convivencia con los bosquimanos en el desierto del Kalahari. Cuando Lee comprobó lo serviciales que eran quiso ofrecerles un regalo. Así que se fue a una aldea cercana con su jeep y compró el buey más grande que pudo encontrar para que los bosquimanos lo sacrificaran en Navidad. Cuando Lee les habló de la suculenta compra que había hecho, ellos le dijeron que conocían ese buey y que era muy malo: solo pellejo y huesos. Lee quedó muy sorprendido porque todos los miembros de la tribu parecían tener esa misma actitud despreciativa. Cuando llegó la Navidad sacrificaron el buey y, naturalmente, tenía una gran capa de jugosa grasa que todos saborearon con gran placer. Entonces Lee les pidió explicación de por qué lo habían criticado. Los bosquimanos le dijeron que claro que sabían que el buey era magnífico, pero que cuando un joven sacrificaba mucha carne llegaba a creerse un hombre importante o un jefe y comenzará a ver a los demás como sirvientes o inferiores. Los bosquimanos no pueden permitir al que se jacta porque piensan que su orgullo pronto le llevará a matar a alguien. Marvin Harris, desde su materialismo cultural, explica esta actitud recurriendo a su relación de producción con el medio. Los bosquimanos son cazadores-recolectores que viven en un entorno de relativa escasez. Si permitieran la existencia de grandes y orgullosos cazadores que, para incrementar su prestigio, compitieran por cazar más, pronto sobrexplotarían los recursos (por ejemplo ahuyentando las presas que periódicamente pasan por sus territorios) y terminarían por perjudicar a toda la tribu.

La reciprocidad es para los bosquimanos la mejor forma de adaptarse a un determinado ecosistema que, colateralmente, trae consigo una forma de vida generosa, pacífica e igualitaria que, además, permite una relación sostenible con el medio. Por aportar otro dato, los cazadores bosquimanos trabajan solamente de diez a quince horas semanales… ¿quién dijo que una de las promesas del capitalismo es que trabajaríamos menos? Esta forma de vida tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra excesiva sobreproducción. Habría que plantearse si, realmente, lo que queremos es producir más y qué precio queremos pagar por ello. Si lo pensamos bien, gran parte de los objetos y servicios que obtenemos con nuestros salarios son superfluos e innecesarios, a cambio de sufrir un fuerte estrés laboral.

Los kwakiutl son los habitantes aborígenes de Vancouver. Su organización política está formada por diferentes jefes tribales establecidos en competencia a lo largo de su territorio. Lo realmente sorprendente de su forma de vida es el modo en que tienen de redistribuir sus recursos: el llamado potlatch. Los jefes kwaikiutl se sienten constantemente inseguros de su estatus, y la forma que tienen de consolidarlo es realizando periódicamente una pantagruélica celebración. En ella invitan a los demás jefes en competencia y les ofrecen una enorme cantidad de comida y regalos. El objetivo es mostrar que uno es tan poderoso que puede permitirse regalar y derrochar hasta el extremo. Es normal que en un potlatch los invitados salgan de la fiesta a vomitar para poder seguir comiendo. En algunos casos que rozan el paroxismo, el anfitrión no solo regalaba sino que llegaba a destruir comida y regalos, acabando incluso por incendiar su propia casa. Los invitados tienen que quedar tan avergonzados que redoblen sus esfuerzos para superar el derroche del potlatch al que acaban que ser invitados en el próximo que realicen ellos.  Los primeros antropólogos que estudiaban este fenómeno lo solían atribuir a la insaciable ansia de poder y prestigio del ser humano, pero Marvin Harris lo explica mejor desde su materialismo: el potlatch es un mecanismo competitivo que asegura  la producción y redistribución de riqueza en sociedades que no tienen una sólida clase dirigente. La necesidad de realizar un impresionante festín moviliza toda la fuerza productiva de una comunidad evitando que ésta baje a niveles en los que no podría resistir guerras o malas cosechas. También actúa compensando las fluctuaciones de productividad entre aldeas que ocupan diferentes territorios. Por ejemplo, los habitantes de tierras costeras compensarán malos años de pesca, disfrutando de los festines otorgados por jefes que viven en zonas con una producción más afortunada y viceversa. Y, por último, también distribuye la riqueza de un modo bastante equitativo. En cada potlatch, cada invitado que ha participado en la organización recibe premios dependiendo de su aportación a la celebración, de modo que cada uno recibe en función de lo que ha producido. Pero incluso hay para los pobres: alguien desfavorecido solo tiene que vitorear al jefe, diciéndole lo grande y generoso que es, para recibir premio. En condiciones de bonanza, no hay pobreza extrema entre los kwakiutl.

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Resulta entonces poco menos que sorprendente que un sistema basado en el ego de sus jefes redistribuya los recursos con semejante eficiencia. Nuestro actual sistema capitalista tiene el problema de que, aunque igualmente está basado en el ansia de poder y riquezas de sus miembros, produce una desigualdad muchísimo mayor.

Con estos ejemplos antropológicos no estoy sugiriendo de ningún modo que tengamos que cambiar nuestro sistema por el bosquimano o el kwaliutl. Hacerlo sería de una ingenuidad terriblemente estúpida (tantas veces vista en la izquierda política). Ni tampoco quiero mistificar a estos pueblos. Tienen tantos problemas como cualquier otra sociedad y viven en condiciones que distan mucho de ser idílicas. Únicamente quiero mostrar que existen infinidad de formas diferentes de redistribuir la riqueza y que, muchas de ellas, tienen, al menos, la virtud de ser socialmente más justas y más equilibradas con el medioambiente que la nuestra. Creo que nuestros políticos suelen pecar de poca amplitud de miras a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas porque parecen anclados en un pequeño número de propuestas tradicionales que se expresan en el simplista binomio liberalismo-socialismo. Si tuviésemos que catalogar el potlatch o la reciprocidad bosquimana, ¿las clasificaríamos como liberales o socialistas? Ninguna de las dos formas encaja bien, porque hay muchas maneras de hacer las cosas aparte del liberalismo o del socialismo.

habermas

Me da la impresión de que Habermas ya no está tanto de moda. Y me parece extraño, porque si ahora la izquierda va a volver a mandar en España, debería tenerlo en cuenta. Después de la caída del muro de Berlín (y ya desde mucho antes) la izquierda política se estaba quedando sin referencias. En los años de la Guerra Fría, los intelectuales se debatían entre aquellos que condenaban los abusos del régimen comunista y los que se aferraban dogmáticamente a él, entre puristas y revisionistas. Pero cuando cayó el muro, parecía que ya nadie podía seguir siendo un marxista ortodoxo y los partidos de izquierda pura (ahora se utiliza el término peyorativo “radical”) fueron perdiendo influencia. Así, se hacía necesario replantear el pensamiento de izquierdas y Habermas fue quien más brillantemente lo hizo. Por eso creo que partidos como Podemos y sus diversas variantes, además del PSOE, lo tendrían que seguir teniendo muy en cuenta, ya que su filosofía constituye una gran renovación de la izquierda que permitiría alejarse de las viejas y obsoletas categorías decimonónicas de Marx, sin renunciar a lo mejor de ellas.  Además, Habermas es el filósofo del pacto por excelencia.

En su voluminosa (y aburridísima) Teoría de la acción comunicativa, Habermas se plantea al más puro estilo kantiano, las condiciones de posibilidad de cualquier acuerdo. En una sociedad globalizada donde una gran multiplicidad de grupos de interés entran en juego, necesariamente van a producirse conflictos. Ante el dilema, Habermas distingue dos posturas tradicionales: el dogmatismo y el relativismo. La primera consiste en pensar que tu posición es la correcta, la inamovible verdad absoluta y, en consecuencia, puede imponerse a los demás. La segunda es pensar que todas las posturas son igualmente respetables. El relativismo es más tolerante que el dogmatismo, ya que permite al que piensa diferente, sin embargo, es débil y, necesariamente conservador, ya que imposibilita el juicio de las acciones del otro. Desde el relativismo no podríamos condenar, por ejemplo, la ablación del clítoris o la lapidación de mujeres en Nigeria ¿Quién soy yo para juzgar otra cultura desde la mía? Ambas posturas no son, evidentemente, válidas para resolver conflictos. Habitualmente el dogmatismo acabará por imponerse al relativismo. Son muchos los autores que han pronosticado la defunción de un Occidente demasiado relativista ante un Oriente (fundamentalmente un Islam) muy dogmático.

La alternativa de Habermas es la razón procedimental. Si buscamos las condiciones de posibilidad de todo diálogo encontramos que, en primer lugar, hace falta compartir un mismo lenguaje. Los interlocutores deben ser miembros de una misma comunidad de significado. Pero además del significado, los interlocutores deben manejar una misma capacidad argumentativa, deben aceptar unos mínimos lógicos que permitan aceptar o desechar argumentos y razones. Habermas piensa, al estilo ilustrado, que la razón o racionalidad es algo prácticamente universal, propio de todos los seres humanos. Entonces, si los interlocutores aceptan el uso de la razón lógica, es posible comenzar el diálogo.

El diálogo empieza con cada posición anclada en su inicio. Por ejemplo, si hablamos de un pacto entre partidos políticos, tendremos a cada partido posicionado en su ideología clásica. Habermas entiende su razón procedimental como una razón que se origina en un contexto histórico, social o cultural concreto. Es una razón situada, “encarnada” o sensible al contexto. No estamos hablando de una razón abstracta, propia del mundo de las ideas de Platón. Entonces se van dando argumentos a favor de cada idea en debate. Si el diálogo es realmente racional, cada bando debe reconocer su falibilidad, es decir, reconocer que las razones del otro pueden ser mejores que las suyas y aceptar cambiar de postura  cuando esto ocurra. Sería totalmente irracional hacer lo contrario (sería dogmatismo). Así, la razón procedimental es autocrítica y se va modificando, avanzando hacia la postura del otro. Habermas insiste mucho en la idea de que otra condición de posibilidad de cualquier diálogo racional es la ausencia de coacción (poco racional es un debate en el que te están apuntando con una pistola). La ausencia de cualquier forma de violencia es, del mismo modo, una de las grandes virtudes del debate racional: solo valen razones expuestas en total libertad. En este sentido, ambos interlocutores se encuentran en total simetría: iguales y libres.

La razón procedimental de Habermas no se postula como una racionalidad dada en principio, una razón infalible y universal desde el comienzo. La entiende más como un ideal regulativo al que siempre se intenta llegar, quizá incluso un objetivo utópico pero no por ello absurdo. La razón procedimental empieza desde lo particular para intentar llegar a ser lo más universal posible, es un proyecto, no algo acabado. Se sigue así el viejo ideal ilustrado de generar normas morales universales pero reconociendo la crítica a esta posibilidad. Habermas es más humilde que Kant.

Aplicando este planteamiento a la posibilidad de pactos políticos, habría que añadir más clausulas iniciales. En primer lugar, entre los diferentes partidos debe haber una voluntad de pacto: deben querer realmente pactar. Y el objetivo del pacto debe ser el bien común. Si detrás de un pacto solo existen intereses partidistas que perjudicarían el bien común, automáticamente nos saldríamos de la razón procedimental. En España solemos ser muy condescendientes con nuestros políticos, ya que debería ser un imperativo moral defenestrar a cualquier partido del que se sospechen intereses partidistas por encima del bien común. Es lamentable ver una y otra vez como la oposición se opone a la gran mayoría de las leyes que hace el partido gobernante, independientemente de la bondad de la ley. Después debe venir la voluntad de aceptar el cambio de posturas si las razones del otro son mejores. Esto es muy importante: los partidos políticos deberían salir del dogmatismo inamovible de sus ideologías. Es por eso que a mí personalmente, los partidos puristas como puede ser Izquierda Unida, me parecen obsoletos. Si los tiempos cambian, los problemas y las soluciones cambian. Mantener a capa y espada una ideología del siglo XIX considerando que toda modificación es una traición a los ideales del partido es un gravísimo error. Hay que cambiar la estructura de los partidos políticos en el sentido en que son instituciones con unos idearios rígidos. Si entendemos la democracia representativa como el gobierno del pueblo a través de representantes, no podemos tener partidos que gobiernen solo para los votantes ideológicamente afines. Sería muchísimo más democrático gobernar consensuando las medidas con la oposición porque así mejoraríamos la representación: estaríamos gobernando para todos y no solo para los nuestros. Es el caso, por ejemplo, de las siete leyes educativas que han asolado nuestro sistema en los últimos años. La nueva LOMCE es una ley tremendamente ideológica hecha por y para los votantes del ministro de educación, sin consenso político alguno. No entiendo cómo Wert no es consciente de que hacer una ley educativa sin consenso alguno, a pesar de que pudiera ser una buena ley, hace más daño al sistema educativo que una mala ley consensuada. La razón estriba en que una ley poco consensuada será tumbada cuando el partido que la elaboró pierda las elecciones, y cambiar de ley educativa cada poco tiempo siembra un caos tremendamente negativo. Los docentes seguimos exigiendo desde hace años un Pacto de Estado sobre educación que no llega debido, única y exclusivamente, a intereses partidistas y falta de altura política.

Por eso me gustan los partidos de centro, siempre que ser de centro signifique la apertura a la voluntad de pactar y no una mera etiqueta oportunista. Además creo que esta es la forma de ir, progresivamente, superando las ideologías políticas clásicas hacia nuevas formas e ideas, pues siempre me ha parecido muy preocupante la falta de novedad en los idearios políticos de los, supuestamente, nuevos partidos. Es el ejemplo claro de Podemos: una de sus claras carencias es que su ideología original era una izquierda purista. Celebro que ahora hayan derivado hacia la socialdemocracia, aunque todavía espero bastante más novedad de ellos.

Por último, algo que me ha parecido de una falta de previsión bastante estúpida, además de una actitud muy negativa, de nuevo por parte de Podemos, es partir de la negativa al pacto. Pablo Iglesias repetía una y otra vez que no pactaría con la casta. No entiendo como no previó que, dada la pluralidad de partidos que se presentaban a las elecciones, su partido tendría que pactar. En este sentido Albert Rivera fue mucho más inteligente y ahora no tendrá que tragarse sus palabras.

En definitiva: racionalidad para romper con las ideologías y hacer nacer nuevas formas de política.

Sobre Podemos

Publicado: 1 noviembre 2014 en Filosofía política
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Si tuviera que votar desde las entrañas y desde el estado de ánimo que tengo en este momento, votaría, sin dudarlo, a Podemos. Sin embargo, hay que pensar algo más en frío, que ya lo recomendaban mucho los sabios griegos, así que vamos a analizar algunas de las claves que, al menos en mi caso, influirán en el voto.

Puntos fuertes de Podemos:

1. Su líder. Evidentemente, Pablo Iglesias, en cuanto a personaje público, les da cien patadas al resto de los candidatos. Es inteligente, educado, muy carismático, muy dispuesto y decidido, seguro de sí mismo y, lo que es más importante, parece honesto y honrado (o, al menos en mi caso, ha conseguido engañarme muy bien). Si lo comparamos con nuestro querido presidente, no hay por donde coger el asunto: Rajoy es  desgarbado, oscuro, timorato, ambiguo, cecea al hablar, da la impresión de antiguo y desfasado, no tiene carisma alguno y, además, la sombra de la corrupción acecha su misma persona en forma de sobresueldos.

2. Su cúpula está formada por profesores de Universidad, gente en apariencia formada. Eso es bastante importante. La crisis del Ébola ha dejado en claro que poner a gente no formada en cargos de gran responsabilidad es receta para el desastre. La ministra Mato terminó por ser relegada a un lugar secundario tras su desastrosa gestión inicial. Es de cajón: queremos que quien nos gobierne tenga, al menos, la competencia para hacerlo. Yo nunca he podido entender como tenemos ministros de Sanidad que no tienen nada que ver con la medicina, ministros de Educación que no saben nada de docencia o, en general, presidentes que no saben idiomas. En fin, estoy diciendo obviedades.

3. Han sabido, mejor que nadie, hacerse eco del sentir generalizado de la población. Han recogido a la perfección el espíritu indignado del 15-M. Estamos en una democracia (o eso parece) y en este sistema es crucial conectar con el ciudadano. Los dos grandes partidos han gestionado terriblemente mal el descontento intentando volcarlo en el partido rival con el deprimente y aburrido “y tú más”. Sigo sin entender como teniendo cientos de analistas y asesores expertos en gestión de medios, han hecho las cosas tan rematadamente mal, sobre todo el PSOE: ¿cómo esta fuerza política se ha hundido tan rápidamente estando en la ventajosa situación de ser oposición en un entorno de grave crisis?

4. Los otros partidos. Sin centrarme en la corrupción, el papel de los dos grandes roza el esperpento en demasiadas ocasiones. Valle-Inclán no podría haber imaginado unos personajes y unas situaciones teatrales más preclaras. Tenemos sesiones parlamentarias de un nivel de parvulario y declaraciones insulsas que llevan a una falta de credibilidad pasmosa. Por poner un ejemplo, en estos días, cuando PP y PSOE niegan la posibilidad de una sesión plenaria extraordinaria acerca de la corrupción alegando que “querían un debate en positivo”, a uno se le ponen los pelos como escarpias: ¿ese es el único argumento que se te ocurre para evitar un debate que el ciudadano pide a gritos? ¿Hablar a la gente como si fuera deficiente mental? Pero es que hay tantos y tantos ejemplos: la espectacular defensa contra los papeles de Bárcenas (¿recordáis el contrato en diferido o los discos duros destruidos porque se seguía el  procedimiento habitual?). Ahora Rajoy dice que “En España quien la hace la paga” mientras Jaume Matas sale de la cárcel acogiéndose a un tercer grado, pocas semanas después de que al juez Elpidio Silva se lo inhabilite durante diecisiete años y mientras se hace todo lo posible para dejar fuera de juego a la juez Alaya. No puedo entender cómo han conseguido crear un abismo tan grande entre sus declaraciones y la percepción del ciudadano de a pie: ruedas de prensa desde televisiones de plasma, sin preguntas o con preguntas pactadas con sus medios de prensa colegas, constantes salidas de tono como las del ministro Wert en Educación o el consejero de sanidad de Madrid, programas electorales totalmente incumplidos, discursos contradictorios que quedan en evidencia ante un breve paseo por la hemeroteca, medios de comunicación groseramente politizados… Es demasiado. El PSOE, a la desesperada, pone a un guaperas al frente del partido para vendernos la moto regeneracionista, a la par que, respecto a ideas, proyectos y medidas, siguen exactamente estancados en lo mismo, y con la misma falta de credibilidad de siempre. Como se repite una y otra vez, la campaña electoral de Podemos se la están haciendo PP y PSOE, además, excelentemente bien.

4.1. Ahora sí, la corrupción. Si algo tenía en apariencia el PP de Aznar fue que no robaba. Podía gustarte o no su conservadurismo o sus políticas liberales pero, al menos, parecía que no eran corruptos. Esto se ha derrumbado a pasos agigantados. Y, de nuevo, una defensa penosa de la situación únicamente basada en que su único error fue poner en cargos de responsabilidad a la gente equivocada y que, ellos, los no corruptos, no sabían nada del asunto. Esto resulta absolutamente increíble. Yo trabajo en un instituto en el que estamos alrededor de cincuenta profesores. Si uno de nosotros, muy astuto, robara, es posible que los demás no supiésemos nada. Sin embargo, si el robo fuese algo habitual, si diez profesores robaran por sistema, todo el mundo lo sabría. Piense el lector en su empresa, fábrica o administración… Si muchos robaran, ¿usted no lo sabría? Si su compañero de mesa de oficina, con el que lleva años trabajando codo con codo, se llevara miles de millones, ¿no sospecharía, al menos, un poquito, de que algo va mal? Y, en cualquier caso, si usted dirige una empresa en el que una buena parte de sus empleados roban y usted no se da cuenta, está pecando de inepto y, a fortiori, no tiene usted competencia para dirigir la empresa. Aquí solo caben dos opciones: o sabe que roban y calla y consiente, y entonces usted es cómplice de corrupción, o usted no sabía nada y entonces es un incompetente. En ambos casos tiene que dimitir.  Y yo, como no me creo que sean tan tontos como para no saber nada, resuelvo que estamos ante auténticas organizaciones criminales en las cuales la malversación de fondos públicos es algo normalizado. ¿Alguien puede ser entonces tan obtuso como para seguir votándoles?

5. En este sentido Podemos no es corrupto. Tampoco se puede decir que eso sea una gran virtud ya que con pocos meses de vida, no ha habido tiempo a que se corrompan. Estoy seguro que, cuando el partido crezca y se estabilice, algún corrupto aparecerá. No obstante, el hecho de que, a día de hoy, no son corruptos, es un hecho.

Puntos débiles de Podemos:

1. La inexperiencia: Pablo Iglesias tiene solo 35 años y nunca ha gobernado nada. Su cúpula puede tener buenos conocimientos de teoría política, pero en la práctica nada de nada. A mí, este me parece el mayor defecto: la inexperiencia trae inevitablemente errores. No obstante, si analizamos la breve trayectoria del partido comprobamos lo contrario. De momento, Podemos ha dado una asombrosa lección de cómo manejar los medios electorales. Situarse como la segunda fuerza política en un país con un arraigado bipartidismo a los pocos meses de la creación de un partido es un logro inaudito en la historia de nuestra democracia. Así que, a día de hoy, más que errores, Podemos está en racha de aciertos.

2. El populismo: ya escribí en otra ocasión acerca de eso. Si miramos detenidamente su programa, vemos la enorme dificultad de llevar a cabo medidas que suenan demasiado bien. Además, tal programa no difiere mucho del de Izquierda Unida, es decir, estamos ante el viejo planteamiento de izquierdas de toda la vida. No creo que la solución a la crisis sea más derecha (ya hemos visto donde estamos) pero tampoco creo que sea más izquierda. Creo que hay que tener la suficiente imaginación para plantear algo diferente y romper de una vez con las ideologías. No obstante, creo que también hay que decir que es curioso que acusen de populismo a Podemos aquellos que gobiernan con la calculadora electoral en la mano, rodeados de asesores que les escriben hasta las comas de sus discursos. De todas formas, y de nuevo clavo una lanza a favor de Pablo, después de estos años en los que el neoliberalismo nos ha pasado por encima como una apisonadora, quizá no venga mal algo de izquierda, por eso de equilibrar algo el asunto y llegar a un siempre sano término medio.

3. Sus “dudosas” conexiones con ciertos regímenes sudamericanos, sobre todo con la Venezuela de Chávez. Hay miles de razones para no querer que en España se instaure un régimen similar al chavista. Pablo Iglesias se ha querido desmarcar del tema no visitando Venezuela en su reciente ronda latinoamericana. De todas formas creo que acusar a Podemos de bolivariano es caer en el improperio fácil. España es un país de una idiosincrasia y de unas condiciones sociales y económicas muy diferentes a las de cualquier nación de América latina. Aunque quisieran, no podrían convertir España en Bolivia. Creo que Pablo Iglesias suavizará sus posiciones al respecto conforme se acerquen las elecciones. Y, bueno, si no nos dio miedo que Esperanza Aguirre se confesara admiradora de Margaret Thatcher, defendiendo el liberalismo salvaje, ¿por qué iba a darnos un fuerte giro a la izquierda? ¿Neoliberalismo sí pero socialismo duro no? Suele decirse que el peligro de las crisis es el afloramiento de figuras populistas que, mediante el discurso fácil de la indignación, llegan al poder. Pero es que la otra alternativa: el bipartidismo corrupto, es insostenible (o lo es al menos para mí: votar al PP o al PSOE por “miedo a lo diferente” no es opción). Y es que si nos enrocamos en esa posición, cualquier cambio es imposible.

Como colofón: existen otras alternativas a Podemos, están UPyD, Ciutadans, RED, EQUO… con propuestas también interesantes en muchos ámbitos, pero dentro de los partidos con posibilidades reales de gobierno, y haciendo balance, Podemos es una opción muy válida. En el peor de los casos no creo que lleven a España a un desastre mucho mayor que en el que se encuentra ahora. Supongo que si llegan a gobernar no podrán llevar a cabo muchas de sus propuestas, pero se darían algunos pasos que, visto lo visto, no van a darse con los que ahora nos gobiernan. Si queremos un cambio radical, Podemos es el cambio. Los próximos años van a ser los más interesantes de nuestra precaria democracia.

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En 2009, un artista llamado Thomas Thwaites emprendió la tarea de fabricar su propio tostador, del tipo que podría comprar en una tienda por unas cuatro libras. Sólo necesitaba algo de materia prima: hierro, cobre, níquel, plástico y mica (un mineral aislante alrededor del cual se envuelven las piezas de calentamiento). Pero incluso encontrar estos elementos le fue casi imposible. El hierro está hecho de mineral de hierro, el cual probablemente podría extraer de una mina, pero ¿cómo podria construr un horno que calentara lo suficiente sin fuelles eléctricos? (Hizo trampa y usó un horno de microondas). El plástico está hecho de petróleo, el cual no podía fácilmente extraer, y mucho menos refinar, por sí mismo. Y así sucesivamente. El punto es que el proyecto tomó meses, costó mucho dinero y resultó en un producto inferior [el tostador es el que vemos en la foto]. Sin embargo, comprar un tostador de cuatro libras le hubiera costado menos de una hora de tabajo con salario mínimo.

Matt Ridley, El optimista racional

Llamadme conservador, pero porque quiero un buen tostador no soy antisistema. Hay que cambiar muchísimas cosas, pero no todo.

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Una antigua, y brillante,  alumna mía ha hecho un excelente trabajo traduciendo un artículo de Enzensberger publicado en Der Spiegel. Trata sobre las profecías de Orwell, Weber o Bradbury acerca del control que los estados intentan imponer a los individuos. Es bastante interesante, así que os lo adjunto al completo.

Si Orwell levantara la cabeza…
¿Por qué los ciudadanos dejamos voluntariamente que nos vigilen?

Hans Magnus Enzensberger

Un hombre visionario, ese Eric Blair, más conocido bajo el seudónimo de George Orwell. Ya sabía de los regímenes totalitarios mucho antes de que este término comenzara a formar parte del lenguaje de los historiadores. Ya predijo el antagonismo entre las superpotencias y la Guerra Fría cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en Teherán en 1943.

Un par de años después de la Segunda Guerra Mundial publicó su famosa novela 1984. A Orwell no le gustaba el futuro que vaticinó. Retrató el panorama de un régimen de terror, que en un futuro cercano perfeccionaría las ideologías y métodos de Stalin y Hitler en Centroeuropa: un partido único dirigido por un Gran Hermano; normas de uso del lenguaje para introducir en las mentes el significado de las palabras mediante la llamada neolengua; la supresión de la intimidad; la vigilancia total, la reeducación y el lavado de cerebro de toda la población; y una policía secreta omnipotente cuya misión sería la de extinguir de raíz cualquier movimiento contra el régimen a base de torturas, detenciones en campos de concentración y asesinatos.

Afortunadamente, George Orwell se equivocó con este pronóstico, al menos en lo que respecta a esta parte del globo. Ni en sueños hubiera imaginado que se alcanzarían algunos de esos propósitos, sobre todo en lo que respecta a la vigilancia de todos los ciudadanos, aun sin el empleo de la violencia; ni que se podría prescindir de una dictadura para ello; ni que incluso una democracia pudiera lograr esos objetivos de una manera moderada y ya ni qué decir, pacífica.

Sobre la manera de conseguirlo, ya reflexionó un joven francés hace más de cuatro siglos en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Se llamaba Étienne de la Boétie y no le bastó con poner en la picota a los soberanos absolutistas de su época. Apelaba sobre todo a la conciencia de aquellos que toleraban la tiranía: “Son, pues, los propios pueblos”, afirma, “los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con solo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo. (…) No creáis que ningún pájaro cae con mayor facilidad en la trampa, ni pez alguno muerde tan rápidamente el anzuelo como esos pueblos que se dejan atraer con tanta facilidad y llevar a la servidumbre por un simple halago, o una pequeña golosina.”

Pero hace mucho tiempo que la situación ya no tiene nada que ver con el monarca único, palpable e impugnable, contra el que se rebeló Étienne de la Boétie. No se trata de un Gran Hermano que nos controla, como decía Orwell, sino más bien de un sistema, como describió Max Weber en los años veinte del siglo pasado: “Es espíritu coagulado asimismo aquella máquina viva que representa la organización burocrática con su especialización del trabajo profesional aprendido, su delimitación de las competencias, sus reglamentos y sus relaciones de obediencia jerárquicamente graduados. En unión con la máquina muerta, la viva trabaja en forjar el molde de aquella servidumbre del futuro a la que tal vez los hombres se vean algún día obligados a someterse impotentes como los fellahs del antiguo Estado egipcio, si una administración buena desde el punto de vista puramente técnico —y esto significa una administración y un aprovisionamiento racionales por medio de funcionarios— llega a representar para ellos el valor supremo y único que haya de decidir acerca de la forma de dirección de sus asuntos. Porque esto lo hace la burocracia incomparablemente mejor que cualquier otra estructura de poder”.

Weber llamó a esta servidumbre “la jaula de hierro”, pero incluso el perspicaz pensador se equivocó. Resulta que el calabozo se ha transformado en una casa relativamente cómoda, que más bien recuerda a una celda de aislamiento de buen tamaño con paredes de goma mullida. Nuestros guardas van con pies de plomo. Consiguen su principal objetivo estratégico —la vigilancia completa y la supresión de la intimidad— de forma silenciosa siempre que sea posible. Solo si no pueden hacerlo de otra manera, recurren a las porras. Prefieren mantenerse en el anonimato, no llevan uniforme, sino traje, se llaman a sí mismos gerentes o comisarios y no trabajan en un cuartel, sino en oficinas climatizadas. Brindan una labor totalmente filantrópica. Ofrecen a los presos seguridad, protección, comodidad y consumo. Así pueden ganarse la aprobación tácita de los residentes y asegurarse de que sus protegidos pulsan con afán el botón de me gusta de un teclado invisible.

Aún hay otro punto del análisis de Weber que se nos presenta hoy como anacrónico. Su ingenua creencia en las habilidades y en la fuerza de imposición del Estado es parte del pasado. Ya no solo porque los mercados financieros mundiales obliguen al gobierno a arrodillarse frente a ellos. Ni Berlín ni Bruselas ni Washington podría garantizar por sí mismo el control total de la población. Sus funcionarios son demasiado torpes e incapaces de llevar a cabo esta tarea. Tampoco están lo suficientemente familiarizados con la tecnología actual. Por eso las autoridades dependen de la economía, es decir, de las multinacionales que operan en el sector de las TI. Solo si ambas partes —los gobiernos y las empresas como Google, Microsoft, Apple, Amazon y Facebook— trabajan codo a codo, podrán coaccionar la libertad con éxito. Claro está, que en esta frágil alianza, las autoridades políticas tienen el papel de socios menores. Son las multinacionales las que poseen el conocimiento necesario, el capital necesario y los peones necesarios: informáticos, ingenieros, desarrolladores de software, hackers, matemáticos y criptógrafos.

En el siglo XX, la Gestapo, el KGB y la Stasi jamás hubieran soñado con los medios técnicos de los que disponen en la actualidad: cámaras de vigilancia omnipresentes, control automatizado de las líneas telefónicas y del correo electrónico, imágenes de satélite de alta definición, datos detallados sobre la localización de las personas, reconocimiento biométrico facial, todos los programas basados en fabulosos algoritmos y guardados en bases de datos de capacidad ilimitada.

El último movimiento de resistencia contra las ambiciones de las autoridades alemanas y de las multinacionales se produjo hace mucho tiempo y ya casi ha caído en el olvido. Fue en 1983, un año antes de la fecha de Orwell, cuando un censo nacional, relativamente inofensivo, provocó la tempestad. Entonces, un buen número de ciudadanos apeló al Tribunal Constitucional de Alemania y logró la victoria con su recurso. Dicho tribunal —con sede en Karlsruhe— falló en contra de las intenciones del gobierno y estableció la autodeterminación informativa como un nuevo derecho fundamental con el fin de proteger la personalidad. Fue una sentencia que hoy nos parece ingenua. Nadie la ha acatado nunca. Los encargados de la protección de datos, hace tiempo ya que, impotentes, tiraron la toalla en la ciberguerra contra la población.

George Orwell sigue estando en lo cierto en cuanto a la regularización del uso del lenguaje. Su neolengua se ha convertido en el nuevo sociolecto oficial. A los llamados cargos públicos les desagrada la Constitución. Diferenciarlos de los criminales informáticos es muy difícil. La nueva tarjeta sanitaria es en realidad un expediente médico electrónico al que cualquier hacker debería poder acceder sin muchas dificultades. Las redes sociales se aprovechan del exhibicionismo de sus usuarios para generar ganancias sin piedad.

El dinero en metálico es uno de los últimos residuos incómodos de la vida privada. Por eso es lógico que el Estado, codo a codo con las multinacionales, se empeñe sin dudar en suprimir el efectivo. Para ello, se sirven de las cada vez más numerosas tarjetas de crédito y de débito. Otros sistemas de pago mediante chip o inalámbricos están a punto de empezar a usarse. Es obvio lo que se pretende conseguir con todo esto: la vigilancia, preferiblemente total, de cada una de las transacciones. No solo el fisco tiene mucho interés en ello, sino también las redes antisociales, el comercio online, la economía crediticia, la publicidad y la policía. Además se procura eliminar cada recuerdo de la materialidad del dinero para así reducirlo a un conjunto de datos manipulables a su gusto.

Para no dejar ningún cabo suelto, conviene echar un vistazo a un escenario mediático aledaño, es decir, al intento por eliminar los derechos de autor. Se trata de una conquista tardía del siglo XIX. Hasta entonces, el privilegio de la lectura había permanecido en manos de una reducida minoría. Pero de repente, la novela se convirtió en una operación comercial a gran escala. Los escritores se dieron cuenta de que con la literatura podrían incluso ganar bastante dinero, ya que también participarían en los beneficios de las reediciones y traducciones. Pero por desgracia, su alegría se desvaneció pronto. Hoy las empresas líderes consideran la impresión tipográfica —que ahora se denomina en alemán con el término anglosajón print— un modelo caducado. Por consiguiente, estas empresas consideran el copyright un obstáculo, algo que las vanguardias digitales aplauden con júbilo. A los alegres piratas les parece absolutamente absurdo pagar por los contenidos que ofrece la industria de las TI. Los anteriormente llamados autores tendrán que trabajar gratis en el futuro. En cambio podrán tuitear, chatear y bloguear cuando les plazca.

Parece que a nadie le molesta que la vida media de la tecnología disponible —de acuerdo con los ciclos económicos de las empresas de TI— esté entre los tres y cinco años. Mientras que se puede disponer sin problema de un texto escrito en pergamino o en papel libre de ácido tras 500 o 1.000 años, debemos transferir a menudo los datos de un medio electrónico a otro, si se quiere evitar que se vuelvan ilegibles tras una o dos décadas. Pero por supuesto, esto ya estaba pensado.

La supresión de los libros impresos no es una idea reciente, hace tiempo que ya se anunció. Fue Ray Bradbury, quien en su best seller (!) Fahrenheit 451 describió y retrató la situación hasta las últimas consecuencias. En su historia utópica, poseer un libro supone un crimen capital. Las visiones de futuro de los grandes pesimistas tienden a la exageración. Dice mucho a favor de ellos y no en su contra, el hecho de que se les pueda rebatir. Esto se aplica a las de Bradbury, Orwell o Max Weber. Hablar de los sucesos, cuando ya son parte del pasado, es pan comido.

Inevitable como el amén en la iglesia, es la pregunta de dónde se encuentra la parte positiva de cada oscuro pronóstico. Es fácil responder. Es sumamente grato comprobar que hasta ahora todo lo que origina nuestra servidumbre voluntaria se impone de manera no sangrienta. No se han destruido de ningún modo los vestigios del pasado que quedaban, tal y como hiciera previamente Lenin en Rusia. La razón es evidente. La actitud tolerante de nuestro vigilante se basa en un sencillo cálculo de costes y beneficios. El esfuerzo por detectar a los últimos insubordinados alcanza límites insospechados cuanto más se acerca el estado ideal. Por eso se contentan con un 95% de la población vigilada. Sería muy costoso excluir a una pequeña pero perseverante minoría que se resistiera, por pura tozudez, a las promesas de la era digital. En cualquier caso, ese 5% supone, en Alemania, más de cuatro millones de personas. Así que: ¡que no cunda el pánico! Aun en el futuro habrá algunos que no consientan y puedan así de forma despreocupada y analógica comer y beber, amar y odiar, dormir y leer pasando relativamente desapercibidos.

Traduccion de Deyaneira Aranda Aparicio

1. La baja participación, no por no ser peor que en las europeas del 2009, deja de ser preocupante. Que el 54,16% del censo electoral se haya quedado en casa, deslegitima bastante las mismas elecciones y la representación de los partidos participantes. Esto puede leerse de dos formas: una enorme apatía política fruto de una sociedad con una gran incultura política que piensa que lo que se hace en Europa, o en política en general, no tiene ni la más mínima importancia. Habría mucha gente que vive muy feliz pasando olímpicamente de la política. Están en su derecho, pero es pésimo que sea así. La solución pasa por potenciar la educación política en los centros educativos, cosa que no parece tenerse mucho en cuenta en la nueva ley Wert. La otra lectura es que la gente que no vota muestra su desacuerdo total con el mismo sistema democrático; no solo no se sienten representados por ninguno de los casi cuarenta partidos (ya que aquí tienen la opción del voto en blanco o incluso nulo) sino que no creen en el sistema de elección. Esto es, igualmente, muy grave: mucha población no creería en la misma democracia. No obstante, pienso que esta opción no es mayoritaria. Los ciudadanos que no han votado han confundido la opción del voto en blanco con la abstención; sencillamente, no se sienten identificados con los políticos en general.

2. El Partido Popular ha sufrido el mayor varapalo desde que entró en el poder por segunda vez. Tengamos en cuenta que con algo más de cuatro millones de votos, solo representa el 26% de los votos y un pingüe 14% sobre el total del censo electoral. La conclusión es dura: el partido gobernante solo ha sido votado por algo más de uno de cada diez censados. De nuevo, el resultado deslegitima su mandato y muestra su escasa representatividad.

3. El PSOE se hunde irreversiblemente. Parece increíble que pierdan nueve diputados, uno más que el PP, estando en la oposición y con el gran descontento social hacia las políticas de su rival. Y es que este partido escribió su carta de defunción  en la última etapa de ZP cuando aplicó medidas neoliberales, confesando que dado el actual sistema económico no cabe hacer otras políticas. En este caso, mejor que las haga el PP, que está en su papel. No creo que ni siquiera la dimisión de Rubalcaba y la renovación de rostros vaya a mejorar la situación de este partido a medio plazo.

4. El fenómeno Podemos tiene tan solo un 2,7% del censo, es decir que a pesar de su fulgurante comienzo, su representación es nimia. Puede vaticinarse que subirá y que, quizá, pueda aglutinar el voto de la izquierda, absorbiendo a IU y a los sectores más izquierdistas del PSOE. Se les ha acusado de populismo de izquierdas y hay parte de razón en eso. Si miramos su programa electoral, la mayor parte de las medidas que proponen son muy agradables al oído, pero si pensamos en su viabilidad la cosa cambia bastante. Por poner un ejemplo, plantean que las empresas que tengan dinero en paraísos fiscales sean duramente sancionadas. El problema es que si esto se hace así, no habrá empresa alguna que invierta en España. Si yo soy un empresario y lo que quiero es ganar dinero, aunque no sea muy honesto ingresar dinero en un paraíso, si es legal, lo ingresaré. La solución pasaría con un pacto transnacional que prohibiera a nivel mundial la existencia de los paraísos, cosa que está lejísimos de ocurrir. Por lo tanto, la medida propuesta por Podemos es inviable pero efectista a nivel electoral, es decir, populista.  Sin embargo, si el realismo político consiste en jugar eficazmente dentro del sistema empobreciendo sistemáticamente a su población tampoco queremos seguir jugando. Esta es la gran paradoja: la utopía nos hace perder en un juego injusto y el realismo nos hace ahondar más en la injusticia. Por eso creo que la solución a nuestros acuciantes problemas no está, evidentemente, en más derecha, pero tampoco está en más izquierda. La solución tampoco vendrá, desgraciadamente, en dos días, sino en un cambio progresivo que refunde el sistema desde nuevos puntos de vista.

5. En esta línea me parecen más interesantes otras opciones como UPyD, Ciutadans o RED, entre otros. Dentro de ámbitos más realistas pretenden, igualmente, romper el bipartidismo y, lo que me parece aún mejor, terminar con las ideologías, cosa que creo que es el futuro de la política: tomar medidas buscando el bien común con independencia de su color político. UPyD, por ejemplo, propone el patriotismo constitucional como alternativa al nacionalismo independentista (algo mucho mejor que responder con nacionalismo españolista), o RED, el partido el Elpidio Silva, propone medidas muy concretas contra la corrupción jurídica, defendiendo, ante todo, la separación y equilibrio de poderes (condiciones esenciales y necesarias como base de un sistema democrático). También hay que tener en cuenta a los ecologistas (PACMA o Equo), siempre ignorados en España (que no en Europa), nos alertan de los graves peligros que el deterioro medioambiental conlleva (igualmente ignorados, sobre todo, por la derecha española).

6. Muchos medios nos están avisando de que una cosa son las elecciones europeas y otras las generales. Los votantes no votan con el mismo criterio y es verdad. Creo que nos estamos precipitando mucho al diagnosticar el fin del bipartidismo y al ilusionarnos con nuevos tiempos. De momento, lo único que legítimamente podemos deducir es que ha sido un serio aviso para los dos grandes, pero nada más. Paciencia.