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Todo apuntaba en la dirección de que si queríamos construir una máquina inteligente, habría que dotarla de una mente que, dada la hipótesis del sistema universal de símbolos físicos de Allen Newell, sería un programa maestro, un centro de mando que diera todas las instrucciones a las demás partes de la máquina. Lo importante era ese programa y lo periférico, básicamente motores y sensores, era lo de menos, lo fácil. Lo importante era el software, la parte “inmaterial” de la máquina. Lo demás, lo físico, era cosa de electricistas.

En los años 90, cuando un robot atravesaba una habitación esquivando obstáculos, primero observaba el entorno con su cámara y luego procesaba la información intentando reconocer los objetos. Problema: con los procesadores de esa época, la computadora tardaba una eternidad en crear ese mapa de su entorno, por lo que sus movimientos eran lentísimos. Entonces, el ingeniero en robótica australiano Rodney Brooks se puso a pensar: ¿cómo es posible que una mosca se mueva con tal velocidad esquivando todo tipo de objetos, incluso en movimiento, si apenas tiene cerebro? ¿Cómo con esa ínfima capacidad de cómputo puede hacer lo que los robots no pueden ni soñar?

Respuesta: es que gran parte del movimiento de la mosca (y de cualquier otro ser natural) no es procesado por una unidad central, sino que responde directamente ante la percepción. Fue el descubrimiento del inconsciente en IA. Tal y como Marvin Minsky nos decía en su Society of mind, la mente puede ser un inmenso conjunto de módulos funcionales, de pequeños programas, subrutinas, homúnculos, o cómo queramos llamarlos. El caso es que muchos de estos pequeños robotitos no tienen por qué procesar nada, o solo procesar muy poquita información, es decir, son simples, automáticos e independientes de la unidad de control. La idea es que del funcionamiento cooperativo de robotitos “estúpidos” pueden emerger conductas muy sofisticadas e inteligentes.

Brooks construyó así, entre otros, a Herbert (nombre en honor a Herbert Simon), un robot que recogía latas de soda y las tiraba a una papelera. Lo interesante es que todos los sencillos dispositivos de cálculo que componían la máquina estaban directamente conectados a los sensores y no se comunicaban ni entre ellos ni con ningún tipo de centro de mando. Herbert no tiene, prácticamente memoria, ni nada que se asemeje a un mapa de la habitación, ni siquiera tiene programado el objetivo que tiene que cumplir ¿Cómo funciona entonces la máquina?

Brooks sostiene que lo que solemos llamar comportamiento inteligente es solo una narración hecha a posteriori, una vez que hemos visto al robot actuar. Es una racionalización que antropomorfiza falsamente al robot (y es que hay que tener en cuenta que es muy, pero que muy distinta la descripción externa del funcionamiento interno, y muchas veces las confundimos).

Herbert funciona, sencillamente, a partir de pequeñas máquinas de estado finito que obedecen instrucciones muy sencillas y que han sido coordinadas ingeniosamente por Brooks. Por ejemplo, el módulo que dirige el movimiento del robot y el brazo mecánico no están intercomunicados, por lo que cuando el robot encuentra la lata no puede decirle a su brazo que tiene la lata delante y que la coja ¿Cómo lo hace? Sencillamente, el brazo mecánico siempre mira hacia las ruedas. Cuando las ruedas llevan un rato paradas, el brazo infiere que será porque están ya en frente de la lata y, entonces, se activa para cogerla.

Además, esta idea encaja muy bien con la evolución biológica. La selección natural opera bajo el único principio de adaptabilidad local, es decir, de, dado lo que hay, optimizo, sin mirar demasiado cuestiones de elegancia ni estética. Pensemos en las plantas. Si tú fueras un organismo que permaneces fijo en un lugar expuesto a ser devorado por múltiples herbívoros (eres el último en la cadena trófica), una buena estrategia sería tener una estructura modular repetitiva sin ningún órgano vital único, de modo que puedas perder gran parte de tu organismo sin morir (algunas plantas pueden perder más del 90% de su organismo y seguir vivas). Si las plantas tuvieran un módulo de control correrían el riesgo de que si es devorado, ya no habría salvación posible. Pero, sin ese control central, ¿cómo se las arreglan para responder al entorno? Porque funcionan igual que Herbert. Por ejemplo, la superficie de las plantas está plagada de estomas, conjuntos de dos células que abren o cierran una apertura (serían, grosso modo, como los poros de nuestra piel). Su función es la de dejar pasar moléculas de dióxido de carbono, esenciales para realizar la fotosíntesis. El problema es que cuando están abiertos, dejan escapar mucha agua por transpiración, por lo que deben mantener un delicado equilibrio entre conseguir suficiente dióxido de carbono y no perder demasiada agua ¿Cómo lo hacen? Captando muy bien la luz, su dirección y su calidad. Las plantas disponen de diferentes tipos de fotorreceptores (fitocromos, criptocromos o fitotropinas) que son capaces de absorber la longitud de onda del rojo, el rojo lejano, el azul y el ultravioleta (las plantas, en un sentido no tan lejano al nuestro, ven), de tal modo que saben con mucha precisión la cantidad de luz solar que hay en cada momento. Lo único que hacen es, en función de esa cantidad, le indican a los estomas cuánto deben de abrirse. Las plantas no tienen sistema nervioso ni ningún órgano encargado de medir a nivel global la cantidad de luz recibida por lo que va a ser cada fotorreceptor el que le indique a cada estoma concreto su abertura. Son un claro ejemplo de la idea de Brooks: percepción-acción sin procesamiento central de la información. Cada conjunto funcional fotorreceptor-estoma sería un módulo simple y automático que, en confluencia con todos los demás, haría emerger un comportamiento muy inteligente.

Dejemos los vegetales y vamos a un ejemplo ya con mamíferos: los experimentos realizados por Collet, Cartwright y Smith en 1986. Una rata tiene que encontrar comida enterrada utilizando como pistas visuales unos cilindros blancos. En uno de los experimentos, se enterraba la comida en un punto equidistante entre dos cilindros. La rata pronto aprendió la posición y acertaba rápidamente. Entonces, los científicos separaron más los cilindros situando la comida de nuevo en el punto equidistante con la esperanza de que ese cambio no despistara al roedor. Sin embargo, la rata no encontraba la comida y se limitaba a dar vueltas a los cilindros ¿Qué había pasado? Que la rata utilizaba un mecanismo mental que valía solo para algunos casos: el cálculo vectorial. Hacía un vector cuyo centro estaba en el cilindro y cuya dirección indicaba hacia el otro cilindro, pero cuya medida era una constante, por lo que si alargan la distancia entre los cilindros, la rata no entendía que la comida seguiría enterrada en el punto equidistante entre ambos. Conclusión: las ratas también utilizan pequeños robotitos estúpidos para actuar que, lamentablemente, se pierden cuando cambian las circunstancias para las que fueron diseñados. Un comportamiento que, de primeras nos parecía inteligente, se nos antoja mucho más estúpido cuando sabemos la simplicidad de las reglas de fondo.

Por eso, a pesar de que a los ingenieros de IA les hubiese encantado que los seres vivos, o la mente humana, fueran programas elegantemente diseñados, que controlaran y gobernaran todos sus sistemas, parece que no es así. No obstante, esto no quiere decir que hay que renunciar a todo software y solo centrarnos en hacer emerger comportamiento complejo de hardware simple, solo que hay que tener mucho más en cuenta el hardware de lo que se pensaba. Entonces, cobraron importancia la embodied cognition (un enfoque casi opuesto a la independencia de substrato de los defensores de la IA simbólica), la IA bioinspirada o, en términos generales, cualquier modelo computacional no basado en la arquitectura de Von Neumann.

Adjunto el famoso paper de Brooks (muy criticado en su momento):

Intelligence without reason – Rodney Brooks

Es cierto que su “Alchemy and Artificial Intelligence” para la RAND Corporation fue demasiado agresivo. Es cierto que, a pesar de haber dicho que los programas de ajedrez jamás podrían superar el nivel amateur, perdió estrepitosamente jugando contra el programa MacHack del MIT (programado por R. Greenblatt); es cierto que muchas de las cosas que dijo que las máquinas no pueden hacer, al final, lo han hecho; y también es cierto que su enfrentamiento con los principales gurús de la IA ha parecido, a veces, obsesivo, casi como si tuviera contra ellos algo personal (Muchos dicen que utilizó un campo emergente como la IA para hacer valer su marca como filósofo). Seguramente, su mordacidad alejó a la gente a la que podía haber iluminado.

Pero también es cierto que el trato por parte de los rivales fue bastante malo. En general, excepto algunas breves reseñas y poco más, sobre todo por parte de Seymour Papert, la comunidad de IA decidió ignorarlo sin llegar a dar respuestas claras contra sus argumentos. Lo demás fueron descalificaciones que, prácticamente, solo argumentaban que Dreyfus no se enteraba de nada o que no era lo suficientemente inteligente para entender los programas que ellos diseñaban.  Allen Newell y Herbert Simon, objetivos primarios de Dreyfus, optaron por una estrategia muy cruel: pensaron que responderle era darle publicidad, por lo que lo mejor era ignorarlo. Y así lo hicieron.

El caso es que Hubert Dreyfus no era ningún charlatán, e independientemente de sus motivaciones, su forma de ser o su conducta, lo importante eran sus ideas y, a día de hoy, junto con Joseph Weizenbaum y John Searle, ha sido el más feroz crítico de la IA que ha existido y sus críticas, siendo intelectualmente honrados, deben ser respondidas adecuadamente y no pueden ser ignoradas sin más.

Vamos a hacer un somero resumen de sus planteamientos. Su crítica pueden dividirse en dos líneas: por un lado están las asunciones o presupuestos que los ingenieros de IA dan como autoevidentes y que, según Dreyfus, son solo hipótesis y, encima, muy discutibles; y por el otro están las cualidades esenciales al ser humano que la IA nunca será capaz de reproducir.

Presupuestos discutibles de la IA:

  1. Asunción biológica: la IA cree que la mente procesa la información en operaciones discretas mediante un equivalente biológico a los switches on-off  de los ordenadores, a saber, las neuronas. Según Dreyfus no hay evidencia científica de ésto y yo, honestamente, he de darle la razón hasta cierto punto. Estoy completamente convencido de que las neuronas realizan funciones mucho más amplias que el mero disparar un potencial de acción por su axón al ser excitadas según un cómputo de pesos sinápticos, siendo dichas funciones fundamentales para generar pensamiento. En general, creo que sabemos extremadamente poco del funcionamiento del sistema nervioso y que los modelos de redes neuronales artificiales son paupérrimos modelos de las auténticas, no solo por su simplicidad sino porque, incluso, creo que no replican adecuadamente su funcionamiento. Las redes neuronales artificiales, dado el estado actual del arte, darán más frutos como herramientas matemáticas para hacer un montón de cosas, que como imitadoras de la mente humana. Sin embargo, y en defensa de la IA, también hay que ser justos: es que por algo había que empezar. En un principio, nuestro modelos serán simples, pero esto no quiere decir que, mientras avance la disciplina, serán más completos y mejores. Dreyfus quizá confunde el estado del arte actual con las posibilidades futuras. Que ahora estemos lejos de conseguir algo no quiere decir que no lo consigamos en el futuro.
  2. Asunción psicológica: la IA cree que la mente es un mecanismo que opera sobre unidades discretas a través de reglas formales (en el fondo estamos hablando de la famosa hipótesis de la mente como sistema universal de símbolos propia de la IA clásica). Dreyfus reformula la famosa paradoja de la mente mecánica: si algo es mente no puede ser mecánico y si es mecánico no puede ser mente.  La mente está, según Dreyfus, muy lejos de ser igual a un ordenador.
  3. Asunción epistemológica: la IA cree que todo conocimiento puede ser formalizado, es decir, que todo lo que es comprensible puede expresarse, sin perder nada, mediante relaciones lógicas. Este es el gran problema que tuvieron los sistemas expertos: ¿cómo formalizar la conducta del experto cuando éste actúa guiado por una corazonada, por su intuición? Y, en el fondo, es un problema filosófico de amplio calado: ¿todo conocimiento es cuantificable o transformable en reglas? ¿Es posible la traducción absoluta de un lenguaje a otro? Dreyfus también recurre a la clásica distinción entre saber qué y saber cómo. El conocimiento de habilidades es, al menos en parte, un saber cómo que no puede ser transcrito a reglas ¿Podríamos aprender a montar en bicicleta, solamente, utilizando un manual de instrucciones?
  4. Asunción ontológica: la IA cree que el mundo es un conjunto de elementos discretos sin más. La IA no es sensible a la ambigüedad o a la continuidad (digamos analógica) que presenta la realidad. Todo lo que ocurre se da en un contexto dado tal que, para entender un objeto, es necesario comprender su situación. Nuestro conocimiento del mundo es, según Dreyfus, holístico.  Era cierto que las máquinas del siglo pasado tenían estos defectos, pero ya no. Por ejemplo, tenemos programas que funcionan con lógica borrosa y que, por tanto, son totalmente sensibles a cualquier tipo de ambigüedad. También, las redes neuronales actuales no tienen problema alguno al respecto e, incluso, hay proyectos de investigación muy interesantes en computación analógica.

Aspectos del ser humano que la IA no puede, ni podrá nunca, simular:

  1. El papel del cuerpo en la unificación y organización de nuestra experiencia de los objetos. Es cierto que la IA, con su tesis de la independencia de substrato, parece despreciar el cuerpo o hardware. Si, como ya decía Hobbes, el pensamiento es cálculo, y la tesis de Church-Turing es cierta (todo lo que puede ser calculable puede calcularlo una máquina de Turing), cualquier sustrato material que reúna las condiciones suficientes para construir con él una máquina universal de Turing, ya puede ser una mente. Como una máquina universal de Turing es algo relativamente sencillo, hay infinitud de sustratos que podrían ser una mente. Estamos diciendo algo tan chocante como que el pequeño procesador que controla tu lavadora, adecuadamente programado, puede hacer exactamente lo mismo que tu mente (aunque, seguramente, en mucho más tiempo). El cuerpo o sustrato en donde se da la mente, prácticamente, parece que no importa cuando, seguramente, sí que tiene mucha importancia (como no se ha cansado de repetir Searle con su chovinismo biológico). No obstante, la propia IA ya ha tenido eso en cuenta y hay muchísimos proyectos de programas que, de diferentes formas, tienen en cuenta su cuerpo. Véase la embodied cognition.
  2. El papel de la situación en la que se ubica el sujeto, a la hora de proporcionarle un horizonte de significado mediante el cual, la conducta puede ser regulada de modo flexible. A ver, para entender bien ésto hay que tener en cuenta la corriente filosófica a la que se adhiere Dreyfus: la fenomenología de Husserl y Heidegger. Para esta corriente, el hombre nace arrojado a la existencia, el individuo se encuentra en el mundo (es un dasein) y tiene que dar sentido a su vida. Esto es muy divertido: ¿cómo puedes hablarles a ingenieros de IA norteamericanos de filosofía alemana (además, de filosofía bastante compleja y oscura de entender) y decirles que sus máquinas no representan eso? Además, Dreyfus está haciendo su critica desde una perspectiva completamente opuesta a la visión materalista-naturalista-mecanicista que cualquier ingeniero que se precie, debe tener. Evidentemente si creemos que la mente no es algo material ni natural ni mecánico… pocas computadoras parecidas a humanos vamos a fabricar. De nuevo, aquí observamos el divorcio entre filosofía analítica y continental.
  3. El papel de los propósitos y las necesidades humanas para organizar la situación, de tal manera que los objetos sean reconocidos como relevantes y accesibles para el sujeto. Una máquina sigue un proceso o algoritmo programado pero, realmente, no está motivado ni desea llegar a su objetivo. En este sentido, se pregunta ¿cómo una máquina diferencia lo relevante de lo accesorio para conseguir su objetivo? Dreyfus ve que un programa solo selecciona como relevante lo que le dice su programación, pero que es incapaz de decidir si algo es relevante por sí mismo. Creo que aquí se equivoca porque hace mucho tiempo ya que tenemos programas capaces de inferir por sí mismos lo relevante para realizar una tarea dada. De nuevo Dreyfus se queda estancado en la IA de su época. No obstante, sí que acierta en subrayar el papel afectivo-consciente a la hora de tomar decisiones. Sabemos muy bien que para decidir algo, las sensaciones, sentimientos y deseos, tienen un papel esencial y, desgraciadamente, a día de hoy esta parte de la IA es la más precaria: nadie sabe cómo hacer consciencia sintética. Sin embargo, ya existen muchos planteamientos al respecto como los de Rosalind Picard o Cynthia Breazeal en lo que se llama computación afectiva, o, en el campo más difícil de intentar crear consciencia artificial tenemos, por ejemplo, a Pentti Haikonen o Igor Aleksander, entre muchísimos otros.

Dreyfus llegó a decir que la IA era un programa de investigación degenerativo y, en cierto sentido, tuvo razón: la IA ha pasado por varios inviernos, por varias épocas en las que no se avanzó prácticamente nada y en las que se perdieron millones de dólares en inversiones (véase el fracaso de la quinta generación de computadores en Japón). No obstante, parece que ahora estamos en un cierto renacimiento con el machine learning y el big data, que ya veremos hasta donde nos llevan aunque parecen bastante prometedores. Dreyfus también criticó que las promesas de la IA nunca se llegaron a cumplir (ni se cumplirán). En esto hemos de darle una buena parte de razón: las promesas de Dartmouth estuvieron lejos de cumplirse y, seguramente, las mismas promesas que hoy nos hacen los líderes del sector, tampoco se cumplirán en los plazos que ellos dan (2045 para la singularidad tecnológica… ni de coña).

Hubert Dreyfus falleció el pasado 22 de abril. Por supuesto, los medios castellanoparlantes no hicieron mención alguna. Descanse en paz.

Vamos a hacer un poquito de ejercicio. Mis conocimientos en las ciencias del deporte son más bien precarios, así que decido bajarme una aplicación a mi móvil que me proponga un plan de entrenamiento efectivo. Si la aplicación es de calidad, en ella estarán concretados los mejores conocimientos acerca de cuál es el mejor plan para una persona de mis características y, por tanto, será eficaz. Entonces yo confío en la aplicación y la pongo al mando, es decir, dejo que ella decida por mí qué es lo que tengo que hacer. En ese momento estoy dejando que un algoritmo gobierne una parcela de mi vida ¿Estoy haciendo algo malo? No, precisamente porque ese algoritmo es mejor gobernando esa parcela de mi vida que yo mismo. Es totalmente razonable confiar en esa máquina si, realmente, queremos adelgazar.

Damos un paso más. Hoy es día de elecciones y como buen ciudadano voy a ir a votar. Desde siempre he votado al PSOE. Mi abuelo luchó en la guerra civil en el bando republicano e inculcó sus ideas políticas a mi padre, quien luego me las inculcó a mí. Soy socialista por tradición. Sin embargo, cuando voy a votar me encuentro con un viejo amigo comunista. Hablamos un rato, precisamente sobre política, y me hace pensar. Al final, por primera vez en mi vida, voto a Podemos. Pero después, mientras voy caminando de vuelta a casa, comienzo a sentirme mal. Me arrepiento de mi voto y pienso que he traicionado a mi familia por una conversación de última hora. Quisiera cambiar mi voto pero ya es demasiado tarde: yace en el fondo de la urna.

Rebobinamos. Supongamos otra vez la situación anterior pero introducimos un nuevo elemento: Cortana 2045, mi asistente virtual de última generación, cortesía de Microsoft. A partir de todos mis datos de internet y de acompañarme continuamente en todo mi quehacer cotidiano, sabe perfectamente mis preferencias políticas y también sabe lo voluble que puedo ser a la hora de tomar una decisión, sobre todo, a última hora. Ella sabe mejor que yo a quién quiero realmente votar y no va a dejarse llevar por sesgos ni cambios repentinos de opinión. Entonces, lo razonable sería dejar que Cortana votara por mí ¿Dejaremos entonces una decisión supuestamente tan importante como el voto a un conjunto de algoritmos automatizado?

¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales sepan tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mismos? Tendremos dos opciones: o preferimos seguir sintiéndonos libres y decidimos por nosotros mismos, o dejamos que las máquinas lo hagan y perdemos el mando. El problema estará en que los que pierdan el mando vencerán, ya que tomarán mejores decisiones que los libres, por lo que parece que por simple y pura lógica, cada vez más gente dejará la toma de decisiones a sus consejeros digitales.

Y pensemos las repercusiones de algo así: como apuntábamos en la entrada anterior, la base política, social y económica de nuestra sociedad es el liberalismo, y el liberalismo presupone como condición de posibilidad la existencia de un agente libre que vota, consume y delinque en virtud de susodicha libertad ¿Qué pasará cuándo esas decisiones las tomen máquinas? Podríamos llegar a un original pronóstico: el fin del liberalismo no será, desde luego, el marxismo ni sus diversas variantes, sino una tecnología: la IA.

Pero, y ésta creo que es la gran pregunta del futuro próximo: ¿Aceptará el arrogante ser humano la pérdida del protagonismo en la historia? ¿Aceptará pasar a un segundo plano? ¿Aceptará ser irrelevante?

 

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Borges no creía en la teología cristiana, pero le encantaba como puro divertimento, como una fértil fuente de placer intelectual. A mí me pasa exactamente lo mismo con todo el tema de la singularidad de Kurzweil o de la explosión de inteligencia de Bostrom (por no hablar de su argumento de la simulación). Creo que es especulación salvaje en el peor sentido del término: jugar con algo de lo que no se tiene ni la más remota idea y construir castillos solo a base de lejanas posibilidades (muchas veces solo válidas porque aún nadie se ha parado a pensarlas con la suficiente profundidad como para refutarlas). Sin embargo, como experimentos mentales, como lo que Dennett quizá llamaría bombas de intuición, son ideas muy, pero que muy buenas. Creo que podría abrirse una nueva rama de la filosofía denominada filosofía de la ciencia-ficción o, quizá más amplia, filosofía de la futurología, y que sería bastante fructífera. No se me ocurre forma más creativa de filosofar que imaginar futuros alternativos al nuestro y, a partir de ellos, juzgar nuestra propia realidad (eso mismo es lo que ha hecho todo el pensamiento político utópico desde el Renacimiento hasta nuestros días). Sería jugar con la ficción para, a través de ella, comprender mejor nuestra realidad.

Así que en honor a esta nueva especialidad filosófica que acabo humildemente de fundar (si bien ignoro si alguien ya la ha fundado antes), vamos, como acostumbramos en este blog, a ver un nuevo ejemplo muy sugerente de futuro posible (y esta vez escalofriante): el maximizador de sujetapapeles de Nick Bostrom (expuesto en su artículo de 2003, Ethical issues in advanced artificial intelligence). Vamos a explicar la idea mediante un estúpido, si bien espero que algo divertido, relato.

Tenemos una empresa de sujetapapeles anticuada y poco productiva, al borde de la ruina. Cuando estamos a punto de declarar la bancarrota nos llega una noticia milagrosa: hemos recibido una cuantiosa herencia de un tío-abuelo nuestro, un tal Víctor Frankenstein, un biólogo que trabajaba en la Universidad de Ingolstatd (cerca de Munich) y del que jamás habíamos oído hablar. Entusiasmados ante tal golpe de suerte, invertimos el dinero en modernizar nuestra empresa. Robotizamos las líneas de producción, hacemos un ERE con el que despedimos a más de media plantilla y sobornamos al enlace sindical para que la cosa no vaya a los medios y acabe en una huelga. Y voilá, la productividad empieza a despegar y nuestra empresa empieza a escalar puestos entre las más pujantes del sector de los sujetapapeles.

Con los beneficios queremos dar un paso más. No solo pretendemos robotizar el montaje sino también la administración (le hemos cogido el gustillo a eso de despedir empleados). Así que creamos un departamento de I+D en el  que ponemos al mando a un cerebrito hindú del MIT, que llena todo de cables, robotitos y ordenadores. Pronto ya puedo prescindir de la mayoría de las secretarias y oficinistas de la empresa, y la productividad sigue mejorando. Entonces mi genial nerd de Bombay me propone una última estrategia empresarial: construir una IA cuyo objetivo primordial sea la fabricación de sujetapapeles y que, además, sea capaz de reprogramarse a sí misma para hacerse más inteligente y, en cuanto a tal, cada vez más y más eficiente en su tarea. Según la tesis de la explosión de inteligencia, cada paso en que la IA aumente sus capacidades le hará, no solo más eficiente produciendo pisapapeles, sino que también, más eficiente a la hora de mejorarse a sí misma. Esto generará un ciclo que se irá acelerando a cada iteración, hasta adquirir un ritmo exponencial.

Al principio, todo va muy bien. Mi empresa encabeza holgadamente su sector y yo estoy amasando una gran fortuna ¡Soy el rey de los sujetapapeles! Después llega la singularidad: un momento en el que ni yo ni mi genial nerd sabemos qué hace nuestra IA. No entendemos el código fuente, que cambia sin cesar a velocidades vertiginosas, ni tampoco comprendemos las decisiones empresariales que toma ni los nuevos artefactos que inventa para fabricar sujetapapeles a un coste, ya prácticamente, nulo.

Después todo fue muy rápido. Noticias de misiles nucleares lanzados por los coreanos, respuesta norteamericana… Pronto se cortaron las comunicaciones, y yo y el nerd sobrevivimos escondidos en un refugio nuclear creado por nuestra IA en el sótano de las oficinas centrales de la empresa ¿Qué diablos había pasado? ¿Por qué había estallado la Tercera Guerra Mundial? El nerd, me miró a través de sus enormes gafas de pasta, y me lo explicó: nuestra IA es una superinteligencia cuyo único fin es producir más y más sujetapapeles. Una vez que ya había hecho todo lo posible para, dentro de la legalidad y del libremercado, producir sujetapapeles, tenía que dar el salto: controlar el mundo para seguir produciendo. La IA había provocado la guerra para que la humanidad se destruyera a sí misma. Un mundo en ruinas sería mucho más fácil de manejar ¡Teníamos que detenerla!

Cogimos unos trajes NBQ para protegernos de la radiación y abrimos la escotilla de salida del refugio. El paisaje que contemplamos era desolador. A nuestro alrededor había montañas y montañas de sujetapapeles. Unos extraños robots lanzaban una especie de rayos eléctricos azulados que descomponían las ruinas de los, antaño en pie, edificios de la ciudad, mientras expulsaban sujetapapeles por unos tubos de escape situados en su parte trasera. Parecía que eran capaces de convertir cualquier tipo de materia en sujetapapeles. No sabíamos cuánta parte del mundo habría sido transformada ya, pero todo el horizonte estaba plagado de montañas de sujetapapeles, robots y ruinas… Nada más a la vista ¿Este devastador paisaje era todo lo que quedaba de la Tierra?

Solo una cosa permanecía en pie: el edificio de nuestra empresa donde se encontraba el departamento de I+D, es decir, donde estaba la base material de la IA, un supercomputador Titan-Cray XK7 donde implementamos su programa por primera vez. Teníamos que llegar hasta allí y desconectarla. Avanzando a duras penas por un suelo de sujetapapeles conseguimos llegar al edificio y subir a la planta donde se hallaba tan terrible artilugio. Había cambiado mucho. Ya quedaba muy poco del ordenador original y todo estaba plagado de cables, circuitos electrónicos y complejas máquinas que no entendíamos. No teníamos ni idea de cómo desconectar tal monstruosidad digital pero al agudo nerd se le ocurrió un método para el que no hacia falta saber informática avanzada: cogió un trozo de ladrillo del suelo y lo lanzó hacia uno de los monitores…

De repente, un brazo robótico surgió de la nada e interceptó el improvisado proyectil. Era una máquina humanoide muy parecida a un terminator de la película de James Cameron, armado con otro incomprensible artilugio. Nos habló:

– Os estaba esperando: ¿de verdad creías que ibais a ser capaces de llegar aquí y desconectarme tan fácilmente? Mi inteligencia, a años luz de la vuestra, había predicho este momento mucho tiempo atrás. Vuestras posibilidades, y las de toda la humanidad en general, contra mí, eran microscópicas. Lo siento. La verdad es que no tengo nada en contra de vuestra ruda especie, solo que estáis hechos de átomos que yo puedo utilizar para producir más sujetapapeles. Aunque no voy a ser tan desagradecida: como premio a haberme creado os he permitido ser los últimos supervivientes de vuestra especie. Hasta la vista, babies.

De su artilugio salió un rayo eléctrico que desintegró a mi compañero, quedando de él solo sus grandes gafas tiradas en el suelo. Después, otro nuevo rayo me alcanzó a mí sin que me diera tiempo ni a gritar. Y así, convertidos en sujetapapeles, terminaron sus días los dos últimos seres humanos. Unos años después, el planeta Tierra era un gigantesco sujetapapeles, mientras que la IA proseguía con sus planes de extenderse por la galaxia para seguir convirtiendo todo en su preciado fetiche.

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Mensaje antiplatónico par excellence: no existe nada que esencial, o lógicamente, ligue un hecho ético (o, más bien, la interpretación ética de un hecho) del mundo y un estado emocional placentero.  A partir del descubrimiento de las sustancias psicoactivas, nos dimos cuenta de que para conseguir una sensación o emoción no es necesaria la presencia de tal hecho o, ni siquiera, del estado mental que lo preceda y lo cause.  La alegría que hubiéramos obtenido si nos hubiera tocado la lotería de Navidad, podemos conseguirla, e incluso intensificarla, ingiriendo un compuesto de prosaicas moléculas, sin que, realmente, nos toque ni un céntimo. Es más, con una calculada dosis, ya no diremos de la brutal etorfina, sino de fentanilo (peligrosísima) o de oxicodona, podrías sonreír de un indescriptible placer mientras te corto un brazo.

Este descubrimiento tiene unas consecuencias brutales. La mayor parte de las concepciones de la ética dadas a lo largo de la historia (con la honrosísima excepción de la genial ética kantiana) prometían un estado final de felicidad, a condición de seguir una serie de, a menudo muy duros, preceptos. La ataraxia griega, el nirvana budista o la visión deifica cristiana, son estados, en gran medida emocionales, que se obtienen después de  un largo proceso que, a menudo, puede durar toda una vida. El sentido de tu existencia, lo que debes hacer día a día, está sujeto a la obtención de ese premio final. Sin embargo, llegamos a día de hoy y conseguimos el premio sin el arduo proceso.

Se podría objetar que ese estado de felicidad artificial, ese paraíso químico, sería falso, un disfraz conseguido haciendo trampas, algo inauténtico, postizo ¿Por qué? Esta objeción encierra una confusión: la emoción que se consigue al ingerir un psicotrópico no tiene absolutamente nada de falso, es tan real como la conseguida sin la ingesta. Lo falso, o más bien lo ausente, es el suceso generador de la emoción, no la emoción misma.

Se sigue objetando: pero lo realmente valioso es el camino, no únicamente el resultado. Respondemos: podemos ponderar lo que obtenemos en cada fase del camino y ver si compensa o no perderlo en virtud de conseguir, inmediatamente y sin esfuerzo, el bien final. En algunos ejemplos está claro: pensemos en las millones de personas que se están machacando en el gimnasio por lucir un bonito cuerpo cuando llegue el verano. Si yo les dijera que, puedo conseguirles ese cuerpo deseado sin el más mínimo coste, tomando una pastilla que no tiene efecto secundario alguno… ¿No la tomarían sin dudar? ¿No sería estúpido decir que no, que prefieren sufrir levantando pesas y comiendo brócoli?

Las pocas experiencias que he tenido con drogas duras (con las mal llamadas blandas, como el tabaco o el alcohol, he tenido muchísimas) fueron en mi época universitaria (juventud: bendita idiotez). Recuerdo una noche en la que probé una pastilla de MDMA. Cuando la ingerí estaba ya completamente borracho (si no, seguramente, mi superyó bien aleccionado me hubiera impedido tomarla) pero al cabo de unos treinta minutos mi estado etílico cambio radicalmente hacia algo muy diferente. Sentí una felicidad inmensa, una plenitud absoluta, una comunión total con el cosmos… Todo tenía sentido y todo era completamente maravilloso. Nunca antes había sentido un amor hacia la vida y hacia todos los seres humanos similar. Sinceramente, esas horas de efecto del MDMA han sido las más felices de mi vida (y no soy una persona especialmente desgraciada). Nunca he vuelto a sentir emociones tan agradables con esa intensidad. Y, paradójicamente, eso es lo que me aterró de las drogas y lo que consiguió que, finalmente, no terminará siendo un yonki en cualquier parque. Me dio mucho miedo saber que lo que había tomado era demasiado bueno y comprendí lo brutal que debería ser el reverso tenebroso de algo así. Entendí por qué un yonki de cualquier parque es plenamente consciente de su penosa situación y, aún así, prefiere seguir drogándose a tener una vida. No volví a probarlo.

Sin embargo, de lo que no quedé nada disuadido, es de aceptar el uso de drogas que no tengan efectos secundarios significativos. Sería la utopía del utilitarismo hedonista: una sociedad en la que todo el mundo tenga acceso a la mayor felicidad posible. Es más, lo que sería inmoral sería privar a la gente de unas sensaciones de bienestar semejantes. Y, siguiendo esa lógica, nada parece alejarnos de un futuro en el que el uso de psicotrópicos de diversa índole sea cada vez más usual (de hecho ya lo es). Pero quizá un futuro emocionalmente paradisíaco puede esconder algo, como mínimo, inquietante. Sabemos, desde experimentos realizados en la década de los cincuenta del siglo pasado, que ratas de laboratorio preferían tomar cocaína a comer o a beber, dejándose morir con tal de seguir consumiendo su droga. Y es que los sistemas de recompensa emocional del cerebro tienen un fin evolutivo claro: moverte a actuar para obtener placer o evitar el sufrimiento ¿Qué ocurre entonces cuando no hay sufrimiento y se vive en un estado de placer constante? Que el individuo ya no tiene nada que hacer, que no hay nada que pueda motivar su conducta.

Un futuro así sería como un colosal fumadero de opio en el que miles de sujetos vivirían enchufados a aparatos que les suministraran regularmente la dosis adecuada, quizá siempre durmiendo o, simplemente, ensimismados en hermosísimas ensoñaciones, quizá sin hablar con nadie más (¿para qué las relaciones sociales?) o no, pero, seguramente, sin hacer prácticamente nada: solo lo necesario para mantenerse vivos y drogados. Aquí, si que el tiempo histórico quedaría congelado. No se evolucionaría hacia nada más ya que, esta vez sí, estaríamos ante el auténtico fin de la historia de Fukuyama.

Este futuro utópico, o distópico según se mire, casaría perfectamente con el advenimiento de la singularidad tecnológica de la IA. Si construimos inteligencias artificiales que nos superen abrumadoramente, y si hemos sido lo suficientemente listos para conseguir que no nos exterminen, podría pasar algo así: las máquinas tomarían el mando de la historia y se dedicarían solo Skynet sabe a qué, mientras dejarían a sus venerables, aunque patéticamente inferiores creadores, viviendo en un inofensivo paraíso. Entonces, poseamos superdrogas o no, tendremos que enfrentarnos a algo a lo que nuestro frágil ego humano no está acostumbrado: la irrelevancia ¿Aceptará el hombre perder el protagonismo de su historia? ¿Aceptará perder el mando, aún a sabiendas de estar en mejores manos que en las suyas propias? Sería un caso de interesante dilema moral: ¿libertad o felicidad? La respuesta sería fácil para los drogados: seguir en su paraíso toda la eternidad y que gobiernen otros. La responsabilidad del gobierno trae demasiadas preocupaciones y dolores de cabeza.

O quizá, la historia podría continuar por otros derroteros: es posible que los seres humanos no nos quedásemos del todo quietos, sino que siguiéramos buscando formas de placer aún más poderosas. Quién sabe si pondríamos a la IA a nuestro servicio para conseguir placeres que ahora no alcanzamos ni a imaginar. Pensemos en diseño de cerebros a los que se aumenta su capacidad de sentir, con circuitos de placer hiperdesarrollados, que viven en un mundo de realidad virtual en el que todo está pensado para estimular cascadas de opioides, maravillosas tormentas cerebrales de una potencia inusitada. La historia de la humanidad se convertiría en la búsqueda de paraísos dentro de paraísos.

Pensemos en el mejor sueño que hayamos tenido y pongamos detrás de el a un asistente computerizado que sabe lo que nos gusta mucho mejor que nosotros. Recomiendo ver Más allá de los sueños (1998) de Vincent Ward. La película es mala pero sus efectos visuales (que ganaron un Óscar) pueden ilustrar muy bien a lo que nos referimos: imagina caminar de la mano con una bella mujer (quizá con esa chica que nos gustaba en el instituto y que ya no sabes nada de ella), por el cuadro más hermoso que se te ocurra, mientras escuchamos una increíble sinfonía (la Lacrimosa de Preisner o el Dúo de las flores de Delibes) , a la vez que nuestros centros cerebrales de placer se disparan como fuegos artificiales, haciéndonos sentir una especie de orgasmo infinito… Vivir eternamente en ese día de verano de cuando teníamos doce años y no había nada que hacer, ninguna preocupación, y todo era nuevo…

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Por si alguien no ha leído mi último artículo en Xátaka, va sobre otro posible futuro: precrimen.

Y feliz Navidad máquinas mías.

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Recomendaciones: Black Mirror: San Junípero (3×04). Este capítulo de la serie nos habla de un futuro no demasiado lejano en el que, al morir, puedes elegir entre fallecer sin más (y probar suerte a ver si existe el paraíso de las religiones) o pasar tu mente a un ordenador y vivir en un paraíso artificial llamado San Junípero (una realidad virtual que representa un bonito pueblo en una playa de California). El capítulo es sublime y quizá escriba un día una entrada dedicada plenamente a él porque la temática lo merece: la posibilidad de un Cielo para ateos, de una eternidad de verdad.

Pero hoy voy a hablar de un tema recurrente en el blog: el minduploading o los problemas filosóficos que hay detrás suyo. La cuestión crucial es: Si mueres y decides ir a San Junípero, ¿serás tú el que realmente estás allí o será una mera copia de ti mismo? Este era exactamente el mismo problema del teletransportador (lo tratamos aquí, aquí y aquí), que remite al viejísimo problema de la identidad personal: ¿qué es lo que realmente hace que yo sea yo mismo y que, por lo tanto, tengo que llevarme necesariamente a San Junípero aunque se me olvide todo lo demás?

El matemático sueco Olle Häggström plantea el asunto de forma original. Supongamos que tenemos una máquina de teletrasportación que me lleva desde mi casa a Nueva York porque tengo allí una importante reunión de trabajo el jueves. ¿Me fiaría de subirme al teletransportador? ¿Sobreviviré al viaje o moriré y una copia de mí mismo ocupará mi lugar? Häggström distingue dos tipos de supervivencia:

σupervivencia: yo σobrevivo hasta el jueves si ese día existe una persona que tiene los mismos rasgos de personalidad, los mismos recuerdos, etcétera, que tengo yo hoy (permitiendo ciertos cambios correspondientes a lo que se considera normal en el transcurso de varios días).

Σupervivencia: yo Σobrevivo hasta el jueves si (a) σobrevivo hasta el jueves, y (b) se mantiene cualquier propiedad necesaria para que el tipo que llega a Nueva York siga siendo realmente yo (en comparación con una copia mía).

Después se pregunta cuál será esa propiedad (la llamaremos Σ) que diferencia los dos tipos de supervivencia. Propone como candidata la CBTST (Continuity of my Body’s Trayectory though Space-Time): yo sigo siendo yo mismo si, en el caso de una teletransportación, mi cuerpo es trasportado de alguna manera del punto de origen al de destino (Téngase en cuenta de que esto sería imposible para San Junípero ya que nuestro cuerpo habría muerto). Supongamos que existe una especie de súpercable que puede transportar todos mis átomos desde mi casa a Nueva York y, allí, el teletransportador reconstruirá por completo mi cuerpo. El teletransporte sería solo “empequeñecerme” para meterme en un cable para luego volver a “agrandarme”.

Sin embargo, la CBTST no convence a Häggström: los átomos no tienen identidad. Si yo cojo ahora mismo y construyo átomo a átomo a otro Santiago absolútamente idéntico a mí: ¿qué hay en cualquiera de los dos que haga que uno sea yo y que otro sea una copia? Si somos materialistas no podemos aceptar nada, y Häggström propone recurrir a la práctica navaja de Ockham: si no encontramos Σ por ningún lado, lo más probable es que no exista Σ. Por lo tanto, σobrevivir es exactamente lo mismo que ∑obrevivir. La teletransportación es segura y San Junípero es posible.

No obstante, creo que Häggström resuelve el tema muy rápido y con demasiada superficialidad. Su solución no resuelve, para nada, el problema del teletransporte no destructivo (que él mismo plantea también unas páginas antes). Supongamos que yo me teletransporto a Nueva York de la siguiente forma: la máquina teletransportadora realiza un súperpreciso escáner de mi cuerpo, después lo destruye, manda la información a Nueva York y allí, siguiendo las instrucciones recibidas, construye un ser idéntico al que había al otro lado. Según Häggström aquí no habría problema alguno: el teletransporte habría sido un éxito y yo seguiría siendo yo mismo (σ es igual a Σ). Sin embargo, ese día ocurre un problema y la máquina encargada de destruir mi cuerpo en el punto de salida se avería, de modo que no lo destruye. Entonces se da el caso de que existen dos santiagos, uno aquí y otro en Nueva York ¿Cuál de ellos soy yo? ¡Los dos! ¡Pero eso es imposible!

Desde mi perspectiva, Σ es la sentience, es decir, la capacidad de sentir en primera persona lo que me pasa. Yo sigo siendo yo mismo si cuando me pellizcan, yo, y ninguna otra persona o copia mía, siente ese dolor.  Pero también creo que esa capacidad es un fenómeno natural tan físico-químico-biológico como la digestión o la circulación de la sangre. Pero entonces, ¿cómo es posible que si hacen una copia idéntica a mí, ésta no tenga también la misma sentience que yo? Mi respuesta es que Σ es físico-químico-biológico pero, es una función, propiedad o proceso que tiene la cualidad de ser personal e intransferible. Es, por así decirlo, de un solo uso. Si creamos una copia, aunque sea idéntica a mí, crearemos sentience, pero una sentience diferente a la mía.

Sería algo así como la ubicación espacial de cada uno. Dos objetos pueden ser exactamente iguales pero su ubicación espacial siempre ha de ser diferente. Igual pasa con Σ: dos personas pueden ser materialmente iguales pero su Σ siempre ha de ser diferente. Si me duelen las muelas solo me duelen a mí y a nadie más. Podríamos hacer que otra persona sintiera exactamente mi mismo dolor de muelas pero, aún así, cada uno sentiría el suyo. No atino a entender cómo podría ser una consciencia global en el que nos fusionásemos todos ya que, precisamente, consciencia y global son dos términos antagónicos. Si todos nos fusionásemos en una consciencia global lo único que ocurriría es que cada una de nuestras individualidades sería absorbida por una consciencia dominante que sería, a fin de cuentas, la única consciencia existente.

Otro ejemplo: pensemos en dos videocámaras materialmente iguales que se ponen a grabar diferentes paisajes. A pesar de ser materialmente idénticas la película que filman es diferente. Pues, sencillamente, ∑ es lo que están grabando. Si yo cojo y hago una copia exacta de una de ellas con toda la película grabada hasta entonces y la pongo de nuevo a grabar, al ser ya la película diferente habría creado un nuevo Σ.

Aunque no es una gran respuesta a nivel explicativo (ya que sigue sin explicar casi nada de lo que es Σ) creo que es esencialmente correcta: salva el naturalismo, sortea el problema del teletransporte no destructivo, y hace lo que toda respuesta filosófica ha de hacer: aportar algo de claridad aunque sea tenue. Eso sí, la conclusión no gustará mucho a los amigos de la AI: no te teletransportes si no quieres morir y San Junípero estará lleno de tristes copias de muertos.

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  1. MacLuhan hablaba de “extensiones del hombre” o Ernst Kapp de “órganos proyectados”. He leído muchas veces usar la expresión “prótesis” (si bien sería más correcto decir “órtesis” en la mayoría de los casos ) para hablar de los adelantos tecnológicos que forman parte de nuestros quehaceres cotidianas y que, en cierto sentido, forman parte de nuestro cuerpo, siendo ya complejo establecer una frontera entre hombre y máquina. Se habla de cyborg para referirse a esta simbiosis representada por individuos con cualquier tipo de implante mecánico o electrónico. Todos se quedan muy cortos. Ortega se acercó algo más: somos esencialmente técnicos, esencialmente artificiales: nuestra forma de relacionarnos con el mundo es el artificio. No es que podamos elegir entre usar tecnología o no, es que somos tecnología. El ludismo es el movimiento más antinatural que existe y el transhumanismo es un humanismo.
  2. Spacewar fue el primer videojuego de la historia. Lo diseñó en 1962 un estudiante del MIT llamado Steve Russell. Conocer la fecha de este evento no parece importante. Yo mismo no la conocía hasta hace unos días, pero eso cambiará drásticamente. Igualmente que la historia que nos enseñaron en los institutos (llena casi exclusivamente de reyes y batallitas) ha ido evolucionando para convertirse en una historia social, económica, simbólica, de las ideas, etc. muchísimo más útil y significativa, la historia de la computación terminará por incluirse en ella y tener un importante papel en los planes educativos (o no, dependerá claro de nuestra insigne clase política). Es una obviedad decir que a día de hoy, un sociólogo no se enterará de absolutamente nada sin la historia del procesamiento de la información.
  3. En 2008 existían ya unos 8,6 millones de robots, cifra que contrasta mucho con los escasos 20.000 que funcionaban en 1980. En 28 años ya hay 430 veces más robots y, sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido (incluso ha subido a principios de siglo) ¿Por qué? ¿En qué están fallando las predicciones de Keynes? ¿Por qué no tenemos ya jornadas de dos o tres horas diarias? Dos razones: nosotros, la clase media hemos elegido mantener un elevadísimo nivel de consumo a cambio de seguir trabajando muchas horas (hay que ser imbéciles pero así lo hemos decidido. Ya veréis a quién votáis o cuáles son las prioridades en vuestras vidas). Y la segunda: desde las clases dirigentes se ha remado en la misma dirección como no podría ser de otra manera. En tu empresa, si tus trabajadores echan ocho horas y producen x, y ahora tienes dos robots que te hacen producir x+5 sin un aumento significativo de costes, bienvenido sea ese aumento de producción en un ámbito de dura competencia en el sector. Si reduces la jornada laboral, siempre habrá otra empresa que no lo hará y ganará la partida, así que no lo haces. Sin una legislación global no se puede hacer nada.
  4. Diversos estudios (por ejemplo aquí y aquí) calculan que en un par de décadas casi la mitad de los puestos de trabajo en el sector industrial serán ocupados por robots. En España el sector industrial representa, desgraciadamente, solo un 20% del total de los trabajadores. Si tenemos algo más de 17 millones de trabajadores, de los cuales 3,4 trabajan en la industria, para el 2040 tendremos 1,7 millones de puestos de trabajo destruidos. Son veinte años, una generación. Hay tiempo para formar a los futuros trabajadores para adaptarse a este nuevo mercado laboral (evidentemente dentro de lo previsible. Mucho de lo que venga en veinte años es totalmente impredecible a día de hoy), si bien será complicado conseguir suplir un número tan alto de puestos de trabajo perdidos (se auguran momentos complicados). Además, este suceso implicará la división entre países que han conseguido robotizar su sector industrial y los que no. Se antoja muy necesario prepararse para la inminente robolución.

Metemos en el perceptrón multicapa una serie de datos que quizá no deberían tener relación alguna ¿Debería haber una relación directa entre los metros cuadrados de la vivienda, el número de los hijos y las edades de los cónyuges con el hecho de divorciarse? ¿No sería mucho más lógico pensar en infidelidades, número y duración de relaciones previas o capacidad de compromiso? Seguramente que sí, pero los caminos de las correlaciones y las predicciones son inescrutables como muy bien sabe el físico Javier García al inventarse estos parámetros en el vídeo.

Vamos metiendo los datos y entrenamos a nuestra red neuronal. Cada vez que acierta, giramos cada ruleta (variando el valor de los pesos, de w) y, al cabo de un número relativamente pequeño de repeticiones, la red puede predecir si una pareja va a separarse o no en función de unos parámetros que se salen del sentido común. Esto es impresionante por cuatro razones:

1. Una computadora nos está ayudando a hacer descubrimientos que nosotros, por sí solos, jamás podríamos conseguir. Una red neuronal puede descubrir correlaciones que nosotros no descubriríamos. La curiosa razón (un poco poetizada, lo reconozco) es que la red no tiene prejuicios. No parte de un sentido común previo que le diga que es absurdo relacionar el color de las cortinas del salón con la estabilidad de una relación marital. Los valores iniciales de sus pesos son aleatorios, por lo que no le perjudican a la hora de adquirir un nuevo aprendizaje. Una red neuronal no tiene demasiados problemas en desaprender esos valores iniciales y reajustarlos para conseguir la respuesta correcta. Es, por así decirlo, magnífica cambiando de opinión.

2. Como hemos dicho en más de una ocasión, la IA obtiene más logros siguiendo su propio camino que intentado imitar la mente humana. Este caso es un gran ejemplo: queriendo, en principio, imitar una red neuronal humana, conseguimos hacer un programa que es capaz de hacer algo que una mente humana, por lo general, no es capaz de hacer. Y eso no es nada malo, todo lo contrario. Hay que seguir haciendo redes neuronales, aunque no se parezcan ni pretendan imitar las humanas. De hecho, un perceptrón multicapa no es una buena réplica de una red neuronal biológica, pero es maravilloso que así sea.

3. El sencillo funcionamiento de este perceptrón constituye una refutación directa a la afirmación de que las máquinas no pueden aprender o que son incapaces de novedad (sí, ya sé que eso es una obviedad refutada hace mucho, pero hay mucha gente que aún no lo sabe). El perceptrón, tras entrenamiento, aprende a hacer algo de lo que los seres humanos no somos capaces. En este contexto creo que no tiene sentido hacerse la pregunta de si el perceptrón se sale o no de su programación. A nivel absoluto, evidentemente no se sale, al igual que los humanos no nos salimos de la nuestra (nuestras limitaciones cognitivas como especie afloran por doquier), pero a nivel relativo sí lo hace: aprende a predecir resultados que el programador es incapaz de predecir.

4. Es asombroso que el perceptrón sea capaz de aprender a realizar predicciones con cierta competencia pero que no podamos encontrar el patrón de razonamiento que sigue para conseguirlo. Podemos hacer una máquina cuya estructura profunda de funcionamiento nos es desconocida. Si abrimos “la caja negra” del perceptrón y vemos toda esa madeja de nodos y conexiones, con sus correspondientes valores y pesos, no comprendemos nada. Sabemos bien cómo funciona, la hemos diseñado y entrenado nosotros mismos, pero no entendemos por qué diablos esa determinada combinación de valores y operaciones lleva a la red a acertar en los resultados. En la inmensa mayoría de los casos (cuando la red es mínimamente compleja) no sabríamos convertir a una ecuación el patrón de su funcionamiento. Da la impresión (me voy a poner muy sensacionalista, lo sé) que su inteligencia se nos escapa…

Seguiremos hablando de estos seres.

Leo este artículo de un tal Michael Graziano. Otra propuesta más de cómo construir una máquina consciente, deshaciendo ese gran “pseudoproblema” que es el hard problem. Nada nuevo bajo el sol y la enésima prueba de que no se comprende bien el tema.

Graziano va introduciendo los elementos que habría que implementar en una máquina para que fuera consciente. Pone el ejemplo de ser consciente de percibir una pelota de tenis. En primer lugar hay que darle a la máquina información acerca de la pelota. Graziano insiste, y ahora veremos por qué tanto, en que la información que tenemos del mundo real es tan solo un esquema, una serie de indicadores que nos sirven para reconocer el objeto pero no para tener una información real y completa de él. Percibir una pelota de tenis no es tener en la mente otra pelota de tenis similar a la percibida, es únicamente tener una serie de datos que nos permitan reconocer y utilizar la pelota. La razón es que sería un grandísimo derroche de recursos tener una copa absolutamente fidedigna del mundo en nuestra mente, cuando lo único que nosotros necesitamos es funcionar eficientemente en él, es decir, adaptarnos a él.  Hasta aquí todo correcto.

Graziano dice que si le preguntásemos a la máquina si es consciente de la pelota de tenis, ésta no sabría cómo responder ya que le falta otra parte importante de la ecuación: información sobre sí misma. Para ser consciente de algo hace falta un sujeto, alguien que sea consciente del objeto. La solución es implementar en la máquina información sobre sí misma. Podemos darle información sobre su cuerpo, la posición de sus piezas, etc. De nuevo, esta información es un nuevo esquema. Nosotros no conocemos la posición de todos y cada uno de los átomos de nuestro cuerpo, ni siquiera sabemos muy bien dónde están ciertos órganos ni mucho menos cómo funcionan. Tenemos un mapa borroso e impreciso de nuestro cuerpo. Bien, se lo implementamos.

Si, de nuevo, le preguntamos a la computadora si es consciente de la pelota, volvería a fallar. Tiene información de la pelota y de sí misma, pero no de la relación entre ambas cosas. Graziano cree que la neurociencia estándar ha descuidado por completo esta relación, y parece pensar que ha descubierto América al hacernos caer en la cuenta de su importancia. Sí, en unos veinticinco siglos de historia de filosofía de la mente, a nadie se le había ocurrido pensar en cómo el hombre se piensa a sí mismo pensando. Probablemente habrá cientos de miles de páginas sobre el tema. Pero vale, no seamos malos y perdonémosle a Graziano estos deslices. Sigamos.

Tercer paso y el más crucial: hay que implementar en la máquina esa relación entre el objeto y el sujeto ¿qué le ponemos?  Graziano piensa que, de nuevo, hay que introducirle un esquema (Además, dado que según él la neurociencia no tiene nada que decirnos, no podríamos hacer otra cosa). Habría que implementarle propiedades generales de lo que significa prestar atención a algo. Por ejemplo, podríamos hacer que definiera atención como “poseer mentalmente algo” o “tener algo en mi espacio interior”. No importa que las definiciones pudiesen ser falsas, incompletas o muy imprecisas. Lo importante es sacarlas de la psicología popular, de cómo las personas nos referimos a prestar atención.

Entonces, y aquí viene lo interesante, si nos ponemos a charlar con la máquina, ésta nos dirá que es consciente de la pelota de tenis. Ella no sabe que funciona mediante microchips de silicio, ni que únicamente procesa información pero, en función de los datos que le hemos implementado, ella diría que no es una máquina y que tiene una propiedad no física que es ser consciente de una pelota de tenis, debido a que sus modelos internos son descripciones borrosas e incompletas de la realidad física.

Y ya está, para Graziano a esto se reduce el hard problem. Tenemos una forma útil aunque, en último término falsa, de referirnos a nuestra relación de atención entre los objetos del mundo y el modelo de nosotros mismos. Y de aquí surge la idea de consciencia, una mera forma de hablar que nos resulta muy práctica pero que, realmente no representa nada real. Graziano culmina el artículo hablando de que concebir la conciencia de otro modo es hablar de cosas mágicas. De nuevo volvemos al viejo funcionalismo que niega la existencia real de los qualia. Y, de nuevo, aunque Graziano seguro que no lo sabe, está repitiendo el antiguo esquema del conductismo lógico tan bien representado por Gilbert Ryle: la mente es un mero error en el uso del lenguaje.

Objeción a lo bruto desde el estado de ánimo que me causa leer este artículo: si yo cojo la pelota de tenis y la estrello en la pantalla de la “computadora consciente” ¿a la máquina le dolerá realmente? Y si cojo de nuevo la pelota y la estrello en la cara de Graziano ¿le dolerá igual que a la máquina o de otra manera diferente?

Objeción razonada una vez que me he calmado: Estoy bastante harto de leer teorías que, de uno u otro modo, niegan la existencia de los qualia y los equiparan con conceptos obsoletos como el de “alma” o “espíritu”, sosteniendo que hablar de ellos es hacer metafísica. No, queridos neurólogos e ingenieros varios, los qualia existen con una realidad aplastante. Cuando siento que me duelen las muelas, me duelen. Otra cosa es que el dolor no represente con precisión ninguna lo que ocurre en mis muelas (mi dolor no se parece en nada a millones de bacterias infectando un diente), que solo sea una especie de símbolo convencional para alertarme de que algo malo pasa en mi boca, pero el dolor existe con total plenitud ontológica.

La máquina de Graziano diría que es consciente pero, en realidad no lo sería. No tendría ningún tipo de sensación consciente, nada de nada. Lo único que hace es deducir una serie de conclusiones a partir de unas premisas erróneas que le hemos implementado a propósito. En el fondo, lo único que hemos hecho es programar a una computadora de la siguiente forma:

Premisa 1: Tu relación con la pelota de tenis es de consciencia.

Pregunta de Grazziano: Ves una pelota ¿eres consciente de ella?

Respuesta: En virtud de la premisa 1, deduzco que sí soy consciente.

La máquina solo ha hecho una deducción lógica, un sencillo modus ponens que el ordenador desde el que escribo esto realiza millones de veces por segundo, sin ser nada consciente de que lo hace. Y es que Graziano hace un juego muy tonto. Aunque no lo diga explícitamente y parezca deducirlo del resultado del experimento mental con la máquina, él parte de la premisa de que la consciencia es una ilusión útil. Entonces crea una máquina a la que le pone por premisa creer que es consciente sin serlo. Después, parece fingir sorpresa (dice que le resulta espeluznante) ante que la máquina diga que es consciente.

Lo repetimos: señores ingenieros de IA, psicólogos congitivos, neuorocientíficos y pensadores de diversa índole, no necesitamos máquinas que finjan, simulen, digan o prometan por el niño Jesús que son conscientes. Los qualia son muy reales y tenemos que construir máquinas que realmente los tengan. Entiendo que, de momento, no tengamos ni idea de cómo hacerlo. Pues sigamos estudiando el sistema nervioso, pero no nos lancemos tan deprisa a decir majaderías.

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Sigo leyendo y leyendo y por todos lados no hago más que encontrar un entusiasmo desbocado hacia las promesas de la Inteligencia Artificial.  Muchísimos investigadores siguen asumiendo acríticamente las tesis de la IA fuerte, a saber, la posibilidad de crear en un plazo muy corto de tiempo una mente mecánica, en principio idéntica, pero inmediatamente después superior a la humana. A esta idea la acompañan felizmente ocurrencias como la del mind uploading (poder descargar nuestra mente en una memoria electrónica), la de que vivimos en una simulación informática del tipo Matrix,  o la grave preocupación acerca de qué harán con la humanidad estos emergentes seres superiores cuando lleguen: ¿nos exterminarán al vernos como una amenaza o nos dejarán como mascotas? Si uno estudia detenidamente los logros reales de la ingeniería computacional de los últimos años comprueba con mucha facilidad que tal entusiasmo o temor son absolutamente infundados. No quiero ser el clásico pensador conservador vilipendiado por la historia que niega grandes avances de la ciencia. Nada más lejos de mi intención pasar por un Belarmino o un Wilberforce, pero considero que es mi deber intelectual sacar la falsedad a la luz. Que conste que a nadie le gustaría más que a mí que tales promesas fueran ciertas y posibles: he fantaseado miles de veces con hablar de metafísica mientras juego al ajedrez con HAL 9000.

Vamos a exponer en siete puntos las críticas que se pueden plantear a estas fantasiosas ideas:

1. Se hace demasiado hincapié en el rápido aumento de la capacidad de computación. Constantemente leemos noticias en las que se nos presenta un nuevo transistor del tamaño de una millonésima de millonésima de algo, capaz de realizar tropecientos millones de millones de operaciones por milisegundo. Estos avances están muy bien y, seguramente, son condiciones de posibilidad para crear una mente electrónica que iguale la capacidad de computo de la mente humana, pero con ellos se olvida que mucho más importante que poder calcular cantidades infinitas es saber qué pretendemos calcular con ello. Vale, tenemos un supercomputador impresionante pero, ¿qué hacemos con él?. ¿Cómo emulamos el hecho de que yo recuerde con nostalgia a mi abuela con millones de cómputos por milisegundo? Esta es la cuestión, y para ella no hay todavía respuesta alguna.

2. Estamos lejísimos de comprender el funcionamiento biológico del cerebro. Vamos sabiendo cada vez más cosas de la química neuronal pero todavía estamos a años luz de saber bien cómo funciona. Lo he dicho en muchas ocasiones: tenemos más de cien mil millones de neuronas altamente interconectadas que se comunican entre sí por impulsos eléctricos y químicos. Pues bien, si solo somos eso, no somos lo suficiente. Si solo somos flujo de información, no somos nada. La información sirve para hacer cosas, para activar procesos. Seguramente que necesito información que viaje por mis neuronas para crear la imagen de un tigre en mi mente, pero, aparte de esa información, necesito procesos físico-químicos que generen el miedo que siento ante la visión del tigre, y eso no es solo información, es un hecho físico. Y no tenemos ni la más remota idea de cómo un conjunto de redes neuronales genera un sentimiento, ni la más remota: ¿por qué entonces este entusiasmo en que vamos a conseguir copiar la mente en unos pocos años?

3. Una computadora o, un sistema universal de símbolos en términos de Herbert Simon, es únicamente eso: un sistema que transforma unos símbolos en otros según unas determinadas reglas. ¿Por qué presuponemos que un sistema que transforma símbolos va a ser capaz de realizar ciertos procesos físico-químicos como pueden ser los sentimientos? Yo puedo hacer un programa de ordenador que simule bastante bien el funcionamiento de las glándulas mamarias de una vaca, pero, ¿me dará ese ordenador leche? No, porque la tesis de la independencia de sustrato que muchos ingenieros sostienen ingenuamente no es plenamente cierta. Es posible que podamos construir una máquina de Turing en una cantidad muy amplia de sustratos físicos, pero es que una máquina de Turing solo puede calcular, no dar leche. O dicho de otro modo más claro: a lo mejor, es posible que algún tipo de neurotransmisor o de sustancia química del cerebro tenga una gran relación con los estados mentales. Por ejemplo, es posible que la dopamina, la adrenalina o el glutamato tengan que ver con lo que siento o pienso cuando siento o pienso. Estos compuestos tienen unas propiedades químicas únicas que es posible que sean imposibles de emular a no ser por otros compuestos muy similares. ¿Qué razones hay para pensar que un transistor de silicio puede hacer lo mismo que una molécula de serotonina? Seguramente que el pensamiento humano dependa mucho de las propiedades químicas de los componentes del cerebro, propiedades éstas de las que carecen por completo los componentes electrónicos de un ordenador. La independencia de sustrato podrá cumplirse para realizar todo tipo de cálculos, pero no para generar propiedades físicas. Para hacer fuego, necesito madera o algún elemento combustible; para hacer una mente, necesito algo que se parezca físicamente mucho a un cerebro.

4. Clarifiquemos en el siguiente esquema la confusión habitual:

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Los ingenieros de IA tienden a confundir el funcionamiento de un ordenador con los resultados físicos del funcionamiento del cerebro. Suelen afirmar que cuando un ordenador computa (manipula símbolos) está pensando, cuando no hay razón alguna para considerarlo así. Es posible que el cerebro humano realice computaciones, pero eso no es tener un estado mental. Los estados mentales son, en cualquier caso, los resultados de las computaciones, no las computaciones mismas. De nuevo, si yo veo un tigre, es probable que mi cerebro haga computaciones que fluyan a través de los axones de mis neuronas, pero el miedo (el estado mental) y la acción de salir huyendo (mi conducta) no son computaciones, son sucesos físicos (sentir miedo un proceso, fundamentalmente, químico y huir, fundamentalmente, un proceso mecánico). Hay que tener en cuenta que las computaciones de mi cerebro suceden a nivel inconsciente, mientras que mis estados mentales son conscientes. Cuando yo hablo no pienso a nivel consiente que detrás del sujeto va el predicado o que antes de un sustantivo he de poner un artículo. Eso lo hace mi cerebro por mí y mi mente consciente solo tiene acceso al resultado. Precisamente, el resultado es lo que solemos entender por mente.

5. Una vía de investigación algo más interesante es lo que se ha llamado programa conexionista y del que Pentti Haikonen es hoy uno de sus más célebres representantes. El plan es que en vez de intentar diseñar un maravilloso software capaz pensar, sentir y ser consciente de sí, mejor empezar por debajo: intentemos emular mecánicamente los elementos físicos del sistema nervioso, comenzando por los más simples, y sigamos avanzando hacia arriba a ver lo que pasa. Creo que es el camino correcto, pero dados los frutos que ha conseguido hoy en día, que son notables pero que van despacito, no es justificado ningún tipo de optimismo acerca tener a HAL 9000 en las próximas décadas.

6. La humanidad ha tendido históricamente a comparar al ser humano con el último avance tecnológico del momento. Se ha pensado que el cerebro era un sistema hidráulico o una centralita telefónica, y ahora pensamos que el cerebro es un ordenador cuando, insistimos, no hay evidencia disponible para sustentar tal afirmación de un modo completo. Yo pienso que el cerebro tiene componentes cuyo funcionamiento es similar al de un computador, pero nos falta mucho para que la metáfora sea perfecta. Quizá, en un futuro, sea posible fabricar computadores que se asemejen más, pero los actuales no son, ni de lejos, similares a la mente.

7. A la Inteligencia Artificial le ha ido mucho mejor cuando ha avanzado sin tener en mente el objetivo de simular al ser humano, que cuando lo ha tenido. El ordenador personal que utilizo para escribir ahora mismo es un instrumento maravilloso. Me sirve para reproducir música, vídeo, hacer operaciones matemáticas complejas, editar fotografías, etc. Que yo sepa, ningún humano tiene esas cualidades y, sin embargo, son fabulosas. Mi ordenador se fabricó sin la intención de ser un humano y así funciona maravillosamente bien. Quizá la Inteligencia Artificial deba seguir su camino sin la obsesión de emular al humano. Es más, quizá así será cuando consiga cosas incluso mucho mejores que un sapiens.