Diálogo para esencialistas

Publicado: 22 junio 2015 en Teoría del conocimiento
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– Tío, Nuria me ha dejado. Estoy hecho polvo.

– Lo siento macho ¿Y cuándo ha sido?

– El sábado quedó conmigo y me lo dijo. Me dijo que se acabó para siempre.

– ¿Y por qué te ha dejado?

– Las tías son todas unas superficiales. Me dijo que ya no le gustaba. Que no le atraía físicamente, que estoy gordo y me estoy quedando calvo…

– Hombre, la verdad es que te estás descuidando bastante.

– Ya sí, pero lo valioso de una persona está en el interior. Fijarte solo en el físico es de ser una superficial de mucho cuidado.

– ¿Y qué más te dijo?

– Que le parecía un ignorante y un vago ¡Ya ves que estupideces!

– Bueno Paco, culto, culto… no eres. Yo solo te he visto con el Marca y solo te lees los titulares. Y trabajador… llevas años parado sin hacer nada.

– Sí, pero eso no es lo importante. No todos vamos a ser profesores universitarios. Me gusta vivir tranquilo sin que abuse de mí un empresario explotador. Nuria solo ha visto eso y no ha sabido mirar dentro de mí. Y  luego que si no soy gracioso ni detallista ni elegante ni educado… ¡Me ha hecho menudo retrato!

– No quiero ofenderte Paco, pero es que tampoco has tenido ni un detalle con ella en ocho años. Y tampoco eres el rey de la fiesta. Estás todo el día viendo fútbol y enganchado a Internet. A lo mejor sí que has descuidado un poco la relación…

– Joder Luis ¿Tú también? Lo realmente importante, lo que tiene valor de verdad, es lo que auténticamente somos, nuestro ser. Lo demás va y viene, es efímero, es solo superficie.

– Vaya Paco, te has vuelto muy filósofo. Pero recapacita: eres feo, gordo, calvo, ignorante, vago, no tienes gracia, ni detalles, eres maleducado y poco elegante en el vestir ¿Qué crees que podías ofrecer a Nuria para que te quisiera?

– Macho Pedro, pues lo esencial, mi maravilloso yo interior.

1. Cuando mantenemos relaciones sexuales liberamos gran cantidad de oxitocina, una hormona y neuropéptido relacionado con los sentimientos de afiliación. Es muy posible que el enamoramiento en el sentido que querer mantener una pareja estable y duradera esté provocado por la oxitocina. Ya está, el amor (o, al menos, cierta parte o perspectiva de él) es tratable científicamente. Supongamos que inventamos un fármaco que pueda bloquear la captación neuronal de oxitocina. Te ha dejado tu mujer y estás hecho polvo. No importa, tenemos la cura. O, pensemos en el caso inverso: el elixir del amor. Unas gotas de este fármaco en tu desodorante y ninguna chica querrá separarse de tu lado. El caso es que ya existe y se vende por Internet. Dudo mucho que funcione, pero de lo que no me cabe duda es de que estamos entrando en la era del control químico de la conducta. Supongamos que el spray funciona y yo me ligo a una chica mediante él ¿Ella no podría denunciar que ha sido manipulada para estar conmigo? ¿No podría aducir que he hecho casi lo mismo que si la hubiera dormido con cloroformo para aprovecharme de ella? Las repercusiones éticas de la utilización de fármacos que alteran nuestra mente va a ser un tema importante de reflexión en los próximos años.

2. La neurocientífica del MIT Rebecca Saxe afirma que el 90% de los papers publicados basados en resonancias magnéticas funcionales son dudosos (pocas muestras, escaso rigor, condiciones experimentales erróneas…), sobre todo los referidos a la corteza prefrontal, donde se dan gran cantidad de acciones entremezcladas. Fíate tu de la divulgación posterior…

3. Neolarmackismo. “Los caracteres adquiridos no se heredan” era un dogma del neodarwinismo que parece derrumbarse a pasos acelerados. El mismo Darwin vivió y murió siendo un lamarckista porque entre su teoría de la selección natural y las leyes de Lamarck no hay contradicción alguna. Pero fue a finales del XIX cuando August Weissmann realizó una serie de experimentos en los que cortaba sistemáticamente el rabo a varias generaciones de ratones. Si Lamarck tenía razón, al cabo de unas cuantas, comenzarían a nacer ratones con el rabo más corto. Sin embargo, esto no ocurría, por lo que se consideró que Lamarck quedaba definitivamente refutado. El darwinismo salió triunfante, mas cuando encajaba perfectamente con la nueva genética mendeliana y los genes, eso creíamos, no se alteraban por ningún agente ambiental. Entonces llegó la epigenética que, en principio, no tenía nada que decir a favor de Lamarck; solo afirmaba que hay factores ambientales que son capaces de regular la expresión génica y, en principio, no se heredaban. Se rompía con la idea de que la expresión de tus genes era insensible al exterior durante tu vida, pero se seguía pensando que esto no afectaba a tus hijos. Y aquí llegó lo gordo: recientes experimentos con ratones agouti muestran que alimentándolos con alimentos ricos en grupos metilo, no solo cambia su coloración, sino que su crías nacen con ese nuevo color. El proceso de metilación del ADN puede alcanzar las células germinales y, en consecuencia, hay cambios epigenéticos heredables: ¡Lamarckismo en toda regla! De momento, sabemos muy poco (este campo lleva menos de 15 años estudiándose) pero, presumiblemente en poco tiempo, comenzaremos a conocer qué factores son heredables y en función de qué. Y es que a mí de siempre me parecía algo muy obvio. La selección natural es demasiado lenta… ¿no parecía muy lógico que apareciera algún organismo capaz de hacer que su genoma aprendiera del entorno y poder transmitirlo a su descendencia? Es una excelente estrategia evolutiva tan evidente que parecía absurdo que ningún organismo hubiera evolucionado hacia ella.

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4. Metagenómica. Para saber qué especies de microorganismos proliferaban en un determinado ecosistema, se cogía una muestra y, se la aislaba y cultivaba en una placa de Petri. El problema era que, al cambiar de su entorno natural a las bacterias a la placa, unas se desarrollaban y otras no. El resultado era muy pobre ya que solo un 5% del ecosistema conseguía replicarse. Pero llegó la metagenómica con sus potentes (y cada vez más baratos) sistemas computerizados de secuenciación de genomas y la historia cambió radicalmente: ahora ya no hace falta aislar y cultivar una muestra, sino que, sencillamente, se analiza con estas potentes herramientas y, en muy poco tiempo, conseguimos tener el genoma de todos los microorganismos que allí habitan. Las posibilidades que se abren son enormes: ahora podemos tener, con un detalle inimaginable años antes, un conocimiento profundísimo de cualquier ecosistema por muy pequeño que sea. La metagenómica se ha empezado a aplicar al ser humano y sus primeros descubrimientos son ya revolucionarios: por cada célula eucariota que forma tu organismo, tienes diez veces más bacterias habitándolo (el 90%). Esta concepción ingenua de que las bacterias son “invasores nocivos” de nuestro cuerpo salta completamente en pedazos. Las bacterias pasan a ser el componente esencial de nuestra fisionomía, teniendo funciones tan importantes como las que realiza cualquier célula tradicional. Por ejemplo, según la investigadora Julie Segre, las cerca de un millón de bacterias por centímetro cuadrado que viven en la dermis de tu piel, degradan aceite para humedecerte, controlan el pH o te defienden de otras comunidades patógenas.

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5. Trasferencia horizontal de genes. Estábamos muy acostumbrados a que la única forma de que mis genes pasen a la siguiente generación era la reproducción. Sea sexual o asexual, lo normal parecía que mis genes solo pasan a otro organismo si éste es un descendiente mío. De nuevo el mundo de los microorganismos: allí es muchísimo más común la trasferencia horizontal de genes que la vertical. Bacterias y virus se pasan cadenas de ADN y ARN como si se cambiasen cromos. Esto impide una clasificación de especies a modo del clásico árbol darwiniano (aparte de complicar bastante cualquier tipo de clasificación). No se ve el típico esquema en el que una especie pasa a otra recorriendo varios tipos intermedios. La relación no es jerárquica, sino que una especie pasa genoma a otra para luego, varias generaciones más adelante, cogerle un trozo de ADN a la misma. El árbol de la vida va dejando de ser un conjunto de ramas que se alejan de su origen para asemejarse más a una enmarañada red.

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6. Y aún más sorprendente (o no tanto). La trasferencia horizontal de genes no solo afecta a virus y bacterias que, como hemos dicho, nos constituyen, sino al mismo ADN humano. Se han datado casos de bacterias que incrustan su ADN en el ADN de la célula huésped de modo que ella lo incorpora con normalidad a su funcionamiento (de nuevo epigenética). Pero, además, si uno de esos microorganismos alcanzara nuestras células germinales, su ADN se heredaría y formaría parte de la especie de modo indefinido. De hecho ya se ha encontrado dentro del genoma humano restos de ADN vírico que, además, cumplen importantes funciones (la capacidad de desarrollo de células madre nada menos) ¿Cuántas veces habrá ocurrido en la historia de nuestra especie la transferencia de ADN vírico? La historia del ser humano se hace, de nuevo, más compleja si cabe.

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El stablishment de lo políticamente correcto tiene tres pilares: machismo, homofobia y racismo. Con independencia de toda tu carrera, de todos tus logros y servicios a la comunidad, si en algún momento dices algo que te haga sospechoso de ser machista, homófobo o racista, seras unánimemente condenado a linchamiento y escarnio público, además de perder tu puesto de trabajo. Así son las reglas: un tweet, un mal comentario con micrófono abierto, o un chiste estúpido contado donde haya cámaras o algún periodista atento y ya está, todo lo bueno que hayas hecho hasta el momento se va por el retrete.

Es el caso del septuagenario Premio Nobel Sir Tim Hunt. En una conferencia científica en Corea del Sur, en tono jocoso e irónico, dice una serie de sandeces acerca de las relaciones entre hombres y mujeres en los laboratorios.  Sí, sandeces en un tono totalmente machista y que ni siquiera son graciosas. Automáticamente hay una explosión de críticas en las redes sociales (hasta con campaña de científicas “perturbadoramente sexys” incluida) . Poco después es expulsado fulminantemente de su cargo honorario en el University College of London (donde había trabajado casi veinte años). La Universidad, con un pánico atroz, sale corriendo a decir públicamente que fue la primera en aceptar mujeres en las mismas condiciones que a hombres. También lo cesan del Consejo Europeo de Investigación, con el que llevaba también años colaborando. En fin, la brillante carrera de un Premio Nobel al retrete. De nada ha valido que su mujer, la prestigiosa inmunóloga Mary Collins, que trabaja en la misma universidad, sea feminista y haya declarado que su marido no es machista, ya que si fuera así no estaría casada con él.

Entendemos que si tienes un cargo de responsabilidad pública has de ser prudente con lo que dices. Y que si eres un poco inteligente deberías saber de antemano lo que puede costarte un comentario machista. Tim Hunt ha pecado de una ingenuidad asombrosa. Pero, lo profundo del tema está en pensar sobre qué tipo de declaraciones pueden costarte tu carrera y el porqué de ellas. Un poderoso político puede negar, tranquilamente, el cambio climático (y actuar en consecuencia) sin que le pase absolutamente nada, con las terribles consecuencias para el mundo que pueden tener esas declaraciones. Sin embargo, a un Premio Nobel de setenta y dos años que  hace unas “gracietas” machistas, lo linchamos públicamente y lo echamos de su trabajo ¿Por qué? Porque al igual que existen lobbies empresariales, existen lobbies de lo políticamente correcto. Y este es el caso de determinado tipo de feminismo. Todos estamos de acuerdo en la desigualdad a todos los niveles que ha sufrido y sigue sufriendo la mujer, lo cual hace que el machismo no sea un tema para tomarse demasiado a broma. Sin embargo, no hay que sacar las cosas de tiesto, y no hay que consentir  que el poder de una ideología, por muy buena causa que defienda, esté tan por encima de la ciencia. Echar a Tim Hunt de la comunidad científica nos ha privado de todas las aportaciones que este gran científico pudiese seguir haciendo a la ciencia (y, en consecuencia, a la humanidad). Además, estamos diciendo que realizar unos estúpidos comentarios machistas (no hacen falta ni si quiera pruebas de que realmente se es machista) está por encima de ganar un Premio Nobel (de toda una vida dedicada a la ciencia) y, lo que me parece aún más grave, que merece un castigo desproporcionado. Para mí, sinceramente, con un tirón de orejas (que la universidad le hubiera obligado a colaborar durante un tiempo con una fundación defensora de los derechos de la mujer, por ejemplo) y una disculpa pública seria, hubiera sido más que suficiente. Algo va mal en una sociedad que trata así a sus mejores hombres.

Colaborando en Magnet

Publicado: 10 junio 2015 en Filosofía de la ciencia

Los editores de WegblogsSL se pusieron en contacto conmigo para pedir mi colaboración en un nuevo proyecto de revista digital. Les dije que sí sin dudarlo y aquí tenéis mi primer artículo allí. En él hago un recorrido histórico por las relaciones entre ciencia y filosofía, poniendo un tanto en duda la historia oficial del asunto, pasando por el caso Sokal, metiéndome un poquíto con los postmodernos y apostando, finalmente, por la Tercera Cultura.

La revista, además, tiene un montón de artículos interesantes. Os la recomiendo.

Magnet

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Me da la impresión de que Habermas ya no está tanto de moda. Y me parece extraño, porque si ahora la izquierda va a volver a mandar en España, debería tenerlo en cuenta. Después de la caída del muro de Berlín (y ya desde mucho antes) la izquierda política se estaba quedando sin referencias. En los años de la Guerra Fría, los intelectuales se debatían entre aquellos que condenaban los abusos del régimen comunista y los que se aferraban dogmáticamente a él, entre puristas y revisionistas. Pero cuando cayó el muro, parecía que ya nadie podía seguir siendo un marxista ortodoxo y los partidos de izquierda pura (ahora se utiliza el término peyorativo “radical”) fueron perdiendo influencia. Así, se hacía necesario replantear el pensamiento de izquierdas y Habermas fue quien más brillantemente lo hizo. Por eso creo que partidos como Podemos y sus diversas variantes, además del PSOE, lo tendrían que seguir teniendo muy en cuenta, ya que su filosofía constituye una gran renovación de la izquierda que permitiría alejarse de las viejas y obsoletas categorías decimonónicas de Marx, sin renunciar a lo mejor de ellas.  Además, Habermas es el filósofo del pacto por excelencia.

En su voluminosa (y aburridísima) Teoría de la acción comunicativa, Habermas se plantea al más puro estilo kantiano, las condiciones de posibilidad de cualquier acuerdo. En una sociedad globalizada donde una gran multiplicidad de grupos de interés entran en juego, necesariamente van a producirse conflictos. Ante el dilema, Habermas distingue dos posturas tradicionales: el dogmatismo y el relativismo. La primera consiste en pensar que tu posición es la correcta, la inamovible verdad absoluta y, en consecuencia, puede imponerse a los demás. La segunda es pensar que todas las posturas son igualmente respetables. El relativismo es más tolerante que el dogmatismo, ya que permite al que piensa diferente, sin embargo, es débil y, necesariamente conservador, ya que imposibilita el juicio de las acciones del otro. Desde el relativismo no podríamos condenar, por ejemplo, la ablación del clítoris o la lapidación de mujeres en Nigeria ¿Quién soy yo para juzgar otra cultura desde la mía? Ambas posturas no son, evidentemente, válidas para resolver conflictos. Habitualmente el dogmatismo acabará por imponerse al relativismo. Son muchos los autores que han pronosticado la defunción de un Occidente demasiado relativista ante un Oriente (fundamentalmente un Islam) muy dogmático.

La alternativa de Habermas es la razón procedimental. Si buscamos las condiciones de posibilidad de todo diálogo encontramos que, en primer lugar, hace falta compartir un mismo lenguaje. Los interlocutores deben ser miembros de una misma comunidad de significado. Pero además del significado, los interlocutores deben manejar una misma capacidad argumentativa, deben aceptar unos mínimos lógicos que permitan aceptar o desechar argumentos y razones. Habermas piensa, al estilo ilustrado, que la razón o racionalidad es algo prácticamente universal, propio de todos los seres humanos. Entonces, si los interlocutores aceptan el uso de la razón lógica, es posible comenzar el diálogo.

El diálogo empieza con cada posición anclada en su inicio. Por ejemplo, si hablamos de un pacto entre partidos políticos, tendremos a cada partido posicionado en su ideología clásica. Habermas entiende su razón procedimental como una razón que se origina en un contexto histórico, social o cultural concreto. Es una razón situada, “encarnada” o sensible al contexto. No estamos hablando de una razón abstracta, propia del mundo de las ideas de Platón. Entonces se van dando argumentos a favor de cada idea en debate. Si el diálogo es realmente racional, cada bando debe reconocer su falibilidad, es decir, reconocer que las razones del otro pueden ser mejores que las suyas y aceptar cambiar de postura  cuando esto ocurra. Sería totalmente irracional hacer lo contrario (sería dogmatismo). Así, la razón procedimental es autocrítica y se va modificando, avanzando hacia la postura del otro. Habermas insiste mucho en la idea de que otra condición de posibilidad de cualquier diálogo racional es la ausencia de coacción (poco racional es un debate en el que te están apuntando con una pistola). La ausencia de cualquier forma de violencia es, del mismo modo, una de las grandes virtudes del debate racional: solo valen razones expuestas en total libertad. En este sentido, ambos interlocutores se encuentran en total simetría: iguales y libres.

La razón procedimental de Habermas no se postula como una racionalidad dada en principio, una razón infalible y universal desde el comienzo. La entiende más como un ideal regulativo al que siempre se intenta llegar, quizá incluso un objetivo utópico pero no por ello absurdo. La razón procedimental empieza desde lo particular para intentar llegar a ser lo más universal posible, es un proyecto, no algo acabado. Se sigue así el viejo ideal ilustrado de generar normas morales universales pero reconociendo la crítica a esta posibilidad. Habermas es más humilde que Kant.

Aplicando este planteamiento a la posibilidad de pactos políticos, habría que añadir más clausulas iniciales. En primer lugar, entre los diferentes partidos debe haber una voluntad de pacto: deben querer realmente pactar. Y el objetivo del pacto debe ser el bien común. Si detrás de un pacto solo existen intereses partidistas que perjudicarían el bien común, automáticamente nos saldríamos de la razón procedimental. En España solemos ser muy condescendientes con nuestros políticos, ya que debería ser un imperativo moral defenestrar a cualquier partido del que se sospechen intereses partidistas por encima del bien común. Es lamentable ver una y otra vez como la oposición se opone a la gran mayoría de las leyes que hace el partido gobernante, independientemente de la bondad de la ley. Después debe venir la voluntad de aceptar el cambio de posturas si las razones del otro son mejores. Esto es muy importante: los partidos políticos deberían salir del dogmatismo inamovible de sus ideologías. Es por eso que a mí personalmente, los partidos puristas como puede ser Izquierda Unida, me parecen obsoletos. Si los tiempos cambian, los problemas y las soluciones cambian. Mantener a capa y espada una ideología del siglo XIX considerando que toda modificación es una traición a los ideales del partido es un gravísimo error. Hay que cambiar la estructura de los partidos políticos en el sentido en que son instituciones con unos idearios rígidos. Si entendemos la democracia representativa como el gobierno del pueblo a través de representantes, no podemos tener partidos que gobiernen solo para los votantes ideológicamente afines. Sería muchísimo más democrático gobernar consensuando las medidas con la oposición porque así mejoraríamos la representación: estaríamos gobernando para todos y no solo para los nuestros. Es el caso, por ejemplo, de las siete leyes educativas que han asolado nuestro sistema en los últimos años. La nueva LOMCE es una ley tremendamente ideológica hecha por y para los votantes del ministro de educación, sin consenso político alguno. No entiendo cómo Wert no es consciente de que hacer una ley educativa sin consenso alguno, a pesar de que pudiera ser una buena ley, hace más daño al sistema educativo que una mala ley consensuada. La razón estriba en que una ley poco consensuada será tumbada cuando el partido que la elaboró pierda las elecciones, y cambiar de ley educativa cada poco tiempo siembra un caos tremendamente negativo. Los docentes seguimos exigiendo desde hace años un Pacto de Estado sobre educación que no llega debido, única y exclusivamente, a intereses partidistas y falta de altura política.

Por eso me gustan los partidos de centro, siempre que ser de centro signifique la apertura a la voluntad de pactar y no una mera etiqueta oportunista. Además creo que esta es la forma de ir, progresivamente, superando las ideologías políticas clásicas hacia nuevas formas e ideas, pues siempre me ha parecido muy preocupante la falta de novedad en los idearios políticos de los, supuestamente, nuevos partidos. Es el ejemplo claro de Podemos: una de sus claras carencias es que su ideología original era una izquierda purista. Celebro que ahora hayan derivado hacia la socialdemocracia, aunque todavía espero bastante más novedad de ellos.

Por último, algo que me ha parecido de una falta de previsión bastante estúpida, además de una actitud muy negativa, de nuevo por parte de Podemos, es partir de la negativa al pacto. Pablo Iglesias repetía una y otra vez que no pactaría con la casta. No entiendo como no previó que, dada la pluralidad de partidos que se presentaban a las elecciones, su partido tendría que pactar. En este sentido Albert Rivera fue mucho más inteligente y ahora no tendrá que tragarse sus palabras.

En definitiva: racionalidad para romper con las ideologías y hacer nacer nuevas formas de política.

Anoche encontré en la red este pequeño debate y me lo tragué. Para mi desilusión, encontré lo mismo que tantas veces he encontrado. Un defensor de la ciencia mal formado en un asunto que se ha dado esencialmente en el ámbito de la filosofía (entonces, mal formado en filosofía), repitiendo unos tópicos que se han puesto en duda desde hace ya bastantes años. Y es que quien no conoce la historia de la filosofía está condenado a repetirla. En el bando de los filósofos, dos tipos bastante más ilustrados y mejor informados, pero bastante pedantes (sobre todo, el señor Albiac) y que tienden a irse por los cerros de Úbeda y a hablar mucho y no dejar hablar (sobre todo, el señor Maestre). Vamos a repasar algunos puntos interesantes:

1. Jorge Alcalde comienza sosteniendo que el método científico es solo uno, por lo que solo hay una ciencia, mientras que filosofías hay tantas como filósofos, no constituyendo la filosofía un saber unificado. Con respecto a la filosofía, tiene razón, cada filósofo es una filosofía, pero con respecto a la ciencia, está defendiendo un mito. Por ejemplo, desde mi trabajo, los campos de la ciencia que más he estudiado son la biología, las neurociencias y la Inteligencia Artificial. ¿Constituyen estas tres ciencias un saber unificado, sin fisuras, fruto de la utilización de un mismo método? NO. La biología es un saber muy descriptivo encuadrado dentro del marco teórico del darwinismo, en el cual rara vez hay leyes del estilo de la física (de hecho, ha habido un fuerte debate acerca del estatuto científico de la misma biología). La neurociencia es un saber más experimental, pero muy ligado a la filosofía de la mente. Todos los grandes neurólogos hacen planteamientos totalmente filosóficos. Y la IA es un saber muy instrumental, muy ligado a la ingeniería, a la creación de software y máquinas, de modo que también hay debate acerca de si la IA es una ciencia o una tecnológica. Como vemos, en las mismas ciencias hay controversia sobre su mismo estatuto científico. Pero, ¿entonces no tienen nada en común? ¿Son saberes totalmente fragmentarios? NO. Sin llegar a Feyerabend, a la negación del método científico en cuanto a tal, a mi me gusta hablar de que las diferentes ciencias comparten un cierto ethos, unos ciertos hábitos o directrices epistemológicas. Todas ellas se preocupan mucho por la justificación de sus afirmaciones, siempre que sea posible desde un marco experimental. Intentan hacer afirmaciones generales que, al hacerse públicas, tengan la aprobación de la comunidad científica. Intentan ser muy rigurosas recurriendo a la precisión de las matemáticas: hacen modelos que puedan ser lo más predictivos posibles. Todo ello, insistimos, siempre que sea posible (que en mil ocasiones no lo es). Pero lo que no se puede afirmar de ningún modo es de que exista una sola ciencia. No existe la ciencia normal de la que hablaba Kuhn, un saber unificado claro, distinto y verdadero. Todas las teorías científicas nacen con muchos problemas. Todas ellas tienen lagunas, vacíos, dificultades para explicar ciertos fenómenos. El mismo darwinismo, base central de la biología, nació sin explicación alguna del origen de la vida, sin mecanismos de herencia (hasta la llegada de Mendel), sin suficiente evidencia experimental (el registro fósil en la época de Darwin era bastante más deficiente que el actual), de modo que el mismo Darwin murió defendiendo el lamarckismo con una teoría tan falsa como la pangénesis. Hoy en día el neodarwinismo explica muy bien algunas cosas, pero otras mucho peor (el famoso problema del gradualismo, por poner un ejemplo entre tantos otros), de modo que está en continua revisión. El mismo Mendel, si hoy viviera y contemplara lo que ha cambiado la genética desde que el la fundó, no la reconocería. La ciencia es muy dinámica y, precisamente, eso es lo que a mi juicio, le da fortaleza y la aleja del dogmatismo.

2. Pero es que el mismo Alcalde se contradice cuando para defender la humildad de la ciencia, ésta reconoce su falibilismo: lo que hoy se considera un saber certero dentro de tres siglos podría considerarse algo completamente falso. Si esto es así, ¿dónde queda la unidad de la ciencia? Habría entonces tantas ciencias como épocas históricas, casi lo mismo que pasa con la filosofía.

3. Después, Alcalde enuncia la vieja idea de que la ciencia ha ido comiendo terreno a la filosofía, de modo que temas antes clásicos de la filosofía son ahora campo propio de la ciencia. Alcalde no llega al final de este argumento, pero, en el fondo, lo que quiere decir es que en un hipotético fin de la historia, la ciencia habrá conquistado todo el terreno de la filosofía, dejándola como un saber obsoleto. Alcalde está repitiendo el esquema, propio del siglo XIX, de que la historia del conocimiento humano sigue tres fases: mito, filosofía y ciencia. Nada más anticuado y falso. Sí que es cierto que el conocimiento racional occidental surgió como oposición al mito (si bien en esto también hay controversia: ¿fue un paso repentino o gradual? ¿Se ha superado completamente el mito?), pero no puede entenderse que la ciencia surgiera por oposición y superación de la filosofía. Si estudiamos mínimamente la historia de la ciencia vemos como, en su surgimiento hasta el XIX, no hay una distinción entre ciencia y filosofía en el sentido de que la primera ha de oponerse y superar a la otra. Me gustaría que alguien me enseñara un texto de Galileo, Kepler, Euler, Pascal, Descartes, Bacon, Leibniz, Newton… en donde se vea este esquema positivista. Muchos de ellos plantearon la ciencia moderna por oposición, por ejemplo, a la escolástica o al aristotelismo, pero nunca en términos de ciencia versus filosofía, sino en términos de unas teorías viejas por otras nuevas. Se planteó un novum organum, pero no en términos positivistas. Hoy en día ciencia y filosofía se entremezclan tanto que es tremendamente difícil establecer un criterio de demarcación preciso entre ambas tal y como intentaron, y evidentemente fracasaron, los miembros del Círculo de Viena. Otra cosa es que exista una ciencia positivista (algo nefasto) y una filosofía acientífica (igualmente nefasta).

4. Nuestro defensor de la ciencia, también sugiere, poniendo el ejemplo de Hawking, que, a veces, los científicos dejan de serlo y se convierten en filósofos, pero, cuando lo hacen, cometen errores, pierden fuerza. Aunque tampoco lo diga directamente está sugiriendo que la ciencia es el ámbito del rigor y que la filosofía es algo especulativo en el peor sentido de la palabra: fantasía, fabulación, alejamiento de las pruebas empíricas… De nuevo una gran falsedad. Si uno lee algo de buena filosofía, cualquier clásico vale, se dará cuenta de que, precisamente, la filosofía se caracteriza por su rigor. Un buen filósofo no se cree nada, duda de todo y vuelve a dudar. Un buen filósofo pone cualquier idea a prueba una y otra vez. Alcalde confunde la filosofía con la mala filosofía. Existen muchos pseudofilósofos que solo dicen majaderías (me viene justo a la mente la figura de Jodorowsky, entre tantos otros), al igual que existen tantos otros pseudocientíficos. Hay buena ciencia y mala ciencia, al igual que hay buena filosofía y mala filosofía, pero desde luego, la ciencia natural no es la única poseedora del rigor.

5. Luego está el tema de la ideología. Albiac y Mestre insisten en que la ciencia se ha convertido en ideología, tal y como ya expuso Habermas hace ya algún tiempo. Es la idea clásica de la Escuela de Franckfurt. Es cierto en parte. En muchas discusiones uno termina la disputa diciendo que lo que afirma está respaldado por la ciencia, por lo que, necesariamente, es verdad. Yo recibo constantemente en mi Facebook noticias de estudios científicos que demuestran las más rocambolescas chorradas. El otro día recibí uno que sostenía que un estudio científico demostraba que los hombres que miran los pechos a las mujeres viven más años que el resto (si esto fuese cierto la mayoría de los hombres seríamos inmortales). Es decir, la ciencia se entiende en muchos casos como un saber infalible que nos dice la verdad de una vez por todas, como el juez supremo ante cualquier controversia. Falso. Como reconocía el mismo Alcalde, la ciencia es un saber tan falible como cualquier otro. Pero creo que, en este caso, la filosofía ha tendido a exagerar esta perspectiva. Hay un uso ideológico de la ciencia, está claro, pero eso no convierte a la ciencia en ideología. Si miras por un microscopio y ves bacterias, por mucho que, ideológicamente, no te interese ver bacterias, eso es lo que hay. Si quieres construir un misil al servicio de tus ideas políticas y no posees la ciencia ni la tecnología necesarias, no podrás construirlo por mucho que estés convencido de tu credo. Exagerar el carácter ideológico de la ciencia la termina por relativizar demasiado, y la iguala al mito. Ni tanto ni tan calvo.

6. Albiac y Mestre parecen estar de acuerdo en que la filosofía jamás da respuestas. Según ellos es una actividad que solo se encarga de problematizar, de poner en duda todo, de hacer más y más preguntas. Seguramente, esta actividad crítica es una de las más características de la filosofía y la que le ha dado más éxitos, pero no me parece convincente. Si miramos la historia de la filosofía, cada filósofo no solo ha creado interrogantes, sino que también ha dado respuestas. Cada corriente filosófica es un conjunto de respuestas a una serie de problemas. A mí me parecería un sinsentido que la filosofía solo fuera una generadora interminable de cuestiones sin, ni siquiera, intentar responderlas. No, la filosofía claro que da respuestas, pero son respuestas siempre parciales. En esta línea me gusta el perspectivismo de Ortega y Gasset: cada nueva filosofía es una nueva perspectiva, una nueva forma de mirar algo que, hasta entonces, no se había visto de esa forma. Sin embargo, como toda perspectiva, no alcanza a ver la totalidad del cuadro. Quizá no exista la perspectiva global, el “ojo de Dios”, que nos permita conocer la realidad en su plenitud, pero cada nueva forma de mirar enriquece nuestro saber en su conjunto. Cuando una filosofía intenta convencernos de que constituye esa perspectiva global, automáticamente sabremos que estamos ante algo falso, ante una intención totalizadora y dogmática (y, casi siempre, peligrosa). Sin embargo, en tanto que forma de mirar que reconoce su parcialidad, todas las buenas filosofías tienen algo de verdadero.

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1. Wade reconoce en muchas partes de su libro que aún no cuenta con demasiadas pruebas (sobre todo de las relaciones entre genética y comportamiento social). Escribir un libro sobre un tema polémico (más en Norteamérica) sin aportar suficientes pruebas es algo claramente oportunista. Wade ha apostado por una magnífica estrategia de marketing haciendo trampas y la jugada le ha salido bastante bien.

2, Pero, a pesar de la falta de pruebas, el libro defiende una tesis que parece de sentido común: la existencia de biodiversidad humana (téngase en cuenta que Wade solo acepta la existencia de razas como etiquetas útiles, como conceptos borrosos, ya que lo único que realmente existe son frecuencias alélicas). Parece muy raro que las diferencias raciales se redujeran exclusivamente a rasgos externos: color de piel, pelo, ojos, diferente altura y complexión, rasgos faciales… ¿Por qué las diferencias entre los diversos grupos humanos tenían que reducirse a lo observable a simple vista? Parece muy plausible que las diferencias sean también internas: comportamientos, habilidades y rasgos cognitivos. Wade, casi seguro, que tiene razón. Además, sus argumentaciones fluyen con gran coherencia y sensatez por todo el libro. Le faltan pruebas, pero le sobran razones. Los capítulos más polémicos, los famosos del 6 al 9, en donde Wade explica diferencias históricas, sociales y económicas en base a diferencias raciales son los más especulativos sí, y seguramente que contienen errores por ser muy arriesgados, pero no por ello deberían haber levantado tantas ampollas. Parece que todo intento de explicar hechos sociales en base a la biología y no a la cultura está prohibido.

3. Y es que lo políticamente correcto impedía que cualquier científico que no quisiera suicidarse académicamente guardara un estricto silencio en estos temas. El stablishment ordena que todas las razas son iguales (incluso que no existen. La raza se entiende como un artificio para justificar la supremacía blanca). Todos, independientemente de nuestro color de piel, tenemos los mismos derechos y obligaciones, tal y como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Cualquiera que niegue esto es un peligroso racista, digno de ser expulsado de cualquier universidad.

4. Hay un grave error en este planteamiento. La naturaleza nos ha hecho a todos diferentes de modo que no hay un ser humano igual a otro (menos los gemelos univitelinos). La naturaleza genera desigualdad, hace a unos más listos y fuertes que a otros. Nosotros, mediante nuestras legislaciones intentamos corregir esta desigualdad para evitar que el pez grande se coma al pequeño. Es decir, nuestras leyes dicen lo que debe ser, pero no lo que es. Somos diferentes y la ley nos iguala.

5. En el caso de que existan diferentes razas con capacidades cognitivas y conductuales diversas, no implica, para nada, que tengamos que esclavizar o exterminar a razas que, por ejemplo, tengan un promedio de cociente intelectual más bajo que la nuestra o que sean más propensas a la violencia. Por ejemplo, si se demostrara con claridad que la etnia judía tiene una media de cociente intelectual más alto que los demás grupos raciales, ¿eso legitimaría a los judíos para discriminar o usar la violencia contra los demás? No, de ninguna manera.

6. Es por eso que hay que diferenciar ciencia de ideología. Si permitimos que los cánones morales dominantes dicten lo que puede y no puede decirse científicamente, estaremos poniendo límites a la investigación y nos negaremos dogmáticamente a saber la verdad.

7. Lo mismo puede aplicarse a las diferencias de género. El feminismo, por regla general, ha adoptado la doctrina Queer, según la cual toda distinción entre hombres y mujeres es cultural. Simone de Beauvoir hizo célebre su máxima: “la mujer no nace, se hace”. No hay nada más falso: existen claras diferencias biológicas entre hombre y mujer que explican muchas de sus diferencias de comportamiento.

8. Le doy toda la razón a Wade en su defensa hacia la carta firmada por 139 genetistas en donde se “critica” su libro. La carta pretende ser un argumento de autoridad, no un documento científico en donde se expongan con claridad los errores que Wade hubiera podido cometer. En ciencia las cuestiones no se deciden por mayoría.

9. Una objeción más ecuánime podría ir en la línea de alertar acerca de que las afirmaciones de Wade, con independencia de su verdad o falsedad, pueden dar pie con mucha facilidad a justificar actitudes racistas. Pero es que si observamos cualquier descubrimiento científico o tecnológico de la historia de la humanidad, prácticamente todos pueden dar pie a usos perversos. Cualquier ingenio bélico en el que pensemos está repleto de avances científicos: electricidad, electrónica, informática, ingeniería, materiales… Por esa regla de tres, deberíamos haber puesto en entredicho los descubrimientos de Benjamin Franklin ya que con la electricidad se pueden fabricar alambradas electrificadas o se puede usar la electricidad como instrumento de tortura. De nuevo volvemos a repetirlo: una cosa es que existan diferentes razas, cada una con sus peculiaridades, y otra es la legitimación para discriminar o dañar de algún modo a miembros de otra raza. De lo primero no se puede saltar racionalmente a lo segundo. Suponiendo que la “raza” aria fuera superior a todas las demás, ello no otorgaba ningún derecho a los nazis para exterminar a los judíos.

10. Empero, entremos en algún punto aún más escabroso: es posible que existan razas con más propensión a la violencia que otras. Wade se apoya en un análisis genético basado en el número de promotores del gen MAO-A (un gen relacionado con la agresividad) que se da en las diferentes razas. Los estudios apuntan a que la presencia de dos promotores (tener dos te hace ser más violento que tres o cuatro) es más común en los afroamericanos que en otras razas. Si bien, esta conclusión hay que cogerla con pinzas, como bien subraya el mismo Wade, ya que hay más genes que influyen en la agresividad (como el HTR2B) y, evidentemente, el entorno social y cultural también influyen. Pero, por mor de la argumentación, vamos a aceptar que las poblaciones afroamericanas son más propensas a la violencia que otras. Esto provocaría una alerta social justificada y, quizá, llevaría a la estigmatización y a la exclusión social: los no-afroamericanos querríamos defendernos de su mayor beligerancia. Es posible pero, en cualquier caso, negar una conclusión científica no puede hacer más que empeorar las cosas. Vivir como si no pasara nada, como si los afroamericanos no fueran más violentos, no va a reducir el número de robos y asesinatos. Todo lo contrario: si ahora llegáramos a descubrir eso podríamos actuar en consecuencia, por ejemplo, reforzando las actividades educativas contra la violencia en escuelas públicas de poblaciones mayoritariamente afroamericanas.

Conclusión: menos ideología, menos corrección política, y más ciencia. Recomiendo encarecidamente leer el libro de Wade y concuerdo plenamente con su espíritu.

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Una de las tesis más famosas de la historia de la filosofía, la clásica idea del empirismo inglés de que no existe nada innato en nuestra mente, que todo lo que hay en ella procede de la percepción sensorial, me ha parecido siempre absurda. Pero desde que soy padre, la idea me parece ya grotesca. ¿Es que acaso un hombre de la talla intelectual de Locke no observó nunca el desarrollo de un niño? Mi hija, actualmente con dos años y tres meses de edad, viene equipada de serie con un montón de habilidades claramente innatas, habilidades que es imposible que provengan del exclusivo aprendizaje o la mera observación.

Por ejemplo, África tiene ya un notable dominio de los nombres de los colores. Pensemos que identificar el color de un objeto es realizar una abstracción primitiva: hay que separar el objeto del color. Si tenemos dos objetos, una pelota roja y un osito blanco, parece sencillo que, por repetición, la niña aprenda a llamar “pelota” a la pelota y “osito” al osito. Pero, si le indicamos los colores, tiene que discernir que una cosa es el identificador del objeto en general, el nombre común y otra el color del objeto, y que el uso del nombre y del adjetivo son diferentes. “Osito” designa un objeto con muchas propiedades y el color es una única propiedad asignable a múltiples objetos. No creo que la distinción entre un nombre común y un adjetivo pueda aprenderse únicamente viendo como las personas que la rodean hacen ese uso diferencial.

Pero una habilidad que me llama poderosamente la atención y que es imposible que sea aprendida es la capacidad de extrapolación. Esta habilidad de aplicar algo a un objeto o situación con alguna semejanza a otra ulterior, es imposible que sea aprendida. Supongamos que África ve como su padre llama a un objeto “osito”. Luego a otro, no exactamente igual pero con ciertas semejanzas, también lo llama “osito”. Después le muestro otro osito, igualmente, no exactamente igual a los dos anteriores. ¿Cómo puede saber África por mera imitación que este tercer osito es también un osito? Tiene que abstraer algún tipo de cualidad en la que los tres ositos coincidan. Sin esa capacidad de abstracción, sin esa habilidad es imposible que por imitación el tercer osito sea también un osito. África podría pensar que los dos primeros ositos son los dos únicos “ositos” del universo, y que el tercer osito, aunque con semejanzas con los dos anteriores, no se llama osito. Si extrapola es porque tiene que tener un “generador de conceptos” innato, un sistema que dice que si ves varios objetos similares, llámalos con el mismo nombre.

Otro ejemplo que me dejó totalmente perplejo es el siguiente. África diferencia perfectamente los objetos grandes de los pequeños. Para referirse a lo pequeño utiliza la graciosa expresión “chito” (pequeñito). Pues bien, el otro día estaba yo dándole su baño vespertino cuando su madre entró un segundo al baño a coger una toalla. África se dio cuenta y la vio entrar y salir en unos pocos segundos. Entonces me miro y me dijo “papá, mamá chito, chito…”. Al principio no la entendí pero luego me di cuenta que se refería al lapso de tiempo en el que la madre había estado en el baño. África había extrapolado el tamaño de los objetos a la duración temporal. Ignoro si alguna vez habrá escuchado a algún adulto referirse al tiempo y lo habrá comprendido, pero el hecho de entender que el tiempo también tiene duración me pareció asombroso. Y es que el tiempo es algo que no se puede observar como un color o una forma, el tiempo es algo absolutamente abstracto. ¿Cómo podría decirse que el tiempo puede aprenderse por mera observación? Es imposible, tenemos que venir equipados de serie con un sistema de reconocimiento de patrones temporales.

Lo mismo ocurre con el espacio. Siendo África mucho más pequeña (tendría unos pocos meses) y estando, de nuevo, en la bañera, comprobé como cuando su patito de goma abandonaba su campo de visión y flotaba a su espalda, ella intentaba darse la vuelta o hacer movimientos con los brazos para alcanzarlo. ¿Cómo podría saber África eso? ¿Cómo puede saber que cuando un objeto hace una trayectoria que sale de su campo de visión, ese objeto continua con la misma trayectoria y no desaparece para siempre? Podría objetarse que, en ocasiones anteriores, el bebé ha visto un objeto salir de su campo de visión, y luego, al volverlo a ver de nuevo, el objeto seguía existiendo y estaba en el punto de la trayectoria esperado. Sí, pero, para saber que el objeto ha seguido la trayectoria esperada hay que hacer un cálculo de la velocidad que llevaba. Si fuera muy rápido, su posición esperada sería diferente a si fuera muy despacio. ¿Ha aprendido la niña a calcular velocidades y trayectorias, simplemente, observando cómo lo hacen los adultos? Imposible, sencillamente, porque el cálculo de trayectorias es un proceso mental solo observable en primera persona.

He leído en varios lugares que nuestra precisa capacidad de calcular trayectorias es una herencia genética de nuestros ancestros primates. En un entorno arborícola, calcular con precisión la trayectoria de un salto constituye la diferencia entre llegar sano y salvo a un lugar o caer desde varios metros de altura. Esta habilidad se explica muy bien de modo darwiniano: los primates que, gradualmente, fueron mejorando sus capacidades de predicción de trayectorias fueron los más aptos. Es posible. Profundicemos más. Para Aristóteles, uno de los elementos más característicos de la naturaleza es el movimiento (la kínesis) y, por lo tanto, era esencial explicarlo. Así nació la física como estudio del movimiento. Si Aristóteles no hubiese tenido un sistema de predicción de trayectorias, es decir, sin un sistema para captar el movimiento, no hubiera jamás existido la física, ni las leyes de Newton ni la teoría de la gravedad. Parece plausible que la reina de las ciencias, el gran orgullo del intelecto humano, jamás hubiese aparecido si no hubiésemos tenido unos parientes que vivían en lo alto de los árboles.

Un penúltimo ejemplo. El otro día, en casa de mis suegros, África se escondió en armario. Su abuelo estaba buscándola y tardó un buen rato en encontrarla (el podre hombre ya comenzaba a estar preocupado). Después del suceso la niña le dijo a su madre “África escondida y el Pata (mote de su abuelo) no sabe”. Un bebé de dos años estaba demostrando que tenía teoría de la mente, es decir, que sabía que su abuelo, al igual que ella, no sabía cosas; comprendía que su abuelo tiene una mente y conoce o desconoce. De nuevo, la mente de los otros no es observable por los sentidos. Estoy seguro que venimos equipados con una teoría de la mente innata.

En mi opinión, en el debate entre innato y adquirido, lo innato gana por goleada. Es, prácticamente de sentido común, que para aprender cualquier cosa, primero tienes que tener un sistema capaz de aprender esa cosa y que, por mucho que nuestros sistemas de aprendizaje sean muy potentes y flexibles, tienen claros límites. Tenemos un sistema innato para aprender idiomas de forma que podemos aprender diferentes vocabularios y estructuras gramaticales. En este sentido, es un sistema muy flexible capaz de adaptarse a una inabarcable cantidad de “situaciones lingüísticas” diferentes pero, evidentemente, es un sistema para aprender lenguajes, no para realizar la fotosíntesis. Nuestros sistemas de aprendizaje marcan lo que podemos y no podemos aprender, moldean y limitan nuestra adquisición cultural.

Un último ejemplo, y esta vez en vez de mi hija voy a utilizar una garrapata (si bien, ambas tienen similitudes muy notables). Este ácaro carece de ojos y su órgano perceptivo fundamental es un olfato muy especializado en captar moléculas de ácido butírico. Su vida es muy sencilla. Trepa a lo alto de plantas y se queda quieta hasta que percibe la presencia de un posible huésped. El ácido butírico se encuentra en altas cantidades en la piel y en los órganos sexuales de los mamíferos. Cuando la garrapata lo huele, se deja caer con la esperanza de terminar cayendo encima de un animal, del que se alimentará succionando su sangre. Imaginemos que las garrapatas fueran inteligentes de modo que pudiesen razonar de modo similar al humano. Como su sistema perceptivo fundamental se encarga de percibir el ácido butírico, para ellas, el elemento fundamental de la naturaleza sería tal ácido. Así, podemos fabular con que estos parásitos pudiesen elaborar buenos conocimientos acerca de él. Habría universidades en donde se estudiaría acidología, ingenios tecnológicos que permitieran detectar el ácido butírico a largas distancias o enmascarado tras otros aromas, e incluso religiones que hablarían de una garrapata que fue enviada a la tierra por su padre: el Gran Butírico. Pensemos que las garrapatas tendrían un sistema de aprendizaje muy adaptativo y flexible que les permitiría saber todo lo posible acerca del ácido butírico. Sí, pero las garrapatas no tienen ojos ni oídos. Para ellas el color y el sonido no existen, y por mucho que su ciencia de la acidez avanzara jamás podrían tener ni la más remota idea de que existen melodías y obras pictóricas. Por mucho que aprendieran culturalmente, nunca podrían aprender nada para lo que no estaban previamente diseñadas, nada para lo que no vinieran equipadas de serie.

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Los sapiens organizamos el tiempo en el trinomio presente, pasado y futuro. Parece que organizar el tiempo de ese modo es condición necesaria para pensar. Sin gestión del tiempo no hay memoria y sin memoria no hay narración posible, no hay explicación posible de nada. Una garrapata normal (no inteligente) seguramente que no organiza el tiempo. Su comportamiento es explicable desde un conductismo simple: recibe el estímulo del ácido butírico y responde soltando sus patas para dejarse caer. Ignoro si la garrapata tiene algún tipo de estado mental (alguna sensación), pero desde luego no lo recuerda como un suceso del pasado. Las garrapatas viven sin que el tiempo exista. Comprender el paso del tiempo (o “ponerlo” en la realidad como entendía Kant) es algo totalmente innato.

 Siempre se ha entendido que lo innato son las habilidades y lo adquirido son los conocimientos. Yo, innatamente, puedo aprender idiomas, pero los diferentes idiomas que aprendo los adquiero. Sin embargo, yo creo que no es tan simple y que, seguramente, hay conocimientos que también son innatos. El neurólogo Michael Gazzaniga lo explica con una frase muy sugerente: “es más fácil enseñar a un niño a tener miedo a las serpientes que a las flores”. Es muy razonable creer que, al igual que la selección natural premiara características biológicas como el ojo con lente, el caminar bípedo o el pulgar oponible, premiara también contenidos mentales: miedo a lo que es muy pequeño y se mueve, o a lo que se arrastra siseando… o incluso miedo al humano que tiene un color diferente al mío. Y ya no solo emociones primarias o pautas de comportamiento, sino conocimientos en el más puro sentido de la palabra.

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Ya expusimos en alguna que otra entrada que el ser humano prefiere tener una teoría, aunque sea falsa, a no tener ninguna. Esto produce que gran parte de las explicaciones con las que nos movemos en nuestra vida cotidiana suelan padecer una gran inflación narrativa respaldada por una, más que deficiente, pequeña cantidad de hechos. Un ejemplo que seguro que será familiar al lector: nuestro cuñado se va de viaje a Francia y cuando vuelve nos cuenta sus reflexiones. Realmente, solo ha estado cinco días en París, pero eso le es suficiente para tener una teoría antropológica completa sobre el pueblo francés. Nos cuenta una anécdota: en tal restaurante le sirvió un camarero con el uniforme sucio y los platos de la comida estaban, igualmente, manchados. Conclusión: los franceses son unos guarros. Obsérvese que de la experiencia ocurrida con un único francés (que ni siquiera demuestra que ese francés fuera un guarro. A todos se nos ha manchado la camisa alguna vez), se deduce que todos, los 66 millones de habitantes de Francia tienen problemas de higiene. Pero es que cuando uno vuelve de viaje, tiene que tener algo que contar. Sería extraño que alguien volviera de París y cuando, siguiendo el protocolo social, le preguntásemos qué tal ha ido el viaje (sin que, habitualmente, nos importe un bledo), no tuviese nada que contar. Hay que tener historias curiosas, divertidas, anécdotas graciosas… Si no las tenemos, no seremos interesantes y nuestro éxito social decaerá. Por eso nos da igual que lo que decimos no sea preciso, ni siquiera que, prácticamente, sea una sandez. Y es que tener un buen conocimiento sobre algo es difícil. Para saber con autoridad los usos y las costumbres del pueblo francés no bastan cinco días en París. Habría que pasar allí mucho tiempo, leer, informarse… hacer lo que los antropólogos llaman trabajo de campo, observación participante… Para sustentar la afirmación de que “todos los franceses son unos guarros” habría que hacer grandes encuestas y sondeos estadísticos para que el resultado sea significativo.  Es muchísimo más fácil sacar una afirmación general de un único dato anecdótico, si puede ser, divertido.

El libanés Nassim Nicholas Taleb hace un ameno recorrido por todos y cada uno de los sesgos cognitivos que nos hacen comprender mal, muy mal, la realidad. Desde lo que él denomina un empirismo escéptico que nos recuerda muchísimo a mi querido David Hume, no solo nos habla del exceso de narración que comentamos arriba, sino de prácticamente, todos los errores lógicos y no lógicos que cometemos constantemente, de los que ha hablado la tradición filosófica occidental: explicaciones “a toro pasado” que dan como totalmente deterministas hechos absolutamente impredecibles, errores de inducción, malos usos de informaciones incompletas, importancia excesiva de lo anecdótico y lo sensacional… Taleb se centra, sobre todo, en lo mal que comprendemos los fenómenos altamente improbables que suceden por doquier y lo ilustra con una infinidad de divertidos ejemplos sacados, en muchas ocasiones, de su experiencia como analista financiero. El Cisne Negro es un magnífico libro que podría considerarse como la Biblia del escepticismo de comienzos del XXI. Es, como lo fue la filosofía de Hume en su momento, una cura de humildad para tantos opinadores sabelotodo que tienen explicaciones certeras para todo cuanto sucede. Una invitación a atreverse a decir mucho más “no lo sé”.

Definir consiste en delimitar, en predicar una serie de descripciones de un objeto que lo hagan diferente de cualquier otro. Por ejemplo, la RAE define silla como un “Asiento con respaldo, por lo general con cuatro patas, y en que solo cabe una persona”. Lo que se busca con cualquier definición es que, cuando nos encontremos con el objeto en cuestión, sepamos identificarlo al diferenciarlo de todo lo demás. Así, la RAE pretende distinguir una silla de un sofá o de una mesa. Sin embargo, el problema de toda definición estriba en sus fronteras: ¿hay objetos que no serían sillas y que entrarían dentro de nuestra definición? La definición dice que en una silla solo cabe una persona pero, ¿una persona obesa que no cabe en nuestra silla del salón nos impediría seguir refiriéndonos a ella como silla? O quizá en ella caben dos o más bebés… ¿cuál es la medida exacta de una silla para que en ella solo quepa una persona teniendo en cuenta que las personas varían de tamaño?  O, contando con otra variable, ¿dónde estaría el límite que diferenciaría una silla de un sillón? La RAE define sillón como  “Silla de brazos, mayor y más cómoda que la ordinaria”, pero todos sabemos que existen sillas muy cómodas y sillones bastante incómodos, o sillas bastante grandes y sillones pequeños… de nuevo, ¿dónde está el límite que nos permitiera una definición que delimite eficazmente?

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¿Una silla en miniatura seguiría siendo una silla sin que en ella pueda sentarse ningún individuo?

En general, definir es bastante complejo ya que siempre encontraremos esos casos fronterizos, esos objetos que no encajan bien ni dentro ni fuera de nuestra definición. Es lo que pasa con conceptos tan importantes como el de educación (¿todo aprendizaje es educación?), inteligencia (¿es inteligencia la habilidad deportiva o la capacidad de empatía?) o, del que nos vamos a ocupar, el de vida en el sentido biológico. El biólogo Radu Popa hizo un largo estudio publicado en 2004 en el que recogió más de un centenar de definiciones diferentes de vida por parte de multitud de autores interesados en la cuestión. Debería parecernos muy chocante que en una disciplina científica no exista un acuerdo claro entre, al menos, el objeto de su campo de estudio, pero así pasa también en muchas otras (pregunten a un matemático que defina matemáticas o a un físico que defina qué es el universo). Pues, bien, además, de toda ésta amplia variedad de definiciones de vida, ninguna sirve para acotar con absoluta claridad el mundo de lo vivo. Según nos cuenta Antonio Diéguez en su magistral La vida bajo escrutinio, la mayorá de las definiciones tienen en común dos condiciones mínimas esenciales:

1. La capacidad de autorreplicación.

2. La evolución abierta.

El problema es que con solo estas dos clausulas se nos cuelan dentro de la definición un montón de entidades que los biólogos no aceptarían como vivas (moléculas de ADN o ARN sueltas, virus informáticos y cualquier programa de vida artificial…) y dejamos fuera otras entidades tradicionalmente vivas (los híbridos estériles, ciertos insectos sociales que no dejan descendencia o quizá ciertos seres vivos en las fases iniciales de la vida, que no tenían un claro sistema de autorreplicación que permitiera una evolución propiamente darwiniana). La solución consiste en ir añadiendo y perfilando más condiciones: está la famosa definición de vida de Maturana y Varela (apoyada también por Margulis), que hace referencia a la capacidad autopoietica de los seres vivos (capacidad de reconstruirse a sí mismos para mantenerse como una estructura estable); o el desequilibrio termodinámico de Scrhödinger y las estructuras disipativas de Prigogine: un ser vivo será aquel organismo que siempre se encuentra en desequilibrio termoquímico diminuyendo localmente la entropía (estas definiciones insistirían en la idea de metabolismo: intercambiar materia y energía con el entorno). Otros han denunciado que este tipo de definiciones son demasiado formalistas y que no tienen en cuenta el sustrato material de la vida, quizá requisito indispensable para que se de ésta: la química del carbono. Sin embargo, estas posturas “materalistas” caen en lo que se ha llamado “chauvinismo del carbono”, al negar a priori la posibilidad de seres vivos con otro tipo de química diferente (como la del silicio).

El caso es que a pesar de todos estos loables intentos, todavía no tenemos ninguna definición absolutamente válida que marque un criterio de demarcación infranqueable. Antonio Diéguez nos propone la definición hecha por K. Ruiz-Mirazo, J. Peretó y A. Moreno como una de las más elegantes. Un ser vivo ha de cumplir las siguientes claúsulas:

1. Un límite activo semipermeable (membrana).

2. Un aparato de transducción / conversión de energía.

3. Dos tipos al menos de componentes macromoleculares interdependientes, uno capaz de catalizar los procesos de autoconstrucción y otro capaz de almacenar y transmitir la información necesaria para desempeñar estos procesos.

Como vemos, en ella quedan resumidos elementos formales, materiales y autoorganizativos de un modo sencillo. No obstante, estoy seguro, que con un tiempo de reflexión y de búsqueda, podríamos encontrar algún contraejemplo o fisura en la definición. Además, yo le criticaría que las condiciones parecen aisladas. Una definición elegante no debería ser solo una yuxtaposición de propiedades.

Pero, y este es el tema central de esta entrada en el blog, creo que carecer de tan precisa definición no tiene demasiada importancia o, al menos, no tanta como para desesperar y concluir que el asunto es un imposible, o para defender, como muchos han sonstenido, que la biología no tiene nada que decir al respecto (¡la biología no define la vida biológica!). Y es que, como dijimos antes, gran parte de los conceptos importantes para muchas ciencias tampoco tienen una definición absolutamente precisa sin que esto tenga graves consecuencias. Pusimos el ejemplo del concepto de educación. No sabemos con precisión de cirujano qué es educar, pero esto no quita para que en los centros de enseñanza se eduque o para que los padres eduquen a sus hijos. Del mismo modo, con respecto a la vida, no tener la definición superprecisa no implica que los biólogos no puedan hacer su trabajo con total normalidad ni, con respecto a lo que debería ser la utilidad de toda definición, identificar con claridad un objeto. Con las definiciones actuales podemos identificar a la inmensa mayoría de los seres vivos y solo tenemos problemas en determinados casos fronterizos. Por ejemplo, suele citarse el caso de los virus como ejemplo paradigmático. Muchos de ellos son solo una cápsula de proteinas en la que flotan fragmentos de ARN. Un virus puede estar una infinidad de tiempo sin hacer absolutamente nada y, cuando lo hace, siempre necesita un hospedador para que haga todo por él. Así, no metaboliza ni tiene herramientas de replicación propias… ni siquiera trabaja para mantener su estructura autopoietica de forma autónoma. ¿Es, entonces, un ser vivo? No podríamos decirlo, pero eso no implica que no podamos estudiarlo ni que podamos ver que tiene estrechas relaciones con lo vivo. Los virus no suponen problema alguno a la investigación científica por el hecho de no poder catalogarlos bien.

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Otro ejemplo: la propiedad “ser alto” es imposible de delimitar. Podemos, sin duda alguna, afirmar que un hombre que mide 1,97 metros es alto y que un hombre que mide 1,54 no lo es. Sin embargo, si ponderamos que la media de altura del hombre occidental está en 1,75 metros, ¿un hombre de uno 1,749 no será alto mientras que uno de 1,751 sí? Suele decirse que el conjunto de todos los hombres altos es un conjunto borroso, un conjunto que tiene límites en donde hay elementos que no se sabe si entran o no en dicho conjunto. Con el conjunto de todos los seres vivos pasa exactamente lo mismo, pero esto no implica para nada que tener un conjunto así no sea algo válido y útil. Al igual que podemos identificar a los altos que miden 1,97 metros, podemos identificar a los seres plenamente vivos.

No poder definir con precisión no debe ser nunca un obstáculo que paralice la investigación, porque la única finalidad que una definición debería tener es la de ser operativa, funcional, es decir, que permita seguir investigando. Una definición no debería pretender ser más que eso: una etiqueta funcional. Yo estoy completamente seguro que, conforme avance la biología, encontraremos nuevas cualidades de lo vivo que podrán servir de nuevas claúsulas restrictivas que vayan precisando cada vez más nuestra definición. Y, precisamente, descubrir esas nuevas cláusulas será lo valioso, porque cada una de ellas constituirá una nueva perspectiva antes ignorada. Cuando Schrodingër publicó su obra ¿Qué es la vida? intorodujo la física en la biología con su definición de vida como desequilibrio termoquímico. Es una definición muy incompleta, pero eso no quita ni un ápice a lo valioso de su aportación, la cual fue una total revolución en este campo de estudio.