Dice así: pensar que con, simplemente nombrar algo, ya tenemos cierta información sobre ese algo, o llegar a creer que a partir del nombre de algo podemos obtener más información sobre ese algo.

El neurocientífico de la Universidad de Columbia, Stuart Firestein, nos ilustra muy bien esta falacia:

También en el ámbito de la medicina los facultativos emplean a menudo un conjunto de términos técnicos que inducen a los pacientes a creer que el conocimiento que poseen los galenos de la patología que les aqueja es superior al que realmente tienen. En el caso de los enfermos de Párkinson, lo que observamos es que se altera la deambulación y que los movimientos se realizan, en general, de forma más lenta. Los médicos llaman bradiquinesia a esta circunstancia, pero esa denominación no añade ninguna información al hecho en sí, de modo que sería lo mismo si dijeran más sencillamente, que los pacientes de Párkinson “se mueven con mayor lentitud” ¿Por qué se mueven de forma más lenta? ¿Cuál es la patología y cuál el mecanismo que explican esta ralentización de los movimientos? Estas son dudas de fondo que quedan ocultas por la simple afirmación de que “uno de los síntomas esenciales del Párkinson es la bradiquinesia”, por satisfactorio que pueda resultar esgrimir esa palabra ante los familiares del enfermo.

Este error es bastante común en cualquier ámbito académico. Denominar a algo con una palabra rimbombante, “técnica”, da la impresión de conocimiento, cuando, realmente, las palabras solo son etiquetas útiles para saber a qué nos referimos cuando hablamos. Su función es únicamente comunicativa. Saber que yo me llamo Santiago no dice nada acerca de mí, pero es muy útil para mis conocidos saber de quién hablan cuando hablan de mí. Los nombres no dan información, la información la dan los predicados. Si digo “Santiago escribe sobre la falacia nominal” ya sí doy nueva información y conocimiento.

Para ver la gravedad de esta falacia no hay más que remitirse a un texto cualquiera de la filosofía francesa contemporánea, recomendando especialmente a Gilles Deleuze y a su colega Felix Guattari (y a su legión de seguidores). Adoro a estos dos tipos, lo reconozco.

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El filósofo alemán Gottfried Leibniz es, probablemente, una de las personas más inteligentes que haya dado la especie humana. Fue quizá el “último genio universal” pues hizo aportaciones a, prácticamente, todas las materias que toco, y no fueron pocas: filosofía, matemáticas, geología, medicina, psicología, ciencias de la computación… Pero, paradójicamente, no encontramos una correlación directa entre sobredotación intelectual y éxito en la vida (menos aún entre inteligencia e integridad moral). Leibniz no fue para nada un fracasado y consiguió éxitos bastante notables (absolutamente sobresalientes en lo que se refiere al campo intelectual), pero aquí vamos a narrar uno de sus más notorios fracasos: su proyecto minero en las montañas Harz.

Leibniz prometió a su nuevo protector, el duque Ernesto Augusto de Hanover (su antiguo mecenas, el duque Johann Friedrich terminaba de fallecer), que su proyecto de construcción de molinos para la extracción de plata en las minas de Harz (Sajonia) le podría generar, sin casi costes, unos beneficios de 400.000 táleros adicionales. El duque aceptó su propuesta y mando al filósofo inventor a las montañas.

En 1683 el proyecto llevaba ya dos años de retraso y un déficit del 800 por cien. Leibniz había planteado unas estructuras auxiliares para la construcción de los molinos cuyo coste era tan alto como para poner en duda la rentabilidad de la inversión global. Por otro lado, gran parte del plan del molino de viento ya había sido proyectado por un ingeniero anterior. Leibniz no tuvo demasiados escrúpulos en venderlo como totalmente suyo. Era normal que los obreros comenzaran a dudar de la honestidad de Leibniz y se quejaran. Alegaban que este “filósofo-consultor” no parecía saber demasiado del negocio de la extracción minera, que planteaba fantasmagorías matemáticas de imposible traducción en la práctica y que, además, miraba demasiado por su interés económico. No entendían cómo cobraba un salario tan grande por lo que realmente hacía.

En 1684 las máquinas ya estaban construidas y había que comprobar si funcionaban. Resultó que no hacia viento. Las montañas de Harz no tenían nada que ver con las tierras bajas de Holanda, donde tan bien funcionan los molinos. Es absolutamente increíble como el co-inventor del cálculo infinitesimal y fundador de la Academia de Ciencias de Berlín no cayera en la cuenta de algo tan sumamente básico para su proyecto: para que un molino funcione hace falta viento.  Vale, no pasa nada, el filósofo se puso a diseñar un nuevo tipo de molino con unas aspas diferentes, una serie de planos verticales que girarían como una especie de tiovivo. Parece ser que funcionaban algo mejor que los anteriores pero el hecho era inapelable: no hacía viento.

A estas alturas los trabajadores que, prácticamente, querían asesinar a Leibniz, le propusieron una prueba: demostrar que los nuevos molinos funcionaban mejor que las bombas de agua que utilizaban anteriormente. Leibniz escribió un alegato de más de veinte páginas en donde sostenía que en su contrato no se especificaba que sus molinos tuvieran que ser más eficientes que las bombas, solo decía que debían extraer agua, y así lo hacían. El texto era jurídicamente intachable.

En 1685 el duque comprendió al fin lo ruinoso de la empresa y ordenó su cese inmediato. Por supuesto, Leibniz no podía pensar en retirarse y pasó un año más trabajando en las montañas, ideando nuevos inventos para los mineros. Propuso, por ejemplo, una cadena circular de contenedores ingeniada para elevar pesos desde los pozos usando rocas de la superficie. Pero hacía ya tiempo que las relaciones con los trabajadores estaban rotas y nadie le hacía caso. Cuando hablaban con él le daban la razón, para seguir trabajando con total normalidad al día siguiente. En 1686 Leibniz volvió a Hanover sin haber ganado ni un mísero tálero para el Ducado y habiendo malgastado miles.

Este desafortunado suceso podría interpretarse desde la perspectiva  de unos obreros que no supieron entender las avanzadas ideas de un genio como Leibniz. Podríamos adornar la historia, contándola como la del típico hombre que se adelantó a un tiempo que no lo comprendió y que se revolvió contra él, dibujando a Leibniz como a un héroe del estilo de Galileo o Darwin. Nada más lejos de la realidad. Leibniz hizo el imbécil en las minas de Harz y no hay más que hablar. Muchas de sus ideas eran o rocambolescas entelequias sin la más remota posibilidad de que funcionaran en la práctica, o cuya construcción y funcionamiento costaría mucho más dinero que lo que ahorraría, o, simple y llanamente, no existían medios técnicos en el siglo XVII para construirlas. Leibniz no tenía ninguna experiencia ni como ingeniero ni como minero, además de que, seguramente, su forma de ser, egocéntrica y altiva, no le permitió liderar eficazmente la gran empresa que traía entre manos, sobre todo en lo referente a su relación con los trabajadores.

Y es que la tónica parece ser la siguiente: la mayoría de las personas que han triunfado rotundamente en la vida eran muy inteligentes. Sin embargo, cuando se supera cierto límite de inteligencia, llegando a la abrumadora sobredotación intelectual que poseía Leibniz por ejemplo, el éxito parece romper la correlación. Si uno mira la historia de los grandes líderes políticos o de los grandes empresarios, parece ser que son personas muy listas, pero no son genios. Un intelecto elevado te permite adaptarte muy bien a tu entorno. Sin embargo, un cociente intelectual excesivamente alto quizá produce disfunciones adaptativas de diferente tipo que impiden que alguien se desenvuelva especialmente bien ante determinadas circunstancias. Así que no os preocupéis por no ser genios, seguramente tenéis más probabilidad de triunfar en la vida que ellos.

He sacado la historieta del libro El hereje y el cortesano de Matthew Stewart, una obra preciosa.

 

causality

Escribí hace tiempo sobre la problemática filosófica en torno a la causalidad. Hoy quiero profundizar un poquito más. Voy a autocitarme para empezar a partir del ejemplo que puse en aquella ocasión.

El martes por la noche me preparo un té respetando escrupulosamente la nimia cantidad de calorías diarias que el régimen permite. Como tengo la nariz taponada no me doy cuenta que, cuando retiro la tetera, me dejo el gas encendido. Abro mi libro mientras me siento cómodamente en el sofá. Estoy leyendo la interesantísima última encíclica de Benedicto XVI: Caritas in Veritate. Leer algo tan magnífico me provoca un mono terrible y, como mi fuerza de voluntad es muy débil, claudico y enciendo un cigarrillo. La llama del mechero prende el gas y mi casa salta por los aires. Mi triste final me pilló leyendo una encíclica… quizá esto haga que San Pedro me deje entrar en el cielo.

¿Cuál fue la causa de la explosión? La respuesta más habitual sería apelar al gas y al cigarro encendido. Pero si pensamos un poquito más encontramos múltiples causas: si yo no hubiera tenido alergia habría podido oler el gas y quizá lo habría apagado a tiempo, por lo que la alergia también sería una causa; si yo hubiera conseguido dejar de fumar no habría encendido el pitillo, así que mi débil fuerza de voluntad también sería causa; si no estuviera dieta no me hubiera hecho un té y quizá habría comido un helado y no hubiera encendido el gas; y si no me gustara leer, en vez de sentarme en el sofá y encenderme un cigarro, quizá hubiera salido a dar una vuelta por el parque y nada de este trágico suceso habría ocurrido. Es más, rizando el rizo, podríamos decir que la causa es que el Papa hubiera escrito la encíclica, ya que si no lo hubiera hecho, quizá no me habría puesto a leer y no habría encendido el cigarro… ¡Ratzinger es el culpable de mi muerte! ¡Lo sabía!

El problema que planteaba era la dificultad decidir la causa que realmente había determinado el suceso o, en el fondo, la dificultad de definir correctamente la causalidad. En el resto del artículo critiqué la concepción de Hume, y expuse las teorías convencionalista y realista del tema. Al final, como en muchas ocasiones ya que soy un filósofo, dejé el asunto abierto. Aquí hoy voy a ser bueno y voy a dar una respuesta. Enumeremos de nuevo las propuestas:

  1. La concepción de Hume. El filósofo de Edimburgo entendía que decíamos que algo era causa de un efecto porque encontrábamos una proximidad temporal entre la causa el efecto, una prioridad temporal de la causa sobre el efecto y una unión constante. Sin embargo, tenemos excepciones para las tres condiciones: no tiene por qué haber proximidad temporal (causa y efecto pueden darse lejos en el tiempo), la causa no tiene por qué ir siempre antes que el efecto (puede ir a la vez o incluso después en los fenómenos de retrocausalidad) y la unión no tiene por qué ser constante (si encontramos un fenómeno que solo se da una vez en la historia del universo, no habría tal unión perpetua).
  2. La concepción convencionalista. Decidimos la causa a partir de un acuerdo o convención determinada por cada comunidad lingüística concreta. Si bien es cierto que hay algo de esto, la respuesta no es del todo concluyente porque resulta incompleta. Las convenciones lingüísticas no surgen de la nada, no están “flotando en el vacío” sin que nada las determine. Habrá causas de tales convenciones y, si no queremos caer en el relativismo lingüístico, tendremos que entender, al menos, por qué nuestra comunidad lingüística en concreto ha acordado definir causalidad de un determinado modo y no de otro. Lo haremos a continuación.
  3. La concepción realista. Decidimos la causa a partir de algo real que se transmite de la causa al efecto. Dada la física moderna, cuando se da un fenómeno causal se transmite energía y/o momentum. Desde una perspectiva puramente fisicalista de la realidad, como toda la naturaleza se reduce a materia y leyes físicas, esta definición sería muy adecuada. Sin embargo, ya sabéis que no soy muy amigo de los reduccionismos. Como dije en el artículo anterior si yo digo “Mi regalo causó mucha alegría a Laura”, explicar ese suceso desde la transmisión de energía parecería bastante incompleto e, incluso, algo absurdo.

Vamos ahora a ver otras dos nuevas concepciones de la causalidad. La última será la que defiende este humilde escritor:

  1. La concepción extra-ordinaria. Decidimos la causa cuando ésta nos parece sorprendente, es decir, cuando rompe el orden tradicional de los hechos, cuando encontramos un suceso anormal. Si pasa algo extraño, no previsto, decimos que es la causa. Así, no prestamos atención alguna a hechos tan cotidianos como que salga el sol todos los días, pero no pararemos de hablar de un terremoto sucedido en nuestra localidad. Esta explicación es bastante floja. Solo explicaría el acontecimiento psicológico de prestar mucha más atención a lo extraordinario que a lo ordinario. Sin embargo, si yo enciendo la lámpara de mi cuarto, tal y como hago cotidianamente todas las noches, diré igualmente que la luz se ha encendido porque yo he apretado el interruptor. Que una causa sea totalmente ordinaria y nada sorprendente, no quita que no sea una causa.
  2. La concepción pragmática. Solemos decidir que la causa de un fenómeno es aquella sobre la que tenemos algún tipo de control. Si pensamos en el ejemplo de la explosión del gas, nos parece que la causa primordial es que yo encendiera el cigarro ¿Por qué? Porque encender el cigarro es algo muy fácilmente controlable: yo podía haberlo encendido o no con el simple movimiento de apretar el botón del mechero. También sería una causa bastante válida decir que me dejé el gas abierto, ya que, igualmente, este olvido solo responde a abrir o cerrar la manilla del gas. Las demás causas como la presencia de oxígeno en la atmósfera, mi alergia, mi adicción al tabaco, mi dieta o mi gusto por el té son factores más imprecisos y menos controlables. Nunca solemos decir que un incendio se produce porque hay oxígeno en la atmósfera o porque las condiciones de temperatura y presión de la Tierra posibilitan la combustión. Son aspectos sobre los que no tenemos nada de control.

Evolucionamos para adaptarnos al medio y, por lo tanto, para percibir y comprender únicamente los fenómenos que podemos controlar. Sería un derroche de recursos que la evolución nos permitiera conocer perfectamente aspectos de la naturaleza con los que no podemos interactuar de ninguna manera. Así comprobamos como un científico, o mejor un ingeniero, expertos donde los hubiera en control de la realidad, nos pueden dar explicaciones causalmente mucho más ricas que las que podemos ofrecer las personas ordinarias. Cuando el motor de nuestro coche se avería, el mecánico nos puede dar una potente y precisa explicación causal: debido a que el circuito de refrigeración estaba sucio, el líquido refrigerante no llegó en suficiente cantidad al motor. La temperatura del cilindro ascendió muchísimo con lo que el pistón terminó por derretirse y soldarse con las paredes internas del cilindro. En cristiano, el coche ha gripado. Te va a costar una pasta.

Sería muy extraño que el mecánico te dijera que la causa está en que el etilenglicol (el componente fundamental del líquido de refrigeración) es un alcohol compuesto de hidrógeno y oxígeno, que son dos de los componentes más abundantes en el universo (sobre todo el primero). Si fueran más escasos, nuestro universo no existiría tal y como lo conocemos, por lo que jamás hubiésemos existido y nunca habríamos averiado nuestro coche. Esta explicación no sería causalmente muy válida ya que no tenemos control de ningún tipo sobre la presencia de elementos químicos del universo. El mecánico no puede hacer nada para arreglar nuestro coche a partir de esta explicación.

Entender bien la causalidad es mucho más importante de lo que, a priori, pudiese parecer. No se trata solo de una inútil cuestión filosófica. Es muy común ser muy malos a la hora de hacer atribuciones causales o, peor aún, jugar con su ambigüedad para engañar a un público. Por ejemplo, nos ahorraríamos mucho tiempo y dinero si nuestros políticos se ciñeran a explicaciones causales precisas y controlables al hablar de la realidad. Cuando para referirnos a las causas de la crisis hablamos de la codicia de los banqueros, del sistema capitalista, de la pérdida de valores morales de Occidente, de lo malvada o inepta que es la izquierda o la derecha política, no distamos mucho de la explicación absurda del mecánico con el etilenglicol. Si, por el contrario, hablásemos de causas precisas y controlables tendríamos el poder de modificar la realidad para solucionar nuestros problemas porque, precisamente, algo preciso y controlable es algo que se puede controlar con precisión.

Leo este artículo de un tal Michael Graziano. Otra propuesta más de cómo construir una máquina consciente, deshaciendo ese gran “pseudoproblema” que es el hard problem. Nada nuevo bajo el sol y la enésima prueba de que no se comprende bien el tema.

Graziano va introduciendo los elementos que habría que implementar en una máquina para que fuera consciente. Pone el ejemplo de ser consciente de percibir una pelota de tenis. En primer lugar hay que darle a la máquina información acerca de la pelota. Graziano insiste, y ahora veremos por qué tanto, en que la información que tenemos del mundo real es tan solo un esquema, una serie de indicadores que nos sirven para reconocer el objeto pero no para tener una información real y completa de él. Percibir una pelota de tenis no es tener en la mente otra pelota de tenis similar a la percibida, es únicamente tener una serie de datos que nos permitan reconocer y utilizar la pelota. La razón es que sería un grandísimo derroche de recursos tener una copa absolutamente fidedigna del mundo en nuestra mente, cuando lo único que nosotros necesitamos es funcionar eficientemente en él, es decir, adaptarnos a él.  Hasta aquí todo correcto.

Graziano dice que si le preguntásemos a la máquina si es consciente de la pelota de tenis, ésta no sabría cómo responder ya que le falta otra parte importante de la ecuación: información sobre sí misma. Para ser consciente de algo hace falta un sujeto, alguien que sea consciente del objeto. La solución es implementar en la máquina información sobre sí misma. Podemos darle información sobre su cuerpo, la posición de sus piezas, etc. De nuevo, esta información es un nuevo esquema. Nosotros no conocemos la posición de todos y cada uno de los átomos de nuestro cuerpo, ni siquiera sabemos muy bien dónde están ciertos órganos ni mucho menos cómo funcionan. Tenemos un mapa borroso e impreciso de nuestro cuerpo. Bien, se lo implementamos.

Si, de nuevo, le preguntamos a la computadora si es consciente de la pelota, volvería a fallar. Tiene información de la pelota y de sí misma, pero no de la relación entre ambas cosas. Graziano cree que la neurociencia estándar ha descuidado por completo esta relación, y parece pensar que ha descubierto América al hacernos caer en la cuenta de su importancia. Sí, en unos veinticinco siglos de historia de filosofía de la mente, a nadie se le había ocurrido pensar en cómo el hombre se piensa a sí mismo pensando. Probablemente habrá cientos de miles de páginas sobre el tema. Pero vale, no seamos malos y perdonémosle a Graziano estos deslices. Sigamos.

Tercer paso y el más crucial: hay que implementar en la máquina esa relación entre el objeto y el sujeto ¿qué le ponemos?  Graziano piensa que, de nuevo, hay que introducirle un esquema (Además, dado que según él la neurociencia no tiene nada que decirnos, no podríamos hacer otra cosa). Habría que implementarle propiedades generales de lo que significa prestar atención a algo. Por ejemplo, podríamos hacer que definiera atención como “poseer mentalmente algo” o “tener algo en mi espacio interior”. No importa que las definiciones pudiesen ser falsas, incompletas o muy imprecisas. Lo importante es sacarlas de la psicología popular, de cómo las personas nos referimos a prestar atención.

Entonces, y aquí viene lo interesante, si nos ponemos a charlar con la máquina, ésta nos dirá que es consciente de la pelota de tenis. Ella no sabe que funciona mediante microchips de silicio, ni que únicamente procesa información pero, en función de los datos que le hemos implementado, ella diría que no es una máquina y que tiene una propiedad no física que es ser consciente de una pelota de tenis, debido a que sus modelos internos son descripciones borrosas e incompletas de la realidad física.

Y ya está, para Graziano a esto se reduce el hard problem. Tenemos una forma útil aunque, en último término falsa, de referirnos a nuestra relación de atención entre los objetos del mundo y el modelo de nosotros mismos. Y de aquí surge la idea de consciencia, una mera forma de hablar que nos resulta muy práctica pero que, realmente no representa nada real. Graziano culmina el artículo hablando de que concebir la conciencia de otro modo es hablar de cosas mágicas. De nuevo volvemos al viejo funcionalismo que niega la existencia real de los qualia. Y, de nuevo, aunque Graziano seguro que no lo sabe, está repitiendo el antiguo esquema del conductismo lógico tan bien representado por Gilbert Ryle: la mente es un mero error en el uso del lenguaje.

Objeción a lo bruto desde el estado de ánimo que me causa leer este artículo: si yo cojo la pelota de tenis y la estrello en la pantalla de la “computadora consciente” ¿a la máquina le dolerá realmente? Y si cojo de nuevo la pelota y la estrello en la cara de Graziano ¿le dolerá igual que a la máquina o de otra manera diferente?

Objeción razonada una vez que me he calmado: Estoy bastante harto de leer teorías que, de uno u otro modo, niegan la existencia de los qualia y los equiparan con conceptos obsoletos como el de “alma” o “espíritu”, sosteniendo que hablar de ellos es hacer metafísica. No, queridos neurólogos e ingenieros varios, los qualia existen con una realidad aplastante. Cuando siento que me duelen las muelas, me duelen. Otra cosa es que el dolor no represente con precisión ninguna lo que ocurre en mis muelas (mi dolor no se parece en nada a millones de bacterias infectando un diente), que solo sea una especie de símbolo convencional para alertarme de que algo malo pasa en mi boca, pero el dolor existe con total plenitud ontológica.

La máquina de Graziano diría que es consciente pero, en realidad no lo sería. No tendría ningún tipo de sensación consciente, nada de nada. Lo único que hace es deducir una serie de conclusiones a partir de unas premisas erróneas que le hemos implementado a propósito. En el fondo, lo único que hemos hecho es programar a una computadora de la siguiente forma:

Premisa 1: Tu relación con la pelota de tenis es de consciencia.

Pregunta de Grazziano: Ves una pelota ¿eres consciente de ella?

Respuesta: En virtud de la premisa 1, deduzco que sí soy consciente.

La máquina solo ha hecho una deducción lógica, un sencillo modus ponens que el ordenador desde el que escribo esto realiza millones de veces por segundo, sin ser nada consciente de que lo hace. Y es que Graziano hace un juego muy tonto. Aunque no lo diga explícitamente y parezca deducirlo del resultado del experimento mental con la máquina, él parte de la premisa de que la consciencia es una ilusión útil. Entonces crea una máquina a la que le pone por premisa creer que es consciente sin serlo. Después, parece fingir sorpresa (dice que le resulta espeluznante) ante que la máquina diga que es consciente.

Lo repetimos: señores ingenieros de IA, psicólogos congitivos, neuorocientíficos y pensadores de diversa índole, no necesitamos máquinas que finjan, simulen, digan o prometan por el niño Jesús que son conscientes. Los qualia son muy reales y tenemos que construir máquinas que realmente los tengan. Entiendo que, de momento, no tengamos ni idea de cómo hacerlo. Pues sigamos estudiando el sistema nervioso, pero no nos lancemos tan deprisa a decir majaderías.

Cuando al biólogo de la Universidad de Minnesota Paul Z. Myers, le propusieron la pregunta Edge 2011 ¿Qué concepto científico podría venir a mejorar el instrumental cognitivo de las personas? respondió: el principio de mediocridad. Me sorprendió que Myers lo considerara tan importante pero, pensándolo bien, tiene mucha razón. La mayoría de la gente pensaría muchísimo mejor si tuviese más claro qué significa. Aquí voy a desarrollarlo en ocho puntos:

  1. Tu nacimiento no viene marcado por ningún designio ni propósito trascendental. No has nacido con ninguna misión encomendada previamente ni has sido elegido para nada. Siempre me ha parecido de una arrogancia pasmosa el hecho de que alguien se crea especial sin todavía haber hecho absolutamente nada para merecerlo. O, peor aún, que se considere pecador, manchado por el pecado original, y que tenga que redimir un mal que nunca cometió. Es enfermizo que pensemos que un bebé está dañado por el pecado.
  2. Eso no quiere decir que tu vida sea absurda, solo que tendrás que conformarte con un sentido algo menos pretencioso. Tu genética y la cultura en la que vivas conformarán en ti una serie de valores y objetivos vitales. Éstos marcarán el sentido de tu vida. Podrás buscar el dinero, la fama, el éxito, amor, comodidad, tranquilidad o nada de eso, lo cual llenará con más o menos plenitud el sentido de tu existencia, pero no busques nada más pues no lo hay.
  3. Es muy probable que no vayas a ser un genio universal, un famoso deportista de élite o un influyente líder político. Lo más probable es que te acerques al promedio humano. En algunas facetas estarás por encima de la media y en otras por debajo, pero será muy difícil que representes esos rarísimos casos de personas absolutamente sobresalientes. Lo más probable es que seas un mediocre. Acéptalo, pero eso no quiere decir que te quedes deprimido lamentándote de tu mediocridad. Schopenhauer decía que Dios repartía las cartas, pero que tú elegías la jugada. Puede ser que hayas nacido con escasas virtudes y en pésimas circunstancias (malas cartas), pero en ti queda hacer la mejor jugada posible dado lo que tienes. Inténtala.
  4. El universo, sea una gran maquinaria determinista o un proceso azaroso, funciona sin ningún propósito. No hay ninguna intencionalidad en lo que sucede a nuestro alrededor. Los organismos vivos y las máquinas artificiales son los únicos seres que funcionan siguiendo un objetivo, pero el resto del universo funciona sin más. Los sucesos importantes de tu vida no estaban premeditados. El día que, casualmente, conociste a la mujer de tu vida no estaba marcado con antelación en el calendario de un Dios bondadoso. A mí, en concreto, me parece mucho más reconfortante sentirme el dueño de mi propia vida, pensar que el futuro es algo que creo yo a cada paso que doy, y no algo que otros “seres mágicos” han decidido por mí.
  5. Las leyes que rigen el universo son absolutamente amorales. La ley de la gravedad funciona inquebrantable nos venga bien o no. Levanta aviones y los estrella por igual. No hay ninguna fuerza, energía, magia que, de algún modo, busque nuestro bien o nuestra maldición. Lo inteligente de la cultura occidental ha sido saber aprovechar esas leyes en nuestro beneficio utilizando la ciencia y la tecnología. Sigamos en ese camino.
  6. Estás solo en el universo. No tienes un ángel de la guarda ni un Dios amoroso que vela por que no te pase nada malo. Puedes ser la persona más bondadosa del mundo y que tu vida sea un penoso trasiego lleno de desgracias, y puedes ser un malvado al que la suerte le llueve del cielo. No hay ninguna justicia cósmica que castigue a los malos y premie a los buenos más que la justicia terrenal que nosotros erijamos aquí. Por eso nos conviene mucho hacer un mundo más justo.
  7. No hay vida después de la muerte. No hay misterio alguno en la muerte por mucho que hayan querido vendernos lo contrario. Cuando mueras, todas tus funciones cerebrales serán pasto de los gusanos y todas tus emociones, pensamientos, recuerdos… se perderán para siempre. No irás a un sitio mejor ni volverás a ver a tus seres queridos. La muerte será como cuando no habías nacido: nada. Aprovecha el tiempo que tienes porque no hay otro.
  8. No conocemos prácticamente nada del funcionamiento del universo. Newton decía que todo nuestro conocimiento equivalía a una gota de agua en el océano y Descartes decía, siendo algo optimista, que cambiaría todo lo que sabía por la mitad de lo que ignoraba. Hemos de aceptar entonces vivir rodeados del error y de la incertidumbre. No tenemos certezas absolutas de nada, pero eso no quiere decir que no podamos mejorar nuestro conocimiento e intentar acercarnos con todas nuestras fuerzas a esa lejana utopía que es la verdad. Yo tengo muy claro que cualquier proyecto filosófico que emprenda será, de antemano, un fracaso; que por cada respuesta que crea tener, surgirán miles de nuevos interrogantes. Pero no es tan grave. El hombre se dio cuenta de que conocer la realidad es más difícil de lo que parecía, pero eso no hace que el propósito de conseguirlo sea un noble, loable y, sobre todo, apasionante camino. Creo que tengo muchas menos certezas que cuando tenía dieciséis años, pero curiosamente, eso no me hace más ignorante, sino mucho más sabio.

Me cuesta mucho digerir ciertas ideas políticas. Leemos la prensa o escuchamos a nuestros locuaces representantes y parece que la única lógica para construir la realidad es el binomio liberalismo-socialismo. Parece que todo sigue la simpleza de privatizar y bajar impuestos o defender lo público y subirlos. Nada hay mucho más allá de ese debate.

Creo que la gente con dos dedos de frente deberían aceptar que el sistema capitalista unido a avances democráticos y en derechos humanos, nos ha llevado a un sistema que, si bien tiene gravísimos defectos, es el mejor conocido hasta la fecha. El hecho de que un ciudadano de clase media pueda abrir el grifo de su casa y que salga agua caliente de modo casi ilimitado es algo inaudito en la historia de la humanidad. En Europa llevamos setenta años sin ninguna guerra importante en nuestro territorio (exceptuando Yugoslavia, Chechenia y Ucrania, pero han sido conflictos periféricos), hemos erradicado la pobreza extrema, curado infinidad de enfermedades, alargando la esperanza de vida a más de ochenta años, y conseguido un número de derechos y libertades sin parangón en la historia de la humanidad.

Pero, a nivel global, nuestro sistema tiene dos grandes problemas citados hasta la exasperación:

1. La enorme desigualdad que genera. A los liberales la desigualdad no les parece un problema debido a que la encajan dentro de un modelo meritocrático: el que gana más es el que tiene más talento o trabaja más. Sin embargo, este modelo no es real. La enorme diferencia entre pobres y ricos no expresa equitativamente la diferencia de talento y trabajo entre unos y otros. La distribución de la riqueza suele ser bastante injusta.

2. Un modelo productivo insostenible. Recomiendo a todo el mundo leer El optimista racional de Matt Ridley, en donde se nos exponen todas las ventajas y logros de nuestro sistema económico. Sin embargo, este libro cojea en el aspecto medioambiental. Parece innegable que un sistema basado en el aumento constante de la producción es ambientalmente insostenible, y ya cada vez son menos los negacionistas del cambio climático.

¿Soluciones? Muy difíciles. Aquí hoy, simplemente pretendo mostrar formas de redistribución de la riqueza y modelos ecológicos más igualitarios y sostenibles. Si quieres aprender formas alternativas a tu estilo de vida lo mejor es recurrir a la Antropología Cultural. Cuando comencé a leer algunos textos clásicos era más joven y más imbécil (yo soy una de esas rara avis que no quiere la juventud eterna. Cuanto más viejo te haces, si envejeces bien, vas siendo algo menos imbécil), entendía a las culturas tribales como “primitivas”, subdesarrolladas y, a la postre, miserables. Tenía en mi mente el esquema colonialista de los antropólogos del XIX. Ahora mi perspectiva es como he dicho, algo menos imbécil: de primitivas, subdesarrolladas y miserables no tienen nada de nada. Son, sencillamente, diferentes caminos que ha seguido la evolución cultural. Un masai, un bosquimano o un yanomamo no tienen ni un pelo más tonto que yo y sus estilos de vida son, en muchos aspectos, mejores que el mío. A la hora de juzgar culturas tenemos que conocerlas bien y no solo medirlas en función de su avance científico o tecnológico. Evidentemente la cultura occidental está años luz de culturas que viven casi en el paleolítico, pero la tecnología no es el único indicador de avance humano.

Vamos a analizar brevemente las dos formas de distribución de la riqueza expuestas por Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, concretamente en el capítulo titulado Potlatch (Recomiendo encarecidamente la lectura de este libro. Lo mejor que he leído este verano):

Los bosquimanos practican una distribución de los recursos bastante igualitaria basada en la reciprocidad. La reciprocidad consiste en ofrecer tu ayuda, servicios o productos a otros sin esperar nada a cambio. No es igual a la mera generosidad. Si un bosquimano estuviese constantemente pidiendo favores a sus congéneres sin prestar nunca ninguno, pronto acabaría siendo tachado de gorrón y se le dejaría de prestar ayuda. La reciprocidad se parece al tipo de relación que los occidentales tenemos con nuestros familiares. A un hermano se le hace un favor sin esperar una inmediata recompensa pero, igualmente, el abuso de los favores terminaría por ser sancionado. Aparte de esta servicialidad, a los bosquimanos les resulta repugnante que alguien se jacte de sus logros o virtudes. El ideal del cazador bosquimano es aquel que caza bien pero pasa totalmente desapercibido. Socialmente, se premia muchísimo la humildad.

bosquimanos Kung noreste del desierto del Kalahari

Marvin Harris cuenta la anécdota de la experiencia del profesor Richard Lee en su convivencia con los bosquimanos en el desierto del Kalahari. Cuando Lee comprobó lo serviciales que eran quiso ofrecerles un regalo. Así que se fue a una aldea cercana con su jeep y compró el buey más grande que pudo encontrar para que los bosquimanos lo sacrificaran en Navidad. Cuando Lee les habló de la suculenta compra que había hecho, ellos le dijeron que conocían ese buey y que era muy malo: solo pellejo y huesos. Lee quedó muy sorprendido porque todos los miembros de la tribu parecían tener esa misma actitud despreciativa. Cuando llegó la Navidad sacrificaron el buey y, naturalmente, tenía una gran capa de jugosa grasa que todos saborearon con gran placer. Entonces Lee les pidió explicación de por qué lo habían criticado. Los bosquimanos le dijeron que claro que sabían que el buey era magnífico, pero que cuando un joven sacrificaba mucha carne llegaba a creerse un hombre importante o un jefe y comenzará a ver a los demás como sirvientes o inferiores. Los bosquimanos no pueden permitir al que se jacta porque piensan que su orgullo pronto le llevará a matar a alguien. Marvin Harris, desde su materialismo cultural, explica esta actitud recurriendo a su relación de producción con el medio. Los bosquimanos son cazadores-recolectores que viven en un entorno de relativa escasez. Si permitieran la existencia de grandes y orgullosos cazadores que, para incrementar su prestigio, compitieran por cazar más, pronto sobrexplotarían los recursos (por ejemplo ahuyentando las presas que periódicamente pasan por sus territorios) y terminarían por perjudicar a toda la tribu.

La reciprocidad es para los bosquimanos la mejor forma de adaptarse a un determinado ecosistema que, colateralmente, trae consigo una forma de vida generosa, pacífica e igualitaria que, además, permite una relación sostenible con el medio. Por aportar otro dato, los cazadores bosquimanos trabajan solamente de diez a quince horas semanales… ¿quién dijo que una de las promesas del capitalismo es que trabajaríamos menos? Esta forma de vida tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra excesiva sobreproducción. Habría que plantearse si, realmente, lo que queremos es producir más y qué precio queremos pagar por ello. Si lo pensamos bien, gran parte de los objetos y servicios que obtenemos con nuestros salarios son superfluos e innecesarios, a cambio de sufrir un fuerte estrés laboral.

Los kwakiutl son los habitantes aborígenes de Vancouver. Su organización política está formada por diferentes jefes tribales establecidos en competencia a lo largo de su territorio. Lo realmente sorprendente de su forma de vida es el modo en que tienen de redistribuir sus recursos: el llamado potlatch. Los jefes kwaikiutl se sienten constantemente inseguros de su estatus, y la forma que tienen de consolidarlo es realizando periódicamente una pantagruélica celebración. En ella invitan a los demás jefes en competencia y les ofrecen una enorme cantidad de comida y regalos. El objetivo es mostrar que uno es tan poderoso que puede permitirse regalar y derrochar hasta el extremo. Es normal que en un potlatch los invitados salgan de la fiesta a vomitar para poder seguir comiendo. En algunos casos que rozan el paroxismo, el anfitrión no solo regalaba sino que llegaba a destruir comida y regalos, acabando incluso por incendiar su propia casa. Los invitados tienen que quedar tan avergonzados que redoblen sus esfuerzos para superar el derroche del potlatch al que acaban que ser invitados en el próximo que realicen ellos.  Los primeros antropólogos que estudiaban este fenómeno lo solían atribuir a la insaciable ansia de poder y prestigio del ser humano, pero Marvin Harris lo explica mejor desde su materialismo: el potlatch es un mecanismo competitivo que asegura  la producción y redistribución de riqueza en sociedades que no tienen una sólida clase dirigente. La necesidad de realizar un impresionante festín moviliza toda la fuerza productiva de una comunidad evitando que ésta baje a niveles en los que no podría resistir guerras o malas cosechas. También actúa compensando las fluctuaciones de productividad entre aldeas que ocupan diferentes territorios. Por ejemplo, los habitantes de tierras costeras compensarán malos años de pesca, disfrutando de los festines otorgados por jefes que viven en zonas con una producción más afortunada y viceversa. Y, por último, también distribuye la riqueza de un modo bastante equitativo. En cada potlatch, cada invitado que ha participado en la organización recibe premios dependiendo de su aportación a la celebración, de modo que cada uno recibe en función de lo que ha producido. Pero incluso hay para los pobres: alguien desfavorecido solo tiene que vitorear al jefe, diciéndole lo grande y generoso que es, para recibir premio. En condiciones de bonanza, no hay pobreza extrema entre los kwakiutl.

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Resulta entonces poco menos que sorprendente que un sistema basado en el ego de sus jefes redistribuya los recursos con semejante eficiencia. Nuestro actual sistema capitalista tiene el problema de que, aunque igualmente está basado en el ansia de poder y riquezas de sus miembros, produce una desigualdad muchísimo mayor.

Con estos ejemplos antropológicos no estoy sugiriendo de ningún modo que tengamos que cambiar nuestro sistema por el bosquimano o el kwaliutl. Hacerlo sería de una ingenuidad terriblemente estúpida (tantas veces vista en la izquierda política). Ni tampoco quiero mistificar a estos pueblos. Tienen tantos problemas como cualquier otra sociedad y viven en condiciones que distan mucho de ser idílicas. Únicamente quiero mostrar que existen infinidad de formas diferentes de redistribuir la riqueza y que, muchas de ellas, tienen, al menos, la virtud de ser socialmente más justas y más equilibradas con el medioambiente que la nuestra. Creo que nuestros políticos suelen pecar de poca amplitud de miras a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas porque parecen anclados en un pequeño número de propuestas tradicionales que se expresan en el simplista binomio liberalismo-socialismo. Si tuviésemos que catalogar el potlatch o la reciprocidad bosquimana, ¿las clasificaríamos como liberales o socialistas? Ninguna de las dos formas encaja bien, porque hay muchas maneras de hacer las cosas aparte del liberalismo o del socialismo.

Diálogo para esencialistas

Publicado: 22 junio 2015 en Teoría del conocimiento
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– Tío, Nuria me ha dejado. Estoy hecho polvo.

– Lo siento macho ¿Y cuándo ha sido?

– El sábado quedó conmigo y me lo dijo. Me dijo que se acabó para siempre.

– ¿Y por qué te ha dejado?

– Las tías son todas unas superficiales. Me dijo que ya no le gustaba. Que no le atraía físicamente, que estoy gordo y me estoy quedando calvo…

– Hombre, la verdad es que te estás descuidando bastante.

– Ya sí, pero lo valioso de una persona está en el interior. Fijarte solo en el físico es de ser una superficial de mucho cuidado.

– ¿Y qué más te dijo?

– Que le parecía un ignorante y un vago ¡Ya ves que estupideces!

– Bueno Paco, culto, culto… no eres. Yo solo te he visto con el Marca y solo te lees los titulares. Y trabajador… llevas años parado sin hacer nada.

– Sí, pero eso no es lo importante. No todos vamos a ser profesores universitarios. Me gusta vivir tranquilo sin que abuse de mí un empresario explotador. Nuria solo ha visto eso y no ha sabido mirar dentro de mí. Y  luego que si no soy gracioso ni detallista ni elegante ni educado… ¡Me ha hecho menudo retrato!

– No quiero ofenderte Paco, pero es que tampoco has tenido ni un detalle con ella en ocho años. Y tampoco eres el rey de la fiesta. Estás todo el día viendo fútbol y enganchado a Internet. A lo mejor sí que has descuidado un poco la relación…

– Joder Luis ¿Tú también? Lo realmente importante, lo que tiene valor de verdad, es lo que auténticamente somos, nuestro ser. Lo demás va y viene, es efímero, es solo superficie.

– Vaya Paco, te has vuelto muy filósofo. Pero recapacita: eres feo, gordo, calvo, ignorante, vago, no tienes gracia, ni detalles, eres maleducado y poco elegante en el vestir ¿Qué crees que podías ofrecer a Nuria para que te quisiera?

– Macho Pedro, pues lo esencial, mi maravilloso yo interior.

1. Cuando mantenemos relaciones sexuales liberamos gran cantidad de oxitocina, una hormona y neuropéptido relacionado con los sentimientos de afiliación. Es muy posible que el enamoramiento en el sentido que querer mantener una pareja estable y duradera esté provocado por la oxitocina. Ya está, el amor (o, al menos, cierta parte o perspectiva de él) es tratable científicamente. Supongamos que inventamos un fármaco que pueda bloquear la captación neuronal de oxitocina. Te ha dejado tu mujer y estás hecho polvo. No importa, tenemos la cura. O, pensemos en el caso inverso: el elixir del amor. Unas gotas de este fármaco en tu desodorante y ninguna chica querrá separarse de tu lado. El caso es que ya existe y se vende por Internet. Dudo mucho que funcione, pero de lo que no me cabe duda es de que estamos entrando en la era del control químico de la conducta. Supongamos que el spray funciona y yo me ligo a una chica mediante él ¿Ella no podría denunciar que ha sido manipulada para estar conmigo? ¿No podría aducir que he hecho casi lo mismo que si la hubiera dormido con cloroformo para aprovecharme de ella? Las repercusiones éticas de la utilización de fármacos que alteran nuestra mente va a ser un tema importante de reflexión en los próximos años.

2. La neurocientífica del MIT Rebecca Saxe afirma que el 90% de los papers publicados basados en resonancias magnéticas funcionales son dudosos (pocas muestras, escaso rigor, condiciones experimentales erróneas…), sobre todo los referidos a la corteza prefrontal, donde se dan gran cantidad de acciones entremezcladas. Fíate tu de la divulgación posterior…

3. Neolarmackismo. “Los caracteres adquiridos no se heredan” era un dogma del neodarwinismo que parece derrumbarse a pasos acelerados. El mismo Darwin vivió y murió siendo un lamarckista porque entre su teoría de la selección natural y las leyes de Lamarck no hay contradicción alguna. Pero fue a finales del XIX cuando August Weissmann realizó una serie de experimentos en los que cortaba sistemáticamente el rabo a varias generaciones de ratones. Si Lamarck tenía razón, al cabo de unas cuantas, comenzarían a nacer ratones con el rabo más corto. Sin embargo, esto no ocurría, por lo que se consideró que Lamarck quedaba definitivamente refutado. El darwinismo salió triunfante, mas cuando encajaba perfectamente con la nueva genética mendeliana y los genes, eso creíamos, no se alteraban por ningún agente ambiental. Entonces llegó la epigenética que, en principio, no tenía nada que decir a favor de Lamarck; solo afirmaba que hay factores ambientales que son capaces de regular la expresión génica y, en principio, no se heredaban. Se rompía con la idea de que la expresión de tus genes era insensible al exterior durante tu vida, pero se seguía pensando que esto no afectaba a tus hijos. Y aquí llegó lo gordo: recientes experimentos con ratones agouti muestran que alimentándolos con alimentos ricos en grupos metilo, no solo cambia su coloración, sino que su crías nacen con ese nuevo color. El proceso de metilación del ADN puede alcanzar las células germinales y, en consecuencia, hay cambios epigenéticos heredables: ¡Lamarckismo en toda regla! De momento, sabemos muy poco (este campo lleva menos de 15 años estudiándose) pero, presumiblemente en poco tiempo, comenzaremos a conocer qué factores son heredables y en función de qué. Y es que a mí de siempre me parecía algo muy obvio. La selección natural es demasiado lenta… ¿no parecía muy lógico que apareciera algún organismo capaz de hacer que su genoma aprendiera del entorno y poder transmitirlo a su descendencia? Es una excelente estrategia evolutiva tan evidente que parecía absurdo que ningún organismo hubiera evolucionado hacia ella.

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4. Metagenómica. Para saber qué especies de microorganismos proliferaban en un determinado ecosistema, se cogía una muestra y, se la aislaba y cultivaba en una placa de Petri. El problema era que, al cambiar de su entorno natural a las bacterias a la placa, unas se desarrollaban y otras no. El resultado era muy pobre ya que solo un 5% del ecosistema conseguía replicarse. Pero llegó la metagenómica con sus potentes (y cada vez más baratos) sistemas computerizados de secuenciación de genomas y la historia cambió radicalmente: ahora ya no hace falta aislar y cultivar una muestra, sino que, sencillamente, se analiza con estas potentes herramientas y, en muy poco tiempo, conseguimos tener el genoma de todos los microorganismos que allí habitan. Las posibilidades que se abren son enormes: ahora podemos tener, con un detalle inimaginable años antes, un conocimiento profundísimo de cualquier ecosistema por muy pequeño que sea. La metagenómica se ha empezado a aplicar al ser humano y sus primeros descubrimientos son ya revolucionarios: por cada célula eucariota que forma tu organismo, tienes diez veces más bacterias habitándolo (el 90%). Esta concepción ingenua de que las bacterias son “invasores nocivos” de nuestro cuerpo salta completamente en pedazos. Las bacterias pasan a ser el componente esencial de nuestra fisionomía, teniendo funciones tan importantes como las que realiza cualquier célula tradicional. Por ejemplo, según la investigadora Julie Segre, las cerca de un millón de bacterias por centímetro cuadrado que viven en la dermis de tu piel, degradan aceite para humedecerte, controlan el pH o te defienden de otras comunidades patógenas.

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5. Trasferencia horizontal de genes. Estábamos muy acostumbrados a que la única forma de que mis genes pasen a la siguiente generación era la reproducción. Sea sexual o asexual, lo normal parecía que mis genes solo pasan a otro organismo si éste es un descendiente mío. De nuevo el mundo de los microorganismos: allí es muchísimo más común la trasferencia horizontal de genes que la vertical. Bacterias y virus se pasan cadenas de ADN y ARN como si se cambiasen cromos. Esto impide una clasificación de especies a modo del clásico árbol darwiniano (aparte de complicar bastante cualquier tipo de clasificación). No se ve el típico esquema en el que una especie pasa a otra recorriendo varios tipos intermedios. La relación no es jerárquica, sino que una especie pasa genoma a otra para luego, varias generaciones más adelante, cogerle un trozo de ADN a la misma. El árbol de la vida va dejando de ser un conjunto de ramas que se alejan de su origen para asemejarse más a una enmarañada red.

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6. Y aún más sorprendente (o no tanto). La trasferencia horizontal de genes no solo afecta a virus y bacterias que, como hemos dicho, nos constituyen, sino al mismo ADN humano. Se han datado casos de bacterias que incrustan su ADN en el ADN de la célula huésped de modo que ella lo incorpora con normalidad a su funcionamiento (de nuevo epigenética). Pero, además, si uno de esos microorganismos alcanzara nuestras células germinales, su ADN se heredaría y formaría parte de la especie de modo indefinido. De hecho ya se ha encontrado dentro del genoma humano restos de ADN vírico que, además, cumplen importantes funciones (la capacidad de desarrollo de células madre nada menos) ¿Cuántas veces habrá ocurrido en la historia de nuestra especie la transferencia de ADN vírico? La historia del ser humano se hace, de nuevo, más compleja si cabe.

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El stablishment de lo políticamente correcto tiene tres pilares: machismo, homofobia y racismo. Con independencia de toda tu carrera, de todos tus logros y servicios a la comunidad, si en algún momento dices algo que te haga sospechoso de ser machista, homófobo o racista, seras unánimemente condenado a linchamiento y escarnio público, además de perder tu puesto de trabajo. Así son las reglas: un tweet, un mal comentario con micrófono abierto, o un chiste estúpido contado donde haya cámaras o algún periodista atento y ya está, todo lo bueno que hayas hecho hasta el momento se va por el retrete.

Es el caso del septuagenario Premio Nobel Sir Tim Hunt. En una conferencia científica en Corea del Sur, en tono jocoso e irónico, dice una serie de sandeces acerca de las relaciones entre hombres y mujeres en los laboratorios.  Sí, sandeces en un tono totalmente machista y que ni siquiera son graciosas. Automáticamente hay una explosión de críticas en las redes sociales (hasta con campaña de científicas “perturbadoramente sexys” incluida) . Poco después es expulsado fulminantemente de su cargo honorario en el University College of London (donde había trabajado casi veinte años). La Universidad, con un pánico atroz, sale corriendo a decir públicamente que fue la primera en aceptar mujeres en las mismas condiciones que a hombres. También lo cesan del Consejo Europeo de Investigación, con el que llevaba también años colaborando. En fin, la brillante carrera de un Premio Nobel al retrete. De nada ha valido que su mujer, la prestigiosa inmunóloga Mary Collins, que trabaja en la misma universidad, sea feminista y haya declarado que su marido no es machista, ya que si fuera así no estaría casada con él.

Entendemos que si tienes un cargo de responsabilidad pública has de ser prudente con lo que dices. Y que si eres un poco inteligente deberías saber de antemano lo que puede costarte un comentario machista. Tim Hunt ha pecado de una ingenuidad asombrosa. Pero, lo profundo del tema está en pensar sobre qué tipo de declaraciones pueden costarte tu carrera y el porqué de ellas. Un poderoso político puede negar, tranquilamente, el cambio climático (y actuar en consecuencia) sin que le pase absolutamente nada, con las terribles consecuencias para el mundo que pueden tener esas declaraciones. Sin embargo, a un Premio Nobel de setenta y dos años que  hace unas “gracietas” machistas, lo linchamos públicamente y lo echamos de su trabajo ¿Por qué? Porque al igual que existen lobbies empresariales, existen lobbies de lo políticamente correcto. Y este es el caso de determinado tipo de feminismo. Todos estamos de acuerdo en la desigualdad a todos los niveles que ha sufrido y sigue sufriendo la mujer, lo cual hace que el machismo no sea un tema para tomarse demasiado a broma. Sin embargo, no hay que sacar las cosas de tiesto, y no hay que consentir  que el poder de una ideología, por muy buena causa que defienda, esté tan por encima de la ciencia. Echar a Tim Hunt de la comunidad científica nos ha privado de todas las aportaciones que este gran científico pudiese seguir haciendo a la ciencia (y, en consecuencia, a la humanidad). Además, estamos diciendo que realizar unos estúpidos comentarios machistas (no hacen falta ni si quiera pruebas de que realmente se es machista) está por encima de ganar un Premio Nobel (de toda una vida dedicada a la ciencia) y, lo que me parece aún más grave, que merece un castigo desproporcionado. Para mí, sinceramente, con un tirón de orejas (que la universidad le hubiera obligado a colaborar durante un tiempo con una fundación defensora de los derechos de la mujer, por ejemplo) y una disculpa pública seria, hubiera sido más que suficiente. Algo va mal en una sociedad que trata así a sus mejores hombres.

Colaborando en Magnet

Publicado: 10 junio 2015 en Filosofía de la ciencia

Los editores de WegblogsSL se pusieron en contacto conmigo para pedir mi colaboración en un nuevo proyecto de revista digital. Les dije que sí sin dudarlo y aquí tenéis mi primer artículo allí. En él hago un recorrido histórico por las relaciones entre ciencia y filosofía, poniendo un tanto en duda la historia oficial del asunto, pasando por el caso Sokal, metiéndome un poquíto con los postmodernos y apostando, finalmente, por la Tercera Cultura.

La revista, además, tiene un montón de artículos interesantes. Os la recomiendo.

Magnet