Now

La sensación subjetiva del paso del tiempo es variable. Todos hemos sentido ese rato de espera interminable o ese atasco de tráfico desesperantemente largo, mientras que ese noche tan divertida entre amigos o esa magnífica clase de ese profesor tan bueno (como las que yo doy of course), duraron un suspiro ¿Por qué lo bueno dura poco y lo malo dura mucho?

John Wearden, de la Universidad de Keele (Reino Unido) sostiene que cuando el tiempo pasa rápido es en situaciones en las que hemos estado tan concentrados en lo que sucedía que en ningún momento nos hemos puesto a pensar en el paso del tiempo. Habitualmente tienen que ser indicadores externos los que nos informen de ello: cierran la discoteca, se hace de noche de repente  o nos llaman por teléfono para decirnos que nos hemos entretenido y que llegamos tarde. Cuando el tiempo pasa rápido siempre nos percatamos después de una inferencia a posteriori, nunca en el mismo momento en que el tiempo pasa. En cambio, cuando notamos que el tiempo pasa lento es siempre en circunstancias en las que no tenemos ninguna actividad en mente, momentos de aburrimiento. Solo entonces sentimos el lento pasar del tiempo en vivo y en directo.

¿Qué podemos deducir de aquí?

  1. Tenemos un “sensor” o un “sentido interno” para captar (o construir) el paso del tiempo. Wearden se queja de que en los manuales de psicología de la percepción se dedican muchísimas páginas a la percepción visual o auditiva, mientras que, casi siempre, no hay nada acerca de la percepción temporal. La razón es que no es evidente la existencia de un sentido para el tiempo, de modo tan patente como en los sentidos tradicionales: ojo, nariz, oído, piel… El sentido que capta el tiempo está en el cerebro y cada vez vamos sabiendo mejor dónde: ganglios basales, cerebelo, hipotálamo y córtex frontal intervienen en nuestra percepción temporal.
  2. Decir que “me doy cuenta de que el tiempo pasa despacio” no es más que una forma ilusoria de decir “no hay cambios a mi alrededor”. Percatarse de la lentitud del paso del tiempo podría ser, sencillamente, una muestra de aburrimiento ante la ausencia de una novedad importantísima para el aprendizaje y desarrollo humanos. Solemos estar siempre ávidos de novedades, sedientos de que pase algo diferente, por lo que la percepción del tiempo subjetivo podría ser solamente la expresión de esta necesidad y no una medición objetiva de lo que está pasando. Realmente, el tiempo a escala humana no se acelera ni se desacelera de modo perceptible (ya que no viajamos a velocidades cercanas a la luz), de modo que esa sensación de paso rápido o lento, es ficticia.
  3. Esto no quiere decir que el tiempo objetivo no exista (si bien filósofos como Kant o, actualmente, físicos como Julian Barbour, así lo han sostenido) ni que no captemos realmente su paso. Este sensor ligado a los acontecimientos no es el único reloj del que disponemos. Se han realizado multitud de experimentos en los que se estudiaba la precisión con la que individuos calculaban el paso del tiempo (por ejemplo, una duración de tres minutos) y, los resultados concluían que somos bastante buenos haciéndolo (el promedio de error rondaba los pocos segundos para sujetos jóvenes), lo cual, necesariamente indica la existencia de relojes internos bien diseñados para su función. Además, si pensamos en la práctica de ciertas actividades, necesitamos relojes muy precisos que funcionen al orden de milisegundos. Cuando hablamos o escuchamos música, tenemos que ser capaces de diferenciar sonidos o fonemas de  cortísima duración que se suceden a un ritmo frenético. Así mismo, cuando practicamos un deporte y, por ejemplo, interceptamos una pelota, la velocidad de la acción implica toma de decisiones (casi siempre cuasi-inconscientes) igualmente rápidas, surgidas de mediciones muy exactas. Nuestra mente tiene muchos relojes para diferentes funciones que pueden incluso interferirse y contradecirse. Podemos sentir que las horas se hacen larguísimas pero los días o los años pasan muy rápido. En la medición del tiempo vivencias, emociones y experiencias, se mezclan con diversos cronómetros corporales que, a la vez, utilizan indicadores internos (químicos) y externos para orientarse. De nuevo, una función mental es mucho más compleja  de lo que parecía.

 

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Los antiguos establecieron la triada presente, pasado y futuro para describir el tiempo como algo que fluye, un río que avanza sin que nadie pueda detenerlo. Quizá la inexorabilidad de su paso es lo que más se haya repetido en la literatura occidental: no podemos parar el tiempo por mucho que lo hayamos deseado. El pasado queda atrás inamovible, con todos nuestros grandes errores allí sin que podamos hacer nada para que jamás hubieran ocurrido; el presente se disuelve, pasa efímero y se nos escapa de las manos como un puñado de arena entre los dedos; y llega el futuro, siempre impredecible y aterrador, destino último de todo, en dónde para colmo, nos espera la vejez y la muerte.

El tiempo se ha entendido como un presente móvil, que transcurre a un ritmo regular, tan regular que todos los seres humanos (y no humanos) parece que vivimos exactamente en el mismo momento del presente. Percibimos una absoluta sincronicidad temporal entre todos los objetos del universo ¿Por qué? Una excelente cuestión filosófica es preguntarse: ¿cómo es posible que toda la diversidad de organismos que vivimos en el universo (al menos los que tenemos noción del tiempo) percibimos el ahora exactamente en el mismo momento?

La respuesta tradicional la encontramos en la física newtoniana: es que el tiempo es algo real, externo a nosotros y objetivo, un horizonte universal en donde todo sucede. La flecha del tiempo es ontológicamente real. Para Newton, si hay dos entidades inmutables e inmóviles son el espacio y el tiempo. Ambos serían los continentes del universo y todos los objetos del universo su contenido.

Sin embargo, ya muchos sospecharon de que algo no funcionaba bien en esta visión. En primer lugar, el tiempo es algo de lo que empíricamente no tenemos constancia alguna: no se ve, ni se huele, ni se oye ni se puede tocar… Lo único que podemos percibir con su paso son los procesos físico-químicos que observamos en la naturaleza. Yo observo a un ser humano envejecer y, al hacerlo, observo una infinidad de procesos biológicos pero… ¿observo el tiempo mismo por algún lado? No, ¿y si realmente todo esto es una ilusión?

La relatividad de Einstein lo dejó claro: esa sincronicidad temporal sí era una ilusión. El tiempo pasa más rápido o más lento en función del movimiento que realice el objeto. El tiempo puede estirarse y contraerse y no para todo el mundo de la misma manera sino de forma diferente para todos. Esta idea es de las más contraintuitivas que jamás se han propuesto: ¿cómo es posible que mi presente sea diferente al de cualquier otra persona? ¿Cómo podemos vivir en tiempos diferentes si, claramente, veo que vivimos en el mismo? Pero, ¿qué es el presente? ¿Cuánto dura?

En un interesante, y muy divulgado, experimento de los investigadores del MIT Jason Fischer y David Whitney, sometieron a un grupo de sujetos a la visualización de varias series de parches de Gabor. Se les mostraban las imágenes durante medio segundo y se les pedía que describieran los ángulos de inclinación. El experimento concluía que los resultados de las visualizaciones anteriores interferían en los resultados de las siguientes. Por ejemplo, si se mostraba un grupo de líneas paralelas en horizontal y, a los pocos segundos, otro de líneas paralelas en vertical, el sujeto concluía que las segundas no eran totalmente verticales sino que estaban inclinadas.

Los efectos de la distorsión disminuían cuando, entre la visualización de ambas imágenes, pasaban más de quince segundos. De aquí concluyeron Fischer y Whitney que nuestro presente es algo así como el promedio de los últimos quince segundos. Pero, ¿por qué hace esto nuestra mente? Porque, en general, nuestro mundo tiene una cierta estabilidad, por lo que si pretendes acertar haciendo predicciones muy rápidas, parece una excelente estrategia apostar por cierta estabilidad, porque las cosas no cambien en un corto periodo de tiempo. A este intervalo lo han llamado “campo de continuidad”, es decir, el lapso de tiempo en el que la realidad nos parece continua porque conectamos, ya sea correcta o erróneamente, los eventos que en ella suceden.

Estas ideas encajan muy bien con las de Tononi o Dehaene acerca de la consciencia. Estos dos conocidos neurocientíficos piensan que la consciencia de algo surge cuando hay una alta integración de información de diversas fuentes. Cuando yo percibo un suceso integro mucha información sensorial (veo muchas formas y colores, oigo, toco, huelo…) de modo que la unifico en una representación consciente. El “campo de continuidad” es una forma de integración de información, es una forma de hacer coherente un caos de estímulos perceptuales, para poder intervenir en la realidad de la forma más eficaz posible.

Otros experimentos realizados por el famoso Benjamin Libet (descritos en su libro Mind Time: The temporal factor in consciousness. Por supuesto, no traducido al castellano) nos muestran el tiempo mínimo para que algo sea captado a nivel consciente. Situando electrodos en la corteza somatosensorial del cerebro de los sujetos experimentales, Libet comprobó que si aplicaba pequeñas descargar eléctricas de menos de 500 milésimas de duración, dichos sujetos no percibían nada a nivel consciente (ya ves tú que experimento más complejo). No podemos captar conscientemente nada que dure menos de medio segundo (esta cifra ha sido corroborada también con experimentos del equipo de Dehaene). A nivel inconsciente somos mucho más rápidos, del orden de milisegundos. Téngase en cuenta que siempre tardamos algo de tiempo en procesar la información recibida, de modo que desde que un estímulo visual golpea nuestra retina hasta que esta información es procesada en diversas partes de nuestro cerebro hasta hacerla consciente, pasa tiempo. Vivimos siempre con algo de lag, siendo conscientes de la realidad con un pequeño retraso con respecto al presente. Evidentemente, en términos evolutivos, ese retraso ha de ser el menor posible si queremos sobrevivir por lo que, al menos a nuestra escala (comparados con competidores biológicos), no somos demasiado lentos: podemos cazar moscas.

En esta línea parece justificado identificar la consciencia con la memoria a corto plazo (MCP) y con mi sensación de presente. La MCP es como una especie de memoria RAM o de trabajo (hay psicólogos que distinguen MCP de memoria de trabajo, pero a mí no me convence la distinción) que utiliza mi mente para afrontar las situaciones cotidianas de modo eficiente. Si la consciencia tiene algo que ver con la integración de información en un determinado momento del tiempo (llamémosle presente) para hacerla útil, parece que hablar de consciencia, MCP y sensación de presente es básicamente lo mismo.

Otro experimento, igualmente muy divulgado, lo llevó a cabo la psicóloga del desarrollo de la Universidad de Dundee, Emese Nagy. En él, sencillamente, se medía la duración de los abrazos que atletas olímpicos se daban después de cada competición. Se estudió la duración de 188 abrazos entre jugadores de 21 deportes distintos y de 32 países diferentes. Había abrazos más largos (a sus entrenadores) y más cortos (a sus rivales), pero el promedio rondaba los tres segundos. Nagy piensa que esta cifra es extensible de los abrazos a otras muchas acciones cotidianas, de modo que tres segundos puede representar la duración del “presente psicológico” o “sentimiento del ahora” de nuestra especie.

Un estudio anterior realizado por Geoffrey Gerstner y Louis Goldberg, extendía esos tres segundos a seis especies de mamíferos no-primates (canguros, corzos, jirafas, mapaches, okapis y osos panda). Se observó el tiempo que tardaban en realizar diversos eventos modelo de movimiento (masticar, defecar, manipular u observar algo, etc.) y, si bien la duración era variable, el promedio daba el mismo número mágico: tres segundos. Gernstner y Goldberg concluían que esta constante común a diversos órdenes de mamíferos puede representar algún mecanismo neural ancestral. Parece que nuestra concepción del tiempo viene de mucho tiempo atrás.

P.D.1: En el campo de la física, un contraste de ideas muy interesante sobre la existencia real o no del tiempo, la tuvieron Julian Barbour y Lee Smolin. Hablaremos algún día de ello.

P.D.2:  Estoy preparando un artículo mucho más largo y profundo que éste (que es una mera chuchería) para Xataka que en breve saldrá publicado. Ya os avisaré.

Burgess Shale

Si datamos el origen de la vida en unos 3.800 millones de años (el estromatolito fósil más antiguo conocido mientras escribo esto tiene una antigüedad de 3.496 millones de años) y datamos la aparición de la célula eucariota hace 1.800 millones, los organismos procariotas estuvieron más de la mitad de la historia biológica en completa soledad.

Esto parece un excelente argumento contra cualquier idea de progreso evolutivo. Si creemos que la vida evoluciona haca una mayor complejidad, diversidad, adaptabilidad o, apostando fuerte, a la aparición de la inteligencia y, a la postre, del ser humano, deberíamos poder explicar por qué en más de la mitad de la historia de la vida parece que no pasó demasiado (si bien yo no creo que pasara tan poco: las bacterias ya me parecen seres bastante complejos).

Pero es más, el asunto es que, aún después de la aparición de organismos tan complejos y sofisticados como fueron los dinosaurios o lo son los mamíferos, las bacterias siguen con nosotros formando una parte importante de la biota. Jay Gould bromea afirmando que en la actualidad estamos todavía en la era de las bacterias. Un segundo argumento contra el progreso: si nos dirigimos hacia organismos más y más complejos, ¿por qué no se extinguen los más simples sino que siguen entre nosotros? ¿Por qué simplicidad y complejidad conviven y no siempre lo más complejo es lo más apto? ¿Por qué se han extinguido especies tan sofisticadas como el Neanderthal y sigue con nosotros algo tan simple como el Streptococcus pneumoniae?

Hace 540 millones de años ocurre el mayor milagro en la historia de la vida: la explosión cámbrica. En un tiempo muy corto (en términos geológicos) tenemos una increíble multiplicidad de seres vivos (muchos de ellos sin precursores de ningún tipo. Parecen surgidos de la nada). En el célebre yacimiento de Burguess Shale (Parque Natural de Yoho, Cánada) encontramos una variedad de diseños anatómicos tal que iguala, e incluso excede, la moderna gama de metazoos de todo el mundo. La mayoría de los phylum de los animales del presente  estaban ya allí (junto con otros que ya no se encuentran en la actualidad). Nuevo argumento contra el progreso: ¿cómo es que hace 540 millones de años había más biodiversidad que ahora? Y otras preguntas inquietantes serían: ¿por qué surgieron todos los planes corporales súbitamente en esta época? ¿Por qué no han surgido nuevos desde esa fecha?

Respuestas posibles: desde la ecología se postula que los principales phylum quedaron establecidos debido a que se en ese momento se colonizaron los principales nichos ecológicos. Explicado para dummies: si vives en un planeta que, imaginemos, solo tiene montañas y mares, en un momento determinado los habitantes de tu mundo colonizaran ambos entornos, y entonces tendrás dos tipos fundamentales de organismos: los adaptados a las montañas y los adaptados a los mares. Pues ese momento determinado para el ecosistema terrestre pudo ser la explosión cámbrica.

Y desde la genética del desarrollo: los primeros animales pluricelulares (inmediatamente anteriores al Cámbrico) tendrían gran flexibilidad para el cambio genético y el desarrollo embrionario, por lo que dieron lugar a una enorme biodiversidad que se fue restringiendo a medida que los diferentes tipos de organismos fueron adquiriendo patrones de desarrollo estables y prósperos. El Cámbrico habría sido algo así como el gran momento de experimentación, el gran laboratorio de la historia de la vida cuyo resultado fue una serie de diseños bien adaptados que ya no se modificaron esencialmente en la historia evolutiva posterior. Por ejemplo, aquí surgen los esqueletos, una magnifica adaptación que ha seguido funcionando muy bien en los siguientes quinientos millones de años.

La fauna de Burguess Shale es muy sorprendente. Encontramos seres con cinco ojos y una especie de tentáculo terminado en una boca o pinza como es Opabinia (este bichejo siempre me recuerda al, algo posterior, monstruo de Tully):

 Opabinia_eberly_college_illustrationO Hallucigenia, sobre la que se discute todavía acerca de dónde tendrá la cabeza y dónde la cola:

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El mismo Darwin veía en esta rápida radiación de biodiversidad una objeción contra su teoría. Si mantenía que las especies evolucionan a través de pequeñas variaciones graduales, un salto tan abrupto como la explosión cámbrica no encajaba. Lógicamente, los creacionistas veían en Burgess Shale una nueva tanda de especies creada por la omnipotencia divina. Darwin confiaba en que esto era causa de las deficiencias del registro fósil de su época que se subsanaría con nuevos descubrimientos paleontológicos. Sin embargo, eso no ha sucedido. Nuestro registro fósil actual es mucho mejor que el del siglo XIX pero la explosión cámbrica sigue siendo una clara explosión.

Pero no, amigos creacionistas, en el fondo no hay ningún problema ni ninguna objeción sólida al darwinismo, ni mucho menos a la misma teoría de la evolución. La “explosión” no se dio de la noche a la mañana, sino en un periodo de varios millones de años. Ciertos estudios hablan  de que hubo un cambio evolutivo muy acelerado (cambios genéticos más de cinco veces más rápidos de lo normal) que ocasionó que lo que habitualmente necesitaría unos 150 millones de años para evolucionar, lo hizo en unos treinta. Pero, note el lector que treinta millones de años es tiempo más que suficiente para dar a luz a toda la biodiversidad de Burgess Shale de modo perfectamente gradual. Que la evolución, habitualmente, siga un camino gradual no quiere decir que no pueda tener periodos de aceleración y desaceleración.

Lo que no queda nada claro es el porqué de esta aceleración: ¿qué causó una evolución tan rápida? Se han propuesto muchas hipótesis plausibles (y no excluyentes): grandes cambios climáticos como pudieran ser glaciaciones, el aumento de oxígeno atmosférico o la capacidad de estos organismos de generar colágeno (componente esencial de la piel y los huesos de todos los animales) y la biomineralización generalizada de los invertebrados que dio lugar a grandes posibilidades en el diseño de nuevas criaturas. Mi favorita es, sencillamente, la competencia ecológica dada tras la aparición de un montón de adaptaciones cruciales en la historia evolutiva como la visión, la natación activa o la depredación. La presión selectiva tuvo que ser muy alta, lo que ocasionó rápida evolución.

Repetimos la conclusión del otro día: no hay ninguna dirección ni progreso de ningún tipo en la evolución: es un proceso ciego y ateleológico.

Ah, se me olvidaba, por si quieres seguir leyendo, dos artículos míos en Xataka:

La historia de una de las ideas más peligrosas jamás pensada: la teoría de la evolución

Éticas de silicio: las leyes de la robótica en la era de los robots asesinos

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Antes de nada, tenemos tres posturas sobre el origen evolutivo de la mente:

  1. La mente como fruto de la evolución constituye una adaptación al medio. Grave problema: podemos explicar nuestro conocimiento y forma de actuar ordinarias, pero nos sería muy difícil explicar el conocimiento avanzado (el científico) ¿Descubrir las ondas gravitacionales es algo que va a aumentar claramente la eficacia biológica de sus investigadores? Tener un gran conocimiento del mundo a escala mesoscópica parece una gran adaptación pero, ¿para qué a escala cósmica o microscópica? En fin, que si parece que es más fácil y económico conseguir el éxito reproductivo en una discoteca que en un acelerador de partículas… ¿para qué un acelerador de partículas?
  2. La mente es un efecto colateral o epifenómeno de otras adaptaciones al medio. Problema: parece que gran parte de las habilidades cognitivas de un sujeto sí que son adaptaciones… ¿no sería un tanto extraño que la evolución hubiera premiado tanto tener un cerebro tan grande si no tuviera utilidad adaptativa alguna?
  3. La mente es algo bastante complejo y chapucero (realmente son muchas cosas) por lo que contendrá adaptaciones y efectos colaterales de esas adaptaciones y de otras que no tendrán nada que ver con la mente. Problema: es muy difícil diferenciar qué es una adaptación, qué lo fue y ya no lo es, qué lo fue pero ahora lo sigue siendo aunque para otra cosa, etc, etc. No obstante, es el camino a seguir. Ingeniería inversa, historia biológica y adelante.

Aceptando 3, llegamos a tres nuevas posturas con respecto al conocimiento:

  1. Realismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, cómo mínimo, lo suficientemente válido para que hayamos podido sobrevivir. El argumento clásico a favor es decir que si no conociéramos correctamente el mundo no hubiéramos sobrevivido como especie. Parece evidente que si confundes un depredador con una presa, poco durarás en la lucha por la supervivencia. Además, habría cierta evidencia empírica a favor, a saber, comprobar que, en general, tanto nuestros sistemas perceptivos como de toma de decisiones (tanto a nivel consciente como inconsciente) suelen acertar. A pesar de cometer errores, solemos movernos bastante bien en nuestro entorno. Problema: realmente, para sobrevivir, no hace falta tener una información ni completa ni siquiera fidedigna de la realidad (ahora veremos en qué sentido), tan solo la que sea útil para sobrevivir.
  2. Ficcionalismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento fundamentalmente falso acerca de la realidad porque, en general, la mentira es más rentable que la verdad.  Por ejemplo, suele argüirse que las religiones o los patriotismos nacionalistas son teorías falsas que sirven muy bien para cohesionar un grupo y, en consecuencia, mejorar las posibilidades de supervivencia de sus miembros. Problema: la evidencia parece ir al lado contrario: a pesar de que la mentira pudiese ser rentable en casos puntuales, más rentable será la verdad.  No obstante, entendiendo el ficcionalismo tal y como lo entiende Nietzsche, en el sentido de que el conocimiento no es verdadero ni falso, sino como algo diferente, un instrumento al servicio de la vida, es decir, una especie de ficción útil, la cosa no va tan desencaminada y nos lleva a una tercera opción…
  3. Pragmatismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, únicamente, útil para sobrevivir. Parece una imperdonable pérdida de recursos diseñar organismos para conocer toda la realidad. Y, en este sentido, parece más económico hacer un sistema simbólico que impulse a pautas de acción adecuadas para la supervivencia que un sistema que replique la totalidad de lo real. Por ejemplo, parece más barato tener una luz roja que se encienda cuando hay peligro, como puede ser el dolor de garganta ante una infección vírica, que no  un informe detallado de todos y cada uno de los millones de virus presentes en la faringe. El dolor no tiene ninguna similitud, no tiene parecido alguno a un virus y, sin embargo, de un modo biológicamente barato (no hay un gran procesamiento de información) me informa de la presencia del patógeno (o, al menos, de que algo va mal) y, además, me impulsa con mucha urgencia a hacer lo posible por reducirlo.

El pragmatismo, no obstante, tiene que hacer cierta concesión al realismo. Si seguimos con el ejemplo del dolor de garganta, el símbolo “dolor” debe activarse tras la detección veraz de la amenaza, es decir, realmente deben existir virus en mi garganta. Mi organismo, en un principio, debe percibir correctamente lo que le pasa para que “la transformación simbólica” tenga sentido evolutivo.  Aunque a mi consciencia solo llegue un símbolo sin relación alguna con la realidad, mi organismo tiene que “conocer” o interactuar de algún modo con lo real para que tenga sentido mandar la información simbólica.

Objeción: ¿no parece que la cantidad de información que manejamos es muchísimo más alta que la necesaria para la eficacia biológica? El impresionante detalle con la que se nos presenta la información visual… ¿para qué tanta? ¿No hay una enorme inflación informacional?

Posible respuesta 1 : en la clásica carrera armamentística entre organismos luchando por sobrevivir, se perfeccionaron los sistemas perceptivo-cognitivos mucho más de lo que, a priori, pueda parecernos necesario. Si quiero transmitir mis genes, compito con otros, por lo que tanto al combatir con ellos como al competir por pareja he de ser el mejor, por lo que no hay techo en la mejora de cualquiera de mis facultades.

Pero no nos convence: ¿realmente otorga ventaja con mis competidores la nitidez  y riqueza de detalles con la que contemplo la realidad? ¿Qué ventaja me da ante otro tipo con el que me peleo por una hembra distinguir tres tonos de rosa más que él? Está muy bien saber calcular un poquito para sobrevivir pero… ¿para qué sistemas de ecuaciones no lineales? Está muy bien tener visión espacial pero… ¿resolver un cubo de Rubik? Está muy bien tener buena memoria pero… ¿memorizar más de cien mil dígitos de pi?

Posible respuesta 2: Como dijimos al principio de la entrada, mucho de este excedente podría deberse a efectos secundarios de adaptaciones. Por ejemplo, si tengo facultad para imaginar diversos futuros alternativos para escoger la mejor planificación de una acción determinada, también podré imaginar mundos fantásticos sin ninguna utilidad.

Algo mejor pero nos sigue rechinado: parece que en algunos caso podría ser esa la causa pero parece mucha causalidad que, prácticamente, todas nuestras capacidades cognitivas sean muchísimo más avanzadas que lo necesario para sobrevivir y reproducirse: demasiado léxico, demasiada gramática, demasiado cálculo, demasiada imaginación, demasiada cultura…

Creo que la psicología evolucionista todavía no tiene una explicación sólida al excedente de facultades cognitivas propio del ser humano. Recuerdo una entrada en la que hablábamos de cómo el psicólogo Geoffrey Miller intentaba explicar el tema referido al lenguaje humano, y que, al igual que ahora, no nos terminamos de convencer.

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¿Qué pasaría si encontráramos nuestro cerebro en una cubeta, conectado a un computador programado para hacer creer a dicho cerebro de que vive en el mundo real?

Descanse en paz, uno de los grandes de la segunda mitad del XX.

PD: absolutamente lamentable el nulo eco mediático en el mundo hispanoparlante de la noticia de su muerte el pasado 13 de marzo.

Si decimos:

La luz del sol causa el calentamiento de la piedra

estaremos haciendo un juicio empírico, un enunciado causal en donde, sencillamente, sostenemos que la luz solar es la causa de un determinado efecto. No hay nada raro  y todo funciona felizmente: la causa va antes del efecto y si realizamos el experimento mil veces, las mil parece que el sol sigue calentando la piedra. Conocimiento científico sin más. Cambiemos el enunciado:

El calentamiento de la piedra causa la luz del sol

Invertimos la causalidad. La causa es el efecto y el efecto la causa y el futuro interviene en el pasado ¿Una estupidez? ¿Podría ser que el calentamiento de la piedra causara, realmente, la luz solar? Escribamos la frase de otro modo:

La luz del sol tiene la finalidad de calentar las piedras

La frase suena algo mejor pero sigue pareciéndonos absurda ¿Por qué iba a tener la luz del sol la finalidad de calentar piedras? Pues en gran parte de la historia de la humanidad (hasta el siglo XVIII aproximadamente) se ha creído firmemente en enunciados de este tipo, es decir, en enunciados finalistas o teleológicos: aquellos que explican la causa de un suceso apelando a un objetivo o finalidad. Aristóteles, el padre de la criatura, pensaba que el universo era un gran organismo biológico en el que cada parte tenía una finalidad: llovía para que crecieran las plantas, las plantas crecían para que se las comieran los conejos y los conejos estaban para que se los comieran los depredadores. La naturaleza no hacia nada en vano y todo tenía su función (forma moderna de decir teleología).

La razón por la que hoy en día nos resulten tan repulsivas estas explicaciones (referidas siempre al mundo físico. En el mundo biológico las utilizamos con total normalidad) estuvo en Newton quien, aplicando la siempre saludable navaja de Ockham, dijo su archiconocido “Hipotheses non fingo” con el que redujo el papel de la física a explicar la causalidad eficiente o, dicho de otro modo, a explicar todo el universo en términos de fuerzas y movimientos. La Tierra no gira alrededor del sol por ninguna causa o razón especial, sencillamente, obedece las infranqueables leyes de la naturaleza, concretamente, la ley de gravitación universal. Los objetos físicos  no tienen funciones ni objetivos, solo obedecen órdenes.

En general, todo esto ha funcionado bien (la ciencia ha cosechado éxitos rotundos pasando olímpicamente de la teleología), pero hay un supuesto básico de la física clásica (no hay que irnos a las extravagancias de la cuántica) bastante problemático en este aspecto: el principio de Fermat (o principio de mínima acción). Grosso modo dice que la trayectoria de un rayo de luz al recorrer el espacio entre dos puntos A y B siempre será la que consiga que el tiempo al recorrerlo sea el mínimo (Para ser precisos, no siempre se cumple sino que, a veces, hace todo lo contrario. Es lo que llamamos un principio variacional. No obstante, para nuestro caso, con que se cumpla una vez es más que suficiente).

Habitualmente, si no hay ningún cambio de medio ni ningún objeto entre los dos puntos, la trayectoria más rápida será la línea recta. Sin embargo, cuando nos encontramos con que el punto B está, supongamos, debajo del agua, se da que el rayo tiene que atravesar medio acuático y todos sabemos que la luz va más lenta cuando atraviesa dicho líquido (esto es, de nuevo, inexacto pero para el caso nos vale). Como la luz pretende tardar el menor tiempo posible, recorrerá la trayectoria que menos tiempo la mantenga dentro del agua.

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Si miramos el diagrama vemos que la trayectoria que pasa por el punto d, aún no siendo la más corta es la más rápida, ya que el segmento dB, que es el que pasa por debajo del agua y ralentizaría el rayo, es más corto que cB. Dadas estas condiciones, en el mundo real el rayo de luz pasará por d en vez de por c, realizando el recorrido más rápido posible.

Lo inquietante del asunto son dos aspectos:

  1. Para explicar el fenómeno no podemos recurrir al esquema causal habitual sino que hay que irnos a la extraña inversión aristotélica de la teleología. El rayo actúa siguiendo un objetivo, una finalidad: conseguir el tiempo mínimo. No tendría ningún sentido hablar de conseguir tardar lo menos posible en llegar a un sitio si nuestro objetivo no es llegar a ese sitio. Si tenemos que explicar qué causa que el rayo pase por d, necesariamente tendremos que responder que es porque quiere llegar lo más rápidamente posible al punto B. No hay forma de dar una explicación sin mencionar B (invito al lector a que la intente).
  2. Y mucho más inquietante: para tardar el menor tiempo posible, el rayo de luz debería tener una información previa: la posición del punto B, la existencia de otro medio diferente al aire (en este caso el agua) y su distancia, el ángulo de refracción… De alguna forma, el rayo de luz debe disponer previamente de toda la información contenida en el dibujo y, en función de ella hacer ciertos cálculos para conseguir elegir la trayectoria de tiempo mínimo (y no cálculos ordinarios. Hace falta cálculo de variaciones)… ¿Sabe hacer estos cálculos el rayo de luz? ¿Sabe hacer un rayo de luz lo que el GPS de mi coche tarda varios segundos? Nótese que ni siquiera el rayo puede ir seleccionando su ruta sobre la marcha porque, necesariamente, si tiene que ir corrigiendo la trayectoria no elegiría exactamente la más rápida sino que siempre tendría algo de error. Sin embargo, “elige” con total precisión la más rápida,  por lo que toda la información y el cálculo de la trayectoria ha de realizarse antes de la emisión del rayo… ¿Cómo diablos puede ocurrir eso? ¿Como puedo saber yo el camino más rápido para ir a casa de mi abuela si antes no sé dónde está la casa de mi abuela y qué hay entre medias? ¿Y cómo un rayo puede saber nada?

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De hecho, ahora vemos que no se puede ser un verdadero darwinista y, a la vez, un defensor de la idea de progreso en biología, en ninguna de sus formas. Los elementos constructivos de la evolución son funcionalmente azarosos, y el que la selección reúna variaciones dentro de los grupos no afecta, en modo alguno, a la naturaleza esencialmente no direccional del proceso. Dada una necesidad, la opción que se toma para satisfacerla es una función de lo que se tiene a mano, y no de lo que sería la respuesta perfecta. Esta conclusión corresponde a lo que ocurre a nivel fenotípico. Muchas de las adaptaciones que con más éxito empezaron su vida en cualquier otro papel, y después cambiaron a su tarea actual.

Es más, no hay nada en la selección en sí que apoye el progresionismo. Lo que cuenta es la reproducción, aquí y ahora y en el futuro inmediato. Si la forma más simple y menos inteligente puede hacer un buen papel – y en muchas ocasiones éste es el caso -, entonces no se buscará una más compleja […] El que la historia de la vida muestre un supuesto aumento de complejidad en ciertas formas no es más que una consecuencia contingente de el hecho de que el mundo está superpoblado y, por tanto, nuevas opciones requieren nuevas adaptaciones. Biológicamente todos podríamos desaparecer.

[…] El darwinismo es el polo opuesto al progresionismo.

Michael Ruse, Tomándose a Darwin en serio

Uno de los temas más polémicos en torno al darwinismo es el del progreso: ¿sigue la evolución un progreso? Entre los grandes del tema hay diversas posturas: Wilson piensa que hay progreso hacia un aumento de biodiversidad, Stebbins de la complejidad, Dawkins o Dobzhansky de la adaptabilidad; y por el bando contrario, el citado Ruse o Jay Gould niegan cualquier tipo de progreso.

En el blog ya hablamos de la postura antiprogresista de Jay Gould y, antes, de otra defendida por Conway Morris que, sin aceptar explícitamente el progreso, sostiene la inevitabilidad de aparición de ciertas formas dado el ecosistema planetario (incluido el hombre).

Vamos a intentar aclarar la cuestión:

  1. La única regla, digamos necesaria, de la evolución, según el darwinismo, es la supervivencia de los más aptos. Entonces, la evolución favorecerá un progreso hacia una mayor aptitud, pero hay que tener en cuenta que ese progreso es siempre local, no global. Si yo soy un oso polar muy apto para el entorno ártico, si cambia el clima y ahora mi ecosistema es un desierto, mi especie se extinguirá irreversiblemente ¿Era yo entonces la cima de cierto progreso hacia la adaptabilidad? No, solo lo era para un cierto ecosistema local, por lo que no tiene sentido hablar de una evolución progresiva hacia la mayor adaptabilidad. Los más aptos hoy no lo serán mañana, y los más aptos aquí no lo serán allí.
  2. El aumento de la complejidad, biodiversidad, tamaño, control del medio, flexibilidad de la conducta, cognición, etc. que se han postulado como frutos del progreso evolutivo son solo efectos colaterales de la adaptabilidad local. Jay Gould argumenta que si partimos de mínimos, todo tiene necesariamente que aumentar. Por ejemplo, si los primeros organismos fueron muy simples, no nos queda otra que aumentar la complejidad. Del mismo modo, si eran muy pequeños irán surgiendo otros más grandes. Pero esto no quiere decir que la evolución progrese necesariamente hacia ello, sino que por mera estadística, ocurrirá. Es como si tenemos una caja con un agujero en su fondo y una bola dentro. Si nos ponemos a mover la caja, la bola irá dando tumbos azarosos por la base de la caja y, si lo hacemos durante cientos de miles de años, al final, será tan probable que casi se hará necesario, que la bola se cruce en su deambular con el agujero y caiga de la caja ¿Estaban la bola y la caja diseñadas estratégicamente para que la bola cayera? No ¿Era el objetivo o el fin de la bola caer por el agujero? No. Pues eso mismo ocurre con la evolución: no está dirigida hacia nada, pero, por probabilidad, en ella ocurrirán de modo prácticamente necesario ciertas cosas.
  3. La evolución es absolutamente ciega y solo genera buenas adaptaciones porque las buenas adaptaciones son las que quedan. Es como si tenemos varias montañas y el viento, la lluvia, el frío y la nieve las van erosionando. Después de millones de años, muchas de ellas se han convertido en llanuras y planicies mientras que otras han conservado, casi indemne, su empinada forma inicial debido a estar constituidas por dura roca granítica ¿Querían realmente esas montañas mantenerse escarpadas? No ¿Había un proyecto o un progreso dirigido hacia la mayor duración de ciertas formas? No. Pero, ¿era inevitable que esas montañas “sobrevivieran”? Dada una atmósfera como la nuestra y dados los componentes de la litosfera, casi que sí.

arcimboldo

“La mente emerge de la complejidad del funcionamiento cerebral”

Esta sentencia podría resumir de manera general el planteamiento emergentista con respecto al problema mente-cuerpo. Sentencia, por lo demás, que puede parecer bastante razonable para cualquier neurólogo, psicólogo o estudiante de la mente en general que tenga, como ya va siendo normal, una visión más o menos materialista del funcionamiento de nuestra psique.  Sin embargo, vamos a ver que realmente es un enunciado equívoco y bastante vacío.

Pensemos en que yo quiero saber cómo funciona cualquier electrodoméstico de mi cocina, por ejemplo, el frigorífico. Sin tener ni idea de ingeniería, observo sus piezas durante un rato y termino por decir: “La baja temperatura que enfría los alimentos emerge de la complejidad del funcionamiento del frigorífico”. Realmente, no habré dicho absolutamente nada, a lo sumo estaré intentando encubrir que no sé gran cosa del funcionamiento del aparato.

Pensemos ahora en qué significa la palabra “emerger”. Habitualmente se usa para decir que algo sale del agua a la superficie, pero también puede usarse para decir que algo sale del interior de otra cosa. Pues bien, cuando decimos que la mente emerge del cerebro estamos, en primer lugar, cometiendo un sesgo dualista: si la mente sale del cerebro es porque es algo diferente de éste, ergo la mente no es el cerebro. Y si la mente no es el cerebro… ¿qué diablos es? En segundo, estamos sugiriendo de modo implícito o dando la impresión de un “surgir por arte de magia”: a la hora de construir una mente artificial lo único que habrá que hacer es ir añadiendo piezas semejantes a las de un cerebro real hasta que, al final, la mente emerja por sí sola de entre todos esos elementos. Así llega la manida afirmación: “De la complejidad de Internet surgirá espontáneamente una nueva mente global” No, de Internet no surgirá ninguna mente a no ser que ingenieros se pongan a ello, y de ir construyendo piezas similares a las de un cerebro no surgirá una mente sin más. Ir construyendo piezas similares a un cerebro hará que vayamos comprendiendo cada vez mejor cómo funciona el cerebro hasta que, al final, podamos construir las piezas clave que, realmente, sean, constituyan o generen una mente. Y, en tercer lugar, la expresión “emerger del cerebro” parece implicar que la mente surge del cerebro pero que no hay camino inverso, es decir, que “el cerebro no emerge de la mente”, negando la posibilidad de que nuestro pensamiento tenga algún efecto sobre el mismo cerebro. El emergentismo estaría sugiriendo implícitamente un epifenomenalismo que, en general, parece poco convincente (a mí sí me gusta la idea de que muchos aspectos de la mente son efectos secundarios o epifenómenos del funcionamiento del cerebro, pero no me convence que esos efectos secundarios no tengan influencia alguna sobre el propio cerebro).

Y, pensemos por último, en que significa la palabra “complejidad” ¿Qué quiere decir que algo sea complejo? La complejidad es una propiedad subjetiva (una valoración) que no tiene existencia objetiva. Algo es simple o complejo siempre para un sujeto. Resolver una multiplicación es algo complejísimo para un niño de tres años pero trivial para un adulto ¿Diríamos que multiplicar tiene la propiedad objetiva de ser complejo? No, la palabra complejidad, en el mejor de los casos, solo es un indicador de la capacidad de comprensión del sujeto. Entonces, ¿es lícito decir que de la complejidad surge algo? No, de la complejidad no puede surgir absolutamente nada porque solo es una valoración, no es un objeto o proceso real con algún tipo de poder causal. Por lo tanto la afirmación “La mente emerge de la complejidad del cerebro” es un sinsentido o, en el mejor de los casos, es no decir nada.

Supóngase un criador que tenía perreras de afganos (de pelo largo) y salukis (de pelo corto). Supóngase también que, en conjunto, los afganos vivieron más tiempo que los salukis, por cuanto, por la diferencia en longevidad, la descendencia por afgano fue significativamente más numerosa que la descendencia por saluki. Supóngase que se descubrió que los afganos tienen una mayor expectativa de vida, porque los salukis contraen un tipo de misterioso parásito transportado por cierta especie de insecto que las incapacita. Los afganos, por su parte, no son afectados por dicho parásito, porque tienen más pulgas que los salukis (por causa de su pelambre más larga) y las picaduras de las pulgas los inmunizan contra el parásito. Finalmente supóngase que algunos biólogos y veterinarios se enteraron de esto y, en posteriores investigaciones, descubrieron que efectivamente es cierto que, en regiones donde el parásito es común, se trate de perros domesticados o silvestres, el pelo largo (porque alberga pulgas) tiende a incrementar el tiempo de vida (y potencialmente la capacidad de reproducción)

Michael Ruse, Filosofía de la Biología

Este ejemplo es un supuesto. Es de broma. Vamos con dos de verdad:

Por ejemplo, los humanos en los países mediterráneos que eran resistentes al favismo en tiempos en que hubo malaria endémica eran, empero, muy vulnerables a esa infección. Es verdad que un favismo atenuado produce un grado de anemia que protege de la malaria, y, de hecho, la razón de que la selección natural no haya eliminado el favismo  sería porque, respecto a la malaria, se ve favorecida la supervivencia de los que sufren este tipo de anemia.

Curioso, tener un defecto congénito que te hace padecer anemia te inmuniza contra la malaria. Vamos al otro:

Por ejemplo, parece que últimamente se ha detectado que una terrible enfermedad, la corea de Huntington, antes de su manifestación estimula la reproducción y potencia el sistema inmunológico, lo cual, con el tiempo, se reconoce como pleiotropía antagonista (cuando una disfunción se ve contrarrestada por una función o al revés), en la que el balance adaptativo es favorable a la supervivencia en un periodo crucial de la vida, a pesar de los efectos terribles que sobrevienen, pero cuando la oportunidad de reproducción ha tenido lugar.

Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo

Alucinante. La enfermedad de Huntington es de lo peor que a uno puede pasarle: una progresiva demencia acompañada de severos problemas motores que terminará por matarte en unos quince o veinte años (si no te  has suicidado antes, lo cual es bastante común). No hay tratamiento conocido ni, prácticamente, forma de atenuar los síntomas. Además, como es una enfermedad genética, es posible que te enteres de que la tienes por un mero test genético muchísimo antes de que te llegue, pero sin posibilidad alguna de hacer nada por evitarla (es lo que le pasa a Trece, el personaje interpretado por Olivia Wilde en House). El caso es que dado que el Huntington suele manifestarse en la edad adulta, sus afectados han tenido previamente tiempo suficiente para la reproducción, por lo que la enfermedad pasa sin problemas a la siguiente generación. Pero es más, si como sostienen los estudios de los que habla Castrodeza, se estimula la función reproductiva y se refuerza el sistema inmunológico, tener Huntington puede ser una buena ventaja evolutiva: te dará más probabilidades de sobrevivir y reproducirte durante tu edad juvenil, a pesar de que te aniquile brutalmente en la fase adulta.

Los caminos de la adaptación son inescrutables. Señor, llévanos pronto (pero no de Huntington).

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  1. MacLuhan hablaba de “extensiones del hombre” o Ernst Kapp de “órganos proyectados”. He leído muchas veces usar la expresión “prótesis” (si bien sería más correcto decir “órtesis” en la mayoría de los casos ) para hablar de los adelantos tecnológicos que forman parte de nuestros quehaceres cotidianas y que, en cierto sentido, forman parte de nuestro cuerpo, siendo ya complejo establecer una frontera entre hombre y máquina. Se habla de cyborg para referirse a esta simbiosis representada por individuos con cualquier tipo de implante mecánico o electrónico. Todos se quedan muy cortos. Ortega se acercó algo más: somos esencialmente técnicos, esencialmente artificiales: nuestra forma de relacionarnos con el mundo es el artificio. No es que podamos elegir entre usar tecnología o no, es que somos tecnología. El ludismo es el movimiento más antinatural que existe y el transhumanismo es un humanismo.
  2. Spacewar fue el primer videojuego de la historia. Lo diseñó en 1962 un estudiante del MIT llamado Steve Russell. Conocer la fecha de este evento no parece importante. Yo mismo no la conocía hasta hace unos días, pero eso cambiará drásticamente. Igualmente que la historia que nos enseñaron en los institutos (llena casi exclusivamente de reyes y batallitas) ha ido evolucionando para convertirse en una historia social, económica, simbólica, de las ideas, etc. muchísimo más útil y significativa, la historia de la computación terminará por incluirse en ella y tener un importante papel en los planes educativos (o no, dependerá claro de nuestra insigne clase política). Es una obviedad decir que a día de hoy, un sociólogo no se enterará de absolutamente nada sin la historia del procesamiento de la información.
  3. En 2008 existían ya unos 8,6 millones de robots, cifra que contrasta mucho con los escasos 20.000 que funcionaban en 1980. En 28 años ya hay 430 veces más robots y, sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido (incluso ha subido a principios de siglo) ¿Por qué? ¿En qué están fallando las predicciones de Keynes? ¿Por qué no tenemos ya jornadas de dos o tres horas diarias? Dos razones: nosotros, la clase media hemos elegido mantener un elevadísimo nivel de consumo a cambio de seguir trabajando muchas horas (hay que ser imbéciles pero así lo hemos decidido. Ya veréis a quién votáis o cuáles son las prioridades en vuestras vidas). Y la segunda: desde las clases dirigentes se ha remado en la misma dirección como no podría ser de otra manera. En tu empresa, si tus trabajadores echan ocho horas y producen x, y ahora tienes dos robots que te hacen producir x+5 sin un aumento significativo de costes, bienvenido sea ese aumento de producción en un ámbito de dura competencia en el sector. Si reduces la jornada laboral, siempre habrá otra empresa que no lo hará y ganará la partida, así que no lo haces. Sin una legislación global no se puede hacer nada.
  4. Diversos estudios (por ejemplo aquí y aquí) calculan que en un par de décadas casi la mitad de los puestos de trabajo en el sector industrial serán ocupados por robots. En España el sector industrial representa, desgraciadamente, solo un 20% del total de los trabajadores. Si tenemos algo más de 17 millones de trabajadores, de los cuales 3,4 trabajan en la industria, para el 2040 tendremos 1,7 millones de puestos de trabajo destruidos. Son veinte años, una generación. Hay tiempo para formar a los futuros trabajadores para adaptarse a este nuevo mercado laboral (evidentemente dentro de lo previsible. Mucho de lo que venga en veinte años es totalmente impredecible a día de hoy), si bien será complicado conseguir suplir un número tan alto de puestos de trabajo perdidos (se auguran momentos complicados). Además, este suceso implicará la división entre países que han conseguido robotizar su sector industrial y los que no. Se antoja muy necesario prepararse para la inminente robolución.