Leo este artículo de un tal Michael Graziano. Otra propuesta más de cómo construir una máquina consciente, deshaciendo ese gran “pseudoproblema” que es el hard problem. Nada nuevo bajo el sol y la enésima prueba de que no se comprende bien el tema.

Graziano va introduciendo los elementos que habría que implementar en una máquina para que fuera consciente. Pone el ejemplo de ser consciente de percibir una pelota de tenis. En primer lugar hay que darle a la máquina información acerca de la pelota. Graziano insiste, y ahora veremos por qué tanto, en que la información que tenemos del mundo real es tan solo un esquema, una serie de indicadores que nos sirven para reconocer el objeto pero no para tener una información real y completa de él. Percibir una pelota de tenis no es tener en la mente otra pelota de tenis similar a la percibida, es únicamente tener una serie de datos que nos permitan reconocer y utilizar la pelota. La razón es que sería un grandísimo derroche de recursos tener una copa absolutamente fidedigna del mundo en nuestra mente, cuando lo único que nosotros necesitamos es funcionar eficientemente en él, es decir, adaptarnos a él.  Hasta aquí todo correcto.

Graziano dice que si le preguntásemos a la máquina si es consciente de la pelota de tenis, ésta no sabría cómo responder ya que le falta otra parte importante de la ecuación: información sobre sí misma. Para ser consciente de algo hace falta un sujeto, alguien que sea consciente del objeto. La solución es implementar en la máquina información sobre sí misma. Podemos darle información sobre su cuerpo, la posición de sus piezas, etc. De nuevo, esta información es un nuevo esquema. Nosotros no conocemos la posición de todos y cada uno de los átomos de nuestro cuerpo, ni siquiera sabemos muy bien dónde están ciertos órganos ni mucho menos cómo funcionan. Tenemos un mapa borroso e impreciso de nuestro cuerpo. Bien, se lo implementamos.

Si, de nuevo, le preguntamos a la computadora si es consciente de la pelota, volvería a fallar. Tiene información de la pelota y de sí misma, pero no de la relación entre ambas cosas. Graziano cree que la neurociencia estándar ha descuidado por completo esta relación, y parece pensar que ha descubierto América al hacernos caer en la cuenta de su importancia. Sí, en unos veinticinco siglos de historia de filosofía de la mente, a nadie se le había ocurrido pensar en cómo el hombre se piensa a sí mismo pensando. Probablemente habrá cientos de miles de páginas sobre el tema. Pero vale, no seamos malos y perdonémosle a Graziano estos deslices. Sigamos.

Tercer paso y el más crucial: hay que implementar en la máquina esa relación entre el objeto y el sujeto ¿qué le ponemos?  Graziano piensa que, de nuevo, hay que introducirle un esquema (Además, dado que según él la neurociencia no tiene nada que decirnos, no podríamos hacer otra cosa). Habría que implementarle propiedades generales de lo que significa prestar atención a algo. Por ejemplo, podríamos hacer que definiera atención como “poseer mentalmente algo” o “tener algo en mi espacio interior”. No importa que las definiciones pudiesen ser falsas, incompletas o muy imprecisas. Lo importante es sacarlas de la psicología popular, de cómo las personas nos referimos a prestar atención.

Entonces, y aquí viene lo interesante, si nos ponemos a charlar con la máquina, ésta nos dirá que es consciente de la pelota de tenis. Ella no sabe que funciona mediante microchips de silicio, ni que únicamente procesa información pero, en función de los datos que le hemos implementado, ella diría que no es una máquina y que tiene una propiedad no física que es ser consciente de una pelota de tenis, debido a que sus modelos internos son descripciones borrosas e incompletas de la realidad física.

Y ya está, para Graziano a esto se reduce el hard problem. Tenemos una forma útil aunque, en último término falsa, de referirnos a nuestra relación de atención entre los objetos del mundo y el modelo de nosotros mismos. Y de aquí surge la idea de consciencia, una mera forma de hablar que nos resulta muy práctica pero que, realmente no representa nada real. Graziano culmina el artículo hablando de que concebir la conciencia de otro modo es hablar de cosas mágicas. De nuevo volvemos al viejo funcionalismo que niega la existencia real de los qualia. Y, de nuevo, aunque Graziano seguro que no lo sabe, está repitiendo el antiguo esquema del conductismo lógico tan bien representado por Gilbert Ryle: la mente es un mero error en el uso del lenguaje.

Objeción a lo bruto desde el estado de ánimo que me causa leer este artículo: si yo cojo la pelota de tenis y la estrello en la pantalla de la “computadora consciente” ¿a la máquina le dolerá realmente? Y si cojo de nuevo la pelota y la estrello en la cara de Graziano ¿le dolerá igual que a la máquina o de otra manera diferente?

Objeción razonada una vez que me he calmado: Estoy bastante harto de leer teorías que, de uno u otro modo, niegan la existencia de los qualia y los equiparan con conceptos obsoletos como el de “alma” o “espíritu”, sosteniendo que hablar de ellos es hacer metafísica. No, queridos neurólogos e ingenieros varios, los qualia existen con una realidad aplastante. Cuando siento que me duelen las muelas, me duelen. Otra cosa es que el dolor no represente con precisión ninguna lo que ocurre en mis muelas (mi dolor no se parece en nada a millones de bacterias infectando un diente), que solo sea una especie de símbolo convencional para alertarme de que algo malo pasa en mi boca, pero el dolor existe con total plenitud ontológica.

La máquina de Graziano diría que es consciente pero, en realidad no lo sería. No tendría ningún tipo de sensación consciente, nada de nada. Lo único que hace es deducir una serie de conclusiones a partir de unas premisas erróneas que le hemos implementado a propósito. En el fondo, lo único que hemos hecho es programar a una computadora de la siguiente forma:

Premisa 1: Tu relación con la pelota de tenis es de consciencia.

Pregunta de Grazziano: Ves una pelota ¿eres consciente de ella?

Respuesta: En virtud de la premisa 1, deduzco que sí soy consciente.

La máquina solo ha hecho una deducción lógica, un sencillo modus ponens que el ordenador desde el que escribo esto realiza millones de veces por segundo, sin ser nada consciente de que lo hace. Y es que Graziano hace un juego muy tonto. Aunque no lo diga explícitamente y parezca deducirlo del resultado del experimento mental con la máquina, él parte de la premisa de que la consciencia es una ilusión útil. Entonces crea una máquina a la que le pone por premisa creer que es consciente sin serlo. Después, parece fingir sorpresa (dice que le resulta espeluznante) ante que la máquina diga que es consciente.

Lo repetimos: señores ingenieros de IA, psicólogos congitivos, neuorocientíficos y pensadores de diversa índole, no necesitamos máquinas que finjan, simulen, digan o prometan por el niño Jesús que son conscientes. Los qualia son muy reales y tenemos que construir máquinas que realmente los tengan. Entiendo que, de momento, no tengamos ni idea de cómo hacerlo. Pues sigamos estudiando el sistema nervioso, pero no nos lancemos tan deprisa a decir majaderías.

Cuando al biólogo de la Universidad de Minnesota Paul Z. Myers, le propusieron la pregunta Edge 2011 ¿Qué concepto científico podría venir a mejorar el instrumental cognitivo de las personas? respondió: el principio de mediocridad. Me sorprendió que Myers lo considerara tan importante pero, pensándolo bien, tiene mucha razón. La mayoría de la gente pensaría muchísimo mejor si tuviese más claro qué significa. Aquí voy a desarrollarlo en ocho puntos:

  1. Tu nacimiento no viene marcado por ningún designio ni propósito trascendental. No has nacido con ninguna misión encomendada previamente ni has sido elegido para nada. Siempre me ha parecido de una arrogancia pasmosa el hecho de que alguien se crea especial sin todavía haber hecho absolutamente nada para merecerlo. O, peor aún, que se considere pecador, manchado por el pecado original, y que tenga que redimir un mal que nunca cometió. Es enfermizo que pensemos que un bebé está dañado por el pecado.
  2. Eso no quiere decir que tu vida sea absurda, solo que tendrás que conformarte con un sentido algo menos pretencioso. Tu genética y la cultura en la que vivas conformarán en ti una serie de valores y objetivos vitales. Éstos marcarán el sentido de tu vida. Podrás buscar el dinero, la fama, el éxito, amor, comodidad, tranquilidad o nada de eso, lo cual llenará con más o menos plenitud el sentido de tu existencia, pero no busques nada más pues no lo hay.
  3. Es muy probable que no vayas a ser un genio universal, un famoso deportista de élite o un influyente líder político. Lo más probable es que te acerques al promedio humano. En algunas facetas estarás por encima de la media y en otras por debajo, pero será muy difícil que representes esos rarísimos casos de personas absolutamente sobresalientes. Lo más probable es que seas un mediocre. Acéptalo, pero eso no quiere decir que te quedes deprimido lamentándote de tu mediocridad. Schopenhauer decía que Dios repartía las cartas, pero que tú elegías la jugada. Puede ser que hayas nacido con escasas virtudes y en pésimas circunstancias (malas cartas), pero en ti queda hacer la mejor jugada posible dado lo que tienes. Inténtala.
  4. El universo, sea una gran maquinaria determinista o un proceso azaroso, funciona sin ningún propósito. No hay ninguna intencionalidad en lo que sucede a nuestro alrededor. Los organismos vivos y las máquinas artificiales son los únicos seres que funcionan siguiendo un objetivo, pero el resto del universo funciona sin más. Los sucesos importantes de tu vida no estaban premeditados. El día que, casualmente, conociste a la mujer de tu vida no estaba marcado con antelación en el calendario de un Dios bondadoso. A mí, en concreto, me parece mucho más reconfortante sentirme el dueño de mi propia vida, pensar que el futuro es algo que creo yo a cada paso que doy, y no algo que otros “seres mágicos” han decidido por mí.
  5. Las leyes que rigen el universo son absolutamente amorales. La ley de la gravedad funciona inquebrantable nos venga bien o no. Levanta aviones y los estrella por igual. No hay ninguna fuerza, energía, magia que, de algún modo, busque nuestro bien o nuestra maldición. Lo inteligente de la cultura occidental ha sido saber aprovechar esas leyes en nuestro beneficio utilizando la ciencia y la tecnología. Sigamos en ese camino.
  6. Estás solo en el universo. No tienes un ángel de la guarda ni un Dios amoroso que vela por que no te pase nada malo. Puedes ser la persona más bondadosa del mundo y que tu vida sea un penoso trasiego lleno de desgracias, y puedes ser un malvado al que la suerte le llueve del cielo. No hay ninguna justicia cósmica que castigue a los malos y premie a los buenos más que la justicia terrenal que nosotros erijamos aquí. Por eso nos conviene mucho hacer un mundo más justo.
  7. No hay vida después de la muerte. No hay misterio alguno en la muerte por mucho que hayan querido vendernos lo contrario. Cuando mueras, todas tus funciones cerebrales serán pasto de los gusanos y todas tus emociones, pensamientos, recuerdos… se perderán para siempre. No irás a un sitio mejor ni volverás a ver a tus seres queridos. La muerte será como cuando no habías nacido: nada. Aprovecha el tiempo que tienes porque no hay otro.
  8. No conocemos prácticamente nada del funcionamiento del universo. Newton decía que todo nuestro conocimiento equivalía a una gota de agua en el océano y Descartes decía, siendo algo optimista, que cambiaría todo lo que sabía por la mitad de lo que ignoraba. Hemos de aceptar entonces vivir rodeados del error y de la incertidumbre. No tenemos certezas absolutas de nada, pero eso no quiere decir que no podamos mejorar nuestro conocimiento e intentar acercarnos con todas nuestras fuerzas a esa lejana utopía que es la verdad. Yo tengo muy claro que cualquier proyecto filosófico que emprenda será, de antemano, un fracaso; que por cada respuesta que crea tener, surgirán miles de nuevos interrogantes. Pero no es tan grave. El hombre se dio cuenta de que conocer la realidad es más difícil de lo que parecía, pero eso no hace que el propósito de conseguirlo sea un noble, loable y, sobre todo, apasionante camino. Creo que tengo muchas menos certezas que cuando tenía dieciséis años, pero curiosamente, eso no me hace más ignorante, sino mucho más sabio.

Me cuesta mucho digerir ciertas ideas políticas. Leemos la prensa o escuchamos a nuestros locuaces representantes y parece que la única lógica para construir la realidad es el binomio liberalismo-socialismo. Parece que todo sigue la simpleza de privatizar y bajar impuestos o defender lo público y subirlos. Nada hay mucho más allá de ese debate.

Creo que la gente con dos dedos de frente deberían aceptar que el sistema capitalista unido a avances democráticos y en derechos humanos, nos ha llevado a un sistema que, si bien tiene gravísimos defectos, es el mejor conocido hasta la fecha. El hecho de que un ciudadano de clase media pueda abrir el grifo de su casa y que salga agua caliente de modo casi ilimitado es algo inaudito en la historia de la humanidad. En Europa llevamos setenta años sin ninguna guerra importante en nuestro territorio (exceptuando Yugoslavia, Chechenia y Ucrania, pero han sido conflictos periféricos), hemos erradicado la pobreza extrema, curado infinidad de enfermedades, alargando la esperanza de vida a más de ochenta años, y conseguido un número de derechos y libertades sin parangón en la historia de la humanidad.

Pero, a nivel global, nuestro sistema tiene dos grandes problemas citados hasta la exasperación:

1. La enorme desigualdad que genera. A los liberales la desigualdad no les parece un problema debido a que la encajan dentro de un modelo meritocrático: el que gana más es el que tiene más talento o trabaja más. Sin embargo, este modelo no es real. La enorme diferencia entre pobres y ricos no expresa equitativamente la diferencia de talento y trabajo entre unos y otros. La distribución de la riqueza suele ser bastante injusta.

2. Un modelo productivo insostenible. Recomiendo a todo el mundo leer El optimista racional de Matt Ridley, en donde se nos exponen todas las ventajas y logros de nuestro sistema económico. Sin embargo, este libro cojea en el aspecto medioambiental. Parece innegable que un sistema basado en el aumento constante de la producción es ambientalmente insostenible, y ya cada vez son menos los negacionistas del cambio climático.

¿Soluciones? Muy difíciles. Aquí hoy, simplemente pretendo mostrar formas de redistribución de la riqueza y modelos ecológicos más igualitarios y sostenibles. Si quieres aprender formas alternativas a tu estilo de vida lo mejor es recurrir a la Antropología Cultural. Cuando comencé a leer algunos textos clásicos era más joven y más imbécil (yo soy una de esas rara avis que no quiere la juventud eterna. Cuanto más viejo te haces, si envejeces bien, vas siendo algo menos imbécil), entendía a las culturas tribales como “primitivas”, subdesarrolladas y, a la postre, miserables. Tenía en mi mente el esquema colonialista de los antropólogos del XIX. Ahora mi perspectiva es como he dicho, algo menos imbécil: de primitivas, subdesarrolladas y miserables no tienen nada de nada. Son, sencillamente, diferentes caminos que ha seguido la evolución cultural. Un masai, un bosquimano o un yanomamo no tienen ni un pelo más tonto que yo y sus estilos de vida son, en muchos aspectos, mejores que el mío. A la hora de juzgar culturas tenemos que conocerlas bien y no solo medirlas en función de su avance científico o tecnológico. Evidentemente la cultura occidental está años luz de culturas que viven casi en el paleolítico, pero la tecnología no es el único indicador de avance humano.

Vamos a analizar brevemente las dos formas de distribución de la riqueza expuestas por Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, concretamente en el capítulo titulado Potlatch (Recomiendo encarecidamente la lectura de este libro. Lo mejor que he leído este verano):

Los bosquimanos practican una distribución de los recursos bastante igualitaria basada en la reciprocidad. La reciprocidad consiste en ofrecer tu ayuda, servicios o productos a otros sin esperar nada a cambio. No es igual a la mera generosidad. Si un bosquimano estuviese constantemente pidiendo favores a sus congéneres sin prestar nunca ninguno, pronto acabaría siendo tachado de gorrón y se le dejaría de prestar ayuda. La reciprocidad se parece al tipo de relación que los occidentales tenemos con nuestros familiares. A un hermano se le hace un favor sin esperar una inmediata recompensa pero, igualmente, el abuso de los favores terminaría por ser sancionado. Aparte de esta servicialidad, a los bosquimanos les resulta repugnante que alguien se jacte de sus logros o virtudes. El ideal del cazador bosquimano es aquel que caza bien pero pasa totalmente desapercibido. Socialmente, se premia muchísimo la humildad.

bosquimanos Kung noreste del desierto del Kalahari

Marvin Harris cuenta la anécdota de la experiencia del profesor Richard Lee en su convivencia con los bosquimanos en el desierto del Kalahari. Cuando Lee comprobó lo serviciales que eran quiso ofrecerles un regalo. Así que se fue a una aldea cercana con su jeep y compró el buey más grande que pudo encontrar para que los bosquimanos lo sacrificaran en Navidad. Cuando Lee les habló de la suculenta compra que había hecho, ellos le dijeron que conocían ese buey y que era muy malo: solo pellejo y huesos. Lee quedó muy sorprendido porque todos los miembros de la tribu parecían tener esa misma actitud despreciativa. Cuando llegó la Navidad sacrificaron el buey y, naturalmente, tenía una gran capa de jugosa grasa que todos saborearon con gran placer. Entonces Lee les pidió explicación de por qué lo habían criticado. Los bosquimanos le dijeron que claro que sabían que el buey era magnífico, pero que cuando un joven sacrificaba mucha carne llegaba a creerse un hombre importante o un jefe y comenzará a ver a los demás como sirvientes o inferiores. Los bosquimanos no pueden permitir al que se jacta porque piensan que su orgullo pronto le llevará a matar a alguien. Marvin Harris, desde su materialismo cultural, explica esta actitud recurriendo a su relación de producción con el medio. Los bosquimanos son cazadores-recolectores que viven en un entorno de relativa escasez. Si permitieran la existencia de grandes y orgullosos cazadores que, para incrementar su prestigio, compitieran por cazar más, pronto sobrexplotarían los recursos (por ejemplo ahuyentando las presas que periódicamente pasan por sus territorios) y terminarían por perjudicar a toda la tribu.

La reciprocidad es para los bosquimanos la mejor forma de adaptarse a un determinado ecosistema que, colateralmente, trae consigo una forma de vida generosa, pacífica e igualitaria que, además, permite una relación sostenible con el medio. Por aportar otro dato, los cazadores bosquimanos trabajan solamente de diez a quince horas semanales… ¿quién dijo que una de las promesas del capitalismo es que trabajaríamos menos? Esta forma de vida tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra excesiva sobreproducción. Habría que plantearse si, realmente, lo que queremos es producir más y qué precio queremos pagar por ello. Si lo pensamos bien, gran parte de los objetos y servicios que obtenemos con nuestros salarios son superfluos e innecesarios, a cambio de sufrir un fuerte estrés laboral.

Los kwakiutl son los habitantes aborígenes de Vancouver. Su organización política está formada por diferentes jefes tribales establecidos en competencia a lo largo de su territorio. Lo realmente sorprendente de su forma de vida es el modo en que tienen de redistribuir sus recursos: el llamado potlatch. Los jefes kwaikiutl se sienten constantemente inseguros de su estatus, y la forma que tienen de consolidarlo es realizando periódicamente una pantagruélica celebración. En ella invitan a los demás jefes en competencia y les ofrecen una enorme cantidad de comida y regalos. El objetivo es mostrar que uno es tan poderoso que puede permitirse regalar y derrochar hasta el extremo. Es normal que en un potlatch los invitados salgan de la fiesta a vomitar para poder seguir comiendo. En algunos casos que rozan el paroxismo, el anfitrión no solo regalaba sino que llegaba a destruir comida y regalos, acabando incluso por incendiar su propia casa. Los invitados tienen que quedar tan avergonzados que redoblen sus esfuerzos para superar el derroche del potlatch al que acaban que ser invitados en el próximo que realicen ellos.  Los primeros antropólogos que estudiaban este fenómeno lo solían atribuir a la insaciable ansia de poder y prestigio del ser humano, pero Marvin Harris lo explica mejor desde su materialismo: el potlatch es un mecanismo competitivo que asegura  la producción y redistribución de riqueza en sociedades que no tienen una sólida clase dirigente. La necesidad de realizar un impresionante festín moviliza toda la fuerza productiva de una comunidad evitando que ésta baje a niveles en los que no podría resistir guerras o malas cosechas. También actúa compensando las fluctuaciones de productividad entre aldeas que ocupan diferentes territorios. Por ejemplo, los habitantes de tierras costeras compensarán malos años de pesca, disfrutando de los festines otorgados por jefes que viven en zonas con una producción más afortunada y viceversa. Y, por último, también distribuye la riqueza de un modo bastante equitativo. En cada potlatch, cada invitado que ha participado en la organización recibe premios dependiendo de su aportación a la celebración, de modo que cada uno recibe en función de lo que ha producido. Pero incluso hay para los pobres: alguien desfavorecido solo tiene que vitorear al jefe, diciéndole lo grande y generoso que es, para recibir premio. En condiciones de bonanza, no hay pobreza extrema entre los kwakiutl.

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Resulta entonces poco menos que sorprendente que un sistema basado en el ego de sus jefes redistribuya los recursos con semejante eficiencia. Nuestro actual sistema capitalista tiene el problema de que, aunque igualmente está basado en el ansia de poder y riquezas de sus miembros, produce una desigualdad muchísimo mayor.

Con estos ejemplos antropológicos no estoy sugiriendo de ningún modo que tengamos que cambiar nuestro sistema por el bosquimano o el kwaliutl. Hacerlo sería de una ingenuidad terriblemente estúpida (tantas veces vista en la izquierda política). Ni tampoco quiero mistificar a estos pueblos. Tienen tantos problemas como cualquier otra sociedad y viven en condiciones que distan mucho de ser idílicas. Únicamente quiero mostrar que existen infinidad de formas diferentes de redistribuir la riqueza y que, muchas de ellas, tienen, al menos, la virtud de ser socialmente más justas y más equilibradas con el medioambiente que la nuestra. Creo que nuestros políticos suelen pecar de poca amplitud de miras a la hora de aportar soluciones a nuestros problemas porque parecen anclados en un pequeño número de propuestas tradicionales que se expresan en el simplista binomio liberalismo-socialismo. Si tuviésemos que catalogar el potlatch o la reciprocidad bosquimana, ¿las clasificaríamos como liberales o socialistas? Ninguna de las dos formas encaja bien, porque hay muchas maneras de hacer las cosas aparte del liberalismo o del socialismo.

Diálogo para esencialistas

Publicado: 22 junio 2015 en Teoría del conocimiento
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– Tío, Nuria me ha dejado. Estoy hecho polvo.

– Lo siento macho ¿Y cuándo ha sido?

– El sábado quedó conmigo y me lo dijo. Me dijo que se acabó para siempre.

– ¿Y por qué te ha dejado?

– Las tías son todas unas superficiales. Me dijo que ya no le gustaba. Que no le atraía físicamente, que estoy gordo y me estoy quedando calvo…

– Hombre, la verdad es que te estás descuidando bastante.

– Ya sí, pero lo valioso de una persona está en el interior. Fijarte solo en el físico es de ser una superficial de mucho cuidado.

– ¿Y qué más te dijo?

– Que le parecía un ignorante y un vago ¡Ya ves que estupideces!

– Bueno Paco, culto, culto… no eres. Yo solo te he visto con el Marca y solo te lees los titulares. Y trabajador… llevas años parado sin hacer nada.

– Sí, pero eso no es lo importante. No todos vamos a ser profesores universitarios. Me gusta vivir tranquilo sin que abuse de mí un empresario explotador. Nuria solo ha visto eso y no ha sabido mirar dentro de mí. Y  luego que si no soy gracioso ni detallista ni elegante ni educado… ¡Me ha hecho menudo retrato!

– No quiero ofenderte Paco, pero es que tampoco has tenido ni un detalle con ella en ocho años. Y tampoco eres el rey de la fiesta. Estás todo el día viendo fútbol y enganchado a Internet. A lo mejor sí que has descuidado un poco la relación…

– Joder Luis ¿Tú también? Lo realmente importante, lo que tiene valor de verdad, es lo que auténticamente somos, nuestro ser. Lo demás va y viene, es efímero, es solo superficie.

– Vaya Paco, te has vuelto muy filósofo. Pero recapacita: eres feo, gordo, calvo, ignorante, vago, no tienes gracia, ni detalles, eres maleducado y poco elegante en el vestir ¿Qué crees que podías ofrecer a Nuria para que te quisiera?

– Macho Pedro, pues lo esencial, mi maravilloso yo interior.

1. Cuando mantenemos relaciones sexuales liberamos gran cantidad de oxitocina, una hormona y neuropéptido relacionado con los sentimientos de afiliación. Es muy posible que el enamoramiento en el sentido que querer mantener una pareja estable y duradera esté provocado por la oxitocina. Ya está, el amor (o, al menos, cierta parte o perspectiva de él) es tratable científicamente. Supongamos que inventamos un fármaco que pueda bloquear la captación neuronal de oxitocina. Te ha dejado tu mujer y estás hecho polvo. No importa, tenemos la cura. O, pensemos en el caso inverso: el elixir del amor. Unas gotas de este fármaco en tu desodorante y ninguna chica querrá separarse de tu lado. El caso es que ya existe y se vende por Internet. Dudo mucho que funcione, pero de lo que no me cabe duda es de que estamos entrando en la era del control químico de la conducta. Supongamos que el spray funciona y yo me ligo a una chica mediante él ¿Ella no podría denunciar que ha sido manipulada para estar conmigo? ¿No podría aducir que he hecho casi lo mismo que si la hubiera dormido con cloroformo para aprovecharme de ella? Las repercusiones éticas de la utilización de fármacos que alteran nuestra mente va a ser un tema importante de reflexión en los próximos años.

2. La neurocientífica del MIT Rebecca Saxe afirma que el 90% de los papers publicados basados en resonancias magnéticas funcionales son dudosos (pocas muestras, escaso rigor, condiciones experimentales erróneas…), sobre todo los referidos a la corteza prefrontal, donde se dan gran cantidad de acciones entremezcladas. Fíate tu de la divulgación posterior…

3. Neolarmackismo. “Los caracteres adquiridos no se heredan” era un dogma del neodarwinismo que parece derrumbarse a pasos acelerados. El mismo Darwin vivió y murió siendo un lamarckista porque entre su teoría de la selección natural y las leyes de Lamarck no hay contradicción alguna. Pero fue a finales del XIX cuando August Weissmann realizó una serie de experimentos en los que cortaba sistemáticamente el rabo a varias generaciones de ratones. Si Lamarck tenía razón, al cabo de unas cuantas, comenzarían a nacer ratones con el rabo más corto. Sin embargo, esto no ocurría, por lo que se consideró que Lamarck quedaba definitivamente refutado. El darwinismo salió triunfante, mas cuando encajaba perfectamente con la nueva genética mendeliana y los genes, eso creíamos, no se alteraban por ningún agente ambiental. Entonces llegó la epigenética que, en principio, no tenía nada que decir a favor de Lamarck; solo afirmaba que hay factores ambientales que son capaces de regular la expresión génica y, en principio, no se heredaban. Se rompía con la idea de que la expresión de tus genes era insensible al exterior durante tu vida, pero se seguía pensando que esto no afectaba a tus hijos. Y aquí llegó lo gordo: recientes experimentos con ratones agouti muestran que alimentándolos con alimentos ricos en grupos metilo, no solo cambia su coloración, sino que su crías nacen con ese nuevo color. El proceso de metilación del ADN puede alcanzar las células germinales y, en consecuencia, hay cambios epigenéticos heredables: ¡Lamarckismo en toda regla! De momento, sabemos muy poco (este campo lleva menos de 15 años estudiándose) pero, presumiblemente en poco tiempo, comenzaremos a conocer qué factores son heredables y en función de qué. Y es que a mí de siempre me parecía algo muy obvio. La selección natural es demasiado lenta… ¿no parecía muy lógico que apareciera algún organismo capaz de hacer que su genoma aprendiera del entorno y poder transmitirlo a su descendencia? Es una excelente estrategia evolutiva tan evidente que parecía absurdo que ningún organismo hubiera evolucionado hacia ella.

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4. Metagenómica. Para saber qué especies de microorganismos proliferaban en un determinado ecosistema, se cogía una muestra y, se la aislaba y cultivaba en una placa de Petri. El problema era que, al cambiar de su entorno natural a las bacterias a la placa, unas se desarrollaban y otras no. El resultado era muy pobre ya que solo un 5% del ecosistema conseguía replicarse. Pero llegó la metagenómica con sus potentes (y cada vez más baratos) sistemas computerizados de secuenciación de genomas y la historia cambió radicalmente: ahora ya no hace falta aislar y cultivar una muestra, sino que, sencillamente, se analiza con estas potentes herramientas y, en muy poco tiempo, conseguimos tener el genoma de todos los microorganismos que allí habitan. Las posibilidades que se abren son enormes: ahora podemos tener, con un detalle inimaginable años antes, un conocimiento profundísimo de cualquier ecosistema por muy pequeño que sea. La metagenómica se ha empezado a aplicar al ser humano y sus primeros descubrimientos son ya revolucionarios: por cada célula eucariota que forma tu organismo, tienes diez veces más bacterias habitándolo (el 90%). Esta concepción ingenua de que las bacterias son “invasores nocivos” de nuestro cuerpo salta completamente en pedazos. Las bacterias pasan a ser el componente esencial de nuestra fisionomía, teniendo funciones tan importantes como las que realiza cualquier célula tradicional. Por ejemplo, según la investigadora Julie Segre, las cerca de un millón de bacterias por centímetro cuadrado que viven en la dermis de tu piel, degradan aceite para humedecerte, controlan el pH o te defienden de otras comunidades patógenas.

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5. Trasferencia horizontal de genes. Estábamos muy acostumbrados a que la única forma de que mis genes pasen a la siguiente generación era la reproducción. Sea sexual o asexual, lo normal parecía que mis genes solo pasan a otro organismo si éste es un descendiente mío. De nuevo el mundo de los microorganismos: allí es muchísimo más común la trasferencia horizontal de genes que la vertical. Bacterias y virus se pasan cadenas de ADN y ARN como si se cambiasen cromos. Esto impide una clasificación de especies a modo del clásico árbol darwiniano (aparte de complicar bastante cualquier tipo de clasificación). No se ve el típico esquema en el que una especie pasa a otra recorriendo varios tipos intermedios. La relación no es jerárquica, sino que una especie pasa genoma a otra para luego, varias generaciones más adelante, cogerle un trozo de ADN a la misma. El árbol de la vida va dejando de ser un conjunto de ramas que se alejan de su origen para asemejarse más a una enmarañada red.

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6. Y aún más sorprendente (o no tanto). La trasferencia horizontal de genes no solo afecta a virus y bacterias que, como hemos dicho, nos constituyen, sino al mismo ADN humano. Se han datado casos de bacterias que incrustan su ADN en el ADN de la célula huésped de modo que ella lo incorpora con normalidad a su funcionamiento (de nuevo epigenética). Pero, además, si uno de esos microorganismos alcanzara nuestras células germinales, su ADN se heredaría y formaría parte de la especie de modo indefinido. De hecho ya se ha encontrado dentro del genoma humano restos de ADN vírico que, además, cumplen importantes funciones (la capacidad de desarrollo de células madre nada menos) ¿Cuántas veces habrá ocurrido en la historia de nuestra especie la transferencia de ADN vírico? La historia del ser humano se hace, de nuevo, más compleja si cabe.

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El stablishment de lo políticamente correcto tiene tres pilares: machismo, homofobia y racismo. Con independencia de toda tu carrera, de todos tus logros y servicios a la comunidad, si en algún momento dices algo que te haga sospechoso de ser machista, homófobo o racista, seras unánimemente condenado a linchamiento y escarnio público, además de perder tu puesto de trabajo. Así son las reglas: un tweet, un mal comentario con micrófono abierto, o un chiste estúpido contado donde haya cámaras o algún periodista atento y ya está, todo lo bueno que hayas hecho hasta el momento se va por el retrete.

Es el caso del septuagenario Premio Nobel Sir Tim Hunt. En una conferencia científica en Corea del Sur, en tono jocoso e irónico, dice una serie de sandeces acerca de las relaciones entre hombres y mujeres en los laboratorios.  Sí, sandeces en un tono totalmente machista y que ni siquiera son graciosas. Automáticamente hay una explosión de críticas en las redes sociales (hasta con campaña de científicas “perturbadoramente sexys” incluida) . Poco después es expulsado fulminantemente de su cargo honorario en el University College of London (donde había trabajado casi veinte años). La Universidad, con un pánico atroz, sale corriendo a decir públicamente que fue la primera en aceptar mujeres en las mismas condiciones que a hombres. También lo cesan del Consejo Europeo de Investigación, con el que llevaba también años colaborando. En fin, la brillante carrera de un Premio Nobel al retrete. De nada ha valido que su mujer, la prestigiosa inmunóloga Mary Collins, que trabaja en la misma universidad, sea feminista y haya declarado que su marido no es machista, ya que si fuera así no estaría casada con él.

Entendemos que si tienes un cargo de responsabilidad pública has de ser prudente con lo que dices. Y que si eres un poco inteligente deberías saber de antemano lo que puede costarte un comentario machista. Tim Hunt ha pecado de una ingenuidad asombrosa. Pero, lo profundo del tema está en pensar sobre qué tipo de declaraciones pueden costarte tu carrera y el porqué de ellas. Un poderoso político puede negar, tranquilamente, el cambio climático (y actuar en consecuencia) sin que le pase absolutamente nada, con las terribles consecuencias para el mundo que pueden tener esas declaraciones. Sin embargo, a un Premio Nobel de setenta y dos años que  hace unas “gracietas” machistas, lo linchamos públicamente y lo echamos de su trabajo ¿Por qué? Porque al igual que existen lobbies empresariales, existen lobbies de lo políticamente correcto. Y este es el caso de determinado tipo de feminismo. Todos estamos de acuerdo en la desigualdad a todos los niveles que ha sufrido y sigue sufriendo la mujer, lo cual hace que el machismo no sea un tema para tomarse demasiado a broma. Sin embargo, no hay que sacar las cosas de tiesto, y no hay que consentir  que el poder de una ideología, por muy buena causa que defienda, esté tan por encima de la ciencia. Echar a Tim Hunt de la comunidad científica nos ha privado de todas las aportaciones que este gran científico pudiese seguir haciendo a la ciencia (y, en consecuencia, a la humanidad). Además, estamos diciendo que realizar unos estúpidos comentarios machistas (no hacen falta ni si quiera pruebas de que realmente se es machista) está por encima de ganar un Premio Nobel (de toda una vida dedicada a la ciencia) y, lo que me parece aún más grave, que merece un castigo desproporcionado. Para mí, sinceramente, con un tirón de orejas (que la universidad le hubiera obligado a colaborar durante un tiempo con una fundación defensora de los derechos de la mujer, por ejemplo) y una disculpa pública seria, hubiera sido más que suficiente. Algo va mal en una sociedad que trata así a sus mejores hombres.

Colaborando en Magnet

Publicado: 10 junio 2015 en Filosofía de la ciencia

Los editores de WegblogsSL se pusieron en contacto conmigo para pedir mi colaboración en un nuevo proyecto de revista digital. Les dije que sí sin dudarlo y aquí tenéis mi primer artículo allí. En él hago un recorrido histórico por las relaciones entre ciencia y filosofía, poniendo un tanto en duda la historia oficial del asunto, pasando por el caso Sokal, metiéndome un poquíto con los postmodernos y apostando, finalmente, por la Tercera Cultura.

La revista, además, tiene un montón de artículos interesantes. Os la recomiendo.

Magnet

habermas

Me da la impresión de que Habermas ya no está tanto de moda. Y me parece extraño, porque si ahora la izquierda va a volver a mandar en España, debería tenerlo en cuenta. Después de la caída del muro de Berlín (y ya desde mucho antes) la izquierda política se estaba quedando sin referencias. En los años de la Guerra Fría, los intelectuales se debatían entre aquellos que condenaban los abusos del régimen comunista y los que se aferraban dogmáticamente a él, entre puristas y revisionistas. Pero cuando cayó el muro, parecía que ya nadie podía seguir siendo un marxista ortodoxo y los partidos de izquierda pura (ahora se utiliza el término peyorativo “radical”) fueron perdiendo influencia. Así, se hacía necesario replantear el pensamiento de izquierdas y Habermas fue quien más brillantemente lo hizo. Por eso creo que partidos como Podemos y sus diversas variantes, además del PSOE, lo tendrían que seguir teniendo muy en cuenta, ya que su filosofía constituye una gran renovación de la izquierda que permitiría alejarse de las viejas y obsoletas categorías decimonónicas de Marx, sin renunciar a lo mejor de ellas.  Además, Habermas es el filósofo del pacto por excelencia.

En su voluminosa (y aburridísima) Teoría de la acción comunicativa, Habermas se plantea al más puro estilo kantiano, las condiciones de posibilidad de cualquier acuerdo. En una sociedad globalizada donde una gran multiplicidad de grupos de interés entran en juego, necesariamente van a producirse conflictos. Ante el dilema, Habermas distingue dos posturas tradicionales: el dogmatismo y el relativismo. La primera consiste en pensar que tu posición es la correcta, la inamovible verdad absoluta y, en consecuencia, puede imponerse a los demás. La segunda es pensar que todas las posturas son igualmente respetables. El relativismo es más tolerante que el dogmatismo, ya que permite al que piensa diferente, sin embargo, es débil y, necesariamente conservador, ya que imposibilita el juicio de las acciones del otro. Desde el relativismo no podríamos condenar, por ejemplo, la ablación del clítoris o la lapidación de mujeres en Nigeria ¿Quién soy yo para juzgar otra cultura desde la mía? Ambas posturas no son, evidentemente, válidas para resolver conflictos. Habitualmente el dogmatismo acabará por imponerse al relativismo. Son muchos los autores que han pronosticado la defunción de un Occidente demasiado relativista ante un Oriente (fundamentalmente un Islam) muy dogmático.

La alternativa de Habermas es la razón procedimental. Si buscamos las condiciones de posibilidad de todo diálogo encontramos que, en primer lugar, hace falta compartir un mismo lenguaje. Los interlocutores deben ser miembros de una misma comunidad de significado. Pero además del significado, los interlocutores deben manejar una misma capacidad argumentativa, deben aceptar unos mínimos lógicos que permitan aceptar o desechar argumentos y razones. Habermas piensa, al estilo ilustrado, que la razón o racionalidad es algo prácticamente universal, propio de todos los seres humanos. Entonces, si los interlocutores aceptan el uso de la razón lógica, es posible comenzar el diálogo.

El diálogo empieza con cada posición anclada en su inicio. Por ejemplo, si hablamos de un pacto entre partidos políticos, tendremos a cada partido posicionado en su ideología clásica. Habermas entiende su razón procedimental como una razón que se origina en un contexto histórico, social o cultural concreto. Es una razón situada, “encarnada” o sensible al contexto. No estamos hablando de una razón abstracta, propia del mundo de las ideas de Platón. Entonces se van dando argumentos a favor de cada idea en debate. Si el diálogo es realmente racional, cada bando debe reconocer su falibilidad, es decir, reconocer que las razones del otro pueden ser mejores que las suyas y aceptar cambiar de postura  cuando esto ocurra. Sería totalmente irracional hacer lo contrario (sería dogmatismo). Así, la razón procedimental es autocrítica y se va modificando, avanzando hacia la postura del otro. Habermas insiste mucho en la idea de que otra condición de posibilidad de cualquier diálogo racional es la ausencia de coacción (poco racional es un debate en el que te están apuntando con una pistola). La ausencia de cualquier forma de violencia es, del mismo modo, una de las grandes virtudes del debate racional: solo valen razones expuestas en total libertad. En este sentido, ambos interlocutores se encuentran en total simetría: iguales y libres.

La razón procedimental de Habermas no se postula como una racionalidad dada en principio, una razón infalible y universal desde el comienzo. La entiende más como un ideal regulativo al que siempre se intenta llegar, quizá incluso un objetivo utópico pero no por ello absurdo. La razón procedimental empieza desde lo particular para intentar llegar a ser lo más universal posible, es un proyecto, no algo acabado. Se sigue así el viejo ideal ilustrado de generar normas morales universales pero reconociendo la crítica a esta posibilidad. Habermas es más humilde que Kant.

Aplicando este planteamiento a la posibilidad de pactos políticos, habría que añadir más clausulas iniciales. En primer lugar, entre los diferentes partidos debe haber una voluntad de pacto: deben querer realmente pactar. Y el objetivo del pacto debe ser el bien común. Si detrás de un pacto solo existen intereses partidistas que perjudicarían el bien común, automáticamente nos saldríamos de la razón procedimental. En España solemos ser muy condescendientes con nuestros políticos, ya que debería ser un imperativo moral defenestrar a cualquier partido del que se sospechen intereses partidistas por encima del bien común. Es lamentable ver una y otra vez como la oposición se opone a la gran mayoría de las leyes que hace el partido gobernante, independientemente de la bondad de la ley. Después debe venir la voluntad de aceptar el cambio de posturas si las razones del otro son mejores. Esto es muy importante: los partidos políticos deberían salir del dogmatismo inamovible de sus ideologías. Es por eso que a mí personalmente, los partidos puristas como puede ser Izquierda Unida, me parecen obsoletos. Si los tiempos cambian, los problemas y las soluciones cambian. Mantener a capa y espada una ideología del siglo XIX considerando que toda modificación es una traición a los ideales del partido es un gravísimo error. Hay que cambiar la estructura de los partidos políticos en el sentido en que son instituciones con unos idearios rígidos. Si entendemos la democracia representativa como el gobierno del pueblo a través de representantes, no podemos tener partidos que gobiernen solo para los votantes ideológicamente afines. Sería muchísimo más democrático gobernar consensuando las medidas con la oposición porque así mejoraríamos la representación: estaríamos gobernando para todos y no solo para los nuestros. Es el caso, por ejemplo, de las siete leyes educativas que han asolado nuestro sistema en los últimos años. La nueva LOMCE es una ley tremendamente ideológica hecha por y para los votantes del ministro de educación, sin consenso político alguno. No entiendo cómo Wert no es consciente de que hacer una ley educativa sin consenso alguno, a pesar de que pudiera ser una buena ley, hace más daño al sistema educativo que una mala ley consensuada. La razón estriba en que una ley poco consensuada será tumbada cuando el partido que la elaboró pierda las elecciones, y cambiar de ley educativa cada poco tiempo siembra un caos tremendamente negativo. Los docentes seguimos exigiendo desde hace años un Pacto de Estado sobre educación que no llega debido, única y exclusivamente, a intereses partidistas y falta de altura política.

Por eso me gustan los partidos de centro, siempre que ser de centro signifique la apertura a la voluntad de pactar y no una mera etiqueta oportunista. Además creo que esta es la forma de ir, progresivamente, superando las ideologías políticas clásicas hacia nuevas formas e ideas, pues siempre me ha parecido muy preocupante la falta de novedad en los idearios políticos de los, supuestamente, nuevos partidos. Es el ejemplo claro de Podemos: una de sus claras carencias es que su ideología original era una izquierda purista. Celebro que ahora hayan derivado hacia la socialdemocracia, aunque todavía espero bastante más novedad de ellos.

Por último, algo que me ha parecido de una falta de previsión bastante estúpida, además de una actitud muy negativa, de nuevo por parte de Podemos, es partir de la negativa al pacto. Pablo Iglesias repetía una y otra vez que no pactaría con la casta. No entiendo como no previó que, dada la pluralidad de partidos que se presentaban a las elecciones, su partido tendría que pactar. En este sentido Albert Rivera fue mucho más inteligente y ahora no tendrá que tragarse sus palabras.

En definitiva: racionalidad para romper con las ideologías y hacer nacer nuevas formas de política.

Anoche encontré en la red este pequeño debate y me lo tragué. Para mi desilusión, encontré lo mismo que tantas veces he encontrado. Un defensor de la ciencia mal formado en un asunto que se ha dado esencialmente en el ámbito de la filosofía (entonces, mal formado en filosofía), repitiendo unos tópicos que se han puesto en duda desde hace ya bastantes años. Y es que quien no conoce la historia de la filosofía está condenado a repetirla. En el bando de los filósofos, dos tipos bastante más ilustrados y mejor informados, pero bastante pedantes (sobre todo, el señor Albiac) y que tienden a irse por los cerros de Úbeda y a hablar mucho y no dejar hablar (sobre todo, el señor Maestre). Vamos a repasar algunos puntos interesantes:

1. Jorge Alcalde comienza sosteniendo que el método científico es solo uno, por lo que solo hay una ciencia, mientras que filosofías hay tantas como filósofos, no constituyendo la filosofía un saber unificado. Con respecto a la filosofía, tiene razón, cada filósofo es una filosofía, pero con respecto a la ciencia, está defendiendo un mito. Por ejemplo, desde mi trabajo, los campos de la ciencia que más he estudiado son la biología, las neurociencias y la Inteligencia Artificial. ¿Constituyen estas tres ciencias un saber unificado, sin fisuras, fruto de la utilización de un mismo método? NO. La biología es un saber muy descriptivo encuadrado dentro del marco teórico del darwinismo, en el cual rara vez hay leyes del estilo de la física (de hecho, ha habido un fuerte debate acerca del estatuto científico de la misma biología). La neurociencia es un saber más experimental, pero muy ligado a la filosofía de la mente. Todos los grandes neurólogos hacen planteamientos totalmente filosóficos. Y la IA es un saber muy instrumental, muy ligado a la ingeniería, a la creación de software y máquinas, de modo que también hay debate acerca de si la IA es una ciencia o una tecnológica. Como vemos, en las mismas ciencias hay controversia sobre su mismo estatuto científico. Pero, ¿entonces no tienen nada en común? ¿Son saberes totalmente fragmentarios? NO. Sin llegar a Feyerabend, a la negación del método científico en cuanto a tal, a mi me gusta hablar de que las diferentes ciencias comparten un cierto ethos, unos ciertos hábitos o directrices epistemológicas. Todas ellas se preocupan mucho por la justificación de sus afirmaciones, siempre que sea posible desde un marco experimental. Intentan hacer afirmaciones generales que, al hacerse públicas, tengan la aprobación de la comunidad científica. Intentan ser muy rigurosas recurriendo a la precisión de las matemáticas: hacen modelos que puedan ser lo más predictivos posibles. Todo ello, insistimos, siempre que sea posible (que en mil ocasiones no lo es). Pero lo que no se puede afirmar de ningún modo es de que exista una sola ciencia. No existe la ciencia normal de la que hablaba Kuhn, un saber unificado claro, distinto y verdadero. Todas las teorías científicas nacen con muchos problemas. Todas ellas tienen lagunas, vacíos, dificultades para explicar ciertos fenómenos. El mismo darwinismo, base central de la biología, nació sin explicación alguna del origen de la vida, sin mecanismos de herencia (hasta la llegada de Mendel), sin suficiente evidencia experimental (el registro fósil en la época de Darwin era bastante más deficiente que el actual), de modo que el mismo Darwin murió defendiendo el lamarckismo con una teoría tan falsa como la pangénesis. Hoy en día el neodarwinismo explica muy bien algunas cosas, pero otras mucho peor (el famoso problema del gradualismo, por poner un ejemplo entre tantos otros), de modo que está en continua revisión. El mismo Mendel, si hoy viviera y contemplara lo que ha cambiado la genética desde que el la fundó, no la reconocería. La ciencia es muy dinámica y, precisamente, eso es lo que a mi juicio, le da fortaleza y la aleja del dogmatismo.

2. Pero es que el mismo Alcalde se contradice cuando para defender la humildad de la ciencia, ésta reconoce su falibilismo: lo que hoy se considera un saber certero dentro de tres siglos podría considerarse algo completamente falso. Si esto es así, ¿dónde queda la unidad de la ciencia? Habría entonces tantas ciencias como épocas históricas, casi lo mismo que pasa con la filosofía.

3. Después, Alcalde enuncia la vieja idea de que la ciencia ha ido comiendo terreno a la filosofía, de modo que temas antes clásicos de la filosofía son ahora campo propio de la ciencia. Alcalde no llega al final de este argumento, pero, en el fondo, lo que quiere decir es que en un hipotético fin de la historia, la ciencia habrá conquistado todo el terreno de la filosofía, dejándola como un saber obsoleto. Alcalde está repitiendo el esquema, propio del siglo XIX, de que la historia del conocimiento humano sigue tres fases: mito, filosofía y ciencia. Nada más anticuado y falso. Sí que es cierto que el conocimiento racional occidental surgió como oposición al mito (si bien en esto también hay controversia: ¿fue un paso repentino o gradual? ¿Se ha superado completamente el mito?), pero no puede entenderse que la ciencia surgiera por oposición y superación de la filosofía. Si estudiamos mínimamente la historia de la ciencia vemos como, en su surgimiento hasta el XIX, no hay una distinción entre ciencia y filosofía en el sentido de que la primera ha de oponerse y superar a la otra. Me gustaría que alguien me enseñara un texto de Galileo, Kepler, Euler, Pascal, Descartes, Bacon, Leibniz, Newton… en donde se vea este esquema positivista. Muchos de ellos plantearon la ciencia moderna por oposición, por ejemplo, a la escolástica o al aristotelismo, pero nunca en términos de ciencia versus filosofía, sino en términos de unas teorías viejas por otras nuevas. Se planteó un novum organum, pero no en términos positivistas. Hoy en día ciencia y filosofía se entremezclan tanto que es tremendamente difícil establecer un criterio de demarcación preciso entre ambas tal y como intentaron, y evidentemente fracasaron, los miembros del Círculo de Viena. Otra cosa es que exista una ciencia positivista (algo nefasto) y una filosofía acientífica (igualmente nefasta).

4. Nuestro defensor de la ciencia, también sugiere, poniendo el ejemplo de Hawking, que, a veces, los científicos dejan de serlo y se convierten en filósofos, pero, cuando lo hacen, cometen errores, pierden fuerza. Aunque tampoco lo diga directamente está sugiriendo que la ciencia es el ámbito del rigor y que la filosofía es algo especulativo en el peor sentido de la palabra: fantasía, fabulación, alejamiento de las pruebas empíricas… De nuevo una gran falsedad. Si uno lee algo de buena filosofía, cualquier clásico vale, se dará cuenta de que, precisamente, la filosofía se caracteriza por su rigor. Un buen filósofo no se cree nada, duda de todo y vuelve a dudar. Un buen filósofo pone cualquier idea a prueba una y otra vez. Alcalde confunde la filosofía con la mala filosofía. Existen muchos pseudofilósofos que solo dicen majaderías (me viene justo a la mente la figura de Jodorowsky, entre tantos otros), al igual que existen tantos otros pseudocientíficos. Hay buena ciencia y mala ciencia, al igual que hay buena filosofía y mala filosofía, pero desde luego, la ciencia natural no es la única poseedora del rigor.

5. Luego está el tema de la ideología. Albiac y Mestre insisten en que la ciencia se ha convertido en ideología, tal y como ya expuso Habermas hace ya algún tiempo. Es la idea clásica de la Escuela de Franckfurt. Es cierto en parte. En muchas discusiones uno termina la disputa diciendo que lo que afirma está respaldado por la ciencia, por lo que, necesariamente, es verdad. Yo recibo constantemente en mi Facebook noticias de estudios científicos que demuestran las más rocambolescas chorradas. El otro día recibí uno que sostenía que un estudio científico demostraba que los hombres que miran los pechos a las mujeres viven más años que el resto (si esto fuese cierto la mayoría de los hombres seríamos inmortales). Es decir, la ciencia se entiende en muchos casos como un saber infalible que nos dice la verdad de una vez por todas, como el juez supremo ante cualquier controversia. Falso. Como reconocía el mismo Alcalde, la ciencia es un saber tan falible como cualquier otro. Pero creo que, en este caso, la filosofía ha tendido a exagerar esta perspectiva. Hay un uso ideológico de la ciencia, está claro, pero eso no convierte a la ciencia en ideología. Si miras por un microscopio y ves bacterias, por mucho que, ideológicamente, no te interese ver bacterias, eso es lo que hay. Si quieres construir un misil al servicio de tus ideas políticas y no posees la ciencia ni la tecnología necesarias, no podrás construirlo por mucho que estés convencido de tu credo. Exagerar el carácter ideológico de la ciencia la termina por relativizar demasiado, y la iguala al mito. Ni tanto ni tan calvo.

6. Albiac y Mestre parecen estar de acuerdo en que la filosofía jamás da respuestas. Según ellos es una actividad que solo se encarga de problematizar, de poner en duda todo, de hacer más y más preguntas. Seguramente, esta actividad crítica es una de las más características de la filosofía y la que le ha dado más éxitos, pero no me parece convincente. Si miramos la historia de la filosofía, cada filósofo no solo ha creado interrogantes, sino que también ha dado respuestas. Cada corriente filosófica es un conjunto de respuestas a una serie de problemas. A mí me parecería un sinsentido que la filosofía solo fuera una generadora interminable de cuestiones sin, ni siquiera, intentar responderlas. No, la filosofía claro que da respuestas, pero son respuestas siempre parciales. En esta línea me gusta el perspectivismo de Ortega y Gasset: cada nueva filosofía es una nueva perspectiva, una nueva forma de mirar algo que, hasta entonces, no se había visto de esa forma. Sin embargo, como toda perspectiva, no alcanza a ver la totalidad del cuadro. Quizá no exista la perspectiva global, el “ojo de Dios”, que nos permita conocer la realidad en su plenitud, pero cada nueva forma de mirar enriquece nuestro saber en su conjunto. Cuando una filosofía intenta convencernos de que constituye esa perspectiva global, automáticamente sabremos que estamos ante algo falso, ante una intención totalizadora y dogmática (y, casi siempre, peligrosa). Sin embargo, en tanto que forma de mirar que reconoce su parcialidad, todas las buenas filosofías tienen algo de verdadero.

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1. Wade reconoce en muchas partes de su libro que aún no cuenta con demasiadas pruebas (sobre todo de las relaciones entre genética y comportamiento social). Escribir un libro sobre un tema polémico (más en Norteamérica) sin aportar suficientes pruebas es algo claramente oportunista. Wade ha apostado por una magnífica estrategia de marketing haciendo trampas y la jugada le ha salido bastante bien.

2, Pero, a pesar de la falta de pruebas, el libro defiende una tesis que parece de sentido común: la existencia de biodiversidad humana (téngase en cuenta que Wade solo acepta la existencia de razas como etiquetas útiles, como conceptos borrosos, ya que lo único que realmente existe son frecuencias alélicas). Parece muy raro que las diferencias raciales se redujeran exclusivamente a rasgos externos: color de piel, pelo, ojos, diferente altura y complexión, rasgos faciales… ¿Por qué las diferencias entre los diversos grupos humanos tenían que reducirse a lo observable a simple vista? Parece muy plausible que las diferencias sean también internas: comportamientos, habilidades y rasgos cognitivos. Wade, casi seguro, que tiene razón. Además, sus argumentaciones fluyen con gran coherencia y sensatez por todo el libro. Le faltan pruebas, pero le sobran razones. Los capítulos más polémicos, los famosos del 6 al 9, en donde Wade explica diferencias históricas, sociales y económicas en base a diferencias raciales son los más especulativos sí, y seguramente que contienen errores por ser muy arriesgados, pero no por ello deberían haber levantado tantas ampollas. Parece que todo intento de explicar hechos sociales en base a la biología y no a la cultura está prohibido.

3. Y es que lo políticamente correcto impedía que cualquier científico que no quisiera suicidarse académicamente guardara un estricto silencio en estos temas. El stablishment ordena que todas las razas son iguales (incluso que no existen. La raza se entiende como un artificio para justificar la supremacía blanca). Todos, independientemente de nuestro color de piel, tenemos los mismos derechos y obligaciones, tal y como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Cualquiera que niegue esto es un peligroso racista, digno de ser expulsado de cualquier universidad.

4. Hay un grave error en este planteamiento. La naturaleza nos ha hecho a todos diferentes de modo que no hay un ser humano igual a otro (menos los gemelos univitelinos). La naturaleza genera desigualdad, hace a unos más listos y fuertes que a otros. Nosotros, mediante nuestras legislaciones intentamos corregir esta desigualdad para evitar que el pez grande se coma al pequeño. Es decir, nuestras leyes dicen lo que debe ser, pero no lo que es. Somos diferentes y la ley nos iguala.

5. En el caso de que existan diferentes razas con capacidades cognitivas y conductuales diversas, no implica, para nada, que tengamos que esclavizar o exterminar a razas que, por ejemplo, tengan un promedio de cociente intelectual más bajo que la nuestra o que sean más propensas a la violencia. Por ejemplo, si se demostrara con claridad que la etnia judía tiene una media de cociente intelectual más alto que los demás grupos raciales, ¿eso legitimaría a los judíos para discriminar o usar la violencia contra los demás? No, de ninguna manera.

6. Es por eso que hay que diferenciar ciencia de ideología. Si permitimos que los cánones morales dominantes dicten lo que puede y no puede decirse científicamente, estaremos poniendo límites a la investigación y nos negaremos dogmáticamente a saber la verdad.

7. Lo mismo puede aplicarse a las diferencias de género. El feminismo, por regla general, ha adoptado la doctrina Queer, según la cual toda distinción entre hombres y mujeres es cultural. Simone de Beauvoir hizo célebre su máxima: “la mujer no nace, se hace”. No hay nada más falso: existen claras diferencias biológicas entre hombre y mujer que explican muchas de sus diferencias de comportamiento.

8. Le doy toda la razón a Wade en su defensa hacia la carta firmada por 139 genetistas en donde se “critica” su libro. La carta pretende ser un argumento de autoridad, no un documento científico en donde se expongan con claridad los errores que Wade hubiera podido cometer. En ciencia las cuestiones no se deciden por mayoría.

9. Una objeción más ecuánime podría ir en la línea de alertar acerca de que las afirmaciones de Wade, con independencia de su verdad o falsedad, pueden dar pie con mucha facilidad a justificar actitudes racistas. Pero es que si observamos cualquier descubrimiento científico o tecnológico de la historia de la humanidad, prácticamente todos pueden dar pie a usos perversos. Cualquier ingenio bélico en el que pensemos está repleto de avances científicos: electricidad, electrónica, informática, ingeniería, materiales… Por esa regla de tres, deberíamos haber puesto en entredicho los descubrimientos de Benjamin Franklin ya que con la electricidad se pueden fabricar alambradas electrificadas o se puede usar la electricidad como instrumento de tortura. De nuevo volvemos a repetirlo: una cosa es que existan diferentes razas, cada una con sus peculiaridades, y otra es la legitimación para discriminar o dañar de algún modo a miembros de otra raza. De lo primero no se puede saltar racionalmente a lo segundo. Suponiendo que la “raza” aria fuera superior a todas las demás, ello no otorgaba ningún derecho a los nazis para exterminar a los judíos.

10. Empero, entremos en algún punto aún más escabroso: es posible que existan razas con más propensión a la violencia que otras. Wade se apoya en un análisis genético basado en el número de promotores del gen MAO-A (un gen relacionado con la agresividad) que se da en las diferentes razas. Los estudios apuntan a que la presencia de dos promotores (tener dos te hace ser más violento que tres o cuatro) es más común en los afroamericanos que en otras razas. Si bien, esta conclusión hay que cogerla con pinzas, como bien subraya el mismo Wade, ya que hay más genes que influyen en la agresividad (como el HTR2B) y, evidentemente, el entorno social y cultural también influyen. Pero, por mor de la argumentación, vamos a aceptar que las poblaciones afroamericanas son más propensas a la violencia que otras. Esto provocaría una alerta social justificada y, quizá, llevaría a la estigmatización y a la exclusión social: los no-afroamericanos querríamos defendernos de su mayor beligerancia. Es posible pero, en cualquier caso, negar una conclusión científica no puede hacer más que empeorar las cosas. Vivir como si no pasara nada, como si los afroamericanos no fueran más violentos, no va a reducir el número de robos y asesinatos. Todo lo contrario: si ahora llegáramos a descubrir eso podríamos actuar en consecuencia, por ejemplo, reforzando las actividades educativas contra la violencia en escuelas públicas de poblaciones mayoritariamente afroamericanas.

Conclusión: menos ideología, menos corrección política, y más ciencia. Recomiendo encarecidamente leer el libro de Wade y concuerdo plenamente con su espíritu.