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Antes de nada, tenemos tres posturas sobre el origen evolutivo de la mente:

  1. La mente como fruto de la evolución constituye una adaptación al medio. Grave problema: podemos explicar nuestro conocimiento y forma de actuar ordinarias, pero nos sería muy difícil explicar el conocimiento avanzado (el científico) ¿Descubrir las ondas gravitacionales es algo que va a aumentar claramente la eficacia biológica de sus investigadores? Tener un gran conocimiento del mundo a escala mesoscópica parece una gran adaptación pero, ¿para qué a escala cósmica o microscópica? En fin, que si parece que es más fácil y económico conseguir el éxito reproductivo en una discoteca que en un acelerador de partículas… ¿para qué un acelerador de partículas?
  2. La mente es un efecto colateral o epifenómeno de otras adaptaciones al medio. Problema: parece que gran parte de las habilidades cognitivas de un sujeto sí que son adaptaciones… ¿no sería un tanto extraño que la evolución hubiera premiado tanto tener un cerebro tan grande si no tuviera utilidad adaptativa alguna?
  3. La mente es algo bastante complejo y chapucero (realmente son muchas cosas) por lo que contendrá adaptaciones y efectos colaterales de esas adaptaciones y de otras que no tendrán nada que ver con la mente. Problema: es muy difícil diferenciar qué es una adaptación, qué lo fue y ya no lo es, qué lo fue pero ahora lo sigue siendo aunque para otra cosa, etc, etc. No obstante, es el camino a seguir. Ingeniería inversa, historia biológica y adelante.

Aceptando 3, llegamos a tres nuevas posturas con respecto al conocimiento:

  1. Realismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, cómo mínimo, lo suficientemente válido para que hayamos podido sobrevivir. El argumento clásico a favor es decir que si no conociéramos correctamente el mundo no hubiéramos sobrevivido como especie. Parece evidente que si confundes un depredador con una presa, poco durarás en la lucha por la supervivencia. Además, habría cierta evidencia empírica a favor, a saber, comprobar que, en general, tanto nuestros sistemas perceptivos como de toma de decisiones (tanto a nivel consciente como inconsciente) suelen acertar. A pesar de cometer errores, solemos movernos bastante bien en nuestro entorno. Problema: realmente, para sobrevivir, no hace falta tener una información ni completa ni siquiera fidedigna de la realidad (ahora veremos en qué sentido), tan solo la que sea útil para sobrevivir.
  2. Ficcionalismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento fundamentalmente falso acerca de la realidad porque, en general, la mentira es más rentable que la verdad.  Por ejemplo, suele argüirse que las religiones o los patriotismos nacionalistas son teorías falsas que sirven muy bien para cohesionar un grupo y, en consecuencia, mejorar las posibilidades de supervivencia de sus miembros. Problema: la evidencia parece ir al lado contrario: a pesar de que la mentira pudiese ser rentable en casos puntuales, más rentable será la verdad.  No obstante, entendiendo el ficcionalismo tal y como lo entiende Nietzsche, en el sentido de que el conocimiento no es verdadero ni falso, sino como algo diferente, un instrumento al servicio de la vida, es decir, una especie de ficción útil, la cosa no va tan desencaminada y nos lleva a una tercera opción…
  3. Pragmatismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, únicamente, útil para sobrevivir. Parece una imperdonable pérdida de recursos diseñar organismos para conocer toda la realidad. Y, en este sentido, parece más económico hacer un sistema simbólico que impulse a pautas de acción adecuadas para la supervivencia que un sistema que replique la totalidad de lo real. Por ejemplo, parece más barato tener una luz roja que se encienda cuando hay peligro, como puede ser el dolor de garganta ante una infección vírica, que no  un informe detallado de todos y cada uno de los millones de virus presentes en la faringe. El dolor no tiene ninguna similitud, no tiene parecido alguno a un virus y, sin embargo, de un modo biológicamente barato (no hay un gran procesamiento de información) me informa de la presencia del patógeno (o, al menos, de que algo va mal) y, además, me impulsa con mucha urgencia a hacer lo posible por reducirlo.

El pragmatismo, no obstante, tiene que hacer cierta concesión al realismo. Si seguimos con el ejemplo del dolor de garganta, el símbolo “dolor” debe activarse tras la detección veraz de la amenaza, es decir, realmente deben existir virus en mi garganta. Mi organismo, en un principio, debe percibir correctamente lo que le pasa para que “la transformación simbólica” tenga sentido evolutivo.  Aunque a mi consciencia solo llegue un símbolo sin relación alguna con la realidad, mi organismo tiene que “conocer” o interactuar de algún modo con lo real para que tenga sentido mandar la información simbólica.

Objeción: ¿no parece que la cantidad de información que manejamos es muchísimo más alta que la necesaria para la eficacia biológica? El impresionante detalle con la que se nos presenta la información visual… ¿para qué tanta? ¿No hay una enorme inflación informacional?

Posible respuesta 1 : en la clásica carrera armamentística entre organismos luchando por sobrevivir, se perfeccionaron los sistemas perceptivo-cognitivos mucho más de lo que, a priori, pueda parecernos necesario. Si quiero transmitir mis genes, compito con otros, por lo que tanto al combatir con ellos como al competir por pareja he de ser el mejor, por lo que no hay techo en la mejora de cualquiera de mis facultades.

Pero no nos convence: ¿realmente otorga ventaja con mis competidores la nitidez  y riqueza de detalles con la que contemplo la realidad? ¿Qué ventaja me da ante otro tipo con el que me peleo por una hembra distinguir tres tonos de rosa más que él? Está muy bien saber calcular un poquito para sobrevivir pero… ¿para qué sistemas de ecuaciones no lineales? Está muy bien tener visión espacial pero… ¿resolver un cubo de Rubik? Está muy bien tener buena memoria pero… ¿memorizar más de cien mil dígitos de pi?

Posible respuesta 2: Como dijimos al principio de la entrada, mucho de este excedente podría deberse a efectos secundarios de adaptaciones. Por ejemplo, si tengo facultad para imaginar diversos futuros alternativos para escoger la mejor planificación de una acción determinada, también podré imaginar mundos fantásticos sin ninguna utilidad.

Algo mejor pero nos sigue rechinado: parece que en algunos caso podría ser esa la causa pero parece mucha causalidad que, prácticamente, todas nuestras capacidades cognitivas sean muchísimo más avanzadas que lo necesario para sobrevivir y reproducirse: demasiado léxico, demasiada gramática, demasiado cálculo, demasiada imaginación, demasiada cultura…

Creo que la psicología evolucionista todavía no tiene una explicación sólida al excedente de facultades cognitivas propio del ser humano. Recuerdo una entrada en la que hablábamos de cómo el psicólogo Geoffrey Miller intentaba explicar el tema referido al lenguaje humano, y que, al igual que ahora, no nos terminamos de convencer.

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¿Qué pasaría si encontráramos nuestro cerebro en una cubeta, conectado a un computador programado para hacer creer a dicho cerebro de que vive en el mundo real?

Descanse en paz, uno de los grandes de la segunda mitad del XX.

PD: absolutamente lamentable el nulo eco mediático en el mundo hispanoparlante de la noticia de su muerte el pasado 13 de marzo.

Si decimos:

La luz del sol causa el calentamiento de la piedra

estaremos haciendo un juicio empírico, un enunciado causal en donde, sencillamente, sostenemos que la luz solar es la causa de un determinado efecto. No hay nada raro  y todo funciona felizmente: la causa va antes del efecto y si realizamos el experimento mil veces, las mil parece que el sol sigue calentando la piedra. Conocimiento científico sin más. Cambiemos el enunciado:

El calentamiento de la piedra causa la luz del sol

Invertimos la causalidad. La causa es el efecto y el efecto la causa y el futuro interviene en el pasado ¿Una estupidez? ¿Podría ser que el calentamiento de la piedra causara, realmente, la luz solar? Escribamos la frase de otro modo:

La luz del sol tiene la finalidad de calentar las piedras

La frase suena algo mejor pero sigue pareciéndonos absurda ¿Por qué iba a tener la luz del sol la finalidad de calentar piedras? Pues en gran parte de la historia de la humanidad (hasta el siglo XVIII aproximadamente) se ha creído firmemente en enunciados de este tipo, es decir, en enunciados finalistas o teleológicos: aquellos que explican la causa de un suceso apelando a un objetivo o finalidad. Aristóteles, el padre de la criatura, pensaba que el universo era un gran organismo biológico en el que cada parte tenía una finalidad: llovía para que crecieran las plantas, las plantas crecían para que se las comieran los conejos y los conejos estaban para que se los comieran los depredadores. La naturaleza no hacia nada en vano y todo tenía su función (forma moderna de decir teleología).

La razón por la que hoy en día nos resulten tan repulsivas estas explicaciones (referidas siempre al mundo físico. En el mundo biológico las utilizamos con total normalidad) estuvo en Newton quien, aplicando la siempre saludable navaja de Ockham, dijo su archiconocido “Hipotheses non fingo” con el que redujo el papel de la física a explicar la causalidad eficiente o, dicho de otro modo, a explicar todo el universo en términos de fuerzas y movimientos. La Tierra no gira alrededor del sol por ninguna causa o razón especial, sencillamente, obedece las infranqueables leyes de la naturaleza, concretamente, la ley de gravitación universal. Los objetos físicos  no tienen funciones ni objetivos, solo obedecen órdenes.

En general, todo esto ha funcionado bien (la ciencia ha cosechado éxitos rotundos pasando olímpicamente de la teleología), pero hay un supuesto básico de la física clásica (no hay que irnos a las extravagancias de la cuántica) bastante problemático en este aspecto: el principio de Fermat (o principio de mínima acción). Grosso modo dice que la trayectoria de un rayo de luz al recorrer el espacio entre dos puntos A y B siempre será la que consiga que el tiempo al recorrerlo sea el mínimo (Para ser precisos, no siempre se cumple sino que, a veces, hace todo lo contrario. Es lo que llamamos un principio variacional. No obstante, para nuestro caso, con que se cumpla una vez es más que suficiente).

Habitualmente, si no hay ningún cambio de medio ni ningún objeto entre los dos puntos, la trayectoria más rápida será la línea recta. Sin embargo, cuando nos encontramos con que el punto B está, supongamos, debajo del agua, se da que el rayo tiene que atravesar medio acuático y todos sabemos que la luz va más lenta cuando atraviesa dicho líquido (esto es, de nuevo, inexacto pero para el caso nos vale). Como la luz pretende tardar el menor tiempo posible, recorrerá la trayectoria que menos tiempo la mantenga dentro del agua.

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Si miramos el diagrama vemos que la trayectoria que pasa por el punto d, aún no siendo la más corta es la más rápida, ya que el segmento dB, que es el que pasa por debajo del agua y ralentizaría el rayo, es más corto que cB. Dadas estas condiciones, en el mundo real el rayo de luz pasará por d en vez de por c, realizando el recorrido más rápido posible.

Lo inquietante del asunto son dos aspectos:

  1. Para explicar el fenómeno no podemos recurrir al esquema causal habitual sino que hay que irnos a la extraña inversión aristotélica de la teleología. El rayo actúa siguiendo un objetivo, una finalidad: conseguir el tiempo mínimo. No tendría ningún sentido hablar de conseguir tardar lo menos posible en llegar a un sitio si nuestro objetivo no es llegar a ese sitio. Si tenemos que explicar qué causa que el rayo pase por d, necesariamente tendremos que responder que es porque quiere llegar lo más rápidamente posible al punto B. No hay forma de dar una explicación sin mencionar B (invito al lector a que la intente).
  2. Y mucho más inquietante: para tardar el menor tiempo posible, el rayo de luz debería tener una información previa: la posición del punto B, la existencia de otro medio diferente al aire (en este caso el agua) y su distancia, el ángulo de refracción… De alguna forma, el rayo de luz debe disponer previamente de toda la información contenida en el dibujo y, en función de ella hacer ciertos cálculos para conseguir elegir la trayectoria de tiempo mínimo (y no cálculos ordinarios. Hace falta cálculo de variaciones)… ¿Sabe hacer estos cálculos el rayo de luz? ¿Sabe hacer un rayo de luz lo que el GPS de mi coche tarda varios segundos? Nótese que ni siquiera el rayo puede ir seleccionando su ruta sobre la marcha porque, necesariamente, si tiene que ir corrigiendo la trayectoria no elegiría exactamente la más rápida sino que siempre tendría algo de error. Sin embargo, “elige” con total precisión la más rápida,  por lo que toda la información y el cálculo de la trayectoria ha de realizarse antes de la emisión del rayo… ¿Cómo diablos puede ocurrir eso? ¿Como puedo saber yo el camino más rápido para ir a casa de mi abuela si antes no sé dónde está la casa de mi abuela y qué hay entre medias? ¿Y cómo un rayo puede saber nada?

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De hecho, ahora vemos que no se puede ser un verdadero darwinista y, a la vez, un defensor de la idea de progreso en biología, en ninguna de sus formas. Los elementos constructivos de la evolución son funcionalmente azarosos, y el que la selección reúna variaciones dentro de los grupos no afecta, en modo alguno, a la naturaleza esencialmente no direccional del proceso. Dada una necesidad, la opción que se toma para satisfacerla es una función de lo que se tiene a mano, y no de lo que sería la respuesta perfecta. Esta conclusión corresponde a lo que ocurre a nivel fenotípico. Muchas de las adaptaciones que con más éxito empezaron su vida en cualquier otro papel, y después cambiaron a su tarea actual.

Es más, no hay nada en la selección en sí que apoye el progresionismo. Lo que cuenta es la reproducción, aquí y ahora y en el futuro inmediato. Si la forma más simple y menos inteligente puede hacer un buen papel – y en muchas ocasiones éste es el caso -, entonces no se buscará una más compleja […] El que la historia de la vida muestre un supuesto aumento de complejidad en ciertas formas no es más que una consecuencia contingente de el hecho de que el mundo está superpoblado y, por tanto, nuevas opciones requieren nuevas adaptaciones. Biológicamente todos podríamos desaparecer.

[…] El darwinismo es el polo opuesto al progresionismo.

Michael Ruse, Tomándose a Darwin en serio

Uno de los temas más polémicos en torno al darwinismo es el del progreso: ¿sigue la evolución un progreso? Entre los grandes del tema hay diversas posturas: Wilson piensa que hay progreso hacia un aumento de biodiversidad, Stebbins de la complejidad, Dawkins o Dobzhansky de la adaptabilidad; y por el bando contrario, el citado Ruse o Jay Gould niegan cualquier tipo de progreso.

En el blog ya hablamos de la postura antiprogresista de Jay Gould y, antes, de otra defendida por Conway Morris que, sin aceptar explícitamente el progreso, sostiene la inevitabilidad de aparición de ciertas formas dado el ecosistema planetario (incluido el hombre).

Vamos a intentar aclarar la cuestión:

  1. La única regla, digamos necesaria, de la evolución, según el darwinismo, es la supervivencia de los más aptos. Entonces, la evolución favorecerá un progreso hacia una mayor aptitud, pero hay que tener en cuenta que ese progreso es siempre local, no global. Si yo soy un oso polar muy apto para el entorno ártico, si cambia el clima y ahora mi ecosistema es un desierto, mi especie se extinguirá irreversiblemente ¿Era yo entonces la cima de cierto progreso hacia la adaptabilidad? No, solo lo era para un cierto ecosistema local, por lo que no tiene sentido hablar de una evolución progresiva hacia la mayor adaptabilidad. Los más aptos hoy no lo serán mañana, y los más aptos aquí no lo serán allí.
  2. El aumento de la complejidad, biodiversidad, tamaño, control del medio, flexibilidad de la conducta, cognición, etc. que se han postulado como frutos del progreso evolutivo son solo efectos colaterales de la adaptabilidad local. Jay Gould argumenta que si partimos de mínimos, todo tiene necesariamente que aumentar. Por ejemplo, si los primeros organismos fueron muy simples, no nos queda otra que aumentar la complejidad. Del mismo modo, si eran muy pequeños irán surgiendo otros más grandes. Pero esto no quiere decir que la evolución progrese necesariamente hacia ello, sino que por mera estadística, ocurrirá. Es como si tenemos una caja con un agujero en su fondo y una bola dentro. Si nos ponemos a mover la caja, la bola irá dando tumbos azarosos por la base de la caja y, si lo hacemos durante cientos de miles de años, al final, será tan probable que casi se hará necesario, que la bola se cruce en su deambular con el agujero y caiga de la caja ¿Estaban la bola y la caja diseñadas estratégicamente para que la bola cayera? No ¿Era el objetivo o el fin de la bola caer por el agujero? No. Pues eso mismo ocurre con la evolución: no está dirigida hacia nada, pero, por probabilidad, en ella ocurrirán de modo prácticamente necesario ciertas cosas.
  3. La evolución es absolutamente ciega y solo genera buenas adaptaciones porque las buenas adaptaciones son las que quedan. Es como si tenemos varias montañas y el viento, la lluvia, el frío y la nieve las van erosionando. Después de millones de años, muchas de ellas se han convertido en llanuras y planicies mientras que otras han conservado, casi indemne, su empinada forma inicial debido a estar constituidas por dura roca granítica ¿Querían realmente esas montañas mantenerse escarpadas? No ¿Había un proyecto o un progreso dirigido hacia la mayor duración de ciertas formas? No. Pero, ¿era inevitable que esas montañas “sobrevivieran”? Dada una atmósfera como la nuestra y dados los componentes de la litosfera, casi que sí.

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“La mente emerge de la complejidad del funcionamiento cerebral”

Esta sentencia podría resumir de manera general el planteamiento emergentista con respecto al problema mente-cuerpo. Sentencia, por lo demás, que puede parecer bastante razonable para cualquier neurólogo, psicólogo o estudiante de la mente en general que tenga, como ya va siendo normal, una visión más o menos materialista del funcionamiento de nuestra psique.  Sin embargo, vamos a ver que realmente es un enunciado equívoco y bastante vacío.

Pensemos en que yo quiero saber cómo funciona cualquier electrodoméstico de mi cocina, por ejemplo, el frigorífico. Sin tener ni idea de ingeniería, observo sus piezas durante un rato y termino por decir: “La baja temperatura que enfría los alimentos emerge de la complejidad del funcionamiento del frigorífico”. Realmente, no habré dicho absolutamente nada, a lo sumo estaré intentando encubrir que no sé gran cosa del funcionamiento del aparato.

Pensemos ahora en qué significa la palabra “emerger”. Habitualmente se usa para decir que algo sale del agua a la superficie, pero también puede usarse para decir que algo sale del interior de otra cosa. Pues bien, cuando decimos que la mente emerge del cerebro estamos, en primer lugar, cometiendo un sesgo dualista: si la mente sale del cerebro es porque es algo diferente de éste, ergo la mente no es el cerebro. Y si la mente no es el cerebro… ¿qué diablos es? En segundo, estamos sugiriendo de modo implícito o dando la impresión de un “surgir por arte de magia”: a la hora de construir una mente artificial lo único que habrá que hacer es ir añadiendo piezas semejantes a las de un cerebro real hasta que, al final, la mente emerja por sí sola de entre todos esos elementos. Así llega la manida afirmación: “De la complejidad de Internet surgirá espontáneamente una nueva mente global” No, de Internet no surgirá ninguna mente a no ser que ingenieros se pongan a ello, y de ir construyendo piezas similares a las de un cerebro no surgirá una mente sin más. Ir construyendo piezas similares a un cerebro hará que vayamos comprendiendo cada vez mejor cómo funciona el cerebro hasta que, al final, podamos construir las piezas clave que, realmente, sean, constituyan o generen una mente. Y, en tercer lugar, la expresión “emerger del cerebro” parece implicar que la mente surge del cerebro pero que no hay camino inverso, es decir, que “el cerebro no emerge de la mente”, negando la posibilidad de que nuestro pensamiento tenga algún efecto sobre el mismo cerebro. El emergentismo estaría sugiriendo implícitamente un epifenomenalismo que, en general, parece poco convincente (a mí sí me gusta la idea de que muchos aspectos de la mente son efectos secundarios o epifenómenos del funcionamiento del cerebro, pero no me convence que esos efectos secundarios no tengan influencia alguna sobre el propio cerebro).

Y, pensemos por último, en que significa la palabra “complejidad” ¿Qué quiere decir que algo sea complejo? La complejidad es una propiedad subjetiva (una valoración) que no tiene existencia objetiva. Algo es simple o complejo siempre para un sujeto. Resolver una multiplicación es algo complejísimo para un niño de tres años pero trivial para un adulto ¿Diríamos que multiplicar tiene la propiedad objetiva de ser complejo? No, la palabra complejidad, en el mejor de los casos, solo es un indicador de la capacidad de comprensión del sujeto. Entonces, ¿es lícito decir que de la complejidad surge algo? No, de la complejidad no puede surgir absolutamente nada porque solo es una valoración, no es un objeto o proceso real con algún tipo de poder causal. Por lo tanto la afirmación “La mente emerge de la complejidad del cerebro” es un sinsentido o, en el mejor de los casos, es no decir nada.

Supóngase un criador que tenía perreras de afganos (de pelo largo) y salukis (de pelo corto). Supóngase también que, en conjunto, los afganos vivieron más tiempo que los salukis, por cuanto, por la diferencia en longevidad, la descendencia por afgano fue significativamente más numerosa que la descendencia por saluki. Supóngase que se descubrió que los afganos tienen una mayor expectativa de vida, porque los salukis contraen un tipo de misterioso parásito transportado por cierta especie de insecto que las incapacita. Los afganos, por su parte, no son afectados por dicho parásito, porque tienen más pulgas que los salukis (por causa de su pelambre más larga) y las picaduras de las pulgas los inmunizan contra el parásito. Finalmente supóngase que algunos biólogos y veterinarios se enteraron de esto y, en posteriores investigaciones, descubrieron que efectivamente es cierto que, en regiones donde el parásito es común, se trate de perros domesticados o silvestres, el pelo largo (porque alberga pulgas) tiende a incrementar el tiempo de vida (y potencialmente la capacidad de reproducción)

Michael Ruse, Filosofía de la Biología

Este ejemplo es un supuesto. Es de broma. Vamos con dos de verdad:

Por ejemplo, los humanos en los países mediterráneos que eran resistentes al favismo en tiempos en que hubo malaria endémica eran, empero, muy vulnerables a esa infección. Es verdad que un favismo atenuado produce un grado de anemia que protege de la malaria, y, de hecho, la razón de que la selección natural no haya eliminado el favismo  sería porque, respecto a la malaria, se ve favorecida la supervivencia de los que sufren este tipo de anemia.

Curioso, tener un defecto congénito que te hace padecer anemia te inmuniza contra la malaria. Vamos al otro:

Por ejemplo, parece que últimamente se ha detectado que una terrible enfermedad, la corea de Huntington, antes de su manifestación estimula la reproducción y potencia el sistema inmunológico, lo cual, con el tiempo, se reconoce como pleiotropía antagonista (cuando una disfunción se ve contrarrestada por una función o al revés), en la que el balance adaptativo es favorable a la supervivencia en un periodo crucial de la vida, a pesar de los efectos terribles que sobrevienen, pero cuando la oportunidad de reproducción ha tenido lugar.

Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo

Alucinante. La enfermedad de Huntington es de lo peor que a uno puede pasarle: una progresiva demencia acompañada de severos problemas motores que terminará por matarte en unos quince o veinte años (si no te  has suicidado antes, lo cual es bastante común). No hay tratamiento conocido ni, prácticamente, forma de atenuar los síntomas. Además, como es una enfermedad genética, es posible que te enteres de que la tienes por un mero test genético muchísimo antes de que te llegue, pero sin posibilidad alguna de hacer nada por evitarla (es lo que le pasa a Trece, el personaje interpretado por Olivia Wilde en House). El caso es que dado que el Huntington suele manifestarse en la edad adulta, sus afectados han tenido previamente tiempo suficiente para la reproducción, por lo que la enfermedad pasa sin problemas a la siguiente generación. Pero es más, si como sostienen los estudios de los que habla Castrodeza, se estimula la función reproductiva y se refuerza el sistema inmunológico, tener Huntington puede ser una buena ventaja evolutiva: te dará más probabilidades de sobrevivir y reproducirte durante tu edad juvenil, a pesar de que te aniquile brutalmente en la fase adulta.

Los caminos de la adaptación son inescrutables. Señor, llévanos pronto (pero no de Huntington).

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  1. MacLuhan hablaba de “extensiones del hombre” o Ernst Kapp de “órganos proyectados”. He leído muchas veces usar la expresión “prótesis” (si bien sería más correcto decir “órtesis” en la mayoría de los casos ) para hablar de los adelantos tecnológicos que forman parte de nuestros quehaceres cotidianas y que, en cierto sentido, forman parte de nuestro cuerpo, siendo ya complejo establecer una frontera entre hombre y máquina. Se habla de cyborg para referirse a esta simbiosis representada por individuos con cualquier tipo de implante mecánico o electrónico. Todos se quedan muy cortos. Ortega se acercó algo más: somos esencialmente técnicos, esencialmente artificiales: nuestra forma de relacionarnos con el mundo es el artificio. No es que podamos elegir entre usar tecnología o no, es que somos tecnología. El ludismo es el movimiento más antinatural que existe y el transhumanismo es un humanismo.
  2. Spacewar fue el primer videojuego de la historia. Lo diseñó en 1962 un estudiante del MIT llamado Steve Russell. Conocer la fecha de este evento no parece importante. Yo mismo no la conocía hasta hace unos días, pero eso cambiará drásticamente. Igualmente que la historia que nos enseñaron en los institutos (llena casi exclusivamente de reyes y batallitas) ha ido evolucionando para convertirse en una historia social, económica, simbólica, de las ideas, etc. muchísimo más útil y significativa, la historia de la computación terminará por incluirse en ella y tener un importante papel en los planes educativos (o no, dependerá claro de nuestra insigne clase política). Es una obviedad decir que a día de hoy, un sociólogo no se enterará de absolutamente nada sin la historia del procesamiento de la información.
  3. En 2008 existían ya unos 8,6 millones de robots, cifra que contrasta mucho con los escasos 20.000 que funcionaban en 1980. En 28 años ya hay 430 veces más robots y, sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido (incluso ha subido a principios de siglo) ¿Por qué? ¿En qué están fallando las predicciones de Keynes? ¿Por qué no tenemos ya jornadas de dos o tres horas diarias? Dos razones: nosotros, la clase media hemos elegido mantener un elevadísimo nivel de consumo a cambio de seguir trabajando muchas horas (hay que ser imbéciles pero así lo hemos decidido. Ya veréis a quién votáis o cuáles son las prioridades en vuestras vidas). Y la segunda: desde las clases dirigentes se ha remado en la misma dirección como no podría ser de otra manera. En tu empresa, si tus trabajadores echan ocho horas y producen x, y ahora tienes dos robots que te hacen producir x+5 sin un aumento significativo de costes, bienvenido sea ese aumento de producción en un ámbito de dura competencia en el sector. Si reduces la jornada laboral, siempre habrá otra empresa que no lo hará y ganará la partida, así que no lo haces. Sin una legislación global no se puede hacer nada.
  4. Diversos estudios (por ejemplo aquí y aquí) calculan que en un par de décadas casi la mitad de los puestos de trabajo en el sector industrial serán ocupados por robots. En España el sector industrial representa, desgraciadamente, solo un 20% del total de los trabajadores. Si tenemos algo más de 17 millones de trabajadores, de los cuales 3,4 trabajan en la industria, para el 2040 tendremos 1,7 millones de puestos de trabajo destruidos. Son veinte años, una generación. Hay tiempo para formar a los futuros trabajadores para adaptarse a este nuevo mercado laboral (evidentemente dentro de lo previsible. Mucho de lo que venga en veinte años es totalmente impredecible a día de hoy), si bien será complicado conseguir suplir un número tan alto de puestos de trabajo perdidos (se auguran momentos complicados). Además, este suceso implicará la división entre países que han conseguido robotizar su sector industrial y los que no. Se antoja muy necesario prepararse para la inminente robolución.

Metemos en el perceptrón multicapa una serie de datos que quizá no deberían tener relación alguna ¿Debería haber una relación directa entre los metros cuadrados de la vivienda, el número de los hijos y las edades de los cónyuges con el hecho de divorciarse? ¿No sería mucho más lógico pensar en infidelidades, número y duración de relaciones previas o capacidad de compromiso? Seguramente que sí, pero los caminos de las correlaciones y las predicciones son inescrutables como muy bien sabe el físico Javier García al inventarse estos parámetros en el vídeo.

Vamos metiendo los datos y entrenamos a nuestra red neuronal. Cada vez que acierta, giramos cada ruleta (variando el valor de los pesos, de w) y, al cabo de un número relativamente pequeño de repeticiones, la red puede predecir si una pareja va a separarse o no en función de unos parámetros que se salen del sentido común. Esto es impresionante por cuatro razones:

1. Una computadora nos está ayudando a hacer descubrimientos que nosotros, por sí solos, jamás podríamos conseguir. Una red neuronal puede descubrir correlaciones que nosotros no descubriríamos. La curiosa razón (un poco poetizada, lo reconozco) es que la red no tiene prejuicios. No parte de un sentido común previo que le diga que es absurdo relacionar el color de las cortinas del salón con la estabilidad de una relación marital. Los valores iniciales de sus pesos son aleatorios, por lo que no le perjudican a la hora de adquirir un nuevo aprendizaje. Una red neuronal no tiene demasiados problemas en desaprender esos valores iniciales y reajustarlos para conseguir la respuesta correcta. Es, por así decirlo, magnífica cambiando de opinión.

2. Como hemos dicho en más de una ocasión, la IA obtiene más logros siguiendo su propio camino que intentado imitar la mente humana. Este caso es un gran ejemplo: queriendo, en principio, imitar una red neuronal humana, conseguimos hacer un programa que es capaz de hacer algo que una mente humana, por lo general, no es capaz de hacer. Y eso no es nada malo, todo lo contrario. Hay que seguir haciendo redes neuronales, aunque no se parezcan ni pretendan imitar las humanas. De hecho, un perceptrón multicapa no es una buena réplica de una red neuronal biológica, pero es maravilloso que así sea.

3. El sencillo funcionamiento de este perceptrón constituye una refutación directa a la afirmación de que las máquinas no pueden aprender o que son incapaces de novedad (sí, ya sé que eso es una obviedad refutada hace mucho, pero hay mucha gente que aún no lo sabe). El perceptrón, tras entrenamiento, aprende a hacer algo de lo que los seres humanos no somos capaces. En este contexto creo que no tiene sentido hacerse la pregunta de si el perceptrón se sale o no de su programación. A nivel absoluto, evidentemente no se sale, al igual que los humanos no nos salimos de la nuestra (nuestras limitaciones cognitivas como especie afloran por doquier), pero a nivel relativo sí lo hace: aprende a predecir resultados que el programador es incapaz de predecir.

4. Es asombroso que el perceptrón sea capaz de aprender a realizar predicciones con cierta competencia pero que no podamos encontrar el patrón de razonamiento que sigue para conseguirlo. Podemos hacer una máquina cuya estructura profunda de funcionamiento nos es desconocida. Si abrimos “la caja negra” del perceptrón y vemos toda esa madeja de nodos y conexiones, con sus correspondientes valores y pesos, no comprendemos nada. Sabemos bien cómo funciona, la hemos diseñado y entrenado nosotros mismos, pero no entendemos por qué diablos esa determinada combinación de valores y operaciones lleva a la red a acertar en los resultados. En la inmensa mayoría de los casos (cuando la red es mínimamente compleja) no sabríamos convertir a una ecuación el patrón de su funcionamiento. Da la impresión (me voy a poner muy sensacionalista, lo sé) que su inteligencia se nos escapa…

Seguiremos hablando de estos seres.

Ines Arrimadas

Somos politólogos y estamos trabajando para asesorar a un prometedor líder político de un partido emergente. Como somos politólogos de verdad (y no freudo-marxistas ni post-estructuralistas), nos ponemos a analizar campañas y resultados electorales de los últimos años. Por gracia de las ciencias de la computación disponemos de una enorme base de datos en donde están recogidas todas las campañas políticas de todos los países en los últimos, pongamos, veinte años. Disponemos de todo: todas las características físicas y biográficas de los candidatos, todos sus discursos, mítines, apariciones en medios de comunicación… El nivel de detalle de nuestra base de datos es asombroso: tenemos incluso datos acerca de qué ropa llevaban cada día de campaña, todas y cada una de las palabras que dijeron, información acerca de sus expresiones faciales, frecuencias de sus voces… Tenemos una ingente cantidad de variables, teras y teras de información.

¿Qué hacemos con ella? Poner a trabajar a una IA. Disponemos de un veloz programa encargado de buscar correlaciones entre cualquier conjunto de variables y los resultados electores.  Es lo que se conoce como data mining: buscar patrones significativos entre grandes cantidades de datos ¿Qué tenían en común todos aquellos que alguna vez ganaron unas elecciones?

Pero antes una digresión. Uno de los resultados más sugerentes de los experimentos con cerebros escindidos de Michael Gazzaniga, es que tenemos la tendencia a justificar las causas de nuestras acciones a posteriori, prefiriendo dar una explicación cualquiera, aunque sea mentira, que quedarnos sin explicación. Hemos hablado ya muchas veces de estos experimentos pero no me canso de contarlos de nuevo ya que creo que aún no los hemos llevado a sus máximas consecuencias teóricas. En uno de ellos, al ojo izquierdo del paciente comisurotomizado (vaya palabrita) se le mostraban una serie de fotografías de mujeres desnudas. La información era recibida entonces únicamente por su hemisferio cerebral derecho, generando una respuesta: risita nerviosa. El hemisferio izquierdo captaba la risita pero no su causa. Cuando el investigador le preguntaba el porqué de la risa, el paciente se inventaba una explicación: “Me hace usted unas preguntas tan extrañas que me entra la risa”.  Existen múltiples factores inconscientes que determinan nuestra conducta y que ignoramos completamente. Es más, nuestra parte consciente tiende a ocultarlos y a buscar, siempre que puede, explicaciones basadas en decisiones libres y conscientes.

Hemos encontrado correlaciones tales como que quien vive en el Estado de Virginia tiene más probabilidades de tener un nombre que empiece por “v” o que quien tiene un nombre que comienza por “d” tiene más probabilidades de ser dentista (según Pelham, Carvallo y Jones para Psychological Science, 2005). Por poner algunos ejemplo más (si bien el lector puede encontrar una abundantísima literatura al respecto), las personas tienden a elaborar juicios morales más severos  si en la habitación en la que reflexionan hay un ambiente cargado y maloliente  (Simone Schnall para Personality and Social Psichology Bulletin , 2008), o tienden a hacer menos trampas si se les dice que hay una presencia sobrenatural invisible que les observa (Jesse Bering, 2005). Cualquier persona que viva en Virginia y que haya puesto a su hija el nombre de “Victoria”, siempre dirá que eligió ese nombre “porque de siempre le había gustado mucho” o “porque le recuerda algo bonito”, nunca dirá nada relacionado con el nombre del Estado de Virginia. Igualmente nadie reconocerá que eligió ser dentista porque se llama “David”, sino porque “siempre ha sentido esa vocación”.

Volvemos a la politología. Exactamente igual, los votantes pueden tomar la decisión de votar a tal o cual candidato en función de motivaciones inconscientes que ignoran completamente, más cuando ya hemos mostrado lo realmente difícil que es hacer una votación plenamente racional.  Supongamos que, después de semanas de procesamiento de datos, nuestra IA encuentra una absurda pero fundamental correlación: sin excepción alguna, en todas las elecciones democráticas celebradas en el mundo en los últimos veinte años, el candidato que en algún momento de la campaña ha combinado una corbata verde con unos pantalones azul marengo, ha obtenido entre un 20 y un 25% más de votos que en elecciones anteriores. No tenemos ni idea de la causa (desconocemos muchísimo de cómo funciona nuestro inconsciente) pero no nos importa. Estamos trabajando para nuestro candidato y, aunque no sabemos si es una estupidez o no, no perdemos nada, así que le decimos que en el siguiente mitin se ponga la corbata y los pantalones del color correspondiente. Para nuestro regocijo, llega el día de la votación y los resultados se cumplen siguiendo la correlación marcada: conseguimos un 23,4% más de votos y ganamos las elecciones. Nuestro cabello se eriza y se nos seca la boca: ¡tenemos el arma electoral definitiva! Tenemos la clave para poner y quitar gobiernos en cualquier nación democrática…

Independientemente de todas las pegas y matizaciones que se puedan hacer a nuestro rocambolesco supuesto, sabemos que desde los orígenes de la democracia griega, se utilizan estrategias retóricas para convencer al electorado, estrategias que intentan evadir nuestra parte racional consciente para adentrarse en nuestras motivaciones inconscientes. Los actuales asesores de campaña de los políticos, sin utilizar todavía inteligencias artificiales en data mining (o seguro que ya sí) conocen un sinfín de parámetros que garantizan un mejor resultado o que llevan directamente al desastre, y los utilizan constantemente.

La cuestión es: si, entonces, la mayoría de las votaciones se realizan siguiendo motivaciones inconscientes tan esperpénticas como pudiese ser el color de una corbata y unos pantalones, ¿qué validez tendría la democracia? Si existen partidos que  poseen conocimiento tal que pueden obtener un significativo número de votos apelando a nuestros inconscientes, mientras que otros partidos no lo poseen, ¿no sería lícito hablar de fraude electoral?

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Los psicólogos de la Gestalt utilizaban el término insight para referirse al momento en el cual nuestro sistema cognitivo dota de sentido una imagen percibida, cuando “descubre la figura oculta”. Tras un breve rato observando la imagen a nuestro cerebro se le enciende la bombilla y descubre al dálmata olisqueando el suelo. El todo (la gestalten) no es solo una suma de propiedades sensibles de una imagen, sino algo más: el sujeto descubre o pone en la realidad algo diferente a los meros colores y formas (en función de que enfaticemos “descubrir” o, en cambio, “poner” seremos realistas o constructivistas): una estructura, un patrón, un objeto ¿Por qué? ¿Por qué distinguimos la “figura-dálmata” de entre esa aparentemente caótica amalgama de manchas negras, y no cualquier otra cosa?

Leamos este texto de Derek Denton en El despertar de la consciencia hablando de las teorías del psicólogo norteamericano Homer Smith:

Homer Smith creía que [la consciencia] se había desarrollado progresivamente en el reino animal en relación con la movilidad del organismo, a las necesidades de ir de un lugar a otro. Cree que todos los animales dependen de plantas y de otros animales para alimentarse. La evolución del reino animal ha presentado un espectáculo de depredador y presa: ¡comer o ser comido! Ese fue el origen de la evolución de la consciencia.

El hábito de depredador móvil requirió que el animal con éxito resolviera el problema cartesiano de los cuerpos que se mueven, pero en cuatro dimensiones. El espacio y la sincronización precisa eran una condición sine qua non. La sincronización precisa requería la integración de acontecimientos del pasado reciente con los del momento presente, lo que permitía la extrapolación hacia el futuro. Smith proponía que dada la corta duración de los acontecimientos neurales individuales en la periferia, los problemas de ir de aquí a allí sólo podían resolverse mediante fusión de eventos neurales rápidos en una imagen continua o persistente en que el tiempo trascurrido aparece como una dimensión. Considera que esta fusión neurofisiológica es la esencia de la consciencia.

Si partimos de la tesis de que la consciencia no tiene un origen sobrenatural, no es una fuerza vital ni un espíritu inmaterial, su origen tiene que ser tan intrascendente como el de cualquier otro órgano o función del organismo. Parece razonable partir, tal y como dice Searle, de la idea de que la consciencia es un fenómeno biológico tal y como lo son la digestión o la fotosíntesis. Según Homer Smith, en un ámbito tan mamífero como el de presa-depredador, tuvo que ser crucial tener un buen instrumento para predecir la trayectoria de los movimientos de tu rival. La consciencia, en tanto que capaz de integrar los sucesos del pasado con los del futuro en un falso continuo, tuvo que evolucionar en esa dirección. La consciencia fue la capacidad de retener algo lo suficientemente en la memoria para poder efectuar una predicción efectiva de un próximo movimiento.

Volvamos a la imagen del dálmata. Supongamos que somos una nerviosa liebre escondida entre los matorrales huyendo del sabueso. Si queremos sobrevivir, en primer lugar, tenemos que tener un buen mecanismo de detección de nuestro depredador. Entre la incalculable cantidad de estímulos que golpean nuestra retina tendremos mucha urgencia en detectar las que representan a nuestro potencial depredador. He aquí el insight, la localización de una figura concreta sobre el fondo. También habría que mencionar todos los medidas que los depredadores tomaron a lo largo de toda la historia biológica para evitar los insights de las presas: el camuflaje. Y también habría que mencionar algo aún más interesante: este es el posible origen del concepto de identidad: ¿qué es un sujeto, un objeto, una cosa, una entidad? Aquello que mi aparato cognitivo es capaz de reconocer como predador o presa o, más originariamente, como comida ¿Y cómo definimos los objetos? Por su perímetro, por sus contornos. Un objeto siempre se presenta cerrado (según la ley de cierre de la Gestalt): su perímetro siempre está completo (y si no nuestro cerebro se lo inventa). Curiosa definición: un objeto es algo que se nos presenta rodeado por una línea más oscura que nos permite diferenciarlo de un fondo. Y si queremos seguir dando definiciones, un sujeto o agente, será aquel conjunto de propiedades sensibles que se mueven sin perder su unidad estructural (el patrón que nos permitía identificarlo en todo momento). La consciencia será ese espacio de trabajo en donde se integra esa información para posibilitar la predicción futura.

Expliquemos mejor esto último. Pensemos en el mínimo necesario de imágenes que tenemos que percibir para poder predecir un movimiento: mínimo dos. Si solo percibimos la imagen estática de un objeto jamás podremos predecir la dirección en la que va. Necesitamos al menos dos para trazar una línea entre la posición inicial y la siguiente, y calcular, a partir del tiempo que ha tardado en recorrerla, la posible posición futura. Por eso es necesaria una memoria a corto plazo o de trabajo (que podríamos, a grosso modo, identificarla con la consciencia) que dure lo suficiente como para establecer la predicción.

Tiempo predicción

Seguramente, la selección natural premió a las memorias de trabajo que podían retener un mayor número de posiciones el tiempo suficiente para poder ir realizando predicciones más precisas y sofisticadas. Así, la duración de nuestra MCP se iría prolongando, nuestro presente se hizo más largo. Sería interesante hacer experimentos para comprobar si puede establecerse una correlación entre la duración de esta memoria y el tiempo necesario para poder predecir con cierta efectividad el comportamiento de un depredador o presa habitual de nuestra especie.