Supóngase un criador que tenía perreras de afganos (de pelo largo) y salukis (de pelo corto). Supóngase también que, en conjunto, los afganos vivieron más tiempo que los salukis, por cuanto, por la diferencia en longevidad, la descendencia por afgano fue significativamente más numerosa que la descendencia por saluki. Supóngase que se descubrió que los afganos tienen una mayor expectativa de vida, porque los salukis contraen un tipo de misterioso parásito transportado por cierta especie de insecto que las incapacita. Los afganos, por su parte, no son afectados por dicho parásito, porque tienen más pulgas que los salukis (por causa de su pelambre más larga) y las picaduras de las pulgas los inmunizan contra el parásito. Finalmente supóngase que algunos biólogos y veterinarios se enteraron de esto y, en posteriores investigaciones, descubrieron que efectivamente es cierto que, en regiones donde el parásito es común, se trate de perros domesticados o silvestres, el pelo largo (porque alberga pulgas) tiende a incrementar el tiempo de vida (y potencialmente la capacidad de reproducción)

Michael Ruse, Filosofía de la Biología

Este ejemplo es un supuesto. Es de broma. Vamos con dos de verdad:

Por ejemplo, los humanos en los países mediterráneos que eran resistentes al favismo en tiempos en que hubo malaria endémica eran, empero, muy vulnerables a esa infección. Es verdad que un favismo atenuado produce un grado de anemia que protege de la malaria, y, de hecho, la razón de que la selección natural no haya eliminado el favismo  sería porque, respecto a la malaria, se ve favorecida la supervivencia de los que sufren este tipo de anemia.

Curioso, tener un defecto congénito que te hace padecer anemia te inmuniza contra la malaria. Vamos al otro:

Por ejemplo, parece que últimamente se ha detectado que una terrible enfermedad, la corea de Huntington, antes de su manifestación estimula la reproducción y potencia el sistema inmunológico, lo cual, con el tiempo, se reconoce como pleiotropía antagonista (cuando una disfunción se ve contrarrestada por una función o al revés), en la que el balance adaptativo es favorable a la supervivencia en un periodo crucial de la vida, a pesar de los efectos terribles que sobrevienen, pero cuando la oportunidad de reproducción ha tenido lugar.

Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo

Alucinante. La enfermedad de Huntington es de lo peor que a uno puede pasarle: una progresiva demencia acompañada de severos problemas motores que terminará por matarte en unos quince o veinte años (si no te  has suicidado antes, lo cual es bastante común). No hay tratamiento conocido ni, prácticamente, forma de atenuar los síntomas. Además, como es una enfermedad genética, es posible que te enteres de que la tienes por un mero test genético muchísimo antes de que te llegue, pero sin posibilidad alguna de hacer nada por evitarla (es lo que le pasa a Trece, el personaje interpretado por Olivia Wilde en House). El caso es que dado que el Huntington suele manifestarse en la edad adulta, sus afectados han tenido previamente tiempo suficiente para la reproducción, por lo que la enfermedad pasa sin problemas a la siguiente generación. Pero es más, si como sostienen los estudios de los que habla Castrodeza, se estimula la función reproductiva y se refuerza el sistema inmunológico, tener Huntington puede ser una buena ventaja evolutiva: te dará más probabilidades de sobrevivir y reproducirte durante tu edad juvenil, a pesar de que te aniquile brutalmente en la fase adulta.

Los caminos de la adaptación son inescrutables. Señor, llévanos pronto (pero no de Huntington).

1399151

anatomias-fernando-vicente-1

  1. MacLuhan hablaba de “extensiones del hombre” o Ernst Kapp de “órganos proyectados”. He leído muchas veces usar la expresión “prótesis” (si bien sería más correcto decir “órtesis” en la mayoría de los casos ) para hablar de los adelantos tecnológicos que forman parte de nuestros quehaceres cotidianas y que, en cierto sentido, forman parte de nuestro cuerpo, siendo ya complejo establecer una frontera entre hombre y máquina. Se habla de cyborg para referirse a esta simbiosis representada por individuos con cualquier tipo de implante mecánico o electrónico. Todos se quedan muy cortos. Ortega se acercó algo más: somos esencialmente técnicos, esencialmente artificiales: nuestra forma de relacionarnos con el mundo es el artificio. No es que podamos elegir entre usar tecnología o no, es que somos tecnología. El ludismo es el movimiento más antinatural que existe y el transhumanismo es un humanismo.
  2. Spacewar fue el primer videojuego de la historia. Lo diseñó en 1962 un estudiante del MIT llamado Steve Russell. Conocer la fecha de este evento no parece importante. Yo mismo no la conocía hasta hace unos días, pero eso cambiará drásticamente. Igualmente que la historia que nos enseñaron en los institutos (llena casi exclusivamente de reyes y batallitas) ha ido evolucionando para convertirse en una historia social, económica, simbólica, de las ideas, etc. muchísimo más útil y significativa, la historia de la computación terminará por incluirse en ella y tener un importante papel en los planes educativos (o no, dependerá claro de nuestra insigne clase política). Es una obviedad decir que a día de hoy, un sociólogo no se enterará de absolutamente nada sin la historia del procesamiento de la información.
  3. En 2008 existían ya unos 8,6 millones de robots, cifra que contrasta mucho con los escasos 20.000 que funcionaban en 1980. En 28 años ya hay 430 veces más robots y, sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido (incluso ha subido a principios de siglo) ¿Por qué? ¿En qué están fallando las predicciones de Keynes? ¿Por qué no tenemos ya jornadas de dos o tres horas diarias? Dos razones: nosotros, la clase media hemos elegido mantener un elevadísimo nivel de consumo a cambio de seguir trabajando muchas horas (hay que ser imbéciles pero así lo hemos decidido. Ya veréis a quién votáis o cuáles son las prioridades en vuestras vidas). Y la segunda: desde las clases dirigentes se ha remado en la misma dirección como no podría ser de otra manera. En tu empresa, si tus trabajadores echan ocho horas y producen x, y ahora tienes dos robots que te hacen producir x+5 sin un aumento significativo de costes, bienvenido sea ese aumento de producción en un ámbito de dura competencia en el sector. Si reduces la jornada laboral, siempre habrá otra empresa que no lo hará y ganará la partida, así que no lo haces. Sin una legislación global no se puede hacer nada.
  4. Diversos estudios (por ejemplo aquí y aquí) calculan que en un par de décadas casi la mitad de los puestos de trabajo en el sector industrial serán ocupados por robots. En España el sector industrial representa, desgraciadamente, solo un 20% del total de los trabajadores. Si tenemos algo más de 17 millones de trabajadores, de los cuales 3,4 trabajan en la industria, para el 2040 tendremos 1,7 millones de puestos de trabajo destruidos. Son veinte años, una generación. Hay tiempo para formar a los futuros trabajadores para adaptarse a este nuevo mercado laboral (evidentemente dentro de lo previsible. Mucho de lo que venga en veinte años es totalmente impredecible a día de hoy), si bien será complicado conseguir suplir un número tan alto de puestos de trabajo perdidos (se auguran momentos complicados). Además, este suceso implicará la división entre países que han conseguido robotizar su sector industrial y los que no. Se antoja muy necesario prepararse para la inminente robolución.

Metemos en el perceptrón multicapa una serie de datos que quizá no deberían tener relación alguna ¿Debería haber una relación directa entre los metros cuadrados de la vivienda, el número de los hijos y las edades de los cónyuges con el hecho de divorciarse? ¿No sería mucho más lógico pensar en infidelidades, número y duración de relaciones previas o capacidad de compromiso? Seguramente que sí, pero los caminos de las correlaciones y las predicciones son inescrutables como muy bien sabe el físico Javier García al inventarse estos parámetros en el vídeo.

Vamos metiendo los datos y entrenamos a nuestra red neuronal. Cada vez que acierta, giramos cada ruleta (variando el valor de los pesos, de w) y, al cabo de un número relativamente pequeño de repeticiones, la red puede predecir si una pareja va a separarse o no en función de unos parámetros que se salen del sentido común. Esto es impresionante por cuatro razones:

1. Una computadora nos está ayudando a hacer descubrimientos que nosotros, por sí solos, jamás podríamos conseguir. Una red neuronal puede descubrir correlaciones que nosotros no descubriríamos. La curiosa razón (un poco poetizada, lo reconozco) es que la red no tiene prejuicios. No parte de un sentido común previo que le diga que es absurdo relacionar el color de las cortinas del salón con la estabilidad de una relación marital. Los valores iniciales de sus pesos son aleatorios, por lo que no le perjudican a la hora de adquirir un nuevo aprendizaje. Una red neuronal no tiene demasiados problemas en desaprender esos valores iniciales y reajustarlos para conseguir la respuesta correcta. Es, por así decirlo, magnífica cambiando de opinión.

2. Como hemos dicho en más de una ocasión, la IA obtiene más logros siguiendo su propio camino que intentado imitar la mente humana. Este caso es un gran ejemplo: queriendo, en principio, imitar una red neuronal humana, conseguimos hacer un programa que es capaz de hacer algo que una mente humana, por lo general, no es capaz de hacer. Y eso no es nada malo, todo lo contrario. Hay que seguir haciendo redes neuronales, aunque no se parezcan ni pretendan imitar las humanas. De hecho, un perceptrón multicapa no es una buena réplica de una red neuronal biológica, pero es maravilloso que así sea.

3. El sencillo funcionamiento de este perceptrón constituye una refutación directa a la afirmación de que las máquinas no pueden aprender o que son incapaces de novedad (sí, ya sé que eso es una obviedad refutada hace mucho, pero hay mucha gente que aún no lo sabe). El perceptrón, tras entrenamiento, aprende a hacer algo de lo que los seres humanos no somos capaces. En este contexto creo que no tiene sentido hacerse la pregunta de si el perceptrón se sale o no de su programación. A nivel absoluto, evidentemente no se sale, al igual que los humanos no nos salimos de la nuestra (nuestras limitaciones cognitivas como especie afloran por doquier), pero a nivel relativo sí lo hace: aprende a predecir resultados que el programador es incapaz de predecir.

4. Es asombroso que el perceptrón sea capaz de aprender a realizar predicciones con cierta competencia pero que no podamos encontrar el patrón de razonamiento que sigue para conseguirlo. Podemos hacer una máquina cuya estructura profunda de funcionamiento nos es desconocida. Si abrimos “la caja negra” del perceptrón y vemos toda esa madeja de nodos y conexiones, con sus correspondientes valores y pesos, no comprendemos nada. Sabemos bien cómo funciona, la hemos diseñado y entrenado nosotros mismos, pero no entendemos por qué diablos esa determinada combinación de valores y operaciones lleva a la red a acertar en los resultados. En la inmensa mayoría de los casos (cuando la red es mínimamente compleja) no sabríamos convertir a una ecuación el patrón de su funcionamiento. Da la impresión (me voy a poner muy sensacionalista, lo sé) que su inteligencia se nos escapa…

Seguiremos hablando de estos seres.

Ines Arrimadas

Somos politólogos y estamos trabajando para asesorar a un prometedor líder político de un partido emergente. Como somos politólogos de verdad (y no freudo-marxistas ni post-estructuralistas), nos ponemos a analizar campañas y resultados electorales de los últimos años. Por gracia de las ciencias de la computación disponemos de una enorme base de datos en donde están recogidas todas las campañas políticas de todos los países en los últimos, pongamos, veinte años. Disponemos de todo: todas las características físicas y biográficas de los candidatos, todos sus discursos, mítines, apariciones en medios de comunicación… El nivel de detalle de nuestra base de datos es asombroso: tenemos incluso datos acerca de qué ropa llevaban cada día de campaña, todas y cada una de las palabras que dijeron, información acerca de sus expresiones faciales, frecuencias de sus voces… Tenemos una ingente cantidad de variables, teras y teras de información.

¿Qué hacemos con ella? Poner a trabajar a una IA. Disponemos de un veloz programa encargado de buscar correlaciones entre cualquier conjunto de variables y los resultados electores.  Es lo que se conoce como data mining: buscar patrones significativos entre grandes cantidades de datos ¿Qué tenían en común todos aquellos que alguna vez ganaron unas elecciones?

Pero antes una digresión. Uno de los resultados más sugerentes de los experimentos con cerebros escindidos de Michael Gazzaniga, es que tenemos la tendencia a justificar las causas de nuestras acciones a posteriori, prefiriendo dar una explicación cualquiera, aunque sea mentira, que quedarnos sin explicación. Hemos hablado ya muchas veces de estos experimentos pero no me canso de contarlos de nuevo ya que creo que aún no los hemos llevado a sus máximas consecuencias teóricas. En uno de ellos, al ojo izquierdo del paciente comisurotomizado (vaya palabrita) se le mostraban una serie de fotografías de mujeres desnudas. La información era recibida entonces únicamente por su hemisferio cerebral derecho, generando una respuesta: risita nerviosa. El hemisferio izquierdo captaba la risita pero no su causa. Cuando el investigador le preguntaba el porqué de la risa, el paciente se inventaba una explicación: “Me hace usted unas preguntas tan extrañas que me entra la risa”.  Existen múltiples factores inconscientes que determinan nuestra conducta y que ignoramos completamente. Es más, nuestra parte consciente tiende a ocultarlos y a buscar, siempre que puede, explicaciones basadas en decisiones libres y conscientes.

Hemos encontrado correlaciones tales como que quien vive en el Estado de Virginia tiene más probabilidades de tener un nombre que empiece por “v” o que quien tiene un nombre que comienza por “d” tiene más probabilidades de ser dentista (según Pelham, Carvallo y Jones para Psychological Science, 2005). Por poner algunos ejemplo más (si bien el lector puede encontrar una abundantísima literatura al respecto), las personas tienden a elaborar juicios morales más severos  si en la habitación en la que reflexionan hay un ambiente cargado y maloliente  (Simone Schnall para Personality and Social Psichology Bulletin , 2008), o tienden a hacer menos trampas si se les dice que hay una presencia sobrenatural invisible que les observa (Jesse Bering, 2005). Cualquier persona que viva en Virginia y que haya puesto a su hija el nombre de “Victoria”, siempre dirá que eligió ese nombre “porque de siempre le había gustado mucho” o “porque le recuerda algo bonito”, nunca dirá nada relacionado con el nombre del Estado de Virginia. Igualmente nadie reconocerá que eligió ser dentista porque se llama “David”, sino porque “siempre ha sentido esa vocación”.

Volvemos a la politología. Exactamente igual, los votantes pueden tomar la decisión de votar a tal o cual candidato en función de motivaciones inconscientes que ignoran completamente, más cuando ya hemos mostrado lo realmente difícil que es hacer una votación plenamente racional.  Supongamos que, después de semanas de procesamiento de datos, nuestra IA encuentra una absurda pero fundamental correlación: sin excepción alguna, en todas las elecciones democráticas celebradas en el mundo en los últimos veinte años, el candidato que en algún momento de la campaña ha combinado una corbata verde con unos pantalones azul marengo, ha obtenido entre un 20 y un 25% más de votos que en elecciones anteriores. No tenemos ni idea de la causa (desconocemos muchísimo de cómo funciona nuestro inconsciente) pero no nos importa. Estamos trabajando para nuestro candidato y, aunque no sabemos si es una estupidez o no, no perdemos nada, así que le decimos que en el siguiente mitin se ponga la corbata y los pantalones del color correspondiente. Para nuestro regocijo, llega el día de la votación y los resultados se cumplen siguiendo la correlación marcada: conseguimos un 23,4% más de votos y ganamos las elecciones. Nuestro cabello se eriza y se nos seca la boca: ¡tenemos el arma electoral definitiva! Tenemos la clave para poner y quitar gobiernos en cualquier nación democrática…

Independientemente de todas las pegas y matizaciones que se puedan hacer a nuestro rocambolesco supuesto, sabemos que desde los orígenes de la democracia griega, se utilizan estrategias retóricas para convencer al electorado, estrategias que intentan evadir nuestra parte racional consciente para adentrarse en nuestras motivaciones inconscientes. Los actuales asesores de campaña de los políticos, sin utilizar todavía inteligencias artificiales en data mining (o seguro que ya sí) conocen un sinfín de parámetros que garantizan un mejor resultado o que llevan directamente al desastre, y los utilizan constantemente.

La cuestión es: si, entonces, la mayoría de las votaciones se realizan siguiendo motivaciones inconscientes tan esperpénticas como pudiese ser el color de una corbata y unos pantalones, ¿qué validez tendría la democracia? Si existen partidos que  poseen conocimiento tal que pueden obtener un significativo número de votos apelando a nuestros inconscientes, mientras que otros partidos no lo poseen, ¿no sería lícito hablar de fraude electoral?

gestalt_dog

Los psicólogos de la Gestalt utilizaban el término insight para referirse al momento en el cual nuestro sistema cognitivo dota de sentido una imagen percibida, cuando “descubre la figura oculta”. Tras un breve rato observando la imagen a nuestro cerebro se le enciende la bombilla y descubre al dálmata olisqueando el suelo. El todo (la gestalten) no es solo una suma de propiedades sensibles de una imagen, sino algo más: el sujeto descubre o pone en la realidad algo diferente a los meros colores y formas (en función de que enfaticemos “descubrir” o, en cambio, “poner” seremos realistas o constructivistas): una estructura, un patrón, un objeto ¿Por qué? ¿Por qué distinguimos la “figura-dálmata” de entre esa aparentemente caótica amalgama de manchas negras, y no cualquier otra cosa?

Leamos este texto de Derek Denton en El despertar de la consciencia hablando de las teorías del psicólogo norteamericano Homer Smith:

Homer Smith creía que [la consciencia] se había desarrollado progresivamente en el reino animal en relación con la movilidad del organismo, a las necesidades de ir de un lugar a otro. Cree que todos los animales dependen de plantas y de otros animales para alimentarse. La evolución del reino animal ha presentado un espectáculo de depredador y presa: ¡comer o ser comido! Ese fue el origen de la evolución de la consciencia.

El hábito de depredador móvil requirió que el animal con éxito resolviera el problema cartesiano de los cuerpos que se mueven, pero en cuatro dimensiones. El espacio y la sincronización precisa eran una condición sine qua non. La sincronización precisa requería la integración de acontecimientos del pasado reciente con los del momento presente, lo que permitía la extrapolación hacia el futuro. Smith proponía que dada la corta duración de los acontecimientos neurales individuales en la periferia, los problemas de ir de aquí a allí sólo podían resolverse mediante fusión de eventos neurales rápidos en una imagen continua o persistente en que el tiempo trascurrido aparece como una dimensión. Considera que esta fusión neurofisiológica es la esencia de la consciencia.

Si partimos de la tesis de que la consciencia no tiene un origen sobrenatural, no es una fuerza vital ni un espíritu inmaterial, su origen tiene que ser tan intrascendente como el de cualquier otro órgano o función del organismo. Parece razonable partir, tal y como dice Searle, de la idea de que la consciencia es un fenómeno biológico tal y como lo son la digestión o la fotosíntesis. Según Homer Smith, en un ámbito tan mamífero como el de presa-depredador, tuvo que ser crucial tener un buen instrumento para predecir la trayectoria de los movimientos de tu rival. La consciencia, en tanto que capaz de integrar los sucesos del pasado con los del futuro en un falso continuo, tuvo que evolucionar en esa dirección. La consciencia fue la capacidad de retener algo lo suficientemente en la memoria para poder efectuar una predicción efectiva de un próximo movimiento.

Volvamos a la imagen del dálmata. Supongamos que somos una nerviosa liebre escondida entre los matorrales huyendo del sabueso. Si queremos sobrevivir, en primer lugar, tenemos que tener un buen mecanismo de detección de nuestro depredador. Entre la incalculable cantidad de estímulos que golpean nuestra retina tendremos mucha urgencia en detectar las que representan a nuestro potencial depredador. He aquí el insight, la localización de una figura concreta sobre el fondo. También habría que mencionar todos los medidas que los depredadores tomaron a lo largo de toda la historia biológica para evitar los insights de las presas: el camuflaje. Y también habría que mencionar algo aún más interesante: este es el posible origen del concepto de identidad: ¿qué es un sujeto, un objeto, una cosa, una entidad? Aquello que mi aparato cognitivo es capaz de reconocer como predador o presa o, más originariamente, como comida ¿Y cómo definimos los objetos? Por su perímetro, por sus contornos. Un objeto siempre se presenta cerrado (según la ley de cierre de la Gestalt): su perímetro siempre está completo (y si no nuestro cerebro se lo inventa). Curiosa definición: un objeto es algo que se nos presenta rodeado por una línea más oscura que nos permite diferenciarlo de un fondo. Y si queremos seguir dando definiciones, un sujeto o agente, será aquel conjunto de propiedades sensibles que se mueven sin perder su unidad estructural (el patrón que nos permitía identificarlo en todo momento). La consciencia será ese espacio de trabajo en donde se integra esa información para posibilitar la predicción futura.

Expliquemos mejor esto último. Pensemos en el mínimo necesario de imágenes que tenemos que percibir para poder predecir un movimiento: mínimo dos. Si solo percibimos la imagen estática de un objeto jamás podremos predecir la dirección en la que va. Necesitamos al menos dos para trazar una línea entre la posición inicial y la siguiente, y calcular, a partir del tiempo que ha tardado en recorrerla, la posible posición futura. Por eso es necesaria una memoria a corto plazo o de trabajo (que podríamos, a grosso modo, identificarla con la consciencia) que dure lo suficiente como para establecer la predicción.

Tiempo predicción

Seguramente, la selección natural premió a las memorias de trabajo que podían retener un mayor número de posiciones el tiempo suficiente para poder ir realizando predicciones más precisas y sofisticadas. Así, la duración de nuestra MCP se iría prolongando, nuestro presente se hizo más largo. Sería interesante hacer experimentos para comprobar si puede establecerse una correlación entre la duración de esta memoria y el tiempo necesario para poder predecir con cierta efectividad el comportamiento de un depredador o presa habitual de nuestra especie.

En estos últimos tiempos he distribuido mi labor literaria por más medios aparte de este blog. He escrito para Hypérbole, para la Nueva Ilustración Evolucionista y para Xataka. Los que me seguís en Facebook o Twitter no habréis tenido problemas en leer todas mis publicaciones, sin embargo, los que exclusivamente siguen este blog no han tenido por qué enterarse de nada. Así que voy a traeros los enlaces:

Colección de artículos para Hypérbole. El enlace lleva a mi perfil allí. Son artículos algo más largos y elaborados de los que suelo colgar aquí. Hay un poco de todo: divulgación neurocientífica, arte, vivencias, el sentido de la existencia… incluso escribí un artículo sobre la belleza de Christina Hendricks (el cual, por cierto, no gustó a alguna que otra feminista).

Mis colaboraciones para la Nueva Ilustración Evolucionista serían:

La objeción de los tipos intermedios

El mito neuronal de la tabula rasa

La teoría de la capa y el error de Beethoven

La cultura como error

El nudo gordiano: el origen prebiótico

Los delfines de Plinio

¡Mucho cuidado! ¡Sesgos semánticos hablando de evolución!

Reduccionismo codicioso y de precipicio

Historia, no ingeniería

En general, dada la temática del blog en donde se escribieron, van sobre asuntos relacionados con la teoría de la evolución y la psicología evolucionista.  En ellos he intentado clarificar y pulir ciertos conceptos clásicos: naturaleza, cultura, reduccionismo… He insistido en el carácter fundamentalmente histórico de la teoría evolutiva y he criticado algunos malos usos e interpretaciones de la psicología evolucionista.

Colección de artículos para Xataka: hablamos de la posibilidad científica de conseguir la vida eterna, de filosofía de la tecnología, de los triunfos y fracasos de la inteligencia artificial o sobre la siempre difícil definición de vida biológica.

Espero que os gusten y que os animéis a comentar. Muchas gracias a todos.

De tertulia en los premios Xataka 2015

Publicado: 19 noviembre 2015 en Tecnología
Etiquetas:

Hoy hemos sido invitados a una tertulia en los premios Xataka 2015. Durante más de una hora, varios representantes de firmas tecnológicas y yo, hemos debatido sobre diversos temas relacionados con la enorme revolución que representan, a todos los niveles, las nuevas tecnologías de la información.  Han sido unos interlocutores bastante interesantes y creo que se han expuesto algunas ideas sugerentes.

Nota: Empieza a partir del minuto 7. Lo mejor del debate es al final (cuando yo cobro más protagonismo, por supuesto).

avance-e1382536383513

¿Cuándo una tecnología es eficiente? ¿Cómo definir eficiencia tecnológica? ¿Cómo valorar un determinado desarrollo tecnológico? Es algo bastante importante tener claro porque es ya una redundancia cansinamente obvia decir que vivimos rodeados de tecnología. Constantemente leemos o escuchamos juicios de valor acerca de tal o cual tecnología. Que si los transgénicos, las ondas electromagnéticas, los aditivos alimentarios, Internet, los videojuegos… Cualquier avance parece tener legiones de defensores y detractores ya desde sus primeros momentos de aplicación ¿Cómo no perdernos en tal maraña de valoraciones? Pues, de primeras, teniendo claro como medir la eficiencia de una tecnología, saber evaluar, al menos, si una tecnología es deficiente o no.

La primera definición de eficiencia puede surgir de lo que se ha llamado eficiencia termodinámica: el cociente entre la energía suministrada a una máquina y la energía que produce. Según el Segundo Principio de la Termodinámica, la energía producida siempre es menor que la suministrada, es decir, siempre hay pérdidas de energía, siempre hay trabajo o calor que se pierde residualmente, que no se utiliza para el objetivo que la máquina fue diseñada. Esta definición es suficiente cuando nos referimos a artefactos en los que el objetivo del ingeniero es precisamente la eficiencia energética. Sin embargo, cuando pensamos en otro tipo de artilugios en donde el aprovechamiento termodinámico no es lo más importante, esta definición se queda corta. Si somos un programador informático, por regla general nos parecerá poco importante que el programa que estamos diseñando disipe más o menos calor.

Podemos entonces recurrir a la definición clásica de eficiencia como racionalidad instrumental. Un artefacto será eficiente si utiliza los mínimos recursos posibles para conseguir sus fines. Esta definición es interesante porque permite distinguir eficiencia de eficacia. Un artefacto es eficaz, sencillamente, cuando consigue lo que promete con independencia de los recursos que utilice. Matar moscas a cañonazos es eficaz pero no es eficiente. Si algo es eficiente es eficaz pero si es eficaz no tiene por qué ser eficiente. Esta definición es la más usual que solemos encontrar y, en apariencia, parece satisfactoria. Si, de nuevo, soy un programador informático, mi programa será tanto más eficiente, por ejemplo, cuantas menos líneas de código contenga o, en términos matemáticos, cuanto más elegante sea.

Estudié Filosofía en la ilustre Universidad de Salamanca. Allí, el profesor que me introdujo en la filosofía de la tecnología fue Miguel Ángel Quintanilla. El nombre no debe sonaos demasiado pero tiene en su haber una de las más importantes aportaciones de la filosofía patria: un mejor concepto de eficiencia tecnológica que el de racionalidad instrumental. Supongamos que soy un ingeniero industrial al que encargan la construcción de una nueva máquina para, por ejemplo, empaquetar cajas. Soy un excelente profesional, así que construyo una máquina con unos materiales muy baratos y que consume muy poca energía. En términos de racionalidad instrumental es fantástica: con mínimos recursos cumple sobradamente sus objetivos. Sin embargo, hay algo que no he tenido en cuenta: el funcionamiento de la máquina es tremendamente contaminante. Hay efectos colaterales que han pasado desapercibidos a mi proyecto inicial, efectos tan graves que quizá podrían dar al traste con la misma viabilidad de mi proyecto.

Quintanilla encuentra la solución al problema de un modo tan sencillo como ingenioso: una máquina es eficiente si utiliza los medios más económicos para llegar a sus objetivos y a nada más que a sus objetivos. Ya está, esta última clausula soluciona el problema de los efectos no deseados. Mi máquina empaquetadora es muy ineficiente a pesar de ser barata y eficaz, ya que tiene importantes efectos más allá de los objetivos de su diseño. El ideal de la eficiencia de Quintanilla es que los objetivos sean exactamente los mismos que los resultados. De este modo, a la hora de planificar una máquina no solo hemos de tener en cuenta la economía de medios sino también todos los posibles resultados que puedan ir más allá de los objetivos inmediatos. Quizá, el hecho de operar hasta ahora con un concepto de eficiencia demasiado centrado en la economía de medios y en la obtención de resultados a corto plazo, con pocos miramientos hacia efectos colaterales es la que ha generado una economía que, en demasiadas ocasiones, no mira demasiado por el bien común, o un modelo productivo totalmente insostenible a largo plazo.

La propuesta de Quintanilla es muy saludable, desde luego, pero creo que el problema reside en la dificultad de predecir resultados no deseados en cualquier tecnología de las llamadas penetrantes, aquellas que tienen tan gran impacto que modifican el mismo sistema tecno-económico . Por ejemplo, pensemos en que los hermanos Lumiere no vieron, ni de lejos, las grandes repercusiones a todos los niveles de su nuevo invento: el cine (incluso las negaron). O, reflexionemos acerca de Internet ¿Alguien podría haber predicho, primero el éxito, y luego las enormes potencialidades de semejante tecnología? Tenemos las llamadas tecnologías de cisne negro, aquellas cuyo éxito es muy improbable pero sucede. Por definición, son tecnologías impredecibles cuyas consecuencias son, a fortiori, más impredecibles aún. El éxito de la televisión, de Facebook, de Twitter, de Whatsapp, de los youtubers… Prácticamente, cualquiera de las iniciativas empresariales ligadas a las nuevas tecnologías que han triunfado en la actualidad eran de cisne negro ¿Cómo predecir entonces sus consecuencias?

Cuando pienso, por ejemplo, en las críticas que han surgido ante el uso extendido de Internet, hablándose incluso de patología, de adicción equivalente a la de cualquier psicotrópico, me gusta compararlas con las que, seguramente, surgieron ante la invención de la imprenta. Cuando Europa se llenó de libros baratos asequibles a casi todo el mundo, seguro que se oyeron críticas hacia las personas que se pasaban todo el día leyendo. Seguro que muchos padres regañaban a sus hijos ordenándoles que dejaran los libros y que salieran más a relacionarse con chicos de su edad.

Creo que en este tema cualquier generalización es difícil pero me atrevo a decir que confío bastante en la capacidad de adaptación del ser humano ante la aparición de nuevas tecnologías. Un niño del Neolítico aprendía y se adaptaba a su estilo de vida al igual que lo haría un joven europeo del siglo XVIII, a pesar de que las tecnologías que ambos manejaran serían radicalmente diferentes. Parece una prueba de la excesiva psicologización o medicalización propia de nuestra época pensar que cada cosa que ocurre tiene importantes consecuencias para nuestra salud física o mental. Creo sinceramente que el uso habitual que hacemos de Whatsapp la mayoría de las personas no nos llevará a graves problemas mentales.

La tecnología ha ido avanzando en una especie de selección natural darwiniana en la que más apto significaba adaptarse mejor a las necesidades de los consumidores. Si comprobamos que tecnologías han fracasado a lo largo de la historia, veremos que la gran mayoría de ellas no eran buenas en el sentido en que los consumidores las rechazaron o no llegaron al mercado porque los inversores previeron su rechazo. Muchos me tacharán de optimista pero invito al lector que mire a su alrededor y analice todos los avances técnicos que tiene en su hogar, diseñados y mejorados durante años para hacerle la vida bastante más fácil. No damos la suficiente importancia a que cualquier persona de clase media tiene acceso a una tecnología inimaginable tan solo unas décadas antes (qué decir de otros siglos o épocas. Vivimos muchísimo mejor que un rey del medievo). Eso es algo digno de celebración y no tanto de sospecha o crítica. Festejemos y potenciemos el avance tecnológico porque, en el peor de los casos, si el mundo está así de mal por su culpa, solo mediante él podremos salvarnos. De eso estoy seguro.

Adendum del 8-11-2015.

Para los que os guste la elegancia y la precisión que da la matematización de cualquier cosa, añado la fórmula de eficiencia de Quintanilla. Es tan simple (y bonita) que parece una estupidez, pero si pensamos bien y profundizamos en ella no lo es, para nada. Es más, no sé que luz se iluminaría en la cabeza de mi viejo profesor cuando se le ocurrió, pero, insisto, es una gran aportación a la filosofía de la tecnología.

Eficienciatecnológica

futurama_0601_wideweb

Observamos una manzana ¿Qué quiere decir que tenemos conocimiento de esa manzana? Podríamos empezar por sus características externas: color,forma, longitudes… Sí, nadie dudaría en decir que estos datos son conocimiento pero, en general, es un conocimiento poco interesante. Si introdujéramos la imagen de la manzana en una malla cuadriculada en la que en cada celda indicamos con una numeración el tono de cada color, tendríamos una matriz numérica que correlacionaría cada color con su posición. Sería una representación muy clásica y, desde cierta perspectiva antigua, muy realista. No obstante, si no somos ingenieros de visión artificial, esta correlación nos importa poco. La verdad, la realidad, el auténtico conocimiento, no puede ser solo eso, tiene que ser algo que esté detrás, que está por debajo de la superficie. Los griegos ya opusieron realidad a apariencias. Curioso, opusieron la realidad a lo que se aparece, es decir, a lo que tienes delante de los ojos. Lo que ves, precisamente, no es lo real. Hay que excavar en la realidad, atravesar la piel de su superficie para adentrarnos en sus profundidades. Allí es donde está la auténtica verdad.

Pero es que no hace falta irse a perspectivas anti-empiristas para afirmar lo mismo. Para el físico actual, científico de los científicos, la verdad sigue estando por debajo de las apariencias. Existe un orden oculto tras lo que observamos: unas leyes fundamentales ¿Alguien ha visto alguna vez la ley de gravitación universal? No, solo observamos colores y formas en movimiento que pueden comportarse siguiendo ciertas regularidades, que repiten su conducta en el tiempo. La lógica, el patrón de esa regularidad es lo que puede traducirse a una fórmula. Entonces no nos interesa su presencia actual, lo que ahora mismo es delante de mí, sino su historia, lo que ahora no es pero fue. El físico no es más que un historiador de la materia.

Per ¿por qué la auténtica realidad está bajo la superficie o en la historia del objeto y no en la observación pura del mismo? ¿No podríamos decir que ya está, que con saber el color y la forma de la manzana ya sabemos lo que tenemos que saber de la manzana? ¿Por qué la apariencia externa no podría ser el auténtico conocimiento y lo profundo no ser interesante? ¿Por qué un genio maligno quiso complicarnos las cosas? Para el conocimiento científico la respuesta es evidente: hemos de adentrarnos en las profundidades si queremos saber el comportamiento de un objeto y, lo que para la ciencia es lo mismo, poder predecirlo. De la mera observación externa actual sin más no puedo sacar predicción alguna. El porqué de una conducta siempre se encuentra bajo la superficie ¿Seguro? ¿Es correcto todo lo que estamos diciendo? NO.

Herencia parmenídea, esta ha sido la ontología básica desde la que nos hemos movido en Occidente. Y este legado nos ha llevado a cometer errores de cierta envergadura. Pensar que detrás de los acontecimientos existe un mundo paralelo en donde se encuentra la auténtica verdad puede hacernos caer, al menos, en dos:

  1. Cierto desprecio a la observación. Si la auténtica verdad no está en lo observable, sino “detrás”, podemos no creer en lo que está delante de nuestros ojos en pro de algo que no podemos siquiera ver. Esto es peligroso: siendo fieles a cierta ideología, podríamos llegar a invalidar resultados experimentales o a dar demasiado crédito a entidades “que no se ven”. Creo que es bastante saludable no saltarse, al menos, el juicio de la experiencia.
  2. Platonización de lo no observable. Nadie ha contemplado jamás la ley de la gravedad pero podemos caer en la trampa de hacerla real en el sentido de pensar que existe con independencia de los objetos sobre los que tiene efecto. Puede parecernos que “existe un lugar” en donde están cosas como el teorema de Pitágoras, las reglas del cálculo o la ley de Coulomb… En este error cayó Popper con su mundo 3. Además, agravamos el error al pensar que esos elementos del “otro mundo” son eternos e inmutables. Parece que la ley de la gravedad siempre operará de la misma forma sin cambiar en nada ¿Estamos seguros? ¿No podría ser que las leyes cambiaran o evolucionaran?

No amigos, el hecho de que la ley de la gravedad no sea visible pero, de algún modo, sea real, no quiere decir que exista en un mundo aparte. Realmente, lo que observamos son objetos que se comportan de un determinado modo. De las regularidades de su comportamiento deducimos fórmulas que nos permiten predecir su conducta. Parece ser que los objetos se comportan según determinados hábitos o costumbres. A estos hábitos los llamamos leyes, pero eso no quiere decir que esas leyes existan “fuera” de los objetos.

Si lo pensamos con un ejemplo lo veremos muy claro: yo tengo la costumbre de leer siempre en la cama antes de dormir. Si un científico de la conducta me estudiara podría matematizar mi conducta y predecir que, dada una serie de condiciones iniciales, yo leeré siempre antes de dormirme ¿De aquí podríamos deducir que “leer en la cama antes de dormir” es una ley que existe con independencia de mí mismo y de mi cama en el mundo de las ideas de Platón?  No, una ley de la naturaleza no es más que el registro de regularidades en la naturaleza, nada ontológicamente real.

Creo que la verdad está en la superficie, no en ninguna profundidad. Sin embargo, eso no quiere decir que la verdad sea superficial en el sentido peyorativo del término, ni si quiera que sea fácil encontrarla. Predecir y comprender el funcionamiento de la realidad es muy, muy difícil, por mucho que pueda encontrarse delante de nuestros ojos. Dicho de otro modo: la superficie es bastante profunda.

Hay una expresión que creo que viene del coaching deportivo (o no sé si de la psicología) y que me parece bastante ilustrativa: zona de confort. En cualquier actividad que realices en tu vida, esa zona es en la que te siente cómodo, la que dominas, en la que sabes perfectamente lo que tienes que hacer y lo haces bien. Los seres humanos, animales comodones donde los haya (eso de no perder el tiempo, de no vaguear y de hacer siempre cosas productivas es un invento de los protestantes. El homo sapiens es naturalmente perezoso), vivimos muy bien en esa zona. Sin embargo, todos los coachs valoran a los jugadores a los que les gusta salir del confort y meterse en problemas, en lugares en donde uno está de todo menos a gusto. La razón es evidente: salir de la zona de confort es la única forma de crecer, de aprender. Si solo haces lo que sabes hacer nunca harás nada nuevo y, a fortiori, jamás aprenderás. En el mundo del pensamiento, de la filosofía, es lo mismo.

Leemos a los de siempre, a los que escriben lo que queremos leer. Creamos muros de prejuicios a base de repetir siempre lo mismo, de pensar continuamente lo mismo, es decir, de no pensar. Repetimos los mantras que escuchamos en la caverna mediática de los nuestros. Construimos castillos de argumentos en torno a ideas preconcebidas, protegiendo esos dogmas que, bajo ningún concepto, pueden derrumbarse. Y aunque llegaran a derrumbarse, no importa, seguiríamos sosteniéndolos, porque forman parte de nosotros mismos. En términos de Ortega, estaríamos hablando no de ideas sino de creencias, de verdades vitales que forman parte de nosotros tanto como nuestro nombre o nuestra casa. Por eso nos cuesta tanto abandonarlas, por eso nos ofende tanto cuando las cuestionan.

Leo constantemente en saludables blogs escépticos la distinción entre cosas que merecen respeto y que no. Se suele afirmar que las personas sí que merecen respecto pero las creencias no. Si tú eres racista, puedo respetarte como ser humano pero no respetaré tus malvadas creencias. Está bien, pero solo como ideal. Es completamente normal que cualquier persona se ofenda si le dices que sus afirmaciones son una estupidez, sencillamente porque las ideas de una persona, si se ha habituado a ellas o las defiende desde hace tiempo, son parte de su identidad, de su más íntimo ser. Criticar sus ideas es criticarle a él mismo. Cuando afirmamos que el cristianismo es una rotunda estafa y comprobamos como los creyentes se enfadan, no solemos caer en la cuenta en que lo que realmente les estamos diciendo es que su modo de vida, lo que hacen, dicen y piensan todos los días, es una rotunda estafa. En el fondo estamos diciendo que ellos mismos son una estafa o, como mínimo, les estamos diciendo que son tan estúpidos como para haber estado engañados toda su vida. A nadie le gusta que le tomen por idiota. Es totalmente razonable que se sientan ofendidos. Igualmente, si le decimos a un físico que la teoría en la que lleva trabajando veinte años es una total estupidez, creo que se molestará.

Cambiar de ideas cuando alguien nos da fuertes razones para pensar que son erróneas es una forma radical de salir de nuestra zona de confort. Por eso nos cuesta tantísimo, pero debemos intentar hacerlo o, como mínimo, tenerlo como un ideal utópico al que tender. Y es que eso es precisamente la filosofía, el ideal utópico de estar siempre dispuesto a abandonar la seguridad de tu confort para situarte en la incomodidad de la frontera. El auténtico pensamiento consiste en violentar el mismo pensamiento, en quedarse perplejo sin respuesta alguna, en encontrarse en callejones sin salida, en laberintos sin la ayuda de ningún hilo de Ariadna. La filosofía consiste en estar siempre en los límites: en los de la ciencia, en los del conocimiento, en los de la razón, en los del abismo o en los de la cordura… Y no hay nada tan antinatural para el siempre comodón, orgulloso y susceptible ser humano.