electroencefalograma

A día de hoy, la mejor teoría acerca de la naturaleza de la consciencia se la debemos al neurocientífico italiano Giulio Tononi, partiendo de la base de la teoría del núcleo dinámico (elaborada junto a Gerald Edelman en los años noventa) y teniendo continuadores y defensores en el norteamericano Christof Koch o en el matemático Adam Barrett. A priori, la teoría es simple: todo sistema lo suficientemente complejo para integrar información será consciente. La cantidad o cualidad de la experiencia consciente dependerá de la cantidad de información que el sistema sea capaz de integrar.

La teoría de la información integrada (TII) baila entre dos polos:

  1. La enorme riqueza informacional (cantidad y variedad) de la experiencia consciente. No solo percibimos en distintas modalidades sensoriales (vista, oído, tacto, interocepción…), sino que la cantidad de estímulos sensoriales de cualquier experiencia sensible es muy alta. Quite el lector la vista de la pantalla, mire a su alrededor y compruebe la maravillosa variedad de formas y tonalidades de color que puede percibir (y no solo las que percibe actualmente, sino las que potencialmente puede llegar a percibir). A nivel más técnico, Tononi define información como una propagación causal dentro de un sistema, capaz de reducir la incertidumbre (en el fondo, es la misma que la clásica de Shannon). Sin embargo la riqueza informacional es condición necesaria pero no suficiente para la experiencia consciente. En su famoso paper “Consciousness: Here, There but Not Everywhere”Koch y Tononi ponen el ejemplo de un electrodiodo que es capaz de capar la presencia o ausencia de luz. Tendría solo dos bits, dos estados informacionales. Aunque hiciéramos una enorme malla con miles de fotodiodos de modo que subiéramos mucho la cantidad de información recibida, esa maya seguiría siendo totalmente inconsciente. La TII pretende mejorar el antiintuitivo panpsiquismo (o pampsiquismo) quedándose solo con lo mejor de él. Hace falta algo más para la consciencia.
  2. Toda experiencia consciente se nos presenta como información integrada. Esta es la clave. Mi experiencia consciente sintetiza información, hace de ella un todo unificado y coherente, de modo que adquiere cierto grado de irreductibilidad, de no divisibilidad en partes. Según Koch, la consciencia emerge de esta integración, no siendo reductible a lo estrictamente material: el todo es mayor que la suma de las partes. Estamos ante el clásico emergentismo: la cantidad de información genera una sinergia que fortalece la experiencia consciente.

Además, la virtud de la TII es que va acompañada de su correspondiente teoría matemática. Aplicando la teoría de la información podemos calcular la cantidad de integración informacional de un sistema. Es lo que Tononi llama el número Φ (no confundir con el número áureo). Integración no equivale únicamente a conectividad. Pensemos, por ejemplo, en un montón de fibras musculares trabajando al unísono para contraer un músculo. El sistema muscular tendría un número phi bajo a pesar de estar muy interconectado porque sincronización no es igual a integración (esto explicaría porqué cuando alguien tiene un ataque epiléptico y sus neuronas se sincronizan masivamente no da lugar a un estado de hiperconsciencia). Integración consiste en un equilibrio entre síntesis y especialización, tal y como ocurre en nuestro cerebro: muchos módulos especializados que confluyen en una información integrada.

Y, mejor aún, ciertas evidencias científicas apuntan a que la TII puede ser correcta. Por ejemplo, ciertas observaciones en pacientes anestesiados parecen indicar que lo que causa el estado de inconsciencia no es que disminuya la actividad neuronal en ciertas partes del cerebro, sino que se corte la comunicación entre el tálamo y la corteza (se interrumpan o desintegren ciertos circuitos talamocorticales). Esto es lo que predice la TII: cuanto más fragmentes menos consciencia. En un famoso estudio de 2009, el equipo de Tononi estimuló magnéticamente ciertas áreas cerebrales de sujetos experimentales, de modo que activaban dichas áreas produciendo una reverberación que se propagaba, creando una reacción en cadena de activaciones en muchas otras neuronas. Después, sedó a los sujetos y volvió a estimularlos de manera similar. La reverberación fue mucho menor: alcanzó a menos áreas, propagó un patrón mucho menos complejo y su duración fue menor.

Crítica:

  1. Creo que no está suficientemente bien definido el concepto de integración sensorial ¿Qué es lo que realmente hay de indivisible en nuestra experiencia consciente? Aunque se me presente muy  unificada, sí que puedo dividirla. De hecho este fue el proyecto de la escuela psicológica estructuralista. Si bien es cierto que todo en la experiencia sensible no es reductible a la suma de sus partes (como bien sostuvo la Gestalt), sí que hay muchos elementos sensibles perfectamente divisibles: puedo dividir las modalidades sensoriales y, dentro de ellas, igualmente, puedo dividir y clasificar la multiplicidad de formas, colores, olores, sabores… Realmente no hay tanta irreductibilidad.
  2. La TII adolece de los mismos problemas que el emergentismo: explica bien poco. No hay ninguna explicación de cómo el cerebro integra esa información (binding problem) ni de los procesos biológicos-físico-químicos que generan la experiencia consciente. Claro que esto sería pedir mucho dado el estado actual del arte.
  3. No se explica porqué ni cómo integración es igual a experiencia consciente. No sé por qué si un sistema integra información ya es consciente y si no integra no lo es. Puedo aceptar que en muchas experiencias conscientes se integra información pero no entiendo por qué una información no integrada no pueda ser consciente. Pensemos que estamos en una cámara de privación sensorial en la que no percibimos prácticamente nada. De pronto escuchamos un simple sonido, un fonema o una simple nota musical. Tendríamos un único sonido no integrado y seríamos perfectamente conscientes de él. Lo que sabemos es que la integración suele acompañar a muchas experiencias conscientes, pero no tenemos claro si es condición necesaria para la consciencia.
  4. La dificultad de calcular Φ en sistemas tan complejos como el cerebro humano es, a día de hoy, misión imposible. La cantidad de variables es astronómica, incluso para la Caenorhabditis elegans, con apenas 302 células nerviosas. El grupo de Tononi ha propuesto como estimador (a la espera de algo mejor) el índice de complejidad perturbacional (PCI) que surge de estimular magnéticamente el cerebro (EMT) de un individuo y ver su respuesta en el encefalograma. Si el sujeto está haciendo una operación consciente, la respuesta es mucho más compleja a nivel informacional  que si el sujeto está dormido o anestesiado.

En general, y tal y como he comenzado el artículo, creo que la TII es la mejor teoría de la que disponemos a día de hoy sobre lo que puede ser la consciencia, lo cual no significa ni que sea correcta ni que carezca de serios problemas. Es buena en que parece encajar bien con la evidencia disponible (y en que es más o menos falsable) y en que apunta a solucionar viejos problemas con respecto al panpsiquismo (no todo va a ser consciente), se lleva bien con el emergentismo (aunque adolece de sus mismos problemas), y no tiene dilema alguno con la IA (en principio, no hay ningún problema en construir una máquina que sea capaz de integrar información). Es un intento muy loable en un campo de estudio muy difícil.

zenobia

Uno de los grandes errores de la modernidad fue la búsqueda obsesiva de un fundamento irrefutable. Se buscaba una verdad, un primer principio que sirviera como base sólida para construir el gran edificio del saber. Realmente, ese fue el gran error de Descartes. Era una misión imposible, un imperdonable acto de arrogancia humana, y cualquier pretencioso intento de encontrar tal arkhé indestructible fue fácilmente desmontado por los grandes críticos de la Edad Moderna ¿Qué quedó entonces? La nada, el último hombre que diría Nietzsche, el nihilismo, el pesimismo existencial. Dios había muerto, por lo que nada tenía sentido.

Muchos se han quedado a vivir aquí, lamentándose eternamente de los fracasos de la razón humana, atrapados en una autodestructiva tragedia byroniana. Otros, sin embargo, han querido salir del abismo entrando en lo que se ha llamado la época o edad postmetafísica. Veamos este fragmento del precioso Las ciudades invisibles de Italo Calvino:

Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de administrable: aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes,  y las casas son de bambú y zinc, con muchas galerías y balcones, situadas a distintas alturas, sobre zancos que se superponen unos a otros, unidas por escaleras de mano y aceras colgantes, coronadas por miradores abiertos de tejados cónicos, depósitos de agua, veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.

No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron  satisfechos con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y ya indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si al que vive en Zenobia se le pide describa como sería para él una vida feliz, la que imagina es siempre una ciudad como Zenobia, con sus pilotes y sus escalas flotantes, una Zenobia tal vez totalmente distinta, con estandartes y cintas flameantes, pero obtenida siempre combinando elementos de aquel primer modelo.

Dicho esto, es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos clases, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por ella.

Los habitantes de Zenobia ignoran el fundamento, el propósito que dio forma a su ciudad. Sin embargo, eso no les impide vivir ni afecta en nada a su bienestar o felicidad. El hecho de desconocer el origen de sus deseos no impide que no deseen. Los habitantes de Zenobia viven sin fundamento (como todos nosotros y como, prácticamente, todos los hombres de la historia de la humanidad) y viven bien. El peligro está cuando llega ese fundamento, cuando llega un deseo que, como nos dice Calvino en el último párrafo, puede llegar a borrar la ciudad o ser borrado por ella.

El peligro estriba en cuando llega un deseo intemporal, descontextualizado y, por lo tanto, totalizador (y totalitario: hablamos de Zenobia pero podríamos hablar de Berlín). Cuando, por ejemplo, llega alguien que quiere una Zenobia absolutamente diferente a la que hay, sin ningún pilote, una Zenobia a ras de suelo. Sería un Descartes que, viendo que Zenobia no tiene fundamento, la desecha y funda otra, radicalmente nueva, desde cero. Aquí solo podrían pasar dos cosas: o el deseo cartesiano destruiría Zenobia o la propia Zenobia destruiría a Descartes. El sueño de Descartes sería un goyesco sueño de la razón que terminaría, sin duda, en pesadilla.

Por eso, vivir sin fundamento, es decir, vivir sin dogmatismos, teniendo muy claro que nuestro conocimiento es rudimentario, provisional, precario y completamente falible, es el mejor antídoto contra cualquier pretensión totalizadora.  Pero vivir sin fundamento no nos debe llevar, desde luego, a ningún tipo de pesimismo o nihilismo, tan propios del siglo XX o del pensamiento postmoderno; ni siquiera a un pensamiento débil (del que tanto se ha abusado). No debemos caer ni en el nada vale ni en el todo vale, porque no es cierto. No hay más que mirar a nuestro alrededor: el mundo, Zenobia, funciona.  Y en él, desde luego hay verdades, reglas, principios que viven bastante ajenos a cualquier absurdo vacío existencial.

Dibujo de Mauricio Pettinaroli.

El siempre supravalorado Aldous Huxley escribía en el icono hippie Las puertas de la percepción, que la consciencia era una especie de “cuello de botella” que solo dejaba ver un pequeño “hilo de realidad”. Nuestra consciencia, debido a nuestras limitaciones como especie, solo podría prestar atención a una serie limitada de estímulos. Drogas como el LSD podrían “abrir” las “puertas de la percepción” y darnos acceso a partes de la realidad a las que nuestra consciencia serial, lineal y limitada no podía acceder de normal. Es más para Huxley el uso de psicotrópicos podía llevarnos al ser puro, a contemplar la realidad-en-sí.

Si bien es cierto que alterar nuestra consciencia de la realidad puede hacernos percibir el mundo de otra manera y eso puede llevarnos a grandes resultados creativos, nada hay de verdadero en que lleguemos a algo que podamos considerar como la realidad-en-sí. En general, el uso de sustancias psicotrópicas distorsiona la visión funcional de la realidad, es decir, empeora tu percepción más que abrirte las puertas a mejores lugares. Siempre me ha parecido muy erróneo, cuando no dañino, entender el uso de las drogas de modo espiritual o cuasi-religioso. No amigos, el ácido lisérgico no te va a llevar a descubrir tu “yo interior” (¿qué diablos es el yo interior?), ni va a suponer una fase más en un camino de autorealización personal. El ácido te hará pasar un buen rato teniendo alucinaciones y sintiéndote eufórico (o todo lo contrario si te da un bad trip), pero poco más.

Suena un tanto extraño que el ser humano no hubiese podido llegar a la plenitud de su existencia espiritual hasta que  Albert Hofmann  sintetizará el LSD en 1938 ¿Nuestro organismo habría sido diseñado por eones de selección natural para crear un sistema nervioso adecuado para que el ácido nos llevará a la visión deifica? No, nuestro cerebro no está diseñado ni para conocer la realidad en sí misma, ni mucho menos para llegar a contactar con dioses ni espíritus interiores. Nuestro cerebro está diseñado originariamente para sobrevivir en determinados entornos (fundamentalmente, para moverse eficazmente en ellos). Y, como vamos a ver, para ello no hace falta abrir las puertas de la percepción para conocer la realidad en su totalidad, sino más bien todo lo contrario.

El cerebelo es la parte del encéfalo encargado de la coordinación de los movimientos. Es por ello que cuando se le daña, el sujeto no pierde la capacidad de moverse, sino que sus movimientos se descontrolan, se hacen torpes y desequilibrados, teniendo problemas para realizar cualquier acción motora. Para realizar esta tarea directora el cerebelo distingue muy bien entre movimientos previsibles e imprevisibles (¿No será nuestra capacidad de prever el futuro una evolución posterior de la función cerebelar?).  Cuando alargamos un brazo para coger una taza de café, sentimos, por ejemplo, el tacto de nuestra camisa rozando nuestra piel. Esta sensación no es relevante, no es importante en la ejecución de la acción, por lo que el cerebelo “la resta” de nuestro foco de atención. El cerebelo recibe toda la información y diferencia la que es totalmente predecible y prescindible, de la necesaria para llevar a cabo correctamente la acción. Es por eso que no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos. El cerebelo predice donde pondremos las manos, por lo que no hay sorpresa y el hilarante resultado del ataque de cosquillas no se produce.

El neurocientífico británico Daniel Wolpert realizó unas investigaciones en las que monitorizó a una serie de individuos mediante IFRM (Resonancia magnética funcional) mientras les hacían cosquillas. En el escáner aparecía una fuerte activación de la corteza somatosensorial, pero el cerebelo permanecía silencioso. Después se pidió a los sujetos que intentarán hacerse cosquillas a ellos mismos en las partes del cuerpo donde antes las habían recibido. El resultado se invirtió: poca actividad en la corteza somatosensorial y mayor actividad en el cerebelo. Explicación: el cerebelo envió mensajes inhibidores  a la corteza cuando previó el movimiento del ataque de cosquillas, discriminando entre el movimiento auto-generado y álter-generado  (¿Origen de la diferenciación entre el yo y los otros?).

Un segundo experimento volvía a mostrar lo mismo. Wolpert situó a dos sujetos en torno a una especie de pedal de bicicleta capaz de medir la fuerza con la que se lo presionaba. Un sujeto experimental ponía su dedo índice encima del pedal y otro lo sostenía con el mismo dedo por debajo, con la palma de la mano abierta. A ambos se les dio la instrucción de responder cualquier aumento de presión en el pedal con otro movimiento de exactamente la misma fuerza (Ninguno de los dos sabía que el otro había recibido la misma instrucción). El curioso resultado es que cuando los sujetos se turnaban pulsando, ante la presión ejercida por el otro, la respuesta intensificaba la fuerza de manera muy significativa. Ellos juraban y perjuraban que era el otro el que había apretado con mucha más fuerza, por lo que ellos, únicamente, habían intensificado la presión para igualarla. Así se producía una escala de represalias tantas veces vista en el patio de los colegios: cuando, jugando al fútbol, uno sufre una falta, es muy común que en la siguiente jugada se la devuelva al agresor, pero siempre con algo más de fuerza, lo que rápidamente genera una escala de represalias que, muchas veces, termina en pelea.

La explicación es la misma que con las cosquillas. El cerebelo recibe la orden de responder a la presión con la misma fuerza, pero, poco a poco, va restando parte de la sensación de fuerza esperada, por lo que el mensaje que llega a la corteza somatosensorial es de una fuerza menos intensa que la real. Para superar esta inhibición la corteza da la orden de subir la fuerza de la respuesta pero no lo hace en la medida correcta, por lo que se produce el desajuste y la posterior escalada. En este sentido es muy interesante comprobar como un mecanismo que funciona tan bien para coordinas movimientos tan sofisticados y complejos como los que realiza un gimnasta de élite, falla estrepitósamente en un mero intercambio de mediciones de fuerza. Y es que el cerebro dista mucho de ser una máquina perfecta.

Como contaba Borges en su tantas veces citado relato Funes el memorioso, nuestra selección restrictiva de información no es tanto una cuestión de limitación como de que, percibiendo toda la serie de estímulos que nos bombardean sin discriminación alguna, sería imposible cualquier acción mental. Pensemos qué sería percibir visualmente sin discriminar qué objetos son relevantes para lo que pretendemos hacer, qué figuras son obstáculos, amenazas, o ayudas para nuestros planes. Alguien que como el Funes de Borges tuviese una imagen especular del mundo metida en su cerebro, no podría pensar ni hacer maldita la cosa. Y es que conocer no es saberlo todo, no es tener una representación mental completamente idéntica a la realidad, conocer es saber separar el grano de la paja. Quizá entonces será mucho más importante la tarea de borrado, la tarea cerebelar de inhibir o restar toda la ingente cantidad de ruido que nos acecha para quedarnos sola y exclusivamente, con lo necesario. Conocer es, en gran medida, olvidar.

Os dejo una Ted talk de Daniel Wolpert donde se explica todo esto mucho mejor.

 

P.D.: Si os ha sabido todavía a poco, me acaban de publicar un extenso artículo en Xataka sobre el mito de la tabula rasa.

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Piense el lector en cuántos rostros como el de la foto ha visto hoy en el mundo real (no en la tele ni en Internet, me refiero a rostros de carne y hueso) ¿Pocos verdad? A no ser que uno trabaje en una agencia de modelos (y ni aún así) en el mundo real no hay rostros así. Los labios son más grandes, rojos y jugosos que los que nos solemos encontrar; la piel es demasiado blanca y lisa, los ojos también son más grandes y de un azul mucho más intenso de lo común… ¡Nunca nos topamos con alguien en condiciones de luz tan idóneas! ¿Idóneas para qué? Para mostrarnos un rostro lo más atractivo posible. No conozco a ningún hombre heterosexual que piense que la chica de la foto no es altamente apetecible. Curioso: un rostro irreal, un rostro que no vamos a ver ni aunque nos encontráramos cara a cara con su dueña, nos resulta mucho más atractivo que cualquiera de los rostros reales que vemos cotidianamente ¿Por qué? Porque esta foto es, en su totalidad, lo que los psicólogos llaman estímulo supernormal.

Mi mejor lectura de este verano ha sido La historia de tu vida de Ted Chiang, potente colección de relatos de ciencia-ficción, de la que ya ha hecho cuenta Hollywood (La cinta llegará en septiembre de la mano de Denis Villeneuve). El último de los relatos trata sobre la posibilidad de la calignosia voluntaria, en cristiano, de la posibilidad de “desconectar” tu capacidad de evaluar la belleza física de tus congéneres. Para un calignósico no habría gente guapa ni fea, de modo que juzgaría a los demás solo apelando a sus cualidades personales, sin caer en el llamado aspectismo.

(A partir de aquí spoilers)

En el relato, una institución universitaria propone que todos sus alumnos se hagan calignósicos (mediante una técnica neurológica muy sencilla y reversible) en pro de luchar por una verdadera igualdad social. La propuesta va a someterse a votación, por lo que toda la narración discurre a base de entrevistas en las que diversos personajes dan argumentos a favor o en contra (en general, con argumentaciones bastante buenas). Las empresas de cosméticos son, evidentemente, las más interesadas en que las urnas no den la razón a los defensores de la calignosia, por lo que no dudan en jugar sucio: comienzan pagando a estudiantes para que hagan campaña en contra, usan de tapadera para sus proclamas anti-cali una organización llamada Ciudadanos para la Nanomedicina Ética (CNE), para terminar con una argucia electoral que les lleva a ganar.

La mayoría de los votantes sostenían que el discurso final  dado por la representante del lobby empresarial, Rebecca Boyer, había sido muy convincente y  les había influido mucho en la toma de la decisión. Unos hackers entran en los ordenadores de la corporación y sacan a la luz que en el discurso se habían dado diversas manipulaciones digitales…

Las discrepancias son fundamentalmente mejoras en la entonación vocal, la expresión facial y el lenguaje corporal de la señora Boyer. Los espectadores que ven la versión original opinan que la actuación de la señora Boyer es buena, mientras que los que ven la versión manipulada opinan que su actuación es excelente, describiéndola como extraordinariamente dinámica y persuasiva. Los Guerreros SemioTécnicos [los hackers] concluyen que Wyatt/Hayes [la corporación de empresas de cosméticos] ha desarrollado un nuevo software capaz de ajustar con precisión las señales paralingüísticas para maximizar la respuesta emocional que se desea evocar en los espectadores. Esto incrementa drásticamente la efectividad de un discurso grabado, especialmente cuando se ve por spex [una especie de gafas digitales], y su uso en la emisión del CNE probablemente hizo que muchos partidarios de la iniciativa de caliagnosia cambiasen el sentido de su voto.

Después, Walter Lambert,”presidente de la Asociación Nacional de Caliagnosia” reflexiona:

En toda mi carrera, solo he conocido a un par de personas que tienen el tipo de carisma que proporcionaron a la señora Boyer en este discurso. Esa clase de persona emite una especie de campo de distorsión de la realidad que le permite convencerle a uno de casi cualquier cosa. Uno se siente conmovido por su mera presencia, y está dispuesto a abrir la cartera o a acceder a cualquier cosa que pide. Luego uno recuerda todas las objeciones que tenía, pero para entonces, habitualmente, es demasiado tarde. Y estoy realmente asustado ante la idea de que las corporaciones sean capaces de generar este efecto con software.

[…]

Esto significa que una vez que el uso de este software se extienda, vamos a enfrentarnos a discursos extraordinariamente persuasivos por todas partes: anuncios, notas de prensa, evangelizadores… Oiremos las alocuciones más conmovedoras dadas por políticos o generales desde hace décadas. Incluso los activistas y los provocadores culturales los usarán, solo para seguir a la altura de los poderes establecidos. Una vez que el alcance de este software se haga suficientemente amplio, incluso las películas lo usarán: la habilidad de un actor dejará de importar, porque la actuación de todos será impresionante.

Pasará lo mismo que sucedió con la belleza: nuestro entorno se saturará de estímulos supernormales, y esto afectará nuestra interacción con la gente real. Cuando todos los presentadores de todos los programas tengan la presencia de Winston Churchill o Martin Luther King, comenzaremos a considerar que la gente normal, con su uso ordinario de señales paralingüísticas, es imprecisa y poco persuasiva. Nos sentiremos cada vez menos satisfechos con las personas con las que interactuamos en la vida real, porque no serán tan interesantes como las proyecciones que veremos por las spex.

Algunas cuestiones:

  1. Pensemos en la pornografía. Todo en ella son estímulos supernormales, todo es grande, desmesurado: pechos, piernas, curvas… incluso los ojos maquilladas o las uñas postizas son enormes ¿El uso generalizado de pornografía no estará generando insatisfacción en nuestra vida sexual?  ¿Cuantas instituciones (en el sentido amplio del término) tienen éxito en nuestras sociedades porque utilizan estímulos supernormales? Un show televisivo como Gran Hermano ¿no es elevar los estímulos sociales a nivel de estímulo supernormal?
  2. En este sentido, y como ya sabemos desde hace mucho, somos manipulados continuamente y, por muy listos e informados que estemos, cuando nuestra razón entra en juego ya suele ser demasiado tarde. Lo siento pero terminamos por comprar la marca de leche que el publicista quiere. Es imposible luchar contra nuestro cerebro reptiliano ¡Asúmelo!
  3. Supongamos que, en la realidad, alguien consigue crear ese software, lo usa y gana las elecciones ¿Fraude electoral o no? Diríamos que sí pero, a sabiendas de que en la actualidad los políticos ya usan herramientas de manipulación constantemente… ¿No estamos ya ante fraudes que deslegitimarían por completo nuestras instituciones democráticas? ¿Dónde está el límite entre utilizar un software infalible y usar unas determinadas palabras biensonantes en un discurso?
  4. ¿Estaría la solución, como bien argumentan algunos de los personajes de Chiang, en que nos auto-provocáramos diferentes tipos de agnosias que nos inmunizarán de la persuasión como la aprosodia (no distinguir el tono de las frases, solo percibiendo su significado) o la hipoemocionalidad visual (no ser afectado emocionalmente por lo que se ve), hasta llegar a percibir sola y exclusivamente las ideas puras del orador?
  5. Pero tanto si hablamos de aspectismo como de este nuevo persuasivismo: discriminar (al menos a nivel electoral) a aquellos que no nos persuaden eficazmente, creo que caemos en un cierto esencialismo: pensar que en nuestro “interior” existe “algo” muy valioso, una esencia maravillosa mucho más importante que nuestras “cualidades externas”. Incluso quizá en cierto dualismo, al separar radicalmente cualidades físicas y mentales.
  6. Supongamos que con la caliagnosia ya no juzgaremos a las personas por su aspecto, lo cual nos parece justo pero, ¿por qué juzgarlos por otras cualidades va a ser más justo? Por ejemplo, si entonces valoráramos a la gente por su inteligencia, ¿no estaríamos discriminando a los tontos? Si solo nos centramos en las “cualidades internas”, ¿no estamos discriminando a las personas poco carismáticas, poco graciosas, con mal carácter, etc.? Denunciar el aspectismo no es más que llevar al extremo un ideal igualitarista para nada deseable. Si seguimos su lógica, cualquier cualidad en la que un ser humano destaque sobre otra ya produce discriminación, por lo que habría que eliminar absolutamente todas las diferencias. Pensemos que nunca podríamos elegir pareja pues… ¿qué acto hay más discriminatorio que elegir una pareja, que elegir a una mujer entre todas las demás? ¡Sería mucho más justo ser un mujeriego!
  7. Mejor parece entonces dejar las cosas como están. De primeras, los observadores disfrutaríamos de la belleza de los otros y los que la posean de forma natural, disfrutarán de su influencia. A los feos no les quedará otra que intentar destacar en otras facetas personales del mismo modo que cualquiera que tenga algún tipo de carencia. Sin embargo, si surgiera ese software de Wyatt/Hayes, al igual que si surgiera un elixir del amor que provocara que nos enamoráramos locamente de alguien, si que parece problemático… ¿Qué deberíamos hacer?

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En la foto Irina Berezhnaya, diputada ucraniana, un estímulo supernormal miembro del Party of Regions, por cierto, de centro y rusófilo.

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Entre las listas y enumeraciones que tan de moda están en Internet (ignoro por qué a los lectores les gustan tanto), es común encontrar la de las diez enfermedades mentales más raras. Y entre ellas siempre suele citarse el síndrome de Cotard. Descrito por primera vez por el médico francés Jules Cotard en una conferencia en el Paris de 1880, sus síntomas son enormemente curiosos. La paciente Mademoiselle X era una mujer de 43 años de edad que se presentaba a sí misma como una especie de zombi. Afirmaba haber perdido gran parte de sus órganos, quedándole solo la piel y los huesos propios de un cadáver (por lo que no veía la necesidad de nutrirse ¿Para qué?). Se veía a sí misma como un alma en pena, alguien incapaz de morir por medios naturales. Únicamente si la quemaban, el fuego purificador podría terminar con su vida.

Otro paciente famoso fue Graham de 48 años, quien se despertó un día afirmando que había muerto. Ocho meses antes había intentado suicidarse (sufría una depresión severa, trastorno que suele ir asociado al Cotard) introduciendo un cable eléctrico en la bañera y ahora sostenía que ese incidente la había frito el cerebro y que, por lo tanto, estaba muerto. En el hospital decía a los médicos que era absurdo que le diesen medicamentos pues no tendrían efecto alguno en un cerebro muerto. Afirmaba haber perdido el olfato y el gusto. No sentía la necesidad de comer, de comunicarse ni de hacer nada de nada. Incluso dejó de fumar sin problema alguno. Decía encontrarse en una especie de limbo, en un estado entre la vida y la muerte. Solía visitar el cementerio local ya que allí decía estar lo más cerca posible de una muerte que anhelaba pero a la que creía no poder llegar nunca.

El neurólogo belga Steven Laureys observó mediante PET (Tomografía por emisión de positrones) el cerebro de Graham y los resultados fueron bastante inquietantes. Según Laureys nunca había observado un PET tan extraño de personas que no estuvieran inconscientes (durmiendo o anestesiadas). Graham tenía un PET con la actividad metabólica de un vegetal estando, sin embargo, completamente consciente y despierto.

Si bien, el síndrome de Cotard es una enfermedad rarísima (con muy pocos casos documentados porque, realmente, hay pocos casos) cuyas causas se desconocen, la neurología lo explica como un mal funcionamiento de áreas del cerebro relacionadas con las emociones como la amígdala o el sistema límbico. Al tratarse de una especie de depresión extrema suele tratarse con antidepresivos. Graham, después de muchos años de psicoterapia y medicación, consiguió llevar una vida independiente y relativamente normal.

Cuando percibimos el mundo, toda esta ingente cantidad de objetos expresados a partir de varias modalidades sensoriales, percibimos algo más que colores y formas. En algún (o en muchos) lugar de nuestro cerebro tiene que haber un mecanismo que nos dice si lo que vemos, además de ser rojo u amarillo, circular o triangular, es real o no.

Una de las adaptaciones más exitosas y habituales en el mundo animal es el camuflaje. Los seres vivos pronto descubrieron que mimetizarse con el entorno, que confundir los sistemas de detección de presas de sus depredadores, era una magnífica forma de seguir vivos. Fue el remoto origen del engaño, de la mentira, de la irrealidad. Entonces, la carrera de armamento darwiniana dio comienzo y a nuevas habilidades para engañar mejor se opusieron nuevas habilidades para descubrir el engaño. Quizá, como epifenómeno o efecto secundario de todos nuestros sistemas de detección de mentiras, surgió ese sentimiento cuasi-metafísico de irrealidad, de pensar que no es que los demás se camuflan o mientan, es que la realidad al completo es una mentira. Quizá es un residuo que puede llegar a ser patológico si se extiende, si no solo se dispara de vez en cuando, sino que domina al individuo.

Los cotard piensan que no son del todo reales. Si se les pregunta cómo es posible que crean eso estando sentados hablando con el psiquiatra, te responden que es extraño, pero que, en el fondo, saben que están muertos. Ellos sienten, intuyen con total evidencia que son irreales, a pesar de que la lógica racional les diga que es, a todas luces, completamente imposible. Su detector de mentiras no ha apuntado hacia la realidad sino hacia ellos mismos. El mundo puede ser perfectamente real (no viven en Matrix), pero ellos no.

En El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks nos cuenta la historia de una chica llamada Christine, la cual perdió su capacidad de propiocepción: la percepción interna de su propio organismo. Christine se sentía descarnada, sin cuerpo o encerrada en un cuerpo que no era el suyo. Pasó por un infierno, pues cada vez que pretendía moverse, tenía que mirar fijamente la extremidad a mover y concentrarse un buen rato. Sus movimientos eran muy extraños y la gente que la veía por la calle la miraba como a una farsante. Al final, poco a poco consiguió valerse por sí misma y mejorar mucho su locomoción, aunque nunca recuperó la sensación de propiedad de su propio cuerpo, siguió siempre descarnada.

Christine había perdido el mapa corporal que todos tenemos en nuestro cerebro y que delimita nuestro organismo, diciéndonos qué partes de nuestro cuerpo son nuestras, haciéndonos sentir que lo son. De algún modo había perdido su yo eficiente, operativo, la sensación de unidad corporal de lo que soy. Christine no tenía síndrome de Cotard ni nada parecido pero, igualmente, sentía que su cuerpo no era el suyo, que su cuerpo no era real. También había sido condenada a un limbo, al de vivir sin cuerpo, como un alma inmaterial.  Christine también era un alma en pena.

Leí en el Blog Insostenible de Miguel García Vega acerca de un caso clínico aún más sugerente: un “cotard inverso”. El paciente, un “gallego de cincuentaytantos”, respondía a las iniciales de M.R. Cito literalmente del blog la descripción del caso:

Mientras los cotard diagnosticados hasta la fecha están convencidos de estar muertos, M.R. proclama, a quien quiera escucharle, que está vivo y activo. Los escáneres demuestran que comparte con otros cotard una actividad cerebral similar a una persona en estado vegetativo, así como una ausencia total de voluntad propia, siendo necesario que las personas de su entorno le guíen en todo momento en cualquiera de sus actividades y/o decisiones. Los médicos creen que el tener una actividad laboral de cierta relevancia pública ha llevado a M.R. al delirio de apropiarse como suyas decisiones tomadas por otras personas. Así, tal como me lo describe un miembro del equipo investigador “al contrario de otros cotard, que se creen muertos estando vivos, nuestro paciente es incapaz de admitir el estado vegetativo en que se encuentra y la ausencia total de control sobre su entorno; dicho en otras palabras y con todo el respeto, aquí el muerto se cree vivo”.

García Vega termina su artículo con la sugerente pregunta: ¿Y si padeciéramos todos de “cotard inverso”? ¿Y si todos estuviésemos muertos sin saberlo? Pensemos. Las neurociencias nos están diciendo que nuestra mente toma decisiones a partir de una gran cantidad de módulos que funcionan de modo totalmente inconsciente, que el libre albedrío es una ilusión y que nuestra consciencia es un mero noticiario de lo que pasa sin ningún papel causal en la acción. Cuando decimos que hemos sido nosotros quienes hicimos tal o cual cosa, llevándonos el mérito, ¿no estamos, en el fondo, haciendo lo mismo que M.R.?

Esto nos hace reflexionar sobre la misma definición de enfermedad mental y su posible finalidad evolutiva. Pensemos en un primate sin capacidad para agenciarse como suyas sus propias acciones. Su consciencia sería algo así como un pasajero que ve una película sin poder intervenir. Supongamos que sufre una mutación genética que le hace tener el delirio de pensar que sus acciones son suyas, que él tiene poder real de decisión.  Supongamos que ese delirio le da una ventaja adaptativa… Imaginemos, por seguir con el ejemplo tonto, que ese delirio les otorga más seguridad en ellos mismos, lo cual los hace irresistibles a los ojos de las hembras. Ya está: cotard inverso extendido por toda la especie. Monos delirantes más adaptativos que los monos cuerdos.

Y entonces, rizando más el rizo, llegamos a la última cuestión: ¿No estarían entonces los cotard normales más cuerdos, con una visión de la realidad más certera, que nosotros, los cotard inversos?

Imagen: La señora del francés Angel Roy.

Addendum del 21-8-2016 (un día después): A mí me parecía que un “gallego de cincuentaytantos” (tiene 61) con un cargo público relevante que responde a las siglas M.R. sería desenmascarado rápidamente. Sin embargo, a mi mujer no se lo parece y creo que tiene razón. El tono del artículo es muy serio y, a falta de precedentes bromistas, uno no tiene por qué caer. Así que alerto a lectores que todo se trata de una continuación de la broma comenzada en su blog por García Vega. Me pareció buenísimo que nuestro querido presidente fuera un cotard inverso y, además, me gustaba jugar con la idea de que, precisamente, el hombre con mayor responsabilidad pública de nuestro país fuese un enfermo mental.

Así que, cuidado, no quiero introducir una mentira en la red que otros citen sin ser conscientes. Los demás casos, Mademoiselle X y Graham, son totalmente ciertos.

En busca de la identidad

Publicado: 7 agosto 2016 en Filosofía de la mente
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[…] el sistema inmune humano , que es una comunidad constituida por un gran número de unidades altamente móviles, llamados anticuerpos, los cuales repelen continuamente o destruyen oleadas de invasores siempre cambiantes, llamados antígenos. Los invasores – principalmente bioquímicos, bacterias y virus – se presentan en infinitas variedades, tan diferentes entre sí como los copos de nieve. Debido a esta variedad, y a que siempre están apareciendo nuevos invasores, el sistema inmune no puede simplemente hacer una lista de los posibles invasores y prepararse para combatirlos; debe cambiar o adaptar (del latín adaptare) a sus anticuerpos para enfrentar a los nuevos invasores que vayan apareciendo y nunca establecer una configuración fija. A pesar de su naturaleza proteínica, el sistema inmune mantiene una impresionante coherencia. En verdad, nuestro sistema inmune es lo suficientemente coherente como para demostrar nuestra identidad de madera científica; es tan bueno para distinguirnos del resto del mundo, que rechazará la introducción de células provenientes de otro ser humano a nuestro organismo. Como consecuencia, incluso el trasplante de piel proveniente de un pariente requiere tomar medidas extraordinarias”.

John H. Holland, El orden oculto. De como la adaptación crea complejidad

Sorprendente respuesta al viejo problema filosófico de la identidad: ¿Quién soy yo? Lo que tu sistema inmune mantiene diferenciado a toda costa.

Hace tiempo ya intentamos abordar esta ancestral cuestión a través del experimento mental de la teletransportación: ¿qué es lo que realmente somos? Descartábamos que la definición estuviera estrictamente relacionada con el cuerpo material (ya que, desde mi infancia, poco átomo original quedará en mi cuerpo actual) ni con lo estrictamente funcional o estructural (ya que si entonces hiciésemos varias copias con la misma función y estructura que la mía, serían también yo, lo cual es un contrasentido).

En los comentarios a la entrada, se debatió además otro tipo: la identidad biográfica, que afirmaría que somos nuestra historia personal, nuestras vivencias, experiencias y recuerdos. Evidentemente, en la constitución de lo que me hace persona, mi historia es importante, sin embargo, parece que hay un sentido de la identidad más fundamental, ya que las personas con una amnesia retrógrada total siguen siendo conscientes de sí mismos, siguen siendo ellos a pesar de haber perdido toda su biografía.

La idea que yo defendía es que la identidad reside en la consciencia: yo soy yo porque soy consciente de lo que me pasa, porque sufro lo que me pasa (como mínimo soy sujeto paciente de lo que me ocurre). Si me hacen daño, me duele a mí. A pesar de que no sepa nada de mi pasado ni siquiera mi nombre, si me duelen las muelas, me duelen a mí y no al de al lado ni a nadie más. Si pierdo ese sujeto paciente de lo que sucede, aquí sí que pierdo radicalmente mi identidad. Parece netamente ilógico pensar en un dolor sin un sujeto que lo padezca.

¿Y qué pasa cuando hay apagones de consciencia? ¿Qué pasa cuando estoy durmiendo o anestesiado? ¿Ya no soy yo mismo? No, no lo seríamos aunque esto parezca algo contraintuitivo. Pensemos en que durmiendo nos levantamos noctámbulos y asesinamos a alguien ¿Seríamos culpables de ese asesinato si no hemos tomado conscientemente la decisión de hacerlo? Pensemos en el experimento mental de trasplantar nuestra consciencia de nuestro cuerpo a otro, de modo que dejamos nuestro organismo desalmado, sin albergar consciencia alguna. Nuestra consciencia estaría encarnada en otro cuerpo y seguiríamos siendo nosotros mismos desde ese nuevo cuerpo. El viejo cuerpo inconsciente ya no tendría nada que ver con nosotros. Cuando dormimos o quedamos inconscientes por diversas causas, al volver a despertar seguimos siendo conscientes de lo que nos pasa, luego seguimos siendo nosotros mismos a pesar de que nuestra consciencia se haya tomado unas vacaciones.

Nótese que desde esta perspectiva no se exige que la consciencia tenga continuidad absoluta (de hecho no necesita continuidad en absoluto). La consciencia sería como un dispositivo que podemos apagar y encender con un botón: cuando me duermo la apago para encenderla cuando me despierto, y eso no daña para nada mi identidad.

Sin embargo, la auténtica debilidad de esta idea (y que aún no he podido afrontar) es que no podemos solucionar el problema del teletransportador. Parece razonable pensar que esa consciencia que padece es generada de alguna manera por el cerebro (material y funcionalmente), de manera que sin cerebro no hay consciencia ni, en consecuencia, identidad. Pero si utilizando el teletransportador copiamos siete veces mi cuerpo… ¿cuál de ellos será el mismo sujeto paciente que yo era?

Ligamos identidad a una idea de continuidad: Yo soy yo si sigo siendo el que era en el segundo anterior. Una forma de salvar la identidad biográfica de la objeción de la amnesia es argumentar que yo soy una cadena causal. Desde que nací, hay una conexión causal entre pensamientos, deseos, emociones, etc. anteriores y posteriores. Yo pensé x que causó que hiciera y que causó que sintiera z… y así hasta el momento presente. Aunque perdiéramos la memoria de toda esta cadena, somos esa cadena porque ella nos ha llevado a la situación actual. Es decir, esa cadena (y no otra) va a determinar el siguiente momento de mi vida aunque ni siquiera recuerde el segundo anterior al presente. Yo soy mi pasado aunque no lo recuerde.

Problema: seguimos sin poder salvar la duplicación de copias. Si hacemos siete copias de mí lo único que habríamos hecho es ramificar la cadena causal, haciendo salir siete cadenas de la original ¿Quién sería yo? Los siete son consecuencias causales, son efectos de mi yo, por lo que serían también yo mismo… ¡Siete yoes! ¿Y cuál de ellos sería yo sufriendo cuando me duelen las muelas?

Otra alternativa es la de entender la consciencia como una mera ilusión. La consciencia me hace creer que yo soy una unidad coherente con una historia propia lineal desde el momento de mi nacimiento, cuando, en realidad, no hay absolutamente nada de eso. Esto solucionaría perfectamente el problema del teletransporte: cada uno de los siete nuevos yoes tendría la ilusión de continuar con mi yo originario, y los siete serían sujetos pacientes de sensaciones conscientes diferenciados unos de otros, discutiendo, sin posibilidad de solución, por quien de los siete es, verdaderamente, el auténtico yo.

Problema: es posible que mi continuidad espacio-temporal solo sea una ilusión, pero el dolor de muelas sí es muy real, incluso aunque este dolor no tuviese una causa real (supongamos que me duelen las muelas sin que, realmente, tenga ninguna muela infectada). La consciencia puede tener como referentes meras ilusiones. A lo mejor vivimos en Matrix y toda la realidad es una simulación por computador, pero el hecho de que la consciencia (al menos la mía) existe, ya le parecía indudable a Descartes. Quizá habría que matizar el “Pienso luego existo” por un “Soy consciente luego existo”, o como dice J. Z. Young por un “Sé que estoy vivo”, pero la consciencia existe con total plenitud ontológica.

¿Estás vivo? Entonces reciclas

Publicado: 1 agosto 2016 en Evolución
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El hecho de que el reciclaje puede incrementar la producción no es particularmente sorprendente, pero el efecto total en una red con muchos ciclos puede resultar muy fuerte. Un bosque tropical de régimen lluvioso puede ilustrar este punto. En este lugar el suelo es extremadamente pobre, debido a que los aguaceros tropicales lixivian el suelo, lo cual da por resultado que los nutrientes sean drenados hacia los ríos. Por esta razón la agricultura ordinaria, la cual no recicla los desechos, prospera escasamente cuando ocupa las áreas deforestadas de bosque. Por el contrario, el bosque virgen es rico tanto en especies como en número de individuos . Este estado de cosas depende casi enteramente de la capacidad del bosque para capturar y reciclar los recursos críticos. Por lo tanto, en el bosque tropical no funciona la versión simple de la cadena alimentaria, en la cual los recursos van pasando hacia arriba, hasta llegar a los depredadores de la parte superior de la cadena; por el contrario, ciclo tras ciclo atrapa los recursos, para que éstos sean utilizados una y otra vez antes de que finalmente vayan a parar al sistema fluvial. El sistema resultante de este proceso es tan rico , que un solo bosque tropical puede albergar más de 10.000 especies de insectos […] En este mismo bosque tropical […] es posible caminar medio kilómetro sin encontrar dos ejemplares de la misma especie de árbol.

John H. Holland. El orden oculto. De cómo la adaptación crea la complejidad

No me canso de repetir la idea de que la selección natural funciona como un aficionado al bricolaje que solo puede operar con lo que tiene a mano, por lo que la reutilización y el reciclaje son esenciales. En los bosques o selvas tropicales existe la mayor biodiversidad del mundo, paradójicamente cuando hay poca luz, ya que un alto dosel arbóreo lo cubre todo, y los suelos rojizos, muy pobres en nutrientes, se lateralizan rápidamente. Entre ese canopeo y el suelo se dan múltiples niveles (suelen mencionarse cuatro: dosel superior e inferior, sotobosque y suelo), en donde las especies y sus problemáticas vitales son muy diferentes. Entre los árboles hay una gran competencia por la luz, por lo que llegan a gran altura y no tienen ramas en gran parte de su tronco (con árboles emergentes superando el techo del bosque de vez en cuando). Algunas especies entran en un estado de latencia a la espera de algún hueco por el que entre luz. Cuando casualmente lo encuentran, se activan y comienzan un rápido crecimiento. Con total lógica biológica existen gran cantidad de plantas trepadoras, enredaderas o lianas que se aprovechan de los troncos para subir hacia la preciada claridad. Por el contrario, en el sotobosque, la mayoría de las especies vegetales crece al mismo nivel para no darse sombra y suele tener hojas muy anchas para aprovechar la escasa cantidad de luz que allí llega. En el suelo, no hay formación de humus, ya que las altas temperaturas y la humedad descomponen velozmente los restos orgánicos y los devuelven a niveles superiores. Muy poco se pierde hacia el suelo.

Nuestra vieja forma lineal de entender los niveles tróficos tal y como aprendimos en la escuela, queda aquí plenamente obsoleta. Hay una prácticamente inabarcable (y difícilmente simulable por computador) red de flujos de materia y energía que se mueven en todas direcciones. Con una biodiversidad tan amplia, las relaciones entre las distintas especies son riquísimas y la carrera de armamentos propia de la evolución por selección natural es especialmente notoria (siempre digo que si quieres entender qué es realmente la vida hay que irse al Amazonas. Yo en cuanto pueda voy). Quizá la estrategia evolutiva más predominante entre la fauna (o, al menos, más llamativa a nuestros ojos) es la mímesis o camuflaje (a mí me molan mucho los insectos palo o las pistas de aterrizaje para insectos de las orquídeas). Ya sabemos que copiar, esconderse o pasar desapercibido siempre es más rentable, al menos para conservar la salud, que dar la cara. Hay pocos mamíferos, ya que la gran cantidad de vegetación impide sus movimientos, si bien nuestros parientes primates están aquí bien representados. Y los que triunfan, sin duda alguna, son los insectos, la clase de animales preferida por la evolución.

El caso es que Holland hace hincapié en la idea de que en un sistema en red con muchos nodos por los que pasan multitud de flujos en diferentes sentidos e intensidades, y en el que nada sobra (porque si te sobra alguien rápidamente lo aprovechará y te terminará por costar caro), el reciclaje constante es una parte fundamental del propio sistema, a la que éste destinará no pocos recursos. Por eso nos es tan fácil representarnos estos flujos a modo de ciclos, en los que casi todo retorna al origen. Holland realiza modelos en los que cada nodo recicla una cierta proporción de lo que recibe, retornándolo a un nivel anterior del proceso (múltiples niveles de retroalimentación). Los resultados son que los niveles de reutilización y reciclaje son muy altos y permiten una altísima optimización de los recursos. Una de las características esenciales de lo vivo en la que no solemos insistir es en su capacidad de reciclaje continuo. Podríamos decir que estar vivo es saber reciclarte de modo altamente eficiente.

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P.D.: Si queréis leer acerca de los razonamientos a favor o en contra de la existencia de Dios, acabo de publicar un extenso artículo en Magnet.

Robert Nozick

Robert Nozick fue muy conocido sobre todo por sus contribuciones a la filosofía política. Su obra Anarquía, Estado y Utopía (1974) suele considerarse como la respuesta neoliberal a la Theory of Justice de John Rawls. Es muy habitual encontrar su nombre entre los pensadores que hay detrás de la derecha política junto, por ejemplo, a Hayek o a Von Mises. Es por eso que se conoce mucho peor su faceta como metafísico. Nozick tuvo la ambición, y quizá la locura dado los tiempos que corren, de enfrentarse al problema del sentido de la existencia. Y lo hizo con cierto ingenio.

¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Si no queremos llegar a una respuesta circular ni a una regresión ad infinitum tenemos que postular como causa del universo algún tipo de verdad que se explique por sí misma, que no dependa de nada más para ser cierta, un principio autoexplicativo ¿Cómo sería algo así? Nozick nos desvela su estructura:

P equivale a “Todas las explicaciones que posean la propiedad C son verdaderas”

P posee la propiedad C.

Un principio tal que P sería lo que denominaríamos como principio autoinclusivo, y tendría la virtud de incluir en sí mismo su propia explicación, por lo que no necesitaría de otro principio para explicarse. La verdad última sobre el mundo debería tener esta estructura. Pero pensemos en la siguiente oración:

Toda frase que contenga ocho palabras es verdadera

Es evidentemente falsa, pero imaginemos un universo en el que fuera cierta, un universo en el que cualquier frase de ocho palabras es aceptada como verdadera. Como curiosidad nótese que llegaríamos a absurdos varios.

Tengo siete dedos en mi mano derecha

sería falsa ya que solo tiene siete palabras. Pero simplemente cambiándola a la siguiente la convertimos en verdadera:

Yo tengo siete dedos en mi mano derecha.

Sígase con el absurdo cuando podemos generar infinitas frases de ocho palabras incompatibles entre sí:

Yo tengo nueve dedos en mi mano derecha.

Yo tengo catorce dedos en mi mano derecha.

Yo no tengo ni pie ni mano derecha. 

Las tres proposiciones tienen ocho palabras y no pueden ser verdaderas a la vez. Pero no nos distraigamos. El problema que pretendo mostrar es que, a pesar de que “Toda frase que contenga ocho palabras es verdadera” es un principio autoinclusivo, no es válido como principio último ya que cabría preguntarse ¿por que las frases de ocho palabras son verdaderas? Autoinclusividad no es sinónimo de ultimidad.

De acuerdo, pero Nozick vuelve a la carga. Lo que hay que hacer es buscar un principio autoinclusivo mucho mejor y no la chorrada de las ocho palabras. Autoinclusividad no garantiza ultimidad pero, al menos, es condición de posibilidad: aunque puede no ser suficiente sí es, como mínimo, necesaria. Hay que buscar un principio que sea autoinclusivo pero, sobre todo, que sea una buena explicación última de la realidad. Entonces Nozick recurre al antiguo principio de plenitud o fecundidad, que dice así:

Todo mundo posible existe realmente [en palabras del propio Nozick: Todos los mundos posibles prevalecen]

Es un principio autoinclusivo ya que, él mismo es una posibilidad que se incluiría dentro de las posibilidades que existen realmente ¿Qué significaría que algo así fuera verdad? Pues que tendríamos una infinita cantidad de universos, cada uno con una realidad diferente. Habría universos mínimos, en los que no existiría nada, y universos máximos en donde la existencia se hubiera desplegado en toda su plenitud dando una enorme abanico de posibilidades ontológicas. A la pregunta ¿Por qué el ser y no más bien la nada? Nozick responde: ambos.

Con esta conclusión se soluciona además otro gran problema filosófico con el que los físicos no paran de encontrarse: aunque pudiésemos encontrar una teoría de la gran unificación o una teoría del todo, en la que, con una serie de ecuaciones pudiésemos explicar el funcionamiento de todo el cosmos, nos quedaría por explicar por qué esas fórmulas y no otras. O, expuesto de otro modo, podemos tener las leyes del universo pero, ¿las condiciones iniciales? ¿por qué esas y no cualquier otras?

La teoría de los universos múltiples, en total consonancia con el principio de fecundidad, es una respuesta: porque en este mundo se han dado esas, al igual que en cada uno de los demás mundos existentes se habrán dado otras diferentes. Aún así todavía no habríamos llegado a la respuesta última ya que todavía sería lícito preguntarse ¿y por qué universos múltiples? No obstante, habríamos dado un pasito más hacia ella.

Problemas: si existen todas las posibilidades, terminarían por darse posibilidades contradictorias. Por ejemplo, debería darse la posibilidad “Todo lo que existe tiene alas” junto con la posibilidad “Todo lo que existe tiene forma perfectamente esférica” y con “Algunas cosas que existen son pirámides”. Las tres son posibilidades válidas pero no pueden darse a la vez. Un universo en el que se dieran todas las posibilidades sería autocontradictorio y, por lo tanto, absurdo.

Nozick responde: cada universo existente estaría “lógicamente aislado” de todos los demás, de modo que cada una de las tres posibilidades anteriores se daría en un universo diferente, eliminando la contradicción. En un universo solo habría seres alados, en otro solo esferas, y en otro, por ejemplo el nuestro, existirían algunos objetos con forma piramidal.

Problema insalvable: la paradoja de Russell. Un conjunto normal alberga dentro de sí elementos de una misma clase. Por ejemplo, el conjunto de todos los libros que existen sería un conjunto normal. Sin embargo, podemos pensar en conjuntos autoincluyentes, que sería aquellos en los que el propio conjunto estaría incluido dentro de sí mismo al ser de la misma clase de cosas que contiene. El conjunto de todos los libros no sería autoincluyente porque el propio conjunto no es un libro. Por el contrario, el conjunto de de todos los conjuntos sí lo sería ya que es de la misma clase que los elementos que incluye. La paradoja surge cuando nos preguntamos de qué tipo es el conjunto que alberga todos los conjuntos normales (no-autoincluyentes). Si es normal, al albergar a todos los conjuntos normales sería autoincluyente… y si es autoincluyente sería normal ya que la clase de elementos que contiene son conjuntos normales… ¡paradoja al canto!

Lo aplicamos al principio de fecundidad: si todas las posibilidades son reales, entre todos los universos más o menos mediocres, debería existir uno en el que todas las posibilidades se hicieran reales (Sería el máximo universo posible, el universo de la fecundidad). Ese universo, ¿sería autoincluyente? Parece que sí ya que él mismo es la posibilidad de posibilidades. Sin embargo, como hemos argumentado, si dentro de él caben posibilidades contradictorias, es un universo absurdo, imposible ¿Qué hacemos? Lo que dice Nozick: limitamos el universo a las posibilidades que no llevan a contradicción, aislamos las posibilidades en compartimentos estancos (universos paralelos que no interactúan) para que no se contradigan unas a otras. De acuerdo, pero al hacerlo, el principio de fecundidad dejaría de ser autoincluyente, ya que dentro de sí solo tendría ciertas posibilidades, no todas, y, precisamente… ¡ser autoincluyente es condición necesaria para ser principio último! El principio de fecundidad como principio último se derrumba. Insert coin, hay que seguir buscando.

Nota: esta entrada es un resumen comentado del capítulo titulado El final de la explicación del libro ¿Por qué existe el mundo? de Jim Holt que, a su vez, es un comentario del capítulo dos del libro Reflexiones filosóficas de Robert Nozick. 

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Algo así ocurre en la película En algún lugar del tiempo, de 1980. El protagonista (que interpreta Christopher Reeve) recibe un reloj de oro de una mujer mayor. Luego viaja hacia atrás en el tiempo y entrega el reloj a la misma mujer cuando era joven, el mismo reloj que ella le dará unas décadas después ¿Cómo llegó a existir ese reloj? En toda su existencia, que solo abarca unas pocas décadas, nunca ha estado en una fábrica de relojes. Existe aunque no tiene creador. Parece ser causa sui.

Jim Holt, ¿Por qué existe el mundo?

Rompemos con el principio de conservación de la materia y la energía, creando un objeto físico de la nada… un reloj de oro… ¿de qué marca? ¿Podríamos utilizar así la máquina del tiempo para crear cualquier objeto imaginable? No porque es cuando la mujer mayor le da el reloj, cuando él decide viajar al pasado a dárselo a la joven. Pero entonces, ¿quién decidió crear el reloj? El viajero, al escoger viajar al pasado después de recibir el reloj, crea el bucle pero no puede decidir crear el objeto que él quisiera, sino solo el reloj que ha recibido. Nadie, no hay nadie detrás de la intención de crear concretamente un reloj. Es una creación sin creador, un objeto realmente incausado.

Le echamos un poquito (o bastante) más de imaginación. La mujer mayor lo que me entrega es el mismo universo… ¿tendríamos un auténtico universo incausado sin necesidad de explicación de ningún tipo? ¿Será así como surgiría el nuestro?

No obstante, muy a mi pesar,  las extrañísimas consecuencias de esta paradoja temporal lo que vienen a mostrar es la imposibilidad de los viajes temporales al pasado. Por mera lógica básica, si algo te lleva a paradojas o absurdos, su contrario será verdadero. Si los viajes temporales al pasado nos llevan a locuras, será porque no son posibles.

Cadit Quaestio

Publicado: 24 junio 2016 en Filosofía general
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Una de las tesis principales defendidas por el positivismo lógico del siglo pasado fue la de entender que gran parte de los problemas tradicionalmente filosóficos (si no todos, depende de lo purista que se fuera) eran pseudoproblemas, falsos misterios ocasionados por un mal uso del lenguaje, ya sea a nivel lógico o semántico. La misión de la filosofía sería detectivesca: descubrir la falsedad del asunto para luego, o a la vez, eliminar el problema.

Creo que es una buena idea ya que coincido en que muchos problemas y, en consecuencia, las teorías que intentan resolverlos, son efectivamente pseudoproblemas, en el mejor de los casos fruto de cierta ingenuidad, en el peor, fruto de pura y dura charlatanería. Sin embargo, en muchas otras ocasiones lo que ocurre no es que el problema en sí sea un pseudoproblema, sino que, sencillamente, lo falso es la solución. Creo que los positivistas desvelaron ciertas teorías falsas (o como mínimo, faltas de sentido) pero no llegaron a eliminar totalmente los problemas (en algunos casos ni siquiera rozaron su superficie). Quizá la metafísica occidental es, en gran parte, absurda, pero no creo que por ello podamos tirar a la basura todas y cada una de sus preguntas fundamentales. Por ejemplo, yo tengo bastante claro que el problema de la vida después de la muerte es un neto pseudoproblema en el que no hay misterio que resolver. Sin embargo, con respecto al sentido del ser o de la existencia en general no lo tengo tan claro.

Vamos a ver el ejemplo de Adolf Grünbaum, interesante filósofo de la ciencia con posturas clásicamente antimetafísicas. Según nos cuenta Jim Holt en ¿Por qué existe el mundo?, a Grünbaum no le parece nada enigmático el sentido de la existencia, ya que no ve ningún misterio allí ¿Qué le lleva a pensar eso? Veamos su razonamiento.

La pregunta crucial de la metafísica acerca del sentido del ser o de la existencia suele enunciarse canónicamente así:

¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Como cualquier cuestión, su mera formulación lleva ya implícitos una serie de presupuestos. Ésta en concreto presupone que el estado natural del universo es la nada, la opción ontológica por defecto, siendo el ser una desviación de la nada, una anomalía que, en cuanto a tal, requiere explicación. Pero, ¿por qué es así? Según Grünbaum esto es un prejuicio sin justificación que viene de la idea cristiana de la creación ex-nihilo: primero estaba la nada y luego Dios crea el Universo. Además, hasta la llegada del deísmo, Dios no solo había creado el mundo de una nada previa, sino que lo mantenía en la existencia. Era una creencia común de la teología cristiana llevar la función divina un paso más y afirmar que sin Dios el mundo se desplomaría en la nada. Parecía como si la existencia fuera tremendamente frágil y requiriera un continuo mantenimiento.  Sin embargo la nada puede subsistir en completa soledad sin sufrir desgaste alguno. Grünbaum llama a esto el “axioma de la dependencia”.

Es más, si analizamos el asunto empíricamente, vemos que lo normal, lo apabullantemete habitual, es la existencia de unas u otras cosas. Entonces, la respuesta a la pregunta por qué el ser y no más bien la nada se responde trivialmente: es que el ser es lo más normal del mundo. Lo que no hemos observado por ningún lado es la nada, por lo que lo que realmente es una rareza, una anomalía, es la misma nada, no el ser. La cuestión realmente interesante y plena de sentido sería: ¿Por qué la nada y no más bien el ser? Pero como el caso es que no se da la nada (es más, tenemos serios problemas para establecer siquiera su posibilidad lógica), no hay pregunta válida. Como concluían los latinos medievales, cadit quaestio, la pregunta cae.

Pero, ¿ya está? ¿asunto zanjado? No sé a vosotros pero a mí me queda la sensación de que no se ha eliminado por completo el problema.  En los soberbios Diálogos sobre religión natural, Hume habla a través de su personaje Cleantes, dando una serie de argumentos a favor de la infinitud temporal del universo.   Dice así: el principio de razón suficiente nos enuncia que todo tiene que tener una causa. Si el universo hubiera surgido de la nada no tendría una causa por lo que violaríamos dicho principio. Si Dios hubiese sido la causa del universo, cabría preguntarse la causa de Dios. Si Dios no tiene causa o decimos que es causa de sí mismo, igualmente violamos el principio. Si, por el contrario, postulamos la infinitud del universo, tendremos siempre causas (infinitas) antecediendo a todo efecto, por lo que no dañamos el principio de razón suficiente. Además, si pensamos, como Aristóteles, que toda explicación es explicación causal, en un universo infinito, al estar contenidas todas las causas, estarán todas las explicaciones posibles. Un universo infinito contiene en sí mismo toda su explicación y no habría que buscar nada fuera de él, sería teóricamente autocontenido. Entonces, en la misma línea de Grünbaum, no habría misterio alguno en la existencia del universo. Cadit quaestio. 

Podemos objetar: vale, cada hecho del universo se explica mediante la causa anterior, perfecto; pero la cadena causal infinita al completo, ¿qué la causó? Cleantes vuelve a la estrategia de la disolución partiendo del empirismo radical propio de Hume: no tenemos experiencia del mundo como totalidad (solo percibimos hechos concretos), por lo que buscar la causa de algo que no sabemos si existe o no es dar un salto metafísico imperdonable. Dicho de otro modo: una cadena de elementos, una serie en su conjunto, no es nada más que los propios elementos que la componen. Una vez explicado cada elemento particular, no es razonable exigir una explicación de todo el conjunto.

 Sin embargo, para los que no somos tan sumamente antimetafísicos como el tenaz escocés, sí nos parece pleno de sentido preguntarnos acerca de la causa del mundo como totalidad, principalmente, porque aunque no tengamos una experiencia directa (una imagen o impresión mental) de la totalidad del universo, sí que parece bastante razonable (de puro sentido común) deducir su existencia. Nadie ha visto China en su totalidad ni puede tener una imagen mental total de China (¿cómo sería algo así?) pero sabemos con cierta certeza que existe, ¿no? Al contrario que piensa Hume, una vez explicado cada elemento particular, es razonable exigir una explicación de todo el conjunto. Pensemos en que tenemos un automóvil y explicamos la función de cada una de sus piezas. Cabría después explicar para qué hemos fabricado el coche o cómo funciona en cuanto a totalidad.

Lo sentimos pero no me terminan de convencer. Sí creo que hay pregunta y sí creo que hay misterio, y no es porque tenga prejuicios propiciados por mi educación religiosa.