Robert Nozick

Robert Nozick fue muy conocido sobre todo por sus contribuciones a la filosofía política. Su obra Anarquía, Estado y Utopía (1974) suele considerarse como la respuesta neoliberal a la Theory of Justice de John Rawls. Es muy habitual encontrar su nombre entre los pensadores que hay detrás de la derecha política junto, por ejemplo, a Hayek o a Von Mises. Es por eso que se conoce mucho peor su faceta como metafísico. Nozick tuvo la ambición, y quizá la locura dado los tiempos que corren, de enfrentarse al problema del sentido de la existencia. Y lo hizo con cierto ingenio.

¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Si no queremos llegar a una respuesta circular ni a una regresión ad infinitum tenemos que postular como causa del universo algún tipo de verdad que se explique por sí misma, que no dependa de nada más para ser cierta, un principio autoexplicativo ¿Cómo sería algo así? Nozick nos desvela su estructura:

P equivale a “Todas las explicaciones que posean la propiedad C son verdaderas”

P posee la propiedad C.

Un principio tal que P sería lo que denominaríamos como principio autoinclusivo, y tendría la virtud de incluir en sí mismo su propia explicación, por lo que no necesitaría de otro principio para explicarse. La verdad última sobre el mundo debería tener esta estructura. Pero pensemos en la siguiente oración:

Toda frase que contenga ocho palabras es verdadera

Es evidentemente falsa, pero imaginemos un universo en el que fuera cierta, un universo en el que cualquier frase de ocho palabras es aceptada como verdadera. Como curiosidad nótese que llegaríamos a absurdos varios.

Tengo siete dedos en mi mano derecha

sería falsa ya que solo tiene siete palabras. Pero simplemente cambiándola a la siguiente la convertimos en verdadera:

Yo tengo siete dedos en mi mano derecha.

Sígase con el absurdo cuando podemos generar infinitas frases de ocho palabras incompatibles entre sí:

Yo tengo nueve dedos en mi mano derecha.

Yo tengo catorce dedos en mi mano derecha.

Yo no tengo ni pie ni mano derecha. 

Las tres proposiciones tienen ocho palabras y no pueden ser verdaderas a la vez. Pero no nos distraigamos. El problema que pretendo mostrar es que, a pesar de que “Toda frase que contenga ocho palabras es verdadera” es un principio autoinclusivo, no es válido como principio último ya que cabría preguntarse ¿por que las frases de ocho palabras son verdaderas? Autoinclusividad no es sinónimo de ultimidad.

De acuerdo, pero Nozick vuelve a la carga. Lo que hay que hacer es buscar un principio autoinclusivo mucho mejor y no la chorrada de las ocho palabras. Autoinclusividad no garantiza ultimidad pero, al menos, es condición de posibilidad: aunque puede no ser suficiente sí es, como mínimo, necesaria. Hay que buscar un principio que sea autoinclusivo pero, sobre todo, que sea una buena explicación última de la realidad. Entonces Nozick recurre al antiguo principio de plenitud o fecundidad, que dice así:

Todo mundo posible existe realmente [en palabras del propio Nozick: Todos los mundos posibles prevalecen]

Es un principio autoinclusivo ya que, él mismo es una posibilidad que se incluiría dentro de las posibilidades que existen realmente ¿Qué significaría que algo así fuera verdad? Pues que tendríamos una infinita cantidad de universos, cada uno con una realidad diferente. Habría universos mínimos, en los que no existiría nada, y universos máximos en donde la existencia se hubiera desplegado en toda su plenitud dando una enorme abanico de posibilidades ontológicas. A la pregunta ¿Por qué el ser y no más bien la nada? Nozick responde: ambos.

Con esta conclusión se soluciona además otro gran problema filosófico con el que los físicos no paran de encontrarse: aunque pudiésemos encontrar una teoría de la gran unificación o una teoría del todo, en la que, con una serie de ecuaciones pudiésemos explicar el funcionamiento de todo el cosmos, nos quedaría por explicar por qué esas fórmulas y no otras. O, expuesto de otro modo, podemos tener las leyes del universo pero, ¿las condiciones iniciales? ¿por qué esas y no cualquier otras?

La teoría de los universos múltiples, en total consonancia con el principio de fecundidad, es una respuesta: porque en este mundo se han dado esas, al igual que en cada uno de los demás mundos existentes se habrán dado otras diferentes. Aún así todavía no habríamos llegado a la respuesta última ya que todavía sería lícito preguntarse ¿y por qué universos múltiples? No obstante, habríamos dado un pasito más hacia ella.

Problemas: si existen todas las posibilidades, terminarían por darse posibilidades contradictorias. Por ejemplo, debería darse la posibilidad “Todo lo que existe tiene alas” junto con la posibilidad “Todo lo que existe tiene forma perfectamente esférica” y con “Algunas cosas que existen son pirámides”. Las tres son posibilidades válidas pero no pueden darse a la vez. Un universo en el que se dieran todas las posibilidades sería autocontradictorio y, por lo tanto, absurdo.

Nozick responde: cada universo existente estaría “lógicamente aislado” de todos los demás, de modo que cada una de las tres posibilidades anteriores se daría en un universo diferente, eliminando la contradicción. En un universo solo habría seres alados, en otro solo esferas, y en otro, por ejemplo el nuestro, existirían algunos objetos con forma piramidal.

Problema insalvable: la paradoja de Russell. Un conjunto normal alberga dentro de sí elementos de una misma clase. Por ejemplo, el conjunto de todos los libros que existen sería un conjunto normal. Sin embargo, podemos pensar en conjuntos autoincluyentes, que sería aquellos en los que el propio conjunto estaría incluido dentro de sí mismo al ser de la misma clase de cosas que contiene. El conjunto de todos los libros no sería autoincluyente porque el propio conjunto no es un libro. Por el contrario, el conjunto de de todos los conjuntos sí lo sería ya que es de la misma clase que los elementos que incluye. La paradoja surge cuando nos preguntamos de qué tipo es el conjunto que alberga todos los conjuntos normales (no-autoincluyentes). Si es normal, al albergar a todos los conjuntos normales sería autoincluyente… y si es autoincluyente sería normal ya que la clase de elementos que contiene son conjuntos normales… ¡paradoja al canto!

Lo aplicamos al principio de fecundidad: si todas las posibilidades son reales, entre todos los universos más o menos mediocres, debería existir uno en el que todas las posibilidades se hicieran reales (Sería el máximo universo posible, el universo de la fecundidad). Ese universo, ¿sería autoincluyente? Parece que sí ya que él mismo es la posibilidad de posibilidades. Sin embargo, como hemos argumentado, si dentro de él caben posibilidades contradictorias, es un universo absurdo, imposible ¿Qué hacemos? Lo que dice Nozick: limitamos el universo a las posibilidades que no llevan a contradicción, aislamos las posibilidades en compartimentos estancos (universos paralelos que no interactúan) para que no se contradigan unas a otras. De acuerdo, pero al hacerlo, el principio de fecundidad dejaría de ser autoincluyente, ya que dentro de sí solo tendría ciertas posibilidades, no todas, y, precisamente… ¡ser autoincluyente es condición necesaria para ser principio último! El principio de fecundidad como principio último se derrumba. Insert coin, hay que seguir buscando.

Nota: esta entrada es un resumen comentado del capítulo titulado El final de la explicación del libro ¿Por qué existe el mundo? de Jim Holt que, a su vez, es un comentario del capítulo dos del libro Reflexiones filosóficas de Robert Nozick. 

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Algo así ocurre en la película En algún lugar del tiempo, de 1980. El protagonista (que interpreta Christopher Reeve) recibe un reloj de oro de una mujer mayor. Luego viaja hacia atrás en el tiempo y entrega el reloj a la misma mujer cuando era joven, el mismo reloj que ella le dará unas décadas después ¿Cómo llegó a existir ese reloj? En toda su existencia, que solo abarca unas pocas décadas, nunca ha estado en una fábrica de relojes. Existe aunque no tiene creador. Parece ser causa sui.

Jim Holt, ¿Por qué existe el mundo?

Rompemos con el principio de conservación de la materia y la energía, creando un objeto físico de la nada… un reloj de oro… ¿de qué marca? ¿Podríamos utilizar así la máquina del tiempo para crear cualquier objeto imaginable? No porque es cuando la mujer mayor le da el reloj, cuando él decide viajar al pasado a dárselo a la joven. Pero entonces, ¿quién decidió crear el reloj? El viajero, al escoger viajar al pasado después de recibir el reloj, crea el bucle pero no puede decidir crear el objeto que él quisiera, sino solo el reloj que ha recibido. Nadie, no hay nadie detrás de la intención de crear concretamente un reloj. Es una creación sin creador, un objeto realmente incausado.

Le echamos un poquito (o bastante) más de imaginación. La mujer mayor lo que me entrega es el mismo universo… ¿tendríamos un auténtico universo incausado sin necesidad de explicación de ningún tipo? ¿Será así como surgiría el nuestro?

No obstante, muy a mi pesar,  las extrañísimas consecuencias de esta paradoja temporal lo que vienen a mostrar es la imposibilidad de los viajes temporales al pasado. Por mera lógica básica, si algo te lleva a paradojas o absurdos, su contrario será verdadero. Si los viajes temporales al pasado nos llevan a locuras, será porque no son posibles.

Cadit Quaestio

Publicado: 24 junio 2016 en Filosofía general
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Una de las tesis principales defendidas por el positivismo lógico del siglo pasado fue la de entender que gran parte de los problemas tradicionalmente filosóficos (si no todos, depende de lo purista que se fuera) eran pseudoproblemas, falsos misterios ocasionados por un mal uso del lenguaje, ya sea a nivel lógico o semántico. La misión de la filosofía sería detectivesca: descubrir la falsedad del asunto para luego, o a la vez, eliminar el problema.

Creo que es una buena idea ya que coincido en que muchos problemas y, en consecuencia, las teorías que intentan resolverlos, son efectivamente pseudoproblemas, en el mejor de los casos fruto de cierta ingenuidad, en el peor, fruto de pura y dura charlatanería. Sin embargo, en muchas otras ocasiones lo que ocurre no es que el problema en sí sea un pseudoproblema, sino que, sencillamente, lo falso es la solución. Creo que los positivistas desvelaron ciertas teorías falsas (o como mínimo, faltas de sentido) pero no llegaron a eliminar totalmente los problemas (en algunos casos ni siquiera rozaron su superficie). Quizá la metafísica occidental es, en gran parte, absurda, pero no creo que por ello podamos tirar a la basura todas y cada una de sus preguntas fundamentales. Por ejemplo, yo tengo bastante claro que el problema de la vida después de la muerte es un neto pseudoproblema en el que no hay misterio que resolver. Sin embargo, con respecto al sentido del ser o de la existencia en general no lo tengo tan claro.

Vamos a ver el ejemplo de Adolf Grünbaum, interesante filósofo de la ciencia con posturas clásicamente antimetafísicas. Según nos cuenta Jim Holt en ¿Por qué existe el mundo?, a Grünbaum no le parece nada enigmático el sentido de la existencia, ya que no ve ningún misterio allí ¿Qué le lleva a pensar eso? Veamos su razonamiento.

La pregunta crucial de la metafísica acerca del sentido del ser o de la existencia suele enunciarse canónicamente así:

¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Como cualquier cuestión, su mera formulación lleva ya implícitos una serie de presupuestos. Ésta en concreto presupone que el estado natural del universo es la nada, la opción ontológica por defecto, siendo el ser una desviación de la nada, una anomalía que, en cuanto a tal, requiere explicación. Pero, ¿por qué es así? Según Grünbaum esto es un prejuicio sin justificación que viene de la idea cristiana de la creación ex-nihilo: primero estaba la nada y luego Dios crea el Universo. Además, hasta la llegada del deísmo, Dios no solo había creado el mundo de una nada previa, sino que lo mantenía en la existencia. Era una creencia común de la teología cristiana llevar la función divina un paso más y afirmar que sin Dios el mundo se desplomaría en la nada. Parecía como si la existencia fuera tremendamente frágil y requiriera un continuo mantenimiento.  Sin embargo la nada puede subsistir en completa soledad sin sufrir desgaste alguno. Grünbaum llama a esto el “axioma de la dependencia”.

Es más, si analizamos el asunto empíricamente, vemos que lo normal, lo apabullantemete habitual, es la existencia de unas u otras cosas. Entonces, la respuesta a la pregunta por qué el ser y no más bien la nada se responde trivialmente: es que el ser es lo más normal del mundo. Lo que no hemos observado por ningún lado es la nada, por lo que lo que realmente es una rareza, una anomalía, es la misma nada, no el ser. La cuestión realmente interesante y plena de sentido sería: ¿Por qué la nada y no más bien el ser? Pero como el caso es que no se da la nada (es más, tenemos serios problemas para establecer siquiera su posibilidad lógica), no hay pregunta válida. Como concluían los latinos medievales, cadit quaestio, la pregunta cae.

Pero, ¿ya está? ¿asunto zanjado? No sé a vosotros pero a mí me queda la sensación de que no se ha eliminado por completo el problema.  En los soberbios Diálogos sobre religión natural, Hume habla a través de su personaje Cleantes, dando una serie de argumentos a favor de la infinitud temporal del universo.   Dice así: el principio de razón suficiente nos enuncia que todo tiene que tener una causa. Si el universo hubiera surgido de la nada no tendría una causa por lo que violaríamos dicho principio. Si Dios hubiese sido la causa del universo, cabría preguntarse la causa de Dios. Si Dios no tiene causa o decimos que es causa de sí mismo, igualmente violamos el principio. Si, por el contrario, postulamos la infinitud del universo, tendremos siempre causas (infinitas) antecediendo a todo efecto, por lo que no dañamos el principio de razón suficiente. Además, si pensamos, como Aristóteles, que toda explicación es explicación causal, en un universo infinito, al estar contenidas todas las causas, estarán todas las explicaciones posibles. Un universo infinito contiene en sí mismo toda su explicación y no habría que buscar nada fuera de él, sería teóricamente autocontenido. Entonces, en la misma línea de Grünbaum, no habría misterio alguno en la existencia del universo. Cadit quaestio. 

Podemos objetar: vale, cada hecho del universo se explica mediante la causa anterior, perfecto; pero la cadena causal infinita al completo, ¿qué la causó? Cleantes vuelve a la estrategia de la disolución partiendo del empirismo radical propio de Hume: no tenemos experiencia del mundo como totalidad (solo percibimos hechos concretos), por lo que buscar la causa de algo que no sabemos si existe o no es dar un salto metafísico imperdonable. Dicho de otro modo: una cadena de elementos, una serie en su conjunto, no es nada más que los propios elementos que la componen. Una vez explicado cada elemento particular, no es razonable exigir una explicación de todo el conjunto.

 Sin embargo, para los que no somos tan sumamente antimetafísicos como el tenaz escocés, sí nos parece pleno de sentido preguntarnos acerca de la causa del mundo como totalidad, principalmente, porque aunque no tengamos una experiencia directa (una imagen o impresión mental) de la totalidad del universo, sí que parece bastante razonable (de puro sentido común) deducir su existencia. Nadie ha visto China en su totalidad ni puede tener una imagen mental total de China (¿cómo sería algo así?) pero sabemos con cierta certeza que existe, ¿no? Al contrario que piensa Hume, una vez explicado cada elemento particular, es razonable exigir una explicación de todo el conjunto. Pensemos en que tenemos un automóvil y explicamos la función de cada una de sus piezas. Cabría después explicar para qué hemos fabricado el coche o cómo funciona en cuanto a totalidad.

Lo sentimos pero no me terminan de convencer. Sí creo que hay pregunta y sí creo que hay misterio, y no es porque tenga prejuicios propiciados por mi educación religiosa.

 

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Uno de los temas más densa, a la par que infructuosamente, tratados por la tradición filosófica occidental ha sido el de la posibilidad de la nada. Si Leibniz establecía como pregunta fundamental de la metafísica “¿Por qué existe algo en vez de nada?”, parecía primordial definir de algún modo qué significa que algo sea una nada. Para Parménides, el primer metafísico de Occidente, la nada era un contrasentido lógico ya que decir que existía ya era sostener que era algo y, precisamente, la nada se define por no ser nada. Así, la nada era algo en lo que ni siquiera cabía pensar puesto que no podía tener existencia ni siquiera como un objeto mental. La nada era imposible.

Aristóteles, con su sensatez y cordura habituales, siguió a Parménides y expulsó la nada de su física. No existe, todo está lleno de ser. Incluso los aparentemente vacíos espacios interplanetarios estaban llenos de una sustancia divina denominada éter. Todo estaba saturado de ser, sin el más mínimo espacio para la no existencia. Filósofos y científicos siempre han sufrido de horror vacui. Incluso cuando Torricelli produjo por primera vez vacío de forma experimental, se podía seguir argumentando a favor de la no existencia de la nada ¿Cómo?

Si dado un espacio cualquiera quitamos todos los objetos que lo pueblan, incluso el aire, tal y como hizo Torricelli, ¿no estamos ya ante puro y genuino vacío, es decir, ante la nada? No, porque queda el espacio, queda un continente tridimensional donde flotan las cosas. Y de eso no podemos prescindir porque, pensaban todos los físicos de la Edad Moderna, este espacio es inmutable… No hay forma de interactuar con él. Pero es más, no solo no podíamos hacer nada a nivel ontológico sino que tampoco lo podíamos hacer a nivel mental. Para Kant, el espacio era una condición de posibilidad de la percepción de cualquier objeto físico. Sin espacio no podemos imaginar siquiera un objeto en nuestra mente. Intente el lector pensar en una pelota de fútbol sin las categorías de altura, longitud y volumen… absolutamente imposible.

Pero todo cambió con la Relatividad de Einstein. Ahora el espacio era algo que se podía modificar, se estiraba y se contraía como el chicle. El espacio ya no es sencillamente un contenedor, un vacío abstracto en el que está todo, sino que cobra una nueva entidad ontológica: parece ser algo, ya es menos una nada. Edwin Hubble nos dio además un nuevo e importante dato: el universo se expande, es decir, el espacio se hace cada vez más y más grande. Para entender esto todo el mundo recurre a la idea de un globo que se infla, siendo nuestro universo solamente su superficie. Pero aquí se empieza a complicar nuestra comprensión intuitiva de las cosas. Esta metáfora tiene la virtud de mostrarnos visualmente como todos los objetos se alejan a la vez de todos los demás, es decir, lo que realmente significa la expansión del espacio en todas direcciones. Si en el globo dibujamos puntos simulando ser estrellas, al inflarlo todos los puntos crecerán a la vez que se irán alejando de todos los demás puntos. Sin embargo, la limitación de la metáfora está en ver que, realmente, la superficie del globo no puede ser todo lo que existe: hay un interior y un exterior del globo. Nuestro universo globo se estaría expandiendo en un espacio, no sería todo el espacio.

Es por eso que, igualmente, falla la metáfora del Big Bang entendida como una gran explosión. Cuando decimos que, al principio, todo el universo estaba comprimido en una diminuta singularidad, ya estamos fallando en algo pues, ¿qué había fuera de esa singularidad? Nada, podría responderse, ya que todo lo existente se encontraba allí. Pero entonces, ¿qué sentido tiene decir que el universo se expandió? ¿Hacia dónde lo hizo si no había más a donde ir? Todo el mundo suele visualizar en su mente un pequeño punto que, a gran velocidad, va aumentando su radio pero… si queremos aumentar cualquier longitud necesitamos un espacio en el que alargarla… ¿No es entonces un sinsentido hablar de expansión del universo?

El cosmólogo ruso Alexander Vilenkin intentó definir la nada como un espacio-tiempo esférico cerrado de radio cero, cayendo en este mismo problema: si esa nada se transforma en algo y, por lo tanto, aumenta su radio, ¿ese radio se expande hacia dónde? Kant veía estos problemas irresolubles y quizá lo sean. Dentro de la historia de la filosofía y de la ciencia, no he visto otros temas donde las respuestas hayan sido más escasas y precarias.

Pensemos de otra manera. Un universo esférico como el globo de Hubble tiene una propiedad muy interesante. Su superficie es ilimitada pero finita, al igual que la de una cinta de Moebius. Tú puedes estar dando vueltas y vueltas a un globo que jamás encontraras nada que pare tus pasos, ninguna frontera ni muro que ponga un límite a tu trayectoria. Sin embargo su superficie es finita, es decir, que podemos calcularla y nos dará un número finito normal y corriente (4πr²). En la visión de Vilenkin, y de muchos otros, está la idea de que nuestro universo puede ser algo así: finito (con una longitud y una cantidad de materia y energía finita) pero ilimitado (no hay un muro detrás del cual esté la nada). Tiene sentido pero nos encontramos con que es difícil (más bien imposible) extrapolar la metáfora del globo de Hubble a un mundo tridimensional ¿Cómo podemos imaginar un espacio con altura, longitud y volumen que sea finito pero ilimitado? Yo no encuentro el modo.

Por otro lado la infinitud del universo, la alternativa a la nada, también parece compleja. El mismo Kant pensó que si el pasado era temporalmente infinito nunca podríamos llegar al día de hoy, ya que para que éste llegara deberían pasar infinitos días. Según Holt nos cuenta, Wittgenstein argumentaba igual con un divertido chiste: Nos encontramos a un tipo que recita en voz alta: “9… 5… 1… 4… 1… 3… ¡Fin!” ¿Fin de qué?, le preguntamos. “Bueno – dice aliviado -, he enumerado todos los dígitos de π desde la eternidad hacia atrás, y he llegado al final”.

Ni contigo ni sin ti. Mal concepto éste de la nada.

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Cuenta Oliver Sacks en Un antropólogo en Marte la historia de un pintor que, debido a una lesión cerebral, sufre una acromatopsia muy limpia (sin verse interferida por otros trastornos). Su área cerebral V4, del tamaño de una judía, había sido dañada, por lo que había perdido toda visión del color. Sin embargo, en contra de lo que podría pensarse, este desafortunado pintor (hay que tener mala suerte de dedicarte a los colores y sufrir, precisamente, este rarísimo trastorno), no veía simplemente en blanco y negro, o en tonos de gris, sino de una forma mucho más extraña.

Si nos vamos a la teoría física del color, descubrimos que los objetos absorben la luz que les llega según su cambiante longitud de onda. Un objeto, por ejemplo, de color rojo, absorbe toda la luz menos la que le llega con una longitud de onda de alrededor de 650 nanómetros, la cual es reflejada, rebota en la superficie del objeto y llega a nuestra retina. Debido a los constantes cambios de luminosidad (diferentes tipos de luz, momentos del día, sombras y reflejos proyectados sobre el objeto, movimiento…) la longitud de onda que nos llega de un mismo objeto es muy variable. Sin embargo, nosotros, seguimos percibiendo el mismo objeto a pesar de ser cambiante. Es lo que se llama constancia del color: para que la realidad sea coherente, comprensible, simple, re-pintamos los colores haciéndolos más estables de lo que realmente son.

En la celebérrima ilusión óptica del tablero de Adelson, las casillas A y B son exactamente del mismo color a pesar de que todos apostaríamos hasta nuestro último céntimo de euro a que son diferentes. Al ser del mismo color, en condiciones de luminosidad normales, nuestro cerebro las recibe con la misma longitud de onda. Sin embargo, las interpreta, las colorea,  de forma diferente porque quiere que la imagen sea coherente y comprensible. Así, sigue la lógica del tablero de ajedrez (toda casilla rodeada de casillas oscuras será más clara) y de la sombra que proyecta el cilindro (la sombra oscurece unos tonos la casilla clara). Nuestra percepción no es un fotómetro pasivo, sino que reconstruye lo que ve en función del contexto, de las expectativas y de la experiencia pasada del sujeto.

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El paciente de Sacks relataba que tenía enormes problemas para conducir porque confundía sombras proyectadas en la calzada con grietas. Había perdido toda su constancia perceptiva, por lo que su mundo se volvía mucho más inestable, cambiante, porque cualquier cambio de luminosidad implicaba un cambio en el objeto o en la situación a percibir. Según Sacks, su percepción visual estaba atrapada fundamentalmente en la corteza visual primaria (V1), en un mundo precromático (del que quizá no podía decirse ni que estaba coloreado ni que estaba sin colorear), una realidad que los que vemos con normalidad no podemos imaginar (al igual que a un ciego de nacimiento le es imposible imaginar cualquier color). Por eso el pintor no era capaz de describirlo con exactitud, no tenía palabras para hacerlo, y esa incomprensión lo frustraba aún más.

El señor Jonathan I. (seudónimo para respetar la privacidad del paciente) hablaba de un mundo de pesadilla. Los tonos claros eran vistos como blancos sucios, enfermizos, mortecinos (de hecho tenía muchos problemas para comer porque el aspecto de los alimentos le daba asco). Los blancos eran demasiado deslumbrantes pero descoloridos, color hueso, y los negros eran cavernosos. Experimentaba un excesivo contraste y una falta de sensibilidad a variaciones tonales sutiles, lo que causaba que, a veces, viera un objeto solamente como una mera silueta oscura dentro de la que no podía distinguir nada, en un fuerte contraste con un fondo claro. Además, todo estaba envuelto en una neblina grisácea… todo parecía falso, postizo, antinatural… Incluso las personas le parecían “estatuas grises y animadas” y el color carne se le antojaba “color rata”. Por buscar analogías para hacerse comprender, Jonathan hablaba de que su realidad estaba iluminada por una lámpara de sodio (que suele eliminar color y sutileza tonal) o como si fuera una foto hecha por un carrete Kodak Tri-X con la velocidad de obturación forzada como la que sigue.

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La fotografía vista desde la distancia de nuestro mundo en color es bonita, pero piense el lector en vivir atrapado en una realidad así, en la que el rostro de la señorita tiene siempre esas tonalidades… Creo, dentro de lo posible, entender la pesadilla que estaba viviendo Jonathan I.

Pero lo sumamente interesante de este caso es que, según Sacks entiende, Jonathan percibía, por así decirlo, longitudes de onda puras, es decir, una realidad menos construida, menos interpretada o procesada (y, por lo tanto, falseada), la de la corteza visual primaria. Colorear la realidad, tal y como hace el área cerebral V4 es reconstruirla para hacerla más estable y coherente, pero al hacerlo se la falsea al igual que pasa con el escaque B del tablero de Adelson. Podría entonces decirse que Jonathan I. estaba más cerca de la realidad en sí, del mundo “sin añadidos humanos” (sin categorías kantianas) que estamos los que vemos en color. Empero, ¿había accedido Jonathan a un conocimiento superior, más verdadero y revelador que el que tenemos los demás? Rotundamente no.

Simplemente, Jonathan I. cambió de mundo perceptivo, no llegó a otro mejor. Sacks nos cuenta que, después de una primera época de rechazo y depresión, terminó por acostumbrarse e, incluso, por ver esa forma diferente de contemplarlo todo como un don del que ya no estaba dispuesto a renunciar. Comenzó a pensar que los colores (que terminó por olvidar por completo) eran un estorbo que impedían la observación de ciertas texturas y estructuras sutiles que solo ahora podía contemplar. Se volvió noctámbulo y afirmaba disfrutar del mundo de los bares o restaurantes nocturnos, de como “la oscuridad entraba en ellos”. El plástico cerebro de Jonathan se adaptó a su nueva circunstancia.

Fotografía de Ofri Wolfus

Now

La sensación subjetiva del paso del tiempo es variable. Todos hemos sentido ese rato de espera interminable o ese atasco de tráfico desesperantemente largo, mientras que ese noche tan divertida entre amigos o esa magnífica clase de ese profesor tan bueno (como las que yo doy of course), duraron un suspiro ¿Por qué lo bueno dura poco y lo malo dura mucho?

John Wearden, de la Universidad de Keele (Reino Unido) sostiene que cuando el tiempo pasa rápido es en situaciones en las que hemos estado tan concentrados en lo que sucedía que en ningún momento nos hemos puesto a pensar en el paso del tiempo. Habitualmente tienen que ser indicadores externos los que nos informen de ello: cierran la discoteca, se hace de noche de repente  o nos llaman por teléfono para decirnos que nos hemos entretenido y que llegamos tarde. Cuando el tiempo pasa rápido siempre nos percatamos después de una inferencia a posteriori, nunca en el mismo momento en que el tiempo pasa. En cambio, cuando notamos que el tiempo pasa lento es siempre en circunstancias en las que no tenemos ninguna actividad en mente, momentos de aburrimiento. Solo entonces sentimos el lento pasar del tiempo en vivo y en directo.

¿Qué podemos deducir de aquí?

  1. Tenemos un “sensor” o un “sentido interno” para captar (o construir) el paso del tiempo. Wearden se queja de que en los manuales de psicología de la percepción se dedican muchísimas páginas a la percepción visual o auditiva, mientras que, casi siempre, no hay nada acerca de la percepción temporal. La razón es que no es evidente la existencia de un sentido para el tiempo, de modo tan patente como en los sentidos tradicionales: ojo, nariz, oído, piel… El sentido que capta el tiempo está en el cerebro y cada vez vamos sabiendo mejor dónde: ganglios basales, cerebelo, hipotálamo y córtex frontal intervienen en nuestra percepción temporal.
  2. Decir que “me doy cuenta de que el tiempo pasa despacio” no es más que una forma ilusoria de decir “no hay cambios a mi alrededor”. Percatarse de la lentitud del paso del tiempo podría ser, sencillamente, una muestra de aburrimiento ante la ausencia de una novedad importantísima para el aprendizaje y desarrollo humanos. Solemos estar siempre ávidos de novedades, sedientos de que pase algo diferente, por lo que la percepción del tiempo subjetivo podría ser solamente la expresión de esta necesidad y no una medición objetiva de lo que está pasando. Realmente, el tiempo a escala humana no se acelera ni se desacelera de modo perceptible (ya que no viajamos a velocidades cercanas a la luz), de modo que esa sensación de paso rápido o lento, es ficticia.
  3. Esto no quiere decir que el tiempo objetivo no exista (si bien filósofos como Kant o, actualmente, físicos como Julian Barbour, así lo han sostenido) ni que no captemos realmente su paso. Este sensor ligado a los acontecimientos no es el único reloj del que disponemos. Se han realizado multitud de experimentos en los que se estudiaba la precisión con la que individuos calculaban el paso del tiempo (por ejemplo, una duración de tres minutos) y, los resultados concluían que somos bastante buenos haciéndolo (el promedio de error rondaba los pocos segundos para sujetos jóvenes), lo cual, necesariamente indica la existencia de relojes internos bien diseñados para su función. Además, si pensamos en la práctica de ciertas actividades, necesitamos relojes muy precisos que funcionen al orden de milisegundos. Cuando hablamos o escuchamos música, tenemos que ser capaces de diferenciar sonidos o fonemas de  cortísima duración que se suceden a un ritmo frenético. Así mismo, cuando practicamos un deporte y, por ejemplo, interceptamos una pelota, la velocidad de la acción implica toma de decisiones (casi siempre cuasi-inconscientes) igualmente rápidas, surgidas de mediciones muy exactas. Nuestra mente tiene muchos relojes para diferentes funciones que pueden incluso interferirse y contradecirse. Podemos sentir que las horas se hacen larguísimas pero los días o los años pasan muy rápido. En la medición del tiempo vivencias, emociones y experiencias, se mezclan con diversos cronómetros corporales que, a la vez, utilizan indicadores internos (químicos) y externos para orientarse. De nuevo, una función mental es mucho más compleja  de lo que parecía.

 

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Los antiguos establecieron la triada presente, pasado y futuro para describir el tiempo como algo que fluye, un río que avanza sin que nadie pueda detenerlo. Quizá la inexorabilidad de su paso es lo que más se haya repetido en la literatura occidental: no podemos parar el tiempo por mucho que lo hayamos deseado. El pasado queda atrás inamovible, con todos nuestros grandes errores allí sin que podamos hacer nada para que jamás hubieran ocurrido; el presente se disuelve, pasa efímero y se nos escapa de las manos como un puñado de arena entre los dedos; y llega el futuro, siempre impredecible y aterrador, destino último de todo, en dónde para colmo, nos espera la vejez y la muerte.

El tiempo se ha entendido como un presente móvil, que transcurre a un ritmo regular, tan regular que todos los seres humanos (y no humanos) parece que vivimos exactamente en el mismo momento del presente. Percibimos una absoluta sincronicidad temporal entre todos los objetos del universo ¿Por qué? Una excelente cuestión filosófica es preguntarse: ¿cómo es posible que toda la diversidad de organismos que vivimos en el universo (al menos los que tenemos noción del tiempo) percibimos el ahora exactamente en el mismo momento?

La respuesta tradicional la encontramos en la física newtoniana: es que el tiempo es algo real, externo a nosotros y objetivo, un horizonte universal en donde todo sucede. La flecha del tiempo es ontológicamente real. Para Newton, si hay dos entidades inmutables e inmóviles son el espacio y el tiempo. Ambos serían los continentes del universo y todos los objetos del universo su contenido.

Sin embargo, ya muchos sospecharon de que algo no funcionaba bien en esta visión. En primer lugar, el tiempo es algo de lo que empíricamente no tenemos constancia alguna: no se ve, ni se huele, ni se oye ni se puede tocar… Lo único que podemos percibir con su paso son los procesos físico-químicos que observamos en la naturaleza. Yo observo a un ser humano envejecer y, al hacerlo, observo una infinidad de procesos biológicos pero… ¿observo el tiempo mismo por algún lado? No, ¿y si realmente todo esto es una ilusión?

La relatividad de Einstein lo dejó claro: esa sincronicidad temporal sí era una ilusión. El tiempo pasa más rápido o más lento en función del movimiento que realice el objeto. El tiempo puede estirarse y contraerse y no para todo el mundo de la misma manera sino de forma diferente para todos. Esta idea es de las más contraintuitivas que jamás se han propuesto: ¿cómo es posible que mi presente sea diferente al de cualquier otra persona? ¿Cómo podemos vivir en tiempos diferentes si, claramente, veo que vivimos en el mismo? Pero, ¿qué es el presente? ¿Cuánto dura?

En un interesante, y muy divulgado, experimento de los investigadores del MIT Jason Fischer y David Whitney, sometieron a un grupo de sujetos a la visualización de varias series de parches de Gabor. Se les mostraban las imágenes durante medio segundo y se les pedía que describieran los ángulos de inclinación. El experimento concluía que los resultados de las visualizaciones anteriores interferían en los resultados de las siguientes. Por ejemplo, si se mostraba un grupo de líneas paralelas en horizontal y, a los pocos segundos, otro de líneas paralelas en vertical, el sujeto concluía que las segundas no eran totalmente verticales sino que estaban inclinadas.

Los efectos de la distorsión disminuían cuando, entre la visualización de ambas imágenes, pasaban más de quince segundos. De aquí concluyeron Fischer y Whitney que nuestro presente es algo así como el promedio de los últimos quince segundos. Pero, ¿por qué hace esto nuestra mente? Porque, en general, nuestro mundo tiene una cierta estabilidad, por lo que si pretendes acertar haciendo predicciones muy rápidas, parece una excelente estrategia apostar por cierta estabilidad, porque las cosas no cambien en un corto periodo de tiempo. A este intervalo lo han llamado “campo de continuidad”, es decir, el lapso de tiempo en el que la realidad nos parece continua porque conectamos, ya sea correcta o erróneamente, los eventos que en ella suceden.

Estas ideas encajan muy bien con las de Tononi o Dehaene acerca de la consciencia. Estos dos conocidos neurocientíficos piensan que la consciencia de algo surge cuando hay una alta integración de información de diversas fuentes. Cuando yo percibo un suceso integro mucha información sensorial (veo muchas formas y colores, oigo, toco, huelo…) de modo que la unifico en una representación consciente. El “campo de continuidad” es una forma de integración de información, es una forma de hacer coherente un caos de estímulos perceptuales, para poder intervenir en la realidad de la forma más eficaz posible.

Otros experimentos realizados por el famoso Benjamin Libet (descritos en su libro Mind Time: The temporal factor in consciousness. Por supuesto, no traducido al castellano) nos muestran el tiempo mínimo para que algo sea captado a nivel consciente. Situando electrodos en la corteza somatosensorial del cerebro de los sujetos experimentales, Libet comprobó que si aplicaba pequeñas descargar eléctricas de menos de 500 milésimas de duración, dichos sujetos no percibían nada a nivel consciente (ya ves tú que experimento más complejo). No podemos captar conscientemente nada que dure menos de medio segundo (esta cifra ha sido corroborada también con experimentos del equipo de Dehaene). A nivel inconsciente somos mucho más rápidos, del orden de milisegundos. Téngase en cuenta que siempre tardamos algo de tiempo en procesar la información recibida, de modo que desde que un estímulo visual golpea nuestra retina hasta que esta información es procesada en diversas partes de nuestro cerebro hasta hacerla consciente, pasa tiempo. Vivimos siempre con algo de lag, siendo conscientes de la realidad con un pequeño retraso con respecto al presente. Evidentemente, en términos evolutivos, ese retraso ha de ser el menor posible si queremos sobrevivir por lo que, al menos a nuestra escala (comparados con competidores biológicos), no somos demasiado lentos: podemos cazar moscas.

En esta línea parece justificado identificar la consciencia con la memoria a corto plazo (MCP) y con mi sensación de presente. La MCP es como una especie de memoria RAM o de trabajo (hay psicólogos que distinguen MCP de memoria de trabajo, pero a mí no me convence la distinción) que utiliza mi mente para afrontar las situaciones cotidianas de modo eficiente. Si la consciencia tiene algo que ver con la integración de información en un determinado momento del tiempo (llamémosle presente) para hacerla útil, parece que hablar de consciencia, MCP y sensación de presente es básicamente lo mismo.

Otro experimento, igualmente muy divulgado, lo llevó a cabo la psicóloga del desarrollo de la Universidad de Dundee, Emese Nagy. En él, sencillamente, se medía la duración de los abrazos que atletas olímpicos se daban después de cada competición. Se estudió la duración de 188 abrazos entre jugadores de 21 deportes distintos y de 32 países diferentes. Había abrazos más largos (a sus entrenadores) y más cortos (a sus rivales), pero el promedio rondaba los tres segundos. Nagy piensa que esta cifra es extensible de los abrazos a otras muchas acciones cotidianas, de modo que tres segundos puede representar la duración del “presente psicológico” o “sentimiento del ahora” de nuestra especie.

Un estudio anterior realizado por Geoffrey Gerstner y Louis Goldberg, extendía esos tres segundos a seis especies de mamíferos no-primates (canguros, corzos, jirafas, mapaches, okapis y osos panda). Se observó el tiempo que tardaban en realizar diversos eventos modelo de movimiento (masticar, defecar, manipular u observar algo, etc.) y, si bien la duración era variable, el promedio daba el mismo número mágico: tres segundos. Gernstner y Goldberg concluían que esta constante común a diversos órdenes de mamíferos puede representar algún mecanismo neural ancestral. Parece que nuestra concepción del tiempo viene de mucho tiempo atrás.

P.D.1: En el campo de la física, un contraste de ideas muy interesante sobre la existencia real o no del tiempo, la tuvieron Julian Barbour y Lee Smolin. Hablaremos algún día de ello.

P.D.2:  Estoy preparando un artículo mucho más largo y profundo que éste (que es una mera chuchería) para Xataka que en breve saldrá publicado. Ya os avisaré.

Burgess Shale

Si datamos el origen de la vida en unos 3.800 millones de años (el estromatolito fósil más antiguo conocido mientras escribo esto tiene una antigüedad de 3.496 millones de años) y datamos la aparición de la célula eucariota hace 1.800 millones, los organismos procariotas estuvieron más de la mitad de la historia biológica en completa soledad.

Esto parece un excelente argumento contra cualquier idea de progreso evolutivo. Si creemos que la vida evoluciona haca una mayor complejidad, diversidad, adaptabilidad o, apostando fuerte, a la aparición de la inteligencia y, a la postre, del ser humano, deberíamos poder explicar por qué en más de la mitad de la historia de la vida parece que no pasó demasiado (si bien yo no creo que pasara tan poco: las bacterias ya me parecen seres bastante complejos).

Pero es más, el asunto es que, aún después de la aparición de organismos tan complejos y sofisticados como fueron los dinosaurios o lo son los mamíferos, las bacterias siguen con nosotros formando una parte importante de la biota. Jay Gould bromea afirmando que en la actualidad estamos todavía en la era de las bacterias. Un segundo argumento contra el progreso: si nos dirigimos hacia organismos más y más complejos, ¿por qué no se extinguen los más simples sino que siguen entre nosotros? ¿Por qué simplicidad y complejidad conviven y no siempre lo más complejo es lo más apto? ¿Por qué se han extinguido especies tan sofisticadas como el Neanderthal y sigue con nosotros algo tan simple como el Streptococcus pneumoniae?

Hace 540 millones de años ocurre el mayor milagro en la historia de la vida: la explosión cámbrica. En un tiempo muy corto (en términos geológicos) tenemos una increíble multiplicidad de seres vivos (muchos de ellos sin precursores de ningún tipo. Parecen surgidos de la nada). En el célebre yacimiento de Burguess Shale (Parque Natural de Yoho, Cánada) encontramos una variedad de diseños anatómicos tal que iguala, e incluso excede, la moderna gama de metazoos de todo el mundo. La mayoría de los phylum de los animales del presente  estaban ya allí (junto con otros que ya no se encuentran en la actualidad). Nuevo argumento contra el progreso: ¿cómo es que hace 540 millones de años había más biodiversidad que ahora? Y otras preguntas inquietantes serían: ¿por qué surgieron todos los planes corporales súbitamente en esta época? ¿Por qué no han surgido nuevos desde esa fecha?

Respuestas posibles: desde la ecología se postula que los principales phylum quedaron establecidos debido a que se en ese momento se colonizaron los principales nichos ecológicos. Explicado para dummies: si vives en un planeta que, imaginemos, solo tiene montañas y mares, en un momento determinado los habitantes de tu mundo colonizaran ambos entornos, y entonces tendrás dos tipos fundamentales de organismos: los adaptados a las montañas y los adaptados a los mares. Pues ese momento determinado para el ecosistema terrestre pudo ser la explosión cámbrica.

Y desde la genética del desarrollo: los primeros animales pluricelulares (inmediatamente anteriores al Cámbrico) tendrían gran flexibilidad para el cambio genético y el desarrollo embrionario, por lo que dieron lugar a una enorme biodiversidad que se fue restringiendo a medida que los diferentes tipos de organismos fueron adquiriendo patrones de desarrollo estables y prósperos. El Cámbrico habría sido algo así como el gran momento de experimentación, el gran laboratorio de la historia de la vida cuyo resultado fue una serie de diseños bien adaptados que ya no se modificaron esencialmente en la historia evolutiva posterior. Por ejemplo, aquí surgen los esqueletos, una magnifica adaptación que ha seguido funcionando muy bien en los siguientes quinientos millones de años.

La fauna de Burguess Shale es muy sorprendente. Encontramos seres con cinco ojos y una especie de tentáculo terminado en una boca o pinza como es Opabinia (este bichejo siempre me recuerda al, algo posterior, monstruo de Tully):

 Opabinia_eberly_college_illustrationO Hallucigenia, sobre la que se discute todavía acerca de dónde tendrá la cabeza y dónde la cola:

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El mismo Darwin veía en esta rápida radiación de biodiversidad una objeción contra su teoría. Si mantenía que las especies evolucionan a través de pequeñas variaciones graduales, un salto tan abrupto como la explosión cámbrica no encajaba. Lógicamente, los creacionistas veían en Burgess Shale una nueva tanda de especies creada por la omnipotencia divina. Darwin confiaba en que esto era causa de las deficiencias del registro fósil de su época que se subsanaría con nuevos descubrimientos paleontológicos. Sin embargo, eso no ha sucedido. Nuestro registro fósil actual es mucho mejor que el del siglo XIX pero la explosión cámbrica sigue siendo una clara explosión.

Pero no, amigos creacionistas, en el fondo no hay ningún problema ni ninguna objeción sólida al darwinismo, ni mucho menos a la misma teoría de la evolución. La “explosión” no se dio de la noche a la mañana, sino en un periodo de varios millones de años. Ciertos estudios hablan  de que hubo un cambio evolutivo muy acelerado (cambios genéticos más de cinco veces más rápidos de lo normal) que ocasionó que lo que habitualmente necesitaría unos 150 millones de años para evolucionar, lo hizo en unos treinta. Pero, note el lector que treinta millones de años es tiempo más que suficiente para dar a luz a toda la biodiversidad de Burgess Shale de modo perfectamente gradual. Que la evolución, habitualmente, siga un camino gradual no quiere decir que no pueda tener periodos de aceleración y desaceleración.

Lo que no queda nada claro es el porqué de esta aceleración: ¿qué causó una evolución tan rápida? Se han propuesto muchas hipótesis plausibles (y no excluyentes): grandes cambios climáticos como pudieran ser glaciaciones, el aumento de oxígeno atmosférico o la capacidad de estos organismos de generar colágeno (componente esencial de la piel y los huesos de todos los animales) y la biomineralización generalizada de los invertebrados que dio lugar a grandes posibilidades en el diseño de nuevas criaturas. Mi favorita es, sencillamente, la competencia ecológica dada tras la aparición de un montón de adaptaciones cruciales en la historia evolutiva como la visión, la natación activa o la depredación. La presión selectiva tuvo que ser muy alta, lo que ocasionó rápida evolución.

Repetimos la conclusión del otro día: no hay ninguna dirección ni progreso de ningún tipo en la evolución: es un proceso ciego y ateleológico.

Ah, se me olvidaba, por si quieres seguir leyendo, dos artículos míos en Xataka:

La historia de una de las ideas más peligrosas jamás pensada: la teoría de la evolución

Éticas de silicio: las leyes de la robótica en la era de los robots asesinos

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Antes de nada, tenemos tres posturas sobre el origen evolutivo de la mente:

  1. La mente como fruto de la evolución constituye una adaptación al medio. Grave problema: podemos explicar nuestro conocimiento y forma de actuar ordinarias, pero nos sería muy difícil explicar el conocimiento avanzado (el científico) ¿Descubrir las ondas gravitacionales es algo que va a aumentar claramente la eficacia biológica de sus investigadores? Tener un gran conocimiento del mundo a escala mesoscópica parece una gran adaptación pero, ¿para qué a escala cósmica o microscópica? En fin, que si parece que es más fácil y económico conseguir el éxito reproductivo en una discoteca que en un acelerador de partículas… ¿para qué un acelerador de partículas?
  2. La mente es un efecto colateral o epifenómeno de otras adaptaciones al medio. Problema: parece que gran parte de las habilidades cognitivas de un sujeto sí que son adaptaciones… ¿no sería un tanto extraño que la evolución hubiera premiado tanto tener un cerebro tan grande si no tuviera utilidad adaptativa alguna?
  3. La mente es algo bastante complejo y chapucero (realmente son muchas cosas) por lo que contendrá adaptaciones y efectos colaterales de esas adaptaciones y de otras que no tendrán nada que ver con la mente. Problema: es muy difícil diferenciar qué es una adaptación, qué lo fue y ya no lo es, qué lo fue pero ahora lo sigue siendo aunque para otra cosa, etc, etc. No obstante, es el camino a seguir. Ingeniería inversa, historia biológica y adelante.

Aceptando 3, llegamos a tres nuevas posturas con respecto al conocimiento:

  1. Realismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, cómo mínimo, lo suficientemente válido para que hayamos podido sobrevivir. El argumento clásico a favor es decir que si no conociéramos correctamente el mundo no hubiéramos sobrevivido como especie. Parece evidente que si confundes un depredador con una presa, poco durarás en la lucha por la supervivencia. Además, habría cierta evidencia empírica a favor, a saber, comprobar que, en general, tanto nuestros sistemas perceptivos como de toma de decisiones (tanto a nivel consciente como inconsciente) suelen acertar. A pesar de cometer errores, solemos movernos bastante bien en nuestro entorno. Problema: realmente, para sobrevivir, no hace falta tener una información ni completa ni siquiera fidedigna de la realidad (ahora veremos en qué sentido), tan solo la que sea útil para sobrevivir.
  2. Ficcionalismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento fundamentalmente falso acerca de la realidad porque, en general, la mentira es más rentable que la verdad.  Por ejemplo, suele argüirse que las religiones o los patriotismos nacionalistas son teorías falsas que sirven muy bien para cohesionar un grupo y, en consecuencia, mejorar las posibilidades de supervivencia de sus miembros. Problema: la evidencia parece ir al lado contrario: a pesar de que la mentira pudiese ser rentable en casos puntuales, más rentable será la verdad.  No obstante, entendiendo el ficcionalismo tal y como lo entiende Nietzsche, en el sentido de que el conocimiento no es verdadero ni falso, sino como algo diferente, un instrumento al servicio de la vida, es decir, una especie de ficción útil, la cosa no va tan desencaminada y nos lleva a una tercera opción…
  3. Pragmatismo: La mente como fruto de la evolución nos proporciona un conocimiento, únicamente, útil para sobrevivir. Parece una imperdonable pérdida de recursos diseñar organismos para conocer toda la realidad. Y, en este sentido, parece más económico hacer un sistema simbólico que impulse a pautas de acción adecuadas para la supervivencia que un sistema que replique la totalidad de lo real. Por ejemplo, parece más barato tener una luz roja que se encienda cuando hay peligro, como puede ser el dolor de garganta ante una infección vírica, que no  un informe detallado de todos y cada uno de los millones de virus presentes en la faringe. El dolor no tiene ninguna similitud, no tiene parecido alguno a un virus y, sin embargo, de un modo biológicamente barato (no hay un gran procesamiento de información) me informa de la presencia del patógeno (o, al menos, de que algo va mal) y, además, me impulsa con mucha urgencia a hacer lo posible por reducirlo.

El pragmatismo, no obstante, tiene que hacer cierta concesión al realismo. Si seguimos con el ejemplo del dolor de garganta, el símbolo “dolor” debe activarse tras la detección veraz de la amenaza, es decir, realmente deben existir virus en mi garganta. Mi organismo, en un principio, debe percibir correctamente lo que le pasa para que “la transformación simbólica” tenga sentido evolutivo.  Aunque a mi consciencia solo llegue un símbolo sin relación alguna con la realidad, mi organismo tiene que “conocer” o interactuar de algún modo con lo real para que tenga sentido mandar la información simbólica.

Objeción: ¿no parece que la cantidad de información que manejamos es muchísimo más alta que la necesaria para la eficacia biológica? El impresionante detalle con la que se nos presenta la información visual… ¿para qué tanta? ¿No hay una enorme inflación informacional?

Posible respuesta 1 : en la clásica carrera armamentística entre organismos luchando por sobrevivir, se perfeccionaron los sistemas perceptivo-cognitivos mucho más de lo que, a priori, pueda parecernos necesario. Si quiero transmitir mis genes, compito con otros, por lo que tanto al combatir con ellos como al competir por pareja he de ser el mejor, por lo que no hay techo en la mejora de cualquiera de mis facultades.

Pero no nos convence: ¿realmente otorga ventaja con mis competidores la nitidez  y riqueza de detalles con la que contemplo la realidad? ¿Qué ventaja me da ante otro tipo con el que me peleo por una hembra distinguir tres tonos de rosa más que él? Está muy bien saber calcular un poquito para sobrevivir pero… ¿para qué sistemas de ecuaciones no lineales? Está muy bien tener visión espacial pero… ¿resolver un cubo de Rubik? Está muy bien tener buena memoria pero… ¿memorizar más de cien mil dígitos de pi?

Posible respuesta 2: Como dijimos al principio de la entrada, mucho de este excedente podría deberse a efectos secundarios de adaptaciones. Por ejemplo, si tengo facultad para imaginar diversos futuros alternativos para escoger la mejor planificación de una acción determinada, también podré imaginar mundos fantásticos sin ninguna utilidad.

Algo mejor pero nos sigue rechinado: parece que en algunos caso podría ser esa la causa pero parece mucha causalidad que, prácticamente, todas nuestras capacidades cognitivas sean muchísimo más avanzadas que lo necesario para sobrevivir y reproducirse: demasiado léxico, demasiada gramática, demasiado cálculo, demasiada imaginación, demasiada cultura…

Creo que la psicología evolucionista todavía no tiene una explicación sólida al excedente de facultades cognitivas propio del ser humano. Recuerdo una entrada en la que hablábamos de cómo el psicólogo Geoffrey Miller intentaba explicar el tema referido al lenguaje humano, y que, al igual que ahora, no nos terminamos de convencer.

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¿Qué pasaría si encontráramos nuestro cerebro en una cubeta, conectado a un computador programado para hacer creer a dicho cerebro de que vive en el mundo real?

Descanse en paz, uno de los grandes de la segunda mitad del XX.

PD: absolutamente lamentable el nulo eco mediático en el mundo hispanoparlante de la noticia de su muerte el pasado 13 de marzo.