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Cuando comienzas una discusión con un buen filósofo sobre, pongamos por ejemplo algo que está muy de moda en estos días como es la libertad, más pronto que tarde, te pedirá que se la definas. Y es que los filósofos saben que gran parte de los malentendidos vienen de no tener clara la definición del concepto en liza ¿Libertad de qué? ¿De poder tomarnos unas cañas, de poder cambiarnos de sexo o de poder pagar a nuestros empleados el sueldo que se nos antoje?

Sin embargo, es muy curioso, cuando no un total escándalo, que si nos adentramos en las principales disciplinas académicas, nos encontramos con que en, prácticamente ningún concepto fundamental, hay acuerdo alguno. Si nos vamos a la biología no hay definiciones consensuadas de vida, adaptación, gen, especie, raza… ¡Conceptos cruciales sobre los que se sustenta toda la biología! En la física igual: materia, tiempo, espacio, partícula, energía… Puede haber modelos matemáticos que permiten precisas predicciones, pero definiciones en román paladino no hay en las que todos confluyan. Y si ya nos vamos a disciplinas cuyo objeto es menos tangible como la psicología, la disparidad se multiplica: ¿Qué es la mente, la inteligencia, la personalidad? ¿Qué es enfermedad mental y qué no lo es? Nos encontraremos con tantas definiciones como escuelas, corrientes o incluso psicólogos particulares. Imagine el lector en el campo en el que yo ahora investigo, la consciencia, el número de definiciones distintas y la confusión que generan.

Desde luego, esto daría para caer en un escepticismo duro, concluyendo que nuestras ciencias son un desastre mayúsculo y que jamás llegaremos a ningún conocimiento certero sobre la realidad ¿Cómo los científicos pueden decirnos algo con sentido si no pueden definir de lo que nos hablan? No tan rápido. Me gusta citar una anécdota que no recuerdo donde leí pero que dice así: estaba Francis Crick dando una larga conferencia sobre el ADN cuando un oyente le espetó: “Profesor Crick, lleva usted varias horas hablando de seres vivos pero no nos ha definido en ningún momento qué es la vida”. Crick respondió: “Dejemos las cuestiones de higiene semántica para los filósofos”. Moraleja: un eminente científico podía hacer avanzar la ciencia, tanto como para descubrir la estructura del ADN, sin tener una definición clara y precisa de su objeto de estudio.

Vamos a aproximarnos un poco a lo que entendemos por definición. Definir algo no consiste en captar su esencia, en descubrir un “secreto” que el objeto a definir guardaba “dentro”. Definir algo es, sencillamente, distinguirlo de cualquier otra cosa. Así, cuando defino “silla” lo que pretendo es que mi interlocutor no confunda en su mente una silla con una mesa o con un sofá. La RAE la define como “Asiento con respaldo, generalmente de cuatro patas, en el que solo cabe una persona”. A bote pronto, parece una definición bastante aceptable. Al decir que “generalmente tiene cuatro patas” seguimos entendiendo como sillas aquellas de diseño que puedan tener, por ejemplo, solo tres patas. Sin embargo, me parece que el punto débil de la definición está en la parte final: “…en el que solo cabe una persona”. Si en una supuesta silla se sientan dos niños… ¿deja de ser una silla? O si en ella no cabe una persona obesa… También podemos pensar en una silla en miniatura de una maqueta… ¿no es una silla?

Aquí entran las tareas de “higiene semántica” de los filósofos a las que se refería Crick. Estos tipos raros dedicarán horas y horas a intentar encontrar definiciones más precisas. Sin embargo, pensemos que aunque nuestra definición de silla no sea perfecta, la mayoría de la gente comprende perfectamente qué es una silla y la distingue muy bien de cualquier otro objeto. Solo en poquísimos casos limítrofes nos encontraríamos con objetos que no sabríamos decir si son sillas o no. Incluso en el caso de una silla en miniatura, cuando se incumple claramente la tercera cláusula de la definición, todo el mundo la sigue llamando silla sin ningún atisbo de duda. Las definiciones funcionan muy bien aunque no sean perfectas. Incluso solemos saber identificar y distinguir muy bien los objetos sin tener siquiera una definición elaborada lingüísticamente en nuestra mente. Por ejemplo, si me preguntan ahora qué es un tigre, tendré que estar un rato pensando qué cualidades lo distinguen de otros seres, y quizá no llegue a ninguna buena definición; empero, habitualmente, puedo diferenciar a un tigre de cualquier otro ser con bastante competencia.

Además, y esto es lo importante, las definiciones evolucionan a lo largo de la investigación. Si, antes de comenzar a investigar, ya tenemos una definición definitiva… ¿Qué sentido tiene entonces la investigación? Pensemos en la historia de los átomos. Desde que los atomistas griegos los definieran como los últimos componentes de la materia (ἄτομος : “indivisible”), hasta la actualidad, su definición ha variado enormemente. Desde que Platón entendiera los átomos como sólidos regulares, pasando por Dalton, Thomson, Rutherford, Bohr o Schrödinger, ha llovido muchísimo. De hecho, la definición inicial ya no nos sirve para nada: los átomos no son los componentes últimos de la materia, ya que están divididos en muchas otras partículas más pequeñas. Ahora sabemos que los átomos y sus componentes tienen propiedades que antes desconocíamos y que podemos incluir en su definición. Sabemos que hay muchos tipos, tamaños, de diferente composición… Hablamos de masas, cargas, spines, fuerzas, enlaces… Nuestro conocimiento se ha ampliado con una gran riqueza de nuevas notas, y también de nuevos interrogantes ¡Eso es progreso científico!

Durante algún tiempo me preocupó mucho la ausencia de definiciones. Cuando analizaba el estado de las variadas ciencias y solo encontraba en ellas un maremágnum de discusiones, sin un atisbo de lo que Kuhn llamó “ciencia normal”, entendía muy bien las razones del relativismo y del escepticismo. Si bien, por otro lado, me congratulaba maliciosamente de que las ciencias naturales se encontraran en dificultades no muy distintas a las clásicas de las ciencias humanas o sociales. Durante mucho tiempo también pensaba que la precisión y el rigor eran cualidades de las ciencias empíricas, mientras que las humanidades eran más chapuceras en este sentido… ¡Nada más lejos de la realidad! En ciencia hay tanto torticero como en cualquier otro lugar del mundo. El rigor está en manos del investigador en cuestión, no dependiendo, para nada, del campo en el que trabaje. Superados estos complejos, ahora ya no me preocupa tanto el problema de carecer de definiciones precisas. Las ciencias avanzan igualmente y estos desacuerdos enriquecen mucho más que oscurecen ¡Qué aburrido sería todo si el conocimiento fuera uniforme y estandarizado!

Otro apunte interesante con respecto a las definiciones es la problemática que aparece cuando queremos definir la totalidad de lo que existe. Por ejemplo, cuando defendemos el materialismo, entendiendo que todo lo que existe es materia, tenemos un serio problema: las definiciones distinguen nuestro objeto a definir de todos los demás objetos, pero si lo que pretendemos definir es el todo… ¿de qué distinguimos el objeto? Así, cuando decimos que todo es materia… ¿Cómo definimos materia si no podemos oponer la definición a otra cosa diferente, ya que no hay nada diferente? De hecho, aquí la definición de definición que hemos utilizado, valga la redundancia, perdería su sentido: definir como distinguir de otra cosa aquí no funciona ¡Tenemos que redefinir definir! Y es que de definición… ¡también hay muchas definiciones!

Supongamos que tenemos la siguiente secuencia numérica:

2 4 6 8

Con suma facilidad podemos encontrar la regla que la produce, a saber: números pares que se van incrementando de dos en dos. Parece que no hay ningún problema pero si pensamos, no hay ninguna garantía de que el siguiente número de la secuencia sea un 10 ni que esa regla sea válida. Supongamos que ahora nos dan más elementos:

2 4 6 8 3 2 4 6 8 3

Todo cambia drásticamente: ahora la regla de generación no tiene nada que ver con números pares ni con crecer de dos en dos, sino que consiste en cinco números que se repiten sin que encontremos relación alguna entre ellos (podrían bien ser fruto de una producción aleatoria).  ¿Qué quiere decir esto? Algo que decía Hegel hace muchos años: la verdad o está al final o no está. O dicho de otro modo: si no tenemos todos los elementos de una secuencia es imposible establecer con seguridad la regla que la genera.

Pensemos ahora estas secuencias en términos de historia de la ciencia. Cada número es una evidencia empírica, el resultado de un experimento. Las reglas de formación de la secuencia serían leyes científicas. Creo que la metáfora no es muy desacertada ya que los resultados experimentales siempre se cuantifican en magnitudes y las leyes científicas no son más que relaciones entre tales magnitudes. Si observamos la primera secuencia tendríamos tres leyes que nos servirían para predecir el próximo número. Pero al incorporar los nuevos números que da la segunda secuencia descubriríamos que las tres leyes son falsas, no nos sirven para establecer nuevas predicciones. Todo se pone patas arriba y hacen falta nuevas teorías para interpretar los nuevos hechos. Ahora la ley nos dice que la secuencia numérica se repite de cinco en cinco. En terminología de Kuhn podríamos hablar de que estamos ante un nuevo paradigma, una nueva forma radicalmente diferente de entender la realidad. Es posible que la ciencia avance así, aportando más evidencia empírica en virtud de nuevas observaciones que nos hace revisar nuestra antiguas leyes, estableciendo otras que se ajustan cada vez con más precisión a los nuevos datos. Eso sí, manteniendo siempre la máxima de que futuros datos puedan invalidar nuestras actuales leyes en un siempre inseguro e incierto camino. En ciencia no hay verdades absolutas.

Sigamos. Los nuevos datos nos dan la siguiente secuencia:

2 4 6 8 3 2 4 6 8 3 5 7 0 3 4 2 00 4 2 3 1 2 3 6 8 9

Siempre hemos vivido con una gran confianza en que el desarrollo de la ciencia nos llevaría a resolver todas las grandes cuestiones. Creemos que, tarde o temprano, la ciencia descubrirá la cura del cáncer o del Alzheimer, que conseguirá ingenios tecnológicos inimaginables sin que exista razón alguna para poner límites a este avance… Pero supongamos entonces que nuestra evidencia empírica es la de la anterior secuencia. Aparentemente no existe relación ninguna entre sus miembros, no hay ley alguna que pueda relacionar los datos. ¿No podría llegar el momento en que nos encontráramos con algo así? Nuestras mejores inteligencias podrían estar devanándose los sesos durante años sin encontrar nada (Más sabiendo que dada una secuencia de números no hay ningún mecanismo que nos diga si es aleatoria o sigue algún patrón). La búsqueda podría ser eterna pero podría llegar un momento en que nos diésemos por vencidos. ¿Podría existir tal fin de la ciencia? De momento, es muy alentador ver que no hay razones sólidas contra el desaliento (al menos en la actualidad). La electrodinámica cuántica consigue grados de precisión en sus predicciones de un promedio de doce decimales. Es la teoría más precisa jamás construida y, a día de hoy, lo más cerca que el hombre ha estado de una verdad absoluta.

Más cosas. Volvemos al principio. Tenemos la primera sucesión (2468). Ahora pensemos que tenemos una nueva tal que así:

3 5 7 9

Si se nos dice que está secuencia es un ejemplo de las reglas que generan la primera, nos vemos obligados a cancelar una de nuestras leyes (números pares) pero podemos mantener las otras dos (orden creciente de dos en dos). Ahora viene otro ejemplo:

4 7 9 13

Tenemos que romper otra de las leyes (de dos en dos) para quedarnos sólo con el orden creciente. La única regla de generación de esta cadena es que está formada por números en orden creciente. Lo interesante del tema es pensar en por qué, nada más ver la primera secuencia aplicamos reglas muy concretas para, sólo al final, mantener la más general cuando, de primeras, podríamos sólo haber mantenido esta última. Al ver 2468 podríamos únicamente haber dicho que son números en orden creciente pero, sin embargo, añadimos que crecían de dos en dos y que eran números pares. Además, ¿por qué establecer estas relaciones y no otras? Surge la necesidad de pensar que tenemos un “modo natural” de razonar, de establecer deducciones (que bien puede ser algo innato, inscrito en nuestros genes, o aprendido, o ambas cosas). Kant tiene mucha razón.

Además, reflexionemos sobre cómo hemos ido puliendo nuestras leyes en base a nuevas evidencias: si tras tener 2468, las siguientes secuencias hubieran sido:

12 14 16 18

o:

124 126 128 130

no hubiéramos aumentado nuestro conocimiento. Únicamente estaríamos más seguros, tendríamos algo más de certeza en que nuestras tres leyes iniciales están en lo cierto. Sin embargo, al encontrar las nuevas secuencias (2579 y 479 13) hemos ido puliendo nuestra teoría, hemos descartado leyes (siempre reducidas a meras hipótesis) para quedarnos con la última (orden creciente). Hemos operado por falsación (bendito Popper), descartando hipótesis en base a experimentos. Nuestro conocimiento ha avanzado, se ha modificado, a base de demostrar que estábamos equivocados. Si todas las nuevas secuencias hubieran verificado las tres leyes iniciales, nuestro conocimiento del mundo sería muy certero, muy avalado por la experiencia, pero no se hubiera modificado. La ciencia necesita del error para progresar.

¿Nueva racionalidad o tomadura de pelo?

¿Es posible otra lógica diferente a la lógica matemática? ¿Es posible un discurso teórico válido como conocimiento y que no respete el principio de no contradicción? ¿Existen racionalidades diferentes a la racionalidad científica? Cuando criticamos la religión o determinados tipos de metafísica, las respuestas suelen ir en tres direcciones:

1. Atacar la racionalidad científica. Siempre se apela a Kuhn, Feyerabend, Lakatos, el Strong Program y demás escuelas de relativismo epistemológico. Lo que se dice es: “Sí, nuestro discurso es una castaña, pero es que el vuestro también”. Así, al final, siendo todo una castaña, llegamos al feyerabendiano “Todo vale” y la religión sale dañada pero viva (realmente no le pasa nada. Si su ya de por sí escasa carga racional sale dañada no le importa tener alguna menos y algo más de fe).

2. Ampliar la racionalidad científica. Se dice que la ciencia está genial pero se la acusa de reduccionismo, de situarse como testaferro único de la verdad excluyendo todo lo demás. Se afirma que existen más tipos de racionalidad (razón poética, valorativa, intuitiva, sintiente, dialéctica, dialógica…) e incluso se afirman otros tipos de contrastación empírica (experiencia religiosa, verificar a Dios en la vida cotidiana…). Lo gracioso de hacer esto es que se agranda tanto la racionalidad, “se abre tanto la caja de Pandora” para que los absurdos de la religión entren dentro de ella, que nos quedamos sin criterios para determinar si la afirmación “He visto un burro volando” debería considerarse como un enunciado aceptable racionalmente.

3. Separar los ámbitos de la racionalidad. Ciencia y religión son dos cosas diferentes y como tales no pueden medirse ni compararse. Suele apelarse una determinada interpretación del segundo Wittgenstein, afirmando que cada discurso cobra su sentido sólo en su contexto. Un científico no tiene nada que decir en una Iglesia y un sacerdote no pinta mucho en un laboratorio. La ciencia nos dice qué es el cielo y la religión como se va al cielo. Postura protestante, fideísta por antonomasia. La religión queda blindada ante cualquier crítica racional ya que no forma parte de su ámbito.

¿Qué camino escoger de los tres? NINGUNO. Refutemos las tres opciones:

1. La crítica a la racionalidad científica es exagerada y equívoca. Que el método científico no sea tan estricto como los miembros del Círculo de Viena quisieran pensar o que el contexto de justificación y el de descubrimiento sean, en ocasiones contadas, difíciles de diferenciar, no nos lleva al anarquismo epistemológico de Feyerabend. A todos los relativistas y escépticos radicales les invitamos gentilmente a que vayan a un chamán en vez de a un médico ante un ataque de apendicitis.

2. Los nuevos ámbitos de la racionalidad son tremendamente “cutres”. La dialéctica hegeliana, como ejemplo de lógica alternativa a la matemática, es, en palabras de Marvin Harris, “un montón de ruinas sin valor”. Aquí queda muy bien el dicho “Por sus obras lo conoceréis”. Metodologías alternativas al rigorismo formal y a la contrastación empírica como, por ejemplo, la fenomenología o la hermeneútica no han conseguido grandes logros… ¡No han conseguido ni siquiera una teoría más o menos sólida a lo largo del Siglo XX!

3. Si tienes contenido teórico, estás sujeto a la verificación. Las religiones o las teorías metafísicas, en cuanto a que tienen un corpus doctrinal o teórico, sus proposiciones están sujetas a ser mostradas como falsas. Por lo tanto, nada está blindado al análisis racional. Todo, en palabras kantianas, puede pasar por el gran tribunal de la razón. Los cristianos dicen que “Cristo resucitó”, enunciado declarativo y, por lo tanto, verificable.

¿Con esto eliminamos toda filosofía? No, pero la lógica matemática y la contrastación empírica nos deben llevar siempre de la mano. No está mal especular, pero una especulación alejada completamente de cualquier tipo de contacto con la experiencia acabará por ser ridícula (como el Universo geométrico del joven Kepler) mientras que un conjunto de datos empíricos sin interpretación será algo tosco y pobre.