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De hecho, ahora vemos que no se puede ser un verdadero darwinista y, a la vez, un defensor de la idea de progreso en biología, en ninguna de sus formas. Los elementos constructivos de la evolución son funcionalmente azarosos, y el que la selección reúna variaciones dentro de los grupos no afecta, en modo alguno, a la naturaleza esencialmente no direccional del proceso. Dada una necesidad, la opción que se toma para satisfacerla es una función de lo que se tiene a mano, y no de lo que sería la respuesta perfecta. Esta conclusión corresponde a lo que ocurre a nivel fenotípico. Muchas de las adaptaciones que con más éxito empezaron su vida en cualquier otro papel, y después cambiaron a su tarea actual.

Es más, no hay nada en la selección en sí que apoye el progresionismo. Lo que cuenta es la reproducción, aquí y ahora y en el futuro inmediato. Si la forma más simple y menos inteligente puede hacer un buen papel – y en muchas ocasiones éste es el caso -, entonces no se buscará una más compleja […] El que la historia de la vida muestre un supuesto aumento de complejidad en ciertas formas no es más que una consecuencia contingente de el hecho de que el mundo está superpoblado y, por tanto, nuevas opciones requieren nuevas adaptaciones. Biológicamente todos podríamos desaparecer.

[…] El darwinismo es el polo opuesto al progresionismo.

Michael Ruse, Tomándose a Darwin en serio

Uno de los temas más polémicos en torno al darwinismo es el del progreso: ¿sigue la evolución un progreso? Entre los grandes del tema hay diversas posturas: Wilson piensa que hay progreso hacia un aumento de biodiversidad, Stebbins de la complejidad, Dawkins o Dobzhansky de la adaptabilidad; y por el bando contrario, el citado Ruse o Jay Gould niegan cualquier tipo de progreso.

En el blog ya hablamos de la postura antiprogresista de Jay Gould y, antes, de otra defendida por Conway Morris que, sin aceptar explícitamente el progreso, sostiene la inevitabilidad de aparición de ciertas formas dado el ecosistema planetario (incluido el hombre).

Vamos a intentar aclarar la cuestión:

  1. La única regla, digamos necesaria, de la evolución, según el darwinismo, es la supervivencia de los más aptos. Entonces, la evolución favorecerá un progreso hacia una mayor aptitud, pero hay que tener en cuenta que ese progreso es siempre local, no global. Si yo soy un oso polar muy apto para el entorno ártico, si cambia el clima y ahora mi ecosistema es un desierto, mi especie se extinguirá irreversiblemente ¿Era yo entonces la cima de cierto progreso hacia la adaptabilidad? No, solo lo era para un cierto ecosistema local, por lo que no tiene sentido hablar de una evolución progresiva hacia la mayor adaptabilidad. Los más aptos hoy no lo serán mañana, y los más aptos aquí no lo serán allí.
  2. El aumento de la complejidad, biodiversidad, tamaño, control del medio, flexibilidad de la conducta, cognición, etc. que se han postulado como frutos del progreso evolutivo son solo efectos colaterales de la adaptabilidad local. Jay Gould argumenta que si partimos de mínimos, todo tiene necesariamente que aumentar. Por ejemplo, si los primeros organismos fueron muy simples, no nos queda otra que aumentar la complejidad. Del mismo modo, si eran muy pequeños irán surgiendo otros más grandes. Pero esto no quiere decir que la evolución progrese necesariamente hacia ello, sino que por mera estadística, ocurrirá. Es como si tenemos una caja con un agujero en su fondo y una bola dentro. Si nos ponemos a mover la caja, la bola irá dando tumbos azarosos por la base de la caja y, si lo hacemos durante cientos de miles de años, al final, será tan probable que casi se hará necesario, que la bola se cruce en su deambular con el agujero y caiga de la caja ¿Estaban la bola y la caja diseñadas estratégicamente para que la bola cayera? No ¿Era el objetivo o el fin de la bola caer por el agujero? No. Pues eso mismo ocurre con la evolución: no está dirigida hacia nada, pero, por probabilidad, en ella ocurrirán de modo prácticamente necesario ciertas cosas.
  3. La evolución es absolutamente ciega y solo genera buenas adaptaciones porque las buenas adaptaciones son las que quedan. Es como si tenemos varias montañas y el viento, la lluvia, el frío y la nieve las van erosionando. Después de millones de años, muchas de ellas se han convertido en llanuras y planicies mientras que otras han conservado, casi indemne, su empinada forma inicial debido a estar constituidas por dura roca granítica ¿Querían realmente esas montañas mantenerse escarpadas? No ¿Había un proyecto o un progreso dirigido hacia la mayor duración de ciertas formas? No. Pero, ¿era inevitable que esas montañas “sobrevivieran”? Dada una atmósfera como la nuestra y dados los componentes de la litosfera, casi que sí.

Simetrías

Publicado: 18 febrero 2015 en Evolución
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Al observar la morfología de los seres vivos encontramos regularidades, simetrías y repeticiones por doquier. Gran parte de los seres vivos tienen simetría bilateral (los lados izquierdo y derecho son iguales), también existen muchos animales formados por segmentos que se repiten a lo largo de su estructura (por ejemplo, los artrópodos, el filo más grande del reino animal), e incluso, otros, con una impresionante simetría radial (una estructura se repite girando en torno a un eje). La regularidad es tal que un criterio para encontrar vida en un planeta remoto es encontrar estas simetrías o repeticiones. ¿Por qué? ¿Por qué los seres vivos no somos más irregulares?

La respuesta consiste en economizar. En una naturaleza en competencia los recursos suelen ser escasos, por lo que la selección natural premiará los sistemas de almacenamiento de información más económicos, aquellos que transmitan la mayor cantidad de información con los mínimos medios. Estoy seguro que, en los albores de la vida, diversos modelos de almacenamiento de información compitieron en función de su eficiencia. El modelo actual de ADN tuvo que ser el vencedor, si bien dista mucho de ser perfecto.

Generar un organismo irregular requiere mucha más información que generar uno más repetitivo. Pensemos que en un ser irregular, cada parte diferente de las otras requiere una nueva serie de instrucciones para su creación, mientras que cuantas más repeticiones tenga, menos instrucciones harán falta. En el caso de la simetría bilateral nos ahorramos, nada más y nada menos, que la mitad de las instrucciones. Creamos un lado y, simplemente, decimos: “Ahora repite lo mismo en el otro”. Desde una perspectiva mutacional, la simetría bilateral tiene otra gran ventaja. Si tenemos un insecto al que una mutación le otorga una nueva pata en uno de sus lados, si la misma mutación no le crea otra igual en el otro lado, el insecto debería esperar quién sabe cuánto tiempo biológico hasta tener una nueva mutación que cree una nueva pata en el lugar requerido. La simetría bilateral suele ir acompañada del hecho de que ciertas mutaciones afectan por igual a ambos lados: una mutación que haga aparecer dos nuevas patas y no solo una (lo que Dawkins llamará una “embriología caleidoscópica”) será mucho más beneficiosa para su portador. Esto ocurre, de forma muy ilustrativa, en los organismos segmentados: es muy económico repetir una y otra vez la misma instrucción y muy útil que una misma mutación pueda afectar por igual a muchas partes del animal. Es una idea sumamente interesante. Si, para que una mutación tenga un efecto de largo alcance, tiene que darse en fase embrionaria, una gran estrategia evolutiva consistirá en tener un desarrollo embrionario que prevea que si se van a dar mutaciones, éstas tengan el mejor efecto posible. Que las mutaciones tengan efectos bilaterales o que se repitan en muchos segmentos es un claro ejemplo de embriologías que “se llevan mejor con las mutaciones” que otras. Estamos hablando de metaevolución, de controlar los mismos mecanismos evolutivos. Igual que ahora tenemos ingeniería genética, mucho antes que nosotros ya había métodos para intervenir en el proceso evolutivo. La evolucionabilidad evoluciona.

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Pero, si la selección natural ha premiado diseños bilaterales, ¿por qué no ha premiado la simetría dorso-ventral (ser iguales por arriba y por abajo? ¿No seguiríamos ahorrando instrucciones? Tal simetría se da, por ejemplo, en organismos que viven en medios acuáticos (un atún tiene más simetría dorso-ventral que un caballo), pero en los organismos terrestres no. La razón está en que vivimos en un planeta con un suelo plano que nos atrae mediante la fuerza de la gravedad. Si vives en el suelo, tienes que adaptarte al suelo. Una babosa o un caracol son un ejemplo muy claro: por debajo son planos ya que se arrastran, mientras que por arriba no es nada útil ser también plano. Además, si tienes que desplazarte pronto desarrollarás sistemas de locomoción que se localizarán en tu parte ventral, siendo absurdo que lo hagan también en la dorsal (si eres un caballo, no tiene sentido tener patas en tu espalda). Pero si eres un organismo que, simplemente, flota en un medio líquido (una bacteria, por ejemplo) y no tienes sistema de locomoción autónomo, no hace falta que rompas tu simetría (por eso las bacterias son, en muchos casos, simples formas redondeadas: cocosbacilos).

¿Y qué pasa con la simetría anteroposterior (ser iguales por delante y por detrás)? ¿Por qué no es demasiado exitosa en la mayoría de los animales? Porque éstos pronto desarrollaron sistemas perceptivos. Si aprendes a moverte parece muy útil saber a dónde vas, por lo que obtener información sensorial de tu entorno parece esencial. Siempre que te muevas lo harás en una única dirección, por lo que es conveniente que tu aparato perceptivo esté en la parte anterior de tu organismo si te mueves hacia delante (de poco vale tener ojos en el trasero). Hay que alinear tu visión con tu movimiento. Por eso la mayoría de los animales tienen sus ojos o sus antenas delante y no detrás ni en cualquier otro lado, rompiendo así su simetría anteroposterior. Y por esa misma razón el núcleo de sus sistemas nerviosos también suele estar delante. Si lo que hace principalmente tu cerebro es procesar información sensorial, lo lógico es que esté lo más cerca posible de tus principales órganos perceptivos.

El premio a la economía informacional se lo llevan, con mucho, los radiolarios. Son un grupo de protozoos cuyas estructuras representan una intrincada red de simetrías sorprendentes, tanto por su complejidad como por su belleza. Ernst Haeckel, el Huxley alemán, nos regaló unas hermosas ilustraciones de estos seres. Por su semejanza estructural con los cristales y sus esqueletos silíceos, Haeckel pensaba erróneamente que procedían directamente de los minerales, siendo un ejemplo de paso de la vida inorgánica a la orgánica. Nada más lejos de la realidad aunque su aspecto así lo sugiera.

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En la imagen tenemos la evolución del caballo desde especies predecesoras. Es un ejemplo magnífico para los darwinistas heterodoxos, pues expresa una evolución gradual, sin saltos, a base de pequeños cambios durante millones de años. Además, la disminución del número de huesos de las patas y su evolución hacia un diseño más simple, constituyen una prueba de la ateleología de la evolución. Si pensamos que la evolución siempre produce formas mas complejas, aquí tenemos un ejemplo de progresión hacia la simplicidad. La evolución no va hacia ningún lado más que hacia la adaptación de los más aptos dado un entorno dado.

Richard Dawkins, en su precioso Escalando el monte improbable, nos propone un sugerente juego mental. Imaginemos un gigantesco museo en el que en cada vitrina aparecen cada uno de los seres vivos que ha producido la evolución en todas sus fases evolutivas. Tendríamos un pasillo en el que aparecería la evolución del caballo tal como la hemos mostrado en la imagen y así con cada especie existente. Pero Dawkins va más allá: supongamos que ese museo no solo están todas las especies existentes sino todas las posibles. Centrémonos en el Hyracotherium, el hipotético ancestro de los caballos actuales. Su posición en el museo sería algo así como un nodo del que saldrían infinitos pasillos en función de todas las posibilidades de evolución de esa especie. Inmediatamente a su lado aparecería otro hyracotherium un poquito más grande, mientras que, igualmente al lado pero en la dirección contraria aparecería otro un poquito más pequeño. En otra, por ejemplo, uno con un pelaje más grueso, otro con los dientes más pequeños, otro con las patas algo más largas, y así sucesivamente hasta agotar todas las formas posibles hacia las que podría haber evolucionado. Siguiendo el mismo patrón, rodeando a cada uno de los especímenes inmediatamente adyacentes surgirían nuevos pasillos en donde se incluirían todas las posibles direcciones evolutivas. Nótese que, dada esta arquitectura imaginaria, de cualquier dirección que sigamos llegaremos, al final, a todas las especies posibles.  De toda esa infinita e intrincada red de galerías, solo una sería la que ha llevado del Hyracotherium al actual Equus. 

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Esta imagen de los famosos pinzones de Darwin ilustraría muy bien uno de los nodos del museo con respecto a una característica. De un ancestro común, tenemos un montón de formas de pico posible. A estos catorce tipos de pinzones que realmente existen, habría que añadir todos los demás tipos posibles añadiendo, además, todas las características del pájaro a parte de la forma del pico: tamaño de todas y cada una de las partes de su cuerpo, forma y color de las plumas, de los ojos, de las patas, por no hablar de factores internos: todas las características de sus órganos. Se nos antoja así un museo increíblemente grande, imposible de imaginar y, huelga decir, imposible de construir ni siquiera a nivel informático.

¿De qué depende que, entre todos los caminos posibles, la evolución del caballo siguiera el que realmente siguió? En primer lugar, de la selección natural. De toda la cantidad de formas intermedias de caballos, solo unas pocas (muy pocas) sobrevivieron. Por ejemplificar solamente tres factores, los caballos que crecieron en tamaño, simplificaron la estructura osea de sus patas y aumentaron el tamaño de sus molares, sobrevivieron. Todas las demás formas que se ensayaron, sucumbieron en el intento. Pero, en segundo lugar, el camino que puede seguir una especie está determinado por la cantidad de variaciones posibles que puede sufrir o, lo que es lo mismo, por las posibilidades de mutación (por mor de la argumentación, seguimos aquí un esquema puramente mutacionista, ignorando otros factores como la epigenética o la transmisión horizontal de genes). La importante cuestión que surge aquí es establecer los límites de variación morfológica que el mundo de todas las mutaciones posibles puede generar. Por poner un ejemplo estúpido: es evidente que no va a nacer un caballo cuya mutación le haga tener ruedas o un motor de explosión. ¿Qué características puede crear una mutación? La primera restricción estará en las leyes de la física y de la química orgánica. Después estarían las de la propia estructura del ADN (¿tiene alguna limitación la cantidad o el tipo de instrucciones que puede dar?) y la de los aminoácidos o proteínas resultantes. Sabemos que el papel fundamental de los genes es codificar proteínas y también sabemos el enorme poder de combinación de los aminoácidos para generar una impresionante gama de proteínas diferentes. ¿Cuál es el límite de lo que las proteínas pueden hacer? Una explosión combinatoria nos prohíbe responder a esta cuestión.

Por otro lado estarían las restricciones propias del ambiente (existe una ardua polémica entre los que defienden la mayor importancia de las mutaciones contra los que dicen lo mismo del ambiente, entre genetistas y ambientalistas). Si nos limitamos al entorno terrestre tenemos una serie de materiales y condiciones climáticas que constriñen y dirigen la evolución (en términos de Jackes Monod, la mutación es el campo del azar, mientras que la del ambiente es el de la necesidad). Por ejemplo, tenemos una gravedad determinada que influye decisivamente en los posibles sistemas de locomoción. El rango de temperaturas también es vital. En un planeta con unas temperaturas medias de 250 grados centígrados, la fauna y la flora serían bastante diferentes a las del nuestro (si es que pudiese haber vida allí, aunque ya sabemos de las bacterias extremófilas). Y también habría que incluir las relaciones entre los distintos individuos y entre diferentes especies. Tenemos depredación, comensalismo, parasitismo, simbiosis, etc., relaciones que definen que individuos sobrevivirán o no. Los factores ambientales que intervienen en la evolución son tantos que hacen imposible la simulación evolutiva computerizada con un grado de realismo aceptable. En la actualidad, tenemos que limitarnos a simular solo aspectos muy concretos y restringidos de la evolución, “micromundos biológicos”. A la hora de predecir futuras mutaciones estamos casi tan ciegos como en la época del mismo Darwin. Es por ello que algunos argumentan que la teoría de la evolución, en un sentido muy restrictivo, no es una verdadera teoría científica. Si definimos una ciencia por su capacidad de hacer leyes con poder predictivo, la teoría de la evolución está lejísimos de la física. Se suele hablar más de ella como una teoría descriptiva, más similar a la historia que a las demás ciencias naturales. A mi juicio, el debate sobre la naturaleza de la teoría es poco interesante. No me importa que la biología se dedique más a la descripción de sistemas vivos que a crear leyes fundamentales. Su validez como conocimiento me parece fuera de toda dudas y su importancia dentro del marco del saber es fundamental, de modo que es una trivialidad discutir acerca de su estatus científico.

El tema central aquí sería la discusión acerca de la capacidad creativa de la evolución. A pesar de que el estado del arte sobre este tema no permita hacer hipótesis razonables, sí que da para especular e imaginar. No deja de resultarme maravilloso pensar que, si la vida tiene tan solo unos 3.800 millones de años y ha conseguido la inagotable diversidad del mundo vivo que observamos en el presente, ¿qué generará, pongamos, cuando tenga otros 3.800 millones de años más? El mismo ser humano, del que nos maravillamos por su poderoso ingenio, ¿cómo será pasado este tiempo? Me gusta creer que la evolución generará para entonces cualidades mucho mejores que la misma inteligencia que ahora poseemos; sin olvidar, claro está, los mismos cambios que el hombre introduzca en sí mismo mediante ingeniería genética. Parece casi evidente que, en ausencia de grandes cataclismos, dentro de 3.800 millones de año, el hombre no existirá y, esperemos, no porque se extinga, sino porque cambiará, seguramente muchas veces, hacia nuevas especies. Si, por hacer un cálculo tonto, de los primates al homo sapiens hay unos seis millones de años, en 3.800 millones de años, y suponiendo injustificadamente que la evolución mantuviese la misma velocidad y dirección de cambio,  nuestra especie haría 633 veces ese recorrido… Si hay una distancia de seis millones de años entre la inteligencia del primate y la nuestra, ¿qué significará aumentar esa distancia 633 veces? O dicho de otro modo, ¿en que consistirá ser 632 veces, en unidades de distancia evolutiva primate-sapiens, más inteligente que un hombre actual? Otro cálculo poco ortodoxo desde otra perspectiva: supongamos que el efecto Flynn supusiera una mejora continua y constante de nuestro cociente intelectual en 3 puntos cada 10 años (premisa de por sí totalmente falsa). En 3.800 millones de años nuestro CI aumentaría 1.140 millones de puntos. Si la media actual de CI ronda los 100 puntos, ¡nuestro CI futuro sería de 1.140.000.100!

Con estos cálculos un tanto absurdos quiero mostrar al lector una de las dificultades con las que los críticos de la evolución se encuentran constantemente: no sabemos pensar bien con números muy grandes y, el tiempo biológico es una cifra muy, muy grande, tanto, como para dar lugar a cosas tan complejas como el cerebro humano sin un diseño premeditado. Y, del mismo modo, para generar, con total certeza, cosas inimaginablemente más espectaculares que éste, si tenemos el tiempo suficiente.

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Uno de los pecados más típicos y, casi consustanciales, al mundo intelectual, es el de la arrogancia. He leído a multitud de filósofos decir, sin despeinarse siquiera, que todo lo que se había escrito hasta su llegada era erróneo y que su obra constituía algo así como el punto culminante de la historia de la filosofía. Eso se puede ver en el Discurso del Método de Descartes, a lo largo y ancho de toda la obra de Hegel (que según muchos de sus discípulos constituye el fin del quehacer filosófico a partir del cual solo queda hacer historia de la filosofía); incluso el maravilloso Wittgensetin se atreve a decir que su Tractatus constituye una solución final a todos los problemas de la filosofía. Decía Santayana que quién no conoce la historia de la filosofía está condenado a repetirla. Y así ha sido: todos estos pensadores que se creyeron el fin de la historia solamente han sido un escalón más en ella, siendo su arrogancia un punto ciego de ingenuidad e ignorancia en su, por lo demás, genial trabajo.

Lo mismo puede decirse del positivismo. Asombrados por el rotundo éxito de las ciencias naturales, muchos autores quisieron subirse a su carro y pensaron que la ciencia era, de nuevo, la solución y el fin de la historia de la filosofía. Pero los positivistas tuvieron un atrevimiento aún mayor y enfatizaron como nadie hasta entonces el infravalor de todo lo que se había pensado hasta su llegada, lanzándose a establecer un límite muy definido entre el auténtico conocimiento, la verdaderísima verdad, y la charlatanería o, como ellos la llamaron, la pseudociencia. Los miembros del Círculo de Viena, malinterpretando terriblemente a Wittgenstein, intentaron concienzudamente elaborar un preciso criterio de demarcación entre ciencia y filosofía. Y, claro está, fue un rotundo fracaso. Sus criterios de correspondencia, verificación, testabilidad, falsación, etc. se llevaban por delante gran parte de lo que tradicionalmente consideraríamos ciencia empírica. Al final, se dieron cuenta que era imposible establecer una frontera entre ciencia y metafísica, siendo el mismo discurso científico tan metafísico como cualquier otro.

Lo que me asombra en la actualidad es que, debido seguramente a este desconocimiento de la historia de la filosofía del que se queja Santayana, el discurso positivista se mantiene de forma bastante habitual en cualquier foro científico. Si uno lee uno de los grandes libros de divulgación científica de las últimas décadas, El gen egoísta de Richard Dawkins, ve claramente en su introducción el alegre sesgo positivista de su autor. Es muy común leer a científicos que se disculpan por entrar en cuestiones filosóficas en sus obras, entendiendo siempre la filosofía como algo así como “especular sin pruebas” o “fantasear”, de modo que eso debe evitarse en toda investigación científica seria. Ese “límite”, ese “criterio de demarcación” propio del positivismo sigue presente de forma tácita en sus mentes a pesar de que ya casi nadie lo defiende seriamente desde mediados del siglo pasado.

El asunto es más grave de lo que parece pues creo que la fragmentación del conocimiento, el hecho de que el saber se encuentre dentro de compartimentos estancos poco comunicados, la ausencia de una cosmovisión coherente y bien integrada, el abismo existente entre las ciencias y las humanidades, viene de esta obstinación positivista por crear fronteras artificiales donde, con toda evidencia, no las hay. La miseria del positivismo como corriente filosófica está en su arrogante obsesión por separar. En estos días estoy leyendo la maravillosa Viena de Wittgenstein de Janik y Toulmin, en donde se nos cuenta el ambiente intelectual de la Viena de principios de siglo para comprender el contexto de la filosofía del filósofo austriaco. En la Viena finisecular no existía esta  especialización profesional tan marcada en el ámbito anglosajón. En la Viena que dio a luz a Freud, Kokoschka, Schömberg, Mahler, Ernst Mach, Adolf Loos, e incluso al mismo Círculo positivista de Viena, no existía esta idea de demarcación entre conocimientos, entre saberes ciertos y falsos, de un modo tan marcado como en la actualidad. Leamos este fragmento:

 ¿Fue solamente una coincidencia que los orígenes de la música dodecafónica, de la arquitectura “moderna”, del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa y del psicoanálisis – sin mencionar la reviviscencia del interés por Schopenhauer y Kierkegaard – tuviesen lugar simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran medida, en Viena? ¿Fue meramente un hecho biográfico curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen descubierto en sus conversaciones que tenían un interés común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colección de la obra de Schopenhauer? . ¿Y no fue más que una consecuencia particular de la versatilidad de Arnold Schönberg regalando un ejemplar de su gran libro de texto musical, Armonielehre (Tratado de armonía), al periodista y escritor Karl Krauss, con la dedicatoria: “He aprendido de usted más, quizá, de lo que alguien debiera aprender de otro si pretende permanecer independiente”.

En la Viena de Wittgenstein existía un zeitgeist determinado siendo una de sus características principales esa interdisplinariedad o interdepartamentalidad de la que nuestros pedagogos no paran de hablar. Si Viena se hubiera regido por los criterios de demarcación positivistas que ayudará a dar a luz, dudo mucho que la riqueza de sus aportaciones al siglo XX hubiese sido tal. En otro ejemplo significativo, el mismo Dawkins positivista cuenta lo que ocurrió cuando un ingeniero aeronaútico como Maynard Smith se dedicó a la teoría de la evolución, aplicando a ella la teoría de juegos: una gran revolución. Cuando dos disciplinas que, aparentemente, no tienen nada que decirse, se mezclan fértilmente, el conocimiento avanza. Pero si el conocimiento se aísla,  se compartimenta, la decadencia y la parálisis lo infectan.

Empero, no todo en el positivismo es sinrazón. Como todas las corrientes, defendidas en su totalidad son falsas, pero atendidas parcialmente son verdaderas. El positivismo y la filosofía analítica que lo acompañó nos hicieron ver dos cosas: la grandeza de la colosal revolución que la ciencia traía consigo y los defectos de una buena parte de la filosofía que se había hecho históricamente. Hace unos días leí un tweet muy sugerente de Paco Traver que decía: ¿Por qué la llaman metafísica si carece de física? Eso es cierto. No entiendo cómo alguien puede hacer ontología o filosofía de la naturaleza ignorando por completo la física de partículas. No comprendo como tantos filósofos han dado la espalda a la revolución científica en un, de nuevo, gesto de arrogancia. Las humanidades se apoderaron del concepto de cultura entendiendo como cultura exclusivamente lo que hacían ellas. Es decir, se considera un gesto de alta cultura conocer bien la vida y las obras de, por ejemplo, Schubert, pero no pasa absolutamente nada si no conocemos el Segundo Principio de la Termodinámica o si nuestro nivel de matemáticas no pasa de Bachillerato. El positivismo hizo muy bien en denunciar esto, más cuando la superstición y las magufadas varias, fruto de la ignorancia científica, abundan en nuestro mundo. La red está llena de blogs escépticos criticando cualquier desatino pseudocientífico y eso es magnífico.

Muchos de los problemas filosóficos que aparecían por doquier son fruto de malos usos del lenguaje. Esa es la segunda gran verdad del positivismo y de la filosofía analítica. Es muy cierto que si analizas lingüísticamente con sumo cuidado ciertas argumentaciones ves que, en el fondo, son fruto de errores en el manejo, por ejemplo, de los significados de los términos. Esto ocurre salvajemente en la filosofía postmoderna, la cual es charlatanería pura y dura en un alto porcentaje. El positivismo volvió (y vuelve, ya que hoy en día la postmodernidad sigue muy vigente en ciertos ámbitos) a acertar en su denuncia.

Pero el positivismo erró en su perspectiva global. Ni siquiera su concepción de la ciencia que defendía a ultranza fue correcta. Si yo observo una planta percibo en ella multitud de propiedades: veo formas, longitudes, colores… Si la observo con más tiempo y detenimiento puedo intuir su patrón de crecimiento, cómo se alimenta y se reproduce… pero si aplico a su estudio todo el peso del método científico mi conocimiento aumenta exponencialmente… Comprendo su metabolismo, sus mecanismos de polinización… observo millones de células, millones de reacciones químicas, millones de sistemas que asombran por su complejidad con los que Teofrasto no hubiera podido ni soñar… Si miro la planta al microscopio aparecen nuevos mundos que me llevan al infinito y más allá. La ciencia es, por definición, amplitud de miras, crecimiento. No es, desde luego separación y frontera.

Betrand Russell definía la filosofía como lo que todavía no es ciencia. Un pensador, procedente de un ámbito casi antagónico al de Russell, Karl Jaspers, afirmaba que la ciencia necesitaba de la filosofía para avanzar. Ambos entendían la filosofía como ese momento de especulación, de conjeturas, de discusión sobre conceptos y enfoques metodológicos, previa a la pura experimentación científica. Yo voy algo más allá: no solo ese momento, sino el mismo quehacer estrictamente científico está infectado de filosofía.

En un poético pasaje del Así habló Zarathustra, Nietzsche nos contaba que solamente veía grandes orejas, enormes ojos o gigantescas narices… Tullidos al revés los llamaba. Era su particular crítica a la hiperespecialización de las ciencias modernas. Un hiperespecialista es un gran ojo que ve mucho, pero ni oye ni huele ni toca. Si nuestros sistemas educativos únicamente crean sujetos especialistas en un campo del saber, ciegos para los demás, tendremos tullidos, personas incompletas. De la misma forma, Edgar Morín nos advierte que la gran mayoría de los problemas a los que nos enfrentamos en el siglo XXI son problemas que hay que afrontar a muchos niveles. Ni la ciencia, ni la técnica, ni la política, ni la economía ni cualquier disciplina o perspectiva que se enfrente a ellos por si sola podrá hacerlos frente. A problemas de múltiples niveles soluciones multidisciplinares. Hacen falta teorías globales, visiones que integren de modo coherente todos los campos del saber y no, desde luego, perspectivas que busquen la división y, al hacerlo, fomenten el estancamiento.

El inglés de Blackmore es perfecto aunque habla muy deprisa. Para escuchar con subtítulos en castellano clic aquí.

La historia comenzó con el exitoso best-seller de Richard Dawkins: El gen egoísta. Allí se defendían una serie de polémicas tesis. La primera es que la unidad de selección natural era el gen, entidad en torno a la cual “todo lo demás” (la biosfera al completo) no era más que su transporte, su taxi hacia la siguiente generación. Todo el fenotipo no era más que un epifenómeno del gen, auténtico protagonista de la historia natural. Todas nuestras características no eran más que los medios, las herramientas a través de las cuales los genes “egoístas” se perpetuaban generación tras generación.

Esta carrera armamentística entre genes comenzó con una entidad hipotética: el replicador, un antecedente remoto del ADN, el cual sería un tipo de molécula con la capacidad de replicarse a sí misma. Aplicando la selección natural darwiniana, esas moléculas habrían de ser mayoritarias en la sopa primitiva. Y pronto, de entre estas moléculas mayoritarias, habría otras con nuevas capacidades: quizá la de hacer réplicas más duraderas o la de replicarse a una mayor velocidad. La lucha por la existencia comenzó y los seres vivos fueron haciéndose más y más eficaces en proteger su “secreto interior”. Complejos sistemas de depredación, parasitismo, reproducción… fueron proliferando mientras pasaban los milenios.

La siguiente etapa aparece con la llegada de un nuevo tipo de replicador: el meme. Los seres humanos y algunas otras especies de mamíferos superiores tenemos la capacidad de transmisión cultural, de copiar unos de otros, de aprender, recordar y transmitir. Ya no hace falta de que se de una mutación genética que sea seleccionada por la naturaleza, sólo hace falta que algo merezca la pena ser copiado por otro. Nace la evolución cultural en la cual rigen las mismas normas que en la natural: se seleccionan determinados memes, pero ya no por ser más eficientes a la hora de adaptarse al medio, sino por ser más útiles, bellos, placenteros…

Blackmore nos propone un tercer replicador: el teme, que sería un meme tecnológico, una máquina de Von Neumann, es decir, un artefacto que puede replicarse a sí mismo de modo que ya no necesita fabricantes humanos. Para Blackmore esto es un peligro (la llegada de cada nuevo tipo de replicador es peligrosa), ya que los temes actúan de forma egoísta, es decir que, aunque no hay intencionalidad en sus acciones, harían todo lo que fuera para seguir perpetuándose, donde cabe “quitar de en medio” a todo ser, incluidos los humanos, que entorpezca su labor. Al igual que los memes (los hombres) están cerca de exterminar a los genes (los demás seres vivos), los temes podrían eliminar a los memes. En principio la lucha parece desigual. Genes y memes llevan muchos millones de años perfeccionando sus mecanismos de perpetuación por lo que es improbable que los novedosos temes pudieran eliminarlos fácilmente, pero pensemos en lo rápido que evoluciona la tecnología. Por ejemplo, una herramienta poderosa de los temes serían las distintas dependencias y adicciones que nos crean. Cuando hay un apagón eléctrico comprobamos lo que nos costaría vivir sin Internet, sin televisión, sin las redes sociales, sin adictivos videojuegos… ¿Controlamos la tecnología o ésta nos controla a nosotros? A ninguno de nosotros nos parece apetecible una vuelta al hombre natural, renunciando a nuestras comodidades…

Hace tiempo escribí una entrada criticando esta teoría. Me basaba en que la evolución independiente de las máquinas menospreciaba la voluntad humana, nuestra libre capacidad de elección, de desenchufar la máquina. Sin embargo, si eliminamos el libre albedrío tenemos que estar abiertos a aceptar estructuras que determinen nuestra historia. La de Blackmore es una alternativa. ¿Que os parece?

“Un día Wheeler se vio involuntariamente mezclado en una variante del juego de las veinte preguntas. Como se recordará, en la versión convencional los jugadores acuerdan una palabra y el sujeto intenta adivinarla preguntando veinte cuestiones. Sólo se permiten como respuestas sí o no. En la variante, Wheeler comenzó preguntando las cuestiones usuales: ¿Es grande? ¿Está vivo?, etc. Al principio las respuestas surgían con celeridad, pero conforme el juego avanzaba las respuestas se fueron haciendo más lentas y duditativas. En un momento dado, él tentó la suerte: “¿Es una nube?” La respuesta no se hizo esperar: “¡Sí!”. Entonces alguien rompió a reír. Los jugadores revelaron a Wheeler que no habían elegido ninguna palabra de antemano. En lugar de eso, decidieron contestar sus preguntas al azar, sometidos tan sólo a la condición de respetar las respuestas precedentes. Sin embargo, se había llegado a una respuesta. Esta respuesta, obviamente contingente, no estaba determinada de antemano, pero no era arbitraria: su naturaleza fue decidida en parte por las preguntas que Wheeler escogió y en parte por puro azar. Del mismo modo, la realidad expuesta en una medida cuántica es decidida en parte por las preguntas que el experimentador plantea a la naturaleza (por ejemplo, si pregunta por una posición o por un momento) y en parte por el azar (o sea, la naturaleza incierta de los valores obtenidos para esas magnitudes)”

Leído en La mente de Dios de Paul Davies

El eminente astrofísico Fred Hoyle afirmaba que la probabilidad de que grandes moléculas como las de ADN o las proteínas se generaran por azar, era similar a la de que un huracán pasara por un desguace en el que hubiera desarmado completamente un Boeing 747 y ensamblara todas sus piezas hasta dejarlo perfectamente construido. Vista así, y  si además nos fijamos en la enorme complejidad de los seres vivos (con muchísimas más piezas que un Boeing), la probabilidad de que la vida surja por azar es casi nula.

Richard Dawkins respondió elocuentemente a Hoyle con el famoso argumento de la cerradura. Hoyle tendría razón si toda la biosfera se hubiera creado de una sola vez y de un desorden primordial tuviéramos, en un segundo, los seres vivos “terminados”. Pero es que los seres vivos evolucionan, y dentro de esa evolución no todos los ensamblajes de piezas tienen la misma probabilidad. Supongamos que tenemos una cerradura que se abre con una combinación dada de letras, por ejemplo “DAWKINS”. La probabilidad de que, de primeras, la abramos es muy baja: 7 elevado a 28 (¡Por eso las cajas fuertes son seguras!). Sin embargo, la evolución de los seres vivos no funciona así. Supongamos que para la primera letra, una D, tenemos 1/28 posibilidades. Es difícil conseguir una D pero no imposible. Supongamos que tenemos suerte y sale. Ahora necesitamos una A, pero introducimos la selección natural. Pensemos que una vez que tenemos la D, esta letra no se puede ensamblar con todas las demás letras con las misma probabilidad (la selección natural premiará unas combinaciones de letras y no otras). Supongamos que la D sólo puede ensamblarse con la A, con la P y con la S. Todas las demás combinaciones de seres vivos morirían en la lucha por la vida. Entonces no es tan improbable formar DA. Así sucesivamente podemos ver como conseguir “DAWKINS” en la cerradura no es tan raro (un ladrón con algo de paciencia nos robaría sin problemas), más cuando contamos con millones de años de ensayos para conseguirlo (la historia de la vida en la Tierra).

Pero la falacia de Hoyle se hace más evidente cuando aceptamos que la evolución es ateleológica, es decir, llega a resultados que no están prefijados de antemano. Si lanzamos una pelota de golf en un campo, podemos sorprendernos de la improbabilidad estadística de que nuestra pelota caiga exactamente en donde ha caído. Si nuestro campo de golf tiene unas quinientas hectáreas, es un gran milagro que nuestra pelota haya caído en una extensión precisa de unos pocos centímetros pudiendo haber caído en cualquier otro lugar. La falacia de esta afirmación consiste en pensar restrospectivamente. El único “milagro” aquí es que la pelota tenía que caer en algún punto del campo y así ha sucedido, mientras que lo realmente milagroso hubiera sido apostar a que la pelota va a caer exactamente en ese punto antes del lanzamiento y que así sucediera (cosa que no se puede hacer si aceptamos la ateleología de la evolución). Hoyle ve la pelota ya lanzada y se maravilla ante que, precisamente, haya caído en un lugar concreto.

El texto de Davies que traemos al principio es otro buen ejemplo de desarrollo ateleológico parecido a la cerradura de Dawkins. Por un lado, el azar de las preguntas de Wheeler se mezcla con la necesidad de  las respuestas de los demás jugadores, dando lugar a un resultado absolutamente impredecible. Si aceptamos la posibilidad de lo aleatorio, Hoyle no tiene razón, podemos explicar la “improbabilidad” de los seres vivos. Sin embargo, aquí reside el problema: la posibilidad de lo aleatorio.

Y es realmente curioso que la teoría de la evolución darwiniana se sostenga en ello. La teoría más poderosa para explicar el cambio evolutivo se basa en aceptar la existencia del azar, la existencia de eventos incausados, sin razón alguna que los explique, que violan el principio de razón suficiente, “sucesos mágicos”, inexplicables e indefinibles por definición. Aceptar el azar consiste en introducir lo irracional en la naturaleza… ¡y nuestras mejores teorías lo hacen cada vez más!

Véase El azar como esencia del hombre y Lo aleatorio y lo complejo

Encontrado en: Cerebros no lavados

¿Habrá algún otro país en el mundo que se encuentre en la misma o peor situación que Haití previo al terremoto? Habrá que preguntárselo a un volcán o a un tsunami…

Fuente: Irreverendos

Dice Richard Dawkins:

“La esencia de la vida es la improbabilidad estadística a escala colosal”

Bonita cita que hace referencia al proceso ateleológico, sin dirección marcada o azaroso que ha sido la evolución hasta llegar al hombre. Se repite constantemente que los errores de réplica en las cadenas de ADN son  aleatorios, fortuitos, para luego ser filtrados por la dura criba de la selección natural (la cual sí parece actuar de modo determinista o no azaroso). Pero, ¿qué quiere decir que las mutaciones son azarosas o fortuitas?

Lo que habitualmente se entiende por ello es que cuando ocurre una mutación, no hay una causa final que la provoque, no hay un “para ésto”, al contrario que la mayoría de eventos que contemplamos en el mundo vivo, los cuales tienen finalidades claras (el ojo ve, la pata corre, el ala vuela). De acuerdo, pero aquí puede haber confusión. Que algo no tenga una finalidad evidente (aparte de que podría tener alguna finalidad que no supiéramos) no quiere decir que sea azaroso. Es más, la mecánica clásica, parte de un determinismo absoluto a todos los niveles de la realidad. Veamos el texto  determinista por antonomasia.

“Todos los eventos, incluso aquellos que por su pequeñez parecen no seguir las grandes leyes de la naturaleza, las siguen de una manera tan necesaria como las revoluciones celestes. Una inteligencia que en cada instante dado conociera todas las fuerzas que animan a la materia, así como la posición y la velocidad de cada una de sus moléculas, si, por otra parte, fuera tan vasta como para someter todos estos datos al análisis, abrazaría en la misma fórmula los movimientos de los más grandes cuerpos del universos y los del más ligero átomo. Para una inteligencia tal, nada sería irregular y la curva descrita por una simple molécula de aire o de vapores parecería regulada de una manera tan cierta como lo es para nosotros el orbe del sol”

Esto nos escribía Laplace en su Teoría analítica de la probabilidad. Si tuviéramos un diablillo que, a cada instante, conociera el estado total del sistema, debido a que este estado se conecta con los que le suceden por estrictas leyes, podría predecir con certeza absoluta todos sus posteriores estados, todo el futuro. Y esta es la concepción que suelen tener la mayoría de los científicos representada muy bien por Einstein y su “Dios no juega a los dados”.

¿Máquinas o dados?

Sin embargo, una divertida objeción a Laplace es la siguiente: supongamos que construimos un superordenador que, efectivamente, sepa el estado actual completo del Universo y todas las leyes que lo conectan con estados futuros. El ordenador sabría entonces qué es lo que yo voy a hacer en el siguiente momento. Entonces yo se lo pregunto: “HAL, ¿ahora voy a decir A o B?” Si HAL contestara A, yo diría B y viceversa, contradiciendo su gran poder de predicción. Supongo que el superordenador se volvería loco e intentaría asesinarme cada vez que me acercara a preguntarle algo (además no fallaría pues predeciría todos mis actos defensivos).

No obstante, pasemos por alto esta tonta objeción (quizá no tan tonta claro). Si las leyes de la física dominan estrictamente la naturaleza, también la dominarán a nivel génico. Parece artificioso diferenciar que, a nivel de ecosistema, la selección natural opera determinísticamente mientras que a nivel génico o cromosómico reina el más puro azar… ¿por qué en unos sitios sí y en otros no? ¿Por qué esa separación? Además, una naturaleza determinista abre las puertas a una evolución direccionada hacia la aparición del hombre. Dios, podría conocer todas las mutaciones de tal modo que podría haber preparado el estado inicial del Universo de forma que, al final, apareciera el hombre. Además, esto estaría respaldado por las polémicas y ajustadas constantes cosmológicas. Dios habría afinado el piano del Cosmos para que sonaran las teclas que él quisiera.

Pero, ¿qué es el azar? Habría que diferenciar que azaroso no equivale a libre. Si lanzo una moneda al aire hay un cincuenta por ciento de que salga cara o cruz. Suponiendo que Laplace se equivoca y el lanzamiento es un fenómeno aleatorio, al hecho de que salga cara o cruz no lo consideraríamos fruto de una decisión libre. La naturaleza podría ser absolutamente azarosa y nosotros seguir siendo igual de libres que nuestro reloj marcando las horas. Azaroso, tampoco es sinónimo de caótico, en el sentido de desordenado o confuso. Algo puede ser desordenado y funcionar de un modo absolutamente determinista. Habría que distinguir entre azar ontológico (que es el que aquí trato) de azar epistemológico. El segundo es, simplemente, la muestra de la insuficiencia de nuestro conocimiento sobre algo. Como no soy el diablillo de Laplace y no conozco completamente el estado inicial, con lo poco que sé hago mis predicciones, cual hombre del tiempo entre borrascas y anticiclones. Sin embargo podría darse el caso de que sé todo lo que se puede saber (no obstante, eso nunca se puede decir) y aún así, mi fenómeno es aleatorio, es decir, en unos casos hace una cosa y en otros otra sin que exista causa para ello. Aquí tendríamos un fenómeno incausado, pues azaroso significa sin causa que lo determine.

Azaroso significa aislado, sin relación con lo demás. El fenómeno aleatorio actuará con autonomía absoluta de su entorno. Sus únicas determinaciónes o limitaciones serían las que se salen de su conjunto de posibilidades y su probabilidad estadística. Cara o cruz al cincuenta por ciento, nada más, pero no  hay causa ni contexto que incite de ningún modo a que sea cara o a que sea cruz. Ambas posibilidades serían incausadas y autónomas, substancias en sí mismas. Pero el problema sigue estando aquí: ¿Existen realmente fenómenos aleatorios? Sólo si es así, y si esos fenómenos aleatorios tienen algo que ver con las variaciones hereditarias, sólo así, Darwin tendría razón y la evolución obedece al azar.

Una de las consecuencias, quizá menos explicitadas, de la peligrosa idea de Darwin es que convirtió la muerte en un hecho biológico más. Hasta entonces, no perteneciendo el hombre al reino animal (o, como mínimo, siendo un animal abismalmente diferente a los demás, un “salto ontológico” que diría Juan Pablo II) su muerte era considerada como un hecho irreversible, un paso al otro mundo sólo tratable desde la religión o la metafísica. Entonces Darwin nos acercó al mundo animal, a la zoología y, por lo tanto, a la biología, a la medicina, a la química orgánica.  Y en ese mundo, fuera del de espíritus y fantasmas, con todo puede experimentarse. La muerte pasa a ser un hecho científico y cómo tal debe explicarse, y así lo intento un brillante fisiólogo británico  (Su teoría tal como la  voy a contar a continuación es la que explica Dawkins en el capítulo III de El gen egoísta. Así que, como siempre, si queréis leerla mucho mejor narrada que aquí remitiros al original).

Peter Medawar (1915-1987) pensaba, al igual que Dawkins, que la selección natural se aplica a nivel génico, es decir, que los agentes de la evolución no son ni los ecosistemas, ni las especies ni aún los individuos, sólo los genes. Los genes son los auténticos protagonistas de la evolución. Pues bien, entre estos genes que van pasando su inmortal información de generación en generación desde tiempos remotos, existen los llamados genes letales, cuya nociva labor consiste en matar a su hospedador cuando algún indicador químico les haga activarse. Así mismo, existen también genes semiletales, los qué simplemente debilitan a su hospedador. Pero, ¿cómo han sobrevivido estos genes malvados a la selección natural? ¿Cómo va a ser una ventaja evolutiva matar el cuerpo en donde viajas y, en consecuencia, suicidarte?

Cromosoma equipado con genes letales

Estos genes podrían pasar de generación en generación si se activan después de que el individuo portador haya dejado descendencia. Cuando ya has tenido hijos y no vales para nada más que para acaparar recursos, es lógico que te suicides en pro de la supervivencia de los genes de tus hijos. Este sería el sentido último de la muerte: aumentar las posibilidades de supervivencia de tus familiares, ya que la única finalidad de todo nuestro organismo biológico es servir de transporte seguro a nuestros genes hasta que se “monten” en otro organismo.

Sin embargo, ahora lo sabemos. Hemos tomado conciencia de que la muerte no es algo necesario. Mis hijos puedan sobrevivir pefectamente a pesar de que yo no me suicide.  La muerte ha perdido su función evolutiva y ya no nos es útil, acabemos con ella. Siguiendo las ideas de Medawar,  tenemos dos grandes métodos para ampliar nuestra longevidad:

1. Retrasar la edad de procreación: si los genes letales y semiletales sólo se activan después de que el portador tiene descendientes, retrasando la edad media de procreación (por un drástico imperativo legal, por ejemplo), se activarían más tarde y, tras unas cuantas generaciones, ganaríamos años de vida.

2. Hacer “creer” a los genes que somos más jóvenes: los genes letales han de activarse por la presencia o ausencia de una determinada serie de compuestos químicos. El estudio empezaría por investigar qué sustancias están presentes o ausentes en cuerpos ancianos que estén presentes o ausentes en cuerpos jóvenes. Presumiblemente, esas sustancias activarían o inhibirían los genes letales, y ya sólo sería cuestión de suministrarlas o neutralizarlas.

Aún estamos muy lejos de conseguir nada parecido, pero el solo poder pensar que no existe contradicción alguna en su posibilidad ya es inquietante. Si pudiéramos vencer a la muerte… ¿Qué pasaría con las religiones que prometen un más allá? ¿Cómo se organizarían las sociedades con individuos siempre jóvenes?  ¿Controlaríamos la natalidad para evitar superpoblación? ¿Cómo sería la mente de un humano que hubiera vivido dos mil años? ¿Cuál sería su forma de vida sabiendo que tiene toda la eternidad por delante? ¿Viviríamos con menos intensidad cada momento como afirma Punset?

Esta entrada continua: En busca de la vida eterna y está relacionado con El Doctor Frankenstein soviético