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  1. El giro humanista del Renacimiento se concretó, sobre todo con la figura de Descartes, en el giro a la subjetividad. El centro del pensamiento a partir de entonces sería el yo en dos vertientes: como sujeto cognoscente (la teoría del conocimiento sustituirá a la metafísica como disciplina reina dentro de la filosofía) y como sujeto moral (base del individualismo y del liberalismo moderno).
  2. La idea fundacional nuestro sistema político-judicial y económico es el liberalismo. Se entiende al sujeto desde tres vertientes: como votante (política), como sujeto responsable de sus actos (Derecho) y como productor-consumidor (economía) y, en las tres, se entiende el yo fundamentalmente como un agente libre que vota, delinque, y trabaja y consume en virtud de su capacidad de elección completamente libre. Por eso cualquier ataque a la libertad o a la intimidad individuales, cualquier atisbo de totalitarismo es condenado unánimemente por la sociedad.

Tres críticas para extinguir el yo moderno (y, por tanto, para hacer saltar en pedazos la Modernidad y, con ella, todo nuestro estilo de vida actual):

  1. El yo no existe. La crítica viene desde lejos. El filósofo ilustrado David Hume ya advirtió que no teníamos experiencia alguna que pueda corresponder a un “yo”. Si hacemos un ejercicio de introspección e intentamos “ver” dentro de nosotros mismos solo encontramos ideas, palabras, imágenes, sentimientos… pero nunca encontramos a ese sujeto, a ese yo que, supuestamente, es el dueño de todos los contenidos de la mente. Las actuales neurociencias no parecen encontrar en el cerebro ningún “módulo central” que pueda equipararse a un yo. Tampoco parece existir ningún “teatro cartesiano” en dónde un homúnculo contempla lo que perciben nuestros sentidos.
  2. El individuo no existe. Una condición de posibilidad de que el yo exista es que sea un individuo, es decir, que sea indivisible. Si hubiese muchos yoes diferentes, ¿cuál de ellos sería realmente yo? ¿Cuál de ellos sería el que vota o comete crímenes? De hecho, incluso solemos entender una gravísima enfermedad mental, la esquizofrenia, como una especie de fragmentación del yo. Pues, precisamente, la ciencia nos está diciendo que no existe un solo yo. Los inquietantes experimentos con cerebros escindidos de Sperry y Gazzaniga apuntan claramente en esa dirección: no tenemos un solo yo, sino que múltiples agentes funcionales compiten para controlar el mando de la acción según se requiera.
  3. El yo no es libre. Entender el yo como un agente causal libre de nuestras acciones significa hablar de una causa incausada que constituiría una violación del principio de razón suficiente (desde una perspectiva materialista, de una violación del principio de conservación de la energía), un absurdo lógico. Además, desde la perspectiva neurológica los experimentos de Libet y otros, a pesar de ser discutibles y matizables, apuntan con claridad a la ausencia de libre albedrío (Wikipedia en castellano tiene un buen artículo sobre este tema). En coherencia, las tesis del psicólogo Daniel Wegner son claras: no elegimos nuestros pensamientos, y si consideramos que éstos son los agentes causales de nuestra conducta, no elegimos nuestra conducta.  Cuando comunicamos la intención de hacer algo lo único que hacemos, tal y como decía Spinoza, es lanzar una hipótesis predictiva de lo que es posible que vaya a ocurrir en un futuro.

Objeción: ¿Por qué entonces todos tenemos la sensación de poseer un yo y de ser libres? Es una ilusión fruto, igualmente como decía Spinoza, de las limitaciones de nuestra mente para conocer la multitud de causas que, realmente, ocasionan nuestros actos  ¿Y cuál es el sentido de tal ilusión? El agenciamiento (no confundir, por Dios, con el fraudulento concepto deleuziano). En la naturaleza operan simultáneamente una exponencial cantidad de agentes causales. A nuestro organismo le interesa mucho diferenciar, al menos, los agentes que son importantes para su supervivencia (un conjunto en movimiento de manchas naranjas y negras que ruge puede hacerme mucha pupa, por lo que yo establezco la relación causal: si tigre entonces pupa, en la cual pongo al tigre como agente, como sujeto de la acción “hacer pupa”. Nótese que no es porque el tigre sea un individuo ni tenga realmente un yo que active sus dientes y garras, sencillamente a un conjunto de percepciones les pongo una etiqueta útil para mi supervivencia). Igualmente, a la enorme colonia simbiótica de células que nos compone, le conviene diferenciarse de otros agentes causales (no es lo mismo que el tigre muerda cualquier brazo a que muerda ese brazo que tengo pegado al cuerpo). Y aquí llega el agenciamiento: agenciarme actos, hacer mío un objeto o suceso del mundo (Un ser está bebiendo agua ¿Cómo sé si eso es útil para mi supervivencia? Si el ser que está bebiendo agua es mi organismo y no otro, por lo que mi organismo le dice a un módulo funcional de mi cerebro que se agencie ese acto, que diga “Yo, y no otro agente causal, estoy bebiendo agua”. Importante: eso no quiere decir que haya un yo que beba agua ni que exista un yo que le ordene al organismo que beba agua, es solo una diferenciación, una ficción práctica, una etiqueta útil para que el organismo se diferencie de otros en función de utilidades evolutivas).

Nueva objeción a la que no soy capaz de responder: ¿Y qué pasa con la consciencia? Cuando a mí me duele algo, si no hay un yo al que le duela ¿a quién le duele realmente? ¿Podría darse, como en el mundo de las ideas platónico, el dolor sin sujeto doliente? Estamos, como siempre, con el problema de la irreductibilidad de los qualia. Sabemos que las sensaciones conscientes son un poderoso motivador de la conducta: el placer atrae y el dolor aleja, por lo que la función evolutiva de la consciencia parece clara, pero viendo lo fácil que nos resulta hacer computadores perfectamente motivados sin emociones ¿por qué la evolución crearía algo tan extraño?

Posible vía de solución 1: el yo como sujeto de la consciencia es una trampa del lenguaje. Una muestra de ello: extrapolamos la gramática a la realidad sin justificación. Como toda oración tiene un sujeto, sostenemos que debe existir un sujeto de las sensaciones consientes. Quizá sí es posible que existan sensaciones sin sujeto, si bien nos sigue pareciendo una idea extraña y poco intuitiva (¿un dolor de muelas que no le duela a nadie?). En esta línea está el trabajo de Gilbert Ryle y de su discípulo Dan Dennett, quienes llegan a negar la existencia de la propia consciencia.

Posible vía de solución 2: podríamos aceptar que si bien no existe un yo como agente causal de nuestra conducta, que no es individual y que no es libre, sí que existe en cuanto a sujeto paciente de la consciencia. No obstante, me parece una solución poco elegante, fea.

 

Mensaje antiplatónico par excellence: no existe nada que esencial, o lógicamente, ligue un hecho ético (o, más bien, la interpretación ética de un hecho) del mundo y un estado emocional placentero.  A partir del descubrimiento de las sustancias psicoactivas, nos dimos cuenta de que para conseguir una sensación o emoción no es necesaria la presencia de tal hecho o, ni siquiera, del estado mental que lo preceda y lo cause.  La alegría que hubiéramos obtenido si nos hubiera tocado la lotería de Navidad, podemos conseguirla, e incluso intensificarla, ingiriendo un compuesto de prosaicas moléculas, sin que, realmente, nos toque ni un céntimo. Es más, con una calculada dosis, ya no diremos de la brutal etorfina, sino de fentanilo (peligrosísima) o de oxicodona, podrías sonreír de un indescriptible placer mientras te corto un brazo.

Este descubrimiento tiene unas consecuencias brutales. La mayor parte de las concepciones de la ética dadas a lo largo de la historia (con la honrosísima excepción de la genial ética kantiana) prometían un estado final de felicidad, a condición de seguir una serie de, a menudo muy duros, preceptos. La ataraxia griega, el nirvana budista o la visión deifica cristiana, son estados, en gran medida emocionales, que se obtienen después de  un largo proceso que, a menudo, puede durar toda una vida. El sentido de tu existencia, lo que debes hacer día a día, está sujeto a la obtención de ese premio final. Sin embargo, llegamos a día de hoy y conseguimos el premio sin el arduo proceso.

Se podría objetar que ese estado de felicidad artificial, ese paraíso químico, sería falso, un disfraz conseguido haciendo trampas, algo inauténtico, postizo ¿Por qué? Esta objeción encierra una confusión: la emoción que se consigue al ingerir un psicotrópico no tiene absolutamente nada de falso, es tan real como la conseguida sin la ingesta. Lo falso, o más bien lo ausente, es el suceso generador de la emoción, no la emoción misma.

Se sigue objetando: pero lo realmente valioso es el camino, no únicamente el resultado. Respondemos: podemos ponderar lo que obtenemos en cada fase del camino y ver si compensa o no perderlo en virtud de conseguir, inmediatamente y sin esfuerzo, el bien final. En algunos ejemplos está claro: pensemos en las millones de personas que se están machacando en el gimnasio por lucir un bonito cuerpo cuando llegue el verano. Si yo les dijera que, puedo conseguirles ese cuerpo deseado sin el más mínimo coste, tomando una pastilla que no tiene efecto secundario alguno… ¿No la tomarían sin dudar? ¿No sería estúpido decir que no, que prefieren sufrir levantando pesas y comiendo brócoli?

Las pocas experiencias que he tenido con drogas duras (con las mal llamadas blandas, como el tabaco o el alcohol, he tenido muchísimas) fueron en mi época universitaria (juventud: bendita idiotez). Recuerdo una noche en la que probé una pastilla de MDMA. Cuando la ingerí estaba ya completamente borracho (si no, seguramente, mi superyó bien aleccionado me hubiera impedido tomarla) pero al cabo de unos treinta minutos mi estado etílico cambio radicalmente hacia algo muy diferente. Sentí una felicidad inmensa, una plenitud absoluta, una comunión total con el cosmos… Todo tenía sentido y todo era completamente maravilloso. Nunca antes había sentido un amor hacia la vida y hacia todos los seres humanos similar. Sinceramente, esas horas de efecto del MDMA han sido las más felices de mi vida (y no soy una persona especialmente desgraciada). Nunca he vuelto a sentir emociones tan agradables con esa intensidad. Y, paradójicamente, eso es lo que me aterró de las drogas y lo que consiguió que, finalmente, no terminará siendo un yonki en cualquier parque. Me dio mucho miedo saber que lo que había tomado era demasiado bueno y comprendí lo brutal que debería ser el reverso tenebroso de algo así. Entendí por qué un yonki de cualquier parque es plenamente consciente de su penosa situación y, aún así, prefiere seguir drogándose a tener una vida. No volví a probarlo.

Sin embargo, de lo que no quedé nada disuadido, es de aceptar el uso de drogas que no tengan efectos secundarios significativos. Sería la utopía del utilitarismo hedonista: una sociedad en la que todo el mundo tenga acceso a la mayor felicidad posible. Es más, lo que sería inmoral sería privar a la gente de unas sensaciones de bienestar semejantes. Y, siguiendo esa lógica, nada parece alejarnos de un futuro en el que el uso de psicotrópicos de diversa índole sea cada vez más usual (de hecho ya lo es). Pero quizá un futuro emocionalmente paradisíaco puede esconder algo, como mínimo, inquietante. Sabemos, desde experimentos realizados en la década de los cincuenta del siglo pasado, que ratas de laboratorio preferían tomar cocaína a comer o a beber, dejándose morir con tal de seguir consumiendo su droga. Y es que los sistemas de recompensa emocional del cerebro tienen un fin evolutivo claro: moverte a actuar para obtener placer o evitar el sufrimiento ¿Qué ocurre entonces cuando no hay sufrimiento y se vive en un estado de placer constante? Que el individuo ya no tiene nada que hacer, que no hay nada que pueda motivar su conducta.

Un futuro así sería como un colosal fumadero de opio en el que miles de sujetos vivirían enchufados a aparatos que les suministraran regularmente la dosis adecuada, quizá siempre durmiendo o, simplemente, ensimismados en hermosísimas ensoñaciones, quizá sin hablar con nadie más (¿para qué las relaciones sociales?) o no, pero, seguramente, sin hacer prácticamente nada: solo lo necesario para mantenerse vivos y drogados. Aquí, si que el tiempo histórico quedaría congelado. No se evolucionaría hacia nada más ya que, esta vez sí, estaríamos ante el auténtico fin de la historia de Fukuyama.

Este futuro utópico, o distópico según se mire, casaría perfectamente con el advenimiento de la singularidad tecnológica de la IA. Si construimos inteligencias artificiales que nos superen abrumadoramente, y si hemos sido lo suficientemente listos para conseguir que no nos exterminen, podría pasar algo así: las máquinas tomarían el mando de la historia y se dedicarían solo Skynet sabe a qué, mientras dejarían a sus venerables, aunque patéticamente inferiores creadores, viviendo en un inofensivo paraíso. Entonces, poseamos superdrogas o no, tendremos que enfrentarnos a algo a lo que nuestro frágil ego humano no está acostumbrado: la irrelevancia ¿Aceptará el hombre perder el protagonismo de su historia? ¿Aceptará perder el mando, aún a sabiendas de estar en mejores manos que en las suyas propias? Sería un caso de interesante dilema moral: ¿libertad o felicidad? La respuesta sería fácil para los drogados: seguir en su paraíso toda la eternidad y que gobiernen otros. La responsabilidad del gobierno trae demasiadas preocupaciones y dolores de cabeza.

O quizá, la historia podría continuar por otros derroteros: es posible que los seres humanos no nos quedásemos del todo quietos, sino que siguiéramos buscando formas de placer aún más poderosas. Quién sabe si pondríamos a la IA a nuestro servicio para conseguir placeres que ahora no alcanzamos ni a imaginar. Pensemos en diseño de cerebros a los que se aumenta su capacidad de sentir, con circuitos de placer hiperdesarrollados, que viven en un mundo de realidad virtual en el que todo está pensado para estimular cascadas de opioides, maravillosas tormentas cerebrales de una potencia inusitada. La historia de la humanidad se convertiría en la búsqueda de paraísos dentro de paraísos.

Pensemos en el mejor sueño que hayamos tenido y pongamos detrás de el a un asistente computerizado que sabe lo que nos gusta mucho mejor que nosotros. Recomiendo ver Más allá de los sueños (1998) de Vincent Ward. La película es mala pero sus efectos visuales (que ganaron un Óscar) pueden ilustrar muy bien a lo que nos referimos: imagina caminar de la mano con una bella mujer (quizá con esa chica que nos gustaba en el instituto y que ya no sabes nada de ella), por el cuadro más hermoso que se te ocurra, mientras escuchamos una increíble sinfonía (la Lacrimosa de Preisner o el Dúo de las flores de Delibes) , a la vez que nuestros centros cerebrales de placer se disparan como fuegos artificiales, haciéndonos sentir una especie de orgasmo infinito… Vivir eternamente en ese día de verano de cuando teníamos doce años y no había nada que hacer, ninguna preocupación, y todo era nuevo…

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Por si alguien no ha leído mi último artículo en Xátaka, va sobre otro posible futuro: precrimen.

Y feliz Navidad máquinas mías.

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Recomendaciones: Black Mirror: San Junípero (3×04). Este capítulo de la serie nos habla de un futuro no demasiado lejano en el que, al morir, puedes elegir entre fallecer sin más (y probar suerte a ver si existe el paraíso de las religiones) o pasar tu mente a un ordenador y vivir en un paraíso artificial llamado San Junípero (una realidad virtual que representa un bonito pueblo en una playa de California). El capítulo es sublime y quizá escriba un día una entrada dedicada plenamente a él porque la temática lo merece: la posibilidad de un Cielo para ateos, de una eternidad de verdad.

Pero hoy voy a hablar de un tema recurrente en el blog: el minduploading o los problemas filosóficos que hay detrás suyo. La cuestión crucial es: Si mueres y decides ir a San Junípero, ¿serás tú el que realmente estás allí o será una mera copia de ti mismo? Este era exactamente el mismo problema del teletransportador (lo tratamos aquí, aquí y aquí), que remite al viejísimo problema de la identidad personal: ¿qué es lo que realmente hace que yo sea yo mismo y que, por lo tanto, tengo que llevarme necesariamente a San Junípero aunque se me olvide todo lo demás?

El matemático sueco Olle Häggström plantea el asunto de forma original. Supongamos que tenemos una máquina de teletrasportación que me lleva desde mi casa a Nueva York porque tengo allí una importante reunión de trabajo el jueves. ¿Me fiaría de subirme al teletransportador? ¿Sobreviviré al viaje o moriré y una copia de mí mismo ocupará mi lugar? Häggström distingue dos tipos de supervivencia:

σupervivencia: yo σobrevivo hasta el jueves si ese día existe una persona que tiene los mismos rasgos de personalidad, los mismos recuerdos, etcétera, que tengo yo hoy (permitiendo ciertos cambios correspondientes a lo que se considera normal en el transcurso de varios días).

Σupervivencia: yo Σobrevivo hasta el jueves si (a) σobrevivo hasta el jueves, y (b) se mantiene cualquier propiedad necesaria para que el tipo que llega a Nueva York siga siendo realmente yo (en comparación con una copia mía).

Después se pregunta cuál será esa propiedad (la llamaremos Σ) que diferencia los dos tipos de supervivencia. Propone como candidata la CBTST (Continuity of my Body’s Trayectory though Space-Time): yo sigo siendo yo mismo si, en el caso de una teletransportación, mi cuerpo es trasportado de alguna manera del punto de origen al de destino (Téngase en cuenta de que esto sería imposible para San Junípero ya que nuestro cuerpo habría muerto). Supongamos que existe una especie de súpercable que puede transportar todos mis átomos desde mi casa a Nueva York y, allí, el teletransportador reconstruirá por completo mi cuerpo. El teletransporte sería solo “empequeñecerme” para meterme en un cable para luego volver a “agrandarme”.

Sin embargo, la CBTST no convence a Häggström: los átomos no tienen identidad. Si yo cojo ahora mismo y construyo átomo a átomo a otro Santiago absolútamente idéntico a mí: ¿qué hay en cualquiera de los dos que haga que uno sea yo y que otro sea una copia? Si somos materialistas no podemos aceptar nada, y Häggström propone recurrir a la práctica navaja de Ockham: si no encontramos Σ por ningún lado, lo más probable es que no exista Σ. Por lo tanto, σobrevivir es exactamente lo mismo que ∑obrevivir. La teletransportación es segura y San Junípero es posible.

No obstante, creo que Häggström resuelve el tema muy rápido y con demasiada superficialidad. Su solución no resuelve, para nada, el problema del teletransporte no destructivo (que él mismo plantea también unas páginas antes). Supongamos que yo me teletransporto a Nueva York de la siguiente forma: la máquina teletransportadora realiza un súperpreciso escáner de mi cuerpo, después lo destruye, manda la información a Nueva York y allí, siguiendo las instrucciones recibidas, construye un ser idéntico al que había al otro lado. Según Häggström aquí no habría problema alguno: el teletransporte habría sido un éxito y yo seguiría siendo yo mismo (σ es igual a Σ). Sin embargo, ese día ocurre un problema y la máquina encargada de destruir mi cuerpo en el punto de salida se avería, de modo que no lo destruye. Entonces se da el caso de que existen dos santiagos, uno aquí y otro en Nueva York ¿Cuál de ellos soy yo? ¡Los dos! ¡Pero eso es imposible!

Desde mi perspectiva, Σ es la sentience, es decir, la capacidad de sentir en primera persona lo que me pasa. Yo sigo siendo yo mismo si cuando me pellizcan, yo, y ninguna otra persona o copia mía, siente ese dolor.  Pero también creo que esa capacidad es un fenómeno natural tan físico-químico-biológico como la digestión o la circulación de la sangre. Pero entonces, ¿cómo es posible que si hacen una copia idéntica a mí, ésta no tenga también la misma sentience que yo? Mi respuesta es que Σ es físico-químico-biológico pero, es una función, propiedad o proceso que tiene la cualidad de ser personal e intransferible. Es, por así decirlo, de un solo uso. Si creamos una copia, aunque sea idéntica a mí, crearemos sentience, pero una sentience diferente a la mía.

Sería algo así como la ubicación espacial de cada uno. Dos objetos pueden ser exactamente iguales pero su ubicación espacial siempre ha de ser diferente. Igual pasa con Σ: dos personas pueden ser materialmente iguales pero su Σ siempre ha de ser diferente. Si me duelen las muelas solo me duelen a mí y a nadie más. Podríamos hacer que otra persona sintiera exactamente mi mismo dolor de muelas pero, aún así, cada uno sentiría el suyo. No atino a entender cómo podría ser una consciencia global en el que nos fusionásemos todos ya que, precisamente, consciencia y global son dos términos antagónicos. Si todos nos fusionásemos en una consciencia global lo único que ocurriría es que cada una de nuestras individualidades sería absorbida por una consciencia dominante que sería, a fin de cuentas, la única consciencia existente.

Otro ejemplo: pensemos en dos videocámaras materialmente iguales que se ponen a grabar diferentes paisajes. A pesar de ser materialmente idénticas la película que filman es diferente. Pues, sencillamente, ∑ es lo que están grabando. Si yo cojo y hago una copia exacta de una de ellas con toda la película grabada hasta entonces y la pongo de nuevo a grabar, al ser ya la película diferente habría creado un nuevo Σ.

Aunque no es una gran respuesta a nivel explicativo (ya que sigue sin explicar casi nada de lo que es Σ) creo que es esencialmente correcta: salva el naturalismo, sortea el problema del teletransporte no destructivo, y hace lo que toda respuesta filosófica ha de hacer: aportar algo de claridad aunque sea tenue. Eso sí, la conclusión no gustará mucho a los amigos de la AI: no te teletransportes si no quieres morir y San Junípero estará lleno de tristes copias de muertos.

Tal como sugirió Bacon con sus ídolos de la tribu, la maquinaria humana de reconocimiento de patrones tiende a dispararse en exceso, lo cual conlleva que creamos ver patrones en lo que en realidad es simple ruido. Hay un famoso experimento en el que este fenómeno produce el divertido resultado de que los sujetos humanos suelen rendir peor que las palomas y las ratas al afrontar la misma tarea. Al sujeto se le muestran dos lámparas, una roja y otra verde. A intervalos regulares, una de ellas se enciende y a los sujetos se les pide que predigan qué lámpara se encenderá a continuación. No se les informa sobre ningún mecanismo subyacente a la secuencia de encendidos de la lámpara roja y de la verde, pero lo cierto es que se encienden al azar, con un 0,8 de probabilidad para la roja frente a un 0,2 para la verde, independientemente de lo que haya sucedido antes. Los sujetos humanos observan la asimetría, intentan imitar el intrincado patrón de las luces, y predicen que la lámpara roja se enciende el 80% de las veces y la verde el 20% restante. De este modo acaban averiguando el correcto encendido aproximadamente 0,8 . 0,8 + 0,2 . 0,2 = 68% de las veces. Los animales más simples rápidamente averiguan cuál es la que se enciende con más frecuencia, con lo que aciertan un 80% de las veces. Ver, por ejemplo, Hinson y Staddon (1983), y Wolford, Miller y Gazzaniga (2000).

Häggström, Olle. Aquí hay dragones

Bacon tenía toda la razón del mundo: la metafísica tradicional tendió a ver en la realidad muchísimo más de lo que en ella había. La navaja de Ockham y el tenedor de Hume fueron una buena terapia aunque, parece ser que todavía no lo suficiente. Seamos humildes y aceptemos nuestro papel de intentar, al menos, ser unos buenos escépticos.

Véase, por supuesto, la superstición en las palomas de Skinner.

ramanujan

El caso de Ramanujan es milagroso. A parte de sobrevivir a la viruela, de no morir a los pocos meses de edad como su hermano, y de criarse en el sistema educativo indio de finales del siglo XIX, es decir, de ser prácticamente autodidacta, pudo realizar grandísimas aportaciones a las matemáticas. Eso sí, la tuberculosis lo mató a los 32 años de edad ¿Quién sabe qué hubiera llegado a descubrir con una vida sana y longeva? ¿Cuántos genios de este tipo se han perdido a lo largo de la historia de la humanidad?

Hemos trabajado siempre con un concepto de inteligencia individual. La inteligencia, sea una o sean muchas, siempre es algo propio de un solo individuo. Cuando alguien nos hablaba de inteligencia global o colectiva ya miramos con recelo, pensando en que pronto vendrá un “espíritu universal”, una “consciencia colectiva” o la, tanta veces mencionada, superinteligencia que emergerá de Internet. Cambiemos el chip.

Definimos inteligencia de un modo muy simple: capacidad de resolver problemas. Un individuo, organismo, máquina, sociedad, época, nación (en definitiva, un sistema), será más inteligente que otra si es capaz de resolver un mayor número de problemas, si lo hace en menos tiempo, o si los que resuelve son más complejos. Con esta definición ampliamos la inteligencia de lo individual a lo colectivo sin tener que hablar de una “mente” o “alma” colectiva. Hacerlo así nos puede servir como un parámetro de medida muy ilustrativo para elaborar estrategias políticas de amplio calado.

Empecemos hoy a nivel puramente cuantitativo: una sociedad con más individuos con un promedio de inteligencia similar, tiene más inteligencia colectiva que otra con menos. Otros factores como la capacidad de coordinación, sincronización o comunicación serían también fundamentales, pero ahora los pasaremos por alto (Pensemos que una sociedad con 1.000 individuos en la que cada uno va por su lado y no se comunica con los otros tendría la misma inteligencia colectiva que una sociedad formada por un solo individuo). Según ciertas estimaciones en el Paleolítico Inferior vivían en el planeta unos 125.000 seres humanos. Si en tiempos del Imperio Romano llegamos a los 150 millones, la población se había multiplicado por mil, por lo que su inteligencia colectiva sería tres órdenes de magnitud mayor. Si nos vamos a la actualidad, con unos 7.000 millones de habitantes, nuestra población es 52.000 veces la del Paleolítico y 47 veces la del Imperio Romano. A nivel, meramente cualitativo, para un hombre prehistórico que contemplara una de nuestras urbes todo sería radicalmente incomprensible, una verdadera singularidad.

Otro cálculo. Estimemos que la posibilidad de que surja un genio universal de la talla de Aristóteles o Newton es de una por cada diez millones de habitantes. Supongamos también que la presencia de estos hombres extraordinarios representa un gran pico en la gráfica de la progresión de la inteligencia, por lo que, igualmente, su mera presencia es un indicador del grado de inteligencia colectiva de una sociedad. Entonces en la actualidad puede haber unos setecientos genios entre nosotros mientras que en largas épocas del Paleolítico es posible que no viviera ninguno. Dos ideas:

  1. Esto advierte sobre la importancia de detectar y aprovechar la llegada de estos talentos. En nuestro sistema educativo no hay prácticamente nada al respecto y, en la actualidad (y casi desde siempre) nuestros mejores cerebros se van al extranjero. La pérdida de capital humano pasará factura. No sé cuánto hace falta para entender lo que se ha dicho tantas veces: no es que los países ricos inviertan en ciencia, es que, precisamente, son ricos porque invierten en ciencia.
  2. Uno de los problemas de salud pública más graves que sufre Tercer Mundo es la carencia de yodo (unos mil millones de personas afectadas a lo largo de unos ochenta países). Los suelos de estos países apenas tienen este mineral debido al arrastre de las últimas glaciaciones, por lo que agua, vegetales y animales (toda la cadena trófica) sufre la carencia. Esta falta produce cretinismo (aparte de bocio y enanismo), que conlleva, entre sus lamentables síntomas, una pérdida de entre diez y quince puntos de CI. La merma de inteligencia colectiva es brutal, cuando la fácil solución está en la barata sal común. Existen ya muchos programas para combatir el problema con bastante éxito, pero es muy triste que se haya tardado tanto y que todavía no se haya erradicado por completo.
  3. De los 7.000 millones de seres humanos, unos 1.300 son indios y otros casi 1.400 son chinos. Es decir, más de un tercio de la población mundial vive en esos dos países.  Si a India y China le sumamos África con más de 1.100 millones, ya tenemos más de la mitad de los habitantes del mundo. Europa (780 millones), Estados Unidos (320), Japón (127), suman 1.227 millones, menos de un 20% de la población total. Si suponemos que solo estos últimos países podrían sacar partido a los genios que en ellos nacieran, si tenemos setecientos genios, solo un 20% de ellos podría tener acceso a una educación (o, sencillamente, a tener una esperanza de vida razonable), es decir, solo ciento cuarenta… ¡Estamos perdiendo al 80% de los genios que nacen en la Tierra!
  4. Y estamos hablando de la actualidad, cuando el rápido ascenso de China e India terminará por dar oportunidades al talento, pero si nos vamos al pasado, cuando ni el Primer Mundo podía garantizar el aprovechamiento de la inteligencia… la pérdida sería mucho más acusada. Pensemos en que para que un alto intelecto pudiera hacer grandes aportaciones a la humanidad tenían que darse una serie de difíciles casualidades: sobrevivir hasta la edad adulta, recibir una educación (a falta de sistemas públicos, tener la inmensa suerte de nacer en una familia acomodada), o vivir en una cultura que premiara la innovación o, al menos, que no castigara las nuevas ideas (difícil, teniendo en cuenta que gran parte de las culturas han sido fuertemente tradicionales). Revisando nuestra historia no cabe duda de que hemos sido tremendamente ineficientes aprovechando nuestra inteligencia.

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A día de hoy, la mejor teoría acerca de la naturaleza de la consciencia se la debemos al neurocientífico italiano Giulio Tononi, partiendo de la base de la teoría del núcleo dinámico (elaborada junto a Gerald Edelman en los años noventa) y teniendo continuadores y defensores en el norteamericano Christof Koch o en el matemático Adam Barrett. A priori, la teoría es simple: todo sistema lo suficientemente complejo para integrar información será consciente. La cantidad o cualidad de la experiencia consciente dependerá de la cantidad de información que el sistema sea capaz de integrar.

La teoría de la información integrada (TII) baila entre dos polos:

  1. La enorme riqueza informacional (cantidad y variedad) de la experiencia consciente. No solo percibimos en distintas modalidades sensoriales (vista, oído, tacto, interocepción…), sino que la cantidad de estímulos sensoriales de cualquier experiencia sensible es muy alta. Quite el lector la vista de la pantalla, mire a su alrededor y compruebe la maravillosa variedad de formas y tonalidades de color que puede percibir (y no solo las que percibe actualmente, sino las que potencialmente puede llegar a percibir). A nivel más técnico, Tononi define información como una propagación causal dentro de un sistema, capaz de reducir la incertidumbre (en el fondo, es la misma que la clásica de Shannon). Sin embargo la riqueza informacional es condición necesaria pero no suficiente para la experiencia consciente. En su famoso paper “Consciousness: Here, There but Not Everywhere”Koch y Tononi ponen el ejemplo de un electrodiodo que es capaz de capar la presencia o ausencia de luz. Tendría solo dos bits, dos estados informacionales. Aunque hiciéramos una enorme malla con miles de fotodiodos de modo que subiéramos mucho la cantidad de información recibida, esa malla seguiría siendo totalmente inconsciente. La TII pretende mejorar el antiintuitivo panpsiquismo (o pampsiquismo) quedándose solo con lo mejor de él. Hace falta algo más para la consciencia.
  2. Toda experiencia consciente se nos presenta como información integrada. Esta es la clave. Mi experiencia consciente sintetiza información, hace de ella un todo unificado y coherente, de modo que adquiere cierto grado de irreductibilidad, de no divisibilidad en partes. Según Koch, la consciencia emerge de esta integración, no siendo reductible a lo estrictamente material: el todo es mayor que la suma de las partes. Estamos ante el clásico emergentismo: la cantidad de información genera una sinergia que fortalece la experiencia consciente.

Además, la virtud de la TII es que va acompañada de su correspondiente teoría matemática. Aplicando la teoría de la información podemos calcular la cantidad de integración informacional de un sistema. Es lo que Tononi llama el número Φ (no confundir con el número áureo). Integración no equivale únicamente a conectividad. Pensemos, por ejemplo, en un montón de fibras musculares trabajando al unísono para contraer un músculo. El sistema muscular tendría un número phi bajo a pesar de estar muy interconectado porque sincronización no es igual a integración (esto explicaría porqué cuando alguien tiene un ataque epiléptico y sus neuronas se sincronizan masivamente no da lugar a un estado de hiperconsciencia). Integración consiste en un equilibrio entre síntesis y especialización, tal y como ocurre en nuestro cerebro: muchos módulos especializados que confluyen en una información integrada.

Y, mejor aún, ciertas evidencias científicas apuntan a que la TII puede ser correcta. Por ejemplo, ciertas observaciones en pacientes anestesiados parecen indicar que lo que causa el estado de inconsciencia no es que disminuya la actividad neuronal en ciertas partes del cerebro, sino que se corte la comunicación entre el tálamo y la corteza (se interrumpan o desintegren ciertos circuitos talamocorticales). Esto es lo que predice la TII: cuanto más fragmentes menos consciencia. En un famoso estudio de 2009, el equipo de Tononi estimuló magnéticamente ciertas áreas cerebrales de sujetos experimentales, de modo que activaban dichas áreas produciendo una reverberación que se propagaba, creando una reacción en cadena de activaciones en muchas otras neuronas. Después, sedó a los sujetos y volvió a estimularlos de manera similar. La reverberación fue mucho menor: alcanzó a menos áreas, propagó un patrón mucho menos complejo y su duración fue menor.

Crítica:

  1. Creo que no está suficientemente bien definido el concepto de integración sensorial ¿Qué es lo que realmente hay de indivisible en nuestra experiencia consciente? Aunque se me presente muy  unificada, sí que puedo dividirla. De hecho este fue el proyecto de la escuela psicológica estructuralista. Si bien es cierto que todo en la experiencia sensible no es reductible a la suma de sus partes (como bien sostuvo la Gestalt), sí que hay muchos elementos sensibles perfectamente divisibles: puedo dividir las modalidades sensoriales y, dentro de ellas, igualmente, puedo dividir y clasificar la multiplicidad de formas, colores, olores, sabores… Realmente no hay tanta irreductibilidad.
  2. La TII adolece de los mismos problemas que el emergentismo: explica bien poco. No hay ninguna explicación de cómo el cerebro integra esa información (binding problem) ni de los procesos biológicos-físico-químicos que generan la experiencia consciente. Claro que esto sería pedir mucho dado el estado actual del arte.
  3. No se explica por qué ni cómo integración es igual a experiencia consciente. No sé por qué si un sistema integra información ya es consciente y si no integra no lo es. Puedo aceptar que en muchas experiencias conscientes se integra información pero no entiendo por qué una información no integrada no pueda ser consciente. Pensemos que estamos en una cámara de privación sensorial en la que no percibimos prácticamente nada. De pronto escuchamos un simple sonido, un fonema o una simple nota musical. Tendríamos un único sonido no integrado y seríamos perfectamente conscientes de él. Lo que sabemos es que la integración suele acompañar a muchas experiencias conscientes, pero no tenemos claro si es condición necesaria para la consciencia.
  4. La dificultad de calcular Φ en sistemas tan complejos como el cerebro humano es, a día de hoy, misión imposible. La cantidad de variables es astronómica, incluso para la Caenorhabditis elegans, con apenas 302 células nerviosas. El grupo de Tononi ha propuesto como estimador (a la espera de algo mejor) el índice de complejidad perturbacional (PCI) que surge de estimular magnéticamente el cerebro (EMT) de un individuo y ver su respuesta en el encefalograma. Si el sujeto está haciendo una operación consciente, la respuesta es mucho más compleja a nivel informacional  que si el sujeto está dormido o anestesiado.

En general, y tal y como he comenzado el artículo, creo que la TII es la mejor teoría de la que disponemos a día de hoy sobre lo que puede ser la consciencia, lo cual no significa ni que sea correcta ni que carezca de serios problemas. Es buena en que parece encajar bien con la evidencia disponible (y en que es más o menos falsable) y en que apunta a solucionar viejos problemas con respecto al panpsiquismo (no todo va a ser consciente), se lleva bien con el emergentismo (aunque adolece de sus mismos problemas), y no tiene dilema alguno con la IA (en principio, no hay ningún problema en construir una máquina que sea capaz de integrar información). Es un intento muy loable en un campo de estudio muy difícil.

El siempre supravalorado Aldous Huxley escribía en el icono hippie Las puertas de la percepción, que la consciencia era una especie de “cuello de botella” que solo dejaba ver un pequeño “hilo de realidad”. Nuestra consciencia, debido a nuestras limitaciones como especie, solo podría prestar atención a una serie limitada de estímulos. Drogas como el LSD podrían “abrir” las “puertas de la percepción” y darnos acceso a partes de la realidad a las que nuestra consciencia serial, lineal y limitada no podía acceder de normal. Es más para Huxley el uso de psicotrópicos podía llevarnos al ser puro, a contemplar la realidad-en-sí.

Si bien es cierto que alterar nuestra consciencia de la realidad puede hacernos percibir el mundo de otra manera y eso puede llevarnos a grandes resultados creativos, nada hay de verdadero en que lleguemos a algo que podamos considerar como la realidad-en-sí. En general, el uso de sustancias psicotrópicas distorsiona la visión funcional de la realidad, es decir, empeora tu percepción más que abrirte las puertas a mejores lugares. Siempre me ha parecido muy erróneo, cuando no dañino, entender el uso de las drogas de modo espiritual o cuasi-religioso. No amigos, el ácido lisérgico no te va a llevar a descubrir tu “yo interior” (¿qué diablos es el yo interior?), ni va a suponer una fase más en un camino de autorealización personal. El ácido te hará pasar un buen rato teniendo alucinaciones y sintiéndote eufórico (o todo lo contrario si te da un bad trip), pero poco más.

Suena un tanto extraño que el ser humano no hubiese podido llegar a la plenitud de su existencia espiritual hasta que  Albert Hofmann  sintetizará el LSD en 1938 ¿Nuestro organismo habría sido diseñado por eones de selección natural para crear un sistema nervioso adecuado para que el ácido nos llevará a la visión deifica? No, nuestro cerebro no está diseñado ni para conocer la realidad en sí misma, ni mucho menos para llegar a contactar con dioses ni espíritus interiores. Nuestro cerebro está diseñado originariamente para sobrevivir en determinados entornos (fundamentalmente, para moverse eficazmente en ellos). Y, como vamos a ver, para ello no hace falta abrir las puertas de la percepción para conocer la realidad en su totalidad, sino más bien todo lo contrario.

El cerebelo es la parte del encéfalo encargado de la coordinación de los movimientos. Es por ello que cuando se le daña, el sujeto no pierde la capacidad de moverse, sino que sus movimientos se descontrolan, se hacen torpes y desequilibrados, teniendo problemas para realizar cualquier acción motora. Para realizar esta tarea directora el cerebelo distingue muy bien entre movimientos previsibles e imprevisibles (¿No será nuestra capacidad de prever el futuro una evolución posterior de la función cerebelar?).  Cuando alargamos un brazo para coger una taza de café, sentimos, por ejemplo, el tacto de nuestra camisa rozando nuestra piel. Esta sensación no es relevante, no es importante en la ejecución de la acción, por lo que el cerebelo “la resta” de nuestro foco de atención. El cerebelo recibe toda la información y diferencia la que es totalmente predecible y prescindible, de la necesaria para llevar a cabo correctamente la acción. Es por eso que no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos. El cerebelo predice donde pondremos las manos, por lo que no hay sorpresa y el hilarante resultado del ataque de cosquillas no se produce.

El neurocientífico británico Daniel Wolpert realizó unas investigaciones en las que monitorizó a una serie de individuos mediante IFRM (Resonancia magnética funcional) mientras les hacían cosquillas. En el escáner aparecía una fuerte activación de la corteza somatosensorial, pero el cerebelo permanecía silencioso. Después se pidió a los sujetos que intentarán hacerse cosquillas a ellos mismos en las partes del cuerpo donde antes las habían recibido. El resultado se invirtió: poca actividad en la corteza somatosensorial y mayor actividad en el cerebelo. Explicación: el cerebelo envió mensajes inhibidores  a la corteza cuando previó el movimiento del ataque de cosquillas, discriminando entre el movimiento auto-generado y álter-generado  (¿Origen de la diferenciación entre el yo y los otros?).

Un segundo experimento volvía a mostrar lo mismo. Wolpert situó a dos sujetos en torno a una especie de pedal de bicicleta capaz de medir la fuerza con la que se lo presionaba. Un sujeto experimental ponía su dedo índice encima del pedal y otro lo sostenía con el mismo dedo por debajo, con la palma de la mano abierta. A ambos se les dio la instrucción de responder cualquier aumento de presión en el pedal con otro movimiento de exactamente la misma fuerza (Ninguno de los dos sabía que el otro había recibido la misma instrucción). El curioso resultado es que cuando los sujetos se turnaban pulsando, ante la presión ejercida por el otro, la respuesta intensificaba la fuerza de manera muy significativa. Ellos juraban y perjuraban que era el otro el que había apretado con mucha más fuerza, por lo que ellos, únicamente, habían intensificado la presión para igualarla. Así se producía una escala de represalias tantas veces vista en el patio de los colegios: cuando, jugando al fútbol, uno sufre una falta, es muy común que en la siguiente jugada se la devuelva al agresor, pero siempre con algo más de fuerza, lo que rápidamente genera una escala de represalias que, muchas veces, termina en pelea.

La explicación es la misma que con las cosquillas. El cerebelo recibe la orden de responder a la presión con la misma fuerza, pero, poco a poco, va restando parte de la sensación de fuerza esperada, por lo que el mensaje que llega a la corteza somatosensorial es de una fuerza menos intensa que la real. Para superar esta inhibición la corteza da la orden de subir la fuerza de la respuesta pero no lo hace en la medida correcta, por lo que se produce el desajuste y la posterior escalada. En este sentido es muy interesante comprobar como un mecanismo que funciona tan bien para coordinas movimientos tan sofisticados y complejos como los que realiza un gimnasta de élite, falla estrepitósamente en un mero intercambio de mediciones de fuerza. Y es que el cerebro dista mucho de ser una máquina perfecta.

Como contaba Borges en su tantas veces citado relato Funes el memorioso, nuestra selección restrictiva de información no es tanto una cuestión de limitación como de que, percibiendo toda la serie de estímulos que nos bombardean sin discriminación alguna, sería imposible cualquier acción mental. Pensemos qué sería percibir visualmente sin discriminar qué objetos son relevantes para lo que pretendemos hacer, qué figuras son obstáculos, amenazas, o ayudas para nuestros planes. Alguien que como el Funes de Borges tuviese una imagen especular del mundo metida en su cerebro, no podría pensar ni hacer maldita la cosa. Y es que conocer no es saberlo todo, no es tener una representación mental completamente idéntica a la realidad, conocer es saber separar el grano de la paja. Quizá entonces será mucho más importante la tarea de borrado, la tarea cerebelar de inhibir o restar toda la ingente cantidad de ruido que nos acecha para quedarnos sola y exclusivamente, con lo necesario. Conocer es, en gran medida, olvidar.

Os dejo una Ted talk de Daniel Wolpert donde se explica todo esto mucho mejor.

 

P.D.: Si os ha sabido todavía a poco, me acaban de publicar un extenso artículo en Xataka sobre el mito de la tabula rasa.

En busca de la identidad

Publicado: 7 agosto 2016 en Filosofía de la mente
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[…] el sistema inmune humano , que es una comunidad constituida por un gran número de unidades altamente móviles, llamados anticuerpos, los cuales repelen continuamente o destruyen oleadas de invasores siempre cambiantes, llamados antígenos. Los invasores – principalmente bioquímicos, bacterias y virus – se presentan en infinitas variedades, tan diferentes entre sí como los copos de nieve. Debido a esta variedad, y a que siempre están apareciendo nuevos invasores, el sistema inmune no puede simplemente hacer una lista de los posibles invasores y prepararse para combatirlos; debe cambiar o adaptar (del latín adaptare) a sus anticuerpos para enfrentar a los nuevos invasores que vayan apareciendo y nunca establecer una configuración fija. A pesar de su naturaleza proteínica, el sistema inmune mantiene una impresionante coherencia. En verdad, nuestro sistema inmune es lo suficientemente coherente como para demostrar nuestra identidad de madera científica; es tan bueno para distinguirnos del resto del mundo, que rechazará la introducción de células provenientes de otro ser humano a nuestro organismo. Como consecuencia, incluso el trasplante de piel proveniente de un pariente requiere tomar medidas extraordinarias”.

John H. Holland, El orden oculto. De como la adaptación crea complejidad

Sorprendente respuesta al viejo problema filosófico de la identidad: ¿Quién soy yo? Lo que tu sistema inmune mantiene diferenciado a toda costa.

Hace tiempo ya intentamos abordar esta ancestral cuestión a través del experimento mental de la teletransportación: ¿qué es lo que realmente somos? Descartábamos que la definición estuviera estrictamente relacionada con el cuerpo material (ya que, desde mi infancia, poco átomo original quedará en mi cuerpo actual) ni con lo estrictamente funcional o estructural (ya que si entonces hiciésemos varias copias con la misma función y estructura que la mía, serían también yo, lo cual es un contrasentido).

En los comentarios a la entrada, se debatió además otro tipo: la identidad biográfica, que afirmaría que somos nuestra historia personal, nuestras vivencias, experiencias y recuerdos. Evidentemente, en la constitución de lo que me hace persona, mi historia es importante, sin embargo, parece que hay un sentido de la identidad más fundamental, ya que las personas con una amnesia retrógrada total siguen siendo conscientes de sí mismos, siguen siendo ellos a pesar de haber perdido toda su biografía.

La idea que yo defendía es que la identidad reside en la consciencia: yo soy yo porque soy consciente de lo que me pasa, porque sufro lo que me pasa (como mínimo soy sujeto paciente de lo que me ocurre). Si me hacen daño, me duele a mí. A pesar de que no sepa nada de mi pasado ni siquiera mi nombre, si me duelen las muelas, me duelen a mí y no al de al lado ni a nadie más. Si pierdo ese sujeto paciente de lo que sucede, aquí sí que pierdo radicalmente mi identidad. Parece netamente ilógico pensar en un dolor sin un sujeto que lo padezca.

¿Y qué pasa cuando hay apagones de consciencia? ¿Qué pasa cuando estoy durmiendo o anestesiado? ¿Ya no soy yo mismo? No, no lo seríamos aunque esto parezca algo contraintuitivo. Pensemos en que durmiendo nos levantamos noctámbulos y asesinamos a alguien ¿Seríamos culpables de ese asesinato si no hemos tomado conscientemente la decisión de hacerlo? Pensemos en el experimento mental de trasplantar nuestra consciencia de nuestro cuerpo a otro, de modo que dejamos nuestro organismo desalmado, sin albergar consciencia alguna. Nuestra consciencia estaría encarnada en otro cuerpo y seguiríamos siendo nosotros mismos desde ese nuevo cuerpo. El viejo cuerpo inconsciente ya no tendría nada que ver con nosotros. Cuando dormimos o quedamos inconscientes por diversas causas, al volver a despertar seguimos siendo conscientes de lo que nos pasa, luego seguimos siendo nosotros mismos a pesar de que nuestra consciencia se haya tomado unas vacaciones.

Nótese que desde esta perspectiva no se exige que la consciencia tenga continuidad absoluta (de hecho no necesita continuidad en absoluto). La consciencia sería como un dispositivo que podemos apagar y encender con un botón: cuando me duermo la apago para encenderla cuando me despierto, y eso no daña para nada mi identidad.

Sin embargo, la auténtica debilidad de esta idea (y que aún no he podido afrontar) es que no podemos solucionar el problema del teletransportador. Parece razonable pensar que esa consciencia que padece es generada de alguna manera por el cerebro (material y funcionalmente), de manera que sin cerebro no hay consciencia ni, en consecuencia, identidad. Pero si utilizando el teletransportador copiamos siete veces mi cuerpo… ¿cuál de ellos será el mismo sujeto paciente que yo era?

Ligamos identidad a una idea de continuidad: Yo soy yo si sigo siendo el que era en el segundo anterior. Una forma de salvar la identidad biográfica de la objeción de la amnesia es argumentar que yo soy una cadena causal. Desde que nací, hay una conexión causal entre pensamientos, deseos, emociones, etc. anteriores y posteriores. Yo pensé x que causó que hiciera y que causó que sintiera z… y así hasta el momento presente. Aunque perdiéramos la memoria de toda esta cadena, somos esa cadena porque ella nos ha llevado a la situación actual. Es decir, esa cadena (y no otra) va a determinar el siguiente momento de mi vida aunque ni siquiera recuerde el segundo anterior al presente. Yo soy mi pasado aunque no lo recuerde.

Problema: seguimos sin poder salvar la duplicación de copias. Si hacemos siete copias de mí lo único que habríamos hecho es ramificar la cadena causal, haciendo salir siete cadenas de la original ¿Quién sería yo? Los siete son consecuencias causales, son efectos de mi yo, por lo que serían también yo mismo… ¡Siete yoes! ¿Y cuál de ellos sería yo sufriendo cuando me duelen las muelas?

Otra alternativa es la de entender la consciencia como una mera ilusión. La consciencia me hace creer que yo soy una unidad coherente con una historia propia lineal desde el momento de mi nacimiento, cuando, en realidad, no hay absolutamente nada de eso. Esto solucionaría perfectamente el problema del teletransporte: cada uno de los siete nuevos yoes tendría la ilusión de continuar con mi yo originario, y los siete serían sujetos pacientes de sensaciones conscientes diferenciados unos de otros, discutiendo, sin posibilidad de solución, por quien de los siete es, verdaderamente, el auténtico yo.

Problema: es posible que mi continuidad espacio-temporal solo sea una ilusión, pero el dolor de muelas sí es muy real, incluso aunque este dolor no tuviese una causa real (supongamos que me duelen las muelas sin que, realmente, tenga ninguna muela infectada). La consciencia puede tener como referentes meras ilusiones. A lo mejor vivimos en Matrix y toda la realidad es una simulación por computador, pero el hecho de que la consciencia (al menos la mía) existe, ya le parecía indudable a Descartes. Quizá habría que matizar el “Pienso luego existo” por un “Soy consciente luego existo”, o como dice J. Z. Young por un “Sé que estoy vivo”, pero la consciencia existe con total plenitud ontológica.

Now

La sensación subjetiva del paso del tiempo es variable. Todos hemos sentido ese rato de espera interminable o ese atasco de tráfico desesperantemente largo, mientras que ese noche tan divertida entre amigos o esa magnífica clase de ese profesor tan bueno (como las que yo doy of course), duraron un suspiro ¿Por qué lo bueno dura poco y lo malo dura mucho?

John Wearden, de la Universidad de Keele (Reino Unido) sostiene que cuando el tiempo pasa rápido es en situaciones en las que hemos estado tan concentrados en lo que sucedía que en ningún momento nos hemos puesto a pensar en el paso del tiempo. Habitualmente tienen que ser indicadores externos los que nos informen de ello: cierran la discoteca, se hace de noche de repente  o nos llaman por teléfono para decirnos que nos hemos entretenido y que llegamos tarde. Cuando el tiempo pasa rápido siempre nos percatamos después de una inferencia a posteriori, nunca en el mismo momento en que el tiempo pasa. En cambio, cuando notamos que el tiempo pasa lento es siempre en circunstancias en las que no tenemos ninguna actividad en mente, momentos de aburrimiento. Solo entonces sentimos el lento pasar del tiempo en vivo y en directo.

¿Qué podemos deducir de aquí?

  1. Tenemos un “sensor” o un “sentido interno” para captar (o construir) el paso del tiempo. Wearden se queja de que en los manuales de psicología de la percepción se dedican muchísimas páginas a la percepción visual o auditiva, mientras que, casi siempre, no hay nada acerca de la percepción temporal. La razón es que no es evidente la existencia de un sentido para el tiempo, de modo tan patente como en los sentidos tradicionales: ojo, nariz, oído, piel… El sentido que capta el tiempo está en el cerebro y cada vez vamos sabiendo mejor dónde: ganglios basales, cerebelo, hipotálamo y córtex frontal intervienen en nuestra percepción temporal.
  2. Decir que “me doy cuenta de que el tiempo pasa despacio” no es más que una forma ilusoria de decir “no hay cambios a mi alrededor”. Percatarse de la lentitud del paso del tiempo podría ser, sencillamente, una muestra de aburrimiento ante la ausencia de una novedad importantísima para el aprendizaje y desarrollo humanos. Solemos estar siempre ávidos de novedades, sedientos de que pase algo diferente, por lo que la percepción del tiempo subjetivo podría ser solamente la expresión de esta necesidad y no una medición objetiva de lo que está pasando. Realmente, el tiempo a escala humana no se acelera ni se desacelera de modo perceptible (ya que no viajamos a velocidades cercanas a la luz), de modo que esa sensación de paso rápido o lento, es ficticia.
  3. Esto no quiere decir que el tiempo objetivo no exista (si bien filósofos como Kant o, actualmente, físicos como Julian Barbour, así lo han sostenido) ni que no captemos realmente su paso. Este sensor ligado a los acontecimientos no es el único reloj del que disponemos. Se han realizado multitud de experimentos en los que se estudiaba la precisión con la que individuos calculaban el paso del tiempo (por ejemplo, una duración de tres minutos) y, los resultados concluían que somos bastante buenos haciéndolo (el promedio de error rondaba los pocos segundos para sujetos jóvenes), lo cual, necesariamente indica la existencia de relojes internos bien diseñados para su función. Además, si pensamos en la práctica de ciertas actividades, necesitamos relojes muy precisos que funcionen al orden de milisegundos. Cuando hablamos o escuchamos música, tenemos que ser capaces de diferenciar sonidos o fonemas de  cortísima duración que se suceden a un ritmo frenético. Así mismo, cuando practicamos un deporte y, por ejemplo, interceptamos una pelota, la velocidad de la acción implica toma de decisiones (casi siempre cuasi-inconscientes) igualmente rápidas, surgidas de mediciones muy exactas. Nuestra mente tiene muchos relojes para diferentes funciones que pueden incluso interferirse y contradecirse. Podemos sentir que las horas se hacen larguísimas pero los días o los años pasan muy rápido. En la medición del tiempo vivencias, emociones y experiencias, se mezclan con diversos cronómetros corporales que, a la vez, utilizan indicadores internos (químicos) y externos para orientarse. De nuevo, una función mental es mucho más compleja  de lo que parecía.

 

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Los antiguos establecieron la triada presente, pasado y futuro para describir el tiempo como algo que fluye, un río que avanza sin que nadie pueda detenerlo. Quizá la inexorabilidad de su paso es lo que más se haya repetido en la literatura occidental: no podemos parar el tiempo por mucho que lo hayamos deseado. El pasado queda atrás inamovible, con todos nuestros grandes errores allí sin que podamos hacer nada para que jamás hubieran ocurrido; el presente se disuelve, pasa efímero y se nos escapa de las manos como un puñado de arena entre los dedos; y llega el futuro, siempre impredecible y aterrador, destino último de todo, en dónde para colmo, nos espera la vejez y la muerte.

El tiempo se ha entendido como un presente móvil, que transcurre a un ritmo regular, tan regular que todos los seres humanos (y no humanos) parece que vivimos exactamente en el mismo momento del presente. Percibimos una absoluta sincronicidad temporal entre todos los objetos del universo ¿Por qué? Una excelente cuestión filosófica es preguntarse: ¿cómo es posible que toda la diversidad de organismos que vivimos en el universo (al menos los que tenemos noción del tiempo) percibimos el ahora exactamente en el mismo momento?

La respuesta tradicional la encontramos en la física newtoniana: es que el tiempo es algo real, externo a nosotros y objetivo, un horizonte universal en donde todo sucede. La flecha del tiempo es ontológicamente real. Para Newton, si hay dos entidades inmutables e inmóviles son el espacio y el tiempo. Ambos serían los continentes del universo y todos los objetos del universo su contenido.

Sin embargo, ya muchos sospecharon de que algo no funcionaba bien en esta visión. En primer lugar, el tiempo es algo de lo que empíricamente no tenemos constancia alguna: no se ve, ni se huele, ni se oye ni se puede tocar… Lo único que podemos percibir con su paso son los procesos físico-químicos que observamos en la naturaleza. Yo observo a un ser humano envejecer y, al hacerlo, observo una infinidad de procesos biológicos pero… ¿observo el tiempo mismo por algún lado? No, ¿y si realmente todo esto es una ilusión?

La relatividad de Einstein lo dejó claro: esa sincronicidad temporal sí era una ilusión. El tiempo pasa más rápido o más lento en función del movimiento que realice el objeto. El tiempo puede estirarse y contraerse y no para todo el mundo de la misma manera sino de forma diferente para todos. Esta idea es de las más contraintuitivas que jamás se han propuesto: ¿cómo es posible que mi presente sea diferente al de cualquier otra persona? ¿Cómo podemos vivir en tiempos diferentes si, claramente, veo que vivimos en el mismo? Pero, ¿qué es el presente? ¿Cuánto dura?

En un interesante, y muy divulgado, experimento de los investigadores del MIT Jason Fischer y David Whitney, sometieron a un grupo de sujetos a la visualización de varias series de parches de Gabor. Se les mostraban las imágenes durante medio segundo y se les pedía que describieran los ángulos de inclinación. El experimento concluía que los resultados de las visualizaciones anteriores interferían en los resultados de las siguientes. Por ejemplo, si se mostraba un grupo de líneas paralelas en horizontal y, a los pocos segundos, otro de líneas paralelas en vertical, el sujeto concluía que las segundas no eran totalmente verticales sino que estaban inclinadas.

Los efectos de la distorsión disminuían cuando, entre la visualización de ambas imágenes, pasaban más de quince segundos. De aquí concluyeron Fischer y Whitney que nuestro presente es algo así como el promedio de los últimos quince segundos. Pero, ¿por qué hace esto nuestra mente? Porque, en general, nuestro mundo tiene una cierta estabilidad, por lo que si pretendes acertar haciendo predicciones muy rápidas, parece una excelente estrategia apostar por cierta estabilidad, porque las cosas no cambien en un corto periodo de tiempo. A este intervalo lo han llamado “campo de continuidad”, es decir, el lapso de tiempo en el que la realidad nos parece continua porque conectamos, ya sea correcta o erróneamente, los eventos que en ella suceden.

Estas ideas encajan muy bien con las de Tononi o Dehaene acerca de la consciencia. Estos dos conocidos neurocientíficos piensan que la consciencia de algo surge cuando hay una alta integración de información de diversas fuentes. Cuando yo percibo un suceso integro mucha información sensorial (veo muchas formas y colores, oigo, toco, huelo…) de modo que la unifico en una representación consciente. El “campo de continuidad” es una forma de integración de información, es una forma de hacer coherente un caos de estímulos perceptuales, para poder intervenir en la realidad de la forma más eficaz posible.

Otros experimentos realizados por el famoso Benjamin Libet (descritos en su libro Mind Time: The temporal factor in consciousness. Por supuesto, no traducido al castellano) nos muestran el tiempo mínimo para que algo sea captado a nivel consciente. Situando electrodos en la corteza somatosensorial del cerebro de los sujetos experimentales, Libet comprobó que si aplicaba pequeñas descargar eléctricas de menos de 500 milésimas de duración, dichos sujetos no percibían nada a nivel consciente (ya ves tú que experimento más complejo). No podemos captar conscientemente nada que dure menos de medio segundo (esta cifra ha sido corroborada también con experimentos del equipo de Dehaene). A nivel inconsciente somos mucho más rápidos, del orden de milisegundos. Téngase en cuenta que siempre tardamos algo de tiempo en procesar la información recibida, de modo que desde que un estímulo visual golpea nuestra retina hasta que esta información es procesada en diversas partes de nuestro cerebro hasta hacerla consciente, pasa tiempo. Vivimos siempre con algo de lag, siendo conscientes de la realidad con un pequeño retraso con respecto al presente. Evidentemente, en términos evolutivos, ese retraso ha de ser el menor posible si queremos sobrevivir por lo que, al menos a nuestra escala (comparados con competidores biológicos), no somos demasiado lentos: podemos cazar moscas.

En esta línea parece justificado identificar la consciencia con la memoria a corto plazo (MCP) y con mi sensación de presente. La MCP es como una especie de memoria RAM o de trabajo (hay psicólogos que distinguen MCP de memoria de trabajo, pero a mí no me convence la distinción) que utiliza mi mente para afrontar las situaciones cotidianas de modo eficiente. Si la consciencia tiene algo que ver con la integración de información en un determinado momento del tiempo (llamémosle presente) para hacerla útil, parece que hablar de consciencia, MCP y sensación de presente es básicamente lo mismo.

Otro experimento, igualmente muy divulgado, lo llevó a cabo la psicóloga del desarrollo de la Universidad de Dundee, Emese Nagy. En él, sencillamente, se medía la duración de los abrazos que atletas olímpicos se daban después de cada competición. Se estudió la duración de 188 abrazos entre jugadores de 21 deportes distintos y de 32 países diferentes. Había abrazos más largos (a sus entrenadores) y más cortos (a sus rivales), pero el promedio rondaba los tres segundos. Nagy piensa que esta cifra es extensible de los abrazos a otras muchas acciones cotidianas, de modo que tres segundos puede representar la duración del “presente psicológico” o “sentimiento del ahora” de nuestra especie.

Un estudio anterior realizado por Geoffrey Gerstner y Louis Goldberg, extendía esos tres segundos a seis especies de mamíferos no-primates (canguros, corzos, jirafas, mapaches, okapis y osos panda). Se observó el tiempo que tardaban en realizar diversos eventos modelo de movimiento (masticar, defecar, manipular u observar algo, etc.) y, si bien la duración era variable, el promedio daba el mismo número mágico: tres segundos. Gernstner y Goldberg concluían que esta constante común a diversos órdenes de mamíferos puede representar algún mecanismo neural ancestral. Parece que nuestra concepción del tiempo viene de mucho tiempo atrás.

P.D.1: En el campo de la física, un contraste de ideas muy interesante sobre la existencia real o no del tiempo, la tuvieron Julian Barbour y Lee Smolin. Hablaremos algún día de ello.

P.D.2:  Estoy preparando un artículo mucho más largo y profundo que éste (que es una mera chuchería) para Xataka que en breve saldrá publicado. Ya os avisaré.