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Uno de los pecados más típicos y, casi consustanciales, al mundo intelectual, es el de la arrogancia. He leído a multitud de filósofos decir, sin despeinarse siquiera, que todo lo que se había escrito hasta su llegada era erróneo y que su obra constituía algo así como el punto culminante de la historia de la filosofía. Eso se puede ver en el Discurso del Método de Descartes, a lo largo y ancho de toda la obra de Hegel (que según muchos de sus discípulos constituye el fin del quehacer filosófico a partir del cual solo queda hacer historia de la filosofía); incluso el maravilloso Wittgensetin se atreve a decir que su Tractatus constituye una solución final a todos los problemas de la filosofía. Decía Santayana que quién no conoce la historia de la filosofía está condenado a repetirla. Y así ha sido: todos estos pensadores que se creyeron el fin de la historia solamente han sido un escalón más en ella, siendo su arrogancia un punto ciego de ingenuidad e ignorancia en su, por lo demás, genial trabajo.

Lo mismo puede decirse del positivismo. Asombrados por el rotundo éxito de las ciencias naturales, muchos autores quisieron subirse a su carro y pensaron que la ciencia era, de nuevo, la solución y el fin de la historia de la filosofía. Pero los positivistas tuvieron un atrevimiento aún mayor y enfatizaron como nadie hasta entonces el infravalor de todo lo que se había pensado hasta su llegada, lanzándose a establecer un límite muy definido entre el auténtico conocimiento, la verdaderísima verdad, y la charlatanería o, como ellos la llamaron, la pseudociencia. Los miembros del Círculo de Viena, malinterpretando terriblemente a Wittgenstein, intentaron concienzudamente elaborar un preciso criterio de demarcación entre ciencia y filosofía. Y, claro está, fue un rotundo fracaso. Sus criterios de correspondencia, verificación, testabilidad, falsación, etc. se llevaban por delante gran parte de lo que tradicionalmente consideraríamos ciencia empírica. Al final, se dieron cuenta que era imposible establecer una frontera entre ciencia y metafísica, siendo el mismo discurso científico tan metafísico como cualquier otro.

Lo que me asombra en la actualidad es que, debido seguramente a este desconocimiento de la historia de la filosofía del que se queja Santayana, el discurso positivista se mantiene de forma bastante habitual en cualquier foro científico. Si uno lee uno de los grandes libros de divulgación científica de las últimas décadas, El gen egoísta de Richard Dawkins, ve claramente en su introducción el alegre sesgo positivista de su autor. Es muy común leer a científicos que se disculpan por entrar en cuestiones filosóficas en sus obras, entendiendo siempre la filosofía como algo así como “especular sin pruebas” o “fantasear”, de modo que eso debe evitarse en toda investigación científica seria. Ese “límite”, ese “criterio de demarcación” propio del positivismo sigue presente de forma tácita en sus mentes a pesar de que ya casi nadie lo defiende seriamente desde mediados del siglo pasado.

El asunto es más grave de lo que parece pues creo que la fragmentación del conocimiento, el hecho de que el saber se encuentre dentro de compartimentos estancos poco comunicados, la ausencia de una cosmovisión coherente y bien integrada, el abismo existente entre las ciencias y las humanidades, viene de esta obstinación positivista por crear fronteras artificiales donde, con toda evidencia, no las hay. La miseria del positivismo como corriente filosófica está en su arrogante obsesión por separar. En estos días estoy leyendo la maravillosa Viena de Wittgenstein de Janik y Toulmin, en donde se nos cuenta el ambiente intelectual de la Viena de principios de siglo para comprender el contexto de la filosofía del filósofo austriaco. En la Viena finisecular no existía esta  especialización profesional tan marcada en el ámbito anglosajón. En la Viena que dio a luz a Freud, Kokoschka, Schömberg, Mahler, Ernst Mach, Adolf Loos, e incluso al mismo Círculo positivista de Viena, no existía esta idea de demarcación entre conocimientos, entre saberes ciertos y falsos, de un modo tan marcado como en la actualidad. Leamos este fragmento:

 ¿Fue solamente una coincidencia que los orígenes de la música dodecafónica, de la arquitectura “moderna”, del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa y del psicoanálisis – sin mencionar la reviviscencia del interés por Schopenhauer y Kierkegaard – tuviesen lugar simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran medida, en Viena? ¿Fue meramente un hecho biográfico curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen descubierto en sus conversaciones que tenían un interés común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colección de la obra de Schopenhauer? . ¿Y no fue más que una consecuencia particular de la versatilidad de Arnold Schönberg regalando un ejemplar de su gran libro de texto musical, Armonielehre (Tratado de armonía), al periodista y escritor Karl Krauss, con la dedicatoria: “He aprendido de usted más, quizá, de lo que alguien debiera aprender de otro si pretende permanecer independiente”.

En la Viena de Wittgenstein existía un zeitgeist determinado siendo una de sus características principales esa interdisplinariedad o interdepartamentalidad de la que nuestros pedagogos no paran de hablar. Si Viena se hubiera regido por los criterios de demarcación positivistas que ayudará a dar a luz, dudo mucho que la riqueza de sus aportaciones al siglo XX hubiese sido tal. En otro ejemplo significativo, el mismo Dawkins positivista cuenta lo que ocurrió cuando un ingeniero aeronaútico como Maynard Smith se dedicó a la teoría de la evolución, aplicando a ella la teoría de juegos: una gran revolución. Cuando dos disciplinas que, aparentemente, no tienen nada que decirse, se mezclan fértilmente, el conocimiento avanza. Pero si el conocimiento se aísla,  se compartimenta, la decadencia y la parálisis lo infectan.

Empero, no todo en el positivismo es sinrazón. Como todas las corrientes, defendidas en su totalidad son falsas, pero atendidas parcialmente son verdaderas. El positivismo y la filosofía analítica que lo acompañó nos hicieron ver dos cosas: la grandeza de la colosal revolución que la ciencia traía consigo y los defectos de una buena parte de la filosofía que se había hecho históricamente. Hace unos días leí un tweet muy sugerente de Paco Traver que decía: ¿Por qué la llaman metafísica si carece de física? Eso es cierto. No entiendo cómo alguien puede hacer ontología o filosofía de la naturaleza ignorando por completo la física de partículas. No comprendo como tantos filósofos han dado la espalda a la revolución científica en un, de nuevo, gesto de arrogancia. Las humanidades se apoderaron del concepto de cultura entendiendo como cultura exclusivamente lo que hacían ellas. Es decir, se considera un gesto de alta cultura conocer bien la vida y las obras de, por ejemplo, Schubert, pero no pasa absolutamente nada si no conocemos el Segundo Principio de la Termodinámica o si nuestro nivel de matemáticas no pasa de Bachillerato. El positivismo hizo muy bien en denunciar esto, más cuando la superstición y las magufadas varias, fruto de la ignorancia científica, abundan en nuestro mundo. La red está llena de blogs escépticos criticando cualquier desatino pseudocientífico y eso es magnífico.

Muchos de los problemas filosóficos que aparecían por doquier son fruto de malos usos del lenguaje. Esa es la segunda gran verdad del positivismo y de la filosofía analítica. Es muy cierto que si analizas lingüísticamente con sumo cuidado ciertas argumentaciones ves que, en el fondo, son fruto de errores en el manejo, por ejemplo, de los significados de los términos. Esto ocurre salvajemente en la filosofía postmoderna, la cual es charlatanería pura y dura en un alto porcentaje. El positivismo volvió (y vuelve, ya que hoy en día la postmodernidad sigue muy vigente en ciertos ámbitos) a acertar en su denuncia.

Pero el positivismo erró en su perspectiva global. Ni siquiera su concepción de la ciencia que defendía a ultranza fue correcta. Si yo observo una planta percibo en ella multitud de propiedades: veo formas, longitudes, colores… Si la observo con más tiempo y detenimiento puedo intuir su patrón de crecimiento, cómo se alimenta y se reproduce… pero si aplico a su estudio todo el peso del método científico mi conocimiento aumenta exponencialmente… Comprendo su metabolismo, sus mecanismos de polinización… observo millones de células, millones de reacciones químicas, millones de sistemas que asombran por su complejidad con los que Teofrasto no hubiera podido ni soñar… Si miro la planta al microscopio aparecen nuevos mundos que me llevan al infinito y más allá. La ciencia es, por definición, amplitud de miras, crecimiento. No es, desde luego separación y frontera.

Betrand Russell definía la filosofía como lo que todavía no es ciencia. Un pensador, procedente de un ámbito casi antagónico al de Russell, Karl Jaspers, afirmaba que la ciencia necesitaba de la filosofía para avanzar. Ambos entendían la filosofía como ese momento de especulación, de conjeturas, de discusión sobre conceptos y enfoques metodológicos, previa a la pura experimentación científica. Yo voy algo más allá: no solo ese momento, sino el mismo quehacer estrictamente científico está infectado de filosofía.

En un poético pasaje del Así habló Zarathustra, Nietzsche nos contaba que solamente veía grandes orejas, enormes ojos o gigantescas narices… Tullidos al revés los llamaba. Era su particular crítica a la hiperespecialización de las ciencias modernas. Un hiperespecialista es un gran ojo que ve mucho, pero ni oye ni huele ni toca. Si nuestros sistemas educativos únicamente crean sujetos especialistas en un campo del saber, ciegos para los demás, tendremos tullidos, personas incompletas. De la misma forma, Edgar Morín nos advierte que la gran mayoría de los problemas a los que nos enfrentamos en el siglo XXI son problemas que hay que afrontar a muchos niveles. Ni la ciencia, ni la técnica, ni la política, ni la economía ni cualquier disciplina o perspectiva que se enfrente a ellos por si sola podrá hacerlos frente. A problemas de múltiples niveles soluciones multidisciplinares. Hacen falta teorías globales, visiones que integren de modo coherente todos los campos del saber y no, desde luego, perspectivas que busquen la división y, al hacerlo, fomenten el estancamiento.

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comentarios
  1. ¡Qué buen artículo! Hace un par de días di con este blog, y pienso que he llegado para quedarme =)

    Me queda una duda: ¿en qué medida se puede atribuir al positivismo la parcelación de las ciencias entre sí? O sea, entiendo que el positivismo intentó establecer límites muy definidos entre ciencia y pseudociencia, pero también fue esta corriente de pensamiento la que estableció las fronteras (arbitrarias y poco útiles) entre, por ejemplo, la física y la química, o la química y la biología?

    Un saludo!

  2. Linnk dice:

    Muy buen texto, Santiago. Aunque debo hacer un par anotaciones:

    – Las disculpas de Dawkins no son por “fantasear” al hacer filosofía, sino porque al hacerlo, aunque es útil para hacer divulgación científica, se pueden producir terribles malentendidos.

    – El caso de Maynard Smith incursionando en Biología es hasta cierto punto, normal y común. La Teoría de juegos es un modelo matemático que sirve para eso, hacer descripciones.

    El éxito del método científico es ese par de trabajo: Modelo matemático y experimentación. La parte filosófica de la investigación se hace todo el tiempo, Dawkins lo sabe, cualquiera que haya escrito un par de tesis lo ha vivido. Hacer ciencia es hacer filosofía implícitamente, todo el tiempo, la única diferencia sustancial con los trabajos puramente filosóficos es que si nos quedamos en las palabras bonitas no hay forma de que alguien más pueda hacer una copia del sistema (para eso es el modelo matemático) y comparar los resultados de sus propios experimentos con los nuestros.

    Por eso el miedo de hablar libremente del lado filosófico que toda investigación tiene, más en un libro de divulgación como lo es El Gen Egoísta y más en un campo como la Biología.

    ¿Has oido hablar del tiempo como la 4ª dimensión? MUY común en filósofos y es uno de los más grandes grandes malentendidos científicos, y pasa por hablar libremente sin entender la matemática de las dimensiones espaciales.

    Esa es mi única aclaración. En realidad estoy muy de acuerdo contigo y conozco a muchas personas (sobre todo ingenieros) que rebotan “arrogantemente” cualquier tipo de ciencias sociales. Antes me frustraba, luego entendí que ese tipo de ingenieros acaba en maquiladoras (por decirlo de un modo); es decir, nunca logran desarrollar un pensamiento científico.

    Y ya para terminar, esto último me recuerda un viejo debate.

    Algunos creemos que la programación es una actividad más propia de las matemáticas puras que de una ingeniería como tal. Sin empezar ese debate aquí, que no va al caso, uno de los argumentos que me dijo un estudiante fue no tiene nada que ver con matemáticas, que sí puedes hacer operaciones con variables, pero la mayoría son sentencias tipo “if”, “else”, “for”, etc.

    Casi lo mato a coscorrones, esas sentencias son puramente operaciones matemáticas. Este chico lo ha hecho todo el tiempo sin ser consciente de ello. Y creo que lo mismo pasa con la ciencia en general, creo que hay quienes, aferrados a dividir «su ciencia» de la filosofía (¿o de ser considerados pseudociencia?), se rehusan a aceptar que, implícitamente, hacen filosofía todo el tiempo.

    Saludos, Santiago.

  3. Alejandro P. dice:

    Hola, Santiago. Mi opinión con respecto a la hiperespecialización es que, nos guste o no, es necesaria. El avance del conocimiento científico hace imposible la existencia de hombres del Renacimiento que dominen todos los campos. O se tiene un conocimiento superficial de muchas disciplinas o uno profundo de una sola disciplina, y en ocasiones tan sólo de una parte de esa disciplina. Y el necesario enfoque multidisciplinar vendrá por la presencia en un mismo equipo de científicos de especialidades diferentes.
    En cuanto a los problemas que aparecen por el mal uso de los términos, yo también añadiría los problemas que surgen por diferentes usos de los términos. Russell, Jaspers y creo que la mayoría de los filósofos coincidirían en la importancia de las aportaciones filosóficas para la ciencia, pero me gustaría saber cuantos científicos considerarían que sus especulaciones previas a la experimentación son filosofía en lugar de parte del proceso científico.
    Por último, has apuntado las dificultades de distinguir la ciencia de lo que no es ciencia, pese a los esfuerzos de los positivistas, pero luego hablas de los “desatinos pseudocientíficos”. Creo que intuitivamente la mayoría de la gente con un mínimo de conocimientos científicos es capaz de captarlos como tales, pero si no hay ninguna línea que separe la ciencia de la pseudociencia ni podemos hablar con propiedad de “verdad científica” ¿con que legitimidad los calificamos como desatinos? ¿Quizás recurriendo al pragmatismo?
    Un saludo.

  4. Francisco dice:

    Si no entiendo mal lo que es el positivismo -rechazo de cualquier forma de conocimiento que no se atenga al dato empírico, a la realidad “positiva”, verificable, contrastable empíricamente-, creo que en su labor científica todo científico competente debe regirse en última instancia -cuando afirma o niega una proposición, tesis o teoría- por un principio o criterio positivista. Lo encuentro razonable y justificado, y lo respeto. El problema del positivismo, o de ciertos positivistas -en muchos casos probablemente para justificar su ignorancia en otros saberes (sí, “saberes”) también fundamentales-, es, a mi juicio, negar validez o legitimidad a otras formas de conocimiento simplemente porque éstas no puedan atenerse a ese principio positivista que sí es válido y exigible en las ciencias naturales. Lamentas, por otra parte, Santiago, que mucha gente no considere necesario saber ciencia para considerarse “culto” -algo sobre esto he leído en El País estos días, no recuerdo ahora si atrasado, pues no suelo seguir la prensa a diario- y creo que en parte tienes razón. Las aportaciones de la ciencia a nuestra visión del mundo, del hombre y de la realidad en general son tan importantes -pensemos por ejemplo en Darwin-, que no podemos pretender alcanzar algún grado aceptable de conocimiento sobre el mundo, sin conocer lo que en la actualidad sabe la ciencia. Ahora bien, y admitiendo aquí mi deuda con José Ortega y Gasset, me parece también razonable que, en cierto sentido, al hablar de “cultura” se le dé prioridad a las denominadas Humanidades, ya que son éstas o han sido sobre todo éstas, las que han contribuido a la humanización de la vida de los hombres, si tenemos presente que el hombre es un animal simbólico y la vida humana es cultural. Los términos “paideia” o “humanitas” creo que apuntan también en esta dirección. En otras palabras: una persona puede ignorar determinadas teorías científicas o determinadas técnicas -capitales desde luego en la configuración del mundo humano- sin que eso afecte a su “humanidad”, que se construye intersubjetiva, simbólica y culturalmente, esencialmente a través del lenguaje. Aquí está la clave: lenguaje, lenguaje natural. De ahí la prioridad concedida, por ejemplo, a la palabra, a la literatura (de todo signo: literatura en sentido estricto -poesía, novela, teatro, etc., pero también historia, arte, filosofía, mitos, religiones, etc.) si queremos comprender la vida humana (aquí soy también muy socrático -otra deuda-: lo más importante al final es la virtud entendida como salud del alma, saber vivir). Como tú mismo dices en tu artículo, creo que no puede discutírsele su parte de razón a Ortega. Un saludo

  5. David:

    Bienvenido, no dudes en comentar cuando te plaza y sobre lo que te plazca.

    Con respecto a la parcelación de las mismas disciplinas científicas el positivismo es solo parcialmente responsable. Debido a que entre las ciencias, la física fue la que cosechó más éxitos, el positivismo propuso el lenguaje y estilo fisicalista como el ideal a seguir y pretendió imponerlo a las demás disciplinas. En algunas, como en la química, la cosa no fue mal, pero en otras como en biología… No es tan fácil. Así que más que de la separación el positivismo fue responsable de la jerarquización: ciencias duras o de primer orden y ciencias blandas o de segundo. Las ciencias sociales están siempre en el punto de mira, sospechosas de no ser ciencias de verdad.

    La causa principal de la parcelación está en la especialización, por un lado necesaria, pero también mal articulada y mal llevada.

    Un saludo.

  6. Linnk:

    No te creas que Dawkins lo tiene tan claro. Es que ahora mismo no tengo aquí el libro si no te buscaba los párrafos exactos en donde Dawkins se permite afirmaciones muy positivistas. También se le ha acusado de no ser demasiado buen filósofo cuando se mete en temas de filosofía de las religiones o teología, quizá por cierto desconocimiento de la historia de estas disciplinas. Por lo demás, yo coincido con él en su espíritu de denuncia de las religiones y reivindicación de la ciencia.

    Y en lo demás, completamente de acuerdo contigo. Y dile a tu amigo “if, else…” que esas sentencias son operadores lógicos, tan matemáticas como el teorema de Pitágoras. No obstante, creo que sí que hay mucho debate con respecto a la naturaleza de las ciencias de la computación y si son una ciencia o una aplicación práctica de otras ciencias. Yo no sabría qué decirte.

    Un saludo.

  7. Alejandro P.:

    Es cierto, la especialización es necesaria. Nadie puede tener en su cabeza ni siquiera una milésima parte de todo el enorme campo de conocimientos existente. Sin embargo, es necesario que junto a esa especialización se de un conocimiento general de los demás campos y disciplinas (y no por general necesariamente impreciso o poco riguroso). Y sí, creo que la creación de equipos multidisplinares también es algo fundamental, precisamente, porque en ellos se realizarán estos intercambios que harán crecer el conocimiento.

    Los científicos no suelen ser muy conscientes de que están haciendo y utilizando la filosofía cuando trabajan. No lo son porque, como hemos dicho, suelen tener en baja estima la filosofía como tal y, en defensa del rigor y de cierto ideal de profesionalidad, nunca dirán que lo hacen.

    Y con respecto a los “desatinos pseudocientíficos” me refería principalmente a las magufadas: supersticiones, OVNIS, casas encantadas, mal de ojo, homeopatía, etc. El criterio de demarcación entre ciencia y filosofía es imposible, pero entre ciencia y superstición es más nítido. El rigor en el uso de la lógica y la aportación de razones sólidas y pruebas empíricas es un buen criterio para distinguir estupideces. Lo que el positivismo no entendió es que gran parte de la filosofía (la buena filosofía) hace un buen uso de la lógica, da razones sólidas e intenta aportar pruebas empíricas, mientras que el tarotista que sale en la tele a partir de la una, no lo hace.

  8. Francisco:

    Lo que planteo fundamentalmente es la estupidez de ambos bandos, al darse la espalda, cargando un poquito más la culpa en el bando científico. Creo que la exigencia positivista de rigor matemático y de verificación empírica no solo es exigible a las teorías científicas sino a toda teoría, pero es que yo creo que un músico que hace historia de la música o que compone una ópera, se basa, igual que un físico en la evidencia empírica disponible. ¿O es que el director de orquesta puede obviar las características técnicas de sus violines o las teorías científicas acerca de la propagación del sonido? ¿Es que el historiador serio no busca todas las fuentes y las contrasta constantemente para interpretar cualquier hecho histórico? Creo entonces que el positivismo creó un muñeco de paja sobre el que lanzar sus feroces críticas que no existe, al menos, con tanta preeminencia como ellos pensaban.

    Y con respecto a la prioridad a las humanidades con respecto a la cultura discrepo un tanto contigo. Creo que la revolución darwiniana o astronómica cambiaron nuestra concepción del hombre y del universo de una forma crucial. Además, la revolución tecnológica también ha cambiado nuestra forma de interactuar en el mundo. No sabría decirte, pues creo que es tremendamente difícil de cuantificar o valorar, qué disciplinas han aportado más a la historia del conocimiento, pero la ciencia ha tenido una importancia capital. Entiendo que no pase nada porque no sepamos cómo fabricar un frigorífico, pero desconocer el planteamiento newtoniano, los principios de la termodinámica o las leyes de Maxwell es ignorancia en todo el sentido del término, una ignorancia que cualquier humanista no puede permitirse. Es más, cuando los grandes humanistas del Renacimiento fueron grandes científicos y combinaban muy bien el saber humanístico y el natural. Alguien que ignore las principales teorías científicas tendrá un conocimiento muy sesgado del “todo” cultural que ha generado el ser humano.

  9. Francisco dice:

    Gracias por tu respuesta, Santiago. No es una cuestión de “ignorancia” lo que yo planteaba; pero no importa. Prefiero no añadir nada más, para no cargarte con más trabajo (en realidad, también me lo supondría a mí, pero al menos yo escribiría por una motivación propia, mientras que para ti hasta cierto punto -depende de ti- sería un compromiso contestar). Considero ya bastante meritorio, que te tomes la molestia de responder a todos los comentarios, por el tiempo y la dedicación que supone. Una de las razones por las que me gustó este artículo cuando lo vi -como ya me ocurrió en otra ocasión-, fue porque se trataba de una nueva respuesta -en otra entrada- a un debate iniciado en otra entrada anterior. Te tomas la molestia de volver a escribir, de retomar el asunto de una forma más sustantiva, de tematizarlo en una nueva entrada -porque realmente tiene importancia por sí mismo-, y eso -como digo- tiene su mérito. Supongo que lo haces de forma desinteresada, simplemente porque te gusta la filosofía. Gracias nuevamente. Un saludo

  10. Javier dice:

    Enhorabuena.

    Tengo 51 años, llevo casi 22 en laboratorios, y ello me ha permitido ver la inmensa arrogancia que pulula en el mundo ‘científico’, o ‘positivista’.

    ‘El pensamiento humano es un fenómeno emergente que maquinas como blue-geen alcanzaran’.

    ‘El superordenador Blue Gene de IBM logra simular el cerebro completo de un gato (o el 4,5% de un cerebro humano) ‘,
    http://francisthemulenews.wordpress.com/2011/10/25/el-superordenador-blue-gene-de-ibm-logra-simular-el-cerebro-completo-de-un-gato-o-el-45-de-un-cerebro-humano/

    etc. etc.

    ¿Autocritica?, no , la ciencia (Sobre todo, si coincide con la que puede recibir subvenciones), es correcta.

    Y si no lo es, lo será.

    Ese es gran parte del discurso actual.

    Soberbia, falta de cautela, y sensacionalismo.

    Desde 1985 en que empece con este campo, he visto mucho de eso, y NO es, al menos para mi, ciencia.

    En fin, solo eso, enhorabuena.

    Javier

  11. gadmin dice:

    He recogido varios parráfos de este post en mi blog. En Arrogancia sin frenos
    Que a estas alturas haya que volver a las andadas sobre “la superioridad de la ciencia” indica que en algunos campos hemos retrocedido. Por cierto, ahora está empezando a ocurrir con otras disciplinas lo que ocurrió con la física: que sus indiscutibles éxitos abren tantos interrogantes como cierran. Me refiero a la neurología, neurociencia, etc. En general a las ciencias aplicadas al funcionamiento del cerebro humano. Pero no todos los científicos en ese campo son arrogantes. Un buen ejemplo de científico enormemente respetuoso es Oliver Sacks.

    Ha sido una alegría encontrar este blog.

  12. F. Joya dice:

    Dices:
    Al final, se dieron cuenta que era imposible establecer una frontera entre ciencia y metafísica, siendo el mismo discurso científico tan metafísico como cualquier otro.
    Está claramente establecida: la ciencia, si es ciencia, debe estar sometida al dictamen del experimento, debe predecir, y debe ser falsable.

    Dices:
    Es muy común leer a científicos que se disculpan por entrar en cuestiones filosóficas en sus obras, entendiendo siempre la filosofía como algo así como “especular sin pruebas” o “fantasear”, de modo que eso debe evitarse en toda investigación científica seria. Ese “límite”, ese “criterio de demarcación” propio del positivismo sigue presente de forma tácita en sus mentes a pesar de que ya casi nadie lo defiende seriamente desde mediados del siglo pasado.

    Claro, si entran en cuestiones filosóficas dejan de hacer ciencia, y ¡quieren que sus logros sean fiables!.

    Dices:
    En la Viena finisecular no existía esta especialización profesional tan marcada en el ámbito anglosajón. En la Viena que dio a luz a Freud, Kokoschka, Schömberg, Mahler, Ernst Mach, Adolf Loos, e incluso al mismo Círculo positivista de Viena, no existía esta idea de demarcación entre conocimientos, entre saberes ciertos y falsos, de un modo tan marcado como en la actualidad.

    el mismo Dawkins positivista cuenta lo que ocurrió cuando un ingeniero aeronaútico como Maynard Smith se dedicó a la teoría de la evolución, aplicando a ella la teoría de juegos: una gran revolución. Cuando dos disciplinas que, aparentemente, no tienen nada que decirse, se mezclan fértilmente, el conocimiento avanza. Pero si el conocimiento se aísla, se compartimenta, la decadencia y la parálisis lo infectan.

    No seré yo quien diga que los conocimientos variados sobre muchas disciplinas no sean adecuados, al contrario, son un hontanar de ideas, pero meter entre ellos la metafísica es enlodarse.

    Dices:
    Muchos de los problemas filosóficos que aparecían por doquier son fruto de malos usos del lenguaje. Esa es la segunda gran verdad del positivismo y de la filosofía analítica. Es muy cierto que si analizas lingüísticamente con sumo cuidado ciertas argumentaciones ves que, en el fondo, son fruto de errores en el manejo, por ejemplo, de los significados de los términos. Esto ocurre salvajemente en la filosofía postmoderna, la cual es charlatanería pura y dura en un alto porcentaje

    La filosofía moderna es charlatanería, ¿Y Hegel, qué es?, ¿resulta necesario traer algunos párrafos que Schopenhauer le dedica? No hace falta basta leer cualquiera de sus escritos. ¿y Marcuse en su demostración psicoanalítica de la posibilidad de la liberación, qué es sino charlatanería y sentimiento?, ¿Y qué es el celebrado tren de la historia de Marx y Engeles sino un mero deseo?, ¿y qué es Heidegger? Esto dice Bunge sobre él: «Por ejemplo, Heidegger tiene todo un libro sobre El ser y el tiempo. ¿Y qué dice sobre el ser? “El ser es ello mismo”. ¿Qué significa? ¡Nada! Pero la gente como no lo entiende piensa que debe ser algo muy profundo. Vea cómo define el tiempo: “Es la maduración de la temporalidad”. ¿Qué significa eso? Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico. Se llama esquizofacia. Es un desorden típico del esquizofrénico avanzado». ¿Y Freud? ¿Tiene el psicoanálisis alguna prueba para sus extremas hipótesis? ¿Ha presentado jamás alguna prueba de su poder sanador? El que todavía la metafísica sea el reino de la filosofía dice mucho de ella. Cualquier estupidez vale siempre que se venda bien.

    Dices

    Betrand Russell definía la filosofía como lo que todavía no es ciencia. Un pensador, procedente de un ámbito casi antagónico al de Russell, Karl Jaspers, afirmaba que la ciencia necesitaba de la filosofía para avanzar. Ambos entendían la filosofía como ese momento de especulación, de conjeturas, de discusión sobre conceptos y enfoques metodológicos, previa a la pura experimentación científica. Yo voy algo más allá: no solo ese momento, sino el mismo quehacer estrictamente científico está infectado de filosofía.
    Traes a Karl Jaspers, con contribuciones al psicoanálisis, a la filosofía y a la teología, ¿qué puñetas tiene que ver con la ciencia?
    Tal vez el científico esté infectado de filosofía, como tú dices, pero su quehacer científico ni por asomo.
    Saludos

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