Las ciencias se comportan conforme al esquema siguiente: si queremos conocer el funcionamiento de un reloj, no nos preguntamos si hay bacterias sobre sus engranajes o péndulos; el hecho de su presencia no tiene la menor importancia para la construcción y  la cinética de su mecanismo. ¡Las bacterias no pueden influir en la marcha de un reloj! Asimismo se pensaba entonces que los seres racionales no podían inmiscuirse en el funcionamiento del mecanismo cósmico, en cuya investigación debía ignorarse por completo su eventual presencia.

Con esta bella metáfora, Stanislaw Lem nos quiere mostrar la idea de inconmensurabilidad (tan presente en su obra), de incomunicación o si se quiere, de cierre categorial, entre la física y la biología. Efectivamente, la primera gran cosmovisión del Universo fue la aristotélica, de corte eminentemente biologicista (y es que los griegos no tenían máquinas, ni les importaba demasiado construirlas) y la segunda, la newtoniana, estrictamente fisicalista (propia del culto a la máquina de la Ilustración). Necesariamente, Newton tuvo que machacar a Aristóteles, puesto que, volvemos a la metáfora de Lem, en un gran reloj cósmico no hay lugar para bacterias. ¿Qué tiene que ver un bacilococo con la máquina de vapor de Newcomen? ¿Acaso influye la mitosis celular en la presión de las calderas que hacen funcionar el ferrocarril que lleva mis productos de Manchester a Londres y que, a la postre, me hará rico?

Y entonces llegó Schrödinger y se hizo la luz.  Un grandísimo físico aficionado a la biología intenta explicar el funcionamiento de los seres vivos en términos de dinámica de partículas. Los biólogos experimentan un profundo escalofrío en sus entrañas y todo cambia. Ahora, explicamos el funcionamiento de la célula en términos mecanicistas (hablamos a menudo de “maquinaria celular” y el interior del citoplasma no nos parece demasiado alejado de una gran factoría). La intención de Schrödinger, como la de todo buen vienés de la primera mitad del XX, era reduccionista: la física como el saber último que todo ha de explicar. Sin embargo, yo creo que su hazaña tuvo efectos no deseados contrarios a tal propósito: unió dos disciplinas casi antagónicas sin conseguir reducir la una a la otra. Únicamente ofreció una nueva visión para los biólogos que iluminó campos antes oscuros. Schrödinger no consigue explicar del todo qué es la vida (ni desde luego, su todavía misterioso origen), solo nos da ciertas descripciones de su funcionamiento: ese desequilibrio termodinámico generador de orden en un universo entrópico. Si se quiere, Schrödinger amplifica más el misterio: ¿por qué en un cosmos que tiende al desorden aparecen unos organismos empecinados en llevarle la contraria?

No creo en la inconmensurabilidad radical entre teorías ni disciplinas. Es más, precisamente, creo que lo realmente interesante, las grandes revoluciones que conmocionan el pensamiento, se dan cuando alguien mete el hocico en un campo que no es el suyo, cuando dos paradigmas irreconciliables se tocan. Lo interesante ocurre siempre en las fronteras, nunca en el pacífico centro. Es posible que las bacterias se dediquen a corroer los oxidados engranajes del reloj.

images (1)

“Creo que la capital de China es Berlín”

Estoy equivocado y puedo no ser consciente de que estoy equivocado. Puedo creer con suma certeza que Berlín es la capital de China y no suponer la ridícula gravedad de mi error. Sin embargo, parece impensable que yo esté equivocado en la siguiente aseveración:

“Sé que creo que la capital de China es Berlín”

Téngase muy en cuenta que la frase no empieza por un “creo que” sino por un “sé que” aumentando el grado de certeza de la afirmación. No lo creo, estoy seguro que creo esto. Todo el mundo podría decirme que la capital de China no es Berlín, pero nadie podrá sostener que yo no creo que sea Berlín. La certeza de que creo en lo que creo, de que pienso lo que pienso o siento lo que siento parece absoluta. Eso mismo afirmó Descartes con su famoso “Cogito ergo sum”. Todas mis creencias pueden ser falsas, pero nadie puede dudar de que las tengo.  ¿Seguro? Despegamos.

Descartes afirmaba que podíamos poner en duda todo lo que observamos por los sentidos. Podría darse que estemos soñando o teniendo una alucinación y que lo que creo ver en un lugar no esté realmente en tal lugar. Sin embargo, de modo, acrítico no ponía en duda lo que observamos “en nuestra mente”. La creencia de que Berlín es la capital de China es “captada” por nosotros al igual que un árbol delante de nuestros ojos. Sin embargo, para Descartes se podía dudar de la existencia del árbol pero no de la existencia de una creencia. Al igual que un genio maligno podría poner ese árbol donde realmente no está para torturarnos, ¿por qué no podría hacer lo mismo con nuestros pensamientos? ¿No podría colocar en mi mente creencias que realmente no tengo? Descartes parece tratar, injustificadamente, de desigual forma percibir mediante los sentidos que percibir “en la mente”.

Del mismo modo que podemos decir que soñamos que estamos volando por encima de la ciudad, siendo eso falso, podríamos decir que soñamos que creemos que creemos que Berlín es la capital de China. Es exactamente lo mismo y Descartes parece no darse cuenta.

Christopher Nolan, narra en su película Inception (2010) que sería posible entrar en los sueños de una persona y depositar en ellos una idea que el sujeto, en principio, no tiene. Así, los protagonistas entran en su mundo onírico y pasan mil y una peripecias hasta “convencer” a un rico heredero de que debe renunciar a seguir con la empresa de su padre. La víctima de tal “asalto mental” cree, al principio de la película, que debe seguir con el proyecto paterno. Sin embargo, al final, cuando los protagonistas cumplen su misión, cree que debe abandonar ese proyecto y comentar uno propio. El genio maligno de Descartes habría realizado su obra maestra: hacer que alguien crea algo que realmente no cree.

Hay que aceptar de una vez por todas la incertidumbre: un mundo sin certezas, sin ningún punto seguro desde el que asomarse. Fue un gran error del pensamiento moderno obsesionarse con la certeza, obsesionarse con la búsqueda de un conocimiento incuestionable cuando, precisamente, lo más interesante surge de las diversas perspectivas, de los problemas intelectuales que surgen ante cualquier cuestión. La ciencia sería muy aburrida si solo costara de un conjunto de certezas. Dios ha sido muy cruel con los inseguros, pero muy generoso con los curiosos.

mirrors-Photography-by-Erik-Johansson

Si soy el Dios de la selección natural tengo ciertas restricciones para crear. Solo puedo hacerlo con una serie de recursos limitados, con lo que hay. Si quiero construir un sistema perceptivo eficaz para sobrevivir tengo que tener en cuenta que hacer algo que tenga una percepción absolutamente real y perfecta del mundo externo puede ser muy costoso. Pensemos que el organismo en el que trabajo tiene que cruzar una carretera con un tráfico muy fluido. Mi objetivo es que no le atropelle ningún vehículo. Supongamos que construyo un sistema de “videocámaras computerizadas” que reconozcan todas las formas, colores, movimientos… absolutamente toda la información que la tecnología biológica disponible pueda captar. Después, mediante un potente computador, hago que toda esa información sea procesada de modo que mi organismo se haga un mapa mental, una re-presentación absolutamente idéntica a ese mundo real que percibe mediante sus videocámaras. Efectivamente, cuando lo pongo en funcionamiento, mi organismo cruza la carretera sin problemas, evitando todo peligro. Pero, ¿he sido eficiente en mi labor de ingeniero? Evidentemente, no.

¿Cómo podría obtener los mismos resultados a mucho menor coste? De primeras, no necesito toda la información, no necesito construir un mapa total de la realidad en la mente del ser vivo. Solo me hace falta la información relevante para la tarea a realizar. Y de segundas, ¿por qué representar de nuevo la realidad en esa mente? ¿Para qué me vale duplicar la información que ya está ahí fuera? Eso es muy costoso. ¿No podríamos hacer lo mismo sin la necesidad de representación? Seguro que hay forma.

Pensemos en los murciélagos. Casi ciegos, su forma de percibir la realidad es mediante la ecolocalización. El murciélago calcula la posición de un objeto lanzando un sonido hacia él. Según el tiempo que el sonido tarde en volver sabe si está cerca o lejos. ¿Percibe el murciélago algo de información del objeto que pretende localizar? No, lo único que recibe es el rebote de un sonido que él mismo ha emitido. La ecolocalización sería un sistema muchísimo más barato que el de “videocámaras computerizadas” y no requiere de ningún tipo de representación: ¿qué mapa mental va a hacer el murciélago de un objeto del que no tiene información alguna? A lo sumo puede tener un “esquema de indicadores” que le permita hacer un extraño “mapa de distancias sonoras” para recordar el lugar de cada objeto en un entorno complejo. El murciélago no percibe la realidad pero puede moverse en ella con suma eficiencia.

Tenemos que comprender nuestra relación con el mundo de un modo completamente diferente. Sigamos con las metáforas automovilísticas. Pensemos ahora en que circulamos con nuestro coche por la ciudad. Con la finalidad de no tener accidentes existe un sencillo código de señales viales que nos guía en la conducción. Llegamos a un cruce regido por un semáforo. El código es trivial: verde pasas, rojo paras. Supongamos que nuestro sistema perceptivo es absolutamente ciego a todo menos a las luces del semáforo. Aún así, atravesaría el cruce sin ningún percance y ¡con una economía de medios asombrosa! ¡Solo dos bits! Al igual que el murciélago, puede operar bien en la realidad sin percibirla en absoluto. ¿Qué tiene que ver el verde o el rojo del semáforo con la realidad de un cruce lleno de automóviles? El color de la luz no tiene similitud alguna con lo que pretende representar. Ninguna conexión entre la “imagen mental” y la referencia real.

Un último ejemplo: un sujeto sufre una extraña enfermedad de nacimiento que deja inútil todo su aparato perceptivo menos los receptores nerviosos del dolor. Es sordo, mudo, ciego, etc. Solo capta cuando alguien le hace daño. Cogemos una aguja, se la clavamos en el dedo y siente dolor. ¿Tiene algo que ver la sensación de dolor con alguna característica de la aguja? ¿Nos transmite el dolor algo de su color, textura, dimensiones…? No, en la sensación de dolor no hay relación entre referencia y significado. Nuestro pobre enfermo viviría en un horrible mundo en el que únicamente habría sufrimiento y, quizá, podría aprender de alguna forma a evitar ciertos dolores, es decir, vive en un mundo totalmente irreal pero quizá podría moverse con cierta eficacia en él.

Que la selección natural sea un proceso que busca la economía de medios nos lleva a concluir que el diseño de aparatos perceptivos no ha seguido la línea de crear sistemas “realistas” debido a su elevado coste, sino más bien algo más parecido a los antes descritos. Lo que nos lleva inevitablemente a sospechar de la realidad: ¿Y si todo lo que yo creo que es real tal y como lo percibo no es únicamente un conjunto de “señales”o “esquemas de indicadores” que me sirven para sobrevivir? Colores, formas, dimensiones, incluso el espacio y el tiempo… podrían no existir realmente. Nuestra realidad podría ser únicamente una ficción útil.

En este momento los malvados constructivistas se frotan las manos. La realidad es una construcción del sujeto. Ese conjunto de señales e indicadores son creadas por el individuo ansioso de sobrevivir, un individuo solipsista, cuya realidad es solo un reflejo de lo que él mismo crea. Mal, error grave. Aunque no exista semejanza entre el mundo “real” y las señales que pudiéramos percibir, dichas señales no son arbitrarias ni proceden enteramente del sujeto. El enfermo que sufre dolor no crea sin más ese dolor. El dolor es el indicador de que está siendo pinchado por una aguja real. Por lo tanto, nuestra percepción de la realidad es una construcción sí, pero una construcción en la que la realidad interviene. Cabría hablar de una relación, una dialéctica o incluso, pedanteando un rato, de co-emergencia o sinergia entre sujeto y objeto.

Lo que sí que hay que abandonar es la visión realista en el sentido de pensar que el conocimiento consiste en que en nuestra mente albergue una copia, cuanto más exacta mejor, del mundo que existe ahí fuera, como si el mundo se mirara en un espejo. No, nuestra mente no está diseñada para conocer la realidad, sino para moverse con eficacia dentro de ella. Hay que romper con la teoría representacionista del conocimiento, hay que romper el espejo. Conocer no es copiar o reflejar, conocer es actuar, es ser más apto.

LorenzAndGeese4

En resumen, los animales vivían en completa libertad y estaban familiarizados con nuestra casa. Tendían siempre a venir hacia nosotros, no a escapar de nosotros. Las frases que en cualquier otra vivienda podrían ser: “El pájaro se ha escapado de su jaula, ¡cierra aprisa la ventana!”, en la nuestra era: “¡Por Dios, cierra la ventana, que la cacatúa – o el cuervo, el maki, el capuchino – quiere entrar!”. La aplicación más genial del “efecto inverso de las alambradas” fue experimentada por mi esposa cuando nuestro hijo mayor era todavía muy pequeño. Precisamente entonces teníamos algunos animales grandes, que podrían ser peligrosos: cuervos, dos grandes cacatúas de moño amarillo, dos makis mongoz y un mono capuchino, a los que  - en especial a los cuervos – no era prudente dejar solos con el niño. Como solución más práctica, mi mujer improvisó una gran jaula en el jardín y metió en ella… el cochecito con nuestro hijo.

Konrad Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros

Hay muchos tipos de cárceles que no tienen barrotes: un empleo, una relación sentimental o familiar, un proyecto, una promesa, una frontera, el miedo, el remordimiento, la inseguridad… en general, las contradicciones o los callejones sin salida. La relación del hombre con la naturaleza se ha entendido históricamente siguiendo este patrón carcelario: la naturaleza era algo hostil, peligroso, de lo que había que protegerse creando barreras. Una vez establecida una defensa sólida, se pasaba al ataque: mediante nuestra técnica había que controlarla, dominarla, ajustarla a nuestros deseos. Y esto nos llevó al callejón sin salida: una mala relación con lo natural que supone su destrucción sistemática y, a la postre, la nuestra también.

La solución pasa, como en casi todas las ocasiones, por el conocimiento. Cuando comencé a interesarme por la biología, mi impresión hacia seres que antes me parecían dañinos y repugnantes giró 180 grados. Ahora, si en un trozo de pan sale algo de moho, corro a sacar el microscopio para ver que ocurre allí. Cualquier insecto, cualquier mala hierba, me parecen sumamente interesantes. De la curiosidad y del saber surge el respeto, y del respeto surge el amor. Elevada a la enésima potencia, ésta es la vida de Konrad Lorenz : su inmensa curiosidad por la naturaleza iba pareja a su sin par amor hacia ella. Por eso su casa era el ejemplo, por excelencia, de convivencia entre hombre y animal, porque para amar algo hay que comprenderlo. De hecho, gran parte de los males que se han cometido a lo largo de la historia tienen entre sus causas un desconocimiento o una mala comprensión de lo que es el otro. Si sientes indiferencia (y, en cuanto a tal, muestras desconocimiento) por los organismos vivos, no te dolerá demasiado su exterminio en pro de otros fines que sí te interesan.

Comprendemos que, en una primera fase, la humanidad en un estadio de desarrollo técnico primitivo, entendiera la naturaleza como algo hostil. No hay duda de que un tigre dientes de sable quiere comerme y que poco amor puedo mostrar yo al encontrarme con uno, especialmente si está hambriento, en medio de la sabana. Pero en el nivel técnico actual, cuando rara vez hay especie animal que pueda resultar peligrosa, la actitud ante lo natural ha de cambiar. Hemos dominado y controlado el mundo, es algo para estar muy orgullosos como género humano. Pero una vez aquí hay que cambiar los términos.  Y cambiar los términos pasa por cambiar la posición de las alambradas: el que ha sabido protegerse ha de pasar a proteger. Y para que nos interese proteger hay que comprender, respetar y, a fortiori, amar.

Prohibido escribir

Publicado: 6 marzo 2014 en Filosofía general, Humor
Etiquetas: ,

Espiar

Cuando, no sin cierto delirio, un fulano decide dedicarse al arte de escribir tiene que enfrentarse a una difícil cuestión: si hay millones de libros escritos, ¿por qué debería contribuir a saturar aún más el mercado editorial? Existen Bernhard, Faulkner, Joyce, Jünger, Orwell, Kafka… ¿por qué alguien iba a perder el tiempo leyéndome a mí estando ellos? Hay suficientes clásicos para llenar cien vidas de lectura… ¿por qué alguien iba a ser lo suficientemente estúpido para elegirme a mí entre tantos genios? El aspirante a escritor tiene que aceptar que la única razón para que su obra se publique y tenga lectores es de índole consumista: los editores han de lanzar novedades, efímeros productos de mercado de usar y tirar, obras en las que el envoltorio es mucho más importante que el contenido. Por eso, y solo por eso, se publican miles y miles de páginas de basura. No importa si nuestro escritor nobel es bueno, pues su obra se perderá en esa gigantesca, informe e indiferenciada bola de papel.

Stanislaw Lem tiene bastante clara la solución:

Hay que organizar con urgencia el Humanity Salvation Found, el Fondo para la Salvación de la Humanidad, con un capital de dieciséis billones paridad oro, con una tasa de interés del 4% anual. El dinero del Fondo servirá para pagar a todos los creadores: inventores, científicos, técnicos, pintores, escritores, poetas, dramaturgos, filósofos y proyectistas, según las normas que siguen: quien no escribe nada, no proyecta, no pinta, no patenta ni propone nada, cobra una remuneración vitalicia de 36.000 dólares al año. Quien practica una de las actividades arriba mencionadas, recibe proporcionalmente menos.

[...] Gracias a este sistema, sólo cometerá un acto de creación un verdadero altruista, un asceta del espíritu que ama al prójimo y no a sí mismo, deteniéndose automáticamente la producción de basura que se vende ahora.

[...] No obstante, el egoísmo se manifiesta tanto en la avidez de pecunio cuanto en la de la fama; para quitarla de en medio, el Programa de Salvación instaurará el anonimato estricto de los creadores, [...] Para el caso de una actividad creadora clandestina se establece un sistema de castigos y represiones, incluyendo demandas judiciales entabladas por un organismo especial de Control de Emergencia. Se instituye igualmente un cuerpo nuevo de policía, los llamados Patinantes (Patrullas de Investigación Anticreativas). De acuerdo con el código penal, aquel que clandestinamente escribiera, difundiera, sugiriera e incluso señalara disimuladamente al público cualquier fruto de la creación, deseando obtener gracias a este procedimiento lucro o renombre, sufrirá el castigo de la incomunicación, trabajos forzados y, si reincide, el de reclusión en una mazmorra con cama de piedra y azotes en cada aniversario de la comisión de su delito.

Stanislaw Lem en su relato Perycalypsis, dentro de Vacío Perfecto

Por un camino diferente a la ironía de Lem, la ruina del mercado editorial debido a la ciberpiratería es, casi, una buena noticia. Yo, a todos los autores cuyas obras se encuentran en la sección de librería del Eroski les pagaría gustosamente porque no hicieran nada. Que las editoriales se me adelanten para evitar su ruina es magnífico.

PD.: que conste que a mí me encantaría ser un patinante.

Hay una ley en la lógica tal que así: (¬p→p)→p. Es extraña,  pero muy fácil de demostrar:

¬p→p     Premisa

¬p         Negamos la conclusión para operar por reductio ad absurdum

p          Sacamos la p del condicional por modus ponens

p&¬p      Unimos la p con su negación con la conjunción obteniendo una contradicción

¬¬p      Usamos la contradicción para introducir la negación sobre ¬p

p          Eliminamos la doble negación y obtenemos la conclusión deseada: p, Q.E.D.

En cristiano: si algo es tan fuerte que se implica de su negación, entonces es. Un buen ejemplo podría ser el siguiente: si para negar la Filosofía hace falta filosofía, entonces Filosofía. Muy bonito. Y es así: los que desprecian la Filosofía tienen, necesariamente, que hacer filosofía para sustentar de alguna manera su desprecio. Entonces caen siempre en una contradicción de términos, por lo que la Filosofía queda a salvo.

deterministadados

Debido a mis continuos improperios dirigidos al ministro de educación en una manifestación, las autoridades competentes me detienen y me encarcelan. Y allí estoy yo, encerrado tras las paredes de una lúgubre celda pensando en cómo se han vulnerado mis derechos civiles, como se han violado mis libertades fundamentales. Pero, de repente, caigo en que soy determinista, en que no creo que exista nada que podamos llamar con propiedad “decisión libre”, por lo que nuestra sensación de libre albedrío no es más que una ilusión mental. Entonces, me digo que no debería preocuparme. Dentro de una celda soy igual de libre que en el salón de mi casa, es decir, nada de nada. Sin embargo, no consigo calmarme. Yo no quiero estar en la cárcel, quiero salir… ¡quiero ser libre! ¿Qué ocurre entonces? ¿Es absurdo el determinismo?

No, simplemente, hay que revisar nuestras definiciones. Ted Honderich, profesor emérito del University College de Londres y un determinista a la vieja usanza clarifica muy bien la cuestión, en primer lugar, definiendo determinismo:

El determinismo, tal y como yo lo entiendo es la doctrina según la cual cada uno de nuestros eventos o episodios mentales o conscientes, incluida toda decisión, elección y , es el efecto de una decisión causal. La secuencia es anterior a la decisión, la elección o la acción, y a cualquier pensamiento al respecto.

Ted Honderich, entrevistado por Julian Baggini

en Lo que piensan los filósofos (Paidós, 2011).  

El universo es una gran red causal que avanza irreversiblemente hacia el futuro. Todos los sucesos están encadenados a fenómenos que ocurrieron temporalmente antes, de modo que estos sucesos causan necesariamente los anteriores. Honderich lo deja claro:

Cada suceso en ella es un efecto real, un suceso necesario, por así decirlo. Desde luego, no un suceso hecho probable meramente por los antecedentes. Es algo que tenía que ocurrir dados los antecedentes.

Si aceptamos el determinismo nos encontramos de lleno con el problema de la libertad. Si todo está determinado por sus antecedentes yo no soy libre de tomar ninguna decisión, por lo que hablar de libre albedrío carecería por completo de sentido. Entonces yo encarcelado no debería preocuparme mucho, ya que metido en una celda no soy más libre que descansando plácidamente en el sofá de mi casa. En ambos casos mis decisiones son tomadas de antemano por las circunstancias anteriores a mi elección. Si llevamos este argumento a su extremo hablar de derechos tan fundamentales como  la libertad de expresión o de culto, e incluso hablar de la misma democracia (voto libre) es absurdo.

Muchos pensadores optaron por lo que se conoce como compatibilismo. Intentaron hacer compatible esta idea de libertad personal con el determinismo físico. Creo que no lo consiguieron porque la mayoría de sus planteamientos se basaron en “sacar la libertad del orden físico”. Para Descartes la mente es una sustancia diferente a la materia que se rige por otras normas. Kant optó por algo parecido: sacar la libertad del mundo fenoménico para meterla en el nouménico, otro mundo diferente al regido por leyes físicas. Sin embargo, sí es posible mantener el determinismo y que, al menos, tenga sentido hablar de libertad sin tener que postular otras realidades diferentes a la material, si redefinimos lo que significa el término. Así, Honderich distingue dos tipos de acciones “libres”: las acciones originarias y las acciones voluntarias.

[...] la acción originada [...] es aquella que tiene una génesis, un inicio, bastante difícil de definir. En cierto sentido, sabemos que entienden por origen (origination) los incompatibilistas. Éste supone que el agente llega a una decisión, elección o acción de forma no determinista, y la decisión, la elección o la acción permanecen dentro del control del agente. Por encima de todo, el origen es el comienzo de una decisión o elección que hace responsable de ella al agente, moralmente responsable de ella en un sentido fuerte.

Si pensamos que algo funciona de modo determinista y, por lo tanto no es libre, si sucesos anteriores determinan sus acciones, una decisión, elección o acción libre tiene que “salirse” de esta cadena causal, no estando determinada por el pasado, es decir, debe ser un origen, algo que surge como una novedad pura ex-nihilo, un punto cero absolutamente inconexo con sus antecedentes temporales, un suceso incausado… Y algo así, tal como subraya Honderich es muy difícil de definir: ¿cómo es un fenómeno de esas características? Sería algo jamás observado por la ciencia hasta el momento, una especie de singularidad.

Pero podemos definir un acto libre de otra manera, como acción voluntaria:

El tipo de libertad que supone la voluntariedad viene a ser el siguiente: una acción libre es aquella que fluye desde los deseos, la personalidad y el carácter del agente, en lugar de oponerse a éstos. El agente no está en una cárcel, no es la víctima de un hombre con una pistola, no está sujeto a una compulsión interior que no quiere tener. Actúa de tal suerte que sus acciones fluyen de él. Según esta definición, una acción libre es, en efecto, lógicamente compatible con el determinismo. El determinismo no dice que no haya acciones que fluyen del agente. Simplemente dice que existe algún trasfondo causal que fija el resultado. Según la interpretación compatibilista, la acción libre es justamente aquella que posee un trasfondo causal interno y fundamental para el agente, por así decirlo, en lugar de externo.

Explicado de otro modo: la libertad entendida como acción voluntaria quiere decir que yo hago algo libremente si, realmente, la acción está acorde (es efecto) con mis deseos, creencias o intenciones, a pesar de que éstas estén completamente determinadas por causas anteriores. Yo quiero salir de la cárcel, creo que es horrible estar allí. Entonces toda acción que obstaculice tales deseos me privará de mi libertad.

De esta forma mantenemos una postura totalmente determinista, seguimos sosteniendo que la libertad (originaria) es una ilusión, y sigue teniendo sentido hablar de libertades fundamentales o democracia. Y, lo mejor de todo, no hay que recurrir a extrañas piruetas conceptuales compatibilistas que terminan por llevarnos al dualismo.

Me gusta mucho el ajedrez. Es un juego bellísimo, de un orden geométrico asombroso. Me encanta revivir partidas clásicas analizando la genialidad de esos grandes jugadores que tuvieron un momento de inspiración y que combinaron magistralmente sus piezas desde un plan trazado con muchas jugadas de antelación. Los resultados son muy hermosos: jugadas perfectas, cálculos precisos, trampas invisibles que en una jugada hacen cambiar por completo el sino de la partida. Y todo eso desde la romántica visión de un duelo a muerte entre caballeros, una encarnizada lucha entre dos cerebros en la que no hay suerte (el ajedrez no es un juego de azar), todo lo que pase es enteramente responsabilidad tuya. Las derrotas son muy duras.

Sin embargo, cuando me pongo a jugar pronto me doy cuenta que no tengo la genialidad de los grandes maestros. No puedo calcular con tanta antelación ni se me ocurren combinaciones tan brillantes. No es sólo falta de inteligencia en comparación con grandes jugadores, sino falta de preparación y entrenamiento: no me sé todas las aperturas, ni siquiera domino ninguna de forma más o menos competente. Tampoco tengo conocimientos sólidos de los fundamentos teóricos del juego. Supongo que necesitaría años de entrenamiento para poco más que no hacer el ridículo en un torneo federado.

¿Cómo, siendo un mediocre, juego entonces mis partidas? Como no puedo tener una visión global perfecta de lo que pasa en el tablero ni puedo anticipar con claridad el futuro a medio y largo plazo, vivo en el presente. ¿Cómo? Siguiendo una serie de principios básicos, de recomendaciones, de apuestas más o menos arriesgadas: despliega rápido tus piezas, presiona el centro, enrócate lo más pronto posible, no saques la dama hasta que la partida esté avanzada, que tus alfiles tengan diagonales largas para moverse, busca columnas vacías, ataca el peón más débil de la cadena, si tienes ventaja material no temas cambiar piezas, busca ataques dobles, clava piezas adversarias, etc. Luego, mi memoria también me ayuda: puedo recordar partidas clásicas o que ya he jugado, repetir estrategias que me han funcionado y evitar errores que me costaron la derrota. Igualmente mi conocimiento de mates clásicos es de gran ayuda al final de la partida. Téngase en cuenta que todas estas directrices de juego son sólo consejos, prácticas que sólo serán válidas en un contexto dado pero que muchas veces serán inútiles o, incluso, contraproducentes.

¿Y qué tiene que ver esto con la mente? Pues que la mente funciona de modo muy similar a un jugador aficionado al ajedrez como yo:

1. Nuestro cerebro es un conjunto de módulos, de subsistemas encargados de realizar tareas concretas, una caja de herramientas para sobrevivir. Hay que tener claro que nuestra mente no fue diseñada para encontrar la verdad ni para descubrir los grandes misterios del cosmos, está diseñada para adaptarse al medio, para operar y desenvolverse en él. La mente tiene una finalidad muy práctica. En la metáfora, cada módulo es un principio básico, una directriz de juego, una forma de hacer las cosas.

2. Las directrices de juego son sólo apuestas, hipótesis, tentativas, en muchas ocasiones chapuceras o mal avenidas unas con otras. Por eso nos equivocamos, por eso el error es tan común en nuestro quehacer cotidiano (y tan necesario).

3. La memoria es otro subsistema encargado de seleccionar las mejores directrices, almacenándolas para nuevos usos. Por eso la memoria está muy ligada a las emociones. ¿Qué recordamos después de una partida? Aquella jugada pésima que me hizo perder. ¿Qué emoción iba ligada a esa jugada? Rabia, impotencia… Las emociones intensas suelen ir ligadas a momentos cruciales en el proceso de aprendizaje. Y es que el cerebro humano es una gran maquinaria de aprendizaje en el que se ensayan constantemente conductas, unas se refuerzan y otras se desechan. Creo que nos diferenciamos más de los animales por nuestra enorme capacidad de aprendizaje que por nuestra inteligencia.

4. No existe el “teatro cartesiano”, un lugar donde existe una visión unificada, clara y sencilla de toda la partida. Sólo tenemos visiones parciales de la realidad dadas por cada módulo particular, múltiples perspectivas, estrategias y enfoques, diseñadas por la selección natural para no ser irreemplazables:  si falla una tenemos más. Aunque pierda ese valioso alfil puedo seguir intentando ganar la partida. La redundancia es una característica fundamental de nuestro cerebro. De hecho, una de las definiciones más comunes de persona inteligente es decir que es aquella que aporta más soluciones ante un problema dado. Una buena mente es la que, sencillamente, tiene muchos recursos.

5. ¿Por qué no existe ese “teatro cartesiano”? ¿Por qué no tener una visión global, unificada de todo? ¿Por qué no visualizar el tablero con claridad y distinción? ¿No ganaríamos más partidas? Así es pero es mucho menos eficiente teniendo en cuenta la escasez de medios. A la naturaleza le hubiera costado mucho crear un Carlsen en cada ser humano. Además, la variabilidad o diversidad de genotipos es una gran estrategia evolutiva. Pensemos que la naturaleza crea todos los cerebros tan buenos al ajedrez como Magnus Carlsen. Entonces, todos los seres humanos jugarían muy bien, pero con un estilo único, con unos determinados hábitos y, a pesar de la calidad del juego, con unos puntos débiles. La naturaleza rápidamente sacaría unos rivales que explotarían a la perfección tales defectos. La humanidad estaría condenada a la extinción. Por el contrario, diseñando jugadores mediocres pero variados, aumenta las probabilidades de supervivencia. Es lo mismo que ocurre con los pesticidas y las plagas. Solo las especies con una alta tasa de mutación sobreviven a los venenos del agricultor, haciéndose inmunes a ellos en unas cuantas generaciones.

6. El cerebro, al igual que la partida de ajedrez, es un sistema muy dinámico: se está construyendo movimiento a movimiento. Los principios de juego de los que parto pueden ir cambiando, combinarse o refutarse mientras se juega. Hay momentos en los que vendrán bien y en otros no, de modo que no hay una fórmula magistral para cada partida y, por eso, cada partida es siempre distinta al igual que cada mente es única e irrepetible. Incluso ante posiciones similares, muchas veces optaremos por estrategias diferentes (ya sea por que nos falla la memoria, porque se nos ha ocurrido algo mejor o, sencillamente, porque tenemos una corazonada), y es que no solemos funcionar mediante la lógica bivalente propia de las máquinas, sino más bien con lógica borrosa: tendemos a repetir una estrategia que funcionó, pero no lo hacemos el 100% de las veces desde el principio, sino que vamos subiendo el porcentaje a medida que funciona y no tenemos problema alguno en cambiarla si surge la necesidad. Por eso tropezamos muchas veces en la misma piedra, porque eso, al final, hace que tropieces muy pocas veces.

Una de las ideas de la historia de la ciencia que más me impactaron cuando conseguí entenderla bien (si es que aún hoy la entiendo del todo bien) es el principio de relatividad galileano, formulado por Newton en su segunda ley del movimiento. La ley newtoniana dice así: todo objeto está en movimiento o en reposo a no ser que se ejerza una fuerza sobre él. Aparentemente no parece gran cosa para el lego en historia de la física, pero es una frase altamente revolucionaria. Aristóteles pensaba, con su habitual sentido común, que el estado natural de un objeto era el reposo. Cuando observamos la naturaleza los objetos parecen estar quietos a no ser que algún tipo de fuerza los mueva. Cuando esa fuerza deja de ejercer su acción el objeto deja lentamente de moverse hasta quedar de nuevo quieto. Con esta idea se vivió desde la Grecia clásica hasta el Renacimiento, hasta que llegó la egregia mente de Galileo Galilei.

El experimento es bien sencillo, tan trivial que parece imposible que a nadie se le ocurriera hacerlo antes. Si observamos un barco en movimiento y lanzamos un objeto desde su mástil, su trayectoria variará en función de donde esté situado el observador. Si somos un marinero que está dentro del barco veremos que el objeto tiene una trayectoria rectilínea desde lo alto del mástil hasta la cubierta. Sin embargo, si somos Galileo y observamos el mismo movimiento desde nuestro telescopio en tierra firme, veremos que hace una curva acompañando el movimiento del barco. Es algo trivial pero que tiene que hacer rechinar nuestras neuronas: ¿cómo es posible que el mismo movimiento tenga dos trayectorias distintas? Parece que algo o se mueve en línea recta o lo hace siguiendo una curva pero… ¿ambas a la vez? ¡No puede ser!

´+Relatividad de Galileo

La conclusión es alucinante: no existe ninguna trayectoria “real”, absoluta, válida para todos los observadores posibles, sino que hay tantas trayectorias como observadores, y si pensamos que podrían existir un número indeterminado de posiciones y velocidades desde las que observar… ¡hay infinitas trayectorias posibles! Infinitos galileos situados en infinitas posiciones diferentes observarían trayectorias distintas.

La importancia de este hallazgo es capital pues suponía un durísimo golpe a la física aristotélica. Como para el griego existían el movimiento y el reposo absolutos, para mover el mundo eran necesarios un montón de motores que transmitían por contacto (evidentemente, desconocía las fuerzas a distancia como la gravedad) el movimiento a cada móvil existente. En su compleja cosmología, existían un montón de esferas de éter que envolvían el universo y se movían unas a otras hasta llegar a Dios, al motor inmóvil, aquella fuerza absoluta que movía sin moverse ni ser movida. Cuando Galileo formula su principio todo esto salta por los los aires. No existe un motor absoluto porque el movimiento no es objetivo, es relativo a cada observador. Si, por ejemplo, todo el universo estuviera constituido por una serie de objetos que se mueven en la misma dirección a la misma velocidad, nadie podría afirmar, siendo uno de esos móviles, si algo se mueve o todo está quieto. Sencillamente, en ese universo, no existiría el concepto de movimiento. De la misma forma, en un universo en el que solo existiera un objeto, tampoco podría decirse si está en movimiento o reposo, pues no habría ningún observador externo, ningún punto de referencia desde el que juzgar la trayectoria. Y es que el movimiento no es una propiedad del objeto, no puede explicarse apelando únicamente al objeto móvil, sino que hace falta un mínimo de un segundo objeto que, además mantenga una dirección o velocidad diferentes con respecto al primero, para poder hablar de movimiento. Por eso podemos volver a insistir en la necesidad de basar nuestro conocimiento en una ontología de relaciones más que en una ontología objetualista. El movimiento es una relación, no una propiedad objetiva.

El concepto fundamental de la madre de todas las ciencias, aquella que pretende reducirlo todo a sus leyes, el concepto de movimiento, es relativo, es subjetivo. Pero, precaución amigo conductor, subjetivo no quiere decir “construido culturalmente por el individuo”, ni “creado o inventado” o “una mera idea en la mente de alguien”. El movimiento es real: un hombre del siglo XII, un masái, y yo observamos la misma trayectoria que Galileo siempre que estemos en su mismo lugar. El movimiento es perfectamente real y objetivo en el sentido de externo a nosotros, solo que es algo que solo existe en relación con otros objetos, no por sí mismo. Simplemente (o no tan simplemente), la cuestión reside en cambiar la perspectiva ontológica.

Pero no todo está perdido para los teístas nostálgicos de Aristóteles. Podríamos volver a apelar al ojo de Sauron: podría existir un centro del Universo, un lugar privilegiado desde el que observar la totalidad de lo real y, por lo tanto, poder determinar el movimiento y el reposo. Dios volvería a ser la percepción absoluta, el ojo que todo lo ve y que da objetividad a  la realidad. Todas nuestras observaciones de trayectorias serían erróneas ya que nosotros no estamos situados en el lugar de Dios. Sólo Él sabría cuál es el movimiento correcto de cada móvil. Berkeley podría no estar tan desencaminado como pudiera parecer (como pasa con todos los filósofos clásicos cuando se los estudia bien). No obstante, para mí todo eso es un mito: centro del universo, observador absoluto, motor inmóvil, causa incausada, idea de bien de la que todo emana… verdad absoluta, a fin de cuentas, no son más que diversas formas de representar ese anhelo humano de saberlo todo, de llegar al hegeliano fin de la historia. Mitos de la razón, al fin y al cabo.

Dando una vuelta por coloridos manuales de zoología, creyéndome durante unos segundos Linneo, me he encontrado con estos bichitos: los metamonadinos. Son protozoos flagelados anaerobios y, en su mayoría, simbiontes.  Su característica, aparentemente, más llamativa es que tienen uno o dos núcleos asociados a varios pares de flagelos. Una estructura poco usual pero nada que no pudiera darse en seres de estas características. Hasta aquí nada interesante, nada digno de interés, pero, de repente, me encuentro con la discusión sobre su origen: antes se pensaba que eran eucariontes primitivos muy antiguos (los arqueozoarios) ya que no tienen mitocóndrias, ni cloroplastos ni aparato de Golgi; pero después se descubrió que no, que tuvieron mitocondrias pero que las perdieron después (tienen vestigios mitocondriales como hidrogenosomas y mitosomas, e incluso tienen genes mitocondriales no funcionales). Vale, ¿y qué?

Giardia-spp.--infected--gerbil-intestine

Pues que hace unos días hablábamos de la increíble superadaptación que consistió fagocitar mitocóndrias capaces de realizar el ciclo de Krebs. Los organismos que lo hicieron consiguieron un sistema obtención de energía magnífico para multiplicar sus funciones celulares. ¿Por qué, entonces prescindir de él? ¿Por qué teniendo el motor de un Ferrari volver al de un 600? Evolución, amigos, de nuevo, simplemente evolución. La selección natural premia a los más aptos dado un entorno concreto. Como los entornos son distintos y cambiantes ser más apto es algo relativo: un organismo muy apto para las bajas temperaturas lo será muy poco para las altas. Y así tuvo que ocurrir: los metamonadinos evolucionaron en unos entornos en los que no fue necesaria tal producción de energía y punto. Las mitocondrias eran una carga inútil de la que había que prescindir y se prescindió. El motor de un Ferrari está muy bien para correr en un circuito, pero si no tienes demasiado dinero para gasolina y solo vas a usar el coche para ir de compras al supermercado que está a dos manzanas de tu casa, mejor es un diesel de poca cilindrada.

Los metamonadinos son una prueba más de la invalidez de la ortogénesis lamarckiana, de pensar que la evolución va generando organismos cada vez más perfectos. La “perfección” es relativa al entorno, y un entorno cambiante condena, sin pestañear, a organismos perfectamente adaptados al momento previo. Sin embargo, la ortogénesis podría seguir defendiéndose apelando a que las adaptaciones no solo sirven para adaptarse a un entorno dado, sino que sirven para algo aún mejor: para adaptarse a más de un entorno, a entornos posibles. Es lo que llamamos adaptaciones generalistas. Por ejemplo, ser omnívoro es una adaptación generalista ya que te permite sobrevivir en nichos ecológicos con diferentes fuentes de alimentos. Un herbívoro estricto tan especializado como el koala, que solo come hojas de eucalipto, se extinguirá si desaparece su exclusivo y preciado alimento, mientras que el ser humano, perfectamente omnívoro, se adapta a casi cualquier dieta. Parece entonces que las adaptaciones generalistas son mejores que las muy específicas, por lo que podríamos imaginar el organismo perfecto: aquel que tiene un fenotipo tal que le permite adaptarse a todos los nichos ecológicos posibles. Como tal organismo sobrevivirá por delante de los sujetos con adaptaciones específicas, podría decirse que la evolución tiende hacia el progresivo diseño de ese organismo perfecto, la idea platónica de superviviente. La ortogénesis lamarckiana podría ser verdadera.

Pero no, volvemos a la misma idea. Si tenemos un entorno muy estable, a las especies que se adapten específicamente a él les irá muy bien. A una especie más generalista, gran parte de sus adaptaciones no le servirían para nada (ya que su utilidad solo es válida para otros nichos posibles) y las que le sirvieran no serían tan buenas como las de las otras especies, ya que serían menos específicas.  Tendríamos un Ferrari que consume mucha gasolina para mantener un motor que no le vale para nada en su mayor parte y que, precisamente por eso, se extinguiría compitiendo con seiscientos que aparcan más fácilmente, consumen poquito y son muy aptos para ir a la compra. No existe tal especie generalista absoluta hacia la que tiende la evolución, no existe la especie perfecta. La evolución es relativa.