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Observo unas algas mediante un sencillo microscopio óptico. Allí están, las veo perfectamente, no tengo la menor duda. Estoy ante la observación de un hecho natural, algo que la mayoría de nosotros consideraríamos como contemplar la realidad objetiva, el mundo tal y como es. Pero es más, el hecho objetivo sirve como arbitro supremo para discriminar la veracidad de cualquier disputa. Es el lugar último al que recurrir para ver quién tiene la razón. No vamos a ninguna autoridad, a ningún libro sagrado ni a ningún sabio, vamos a los hechos y ellos nos muestran la verdad. ¿Es así de sencillo?

Con total contundencia, no. Para analizar la situación de un modo más completo, tenemos que girar nuestra mirada y, en vez de centrarla en el objeto, situarla en el instrumento de observación: el microscopio. En nuestro ejemplo, observábamos las algas mediante un microscopio óptico. Este instrumento funciona con un foco de luz que suele estar debajo de la muestra a observar, y una o varias lentes (si el microscopio fuera compuesto). La luz atraviesa el objeto (que tiene que ser parcialmente trasparente), y pasa por las lentes hasta llegar al ocular donde el ojo del observador ve la imagen. Estos artefactos suelen estar dotados de más elementos: un condensador que concentra la luz sobre el objeto, un diafragma que regula la cantidad de luz o un ocular que suele ampliar la imagen que viene de la lente principal. Además, según la calidad del instrumento, tendrá dispositivos para corregir las aberraciones cromáticas y geométricas que distorsionan la imagen. Es decir, para la construcción del instrumento de observación se requieren teorías científicas previas a la observación (en este caso toda una compleja teoría sobre el comportamiento de la luz) y bastante ingeniería (conocimientos prácticos sobre la fabricación y el uso del aparato). Entonces, cuando nos enfrentamos a un hecho natural, no lo captamos de un modo puro, tal y como se nos presenta en la realidad, sino que “ponemos” en la realidad toda una gran cantidad de teoría y de práctica cuando realizamos la observación. Algunos autores han llegado a decir que un microscopio es “una teoría en movimiento” y, en consecuencia, muchos otros han dicho que “los hechos están cargados teóricamente”.

Es por eso que Karl Popper, desde su falsacionismo, postuló que el método fundamental de la ciencia no era el inductivo, tal y como pensaban los intelectuales del Círculo de Viena, sino el hipotético-deductivo. Para que la ciencia funcionase inductivamente, deberían existir “hechos puros” que, al repetirse, fueran englobados dentro de una ley científica. Por ejemplo, cuando observamos una y otra vez que los objetos se atraen en función de su masa, englobamos toda una colección de hechos dentro de la ley de gravitación universal. Para Popper eso no ocurre así, ya que antes de coleccionar esos hechos, vamos a la realidad con una teoría y la ponemos a prueba en ella. Es decir, la teoría es siempre previa a los hechos. Nunca “vamos de vacío” a la realidad y ésta nos habla, sino que lo que nos habla es la misma teoría con la que vamos anteriormente a la realidad. En el ejemplo de la gravedad, conceptos como “masa”, “fuerza de atracción”, “aceleración”, etc. se “ponen” en la realidad para ver que nos dice ésta de ellos.

El filósofo canadiense Ian Hacking va a dar un giro más al asunto, insistiendo sobre todo, en el carácter práctico de la experimentación. Cuando observamos por el microscopio no solo tenemos una teoría previa, sino una gran cantidad de acción: primero, para fabricar el aparato y, segundo, para usarlo competentemente. Hacking incide en que la observación está cargada de práctica competente. La filosofía de la ciencia se había centrado demasiado en las controversias de la ciencia teórica, minusvalorado la ciencia experimental. Hay científicos que son grandes teóricos pero malos experimentadores y viceversa, pero parece que solo se valora la elaboración teórica cuando la experimental es igual o más importante si cabe. Los científicos son practitionners, un tipo especial de artesanos que “construyen preguntas” para “fabricar respuestas”. Los hechos están cargados de práctica, y esta práctica es previa a cualquier enunciación teórica.

Pero es mas, Hacking defiende la irreductibilidad de los hechos a enunciados puramente observacionales. Cuando utilizamos el lenguaje para describir un hecho, perdemos mucha información, precisamente, la información que expresa la práctica realizada para la observación. Por ejemplo, si al observar algas mediante el microscopio enunciamos “Las algas son verdes”, estamos omitiendo todo el trabajo práctico necesario para saber que las algas son verdes. Es exactamente igual que cuando montamos en bicicleta: tenemos un excelente conocimiento acerca de como montar, pero este conocimiento técnico es difícilmente transcribible a enunciados puramente lingüísticos. Prueben si no a intentar enseñar a un niño a montar solamente mediante un manual de instrucciones.  Es el famoso problema de los ingenieros de IA para trasladar el conocimiento de un experto a un computador. Gran parte del conocimiento del especialista no es puramente teórico ni está basado en reglas fijas.

Y aún más. Para demostrar sus tesis Hacking hace un pormenorizado estudio de la historia de los microscopios, de la cual vamos a sacar varias tesis bastante significativas:

1. Las revoluciones científicas se dan más en el ámbito técnico que en el teórico. El descubrimiento de un nuevo aparato de observación supone una revolución técnico-conceptual, casi siempre, mucho más importante que un avance puramente teórico. Pensemos, por poner un ejemplo de nuestra propia cosecha, en la convulsión que ha supuesto para todas las ciencias la invención del ordenador.

2. El método de la ciencia no es el inductivo, pero tampoco el hipotético-deductivo de Popper. Según Hacking, los científicos rara vez utilizan los instrumentos para verificar hipótesis, sino para crear nuevos hechos. Cuando se inventa un nuevo tipo de microscopio lo que se pretende conseguir es observar algo que antes no se podía observar, es decir, conseguir desvelar un nuevo campo de observación, una nueva categoría de hechos científicos. La ciencia es un sistema para crear y transformar la realidad, no para contemplarla y entenderla.

3. A pesar de lo que pudiera parecer visto lo visto, Hacking no es un constructivista radical del estilo de Latour, Collins o Woolgar. No cree que la ciencia es una construcción socio-cultural independiente de la realidad y, por lo tanto, equivalente al mito o a la religión. Y es que, en un contexto bastante poco propicio, saca un argumento en defensa del realismo y la objetividad: a pesar de utilizar instrumentos de muy diferentes características tecnológicas (microscopio por fluorescencias, de contraste de fase, acústico, de rayos X, ect.) los resultados de la observación siguen los mismos patrones al visualizar el mismo objeto. No hay contradicción alguna entre lo que observamos desde un simple microscopio óptico y uno electrónico de barrido, a pesar de ser máquinas técnicamente muy diferentes y basarse en principios teóricos heterogéneos. Las representaciones resultantes son artificialmente construidas pero coinciden. Además, esta coincidencia es previa a cualquier enunciación teórica. De nuevo, al igual que en Círculo de Viena, tenemos “hechos puros” previos a la teoría que salvaguardan la objetividad y el realismo de la ciencia. Aunque más que hechos, serían representaciones artificiales fruto de hábiles prácticas.

Ian Hacking

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En 2009, un artista llamado Thomas Thwaites emprendió la tarea de fabricar su propio tostador, del tipo que podría comprar en una tienda por unas cuatro libras. Sólo necesitaba algo de materia prima: hierro, cobre, níquel, plástico y mica (un mineral aislante alrededor del cual se envuelven las piezas de calentamiento). Pero incluso encontrar estos elementos le fue casi imposible. El hierro está hecho de mineral de hierro, el cual probablemente podría extraer de una mina, pero ¿cómo podria construr un horno que calentara lo suficiente sin fuelles eléctricos? (Hizo trampa y usó un horno de microondas). El plástico está hecho de petróleo, el cual no podía fácilmente extraer, y mucho menos refinar, por sí mismo. Y así sucesivamente. El punto es que el proyecto tomó meses, costó mucho dinero y resultó en un producto inferior [el tostador es el que vemos en la foto]. Sin embargo, comprar un tostador de cuatro libras le hubiera costado menos de una hora de tabajo con salario mínimo.

Matt Ridley, El optimista racional

Llamadme conservador, pero porque quiero un buen tostador no soy antisistema. Hay que cambiar muchísimas cosas, pero no todo.

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La historia de la Filosofía de la Ciencia va a llenarse, a partir de los años 70 del pasado siglo, de una pléyade de estudios sobre el quehacer rutinario de los científicos. Con su cuaderno de campo en mano, sociólogos y antropólogos, se plantaban dentro de los laboratorios y anotaban hasta el más mínimo detalle de la vida de los investigadores. El planteamiento era bueno: si queremos saber qué es la ciencia, no solo hay que estudiar las teorías (que es lo único que se había debatido hasta entonces), sino cómo se generan. Parece que si solo estudiamos los resultados, nos estamos quedando sin una parte, quizá importante, de la historia. Estudiemos entonces el origen, la génesis de la ciencia en directo: el laboratorio en acción. Pero además, hagámoslo al estilo Malinowski, cual antropólogo del XIX, pisando las playas vírgenes de Papúa y acechando desde las sombras a los nativos. Había que entender al científico como a un salvaje haciendo extraños rituales. Solo tomando esa distancia, haciendo extraño lo cotidiano, podemos eliminar todos nuestros sesgos y prejuicios. A veces, nos ocurre que hemos pasado mil veces por una calle cercana a nuestra casa y no hemos notado nada peculiar. De repente, un visitante extranjero pasa por allí la primera vez y cae en la cuenta de un hermoso relieve encima del dintel de un portal. ¿Cómo es que no lo vimos si pasamos mil veces por ahí? Porque la costumbre, la familiaridad, el hábito nos ciega. Por eso, para ver más, hay que comportarse como un extranjero en nuestra propia ciudad. Para saber cómo funciona la ciencia hay que ser un extraterrestre, un absoluto ignorante de la labor que en un laboratorio se realiza. Así que cuanto menos sepa nuestro antropólogo de ciencia, mejor.

Los resultados fueron, en muchas ocasiones bastante interesantes, pero el problema estuvo en que ciertas tesis se radicalizaron. Como el antropólogo suele entender todo suceso social como fruto de la cultura que estudia, se entendieron conceptos como realidad, racionalidad, verdad, etc. estrictamente como construcciones culturales o sociales. Por ejemplo, Harry Collins, uno de los máximos representantes del EPOR (Empirical Programme of Relativism), afirmaba que a la hora de explicar cualquier aspecto de la ciencia había que evitar las explicaciones de tipo TRASP (que apelaran a la verdad (Truth), racionalidad (RAtionality), éxito (Success) o progreso (Progress)). Los conceptos fundamentales para diferenciar que una teoría falsa de otra verdadera se terminan por entender en términos de construcción social, y entender algo como construcción social es decir que ese algo está sujeto a las particularidades de una sociedad y de un momento histórico, es decir, es relativizar lo que se pretende explicar. Nuestras teorías científicas más contrastadas empíricamente no serían más que pormenores históricos que hubieran sido bien diferentes si se hubieran dado en otra cultura o momento diferentes.

Bruno Latour y Steve Woolgar llegaban a afirmar que el laboratorio científico era un sistema social de construcción de hechos. Pensemos bien en esta afirmación: los científicos, a la hora de elaborar sus teorías acerca de la realidad, lo que realmente hacen es crear, construir, inventar esa realidad. El laboratorio es un generador ontológico de mundos. La luna existe como un satélite que gira alrededor de la Tierra solo porque unos astrónomos construyeron socialmente este hecho. Pero la radicalidad de sus postulados no queda aquí. Leamos el siguiente texto:

El resultado de la construcción de un hecho es que aparece como no construido por nadie; el resultado de la persuasión retórica, en el campo agnóstico en el que los participantes están convencidos de estar, es que los participantes están convencidos de que no han sido convencidos; el resultado de la materialización es que la gente puede jurar que las consideraciones materiales son sólo componentes menores de los ‘procesos de pensamiento'; el resultado de las inversiones en credibilidad es que los participantes pueden afirmar que la economía y las creencias no tienen relación alguna con la solidez de la ciencia; en cuanto a las circunstancias, simplemente desaparecen de los protocolos finales, siendo preferible dejarlas para un análisis político que tenerlas en cuenta a la hora de valorar el duro y sólido mundo de los hechos.

Latour y Woolgar, Laboratory Life. Citado por Javier Echeverría en Filosofía de la Ciencia.

La idea, por su violencia, me parece genial: el laboratorio es un lugar donde, no solo se inventan hechos, sino que se borra cualquier rastro de su creación, se persuade a sus artífices de que lo que han creado no ha sido creado sino tan solo descubierto. La ciencia sería algo así como una gran maquinaría de lavado de cerebros para hacer creer a sus protagonistas que están descubriendo la auténtica realidad cuando, en el fondo, solo serían algo así como unos poetas ontológicos.

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He tenido el honor de formar parte del Gabinete de Crisis de la Singularidad, capitaneado por Santiago Bustamante para el mítico programa Fallo de Sistema de Radio 3. Rodeado de reconocidos expertos en neurociencias e Inteligencia Artificial, he estado hablando del Test de Turing y de su supuesta superación, y del genial Ray Kurzweil. Os adjunto la dirección del podcast de un programa tremendamente interesante.

Radio 3. Fallo de Sistema. Capítulo 141: desmontando a Kurzweil 02.

Hace unos días el excéntrico ciborg de la Universidad de Reading, Kevin Warwick, daba a conocer la noticia de que un programa había superado el peliagudo Test de Turing, consiguiendo engañar a un 33% de los jueces de que estaban hablando con un humano y no con una computadora. Es una noticia increible, un hito tecnológico histórico. Desde que Turing hablara de su famoso test en los años 50, llevábamos más de sesenta años luchando sin éxito por construir una máquina con un manejo tan sólido del lenguaje natural que pudiera conversar con nosotros con total normalidad. Y es que la tarea es mucho más difícil de lo que, en principio, parecía puesto que el lenguaje humano es mucho más rico y ambiguo de lo que los ingenieros pensaron, además de que múltiples aspectos contextuales o extralingüísticos determinan sensiblemente el sentido de cualquier conversación, mientras que los ordenadores son muy poco sensibles a todo lo que no sea una instrucción literal.

Y entonces llegó Eugene Goostman, un programa creado ya en el 2001 por los ingenieros Eugene Demchenko, Vladimir Veselov y Sergei Ulasen. Ya en otros años había estado a punto de superar la prueba, estando en el 2012 a solo un 1% de conseguirlo, pero ha sido ahora, en junio de 2014, cuando Eugene Goostman ha engañado a más de un 30% de sus interlocutores. Sin enbargo, ¿ha sido realmente así? ¿Se ha superado el Test de Turing? ¿Estamos en un momento histórico? No.

1. Eugene Goostman ha sido programado como un niño de 13 años. Esto es hacer trampas para esquivar a los jueces. Un niño de trece años puede no comprender ciertas preguntas o no saber las respuestas, respondiendo de forma extraña pero, aún así, engañar a su interlocutor. Pensemos que ahora nosotros presentamos a la prueba un programa que representa a un niño de un año de edad que solo sabe decir “tata” y “gugu”… ¡Sin duda pasaría el test!

2. De la misma forma, su nacionalidad es ucraniana (de Odessa) por lo que su dominio del inglés no es perfecto. Otra trampa: así se le podrían perdonar cualquier tipo de errores gramaticales u ortográficos, o incluso, de nuevo, que no comprendiera las afirmaciones de su interlocutor. Igual que antes, pasaríamos el test si presentamos un programa llamado “Mumbutu” que no sabe nada de inglés ya que el solo habla el lingala (idioma del Congo).

3. Hay limitaciones en la prueba, tal como que la conversación no dura más de cinco minutos. ¿Por qué no veinte o treinta? ¿Con qué criterio se pone esta restricción?

4. Hay un extraño secretismo en torno al evento bastante sospechoso. No podemos chatear con Eugene (lo han retirado rápidamente de su web) y, en general, no hay nada de información sobre un evento que debería ser histórico. ¿Cómo funciona el programa? ¿Qué innovaciones representa con respecto a otros programas previos que no pasan el test? En estos días he estado intentando obtener más información en la red con pocos resultados. En los próximos días informaré si encuentro alguna novedad interesante.

5. Y es que yo creo que todo esto no tiene ni la más mínima imporancia. Si escucháis el programa de radio que enlacé arriba y analizais la coversación que Santiago Bustamante pudo conseguir, veréis que roza el esperpento. Yo no comprendo cómo ha engañado ni durante cinco minutos a un interlocutor humano. Creo que todo es algo bastante tramposo que, lamentablemente, va a empañar para siempre el reto de superar el Test de Turing. Como bien dice Antonio Orbe en el programa, Watson de IBM es la joya de la corona, un programa, con total seguridad, muy superior a Goostman y bastante más interesante de seguir.

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Aún no sé muy bien cómo Gaspar Noé consigue grabar ciertas secuencias. No sé qué tipo de grúas utilizará para colocar la cámara y cómo las mueve, pero el caso es que el efecto que consigue es realmente alucinante. Gran parte del metraje lo constituyen exclusivamente largos planos cenitales y planos-secuencia en donde la cámara sube al cielo, baja en picado, gira sobre sí misma… pero lo más espectacular es que consigue narrar perfectamente la historia. Uno podría esperar no enterarse de absolutamente nada, pero no, todo está bastante claro y excelentemente bien contado (quizá también porque la trama es simple). La historia, como no podía ser de otra manera tratándose del director del que hablamos, comienza por la mitad (al menos no va marcha atrás como en Irreversible), te va contando lo que pasa antes hasta llegar al principio, y luego te cuenta el final (con múltiples flash-backs al pasado), pero insisto: si otros directores hubieran hecho una película incomprensible, de esas que hay que ver tres veces para enterarte de algo, Gaspar Noé hace que la película tenga mucho más contenido al ser hecha de este modo. Y es que eleva el nivel del montaje a un grado de virtuosismo que yo, personalmente, rara vez he visto. Es un lenguaje cinematográfico muy diferente, pero extremadamente eficaz debido a su maestría técnica. Ha sido realmente bueno que una película de cine experimental haya contado con un presupuesto de más de quince millones de euros (¡y en plena crisis!). Eso se nota.

La fotografía es, igualmente, magistral. Jamás hemos visto Tokio de esta manera. Sí, es ver la ciudad completamente drogado, alucinando, hipnotizado ante el constantemente exagerado efecto de las luces de neón y de los múltiples colores y parpadeos que tiñen las escenas, mostrándonos el estado de ánimo de los personajes. Vemos un Tokio desde las alturas, pero no desde el plano aéreo que veríamos si rodáramos, por ejemplo, desde un helicóptero. Vemos un Tokio a ras de los tejados, atravesando constantemente paredes, entrando y saliendo de habitaciones, como si la ciudad fuera el conjunto de celdillas de un gran panal, como si Noé nos quisiera adentrar en las entrañas, en el corazón de la ciudad. Si te gustó la visión que daba Sofía Coppola de Tokio en Lost in Traslation, esto es lo mismo pero elevado a la enésima potencia.

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¡Ojo, a partir de aquí spoilers!

Está muy bien tratada la indefensión de Linda (Paz de la Huerta): guapísima pero muy ingénua, infantil, durmiendo con su osito de peluche. Siguiendo la fatalidad esperada termina como stripper en un burdel y novia de su dueño. Aquí, todos esperábamos que el novio (Mario) la maltratara, pero curiosamente no pasa nada. La trata bien, a pesar de que el espectador tiene miedo de que en cualquier momento le va a pasar algo malo (más después de la brutal escena de violación de Mónica Bellucci en Irreversible). Óscar, su hermano, quiere protegerla ya que después de quedar huérfanos tras el accidente de tráfico que acabó con la vida de sus padres (y que Noé nos cuenta brutalmente), es lo único que tiene en el mundo. La primera parte de la película está narrada en primera persona, desde los ojos de Óscar, hasta que éste muere asesinado por la policía en el baño de un pub llamado Enter the Void. Después, la imaginería de la película transcurre desde un plano aéreo, desde la perspectiva del “fantasma” de Óscar, que no sabemos muy bien en qué se reencarna (de hecho, el mismo Noé dice que no cree en la reencarnación), pero que está aquí, en cada secuencia (es un logro impresionante hacer que su presencia resulte casi palpable). El film pretende ser aquí una fusión entre el budismo propio de la tradición oriental y el Tokio postmoderno de la actualidad. Esta es la visión que Noé tiene de la ciudad.

El ambiente es sórdido: drogas y prostitutas. Los personajes están al borde del abismo. Óscar es un narcotraficante y Linda está al borde de la prostitución. Es muy significativo que Óscar esté muy preocupado por no caerse desde algún balcón bajo el efecto del DMT. Muchas secuencias se desarrollan en las alturas de Tokio, bajando y subiendo escaleras desde las que da vértigo mirar abajo. Así se expresa muy bien la idea del vacío, de estar al borde del precipicio y caer en la nada. Sin embargo, una vez que has muerto puedes volar, puedes ver todo desde las alturas sin ya miedo a la caída. Esta es la diferencia entre la vida y la muerte: caer al vacío o sobrevolarlo.

Óscar jura que si Linda tiene un hijo con Mario matará a ese hijo. Y así sucede. El “fantasma” de Óscar guía el destino de su hermana y cuando ésta queda embarazada, aborta (por supuesto, con primeros planos quirúrjicos del aborto y del feto). Al final Linda termina teniendo un nuevo hijo con Álex, un artista psicodélico bastante majo, mentor espiritual de Óscar (le presta “El libro de los muertos”), tal como, seguramente, Óscar hubiese querido. Álex será bastante mejor padre que Mario. La promesa de proteger a su hermana se cumple. Concomitantemente, se nos muestra visualmente una perspectiva de la vida después de la muerte. Este es el contenido metafísico de la película. No es gran cosa a nivel teórico, pero Noé no quiere teorizar, quiere visualizar, hacer sentir. Óscar está y no está, “vive” a través de las imágenes y los acontecimientos.

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Lo malo de la película es que Noé hace lo que le da la gana (Él mismo dice que no hace películas para el público), y si mientras la primera parte de la película es genial, la última hora se hace un tanto insufrible. Cada vez que se cambia de escena se hace una larga transición aérea que atraviesa la ciudad hasta llevarnos al lugar de la nueva. Pues bien, yo creo que la película tendrá más de media hora de transiciones sin más, media hora de atravesar edificios sin que pase absolutamente nada. La narración se ralentiza, todo ocurre mucho más despacio y nos tiramos una hora en la que solo pasan dos o tres eventos significativos entre idas y venidas de cámara. Hay que tener en cuenta que la película dura dos horas y media para un argumento que se podría contar en poco más de una. El espectador inquieto al que le gusta la velocidad del cine convencional saldrá espantado ante tanta reiteración. Parece que a Noé le gusta recrearse, volver una y otra vez a lo mismo. Se gusta y repite, pero claro, eso al espectador lo deja hecho polvo. Salen muchas escenas extrañas que no aportan nada a la historia: una de sexo lésbico con el compañero de piso de Álex danzando con dos linternitas, u otra, un largo recorrido sexual por el burdel de Mario, espléndidamente rodado, pero que no entendemos qué pinta en el argumento, más que una nueva recreación del mundo del director.

Enter the Void es una obra de arte, con sus virtudes y sus defectos, que te tocará la fibra, que no te dejará, para nada, indiferente. Es el uso, llevado al extremo, de un lenguaje cinematográfico diferente pero muy eficaz, de una altura técnica pocas veces igualada. Es de un atrevimiento temerario (y es que parece que a Noé le da igual todo, él rueda lo que quiere y punto) que lleva el cine experimental a otra dimensión y que, para gloria de Noé, funciona (aunque no para muchos espectadores). Es una experiencia audiovisual sorprendente que, por lo menos para mí, convierte a este creador en director de culto. Yo la recomiendo encarecidamente pero, ¡ojo!, siendo muy conscientes de lo que vamos a ver. No esperemos lo que no cabe esperar.

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Parece errado interpretar nuestra percepción según la metáfora de la cámara de fotos. Ya hace varios siglos que nos dimos cuenta que entender nuestros sentidos como un flujo de información que se transmite desde el exterior al interior, era incorrecto. Y tanto más incorrecto pensar que esa información se transmitía intacta en todo su recorrido, de modo que el exterior se plasmaba en el interior tal como era, es decir, que nuestra percepción era un acceso privilegiado al ser, a la realidad tal cual es.  Esta era la visión de Aristóteles: el sujeto abstraía, “cogía” algo del objeto y lo “introducía” en su entendimiento. Sus críticos la denominaron “realismo ingenuo”.

Hoy pensamos que el proceso direccional de la percepción sigue otros caminos. Imaginemos la conducta de un organismo primitivo, entendiéndola de un modo simple como un mecanismo de estímulos y respuestas. El organismo parte de unas características propias que lo definen en cuanto a tal. Así, cuando actúa en el entorno, recibe respuestas de éste. La selección natural entrará rápidamente en acción premiando las mejores actuaciones y extinguiendo las peores. Entonces tenemos individuos que “ponen las cartas sobre la mesa”, es decir, que ponen todo su organismo en juego, y la selección escoge quién gana y quién pierde la partida. La dirección de la actuación va del organismo a su entorno, siendo devuelta por éste. Siendo la percepción un modo como otro cualquiera de actuar en el mundo, la dirección seguiría siendo la misma. El organismo tiene “un mundo interno” que lanza al exterior a la espera de respuesta.

Pero esto no tiene por qué llevarnos a la postura radicalmente opuesta al realismo aristotélico: el idealismo. Esta postura sostiene que todo nuestro mundo mental y perceptivo es una proyección exclusiva del sujeto, no teniendo “el mundo externo”, ninguna intervención en nuestra mente. Es más, incluso se llega a dudar de la existencia de tal “mundo externo”. No, nuestra mente (aunque mejor sería decir nuestro organismo al completo) es fruto de un intercambio entre el sujeto y el objeto. Es cierto que parte del sujeto, de nuestro “mundo interno”, pero el “mundo externo” la moldea. El término correcto para hablar de esta relación es el de retroalimentación.

Pongamos un ejemplo muy ilustrativo sobre la neurobiología de la visión. La mayoría de la gente piensa que nuestra percepción visual es un proceso que comienza por un estímulo externo que es captado por los fotoreceptores del ojo y que viaja por el nervio óptico, pasando por diferentes partes del cerebro hasta terminar en algún profundo lugar del córtex visual. Falso: el estímulo nervioso no sigue una línea recta del ojo al córtex situado en la nuca, sino que en su procesamiento participan muchas partes del cerebro en el que la información va y viene, yendo en múltiples direcciones, e incluso volviendo hacia atrás muchas veces. Los neurólogos llaman a esto reentrada (Edelman insiste muchísimo en ello). La información hace bucles, recorridos de retroalimentación. Profundicemos en el ejemplo: cuando soñamos, se activan áreas cerebrales avanzadas en el procesamiento (como sería lógico) pero, curiosamente, también se activan áreas de visión primarias. Aquí la dirección va “marcha atrás”, haciendo que zonas preparadas para la recepción inicial de información “generen alucinaciones” guiadas por zonas secundarias. ¿Qué diferenciaría entonces la alucinación de una percepción visual real? Nada, en un sentido mental: ambas son percibidas por el individuo de la misma manera (un enfermo mental que tiene alucinaciones no puede distinguir la realidad de la ficción), pero todo en un sentido pragmático: percibir que hay una pared delante de ti hace que no te choques con ella. Cuando nos chocamos, todo nuestro mecanismo de reentrada (o una parte de él) se reestructura, se moldea para que la próxima vez que nuestro organismo se encuentre con algo parecido sepa actuar.

Nuestra mente tiene la gran virtud de poder anticiparse al futuro, puede conjeturar hipótesis o expectativas de cómo se comporta la realidad. Funciona siguiendo un patrón hipotético-deductivo: partimos de una hipótesis inicial de cómo funciona el mundo, la verificamos mediante la acción, y si nuestra hipótesis es falsada, modificamos la hipótesis inicial y así sucesivamente hasta que la hipótesis funcione. De este modo, nuestra “imagen del mundo” no es plenamente objetiva, no es recibir información real del mundo y plasmarla en un teatro cartesiano. Nuestra “imagen del mundo” es una “invención de la mente” que se ha ido moldeando tras cientos de miles de años de selección natural. Es una “ficción útil” que no es fruto ni del individuo ni del mundo externo, sino de la interacción entre ambos. Cabría entender esta ficción como un sistema homeostático y autopoiético que lo que busca es adaptarse al entorno, siendo capaz de autoregularse y modificarse a sí mismo en pro de sus objetivos. Su mejor característica es su extrema flexibilidad para cambiar en virtud de los contratiempos del entorno.

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Una antigua, y brillante,  alumna mía ha hecho un excelente trabajo traduciendo un artículo de Enzensberger publicado en Der Spiegel. Trata sobre las profecías de Orwell, Weber o Bradbury acerca del control que los estados intentan imponer a los individuos. Es bastante interesante, así que os lo adjunto al completo.

Si Orwell levantara la cabeza…
¿Por qué los ciudadanos dejamos voluntariamente que nos vigilen?

Hans Magnus Enzensberger

Un hombre visionario, ese Eric Blair, más conocido bajo el seudónimo de George Orwell. Ya sabía de los regímenes totalitarios mucho antes de que este término comenzara a formar parte del lenguaje de los historiadores. Ya predijo el antagonismo entre las superpotencias y la Guerra Fría cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en Teherán en 1943.

Un par de años después de la Segunda Guerra Mundial publicó su famosa novela 1984. A Orwell no le gustaba el futuro que vaticinó. Retrató el panorama de un régimen de terror, que en un futuro cercano perfeccionaría las ideologías y métodos de Stalin y Hitler en Centroeuropa: un partido único dirigido por un Gran Hermano; normas de uso del lenguaje para introducir en las mentes el significado de las palabras mediante la llamada neolengua; la supresión de la intimidad; la vigilancia total, la reeducación y el lavado de cerebro de toda la población; y una policía secreta omnipotente cuya misión sería la de extinguir de raíz cualquier movimiento contra el régimen a base de torturas, detenciones en campos de concentración y asesinatos.

Afortunadamente, George Orwell se equivocó con este pronóstico, al menos en lo que respecta a esta parte del globo. Ni en sueños hubiera imaginado que se alcanzarían algunos de esos propósitos, sobre todo en lo que respecta a la vigilancia de todos los ciudadanos, aun sin el empleo de la violencia; ni que se podría prescindir de una dictadura para ello; ni que incluso una democracia pudiera lograr esos objetivos de una manera moderada y ya ni qué decir, pacífica.

Sobre la manera de conseguirlo, ya reflexionó un joven francés hace más de cuatro siglos en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Se llamaba Étienne de la Boétie y no le bastó con poner en la picota a los soberanos absolutistas de su época. Apelaba sobre todo a la conciencia de aquellos que toleraban la tiranía: “Son, pues, los propios pueblos”, afirma, “los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con solo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo. (…) No creáis que ningún pájaro cae con mayor facilidad en la trampa, ni pez alguno muerde tan rápidamente el anzuelo como esos pueblos que se dejan atraer con tanta facilidad y llevar a la servidumbre por un simple halago, o una pequeña golosina.”

Pero hace mucho tiempo que la situación ya no tiene nada que ver con el monarca único, palpable e impugnable, contra el que se rebeló Étienne de la Boétie. No se trata de un Gran Hermano que nos controla, como decía Orwell, sino más bien de un sistema, como describió Max Weber en los años veinte del siglo pasado: “Es espíritu coagulado asimismo aquella máquina viva que representa la organización burocrática con su especialización del trabajo profesional aprendido, su delimitación de las competencias, sus reglamentos y sus relaciones de obediencia jerárquicamente graduados. En unión con la máquina muerta, la viva trabaja en forjar el molde de aquella servidumbre del futuro a la que tal vez los hombres se vean algún día obligados a someterse impotentes como los fellahs del antiguo Estado egipcio, si una administración buena desde el punto de vista puramente técnico —y esto significa una administración y un aprovisionamiento racionales por medio de funcionarios— llega a representar para ellos el valor supremo y único que haya de decidir acerca de la forma de dirección de sus asuntos. Porque esto lo hace la burocracia incomparablemente mejor que cualquier otra estructura de poder”.

Weber llamó a esta servidumbre “la jaula de hierro”, pero incluso el perspicaz pensador se equivocó. Resulta que el calabozo se ha transformado en una casa relativamente cómoda, que más bien recuerda a una celda de aislamiento de buen tamaño con paredes de goma mullida. Nuestros guardas van con pies de plomo. Consiguen su principal objetivo estratégico —la vigilancia completa y la supresión de la intimidad— de forma silenciosa siempre que sea posible. Solo si no pueden hacerlo de otra manera, recurren a las porras. Prefieren mantenerse en el anonimato, no llevan uniforme, sino traje, se llaman a sí mismos gerentes o comisarios y no trabajan en un cuartel, sino en oficinas climatizadas. Brindan una labor totalmente filantrópica. Ofrecen a los presos seguridad, protección, comodidad y consumo. Así pueden ganarse la aprobación tácita de los residentes y asegurarse de que sus protegidos pulsan con afán el botón de me gusta de un teclado invisible.

Aún hay otro punto del análisis de Weber que se nos presenta hoy como anacrónico. Su ingenua creencia en las habilidades y en la fuerza de imposición del Estado es parte del pasado. Ya no solo porque los mercados financieros mundiales obliguen al gobierno a arrodillarse frente a ellos. Ni Berlín ni Bruselas ni Washington podría garantizar por sí mismo el control total de la población. Sus funcionarios son demasiado torpes e incapaces de llevar a cabo esta tarea. Tampoco están lo suficientemente familiarizados con la tecnología actual. Por eso las autoridades dependen de la economía, es decir, de las multinacionales que operan en el sector de las TI. Solo si ambas partes —los gobiernos y las empresas como Google, Microsoft, Apple, Amazon y Facebook— trabajan codo a codo, podrán coaccionar la libertad con éxito. Claro está, que en esta frágil alianza, las autoridades políticas tienen el papel de socios menores. Son las multinacionales las que poseen el conocimiento necesario, el capital necesario y los peones necesarios: informáticos, ingenieros, desarrolladores de software, hackers, matemáticos y criptógrafos.

En el siglo XX, la Gestapo, el KGB y la Stasi jamás hubieran soñado con los medios técnicos de los que disponen en la actualidad: cámaras de vigilancia omnipresentes, control automatizado de las líneas telefónicas y del correo electrónico, imágenes de satélite de alta definición, datos detallados sobre la localización de las personas, reconocimiento biométrico facial, todos los programas basados en fabulosos algoritmos y guardados en bases de datos de capacidad ilimitada.

El último movimiento de resistencia contra las ambiciones de las autoridades alemanas y de las multinacionales se produjo hace mucho tiempo y ya casi ha caído en el olvido. Fue en 1983, un año antes de la fecha de Orwell, cuando un censo nacional, relativamente inofensivo, provocó la tempestad. Entonces, un buen número de ciudadanos apeló al Tribunal Constitucional de Alemania y logró la victoria con su recurso. Dicho tribunal —con sede en Karlsruhe— falló en contra de las intenciones del gobierno y estableció la autodeterminación informativa como un nuevo derecho fundamental con el fin de proteger la personalidad. Fue una sentencia que hoy nos parece ingenua. Nadie la ha acatado nunca. Los encargados de la protección de datos, hace tiempo ya que, impotentes, tiraron la toalla en la ciberguerra contra la población.

George Orwell sigue estando en lo cierto en cuanto a la regularización del uso del lenguaje. Su neolengua se ha convertido en el nuevo sociolecto oficial. A los llamados cargos públicos les desagrada la Constitución. Diferenciarlos de los criminales informáticos es muy difícil. La nueva tarjeta sanitaria es en realidad un expediente médico electrónico al que cualquier hacker debería poder acceder sin muchas dificultades. Las redes sociales se aprovechan del exhibicionismo de sus usuarios para generar ganancias sin piedad.

El dinero en metálico es uno de los últimos residuos incómodos de la vida privada. Por eso es lógico que el Estado, codo a codo con las multinacionales, se empeñe sin dudar en suprimir el efectivo. Para ello, se sirven de las cada vez más numerosas tarjetas de crédito y de débito. Otros sistemas de pago mediante chip o inalámbricos están a punto de empezar a usarse. Es obvio lo que se pretende conseguir con todo esto: la vigilancia, preferiblemente total, de cada una de las transacciones. No solo el fisco tiene mucho interés en ello, sino también las redes antisociales, el comercio online, la economía crediticia, la publicidad y la policía. Además se procura eliminar cada recuerdo de la materialidad del dinero para así reducirlo a un conjunto de datos manipulables a su gusto.

Para no dejar ningún cabo suelto, conviene echar un vistazo a un escenario mediático aledaño, es decir, al intento por eliminar los derechos de autor. Se trata de una conquista tardía del siglo XIX. Hasta entonces, el privilegio de la lectura había permanecido en manos de una reducida minoría. Pero de repente, la novela se convirtió en una operación comercial a gran escala. Los escritores se dieron cuenta de que con la literatura podrían incluso ganar bastante dinero, ya que también participarían en los beneficios de las reediciones y traducciones. Pero por desgracia, su alegría se desvaneció pronto. Hoy las empresas líderes consideran la impresión tipográfica —que ahora se denomina en alemán con el término anglosajón print— un modelo caducado. Por consiguiente, estas empresas consideran el copyright un obstáculo, algo que las vanguardias digitales aplauden con júbilo. A los alegres piratas les parece absolutamente absurdo pagar por los contenidos que ofrece la industria de las TI. Los anteriormente llamados autores tendrán que trabajar gratis en el futuro. En cambio podrán tuitear, chatear y bloguear cuando les plazca.

Parece que a nadie le molesta que la vida media de la tecnología disponible —de acuerdo con los ciclos económicos de las empresas de TI— esté entre los tres y cinco años. Mientras que se puede disponer sin problema de un texto escrito en pergamino o en papel libre de ácido tras 500 o 1.000 años, debemos transferir a menudo los datos de un medio electrónico a otro, si se quiere evitar que se vuelvan ilegibles tras una o dos décadas. Pero por supuesto, esto ya estaba pensado.

La supresión de los libros impresos no es una idea reciente, hace tiempo que ya se anunció. Fue Ray Bradbury, quien en su best seller (!) Fahrenheit 451 describió y retrató la situación hasta las últimas consecuencias. En su historia utópica, poseer un libro supone un crimen capital. Las visiones de futuro de los grandes pesimistas tienden a la exageración. Dice mucho a favor de ellos y no en su contra, el hecho de que se les pueda rebatir. Esto se aplica a las de Bradbury, Orwell o Max Weber. Hablar de los sucesos, cuando ya son parte del pasado, es pan comido.

Inevitable como el amén en la iglesia, es la pregunta de dónde se encuentra la parte positiva de cada oscuro pronóstico. Es fácil responder. Es sumamente grato comprobar que hasta ahora todo lo que origina nuestra servidumbre voluntaria se impone de manera no sangrienta. No se han destruido de ningún modo los vestigios del pasado que quedaban, tal y como hiciera previamente Lenin en Rusia. La razón es evidente. La actitud tolerante de nuestro vigilante se basa en un sencillo cálculo de costes y beneficios. El esfuerzo por detectar a los últimos insubordinados alcanza límites insospechados cuanto más se acerca el estado ideal. Por eso se contentan con un 95% de la población vigilada. Sería muy costoso excluir a una pequeña pero perseverante minoría que se resistiera, por pura tozudez, a las promesas de la era digital. En cualquier caso, ese 5% supone, en Alemania, más de cuatro millones de personas. Así que: ¡que no cunda el pánico! Aun en el futuro habrá algunos que no consientan y puedan así de forma despreocupada y analógica comer y beber, amar y odiar, dormir y leer pasando relativamente desapercibidos.

Traduccion de Deyaneira Aranda Aparicio

Consideremos la actividad que caracteriza una nación en cualquier momento. Las fábricas están en marcha, las líneas de telecomunicaciones zumban de actividad, las empresas despachan productos. La gente come constantemente. El alcantarillado encauza nuestros desperdicios. Por las grandes extensiones del territorio, la policía persigue a los delincuentes. Se cierran tratos con un apretón de manos. Hay encuentros amorosos. Las secretarias filtran las llamadas, los profesores dan clases, los atletas compiten, los médicos operan, los conductores de autobuses circulan. Puede que desee saber lo que ocurre en cualquier momento en su gran país, pero es imposible que asimile toda la información a la vez. Y aunque pudiera, no le sería de ninguna utilidad. Quiere un resumen. Así que agarra un periódico: no algo denso como el New York Times, sino algo más ligero como el USA Today. No le sorprenderá comprobar que ninguno de los detalles de toda esa actividad figuran en el periódico; después de todo, lo que quiere conocer es el resultado. Quiere saber que el Congreso acaba de de aprobar una nueva ley impositiva que afecta a su familia, pero el origen detallado de la idea – en la que participan abogados, corporaciones y obstruccionistas – no es especialmente importante para el resultado. Y desde luego no quiere conocer todos los detalles del abastecimiento alimenticio del país – cómo comen las vacas y cuántas nos comemos -, lo único que quiere es que le adviertan si hay un brote de la enfermedad de las vacas locas. No le importa cuánta basura se produce; lo único que le interesa es si va a acabar en su patio trasero. Poco le importa la instalación eléctrica y la infraestructura de las fábricas; sólo si los trabajadores se ponen en huelga. Eso es lo que le cuentan los periódicos. Su mente consciente es ese periódico.

[...] Sin embargo, es un lector de periódico bastante peculiar, pues lee el titular y se atribuye el mérito de la idea como si se le hubiera ocurrido a usted primero. Alegremente dice: “¡Se me acaba de ocurrir algo!”, cuando de hecho su cerebro ha llevado a cabo un enorme trabajo antes de que tuviera lugar ese momento genial. Cuando una idea sale a escena, su circuito nervioso lleva horas, días o años trabajando en ellas, consolidando nueva información y probando nuevas combinaciones. Pero usted se la atribuye sin pararse a pensar en la inmensa maquinaria oculta que hay entre bastidores.

[...] Tal como lo expresó Carl Jung: “En cada uno de nosotros hay otro al que no conocemos”. Tal como lo expresó Pink Floyd: “Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo.”

David Eagleman, Incógnito

Si queréis más reflexión sobre esta forma de entender la mente, aquí.

exposiciones+matadero+madrid

Tres métodos jerarquizados de obtención de conocimiento:

1. Observación: contemplo a un organismo, analizo su conducta en su entorno natural, lo capturo y lo disecciono, contemplo sus partes y analizo su funcionamiento.

2. Experimentación: violento su comportamiento natural. Expongo al organismo a situaciones o conductas no naturales que me lleven a la respuesta a una hipótesis previa. El experimento es una observación controlada que pretende solucionar un problema muy concreto. Me permite precisar, conducir mi investigación hacia conocimientos muy concretos.

3. Simulación: emulo en un computador el comportamiento del organismo a estudiar. Las ventajas de la simulación sobre la observación y la experimentación, son las dos siguientes:

a) Para saber simular el comportamiento del organismo eficazmente he de saber qué es lo que tengo que simular, por lo que para empezar la simulación, he de conocer los parámetros esenciales que permiten copiar su conducta. Si pretendo, por ejemplo, emular la locomoción de un perro, he de tener un conocimiento detallado de las medidas y volúmenes de sus patas y demás partes de su cuerpo. Igualmente, de sus articulaciones, sus ángulos de giro, su resistencia al peso y a la fractura. También me hará falta conocer las propiedades del entorno: gravedad, coeficiente de resistencia del terreno, condiciones ambientales, etc. Al probar la simulación y ver si se consigue con éxito o no, puedo descubrir factores que se me habían escapado. A lo mejor no tuve en cuenta los factores aerodinámicos del diseño del animal y eso provocaba que la simulación fuese muy imperfecta. El mero hecho de conseguir una simulación correcta ya es una enorme fuente de conocimiento.

b) La simulación me permite elevar a la enésima potencia el poder de la experimentación. Si tengo una buena simulación, puedo exponerla a un número indefinido de situaciones diferentes que me permitan obtener mucho más conocimiento sobre ella. Un experimento necesita del objeto real y, en muchas ocasiones, de un laborioso trabajo que exige tiempo y dinero. Incluso hay experimentos que se tardan vidas en concluir: ¿cuáles son los efectos de ciertas sustancias tóxicas en humanos a largo plazo? Ese largo plazo pueden ser treinta o cuarenta años. Sin embargo, la simulación, al “prescindir de la realidad”, es sumamente barata en tiempo y coste. Para hacer experimentos sobre la locomoción del perro (una vez concluida una buena simulación) ya no necesito perros. Con relativamente poco esfuerzo puedo simular a millones de perros moviéndose por la más diversa cantidad de entornos imaginables. Solo necesito capacidad de computación y un software adecuado. Puedo, incluso, diseñar sistemas de locomoción diferentes a los reales, probar a perros con tres o seis patas, a perros obesos, con cuellos de jirafa o aletas en vez de patas. Puedo saber qué pasaría si un perro corriera por la superficie de la luna o de Venus sin el enorme coste de llevar a un perro en un viaje espacial hasta allí. Todo esto no lo permite la mera experimentación y el abanico de posibilidades abierto es inabarcable.

La simulación computerizada es el mayor aporte que la revolución informática ha dado a la ciencia, tanto que constituye un nuevo capítulo de la metodología científica, de tal modo que parece que, a día de hoy, ninguna rama de la ciencia puede avanzar sin ella.

1. La baja participación, no por no ser peor que en las europeas del 2009, deja de ser preocupante. Que el 54,16% del censo electoral se haya quedado en casa, deslegitima bastante las mismas elecciones y la representación de los partidos participantes. Esto puede leerse de dos formas: una enorme apatía política fruto de una sociedad con una gran incultura política que piensa que lo que se hace en Europa, o en política en general, no tiene ni la más mínima importancia. Habría mucha gente que vive muy feliz pasando olímpicamente de la política. Están en su derecho, pero es pésimo que sea así. La solución pasa por potenciar la educación política en los centros educativos, cosa que no parece tenerse mucho en cuenta en la nueva ley Wert. La otra lectura es que la gente que no vota muestra su desacuerdo total con el mismo sistema democrático; no solo no se sienten representados por ninguno de los casi cuarenta partidos (ya que aquí tienen la opción del voto en blanco o incluso nulo) sino que no creen en el sistema de elección. Esto es, igualmente, muy grave: mucha población no creería en la misma democracia. No obstante, pienso que esta opción no es mayoritaria. Los ciudadanos que no han votado han confundido la opción del voto en blanco con la abstención; sencillamente, no se sienten identificados con los políticos en general.

2. El Partido Popular ha sufrido el mayor varapalo desde que entró en el poder por segunda vez. Tengamos en cuenta que con algo más de cuatro millones de votos, solo representa el 26% de los votos y un pingüe 14% sobre el total del censo electoral. La conclusión es dura: el partido gobernante solo ha sido votado por algo más de uno de cada diez censados. De nuevo, el resultado deslegitima su mandato y muestra su escasa representatividad.

3. El PSOE se hunde irreversiblemente. Parece increíble que pierdan nueve diputados, uno más que el PP, estando en la oposición y con el gran descontento social hacia las políticas de su rival. Y es que este partido escribió su carta de defunción  en la última etapa de ZP cuando aplicó medidas neoliberales, confesando que dado el actual sistema económico no cabe hacer otras políticas. En este caso, mejor que las haga el PP, que está en su papel. No creo que ni siquiera la dimisión de Rubalcaba y la renovación de rostros vaya a mejorar la situación de este partido a medio plazo.

4. El fenómeno Podemos tiene tan solo un 2,7% del censo, es decir que a pesar de su fulgurante comienzo, su representación es nimia. Puede vaticinarse que subirá y que, quizá, pueda aglutinar el voto de la izquierda, absorbiendo a IU y a los sectores más izquierdistas del PSOE. Se les ha acusado de populismo de izquierdas y hay parte de razón en eso. Si miramos su programa electoral, la mayor parte de las medidas que proponen son muy agradables al oído, pero si pensamos en su viabilidad la cosa cambia bastante. Por poner un ejemplo, plantean que las empresas que tengan dinero en paraísos fiscales sean duramente sancionadas. El problema es que si esto se hace así, no habrá empresa alguna que invierta en España. Si yo soy un empresario y lo que quiero es ganar dinero, aunque no sea muy honesto ingresar dinero en un paraíso, si es legal, lo ingresaré. La solución pasaría con un pacto transnacional que prohibiera a nivel mundial la existencia de los paraísos, cosa que está lejísimos de ocurrir. Por lo tanto, la medida propuesta por Podemos es inviable pero efectista a nivel electoral, es decir, populista.  Sin embargo, si el realismo político consiste en jugar eficazmente dentro del sistema empobreciendo sistemáticamente a su población tampoco queremos seguir jugando. Esta es la gran paradoja: la utopía nos hace perder en un juego injusto y el realismo nos hace ahondar más en la injusticia. Por eso creo que la solución a nuestros acuciantes problemas no está, evidentemente, en más derecha, pero tampoco está en más izquierda. La solución tampoco vendrá, desgraciadamente, en dos días, sino en un cambio progresivo que refunde el sistema desde nuevos puntos de vista.

5. En esta línea me parecen más interesantes otras opciones como UPyD, Ciutadans o RED, entre otros. Dentro de ámbitos más realistas pretenden, igualmente, romper el bipartidismo y, lo que me parece aún mejor, terminar con las ideologías, cosa que creo que es el futuro de la política: tomar medidas buscando el bien común con independencia de su color político. UPyD, por ejemplo, propone el patriotismo constitucional como alternativa al nacionalismo independentista (algo mucho mejor que responder con nacionalismo españolista), o RED, el partido el Elpidio Silva, propone medidas muy concretas contra la corrupción jurídica, defendiendo, ante todo, la separación y equilibrio de poderes (condiciones esenciales y necesarias como base de un sistema democrático). También hay que tener en cuenta a los ecologistas (PACMA o Equo), siempre ignorados en España (que no en Europa), nos alertan de los graves peligros que el deterioro medioambiental conlleva (igualmente ignorados, sobre todo, por la derecha española).

6. Muchos medios nos están avisando de que una cosa son las elecciones europeas y otras las generales. Los votantes no votan con el mismo criterio y es verdad. Creo que nos estamos precipitando mucho al diagnosticar el fin del bipartidismo y al ilusionarnos con nuevos tiempos. De momento, lo único que legítimamente podemos deducir es que ha sido un serio aviso para los dos grandes, pero nada más. Paciencia.