No me canso de ver esta celebérrima escena de la película de Kubrick. A parte de sus virtudes cinematográficas y de la música de Richard Strauss, esta escena gusta porque habla del origen del hombre, del origen de aquello que nos hace diferentes a los demás animales. Es sugerente la imagen del animal que se intercala mientras el homínido golpea su esqueleto: la inteligencia nace con la representación. El simio se figura en la mente algo que no está directamente presente y con ello surge nuestra inteligencia imaginativa. Además, la representación va ligada a la elaboración de herramientas. Como puedo representarme la realidad ausente puedo imaginar otros usos que no son los naturales a las cosas que veo a mi alrededor. De ese violentar la naturaleza, de hacer cosas contranatura, de usar un hueso para algo distinto a la función natural de un hueso, surge el hombre, el ser más antinatural de los seres naturales. El hombre, el animal cuya habilidad evolutiva consiste precisamente  en dejar de ser animal.

Sin embargo, el tema del monolito no hace justicia a la realidad. A pesar de lo sugerente que queda en una película de ciencia-ficción (el origen extraterrestre de la inteligencia) no es preciso en el sentido en que sugiere tanto un origen no natural de la inteligencia como su aparición como un salto brusco. No, la inteligencia es un producto natural cuyo origen es el mismo que el de la capacidad de vuelo de las aves o la fiereza de los felinos y su origen se debe a un lentísimo proceso evolutivo de una duración de millones de años.

Los artrópodos son el filo más exitoso de todo el reino animal. Hay catalogadas cerca de un millón de especies (frente a las menos de 6.000 de mamíferos o a la triste única perteneciente al género homo. La evolución mima más a los insectos que a los humanos) constituyendo las tres cuartas partes de los animales existentes en la actualidad. Parece que ese cuerpo dividido en segmentos metamerizados con simetría bilateral (extraño capricho de la naturaleza premiar a los simétricos), esos versátiles apéndices articulados  y ese exoesqueleto quitinoso (que la armadura vaya por fuera en vez de por dentro tiene el inconveniente de que para crecer hay que romperla. De ahí las diversas mudas y metamorfosis por las que pasan) son herramientas perfectas de supervivencia.

En ellos se ha dado una perfecta conjunción entre eficacia biológica y belleza. ¿A quién le parecen los insectos repugnantes? Seguro que después de ver las fotos del polaco Igor Siwanowicz los vemos de otro modo.

Brahmaea Certhia Caterpillar

Un bellísimo camuflaje

Mantis Orquídea

Una bella oruga

La feroz mantis abre sus garras antes de atacar

¿No tiene cierta cara de velocidad?

Más fotografías de Siwanowicz aquí. Fuente: Blog Pasa la vida.

Levi-Strauss, Claude

El 30 de Octubre murió Claude Lévi-Strauss con la friolera de ciento un años. Descanse en paz uno de los más grandes antropólogos del Siglo XX.  Para variar, en los telediarios no se habló de ello pues Cristiano Ronaldo sigue lesionado.

La película comienza como un western. Un campesino francés se lava la cara en una palancana mientras, a lo lejos, se ve que por un camino vienen soldados alemanes. Mientras tanto suena Para Elisa mezclado con música de guitarra española. Uno de los alemanes es el cazajudíos Hans Landa (Christoph Waltz), el cínico e inteligente malo malísimo, cuyo personaje te mantendrá en suspense durante el resto de la cinta (no se lo pierdan fumando en pipa o comiendo pastel).

Hans Landa es de los mejores malos de los últimos tiempos

Esteticismo absoluto. El medio es el mensaje o el cine por el cine. Pescadilla que se muerde la cola en su autocomplacencia: cine que sólo pretende homenajearse a sí mismo, sin salir de sí, sin apuntar a nada más. Es como un envoltorio que sólo contiene dentro de sí más y más envoltorios. Milimétricamente construida, palabra por palabra, enfoque por enfoque. Todo para mantenerte pegado al asiento durante sus 153 minutos de duración, pero sólo y únicamente para eso (que no es poco desde luego). Homenaje pero también parodia. Personajes pretendidamente sobreactuados, exagerados, caricaturas de sí mismos, de su profesión y de sus  mismos personajes (¿personajes interpretando a personajes?), que sueltan una chorrada en el momento más tenso o solemne, que combinan diálogos inteligentes con estupideces pueriles. Superflua, banal, frívola, una tontería, una broma, una niñería de un friki como es Tarantino.  Película sofista, retórica, como un truco de magia sin más. Sin embargo seria, trabajada, inteligente, complicada en sentido cinematográfico, bien resuelta a todos los niveles, virtuosa, técnica, deleite de estudiantes de cine. Y paradójica en ese sentido: ¿tanto para qué?

La escena en la taberna jugando a las cartas es memorable

A mí me ha gustado y creo que eso es un cumplido hacia mí mismo, pues muestra que me gusta el cine.

Leo en Imposturas intelectuales de Sokal y Bricmont el siguiente caso:

“Meera Nanda, una bioquímica india que ha militado en los movimientos de “ciencia para el pueblo” en la India y que actualmente estudia sociología de la ciencia en los Estados Unidos, relata la siguiente historia a propósito de supersticiones tradicionales védicas que rigen la construcción de los edificios sagrados y que están destinadas a potenciar al máximo la “energía positiva”. A un político indio que estaba metido en grandes dificultades le advirtieron

que sus dificultades desaparecerían si entraba en su oficina, por una puerta orientada hacia oriente. Sin embargo, aquel acceso estaba bloqueado por un barrio de chabolas y era imposible atravesarlo en automóvil. De ahí que ordenara la demolición del barrio“.

¿No nos previene el ejemplo contra realizar propuestas ligadas a creencias religiosas en el Tercer Mundo? ¿No se nos asemeja el asunto en algo a las “políticas sociales” contra el uso del preservativo y a favor de la abstinencia? ¿No recuerda el caso a la negación de las transfusiones de sangre o al rechazo a la investigación con células madre?

En su Tratado de ateología, Michel Onfray nos narra sus conversaciones con un chófer musulmán llamado Abdurahmán:

“Luego de unos instantes de silencio, me explica que, no obstante, antes de entrar en el Paraíso tendrá que rendir cuentas de su vida como hombre de fe, y que es probable que no le alcance toda su existencia para expiar una culpa que bien podría costarle la paz y la eternidad… ¿Un delito? ¿Un asesinato? ¿Un pecado mortal, como dicen los cristianos? Sí, de algún modo: un chacal que un día aplastó con las ruedas de su vehículo… Abdú iba muy rápido, no respetaba los límites de velocidad en las carreteras del desierto – donde se puede distinguir el resplandor de un faro a kilómetros de distancia -, y no lo vio venir. El animal salió de entre las sombras y dos segundos depués agonizaba bajo el chasis del auto.

Respetuoso de las normas del código de circulación, no debería haber cometido tal sacrilegio: matar a un animal sin necesidad de alimentarse de él. Además de que el Corán no estipula tal cosa, me parece…, no podemos sentirnos responsables de todo lo que nos ocurre. Abdurahmán piensa que sí: Alá se manifiesta en las minucias, y esta anécdota demuestra la obligación de someterse a la ley, a las reglas y al orden, porque cualquier transgresión, aunque sea mínima, nos acerca al infierno; incluso nos lleva directamente a él…

Durante mucho tiempo, el chacal lo atormentó por las noches. Le impidió dormir en más de una ocasión, y lo vio a menudo en sueños, prohibiéndole la entrada al Paraíso”

Onfray se siente perplejo y contrariado ante esta creencia. La nimiedad de haber atropellado accidentalmente a un chacal atormenta a un buen hombre durante toda su vida. La creencia absurda de que ese hecho tenga algo que ver con el resto de tu existencia (y con la de ultratumba) no deja de parecerle a Onfray algo curioso.

A mí me invade la misma sensación cuando paseo por las calles de Ciudad Real. Cuando camino por la calle Ruíz Morote y veo ante mí la bonita Iglesia de San Pedro me entra esa misma perplejidad. Cuando veo a la gente salir de misa de ocho me pregunto qué pasará por sus cabezas, me pregunto cuántos chacales ontológicos estarán asentados en su mente ¿Cuántas promesas, esperanzas, pactos, culpabilidades, tormentos… depositados en sus respectivos chacales? Curioso a la vez que lamentable.

Pueden ser más peligrosas de lo que parecen…

Un clásico circulus in demostrando

Fuente: el Recogedor

¿Nueva racionalidad o tomadura de pelo?

¿Es posible otra lógica diferente a la lógica matemática? ¿Es posible un discurso teórico válido como conocimiento y que no respete el principio de no contradicción? ¿Existen racionalidades diferentes a la racionalidad científica? Cuando criticamos la religión o determinados tipos de metafísica, las respuestas suelen ir en tres direcciones:

1. Atacar la racionalidad científica. Siempre se apela a Kuhn, Feyerabend, Lakatos, el Strong Program y demás escuelas de relativismo epistemológico. Lo que se dice es: “Sí, nuestro discurso es una castaña, pero es que el vuestro también”. Así, al final, siendo todo una castaña, llegamos al feyerabendiano “Todo vale” y la religión sale dañada pero viva (realmente no le pasa nada. Si su ya de por sí escasa carga racional sale dañada no le importa tener alguna menos y algo más de fe).

2. Ampliar la racionalidad científica. Se dice que la ciencia está genial pero se la acusa de reduccionismo, de situarse como testaferro único de la verdad excluyendo todo lo demás. Se afirma que existen más tipos de racionalidad (razón poética, valorativa, intuitiva, sintiente, dialéctica, dialógica…) e incluso se afirman otros tipos de contrastación empírica (experiencia religiosa, verificar a Dios en la vida cotidiana…). Lo gracioso de hacer esto es que se agranda tanto la racionalidad, “se abre tanto la caja de Pandora” para que los absurdos de la religión entren dentro de ella, que nos quedamos sin criterios para determinar si la afirmación “He visto un burro volando” debería considerarse como un enunciado aceptable racionalmente.

3. Separar los ámbitos de la racionalidad. Ciencia y religión son dos cosas diferentes y como tales no pueden medirse ni compararse. Suele apelarse una determinada interpretación del segundo Wittgenstein, afirmando que cada discurso cobra su sentido sólo en su contexto. Un científico no tiene nada que decir en una Iglesia y un sacerdote no pinta mucho en un laboratorio. La ciencia nos dice qué es el cielo y la religión como se va al cielo. Postura protestante, fideísta por antonomasia. La religión queda blindada ante cualquier crítica racional ya que no forma parte de su ámbito.

¿Qué camino escoger de los tres? NINGUNO. Refutemos las tres opciones:

1. La crítica a la racionalidad científica es exagerada y equívoca. Que el método científico no sea tan estricto como los miembros del Círculo de Viena quisieran pensar o que el contexto de justificación y el de descubrimiento sean, en ocasiones contadas, difíciles de diferenciar, no nos lleva al anarquismo epistemológico de Feyerabend. A todos los relativistas y escépticos radicales les invitamos gentilmente a que vayan a un chamán en vez de a un médico ante un ataque de apendicitis.

2. Los nuevos ámbitos de la racionalidad son tremendamente “cutres”. La dialéctica hegeliana, como ejemplo de lógica alternativa a la matemática, es, en palabras de Marvin Harris, “un montón de ruinas sin valor”. Aquí queda muy bien el dicho “Por sus obras lo conoceréis”. Metodologías alternativas al rigorismo formal y a la contrastación empírica como, por ejemplo, la fenomenología o la hermeneútica no han conseguido grandes logros… ¡No han conseguido ni siquiera una teoría más o menos sólida a lo largo del Siglo XX!

3. Si tienes contenido teórico, estás sujeto a la verificación. Las religiones o las teorías metafísicas, en cuanto a que tienen un corpus doctrinal o teórico, sus proposiciones están sujetas a ser mostradas como falsas. Por lo tanto, nada está blindado al análisis racional. Todo, en palabras kantianas, puede pasar por el gran tribunal de la razón. Los cristianos dicen que “Cristo resucitó”, enunciado declarativo y, por lo tanto, verificable.

¿Con esto eliminamos toda filosofía? No, pero la lógica matemática y la contrastación empírica nos deben llevar siempre de la mano. No está mal especular, pero una especulación alejada completamente de cualquier tipo de contacto con la experiencia acabará por ser ridícula (como el Universo geométrico del joven Kepler) mientras que un conjunto de datos empíricos sin interpretación será algo tosco y pobre.

Siguiendo un prejuicio antropomórfico, siempre hemos pensado que la inteligencia era algo propio de una entidad única, individual y de una enorme complejidad. De aquí que los proyectos de AI siempre hayan ido enfocados a generar supercomputadoras, capaces de manejar muchísima información a gran velocidad. Pero, ¿y si esa no fuera la idea? ¿Y si no hay que buscar una única entidad superinteligente sino algo distinto?

Como en tantas otras ocasiones, mirando a la naturaleza aprendemos de ella (es lo que llamamos modelos de computación bioinspirados). Si observamos las grandes colonias de animales sociales como las abejas, termitas u hormigas,  comprobamos que, como individuos, cada uno de sus miembros es muy estúpido, sigue patrones algorítmicos muy sencillos; sin embargo, como colonia, como grupo, su conducta es mucho más inteligente. Una hormiga por sí sola no puede defender la colonia o alimentar a la reina, pero muchas de ellas en colaboración sí. Vale, pero nuestras sociedades humanas consiguen grandes proezas al colaborar y trabajar en equipo, ¿dónde estaría entonces lo novedoso? Que nuestra forma de gestionar los grupos suele ser jerárquica: existen líderes, supervisores que comprueban el funcionamiento del todo, que lo dirigen y re-dirigen hacia sus objetivos.  En las colonias de insectos, por el contrario, no existen supervisores, no existe nadie que gobierne el sistema. La consecución de los objetivos surge como propiedad emergente, como sinergia del funcionamiento independiente de cada una de las partes. Además, curiosamente, los objetivos conseguidos son espectacularmente inteligentes.

Muchos robots tontos hacen uno listo

La comparación con el cerebro y la conciencia parece obligada. Una neurona tiene un patrón de comportamiento muy simple, pero millones de ellas funcionando simultáneamente pueden generar conducta inteligente, e incluso conciencia. Además, introducir en la robótica el concepto de simultaneidad es superar una de las diferencias fundamentales entre máquinas y cerebros. Nuestros ordenadores, a pesar de su increíble velocidad, sólo realizan una acción a la vez, lo que constituye una gran pérdida de potencia. ¿No conseguirán hacer cosas más potentes millones de pequeños procesadores que sólo uno muy rápido? Nuestro cerebro es mucho más lento que un procesador pero procesa muchísima más información.

El objetivo de la investigación estaría en estudiar qué propiedades emergentes se consiguen a partir de combinaciones de patrones de actuación simple, entender el comportamiento de los “enjambres” o “masas” de individuos en cuanto a tales a partir del comportamiento sencillo de sus individuos al asociarse. De hecho, ya se está utilizando este modelo para estudiar el origen de la cultura. Y en robótica, eso es lo que están haciendo en el Proyecto Symbrion: microrobots que forman diversos macrorobots sin perder su identidad micro (Esto además, les de una enorme versatilidad que no tendrían siendo piezas estáticas de un macrorobot).  Entramos en la era de los robots sociales.

También puede resultar muy interesante utilizar este modelo para explicar eventos sociales. Nuestras sociedades son conjuntos de muchos individuos operando, lo cual crea, del mismo modo, propiedades sistémicas o emergentes no previstas al analizar el comportamiento individual de modo aislado. Quizá uno de los grandes problemas de nuestro mundo es que dichas propiedades ocurren sin ser previstas ni controladas por las autoridades (deterioro medioambiental, crisis económica…). Y quizá es que nuestro modelo de gobierno no debe ir encauzado a controlar todos los sectores del sistema (absolutamente inabarcables), sino sólo a coordinarlos para conseguir las consecuencias emergentes deseables. Más que dirigir parte por parte, estudiar la comunicación entre ellas, sus formas de interactuación ¿Una inteligencia de enjambre no habría de llevarnos a una política de enjambre?

Fuente: Blog de Art Futura

El Maquinista


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