Interstellar

Publicado: 8 diciembre 2014 en Cine
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Interstellar

Cuidado: spoilers.

Exactamente, exactamente la misma sensación que me dejó Origen: es una película decente, pero está lejísimos de ser una obra maestra por extrañas razones, y en ambas películas, casi las mismas.

1. Los efectos especiales están bien, aunque no suponen ningún salto adelante, tal y como fue la 2001 de Kubrick. Interstellar no revoluciona nada en este campo, cuando todo el mundo, creo, que esperábamos algo más.

2. También están bien las referencias a los clásicos de la ciencia-ficción. Kubrick está por todos lados (muy ingeniosamente, en la forma de monolito de los robots) pero quizá solo a cierto nivel superficial. El espíritu de 2001, el modelo narrativo y cinematrográfico no aparecen por ningún lado. Nolan solo coge ciertos detalles, pero no la esencia. El monolito ahora es una singularidad, y el viaje final de Bowman es Cooper introduciéndose en Gargantúa.  Arthur Clarke también aparece: el planeta de las olas es una copia de un capítulo de Cita con Rama y la estación espacial del final es la misma Rama. Y seguramente que hay muchas más referencias que yo desconozco.

3. La cinta es entretenida a pesar de sus casi tres horas de duración. Si entendemos que el principal objetivo del cine es el entretenimiento, Interstellar cumple notablemente.

4. La banda sonora también es correcta aunque, igual que pasaba en Origen, a veces, parece que suena cuando no debe, se hace repetitiva y se nota demasiado su intencionado efectismo: suena para emocionar cuando, quizá la escena en sí misma, no emocionaría casi nada.

5. Vamos con lo malo: el gran defecto del cine de Christopher Nolan son las sobreexplicaciones (Igualito, igualito que en Origen). Nolan tiene un terror enfermizo a que algo no se entienda, por lo que pone a sus actores a explicar una y otra vez lo que está pasando. En Interstellar, el culmen roza lo ridículo cuando el personaje interpretado por David Oyelowo le explica al protagonista la forma esférica del agujero de gusano con un papelito y un lápiz (explicación que, además, hemos visto ya en otras películas). Y es que esto parece indicar una carencia cinematográfica tremenda de Nolan. El cine tiene la maravillosa virtud de poder contar cosas con su propio lenguaje de imágenes y sonidos, sin tener que recurrir necesariamente a una voz. Y es que parece que Nolan no sabe narrar usando solo ese lenguaje, y eso es muy, muy malo, si eres director de cine.

6. Luego está el guión, que hace aguas por todos lados. Cooper viaja al agujero negro para poder contarle a su hija, a través de las manecillas de un reloj de pulsera, la teoría física necesaria para salvar la Tierra (¿no suena ya un poco demencial?). El caso es que, de primeras, el mensaje que manda en código Morse es “Quédate”, con la intención de que su hija convenza a su “yo-del pasado” de que no se largue al espacio. Si ese mensaje hubiera tenido el efecto requerido, Cooper no hubiera podido salvar el mundo. ¿Para qué ese mensaje?. Pero es más. Antes, la supuesta “civilización post-humana del futuro” habría mandado otro mensaje diciendo las coordenadas de la base secreta de la NASA para que Cooper y su hija la encontraran. Pero, si ya podían enviar mensajes sin la necesidad de que Cooper entrara en el agujero negro para hacerlo… ¿por qué no mandaron directamente la teoría física para salvar la Tierra y se ahorraban todo el jaleo? La subtrama de la historia de la familia de su hijo es totalmente absurda: parece ser que debido a la ingesta continua de polvo, la mujer de su hijo y el nieto de Cooper están enfermando gravemente. Murph y su amigo médico le dicen al padre que tiene que llevárselas de la granja o morirán. Y él se niega en redondo… ¿por qué? ¿Qué padre y marido que esté en sus cabales va a dejar morir a su mujer y a su hijo por no abandonar una granja? El final es malo y extraño: cuando Cooper se encuentra con su anciana y moribunda hija, solo intercambian unas breves palabras y ella le dice que se vaya, que la deje morir con los suyos… algo frío y confuso después de tanto amor durante toda la película. También le dice que vaya a buscar al personaje de Anne Hathaway, que andará por allí sola, montando un campamento en el futuro planeta para la humanidad… pero… ¿cómo sabe ella eso? Y, aparte, ¿no se preocupa Cooper nada por lo que ha sido de su otro hijo? ¡Si hasta se preocupa más por el robot!

7. Y los topicazos repetidos ad nauseam en la historia del cine: el protagonista es el de siempre: el héroe americano, el seductor cowboy sideral que desborda testosterona y que se debate entre el amor a sus hijos y la salvación de la humanidad; las lamentables bromitas en situaciones de peligro extremo; el coqueteo ente los protagonistas que, para variar, comienzan llevándose mal; la descarada publicidad de la NASA (incluso justifican sus elevados presupuestos); algunas conversaciones filosóficas de nivel de parvulario; la sempiterna entrevista del padre con el director y una profesora del instituto (que no aporta absolutamente nada a la trama y cuyo desarrollo es bastante infantil, con teach the controversy incluido); e incluso el partido de baseball y todo, al que va el padre a ver a su hijo (en Norteamérica el momento-partido debe ser el más importante de la vida de todo adolescente). Todo es un tanto ñoño y sentimentaloide. La moraleja final de la película: el amor (y la gravedad) lo puede todo, es un tanto naif.

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8. Y es que es la constante en el cine de Nolan: una pretenciosidad grandilocuente que se queda en casi nada. Hay una ilusión de complejidad que, realmente, no es para tanto. La complejidad es artificiosa, rebuscada, poco natural. He visto buenas películas de Disney o Pixar hechas para admitir dos lecturas: una infantil para los niños y otra más madura para los padres. Tanto unos como otros salen contentos del cine. Nolan, sin embargo, quiere hacer una película que el espectador medio entienda, a la vez que pretende adentrarse en las profundidades de la física y los misterios del ser humano. En ambas pretensiones falla: al espectador medio Interstellar le parecerá un tostón infumable, y al friki cinéfilo totalmente insatisfactoria.

Corolario: Interstellar es una película decente y entretenida que merece la pena ver. Sin embargo, no supone ningún tipo de revolución en el campo de la sci-fi. No supone un antes y un después de nada. Es una más. Gravity me parece más solvente y Moon (2009) de Duncan Jones es mejor película. Lo mejor que ha hecho Nolan, con diferencia, fue Memento (2000).

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Hay que diferenciar el hecho de ver un objeto que directamente tengo frente a mis ojos y el hecho de recordarlo mentalmente una vez que ha desaparecido de mi campo de visión. Cuando veo algo directamente el objeto se presenta en mi mente directamente, mientras que cuando lo recuerdo tengo que reconstruirlo. Usando un lenguaje preciso habría que distinguir entre representación (el objeto se me vuelve a presentar) y “presentación” (cuando el objeto aparece directamente ante mí). En el primer caso, la representación mental tiene que tener algún tipo de similitud, más allá de la meramente funcional, con el objeto que previamente se me ha presentado. Si yo recuerdo una manzana que vi hace unas horas en el supermercado, la imagen mental que se representa en mi mente debe parecerse visualmente a la que vi, por lo que mi cerebro debe reconstruir visualmente esa manzana; y debe hacerlo sin utilizar los ojos, o la parte del cerebro dedicada a la visión directa (ya que yo puedo recordar la manzana mientras estoy viendo directamente otros objetos).

Este proceso de reconstrucción mental trae de cabeza a los neurólogos y demás investigadores dedicados a la mente. De primeras, porque no encontramos casi nada en el cerebro que parezca tener el papel de reconstructor de imágenes. Se busca pero, a día de hoy, no hemos encontrado ese “proyector interno” que hace que se repita en mi mente la imagen de la manzana que contemplé. Y de segundas, porque tener un reconstructor de imágenes (o mapas según la terminología de Edelman) implica necesariamente otra figura: la del intérprete. Comprender o interpretar el significado de una imagen no puede consistir en, sencillamente, repetirla en la cabeza. Comprender una manzana no es únicamente volver a verla, sino describir sus propiedades y funciones. Conocer algo no es repetirlo, es interpretarlo. Y esa figura del intérprete tampoco parece encontrarse con claridad entre la inimaginablemente compleja maraña de redes neuronales que pueblan nuestro cerebro.

Por ejemplo, podríamos imaginar que, al recordar la manzana, una red neuronal se activa formando una estructura homóloga a la de la manzana. Las neuronas se encienden “dibujando” el esquema de la fruta en cuestión. Para que esto fuera eficaz necesitaríamos una segunda estructura neuronal que actuara como una especie de “videocámara” que contemplara el “dibujo” y que transmitiera esa información a una tercera estructura que se dedicara a interpretar o comprender lo que es realmente una manzana.  Esta explicación puede parecer poco convincente, sobre todo por el segundo grupo neuronal descrito: “la videocámara”. ¿Cómo puede existir algo como un sistema de visualización interno que detecta la posición de las neuronas? ¿Hay algo así como unos “ojos” que pueden ver mapas neuronales dentro de nuestro cráneo? Una posible solución estriba en pensar que las neuronas que se encienden “dibujando” el esquema de la manzana no dibujan realmente una manzana, sino que únicamente, dan una descripción funcional.

Vamos a explicar qué significa “descripción funcional”. Mi corteza visual puede detectar sin problemas que algo es rojo, que algo es redondo y que tiene un rabito con una hoja verde en su parte superior.  Podemos imaginar una serie de grupos de neuronas, encargados cada uno de ellos de detectar por separado cada una de las características que constituyen una manzana. Cada grupo de neuronas-detectores manda potenciales de acción a un segundo grupo que se activaría si le llegan dichos potenciales. Así, si el grupo de “detectar rojo”, el grupo de “detectar redondo” y el de “rabito con hoja” se activan, un segundo grupo se activaría como diciendo “efectivamente, estamos ante una manzana”. Como vemos, estas estructuras neuronales no tienen ningún parecido en su ordenación estructural con la forma de una manzana (de hecho cada grupo podría estar ubicado en partes lejanas del cerebro), no son un “dibujo” de una manzana, pero sirven para que el cerebro se dé cuenta de que está ante una manzana. Eso sería una descripción funcional.

Esta explicación encaja muy bien con lo que sabemos del funcionamiento de las neuronas. Muchos neurólogos hablan de que el cerebro “detecta patrones”, es decir, detecta información que le sirve para identificar lo que tiene delante. En el ejemplo, detecta el “patrón-manzana”. Y así funcionan a grosso modo nuestros sistemas informáticos encargados, por ejemplo, de reconocer rostros en las fotos de los teléfonos móviles. Pero el maldito problema sigue sin solucionarse del todo porque cuando yo recuerdo la manzana “veo” en mi mente algo cuya forma se parece mucho a una manzana.  O más rádicalmente, cuando sueño, “veo imágenes” de objetos con relativa claridad. Volvemos al principio: en el cerebro tiene que existir tal “proyector interno” que haga que yo vuelva a ver lo que antes había visto con mis ojos.  Y esta representación no puede tener solo una similitud funcional con el objeto, debe tener la misma forma, los mismo colores y demás características. En el cerebro tiene que haber algo que repita lo que hacen mis ojos, pero sin los ojos.

Los pormpuraaw son una comunidad aborigen del norte de Australia con una llamativa capacidad de orientación. En la vida cotidiana, al desplazarse por su tierra o en el interior de las casas, les resulta muy sencillo conocer la situación de los puntos cardinales. De forma consciente o inconsciente, están siempre pendientes de la orientación espacial, y la razón parece que está en la lengua. Resulta que no indican la posición de las cosas de manera relativa al cuerpo, como hacemos nosotros […] sino que utilizan las referencias absolutas de los puntos cardinales […]. Este sistema les obliga a estar pendientes de su localización espacial, algo que desde nuestro punto de vista puede resultar algo tedioso […]. Sin embargo esta peculiaridad lingüística hace que los pornpuraaw se orienten muy bien y tiene, además, otras consecuencias inesperadas, pues influye incluso en su manera de entender el paso del tiempo. Si te pido que ordenes una secuencia de fotos según un orden temporal […], lo más probable es que las coloques de izquierda (la foto más antigua) a derecha (la más actual). Lo hacemos así porque es nuestra manera de escribir, y se ha comprobado que otras culturas que escriben de manera distinta usan otras disposiciones al hacer esa tarea. Y los pormpuraaw, ¿cómo colocan las fotos? Es la misma pregunta que se hizo hace unos años Lera Boroditsky, y al hacer la prueba con varios pormpuraaw lo que observó  resultó en principio caótico: unos las ponían de izquierda a derecha, otros en diagonal, otros en vertical… ¡En cualquier dirección!  ¿En cualquiera…?

La colocación de las fotos dependía de cómo estuvieran sentados en torno a la mesa, ya que había una constante: casi siempre las situaban de este (la foto más antigua) a oeste (la más actual). Es evidente que, respecto a una persona, esta disposición varía según en qué parte se siente de una mesa para hacer esa tarea. Lo que parece indicar este experimento es que para los pormpuraaw el paso del tiempo sigue un recorrido que es el que hace día a día el Sol en su aparente viaje a través de la esfera celeste.

Xurxo Mariño, Neurociencia para Julia

Parece consecuente que los occidentales coloquemos las fotos de izquierda a derecha por orden de antigüedad ya que, cuando concebimos el tiempo, también solemos colocar el pasado a la izquierda, el presente en el centro, y el futuro a nuestra derecha. Las narraciones escritas tienen ese orden cronológico. Algo totalmente arbitrario y convencional, menos lógico y poético que el sistema de los pormpuraaw, que compara el tiempo vital con el ciclo de la eclíptica solar. De todos modos, eso es cometer un error categorial: el paso del tiempo y la ubicación espacial no tienen ninguna relación (a no ser que nos metamos en los farragosos mundos de la física relativista). Es como hacer una sinestésica relación entre los números y los colores, o entre la música y los olores. Son modos diferentes de percibir o pensar la realidad sin relación entre ellos.

No obstante, el sistema de los pormpuraaw es mejor que el nuestro. Ubicarnos según nuestra propia posición relativa es menos eficaz. Si yo estoy en una clase frente a mis alumnos y les digo que miren un objeto que está a mi derecha, tienen que realizar una inversión mental, pensando en su posición relativa respecto a la mía. En este caso tienen que pensar que mi derecha es su izquierda. Si fuéramos pormpuraaw y yo dijese que miren un objeto que está al Este, inmediatamente lo localizarían sin tener que pensar en su propia posición. Eso sí, tienen que saber en todo momento cuál es la dirección absoluta de los puntos cardinales, pero una vez que la saben, les vale para siempre. Además, tenemos pocas palabras para referirnos a nuestra posición relativa: un objeto está a la izquierda o a la derecha, en frente o detrás de mí. Los pormpuraaw tienen cuatro más: Norte, Sur, Este y Oeste más sus orientaciones intermedias: Noreste, Sudeste, Noroeste y Sudoeste. No solemos usar expresiones como delante-derecha o atrás-izquierda. Además, utilizar nuestra forma hace que, la mayor parte del tiempo, no tengamos ni idea de dónde están los puntos cardinales. Yo ahora mismo tendría que pensar un rato para saber dónde está el Norte de la habitación desde donde estoy escribiendo. Esto supone un problema a la hora de necesitar esa información para algo útil. Los pormpuraaw no tienen que preocuparse.

Una forma más avanzada de orientación relativa es usar las horas del reloj. Es más preciso decir que un objeto está a mis dos, que decir que está delante-derecha de mí. Pero los pormpuraaw también podrían utilizar este sistema utilizando coordenadas absolutas, sencillamente, identificando las doce con el Norte. Los occidentales utilizamos nuestra egocéntrica forma de orientación y, al hacerlo, perdimos el Norte. En cambio, los pormpuraaw nunca lo perdieron.

El funcionalismo es la postura filosófica de la actual psicología cognitiva. Por ende, también lo es de la mayoría de los ingenieros en Inteligencia Artificial. Es, por tanto, una postura compartida por gran parte de la comunidad científica dedicada al tema de la mente, el stablishment contemporáneo (donde más disidencias hay es entre los neurólogos y, como no podría ser de otra manera, entre los filósofos). Vamos a elaborar un pequeño análisis crítico viendo sus ventajas pero, sobre todo, los inconvenientes que hacen de esta posición algo inviable y subrayando como conclusión la disyuntiva entre abandonarla por completo o reparar algunas de sus partes.

Todo surge con el problema epistemológico de la mente. Si la psicología pretendía ser una disciplina científica, tenía que hacer de la mente un objeto de estudio claro y preciso, algo cuantificable, observable empíricamente. Como no podía, decidió hacer como si la mente no existiera. Eso es el conductismo: entender la psicología como la ciencia de la conducta (algo que sí puede observarse), por lo que intentó explicarlo todo mediante el binomio estímulo-respuesta (sin nada entre ellos). El fracaso fue rotundo, por lo que surgieron alternativas: una es la teoría de la identidad en sus distintas vertientes. Los defensores de la identidad sostienen que los estados mentales son idénticos a procesos neuronales. Un estado mental es exactamente lo mismo que una red neuronal concreta en funcionamiento. La virtud de esta perspectiva es que es perfectamente monista y materialista y casa a la perfección con los avances de las neurociencias. Además, su negación, parece absurda: ¿qué si no van a ser los pensamientos que sucesos neuroquímicos? Sin embargo, tiene dos problemas bastante graves:

1. Que sepamos, no hay nada en las reacciones físico-químicas de una red neuronal que pueda explicar, ni remotamente, un pensamiento o  una sensación. Las descargas eléctricas de los potenciales de acción que recorren los axones de las neuronas o las reacciones químicas que se dan en las sinapsis no son estados mentales.

2. Ponemos en problemas a los ingenieros de IA. Si un estado mental es idéntico a un estado neuronal, no es idéntico al proceso computacional que se da en un ordenador. Únicamente los seres con un sistema nervioso similar al humano podrían tener estados mentales. Las máquinas no.

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Y entonces llegó el funcionalismo, como una reacción al conductismo y como una solución a los problemas de la teoría de la identidad.  La clave está en definir los estados mentales como estados funcionales. ¿Qué quiere decir esto? Que un estado mental es siempre algo que causa un efecto o que es efecto de una causa, y se define exclusivamente por su función. Por ejemplo, un dolor de muelas es un estado mental porque es la causa de que yo me tome un analgésico. Uno de los fundadores del funcionalismo (si bien luego se retractó y se volvió muy crítico con su criatura) fue Hilary Putnam, quien entendió lo que era un estado mental a través de la tablatura de programa de una máquina de Turing. Este tipo de máquina, además de una definición de computabilidad, es un ordenador primitivo, una máquina capaz de hacer cálculos. Putnam afirmaba que las diversas órdenes que el programa da a la máquina son estados mentales (ya que tienen poderes causales). Esta concepción podría parecernos extraña a priori, pero soluciona un montón de problemas:

1. Para el funcionalismo, la relación entre estados físicos y mentales no es de equivalencia sino de superveniencia. Dos entes físicamente idénticos tienen los mismos poderes causales (realizan las mismas funciones), pero una misma función puede ser realizada por diferentes entes físicos. Dicho de otro modo: misma materia implica misma función pero misma función no implica misma materia. El funcionalismo con su superveniencia parece una gran idea: incluye la mente olvidada por el conductismo, salva la objeción de la teoría de la identidad hacia la Inteligencia Artificial, a la vez que no se lleva mal con la misma teoría de la identidad. Veamos eso más despacio:

a) El conductismo tenía un embarazoso problema con lo que llamamos estados intencionales o actitudes proposicionales (por ejemplo, las creencias o los deseos). Como prescindía de todo lo que no fuera conductual, no podía explicar el poder causal de una creencia. Por ejemplo, si yo creo que va a llover y por eso me pongo un chubasquero, una creencia causa mi conducta. Para el conductismo, como una conducta (respuesta) solo podía ser causada por otra conducta (estímulo) las creencias no podían causar nada, así que los conductistas no podían dar cuenta de algo tan sencillo y habitual como ponerse un chubasquero porque va a llover. El funcionalismo no tiene problemas con las creencias: una creencia es causa de un efecto, por lo tanto, es un estado mental.

b) El funcionalismo permite que los ingenieros de IA construyan máquinas con estados mentales. Siguiendo a Putnam, la orden que da un programa a un computador es un estado mental que puede ser idéntico al de un humano si cumple la misma función, a pesar de que el sistema físico que los genera es diferente (uno de silicio y otro de carbono). Es la gran virtud de la relación de superveniencia.

c) El funcionalismo permite cierta independencia a la psicología sobre la neurología. Como lo explica todo en términos funcionales, permite que no tengamos que hablar siempre en términos neuroquímicos. Por ejemplo, para explicar que la creencia de que llueva ha causado que me ponga un chubasquero, no es preciso que hable en términos de axones y dendritas. Puedo decir que la creencia causa mi conducta con funciones claramente adaptativas: si me mojo puedo ponerme enfermo y morir. Predecir el clima tiene una clara función adaptativa. Así, el funcionalismo se lleva fantásticamente bien con la psicología evolucionista, ya que ésta, igualmente, explica la mente en términos adaptativos, es decir, de funcionalidad biológica. Los funcionalistas permiten que la psicología pueda hablar en un lenguaje que no se reduce al fisicalista lo cual es fantástico para los psicólogos, ya que no tienen que estar constantemente mirando por el microscopio y hablando de neuronas.

d) El funcionalismo es perfectamente compatible con la neurología. No tiene problema alguno en admitir que un estado mental es idéntico a un estado neuronal, sencillamente, puede hablar de él sin que la ciencia haya descubierto aún tal identidad. Podemos decir que la creencia en que va a llover causa que yo me ponga un chubasquero, aceptando que la creencia en que va llover es idéntica a un estado neuronal concreto y reconociendo que aún la neurología no ha descubierto tal estado neuronal. Incluso si la neurología descubriera cada correlato neural de todos nuestros estados mentales, el funcionalismo podría seguir hablando en términos funcionales sin contradicción alguna. Simplemente diría que mi creencia es un estado neuronal x que, igualmente, causa que yo me ponga mi chubasquero, lo cual tiene una función claramente adaptativa.

e) Incluso el funcionalismo no tiene ningún compromiso ontológico con el monismo materialista. Podríamos ser funcionalistas y dualistas. Un estado mental podría no ser algo materia y tener, igualmente, poderes causales sobre mi conducta. Algunos dualistas que, por ejemplo, para explicar la mente se basan en la distinción informática entre hardware (base física) y software (programas), sosteniendo que mientras el hardware es material, el software no lo es, pueden ser perfectamente funcionalistas. Por el contrario, si un funcionalista quiere ser materialista, solo tiene que añadir otra condición a la tesis de que los estados mentales son funcionales, a saber, que toda relación causal es material, que una causa y un efecto siempre son dos entes materiales. ¡El funcionalismo vale para todos los gustos!

Comprobamos que el funcionalismo es una gran teoría debido a sus grandes ventajas. De aquí su éxito en la actualidad. Sin embargo, tiene dos serios problemas, a los que a día de hoy, nadie ha encontrado una solución satisfactoria:

1. El problema de la conciencia fenomenológica o de los qualia. El funcionalismo no puede explicar de ninguna manera el hecho de que tengamos sensaciones conscientes (sentience). Cuando me duelen las muelas y, debido a ello, me tomo un analgésico, siento conscientemente el dolor de muelas. Una computadora no siente ningún dolor cuando algo falla en su sistema, aunque lo detecte y tome medidas para repararlo. Una computadora, a pesar de que pudiese tener una conducta muy similar a la humana, no siente que hace lo que hace, no desea hacerlo, no se enfada ni se pone nerviosa cuando se equivoca… ¡Una máquina no es consciente de absolutamente nada! No poder dar cuenta de la distinción entre estados conscientes e inconscientes es un gravísimo problema del funcionalismo: ¿por que la selección natural ha gastado tantos recursos en hacer que sintamos cuando podría haber conseguido lo mismo generando organismos totalmente inconscientes? Es la objeción de los zombis de Chalmers ante la que el funcionalismo calla.

2. El problema semántico expuesto por John Searle.  Estamos ante el archiconocidísimo argumento de la caja china que no voy a entrar a explicar. La idea tiene como trasfondo el concepto de intencionalidad de Franz Brentano: los estados mentales tienen la cualidad de siempre referirse a algo que no son ellos mismos. Su contenido siempre es otra cosa diferente a ellos, siempre apuntan a otra cosa. En este sentido, los estados mentales son simbólicos. Si analizamos el funcionamiento de un ordenador, la máquina trata todo con lo que trabaja como objetos físicos y no como símbolos. Un computador que traduce del español al chino, no entiende realmente ninguno de los dos idiomas. Trata las palabras como objetos físicos que intercambia siguiendo unas pautas sin entender nada de lo que está haciendo. La conclusión de Searle es que las máquinas no tienen semántica sino tan solo sintaxis. Es un argumento bastante fuerte y aunque se han hecho muchos intentos de refutarlo, ninguno lo ha conseguido del todo.

FranzBrentano

No he conocido ninguna teoría que, ya desde su comienzo, no haya tenido serios problemas. El funcionalismo no es diferente, pero debe resultarnos chocante que el sustrato filosófico que hay debajo de la psicología actual más comúnmente aceptada por la comunidad científica sea deficiente. A mí no deja de resultarme difícil de digerir como conocidos científicos cometen errores garrafales por no tener ni idea de lo que están hablando cuando hablan de la mente. Entre otros, me refiero al popular Ray Kurzweil, el cual ignora completamente la filosofía de la mente a la vez que habla constantemente de temas por ella tratados (y además, tiene el atrevimiento de decir que muy pronto vamos a construir una mente indistinguible de la humana). Nos quedan dos alternativas: o lo abandonamos completamente y pensamos algo radicalmente nuevo (o volvemos a otras posturas más viejas), o intentamos arreglar los desperfectos. Hay algunos intentos: por un lado está el interesante materialismo anómalo de Donald Davidson o, el mismo David Chalmers de los zombis, quien intenta una especie de compatibilismo entre los qualia y el funcionalismo. Hablaremos de ellos otro día.

Una buena parte de los seres vivos viven felizmente sin cerebro. Tenemos el gran ejemplo del reino vegetal: miles de especies que no han necesitado sistema nervioso y que les ha ido muy bien sin él en la historia evolutiva. Y es que, ¿para qué puede valer un cerebro en las fases más primitivas de su desarrollo, cuando todavía anda lejísimos de poder pensar, imaginar, recordar, etc.? Para moverse. Los sistemas nerviosos primitivos van a tener la función de coordinar la percepción con el movimiento, van a ser básicamente “un cable” que comunica los ojos y los músculos, nada más. Una especie de tunicados, los ascidiáceos, tienen dos fases en su ciclo vital: en la primera, la fase de larva, son como renacuajos que se mueven por el agua buscando un lugar donde fijarse; y en la segunda, quedan pegados a la roca y se alimentan atrapando sustancias mediante un sistema de filtrado y expulsión de agua.  En la fase de larva, ya que tienen que moverse, disponen de una notocorda y de un tubo neural dorsal (un primitivo sistema nervioso), pero en la fase sésil, lo pierden (lo disuelven y se lo comen en un acto de “autocanibalismo”) ya que van a permanecer inmóviles adheridos a un sustrato el resto de su vida adulta. Los ascidiáceos se comen su propio cerebro cuando ya no lo necesitan.

Ascidia

Si los primeros organismos vivieron en el fondo marino y una de sus fuentes esenciales de alimento fue la luz (asombrosamente, la fotosíntesis aparece muy pronto en la historia de la vida), uno de los primeros objetivos del movimiento tuvo que ser dirigirse hacia las zonas más iluminadas (también comprobamos que los primeros sistemas perceptivos fueron sencillas células fotosensibles). Así, el primer imperativo para la acción, la primera orden de la historia de la vida tuvo que ser algo así como “ve hacia la luz” (curiosamente, cuando los seres humanos morimos también solemos decir lo mismo).

Hay una especie de notoplana (un tipo de platelminto) que mide aproximadamente 20 milímetros. Su cerebro (más que “cerebro”, su ganglio rostral, es decir, el ganglio que más se acerca a la parte delantera del animal) mide 700 x 1300µ (1 mm.). Lo curioso es que si se lo extirpamos quirúrgicamente, el animal sobrevive. Se vuelve más lento, ve menos, reacciona con menos viveza al alimento… en general, es mucho más torpe, pero puede sobrevivir perfectamente sin mayores problemas.

Notoplana

Si nos vamos a una especie algo más compleja, la lombriz de tierra (con unas 6.000 células nerviosas, que llegan a 10.000 en la fase adulta del animal a los cuatro meses de su nacimiento), y le extirpamos su cerebro (dos ganglios supraesofágicos), de nuevo, tenemos similares resultados: mantiene su “cabeza” en alto y parece inquieta. Si en su trayectoria hay un hueco, la lombriz caerá en vez de sortearlo como hacía habitualmente. Tendríamos a una lombriz mucho más desmañada que antes que, sin embargo, es capaz de enderezarse, puede practicar el coito e, incluso, aprender un camino en un laberinto.

Más complejas aún: las aves. Su cerebro es el de un reptil avanzado, con un gran núcleo basal (el famoso cuerpo estriado) y un buen cerebelo (aunque mucho más liso que el de los mamíferos). Si le extirpamos su dos hemisferios, aún pueden volar, correr y picotear; pero pierden la capacidad de construir nidos, aparearse o cuidar de sus crías. Esta cirugía sugiere una función social de los hemisferios en estas especies.

¿Y qué pasa con los seres humanos? En general, dada la complejidad de nuestra conducta, cualquier lesión cerebral suele tener consecuencias desastrosas pero, igualmente, se puede sobrevivir sin una importante parte de nuestro cerebro y, lo que parece aún más sorprendente, llevar una vida completamente normal. En 1923, el neurocirujano Walter Dandy de la Universidad John Hopkins, realizó la primera hemisferectomía (seccionar una parte o incluso la totalidad de uno de los dos hemisferios cerebrales) en un ser humano. Es una cirugía bastante radical que hoy en día solo se realiza en pacientes que, por ejemplo, sufren apoplejías diarias que no pueden tratarse de otro modo. Lo verdaderamente sorprendente es que cuando estas operaciones se realizan con niños de muy corta edad (menos de 10 años), su personalidad y memoria se desarrollan con total normalidad. Un chiquillo operado en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) llegó a ser campeón de ajedrez de su Estado (debe ser muy humillante que te gane al ajedrez un individuo con solo medio cerebro). Los inconvenientes de la hemisferectomía se reducen principalmente a que pierdes la movilidad de la mano contraria al hemisferio extraído, la visión del ojo y algo de funcionalidad en el brazo. No se ha detectado ninguna irregularidad más (eso sí, si la operación se realiza a una edad muy temprana). Estos casos suelen ponerse de ejemplo para defender la idea de la espectacular plasticidad de cerebral, de como partes de nuestro cerebro asumen sin problemas las funciones de otras. Sin embargo, también siembran más interrogantes: si con medio cerebro puedo hacer lo mismo que con un cerebro entero, ¿para que quiero el otro medio?

Este breve recorrido por la historia evolutiva del cerebro puede indicarnos dos cosas: en primer lugar, el sistema nervioso nació para coordinar la percepción con el movimiento. Eso explica muy bien como, en el caso de nuestra sofisticada visión, veamos perfectamente los contornos de los objetos y calculemos relativamente bien las distancias con ellos (la visión estereoscópica). Nuestra visión ha sido perfeccionada durante cientos de miles de años de evolución para que nos movamos de forma muy competente en nuestro entorno circundante. Después, el cerebro creció y aumentó su complejidad para adquirir nuevas funciones, pero no hay que olvidar que esas funciones se edificaron sobre las antiguas. Podemos reflexionar, recordar o sentir sobre la base de un cerebro hecho para controlar nuestro movimiento. Nunca debemos pensar en el cerebro sin atender a su historia biológica.

 Y, en segundo lugar, que el cerebro, en sus primeras fases, fue una ventaja evolutiva más entre otras y que, en cuanto a tal, solo evolucionó en los seres y en los entornos en los que fue necesario. No hay ningún tipo de finalidad evolutiva que nos lleve a la aparición del cerebro. Solo si necesitas moverte, es posible que desarrolles uno. Podríamos imaginarnos un mundo en el que solo existieran especies vegetales o microorganismos y en el que jamás hubiera sido necesario sistema nervioso alguno. Sería un mundo descerebrado y, fascinantemente, no sería un mundo absurdo y sin sentido.

Sobre Podemos

Publicado: 1 noviembre 2014 en Filosofía política
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Si tuviera que votar desde las entrañas y desde el estado de ánimo que tengo en este momento, votaría, sin dudarlo, a Podemos. Sin embargo, hay que pensar algo más en frío, que ya lo recomendaban mucho los sabios griegos, así que vamos a analizar algunas de las claves que, al menos en mi caso, influirán en el voto.

Puntos fuertes de Podemos:

1. Su líder. Evidentemente, Pablo Iglesias, en cuanto a personaje público, les da cien patadas al resto de los candidatos. Es inteligente, educado, muy carismático, muy dispuesto y decidido, seguro de sí mismo y, lo que es más importante, parece honesto y honrado (o, al menos en mi caso, ha conseguido engañarme muy bien). Si lo comparamos con nuestro querido presidente, no hay por donde coger el asunto: Rajoy es  desgarbado, oscuro, timorato, ambiguo, cecea al hablar, da la impresión de antiguo y desfasado, no tiene carisma alguno y, además, la sombra de la corrupción acecha su misma persona en forma de sobresueldos.

2. Su cúpula está formada por profesores de Universidad, gente en apariencia formada. Eso es bastante importante. La crisis del Ébola ha dejado en claro que poner a gente no formada en cargos de gran responsabilidad es receta para el desastre. La ministra Mato terminó por ser relegada a un lugar secundario tras su desastrosa gestión inicial. Es de cajón: queremos que quien nos gobierne tenga, al menos, la competencia para hacerlo. Yo nunca he podido entender como tenemos ministros de Sanidad que no tienen nada que ver con la medicina, ministros de Educación que no saben nada de docencia o, en general, presidentes que no saben idiomas. En fin, estoy diciendo obviedades.

3. Han sabido, mejor que nadie, hacerse eco del sentir generalizado de la población. Han recogido a la perfección el espíritu indignado del 15-M. Estamos en una democracia (o eso parece) y en este sistema es crucial conectar con el ciudadano. Los dos grandes partidos han gestionado terriblemente mal el descontento intentando volcarlo en el partido rival con el deprimente y aburrido “y tú más”. Sigo sin entender como teniendo cientos de analistas y asesores expertos en gestión de medios, han hecho las cosas tan rematadamente mal, sobre todo el PSOE: ¿cómo esta fuerza política se ha hundido tan rápidamente estando en la ventajosa situación de ser oposición en un entorno de grave crisis?

4. Los otros partidos. Sin centrarme en la corrupción, el papel de los dos grandes roza el esperpento en demasiadas ocasiones. Valle-Inclán no podría haber imaginado unos personajes y unas situaciones teatrales más preclaras. Tenemos sesiones parlamentarias de un nivel de parvulario y declaraciones insulsas que llevan a una falta de credibilidad pasmosa. Por poner un ejemplo, en estos días, cuando PP y PSOE niegan la posibilidad de una sesión plenaria extraordinaria acerca de la corrupción alegando que “querían un debate en positivo”, a uno se le ponen los pelos como escarpias: ¿ese es el único argumento que se te ocurre para evitar un debate que el ciudadano pide a gritos? ¿Hablar a la gente como si fuera deficiente mental? Pero es que hay tantos y tantos ejemplos: la espectacular defensa contra los papeles de Bárcenas (¿recordáis el contrato en diferido o los discos duros destruidos porque se seguía el  procedimiento habitual?). Ahora Rajoy dice que “En España quien la hace la paga” mientras Jaume Matas sale de la cárcel acogiéndose a un tercer grado, pocas semanas después de que al juez Elpidio Silva se lo inhabilite durante diecisiete años y mientras se hace todo lo posible para dejar fuera de juego a la juez Alaya. No puedo entender cómo han conseguido crear un abismo tan grande entre sus declaraciones y la percepción del ciudadano de a pie: ruedas de prensa desde televisiones de plasma, sin preguntas o con preguntas pactadas con sus medios de prensa colegas, constantes salidas de tono como las del ministro Wert en Educación o el consejero de sanidad de Madrid, programas electorales totalmente incumplidos, discursos contradictorios que quedan en evidencia ante un breve paseo por la hemeroteca, medios de comunicación groseramente politizados… Es demasiado. El PSOE, a la desesperada, pone a un guaperas al frente del partido para vendernos la moto regeneracionista, a la par que, respecto a ideas, proyectos y medidas, siguen exactamente estancados en lo mismo, y con la misma falta de credibilidad de siempre. Como se repite una y otra vez, la campaña electoral de Podemos se la están haciendo PP y PSOE, además, excelentemente bien.

4.1. Ahora sí, la corrupción. Si algo tenía en apariencia el PP de Aznar fue que no robaba. Podía gustarte o no su conservadurismo o sus políticas liberales pero, al menos, parecía que no eran corruptos. Esto se ha derrumbado a pasos agigantados. Y, de nuevo, una defensa penosa de la situación únicamente basada en que su único error fue poner en cargos de responsabilidad a la gente equivocada y que, ellos, los no corruptos, no sabían nada del asunto. Esto resulta absolutamente increíble. Yo trabajo en un instituto en el que estamos alrededor de cincuenta profesores. Si uno de nosotros, muy astuto, robara, es posible que los demás no supiésemos nada. Sin embargo, si el robo fuese algo habitual, si diez profesores robaran por sistema, todo el mundo lo sabría. Piense el lector en su empresa, fábrica o administración… Si muchos robaran, ¿usted no lo sabría? Si su compañero de mesa de oficina, con el que lleva años trabajando codo con codo, se llevara miles de millones, ¿no sospecharía, al menos, un poquito, de que algo va mal? Y, en cualquier caso, si usted dirige una empresa en el que una buena parte de sus empleados roban y usted no se da cuenta, está pecando de inepto y, a fortiori, no tiene usted competencia para dirigir la empresa. Aquí solo caben dos opciones: o sabe que roban y calla y consiente, y entonces usted es cómplice de corrupción, o usted no sabía nada y entonces es un incompetente. En ambos casos tiene que dimitir.  Y yo, como no me creo que sean tan tontos como para no saber nada, resuelvo que estamos ante auténticas organizaciones criminales en las cuales la malversación de fondos públicos es algo normalizado. ¿Alguien puede ser entonces tan obtuso como para seguir votándoles?

5. En este sentido Podemos no es corrupto. Tampoco se puede decir que eso sea una gran virtud ya que con pocos meses de vida, no ha habido tiempo a que se corrompan. Estoy seguro que, cuando el partido crezca y se estabilice, algún corrupto aparecerá. No obstante, el hecho de que, a día de hoy, no son corruptos, es un hecho.

Puntos débiles de Podemos:

1. La inexperiencia: Pablo Iglesias tiene solo 35 años y nunca ha gobernado nada. Su cúpula puede tener buenos conocimientos de teoría política, pero en la práctica nada de nada. A mí, este me parece el mayor defecto: la inexperiencia trae inevitablemente errores. No obstante, si analizamos la breve trayectoria del partido comprobamos lo contrario. De momento, Podemos ha dado una asombrosa lección de cómo manejar los medios electorales. Situarse como la segunda fuerza política en un país con un arraigado bipartidismo a los pocos meses de la creación de un partido es un logro inaudito en la historia de nuestra democracia. Así que, a día de hoy, más que errores, Podemos está en racha de aciertos.

2. El populismo: ya escribí en otra ocasión acerca de eso. Si miramos detenidamente su programa, vemos la enorme dificultad de llevar a cabo medidas que suenan demasiado bien. Además, tal programa no difiere mucho del de Izquierda Unida, es decir, estamos ante el viejo planteamiento de izquierdas de toda la vida. No creo que la solución a la crisis sea más derecha (ya hemos visto donde estamos) pero tampoco creo que sea más izquierda. Creo que hay que tener la suficiente imaginación para plantear algo diferente y romper de una vez con las ideologías. No obstante, creo que también hay que decir que es curioso que acusen de populismo a Podemos aquellos que gobiernan con la calculadora electoral en la mano, rodeados de asesores que les escriben hasta las comas de sus discursos. De todas formas, y de nuevo clavo una lanza a favor de Pablo, después de estos años en los que el neoliberalismo nos ha pasado por encima como una apisonadora, quizá no venga mal algo de izquierda, por eso de equilibrar algo el asunto y llegar a un siempre sano término medio.

3. Sus “dudosas” conexiones con ciertos regímenes sudamericanos, sobre todo con la Venezuela de Chávez. Hay miles de razones para no querer que en España se instaure un régimen similar al chavista. Pablo Iglesias se ha querido desmarcar del tema no visitando Venezuela en su reciente ronda latinoamericana. De todas formas creo que acusar a Podemos de bolivariano es caer en el improperio fácil. España es un país de una idiosincrasia y de unas condiciones sociales y económicas muy diferentes a las de cualquier nación de América latina. Aunque quisieran, no podrían convertir España en Bolivia. Creo que Pablo Iglesias suavizará sus posiciones al respecto conforme se acerquen las elecciones. Y, bueno, si no nos dio miedo que Esperanza Aguirre se confesara admiradora de Margaret Thatcher, defendiendo el liberalismo salvaje, ¿por qué iba a darnos un fuerte giro a la izquierda? ¿Neoliberalismo sí pero socialismo duro no? Suele decirse que el peligro de las crisis es el afloramiento de figuras populistas que, mediante el discurso fácil de la indignación, llegan al poder. Pero es que la otra alternativa: el bipartidismo corrupto, es insostenible (o lo es al menos para mí: votar al PP o al PSOE por “miedo a lo diferente” no es opción). Y es que si nos enrocamos en esa posición, cualquier cambio es imposible.

Como colofón: existen otras alternativas a Podemos, están UPyD, Ciutadans, RED, EQUO… con propuestas también interesantes en muchos ámbitos, pero dentro de los partidos con posibilidades reales de gobierno, y haciendo balance, Podemos es una opción muy válida. En el peor de los casos no creo que lleven a España a un desastre mucho mayor que en el que se encuentra ahora. Supongo que si llegan a gobernar no podrán llevar a cabo muchas de sus propuestas, pero se darían algunos pasos que, visto lo visto, no van a darse con los que ahora nos gobiernan. Si queremos un cambio radical, Podemos es el cambio. Los próximos años van a ser los más interesantes de nuestra precaria democracia.

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Sigo leyendo y leyendo y por todos lados no hago más que encontrar un entusiasmo desbocado hacia las promesas de la Inteligencia Artificial.  Muchísimos investigadores siguen asumiendo acríticamente las tesis de la IA fuerte, a saber, la posibilidad de crear en un plazo muy corto de tiempo una mente mecánica, en principio idéntica, pero inmediatamente después superior a la humana. A esta idea la acompañan felizmente ocurrencias como la del mind uploading (poder descargar nuestra mente en una memoria electrónica), la de que vivimos en una simulación informática del tipo Matrix,  o la grave preocupación acerca de qué harán con la humanidad estos emergentes seres superiores cuando lleguen: ¿nos exterminarán al vernos como una amenaza o nos dejarán como mascotas? Si uno estudia detenidamente los logros reales de la ingeniería computacional de los últimos años comprueba con mucha facilidad que tal entusiasmo o temor son absolutamente infundados. No quiero ser el clásico pensador conservador vilipendiado por la historia que niega grandes avances de la ciencia. Nada más lejos de mi intención pasar por un Belarmino o un Wilberforce, pero considero que es mi deber intelectual sacar la falsedad a la luz. Que conste que a nadie le gustaría más que a mí que tales promesas fueran ciertas y posibles: he fantaseado miles de veces con hablar de metafísica mientras juego al ajedrez con HAL 9000.

Vamos a exponer en siete puntos las críticas que se pueden plantear a estas fantasiosas ideas:

1. Se hace demasiado hincapié en el rápido aumento de la capacidad de computación. Constantemente leemos noticias en las que se nos presenta un nuevo transistor del tamaño de una millonésima de millonésima de algo, capaz de realizar tropecientos millones de millones de operaciones por milisegundo. Estos avances están muy bien y, seguramente, son condiciones de posibilidad para crear una mente electrónica que iguale la capacidad de computo de la mente humana, pero con ellos se olvida que mucho más importante que poder calcular cantidades infinitas es saber qué pretendemos calcular con ello. Vale, tenemos un supercomputador impresionante pero, ¿qué hacemos con él?. ¿Cómo emulamos el hecho de que yo recuerde con nostalgia a mi abuela con millones de cómputos por milisegundo? Esta es la cuestión, y para ella no hay todavía respuesta alguna.

2. Estamos lejísimos de comprender el funcionamiento biológico del cerebro. Vamos sabiendo cada vez más cosas de la química neuronal pero todavía estamos a años luz de saber bien cómo funciona. Lo he dicho en muchas ocasiones: tenemos más de cien mil millones de neuronas altamente interconectadas que se comunican entre sí por impulsos eléctricos y químicos. Pues bien, si solo somos eso, no somos lo suficiente. Si solo somos flujo de información, no somos nada. La información sirve para hacer cosas, para activar procesos. Seguramente que necesito información que viaje por mis neuronas para crear la imagen de un tigre en mi mente, pero, aparte de esa información, necesito procesos físico-químicos que generen el miedo que siento ante la visión del tigre, y eso no es solo información, es un hecho físico. Y no tenemos ni la más remota idea de cómo un conjunto de redes neuronales genera un sentimiento, ni la más remota: ¿por qué entonces este entusiasmo en que vamos a conseguir copiar la mente en unos pocos años?

3. Una computadora o, un sistema universal de símbolos en términos de Herbert Simon, es únicamente eso: un sistema que transforma unos símbolos en otros según unas determinadas reglas. ¿Por qué presuponemos que un sistema que transforma símbolos va a ser capaz de realizar ciertos procesos físico-químicos como pueden ser los sentimientos? Yo puedo hacer un programa de ordenador que simule bastante bien el funcionamiento de las glándulas mamarias de una vaca, pero, ¿me dará ese ordenador leche? No, porque la tesis de la independencia de sustrato que muchos ingenieros sostienen ingenuamente no es plenamente cierta. Es posible que podamos construir una máquina de Turing en una cantidad muy amplia de sustratos físicos, pero es que una máquina de Turing solo puede calcular, no dar leche. O dicho de otro modo más claro: a lo mejor, es posible que algún tipo de neurotransmisor o de sustancia química del cerebro tenga una gran relación con los estados mentales. Por ejemplo, es posible que la dopamina, la adrenalina o el glutamato tengan que ver con lo que siento o pienso cuando siento o pienso. Estos compuestos tienen unas propiedades químicas únicas que es posible que sean imposibles de emular a no ser por otros compuestos muy similares. ¿Qué razones hay para pensar que un transistor de silicio puede hacer lo mismo que una molécula de serotonina? Seguramente que el pensamiento humano dependa mucho de las propiedades químicas de los componentes del cerebro, propiedades éstas de las que carecen por completo los componentes electrónicos de un ordenador. La independencia de sustrato podrá cumplirse para realizar todo tipo de cálculos, pero no para generar propiedades físicas. Para hacer fuego, necesito madera o algún elemento combustible; para hacer una mente, necesito algo que se parezca físicamente mucho a un cerebro.

4. Clarifiquemos en el siguiente esquema la confusión habitual:

ConfusiónIA

Los ingenieros de IA tienden a confundir el funcionamiento de un ordenador con los resultados físicos del funcionamiento del cerebro. Suelen afirmar que cuando un ordenador computa (manipula símbolos) está pensando, cuando no hay razón alguna para considerarlo así. Es posible que el cerebro humano realice computaciones, pero eso no es tener un estado mental. Los estados mentales son, en cualquier caso, los resultados de las computaciones, no las computaciones mismas. De nuevo, si yo veo un tigre, es probable que mi cerebro haga computaciones que fluyan a través de los axones de mis neuronas, pero el miedo (el estado mental) y la acción de salir huyendo (mi conducta) no son computaciones, son sucesos físicos (sentir miedo un proceso, fundamentalmente, químico y huir, fundamentalmente, un proceso mecánico). Hay que tener en cuenta que las computaciones de mi cerebro suceden a nivel inconsciente, mientras que mis estados mentales son conscientes. Cuando yo hablo no pienso a nivel consiente que detrás del sujeto va el predicado o que antes de un sustantivo he de poner un artículo. Eso lo hace mi cerebro por mí y mi mente consciente solo tiene acceso al resultado. Precisamente, el resultado es lo que solemos entender por mente.

5. Una vía de investigación algo más interesante es lo que se ha llamado programa conexionista y del que Pentti Haikonen es hoy uno de sus más célebres representantes. El plan es que en vez de intentar diseñar un maravilloso software capaz pensar, sentir y ser consciente de sí, mejor empezar por debajo: intentemos emular mecánicamente los elementos físicos del sistema nervioso, comenzando por los más simples, y sigamos avanzando hacia arriba a ver lo que pasa. Creo que es el camino correcto, pero dados los frutos que ha conseguido hoy en día, que son notables pero que van despacito, no es justificado ningún tipo de optimismo acerca tener a HAL 9000 en las próximas décadas.

6. La humanidad ha tendido históricamente a comparar al ser humano con el último avance tecnológico del momento. Se ha pensado que el cerebro era un sistema hidráulico o una centralita telefónica, y ahora pensamos que el cerebro es un ordenador cuando, insistimos, no hay evidencia disponible para sustentar tal afirmación de un modo completo. Yo pienso que el cerebro tiene componentes cuyo funcionamiento es similar al de un computador, pero nos falta mucho para que la metáfora sea perfecta. Quizá, en un futuro, sea posible fabricar computadores que se asemejen más, pero los actuales no son, ni de lejos, similares a la mente.

7. A la Inteligencia Artificial le ha ido mucho mejor cuando ha avanzado sin tener en mente el objetivo de simular al ser humano, que cuando lo ha tenido. El ordenador personal que utilizo para escribir ahora mismo es un instrumento maravilloso. Me sirve para reproducir música, vídeo, hacer operaciones matemáticas complejas, editar fotografías, etc. Que yo sepa, ningún humano tiene esas cualidades y, sin embargo, son fabulosas. Mi ordenador se fabricó sin la intención de ser un humano y así funciona maravillosamente bien. Quizá la Inteligencia Artificial deba seguir su camino sin la obsesión de emular al humano. Es más, quizá así será cuando consiga cosas incluso mucho mejores que un sapiens.

Parece ser muy común en todos los hombres de genio, pasar por épocas de sequía intelectual, épocas aterradoras en las que se piensa que uno ha perdido su don más preciado, su capacidad de crear grandes obras. Evidentemente, si un genio pierde su genio, no le queda nada. Es por ello que esas rachas de esterilidad son especialmente temidas y, cada genio, ha intentado sortearlas de los mas diversos modos, recurriendo a incluso a soluciones impropias de hombres dotados de tal genio (quizá porque, precisamente en esos momentos, no eran genios). Wittgenstein no era una excepción, tal y como nos cuenta Ray Monk a partir del diario de David Pinsent:

Wittgenstein dio en pensar que lo que necesitaba no era diversión, sino mayores poderes de concentración. A este fin estaba dispuesto a probarlo todo, incluso la hipnosis, y se hizo mesmerizar por un tal doctor Rogers. “La idea es ésta”, escribe Pinsent en su diario: “es verdad, creo que las personas son capaces de un esfuerzo muscular extraordinario cuanto están en trance hipnótico: ¿entonces por qué no también un esfuerzo mental extraordinario?”

De modo que cuando esté en trance, Rogers le hará ciertas preguntas acerca de puntos de lógica que Wittgenstein todavía no tiene claros (ciertas dudas que todavía no ha conseguido aclarar), y Witt espera ser capaz de verlas claramente. ¡Parece tan descabellado! Witt ha ido dos veces a que lo hipnotizaran, pero solo al final de la segunda entrevista Rogers consiguió dormirlo; cuando lo hizo, sin embargo, lo hizo tan profundamente que tardó media hora en volver a despertarlo completamente. Witt dice que estuvo consciente todo el tiempo – podía oír hablar a Rogers -, pero absolutamente sin voluntad ni fuerza: no podía comprender lo que le decían, no podía hacer ningún esfuerzo muscular, se sentía exactamente como si estuviera anestesiado. Estuvo amodorrado durante una hora después de dejar a Rogers. En conjunto es un asunto maravilloso.

Como no podía ser de otra manera, la hipnosis no fue muy útil al austriaco, quizá nada más que para ahondar en la desesperación ante su vacío mental (que, afortunadamente, fue solo temporal). Y es que la hipnosis no ha demostrado tener utilidad alguna, bordeando siempre ser una práctica pseudocientífica. Ya el mismo Freud, abandonó esta técnica dudando de sus propiedades terapéuticas (y mira que el psicoanálisis, en general, tampoco ha demostrado curar demasiado a nadie). No obstante, como concluye Pinsent, en conjunto, un asunto maravilloso.

TRANSHUMAN

La tesis de la singularidad tecnológica es una de las ideas más controvertidas de Ray Kurzweil. La explicamos a grandes trazos: si conseguimos construir una inteligencia artificial más inteligente que el ser humano, según Kurzweil, será de esperar que esa inteligencia pueda crear otra inteligencia aún mayor. Pronto, la nueva máquina creará otra aún más inteligente, y así sucesivamente según un crecimiento exponencial (siguiendo la ley de rendimientos crecientes del propio Kurzweil). Nosotros, los para entonces estúpidos humanos, solo podremos contemplar como esas inteligencias se van alejando más y más de nuestro primitivo entendimiento hasta que no podamos comprender ni predecir qué es lo que estarán haciendo. Y aquí llegará la singularidad: un momento histórico sin retorno en que el hombre quedará relegado de la historia sin enterarse de nada, pues todo lo que ocurra será tan “singular”, tan diferente al resto de la historia anterior, que no habrá forma humana de comprender nada.

Pues bien, esta idea peca de una ingenuidad impresionante. Veamos por qué.

El gen NRB2 está muy relacionado con la capacidad del cerebro para asociar sucesos en la mente, al controlar la comunicación entre neuronas del hipocampo (la parte del cerebro encargada de consolidar los recuerdos, es decir, de convertir información de la memoria de trabajo en recuerdos genuinos de la memoria a largo plazo). Por esa razon NRB2 es, como mínimo, un gen imprescindible para cualquier tipo de aprendizaje. Sin él, los recuerdos no se fijan y nada se aprende. Pero, ¿se aprende más si aumentamos la expresión de estos genes? Sí, o al menos eso ocurre en ratones.

En 1999, el neurocientífico Joe Z. Tsien descubrió que la introducción de un único gen en ratas de laboratorio, provocaba un aumento más que significativo en sus facultades mentales. Eran mejores que los ratones normales en un montón de pruebas, incluidas las famosas fugas cronometradas de laberintos. Sigamos, ¿por qué no introducir más NRB2 en esos diminutos cerebros? Hecho: en diversos laboratorios se han ido criando cepas de ratones más inteligentes. En 2009, Tsien publicó un artículo en el que presentaba la variedad “Hobbie-J” (el nombre viene por un personaje de una serie de dibujos animados china), la cepa de ratones más inteligente que jamás haya existido. Su memoria para recordar hechos novedosos es tres veces superior a la variante de ratones considerada más inteligente hasta entonces.

Cuando a Tsien le preguntaron hasta qué punto llegarían a ser inteligentes sus ratones, Tsien respondió sonriente que, a fin de cuentas, solo eran ratones, nunca iban a saber resolver ecuaciones ni escribir novelas. Hay muchos límites biológicos que impiden que los ratones lleguen tan lejos. Si aplicamos estas conclusiones al planteamiento de la singularidad de Kurzweil podemos llegar a lo mismo: ¿no hay techos ni limitaciones de ningún tipo a la producción de más inteligencia en las máquinas?

Vamos a poner otro ejemplo. Pensemos que la humanidad en general no hubiera desarrollado tanto su neocortex de modo que fuera mucho menos inteligente de lo que es ahora. Imaginemos, por ejemplo, que nos hubiésemos quedado estancados en algún tipo de homo erectus o de ergaster con un CI, pongamos, de 70.  Un fastuoso día, el chaman de la tribu se acerca a sus congéneres con una poción mágica cuyo poder reside en hacer más inteligente al individuo que la ingiera. Al tomarla el CI sube de 70 a 80. Podría pensarse, siguiendo a Kurzweil, que si con un CI de 70 pudo fabricarse una poción que nos hacía más inteligentes, con un CI de 80 podría hacerse otra aún más efectiva. ¿Seguro? ¿Por qué 10 puntos de CI son suficientes para diseñar una nueva pócima? Sería posible que las dificultades para elaborar tan maravillosa química requirieran un CI mínimo de 160. ¿Cómo saber cuánto CI hace falta para conseguir la siguiente pócima? Si fuera necesario un 90, nuestros trogloditas estarían condenados a nunca encontrarla ya que se quedarían estancados en el 80 recién adquirido.

Este ejemplo es plenamente aplicable a las inteligencias artificiales. Cuando tengamos una más inteligente que nosotros, ¿por qué iba a poder construir una inteligencia aún más inteligente que ella? A lo mejor las dificultades teóricas, prácticas o de cualquier tipo impiden construir una máquina mejor. La computadora puede no ser lo suficientemente inteligente aún para dar el siguiente paso o, dejémoslo muy claro, simplemente, no se puede. Para que se de un descubrimiento significativo en una rama de la ciencia, hacen falta que se den muchas cosas: nuevas herramientas matemáticas, innovadoras técnicas de observación o experimentación… muchas veces, un descubrimiento es resultado de un trabajo colaborativo de muchas personas e instituciones. Podría pasar que nuestra superinteligencia artificial no pudiera construir otra superinteligencia, sencillamente, porque ningún inversor ve clara la rentabilidad de tal avance. Un nuevo descubrimiento no es solo cuestión de una mayor inteligencia. La máquina analítica de Babagge no pudo construirse no por falta de inteligencia, sino por falta de medios técnicos.

Kurzweil basa su idea de progresión exponencial en el crecimiento de la capacidad de computación de los ordenadores. Parece cierto que esta capacidad va creciendo a un ritmo muy rápido. Sin embargo, la creación de una superinteligencia no depende únicamente de la capacidad de computación. Es mucho más importante saber qué hacer con esa capacidad de computación que seguir aumentándola hasta el infinito. Y el avance del saber qué hacer no está siguiendo un crecimiento exponencial: la inteligencia artificial como disciplina ha sufrido varios inviernos, varias épocas de estancamiento en las que no se han producido los avances esperados. De hecho, yo personalmente, sigo sin ver esos avances que justifiquen el entusiasmo renacido en estos tiempos.

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Un tipo de epilepsia del lóbulo temporal denominada síndrome de Gastaut-Geschwind provoca entre sus diversos síntomas hiperreligiosidad, conversiones religiosas súbitas, preocupaciones filosóficas excesivas o hipergrafía. Desde luego este síndrome describe a la perfección a cualquier pensador medieval (y no tan medieval), más si descubrimos que otros síntomas que suelen acompañar a los anteriores son hiposexualidad, irritabilidad y viscosidad (adherencia emocional). No me digáis que no os imagináis así a Agustín de Hipona o a Pablo de Tarso. Personas con el síndrome de Gastaut-Geschwind “ganan” habilidades filosóficas, son mejores filósofos que otros cuyo cerebro está sano. Siguiendo a Freud, ¿no será la filosofía o la religión una enfermedad mental, un transtorno tratable con medicación? Algo tan difuso y poco tangible como Dios bien podría ser una especie de alucinación fruto de un desequilibrio, de un desajuste en la complejísima maquinaria cerebral (todos sabemos que cuanto más complejo es algo, más probabilidades tiene de fallar). El pensamiento, entendido en su sentido profundo, alejado de su utilidad pragmática, sería tan solo una enfermedad (conclusión maravillosa para nuestros ministros de educación). Yo, que soy filósofo, creo que no tengo el síndrome de Gastaut-Gerschwind, pero sí que creo que debo tener ciertas características cerebrales que me hacen más propenso hacia la reflexión, la escritura, el razonamiento, etc. No diría que mi cerebro está enfermo, pero aquí estaríamos ante los problemas de definir qué es realmente la salud mental y qué realmente no lo es. ¿Estoy yo más cerca de la enfermedad que alguien que jamás se ha preocupado por las grandes cuestiones de la existencia humana, alguien muy centrado en solucionar exclusivamente los problemas de su vida cotidiana? Pensemos en grandes genios como Aristóteles, Galileo o Newton. Fueron personas que dedicaron gran parte de su vida a problemas muy alejados de la mera adaptación a su medio, personas con características muy cercanas a este síndrome (y a muchos otros); pero gracias a ellas la civilización avanzó. ¿Es entonces la enfermedad algo positivo o incluso necesario para el progreso de la sociedad?

La corteza ventromedial, es una región del cerebro que está muy relacionada con el sentido de la existencia; es la que, entre otras cosas, da significado de unidad y coherencia a la realidad. Los individuos que la tienen hiperactiva suelen desarrollar manías y creerse omnipotentes, mientras que los que la tienen hipoactiva suelen pensar que nada tiene sentido.

Encontrar estructuras cerebrales que tienen que ver con las creencias ha dado pie a la polémica. Mientras que los científicos piensan que esta tendencia mental hacia la espiritualidad o la metafísica debe ser algo fruto de la selección natural y, por lo tanto, suponer algún tipo de ventaja evolutiva, los religiosos piensan que Dios nos puso una especie de antena Wifi mística para comunicarnos con él. Sea cual sea la respuesta a nosotros nos interesan más otras cuestiones. La primera es pensar en que si las creencias están determinadas por una estructura física, si modificamos esa estructura, podemos modificar la creencia. De hecho tenemos la estimulación cerebral profunda (Deep Brain Stimulation, DBS), que permite excitar eléctricamente nuestro cerebro. No se sabe muy bien el porqué pero ha sido un éxito a la hora de tratar ciertos tipos de depresión severa. Hay una notable mejoría en estos pacientes cuando se les estimula el área de Brodmann 25, región cuya hiperactividad tiene relación con este trastorno. ¿Qué pasaría si estimuláramos la corteza ventromedial de una persona muy religiosa? ¿Podríamos cambiar su creencia? ¿Podríamos convertir a una persona que cree que la vida está plena de sentido en un atormentado nihilista? Las investigaciones todavía no son concluyentes, pero parece que sea cuestión de tiempo que cosas así puedan lograrse.

Y otra cuestión, más profunda si cabe: ¿y si el ser humano no hubiese tenido corteza ventromedial? La evolución podría haber seguido un camino diferente y configurar el cerebro sapiens de otra forma. Entonces, ¿existiría la pregunta por el sentido de la existencia? ¿Existiría el sentimiento de vacío existencial? Y aún más: si el cerebro humano hubiera desarrollado áreas diferentes, ¿existirían otras preguntas filosóficas distintas que ahora no podríamos formular? Esto se hace muy comprensible si pensamos en el cerebro de un chimpancé, absolutamente incapaz de cualquier reflexión que se salga de su quehacer más mundano. ¿Y si nosotros somos como los chimpancés para comprender ciertos aspectos de la realidad? La noticia sería terrible: habría cosas que jamás podríamos ni siquiera imaginar porque nuestros cerebros no están diseñados para ello.