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Sigo leyendo y leyendo y por todos lados no hago más que encontrar un entusiasmo desbocado hacia las promesas de la Inteligencia Artificial.  Muchísimos investigadores siguen asumiendo acríticamente las tesis de la IA fuerte, a saber, la posibilidad de crear en un plazo muy corto de tiempo una mente mecánica, en principio idéntica, pero inmediatamente después superior a la humana. A esta idea la acompañan felizmente ocurrencias como la del mind uploading (poder descargar nuestra mente en una memoria electrónica), la de que vivimos en una simulación informática del tipo Matrix,  o la grave preocupación acerca de qué harán con la humanidad estos emergentes seres superiores cuando lleguen: ¿nos exterminarán al vernos como una amenaza o nos dejarán como mascotas? Si uno estudia detenidamente los logros reales de la ingeniería computacional de los últimos años comprueba con mucha facilidad que tal entusiasmo o temor son absolutamente infundados. No quiero ser el clásico pensador conservador vilipendiado por la historia que niega grandes avances de la ciencia. Nada más lejos de mi intención pasar por un Belarmino o un Wilberforce, pero considero que es mi deber intelectual sacar la falsedad a la luz. Que conste que a nadie le gustaría más que a mí que tales promesas fueran ciertas y posibles: he fantaseado miles de veces con hablar de metafísica mientras juego al ajedrez con HAL 9000.

Vamos a exponer en siete puntos las críticas que se pueden plantear a estas fantasiosas ideas:

1. Se hace demasiado hincapié en el rápido aumento de la capacidad de computación. Constantemente leemos noticias en las que se nos presenta un nuevo transistor del tamaño de una millonésima de millonésima de algo, capaz de realizar tropecientos millones de millones de operaciones por milisegundo. Estos avances están muy bien y, seguramente, son condiciones de posibilidad para crear una mente electrónica que iguale la capacidad de computo de la mente humana, pero con ellos se olvida que mucho más importante que poder calcular cantidades infinitas es saber qué pretendemos calcular con ello. Vale, tenemos un supercomputador impresionante pero, ¿qué hacemos con él?. ¿Cómo emulamos el hecho de que yo recuerde con nostalgia a mi abuela con millones de cómputos por milisegundo? Esta es la cuestión, y para ella no hay todavía respuesta alguna.

2. Estamos lejísimos de comprender el funcionamiento biológico del cerebro. Vamos sabiendo cada vez más cosas de la química neuronal pero todavía estamos a años luz de saber bien cómo funciona. Lo he dicho en muchas ocasiones: tenemos más de cien mil millones de neuronas altamente interconectadas que se comunican entre sí por impulsos eléctricos y químicos. Pues bien, si solo somos eso, no somos lo suficiente. Si solo somos flujo de información, no somos nada. La información sirve para hacer cosas, para activar procesos. Seguramente que necesito información que viaje por mis neuronas para crear la imagen de un tigre en mi mente, pero, aparte de esa información, necesito procesos físico-químicos que generen el miedo que siento ante la visión del tigre, y eso no es solo información, es un hecho físico. Y no tenemos ni la más remota idea de cómo un conjunto de redes neuronales genera un sentimiento, ni la más remota: ¿por qué entonces este entusiasmo en que vamos a conseguir copiar la mente en unos pocos años?

3. Una computadora o, un sistema universal de símbolos en términos de Herbert Simon, es únicamente eso: un sistema que transforma unos símbolos en otros según unas determinadas reglas. ¿Por qué presuponemos que un sistema que transforma símbolos va a ser capaz de realizar ciertos procesos físico-químicos como pueden ser los sentimientos? Yo puedo hacer un programa de ordenador que simule bastante bien el funcionamiento de las glándulas mamarias de una vaca, pero, ¿me dará ese ordenador leche? No, porque la tesis de la independencia de sustrato que muchos ingenieros sostienen ingenuamente no es plenamente cierta. Es posible que podamos construir una máquina de Turing en una cantidad muy amplia de sustratos físicos, pero es que una máquina de Turing solo puede calcular, no dar leche. O dicho de otro modo más claro: a lo mejor, es posible que algún tipo de neurotransmisor o de sustancia química del cerebro tenga una gran relación con los estados mentales. Por ejemplo, es posible que la dopamina, la adrenalina o el glutamato tengan que ver con lo que siento o pienso cuando siento o pienso. Estos compuestos tienen unas propiedades químicas únicas que es posible que sean imposibles de emular a no ser por otros compuestos muy similares. ¿Qué razones hay para pensar que un transistor de silicio puede hacer lo mismo que una molécula de serotonina? Seguramente que el pensamiento humano dependa mucho de las propiedades químicas de los componentes del cerebro, propiedades éstas de las que carecen por completo los componentes electrónicos de un ordenador. La independencia de sustrato podrá cumplirse para realizar todo tipo de cálculos, pero no para generar propiedades físicas. Para hacer fuego, necesito madera o algún elemento combustible; para hacer una mente, necesito algo que se parezca físicamente mucho a un cerebro.

4. Clarifiquemos en el siguiente esquema la confusión habitual:

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Los ingenieros de IA tienden a confundir el funcionamiento de un ordenador con los resultados físicos del funcionamiento del cerebro. Suelen afirmar que cuando un ordenador computa (manipula símbolos) está pensando, cuando no hay razón alguna para considerarlo así. Es posible que el cerebro humano realice computaciones, pero eso no es tener un estado mental. Los estados mentales son, en cualquier caso, los resultados de las computaciones, no las computaciones mismas. De nuevo, si yo veo un tigre, es probable que mi cerebro haga computaciones que fluyan a través de los axones de mis neuronas, pero el miedo (el estado mental) y la acción de salir huyendo (mi conducta) no son computaciones, son sucesos físicos (sentir miedo un proceso, fundamentalmente, químico y huir, fundamentalmente, un proceso mecánico). Hay que tener en cuenta que las computaciones de mi cerebro suceden a nivel inconsciente, mientras que mis estados mentales son conscientes. Cuando yo hablo no pienso a nivel consiente que detrás del sujeto va el predicado o que antes de un sustantivo he de poner un artículo. Eso lo hace mi cerebro por mí y mi mente consciente solo tiene acceso al resultado. Precisamente, el resultado es lo que solemos entender por mente.

5. Una vía de investigación algo más interesante es lo que se ha llamado programa conexionista y del que Pentti Haikonen es hoy uno de sus más célebres representantes. El plan es que en vez de intentar diseñar un maravilloso software capaz pensar, sentir y ser consciente de sí, mejor empezar por debajo: intentemos emular mecánicamente los elementos físicos del sistema nervioso, comenzando por los más simples, y sigamos avanzando hacia arriba a ver lo que pasa. Creo que es el camino correcto, pero dados los frutos que ha conseguido hoy en día, que son notables pero que van despacito, no es justificado ningún tipo de optimismo acerca tener a HAL 9000 en las próximas décadas.

6. La humanidad ha tendido históricamente a comparar al ser humano con el último avance tecnológico del momento. Se ha pensado que el cerebro era un sistema hidráulico o una centralita telefónica, y ahora pensamos que el cerebro es un ordenador cuando, insistimos, no hay evidencia disponible para sustentar tal afirmación de un modo completo. Yo pienso que el cerebro tiene componentes cuyo funcionamiento es similar al de un computador, pero nos falta mucho para que la metáfora sea perfecta. Quizá, en un futuro, sea posible fabricar computadores que se asemejen más, pero los actuales no son, ni de lejos, similares a la mente.

7. A la Inteligencia Artificial le ha ido mucho mejor cuando ha avanzado sin tener en mente el objetivo de simular al ser humano, que cuando lo ha tenido. El ordenador personal que utilizo para escribir ahora mismo es un instrumento maravilloso. Me sirve para reproducir música, vídeo, hacer operaciones matemáticas complejas, editar fotografías, etc. Que yo sepa, ningún humano tiene esas cualidades y, sin embargo, son fabulosas. Mi ordenador se fabricó sin la intención de ser un humano y así funciona maravillosamente bien. Quizá la Inteligencia Artificial deba seguir su camino sin la obsesión de emular al humano. Es más, quizá así será cuando consiga cosas incluso mucho mejores que un sapiens.

Parece ser muy común en todos los hombres de genio, pasar por épocas de sequía intelectual, épocas aterradoras en las que se piensa que uno ha perdido su don más preciado, su capacidad de crear grandes obras. Evidentemente, si un genio pierde su genio, no le queda nada. Es por ello que esas rachas de esterilidad son especialmente temidas y, cada genio, ha intentado sortearlas de los mas diversos modos, recurriendo a incluso a soluciones impropias de hombres dotados de tal genio (quizá porque, precisamente en esos momentos, no eran genios). Wittgenstein no era una excepción, tal y como nos cuenta Ray Monk a partir del diario de David Pinsent:

Wittgenstein dio en pensar que lo que necesitaba no era diversión, sino mayores poderes de concentración. A este fin estaba dispuesto a probarlo todo, incluso la hipnosis, y se hizo mesmerizar por un tal doctor Rogers. “La idea es ésta”, escribe Pinsent en su diario: “es verdad, creo que las personas son capaces de un esfuerzo muscular extraordinario cuanto están en trance hipnótico: ¿entonces por qué no también un esfuerzo mental extraordinario?”

De modo que cuando esté en trance, Rogers le hará ciertas preguntas acerca de puntos de lógica que Wittgenstein todavía no tiene claros (ciertas dudas que todavía no ha conseguido aclarar), y Witt espera ser capaz de verlas claramente. ¡Parece tan descabellado! Witt ha ido dos veces a que lo hipnotizaran, pero solo al final de la segunda entrevista Rogers consiguió dormirlo; cuando lo hizo, sin embargo, lo hizo tan profundamente que tardó media hora en volver a despertarlo completamente. Witt dice que estuvo consciente todo el tiempo – podía oír hablar a Rogers -, pero absolutamente sin voluntad ni fuerza: no podía comprender lo que le decían, no podía hacer ningún esfuerzo muscular, se sentía exactamente como si estuviera anestesiado. Estuvo amodorrado durante una hora después de dejar a Rogers. En conjunto es un asunto maravilloso.

Como no podía ser de otra manera, la hipnosis no fue muy útil al austriaco, quizá nada más que para ahondar en la desesperación ante su vacío mental (que, afortunadamente, fue solo temporal). Y es que la hipnosis no ha demostrado tener utilidad alguna, bordeando siempre ser una práctica pseudocientífica. Ya el mismo Freud, abandonó esta técnica dudando de sus propiedades terapéuticas (y mira que el psicoanálisis, en general, tampoco ha demostrado curar demasiado a nadie). No obstante, como concluye Pinsent, en conjunto, un asunto maravilloso.

TRANSHUMAN

La tesis de la singularidad tecnológica es una de las ideas más controvertidas de Ray Kurzweil. La explicamos a grandes trazos: si conseguimos construir una inteligencia artificial más inteligente que el ser humano, según Kurzweil, será de esperar que esa inteligencia pueda crear otra inteligencia aún mayor. Pronto, la nueva máquina creará otra aún más inteligente, y así sucesivamente según un crecimiento exponencial (siguiendo la ley de rendimientos crecientes del propio Kurzweil). Nosotros, los para entonces estúpidos humanos, solo podremos contemplar como esas inteligencias se van alejando más y más de nuestro primitivo entendimiento hasta que no podamos comprender ni predecir qué es lo que estarán haciendo. Y aquí llegará la singularidad: un momento histórico sin retorno en que el hombre quedará relegado de la historia sin enterarse de nada, pues todo lo que ocurra será tan “singular”, tan diferente al resto de la historia anterior, que no habrá forma humana de comprender nada.

Pues bien, esta idea peca de una ingenuidad impresionante. Veamos por qué.

El gen NRB2 está muy relacionado con la capacidad del cerebro para asociar sucesos en la mente, al controlar la comunicación entre neuronas del hipocampo (la parte del cerebro encargada de consolidar los recuerdos, es decir, de convertir información de la memoria de trabajo en recuerdos genuinos de la memoria a largo plazo). Por esa razon NRB2 es, como mínimo, un gen imprescindible para cualquier tipo de aprendizaje. Sin él, los recuerdos no se fijan y nada se aprende. Pero, ¿se aprende más si aumentamos la expresión de estos genes? Sí, o al menos eso ocurre en ratones.

En 1999, el neurocientífico Joe Z. Tsien descubrió que la introducción de un único gen en ratas de laboratorio, provocaba un aumento más que significativo en sus facultades mentales. Eran mejores que los ratones normales en un montón de pruebas, incluidas las famosas fugas cronometradas de laberintos. Sigamos, ¿por qué no introducir más NRB2 en esos diminutos cerebros? Hecho: en diversos laboratorios se han ido criando cepas de ratones más inteligentes. En 2009, Tsien publicó un artículo en el que presentaba la variedad “Hobbie-J” (el nombre viene por un personaje de una serie de dibujos animados china), la cepa de ratones más inteligente que jamás haya existido. Su memoria para recordar hechos novedosos es tres veces superior a la variante de ratones considerada más inteligente hasta entonces.

Cuando a Tsien le preguntaron hasta qué punto llegarían a ser inteligentes sus ratones, Tsien respondió sonriente que, a fin de cuentas, solo eran ratones, nunca iban a saber resolver ecuaciones ni escribir novelas. Hay muchos límites biológicos que impiden que los ratones lleguen tan lejos. Si aplicamos estas conclusiones al planteamiento de la singularidad de Kurzweil podemos llegar a lo mismo: ¿no hay techos ni limitaciones de ningún tipo a la producción de más inteligencia en las máquinas?

Vamos a poner otro ejemplo. Pensemos que la humanidad en general no hubiera desarrollado tanto su neocortex de modo que fuera mucho menos inteligente de lo que es ahora. Imaginemos, por ejemplo, que nos hubiésemos quedado estancados en algún tipo de homo erectus o de ergaster con un CI, pongamos, de 70.  Un fastuoso día, el chaman de la tribu se acerca a sus congéneres con una poción mágica cuyo poder reside en hacer más inteligente al individuo que la ingiera. Al tomarla el CI sube de 70 a 80. Podría pensarse, siguiendo a Kurzweil, que si con un CI de 70 pudo fabricarse una poción que nos hacía más inteligentes, con un CI de 80 podría hacerse otra aún más efectiva. ¿Seguro? ¿Por qué 10 puntos de CI son suficientes para diseñar una nueva pócima? Sería posible que las dificultades para elaborar tan maravillosa química requirieran un CI mínimo de 160. ¿Cómo saber cuánto CI hace falta para conseguir la siguiente pócima? Si fuera necesario un 90, nuestros trogloditas estarían condenados a nunca encontrarla ya que se quedarían estancados en el 80 recién adquirido.

Este ejemplo es plenamente aplicable a las inteligencias artificiales. Cuando tengamos una más inteligente que nosotros, ¿por qué iba a poder construir una inteligencia aún más inteligente que ella? A lo mejor las dificultades teóricas, prácticas o de cualquier tipo impiden construir una máquina mejor. La computadora puede no ser lo suficientemente inteligente aún para dar el siguiente paso o, dejémoslo muy claro, simplemente, no se puede. Para que se de un descubrimiento significativo en una rama de la ciencia, hacen falta que se den muchas cosas: nuevas herramientas matemáticas, innovadoras técnicas de observación o experimentación… muchas veces, un descubrimiento es resultado de un trabajo colaborativo de muchas personas e instituciones. Podría pasar que nuestra superinteligencia artificial no pudiera construir otra superinteligencia, sencillamente, porque ningún inversor ve clara la rentabilidad de tal avance. Un nuevo descubrimiento no es solo cuestión de una mayor inteligencia. La máquina analítica de Babagge no pudo construirse no por falta de inteligencia, sino por falta de medios técnicos.

Kurzweil basa su idea de progresión exponencial en el crecimiento de la capacidad de computación de los ordenadores. Parece cierto que esta capacidad va creciendo a un ritmo muy rápido. Sin embargo, la creación de una superinteligencia no depende únicamente de la capacidad de computación. Es mucho más importante saber qué hacer con esa capacidad de computación que seguir aumentándola hasta el infinito. Y el avance del saber qué hacer no está siguiendo un crecimiento exponencial: la inteligencia artificial como disciplina ha sufrido varios inviernos, varias épocas de estancamiento en las que no se han producido los avances esperados. De hecho, yo personalmente, sigo sin ver esos avances que justifiquen el entusiasmo renacido en estos tiempos.

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Un tipo de epilepsia del lóbulo temporal denominada síndrome de Gastaut-Geschwind provoca entre sus diversos síntomas hiperreligiosidad, conversiones religiosas súbitas, preocupaciones filosóficas excesivas o hipergrafía. Desde luego este síndrome describe a la perfección a cualquier pensador medieval (y no tan medieval), más si descubrimos que otros síntomas que suelen acompañar a los anteriores son hiposexualidad, irritabilidad y viscosidad (adherencia emocional). No me digáis que no os imagináis así a Agustín de Hipona o a Pablo de Tarso. Personas con el síndrome de Gastaut-Geschwind “ganan” habilidades filosóficas, son mejores filósofos que otros cuyo cerebro está sano. Siguiendo a Freud, ¿no será la filosofía o la religión una enfermedad mental, un transtorno tratable con medicación? Algo tan difuso y poco tangible como Dios bien podría ser una especie de alucinación fruto de un desequilibrio, de un desajuste en la complejísima maquinaria cerebral (todos sabemos que cuanto más complejo es algo, más probabilidades tiene de fallar). El pensamiento, entendido en su sentido profundo, alejado de su utilidad pragmática, sería tan solo una enfermedad (conclusión maravillosa para nuestros ministros de educación). Yo, que soy filósofo, creo que no tengo el síndrome de Gastaut-Gerschwind, pero sí que creo que debo tener ciertas características cerebrales que me hacen más propenso hacia la reflexión, la escritura, el razonamiento, etc. No diría que mi cerebro está enfermo, pero aquí estaríamos ante los problemas de definir qué es realmente la salud mental y qué realmente no lo es. ¿Estoy yo más cerca de la enfermedad que alguien que jamás se ha preocupado por las grandes cuestiones de la existencia humana, alguien muy centrado en solucionar exclusivamente los problemas de su vida cotidiana? Pensemos en grandes genios como Aristóteles, Galileo o Newton. Fueron personas que dedicaron gran parte de su vida a problemas muy alejados de la mera adaptación a su medio, personas con características muy cercanas a este síndrome (y a muchos otros); pero gracias a ellas la civilización avanzó. ¿Es entonces la enfermedad algo positivo o incluso necesario para el progreso de la sociedad?

La corteza ventromedial, es una región del cerebro que está muy relacionada con el sentido de la existencia; es la que, entre otras cosas, da significado de unidad y coherencia a la realidad. Los individuos que la tienen hiperactiva suelen desarrollar manías y creerse omnipotentes, mientras que los que la tienen hipoactiva suelen pensar que nada tiene sentido.

Encontrar estructuras cerebrales que tienen que ver con las creencias ha dado pie a la polémica. Mientras que los científicos piensan que esta tendencia mental hacia la espiritualidad o la metafísica debe ser algo fruto de la selección natural y, por lo tanto, suponer algún tipo de ventaja evolutiva, los religiosos piensan que Dios nos puso una especie de antena Wifi mística para comunicarnos con él. Sea cual sea la respuesta a nosotros nos interesan más otras cuestiones. La primera es pensar en que si las creencias están determinadas por una estructura física, si modificamos esa estructura, podemos modificar la creencia. De hecho tenemos la estimulación cerebral profunda (Deep Brain Stimulation, DBS), que permite excitar eléctricamente nuestro cerebro. No se sabe muy bien el porqué pero ha sido un éxito a la hora de tratar ciertos tipos de depresión severa. Hay una notable mejoría en estos pacientes cuando se les estimula el área de Brodmann 25, región cuya hiperactividad tiene relación con este trastorno. ¿Qué pasaría si estimuláramos la corteza ventromedial de una persona muy religiosa? ¿Podríamos cambiar su creencia? ¿Podríamos convertir a una persona que cree que la vida está plena de sentido en un atormentado nihilista? Las investigaciones todavía no son concluyentes, pero parece que sea cuestión de tiempo que cosas así puedan lograrse.

Y otra cuestión, más profunda si cabe: ¿y si el ser humano no hubiese tenido corteza ventromedial? La evolución podría haber seguido un camino diferente y configurar el cerebro sapiens de otra forma. Entonces, ¿existiría la pregunta por el sentido de la existencia? ¿Existiría el sentimiento de vacío existencial? Y aún más: si el cerebro humano hubiera desarrollado áreas diferentes, ¿existirían otras preguntas filosóficas distintas que ahora no podríamos formular? Esto se hace muy comprensible si pensamos en el cerebro de un chimpancé, absolutamente incapaz de cualquier reflexión que se salga de su quehacer más mundano. ¿Y si nosotros somos como los chimpancés para comprender ciertos aspectos de la realidad? La noticia sería terrible: habría cosas que jamás podríamos ni siquiera imaginar porque nuestros cerebros no están diseñados para ello.

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Observo unas algas mediante un sencillo microscopio óptico. Allí están, las veo perfectamente, no tengo la menor duda. Estoy ante la observación de un hecho natural, algo que la mayoría de nosotros consideraríamos como contemplar la realidad objetiva, el mundo tal y como es. Pero es más, el hecho objetivo sirve como arbitro supremo para discriminar la veracidad de cualquier disputa. Es el lugar último al que recurrir para ver quién tiene la razón. No vamos a ninguna autoridad, a ningún libro sagrado ni a ningún sabio, vamos a los hechos y ellos nos muestran la verdad. ¿Es así de sencillo?

Con total contundencia, no. Para analizar la situación de un modo más completo, tenemos que girar nuestra mirada y, en vez de centrarla en el objeto, situarla en el instrumento de observación: el microscopio. En nuestro ejemplo, observábamos las algas mediante un microscopio óptico. Este instrumento funciona con un foco de luz que suele estar debajo de la muestra a observar, y una o varias lentes (si el microscopio fuera compuesto). La luz atraviesa el objeto (que tiene que ser parcialmente trasparente), y pasa por las lentes hasta llegar al ocular donde el ojo del observador ve la imagen. Estos artefactos suelen estar dotados de más elementos: un condensador que concentra la luz sobre el objeto, un diafragma que regula la cantidad de luz o un ocular que suele ampliar la imagen que viene de la lente principal. Además, según la calidad del instrumento, tendrá dispositivos para corregir las aberraciones cromáticas y geométricas que distorsionan la imagen. Es decir, para la construcción del instrumento de observación se requieren teorías científicas previas a la observación (en este caso toda una compleja teoría sobre el comportamiento de la luz) y bastante ingeniería (conocimientos prácticos sobre la fabricación y el uso del aparato). Entonces, cuando nos enfrentamos a un hecho natural, no lo captamos de un modo puro, tal y como se nos presenta en la realidad, sino que “ponemos” en la realidad toda una gran cantidad de teoría y de práctica cuando realizamos la observación. Algunos autores han llegado a decir que un microscopio es “una teoría en movimiento” y, en consecuencia, muchos otros han dicho que “los hechos están cargados teóricamente”.

Es por eso que Karl Popper, desde su falsacionismo, postuló que el método fundamental de la ciencia no era el inductivo, tal y como pensaban los intelectuales del Círculo de Viena, sino el hipotético-deductivo. Para que la ciencia funcionase inductivamente, deberían existir “hechos puros” que, al repetirse, fueran englobados dentro de una ley científica. Por ejemplo, cuando observamos una y otra vez que los objetos se atraen en función de su masa, englobamos toda una colección de hechos dentro de la ley de gravitación universal. Para Popper eso no ocurre así, ya que antes de coleccionar esos hechos, vamos a la realidad con una teoría y la ponemos a prueba en ella. Es decir, la teoría es siempre previa a los hechos. Nunca “vamos de vacío” a la realidad y ésta nos habla, sino que lo que nos habla es la misma teoría con la que vamos anteriormente a la realidad. En el ejemplo de la gravedad, conceptos como “masa”, “fuerza de atracción”, “aceleración”, etc. se “ponen” en la realidad para ver que nos dice ésta de ellos.

El filósofo canadiense Ian Hacking va a dar un giro más al asunto, insistiendo sobre todo, en el carácter práctico de la experimentación. Cuando observamos por el microscopio no solo tenemos una teoría previa, sino una gran cantidad de acción: primero, para fabricar el aparato y, segundo, para usarlo competentemente. Hacking incide en que la observación está cargada de práctica competente. La filosofía de la ciencia se había centrado demasiado en las controversias de la ciencia teórica, minusvalorado la ciencia experimental. Hay científicos que son grandes teóricos pero malos experimentadores y viceversa, pero parece que solo se valora la elaboración teórica cuando la experimental es igual o más importante si cabe. Los científicos son practitionners, un tipo especial de artesanos que “construyen preguntas” para “fabricar respuestas”. Los hechos están cargados de práctica, y esta práctica es previa a cualquier enunciación teórica.

Pero es mas, Hacking defiende la irreductibilidad de los hechos a enunciados puramente observacionales. Cuando utilizamos el lenguaje para describir un hecho, perdemos mucha información, precisamente, la información que expresa la práctica realizada para la observación. Por ejemplo, si al observar algas mediante el microscopio enunciamos “Las algas son verdes”, estamos omitiendo todo el trabajo práctico necesario para saber que las algas son verdes. Es exactamente igual que cuando montamos en bicicleta: tenemos un excelente conocimiento acerca de como montar, pero este conocimiento técnico es difícilmente transcribible a enunciados puramente lingüísticos. Prueben si no a intentar enseñar a un niño a montar solamente mediante un manual de instrucciones.  Es el famoso problema de los ingenieros de IA para trasladar el conocimiento de un experto a un computador. Gran parte del conocimiento del especialista no es puramente teórico ni está basado en reglas fijas.

Y aún más. Para demostrar sus tesis Hacking hace un pormenorizado estudio de la historia de los microscopios, de la cual vamos a sacar varias tesis bastante significativas:

1. Las revoluciones científicas se dan más en el ámbito técnico que en el teórico. El descubrimiento de un nuevo aparato de observación supone una revolución técnico-conceptual, casi siempre, mucho más importante que un avance puramente teórico. Pensemos, por poner un ejemplo de nuestra propia cosecha, en la convulsión que ha supuesto para todas las ciencias la invención del ordenador.

2. El método de la ciencia no es el inductivo, pero tampoco el hipotético-deductivo de Popper. Según Hacking, los científicos rara vez utilizan los instrumentos para verificar hipótesis, sino para crear nuevos hechos. Cuando se inventa un nuevo tipo de microscopio lo que se pretende conseguir es observar algo que antes no se podía observar, es decir, conseguir desvelar un nuevo campo de observación, una nueva categoría de hechos científicos. La ciencia es un sistema para crear y transformar la realidad, no para contemplarla y entenderla.

3. A pesar de lo que pudiera parecer visto lo visto, Hacking no es un constructivista radical del estilo de Latour, Collins o Woolgar. No cree que la ciencia es una construcción socio-cultural independiente de la realidad y, por lo tanto, equivalente al mito o a la religión. Y es que, en un contexto bastante poco propicio, saca un argumento en defensa del realismo y la objetividad: a pesar de utilizar instrumentos de muy diferentes características tecnológicas (microscopio por fluorescencias, de contraste de fase, acústico, de rayos X, ect.) los resultados de la observación siguen los mismos patrones al visualizar el mismo objeto. No hay contradicción alguna entre lo que observamos desde un simple microscopio óptico y uno electrónico de barrido, a pesar de ser máquinas técnicamente muy diferentes y basarse en principios teóricos heterogéneos. Las representaciones resultantes son artificialmente construidas pero coinciden. Además, esta coincidencia es previa a cualquier enunciación teórica. De nuevo, al igual que en Círculo de Viena, tenemos “hechos puros” previos a la teoría que salvaguardan la objetividad y el realismo de la ciencia. Aunque más que hechos, serían representaciones artificiales fruto de hábiles prácticas.

Ian Hacking

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En 2009, un artista llamado Thomas Thwaites emprendió la tarea de fabricar su propio tostador, del tipo que podría comprar en una tienda por unas cuatro libras. Sólo necesitaba algo de materia prima: hierro, cobre, níquel, plástico y mica (un mineral aislante alrededor del cual se envuelven las piezas de calentamiento). Pero incluso encontrar estos elementos le fue casi imposible. El hierro está hecho de mineral de hierro, el cual probablemente podría extraer de una mina, pero ¿cómo podria construr un horno que calentara lo suficiente sin fuelles eléctricos? (Hizo trampa y usó un horno de microondas). El plástico está hecho de petróleo, el cual no podía fácilmente extraer, y mucho menos refinar, por sí mismo. Y así sucesivamente. El punto es que el proyecto tomó meses, costó mucho dinero y resultó en un producto inferior [el tostador es el que vemos en la foto]. Sin embargo, comprar un tostador de cuatro libras le hubiera costado menos de una hora de tabajo con salario mínimo.

Matt Ridley, El optimista racional

Llamadme conservador, pero porque quiero un buen tostador no soy antisistema. Hay que cambiar muchísimas cosas, pero no todo.

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La historia de la Filosofía de la Ciencia va a llenarse, a partir de los años 70 del pasado siglo, de una pléyade de estudios sobre el quehacer rutinario de los científicos. Con su cuaderno de campo en mano, sociólogos y antropólogos, se plantaban dentro de los laboratorios y anotaban hasta el más mínimo detalle de la vida de los investigadores. El planteamiento era bueno: si queremos saber qué es la ciencia, no solo hay que estudiar las teorías (que es lo único que se había debatido hasta entonces), sino cómo se generan. Parece que si solo estudiamos los resultados, nos estamos quedando sin una parte, quizá importante, de la historia. Estudiemos entonces el origen, la génesis de la ciencia en directo: el laboratorio en acción. Pero además, hagámoslo al estilo Malinowski, cual antropólogo del XIX, pisando las playas vírgenes de Papúa y acechando desde las sombras a los nativos. Había que entender al científico como a un salvaje haciendo extraños rituales. Solo tomando esa distancia, haciendo extraño lo cotidiano, podemos eliminar todos nuestros sesgos y prejuicios. A veces, nos ocurre que hemos pasado mil veces por una calle cercana a nuestra casa y no hemos notado nada peculiar. De repente, un visitante extranjero pasa por allí la primera vez y cae en la cuenta de un hermoso relieve encima del dintel de un portal. ¿Cómo es que no lo vimos si pasamos mil veces por ahí? Porque la costumbre, la familiaridad, el hábito nos ciega. Por eso, para ver más, hay que comportarse como un extranjero en nuestra propia ciudad. Para saber cómo funciona la ciencia hay que ser un extraterrestre, un absoluto ignorante de la labor que en un laboratorio se realiza. Así que cuanto menos sepa nuestro antropólogo de ciencia, mejor.

Los resultados fueron, en muchas ocasiones bastante interesantes, pero el problema estuvo en que ciertas tesis se radicalizaron. Como el antropólogo suele entender todo suceso social como fruto de la cultura que estudia, se entendieron conceptos como realidad, racionalidad, verdad, etc. estrictamente como construcciones culturales o sociales. Por ejemplo, Harry Collins, uno de los máximos representantes del EPOR (Empirical Programme of Relativism), afirmaba que a la hora de explicar cualquier aspecto de la ciencia había que evitar las explicaciones de tipo TRASP (que apelaran a la verdad (Truth), racionalidad (RAtionality), éxito (Success) o progreso (Progress)). Los conceptos fundamentales para diferenciar que una teoría falsa de otra verdadera se terminan por entender en términos de construcción social, y entender algo como construcción social es decir que ese algo está sujeto a las particularidades de una sociedad y de un momento histórico, es decir, es relativizar lo que se pretende explicar. Nuestras teorías científicas más contrastadas empíricamente no serían más que pormenores históricos que hubieran sido bien diferentes si se hubieran dado en otra cultura o momento diferentes.

Bruno Latour y Steve Woolgar llegaban a afirmar que el laboratorio científico era un sistema social de construcción de hechos. Pensemos bien en esta afirmación: los científicos, a la hora de elaborar sus teorías acerca de la realidad, lo que realmente hacen es crear, construir, inventar esa realidad. El laboratorio es un generador ontológico de mundos. La luna existe como un satélite que gira alrededor de la Tierra solo porque unos astrónomos construyeron socialmente este hecho. Pero la radicalidad de sus postulados no queda aquí. Leamos el siguiente texto:

El resultado de la construcción de un hecho es que aparece como no construido por nadie; el resultado de la persuasión retórica, en el campo agnóstico en el que los participantes están convencidos de estar, es que los participantes están convencidos de que no han sido convencidos; el resultado de la materialización es que la gente puede jurar que las consideraciones materiales son sólo componentes menores de los ‘procesos de pensamiento'; el resultado de las inversiones en credibilidad es que los participantes pueden afirmar que la economía y las creencias no tienen relación alguna con la solidez de la ciencia; en cuanto a las circunstancias, simplemente desaparecen de los protocolos finales, siendo preferible dejarlas para un análisis político que tenerlas en cuenta a la hora de valorar el duro y sólido mundo de los hechos.

Latour y Woolgar, Laboratory Life. Citado por Javier Echeverría en Filosofía de la Ciencia.

La idea, por su violencia, me parece genial: el laboratorio es un lugar donde, no solo se inventan hechos, sino que se borra cualquier rastro de su creación, se persuade a sus artífices de que lo que han creado no ha sido creado sino tan solo descubierto. La ciencia sería algo así como una gran maquinaría de lavado de cerebros para hacer creer a sus protagonistas que están descubriendo la auténtica realidad cuando, en el fondo, solo serían algo así como unos poetas ontológicos.

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He tenido el honor de formar parte del Gabinete de Crisis de la Singularidad, capitaneado por Santiago Bustamante para el mítico programa Fallo de Sistema de Radio 3. Rodeado de reconocidos expertos en neurociencias e Inteligencia Artificial, he estado hablando del Test de Turing y de su supuesta superación, y del genial Ray Kurzweil. Os adjunto la dirección del podcast de un programa tremendamente interesante.

Radio 3. Fallo de Sistema. Capítulo 141: desmontando a Kurzweil 02.

Hace unos días el excéntrico ciborg de la Universidad de Reading, Kevin Warwick, daba a conocer la noticia de que un programa había superado el peliagudo Test de Turing, consiguiendo engañar a un 33% de los jueces de que estaban hablando con un humano y no con una computadora. Es una noticia increible, un hito tecnológico histórico. Desde que Turing hablara de su famoso test en los años 50, llevábamos más de sesenta años luchando sin éxito por construir una máquina con un manejo tan sólido del lenguaje natural que pudiera conversar con nosotros con total normalidad. Y es que la tarea es mucho más difícil de lo que, en principio, parecía puesto que el lenguaje humano es mucho más rico y ambiguo de lo que los ingenieros pensaron, además de que múltiples aspectos contextuales o extralingüísticos determinan sensiblemente el sentido de cualquier conversación, mientras que los ordenadores son muy poco sensibles a todo lo que no sea una instrucción literal.

Y entonces llegó Eugene Goostman, un programa creado ya en el 2001 por los ingenieros Eugene Demchenko, Vladimir Veselov y Sergei Ulasen. Ya en otros años había estado a punto de superar la prueba, estando en el 2012 a solo un 1% de conseguirlo, pero ha sido ahora, en junio de 2014, cuando Eugene Goostman ha engañado a más de un 30% de sus interlocutores. Sin enbargo, ¿ha sido realmente así? ¿Se ha superado el Test de Turing? ¿Estamos en un momento histórico? No.

1. Eugene Goostman ha sido programado como un niño de 13 años. Esto es hacer trampas para esquivar a los jueces. Un niño de trece años puede no comprender ciertas preguntas o no saber las respuestas, respondiendo de forma extraña pero, aún así, engañar a su interlocutor. Pensemos que ahora nosotros presentamos a la prueba un programa que representa a un niño de un año de edad que solo sabe decir “tata” y “gugu”… ¡Sin duda pasaría el test!

2. De la misma forma, su nacionalidad es ucraniana (de Odessa) por lo que su dominio del inglés no es perfecto. Otra trampa: así se le podrían perdonar cualquier tipo de errores gramaticales u ortográficos, o incluso, de nuevo, que no comprendiera las afirmaciones de su interlocutor. Igual que antes, pasaríamos el test si presentamos un programa llamado “Mumbutu” que no sabe nada de inglés ya que el solo habla el lingala (idioma del Congo).

3. Hay limitaciones en la prueba, tal como que la conversación no dura más de cinco minutos. ¿Por qué no veinte o treinta? ¿Con qué criterio se pone esta restricción?

4. Hay un extraño secretismo en torno al evento bastante sospechoso. No podemos chatear con Eugene (lo han retirado rápidamente de su web) y, en general, no hay nada de información sobre un evento que debería ser histórico. ¿Cómo funciona el programa? ¿Qué innovaciones representa con respecto a otros programas previos que no pasan el test? En estos días he estado intentando obtener más información en la red con pocos resultados. En los próximos días informaré si encuentro alguna novedad interesante.

5. Y es que yo creo que todo esto no tiene ni la más mínima imporancia. Si escucháis el programa de radio que enlacé arriba y analizais la coversación que Santiago Bustamante pudo conseguir, veréis que roza el esperpento. Yo no comprendo cómo ha engañado ni durante cinco minutos a un interlocutor humano. Creo que todo es algo bastante tramposo que, lamentablemente, va a empañar para siempre el reto de superar el Test de Turing. Como bien dice Antonio Orbe en el programa, Watson de IBM es la joya de la corona, un programa, con total seguridad, muy superior a Goostman y bastante más interesante de seguir.

Enter the Void wide

Aún no sé muy bien cómo Gaspar Noé consigue grabar ciertas secuencias. No sé qué tipo de grúas utilizará para colocar la cámara y cómo las mueve, pero el caso es que el efecto que consigue es realmente alucinante. Gran parte del metraje lo constituyen exclusivamente largos planos cenitales y planos-secuencia en donde la cámara sube al cielo, baja en picado, gira sobre sí misma… pero lo más espectacular es que consigue narrar perfectamente la historia. Uno podría esperar no enterarse de absolutamente nada, pero no, todo está bastante claro y excelentemente bien contado (quizá también porque la trama es simple). La historia, como no podía ser de otra manera tratándose del director del que hablamos, comienza por la mitad (al menos no va marcha atrás como en Irreversible), te va contando lo que pasa antes hasta llegar al principio, y luego te cuenta el final (con múltiples flash-backs al pasado), pero insisto: si otros directores hubieran hecho una película incomprensible, de esas que hay que ver tres veces para enterarte de algo, Gaspar Noé hace que la película tenga mucho más contenido al ser hecha de este modo. Y es que eleva el nivel del montaje a un grado de virtuosismo que yo, personalmente, rara vez he visto. Es un lenguaje cinematográfico muy diferente, pero extremadamente eficaz debido a su maestría técnica. Ha sido realmente bueno que una película de cine experimental haya contado con un presupuesto de más de quince millones de euros (¡y en plena crisis!). Eso se nota.

La fotografía es, igualmente, magistral. Jamás hemos visto Tokio de esta manera. Sí, es ver la ciudad completamente drogado, alucinando, hipnotizado ante el constantemente exagerado efecto de las luces de neón y de los múltiples colores y parpadeos que tiñen las escenas, mostrándonos el estado de ánimo de los personajes. Vemos un Tokio desde las alturas, pero no desde el plano aéreo que veríamos si rodáramos, por ejemplo, desde un helicóptero. Vemos un Tokio a ras de los tejados, atravesando constantemente paredes, entrando y saliendo de habitaciones, como si la ciudad fuera el conjunto de celdillas de un gran panal, como si Noé nos quisiera adentrar en las entrañas, en el corazón de la ciudad. Si te gustó la visión que daba Sofía Coppola de Tokio en Lost in Traslation, esto es lo mismo pero elevado a la enésima potencia.

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¡Ojo, a partir de aquí spoilers!

Está muy bien tratada la indefensión de Linda (Paz de la Huerta): guapísima pero muy ingénua, infantil, durmiendo con su osito de peluche. Siguiendo la fatalidad esperada termina como stripper en un burdel y novia de su dueño. Aquí, todos esperábamos que el novio (Mario) la maltratara, pero curiosamente no pasa nada. La trata bien, a pesar de que el espectador tiene miedo de que en cualquier momento le va a pasar algo malo (más después de la brutal escena de violación de Mónica Bellucci en Irreversible). Óscar, su hermano, quiere protegerla ya que después de quedar huérfanos tras el accidente de tráfico que acabó con la vida de sus padres (y que Noé nos cuenta brutalmente), es lo único que tiene en el mundo. La primera parte de la película está narrada en primera persona, desde los ojos de Óscar, hasta que éste muere asesinado por la policía en el baño de un pub llamado Enter the Void. Después, la imaginería de la película transcurre desde un plano aéreo, desde la perspectiva del “fantasma” de Óscar, que no sabemos muy bien en qué se reencarna (de hecho, el mismo Noé dice que no cree en la reencarnación), pero que está aquí, en cada secuencia (es un logro impresionante hacer que su presencia resulte casi palpable). El film pretende ser aquí una fusión entre el budismo propio de la tradición oriental y el Tokio postmoderno de la actualidad. Esta es la visión que Noé tiene de la ciudad.

El ambiente es sórdido: drogas y prostitutas. Los personajes están al borde del abismo. Óscar es un narcotraficante y Linda está al borde de la prostitución. Es muy significativo que Óscar esté muy preocupado por no caerse desde algún balcón bajo el efecto del DMT. Muchas secuencias se desarrollan en las alturas de Tokio, bajando y subiendo escaleras desde las que da vértigo mirar abajo. Así se expresa muy bien la idea del vacío, de estar al borde del precipicio y caer en la nada. Sin embargo, una vez que has muerto puedes volar, puedes ver todo desde las alturas sin ya miedo a la caída. Esta es la diferencia entre la vida y la muerte: caer al vacío o sobrevolarlo.

Óscar jura que si Linda tiene un hijo con Mario matará a ese hijo. Y así sucede. El “fantasma” de Óscar guía el destino de su hermana y cuando ésta queda embarazada, aborta (por supuesto, con primeros planos quirúrjicos del aborto y del feto). Al final Linda termina teniendo un nuevo hijo con Álex, un artista psicodélico bastante majo, mentor espiritual de Óscar (le presta “El libro de los muertos”), tal como, seguramente, Óscar hubiese querido. Álex será bastante mejor padre que Mario. La promesa de proteger a su hermana se cumple. Concomitantemente, se nos muestra visualmente una perspectiva de la vida después de la muerte. Este es el contenido metafísico de la película. No es gran cosa a nivel teórico, pero Noé no quiere teorizar, quiere visualizar, hacer sentir. Óscar está y no está, “vive” a través de las imágenes y los acontecimientos.

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Lo malo de la película es que Noé hace lo que le da la gana (Él mismo dice que no hace películas para el público), y si mientras la primera parte de la película es genial, la última hora se hace un tanto insufrible. Cada vez que se cambia de escena se hace una larga transición aérea que atraviesa la ciudad hasta llevarnos al lugar de la nueva. Pues bien, yo creo que la película tendrá más de media hora de transiciones sin más, media hora de atravesar edificios sin que pase absolutamente nada. La narración se ralentiza, todo ocurre mucho más despacio y nos tiramos una hora en la que solo pasan dos o tres eventos significativos entre idas y venidas de cámara. Hay que tener en cuenta que la película dura dos horas y media para un argumento que se podría contar en poco más de una. El espectador inquieto al que le gusta la velocidad del cine convencional saldrá espantado ante tanta reiteración. Parece que a Noé le gusta recrearse, volver una y otra vez a lo mismo. Se gusta y repite, pero claro, eso al espectador lo deja hecho polvo. Salen muchas escenas extrañas que no aportan nada a la historia: una de sexo lésbico con el compañero de piso de Álex danzando con dos linternitas, u otra, un largo recorrido sexual por el burdel de Mario, espléndidamente rodado, pero que no entendemos qué pinta en el argumento, más que una nueva recreación del mundo del director.

Enter the Void es una obra de arte, con sus virtudes y sus defectos, que te tocará la fibra, que no te dejará, para nada, indiferente. Es el uso, llevado al extremo, de un lenguaje cinematográfico diferente pero muy eficaz, de una altura técnica pocas veces igualada. Es de un atrevimiento temerario (y es que parece que a Noé le da igual todo, él rueda lo que quiere y punto) que lleva el cine experimental a otra dimensión y que, para gloria de Noé, funciona (aunque no para muchos espectadores). Es una experiencia audiovisual sorprendente que, por lo menos para mí, convierte a este creador en director de culto. Yo la recomiendo encarecidamente pero, ¡ojo!, siendo muy conscientes de lo que vamos a ver. No esperemos lo que no cabe esperar.

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Captura

Parece errado interpretar nuestra percepción según la metáfora de la cámara de fotos. Ya hace varios siglos que nos dimos cuenta que entender nuestros sentidos como un flujo de información que se transmite desde el exterior al interior, era incorrecto. Y tanto más incorrecto pensar que esa información se transmitía intacta en todo su recorrido, de modo que el exterior se plasmaba en el interior tal como era, es decir, que nuestra percepción era un acceso privilegiado al ser, a la realidad tal cual es.  Esta era la visión de Aristóteles: el sujeto abstraía, “cogía” algo del objeto y lo “introducía” en su entendimiento. Sus críticos la denominaron “realismo ingenuo”.

Hoy pensamos que el proceso direccional de la percepción sigue otros caminos. Imaginemos la conducta de un organismo primitivo, entendiéndola de un modo simple como un mecanismo de estímulos y respuestas. El organismo parte de unas características propias que lo definen en cuanto a tal. Así, cuando actúa en el entorno, recibe respuestas de éste. La selección natural entrará rápidamente en acción premiando las mejores actuaciones y extinguiendo las peores. Entonces tenemos individuos que “ponen las cartas sobre la mesa”, es decir, que ponen todo su organismo en juego, y la selección escoge quién gana y quién pierde la partida. La dirección de la actuación va del organismo a su entorno, siendo devuelta por éste. Siendo la percepción un modo como otro cualquiera de actuar en el mundo, la dirección seguiría siendo la misma. El organismo tiene “un mundo interno” que lanza al exterior a la espera de respuesta.

Pero esto no tiene por qué llevarnos a la postura radicalmente opuesta al realismo aristotélico: el idealismo. Esta postura sostiene que todo nuestro mundo mental y perceptivo es una proyección exclusiva del sujeto, no teniendo “el mundo externo”, ninguna intervención en nuestra mente. Es más, incluso se llega a dudar de la existencia de tal “mundo externo”. No, nuestra mente (aunque mejor sería decir nuestro organismo al completo) es fruto de un intercambio entre el sujeto y el objeto. Es cierto que parte del sujeto, de nuestro “mundo interno”, pero el “mundo externo” la moldea. El término correcto para hablar de esta relación es el de retroalimentación.

Pongamos un ejemplo muy ilustrativo sobre la neurobiología de la visión. La mayoría de la gente piensa que nuestra percepción visual es un proceso que comienza por un estímulo externo que es captado por los fotoreceptores del ojo y que viaja por el nervio óptico, pasando por diferentes partes del cerebro hasta terminar en algún profundo lugar del córtex visual. Falso: el estímulo nervioso no sigue una línea recta del ojo al córtex situado en la nuca, sino que en su procesamiento participan muchas partes del cerebro en el que la información va y viene, yendo en múltiples direcciones, e incluso volviendo hacia atrás muchas veces. Los neurólogos llaman a esto reentrada (Edelman insiste muchísimo en ello). La información hace bucles, recorridos de retroalimentación. Profundicemos en el ejemplo: cuando soñamos, se activan áreas cerebrales avanzadas en el procesamiento (como sería lógico) pero, curiosamente, también se activan áreas de visión primarias. Aquí la dirección va “marcha atrás”, haciendo que zonas preparadas para la recepción inicial de información “generen alucinaciones” guiadas por zonas secundarias. ¿Qué diferenciaría entonces la alucinación de una percepción visual real? Nada, en un sentido mental: ambas son percibidas por el individuo de la misma manera (un enfermo mental que tiene alucinaciones no puede distinguir la realidad de la ficción), pero todo en un sentido pragmático: percibir que hay una pared delante de ti hace que no te choques con ella. Cuando nos chocamos, todo nuestro mecanismo de reentrada (o una parte de él) se reestructura, se moldea para que la próxima vez que nuestro organismo se encuentre con algo parecido sepa actuar.

Nuestra mente tiene la gran virtud de poder anticiparse al futuro, puede conjeturar hipótesis o expectativas de cómo se comporta la realidad. Funciona siguiendo un patrón hipotético-deductivo: partimos de una hipótesis inicial de cómo funciona el mundo, la verificamos mediante la acción, y si nuestra hipótesis es falsada, modificamos la hipótesis inicial y así sucesivamente hasta que la hipótesis funcione. De este modo, nuestra “imagen del mundo” no es plenamente objetiva, no es recibir información real del mundo y plasmarla en un teatro cartesiano. Nuestra “imagen del mundo” es una “invención de la mente” que se ha ido moldeando tras cientos de miles de años de selección natural. Es una “ficción útil” que no es fruto ni del individuo ni del mundo externo, sino de la interacción entre ambos. Cabría entender esta ficción como un sistema homeostático y autopoiético que lo que busca es adaptarse al entorno, siendo capaz de autoregularse y modificarse a sí mismo en pro de sus objetivos. Su mejor característica es su extrema flexibilidad para cambiar en virtud de los contratiempos del entorno.