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Cuando uno estudia los orígenes de filosofía en la Grecia presocrática, la primera impresión es la de que esos pensadores albergaban cierta ingenuidad, cierto infantilismo de quien, con gran ilusión, empieza por primera vez una gran empresa. Esto es verdad: los presocráticos tienen la frescura del nacimiento de la filosofía y el, muy interesante para el historiador, impulso originario y originador, pero parecen ingenuos, ya anticuados, poco sofisticados.
A mí esta sensación me dura hasta que llego a la figura de Parménides y a su famoso poema. Unas doncellas hijas de Helios llevan al perplejo Parménides a una cueva en donde una misteriosa diosa le revelará la auténtica verdad, la gloriosa aletheia griega. De esta palabra me encanta tanto su sonoridad como su significado: hacer patente lo que está oculto. Y es que una de las grandes aportaciones presocráticas será diferenciar entre apariencia y realidad. Lo que percibimos por los sentidos, lo que nos dice nuestro día a día (nuestra actitud natural en términos de Husserl) no es lo verdadero, no es la auténtica realidad. La verdad está más allá, oculta tras el velo de las apariencias y sólo accesible al auténtico sabio, al filósofo, al amante incondicional de la sabiduría. A partir de Parménides, la realidad será dual, llegando esta postura a su paroxismo en la teoría del conocimiento kantiana. Pero, ¿es esto así? ¿Hay dos realidades paralelas, una verdadera y otra falsa?
La mayoría de los humanos vivimos en la doxa, la mera opinión vulgar, ya que sólo nos quedamos en este mundo de apariencias sin profundizar en él. Esta valoración peyorativa de la opinión subjetiva contrasta con conductas posmodernas tales como “es mi opinión y es tan respetable como cualquier otra”. Parménides se tiraría de los pelos: ¿Cómo que la opinión propia es digna de respeto e igualable a cualquiera? No, sólo un discurso es digno de respeto: el verdadero. ¿Y cuál es ese discurso verdadero? El del pensar, ya que es idéntico al del ser. Tus sentidos sólo pueden darte opinión, pero tu razón puede hacer que rompas el velo de lo aparente.

Mediante una lógica contundente, la Diosa revela a Parménides la primera ontología de la historia de Occidente. Partimos de dos axiomas: en primer lugar, lo que es es y no que no es no puede ser, ni siquiera puede pensarse ni expresarse; y en segundo, es imposible pasar del ser al no ser ni viceversa (principio de conservación de la materia). Si los aceptamos, ¿qué características podrá tener lo que existe?
1. El ser es increado e imperecedero, es decir eterno. Si el ser tuviera un comienzo, antes de él debería haber no ser, lo cual es imposible ya que el no ser no puede ser y, además, en el comienzo el ser tendría que crearse del no ser (creación ex-nihilo), lo cual contradice nuestro segundo axioma. Razonando igual, el ser no puede tener un final.
2. El ser no fue jamás ni será, ya que es ahora. Si el ser hubiera sido, al ser ahora en el presente ya no sería lo que era en el pasado, y si el ser será, cuando sea en el futuro habrá dejado de ser lo que era en el presente y en el pasado, por lo que el ser deja de ser algo para ser otra cosa, lo cual introduce no ser y eso es imposible. El ser ha de ser actualidad pura, el ser no es que sea sino que está siendo. Esta intuición es tremendamente interesante puesto que sitúa la existencia fuera del tiempo.
3. El ser es indivisible y homogéneo. Si pudiéramos dividirlo en partes, unas partes no serían las otras, lo cual constituye una inadmisible introducción del no ser. Tampoco acepta la diferencia, ya que lo diferente expresa que no se es igual a otro, lo cual introduce de nuevo el no ser.
4. Todo está lleno de ser. Si no fuera así, existiría el no ser, lo cual es absurdo. Del mismo modo el ser es continuo, sin aceptar cualquier discontinuidad de no ser.
5. El ser es inmóvil. Si cambia de lugar, aparte de que el “espacio” en donde se mueve ha de ser de no-ser, ya no sería el que era antes en el lugar que abandonó. De nuevo aparece el inaceptable no ser.El problema de la posibilidad del movimiento será bellamente expresado en las paradójas de Zenón.
¿Cómo es posible que el ser tenga estas características cuando lo que nos parece es todo lo contrario? ¿No es la realidad plural, cambiante (el panta rei de Heráclito), llena de entes efímeros y perecederos, repleta de partes, discontinuidades y diferencias? Sí, pero esa es la realidad de la doxa, de los ignorantes que sólo saben ver con los ojos. Tenemos un instrumento, la razón, que bien usada nos hace conocer la auténtica verdad, la que está detrás de todo, la del sabio.
A pesar de que la ontología de Parménides representa una flagrante confusión de los usos copulativo y atributivo del verbo ser y que, a fin de cuentas, no deja de parecer, a pesar de todo, extravagante, no tenemos que buscar mucho para encontrarle actualidad. Si pensamos en, por ejemplo, la teoría de supercuerdas, en alguna de sus versiones hace falta una realidad de hasta 26 dimensiones… ¿cómo es posible una realidad de tantas dimensiones cuando parece evidente que la nuestra sólo tiene tres? Porque las matemáticas superan el velo de las apariencias para llegar a lo que está más allá. ¿Cómo es posible que, según Einstein, el tiempo cambie según el movimiento? ¿No parece fuera de toda duda que todos vivimos en el mismo presente? Las apariencias engañan.
El ojo humano está preparado para ver unas determinadas longitudes de onda (de unos 400 a 700 nanómetros). Los rayos X tienen una longitud de menos de un nanómetro, por lo que permanecen invisibles a nuestra mirada. Gracias a los descubrimientos de Wilhelm Röntgen quien, el 22 de Diciembre de 1895 realizaba la primera radiografía de la historia, sabemos como es contemplar una realidad de esa longitud de onda. Sería también realmente interesante preguntarse cómo será la realidad de otras secciones del espectro electromagnético, por ejemplo, las microondas (de unos cuantos centímetros) o las ondas de radio (que llegan a varios kilómetros)… ¿Podríamos ver el 105.5 de la frecuencia modulada? ¿Podríamos ver “volando” a nuestro alrededor La rosa de los vientos de Onda Cero?
El fotógrafo británico Nick Veasey ha dado un toque artístico a los descubrimientos de Röntgen, extrapolando la radiología a objetos más allá del cuerpo humano. Aquí tenéis algunos ejemplos.



Más en su Página Web.
Esta ilusión óptica es de las más espectaculares que he encontrado. Resulta que el color verde y el azul claro son el mismo. Es increíble.

Esto muestra como nuestro cerebro percibe los colores de modo contextual, es decir, en función de los colores adyacentes. He perdido un rato el tiempo acercando la imagen con el Photoshop y el efecto se va perdiendo ligeramente cuando vas haciendo zoom en él y el naranja y el violeta pierden protagonismo.

Y ya para echar entero el rato, he recortado un trozo de verde y otro de azul y los he comparado. Efectivamente son el mismo color.

Véase Ilusiones ópticas o Manteniendo la coherencia perceptiva en el Blog Ciencia Cognitiva.
El ojo es nuestro órgano sensorial más importante del cual recibimos aproximadamente el 80% de la información sobre el mundo y en él empleamos casi un tercio de la corteza cerebral (es la actividad que más parte del cerebro utiliza con mucha diferencia). Su finalidad evolutiva es más que evidente: ver te permite localizar el alimento, las hembras o machos y tus posibles depredadores. Los primeros seres que poseyeran la facultad de ver tuvieron que evolucionar muy rápido. En un mundo oscuro en el que se encontraba alimento “a tientas” o, simplemente, esperando quietos a que éste llegara, un ser que pudiera ver y además pudiera moverse (con un flagelo, por ejemplo) tendría una ventaja enorme sobre sus competidores.
¿Cuál es el primer ojo de la historia natural? No lo sabemos con demasiada seguridad, pero los estudios apuntan a algún ser marino de una antigüedad de unos 1.000 millones de años. Los fósiles más antiguos son de una especie de trilobites llamada Roduchia, cuyos ojos de 543 millones de años de antigüedad se asemejan mucho a los de los insectos modernos. Entre las especies hoy existentes tenemos a la euglena, un protista unicelular con el “ojo” más pequeño del mundo (0,0003 cm). En realidad hablar de ojo sería decir mucho, simplemente es una mancha pigmentada que funciona de modo binario: sólo capta la luz o su ausencia mediante un fotorreceptor de adenilato ciclasa. A partir de esta información regula su conducta: cuando hay luz realiza la fotosíntesis (es autótrofa) y cuando no se alimenta del entorno (es heterótrofa). Muchas células fotorreceptoras juntas forman lo que se denomina “ojo plano” propio de muchas especies de medusas. Un conjunto de células fotosensibles ya pueden captar formas en dos dimensiones como si formaran un panel publicitario lleno de bombillas. Si los fotorreceptores se hacen más sensibles y pueden captar la intensidad de la luz, podemos percibir el volumen. Sin embargo, hace falta un cerebro más evolucionado para interpretar bien esas señales.
El caracol marino tiene lo que se denomina “ojo en copa”, que no es más que una superficie cóncava llena de fotorreceptores. El ojo se hace aquí tridimensional y puede percibir con precisión la dirección de donde proviene la luz. A lo largo de la evolución, la concavidad de este ojo se hizo más profunda y sus bordes fueron estrangulándola hasta llegar al siguiente hito evolutivo: “la cámara oscura”. El ojo del Nautilus deja pasar la luz por un diminuto orificio para proyectar la imagen invertida en una retina llena de fotorreceptores. Este ojo permite percibir todo tipo de imágenes, incluso esquemáticas o débilmente iluminadas.

Otro modelo muy común en el mundo animal es el ojo facetado o compuesto propio de los artrópodos. Se compone de un gran número de unidadaes hexagonales llamadas omatidias o facetas cada una de las cuales capta una pequeña porción de la imagen para integrarlas luego en un conjunto de modo que la imagen resultante sería algo así como un mosaico romano. Con un sistema así, algunas especies de insectos pueden captar unas 250 imágenes por segundo (frente a las 24 que capta el ojo humano. Por eso las moscas son difíciles de atrapar) y tienen un ángulo de visión que llega a los 360º (ven en todas direcciones a la vez…).

Supongamos un insecto volando por la plaza del mercado de Brujas. ¿Cómo es ver en 360º? Sería algo así:

Bien, pero nuestro insecto tiene que ver en mosaico. ¿Cómo es ver en 360º con ojos facetados? Algo parecido a esto:

Y, por fin, llegamos al “ojo con lente”, la cima de la evolución, poseído por casi todos los vertebrados y algunas especies de calamares muy evolucionados. Al tener lente se puede enfocar la imagen, consiguiendo más nitidez que cualquier otro ojo. El humano tiene visión estereoscópica o binocular que nos permite ver en tres dimensiones (por eso tenemos dos ojos en vez de uno), capta una gran gama cromática (longitudes de ondas electromagnéticas que van desde los 400 a los 700 nanómetros) con sus más de seis millones y medio de conos y puede ver en condiciones de poca luminosidad (visión escotópica) gracias a sus 120 millones de bastones situados alrededor de la fóvea. Algunas estimaciones afirman que si comparamos el ojo humano con una cámara digital, el ojo tendría una resolución de 250 megapíxeles.

Es curioso como el calvinista Charles Hodge eligiera precisamente al ojo en su obra ¿Qué es el darwinismo? (1874) como ejemplo para combatir la teoría de la evolución. A la afirmación de que su maravilloso diseño no puede ser fruto del azar sino de la inteligencia de un supremo hacedor (de la que ya hablamos aquí) se unía el argumento de que si la evolución era gradual tenemos que encontrarnos ojos inacabados en alguna especie animal y, ¿para qué vale un ojo inacabado? ¿Puede funcionar un ojo al que “le falten piezas”? Pues precisamente del ojo tenemos pruebas de que sí. Hemos visto como los antecedentes evolutivos del ojo con lente consistieron en una concavidad que fue estrangulándose cada vez más hasta cerrarse y, en cada una de sus fases, esos ojos fueron plenamente funcionales. Podemos comprobarlo en especies vivas en la actualidad (los gasterópodos de la familia haliotidae el ojo está casi cerrado y en los del género Turbo el ojo está completamente cerrado y todavía sin lente).
Los 1.ooo millones de años de evolución que ha necesitado el ojo para llegar a ser como es pueden dar algo de luz al hecho de la dificultad que tienen los ingenieros de AI para conseguir que las computadoras puedan ver. El problema, evidentemente, no reside en el hecho de ver (cualquier cámara de fotos “ve”) sino en reconocer los objetos, interpretarlos. Nuestro sistema de visión reconoce objetos en condiciones muy diversas. Si pensamos en una silla, la reconoce en todas las posturas posibles, con cierto grado de incompletud (si sólo veo media silla sigo reconociendo que es una silla) con diferentes grados de luminosidad que cambian su color; reconoce diferentes tipos de sillas (con tres patas, circulares, sin respaldo, amacas, sillones…). Marvin Minsky, uno de los pioneros de la AI, creyó ingénuamente que sería sencillo que los ordenadores reconocieran objetos. Larry Roberts fue el primer informático que intentó realizar un programa de reconocimiento visual y sólo consiguió un rotundo fracaso. Es tremendamente difícil emular un sistema tan sumamente sofisticado. A día de hoy, lo más avanzado que existe en este tema es un programa desarrollado en el MIT por el laboratorio de Tomaso Poggio que se presentó en el 2007. Es un programa que, después de un entrenamiento previo, es capaz de reconocer en fotografías si están presentes o no los objetos que ha aprendido a reconocer.
La empresa de AI Numenta permite descargar en su página Web la demo de un programa de reconocimiento de imágenes que reconoce varias categorías de objetos en una serie de fotografías. La verdad es que acierta bastante.
Leyendo El Error de Descartes de Antonio R. Damasio me he quedado perplejo. A finales del capítulo quinto Damasio nos habla del método de imagería neuroanatómica mediante el que el profesor Roger Tootell demostró en simios que, cuando estos veían determinadas formas geométricas sencillas, la actividad neural en zonas concretas de la corteza vistual se organizaba topográficamente en unas formas que guardaban una similitud estructural más que notable con la forma percibida.
En la ilustración, en una de las capas de la corteza visual primaria (capa 4C) las neuronas realizan su actividad con una similitud estructural pasmosa con respecto al estímulo… ¿Nuestro cerebro “dibuja” lo que percibimos? Es decir, ¿no sólo interpreta lo percibido sino que lo “proyecta” realmente? ¿Nuestro cerebro tiene una “pantalla interna” como las cámaras de fotos digitales?

Uno de los argumentos más poderosos en contra de la teoría del diseño inteligente es que, a pesar de lo increíblemente sofisticados que son los seres vivos, en muchos de ellos se ven tremendas “chapuzas” que cualquier ingeniero mínimamente coherente hubiera podido subsanar con facilidad. Como Dios es infinitamente sabio, no entendemos cómo al guiar la evolución cometiera errores de diseño.
Jesús Mosterín nos pone el ejemplo del ojo humano, caso que utilizó antes William Paley para demostrar las virtudes de diseño del creador, como muestra, precisamente, de “chapuza” de diseño. Pero… ¿no es el ojo humano una maravilla de la evolución? Sí, pero no es, ni de lejos, el mejor diseño posible. ¿Por qué?
Los vasos sanguíneos que se encargan de nutrir el ojo están delante de la retina y no detrás como sería lógico. La luz tiene que atravesarlos para llegar a los fotorreceptores del ojo… ¿No sería mejor que estuvieran detrás y no interfirieran el paso de la luz? Igualmente pasa con el nervio óptico, que está delante, de tal forma que, aparte de interferir el paso de la luz, necesita abrir un agujero para salir del ojo, provocando el famoso punto ciego. ¿No sería fácil que la red de nervios estuviera detrás de la retina? Si fuera así, ambos ojos no tendrían que trabajar conjuntamente para que no percibamos una “mancha invisible” (punto ciego) en nuestra percepción de la imagen. En este sentido, el ojo de ciertas razas de calamares muy evolucionados, lo tiene solucionado (es curioso como un ser que nos parece tan poco evolucionado como un calamar tiene ojos con lente al igual que los mamíferos).
El clásico juego para encontrar el punto ciego consiste en cerrar el ojo izquierdo y, con el derecho, mirar la “x”. Después acerque o aleje la cabeza hasta que el punto de la derecha desaparezca. Entonces habrá detectado el punto ciego de su ojo derecho.

Así, Francisco J. Ayala afirma que hablar de la teoría del diseño inteligente es blasfemar, es llamar a Dios chapucero. Stephen Jay-Gould viene a afirmar algo parecido en el primer capítulo de su obra El pulgar del panda. Más chapuzas de la creación pueden leerse en el capítulo 14 del libro de Mosterín Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo.
Las ilusiones ópticas se suelen mostrar como pruebas demostrativas de que nuestros sentidos nos engañan y como base para el constructivismo perceptivo (lo percibido es una construcción del sujeto). Pensar que lo que percibimos está muy influenciado por nuestra educación, sociedad, personalidad, estado emocional, etc. es algo que no tiene discusión, no obstante tiende a malentenderse. Pongamos un ejemplo:
Si estoy en mi casa después de haber visto una película de terror es fácil que interprete el ruido de las viejas cañerías de mi casa como los pasos del terrible asesino de la peli viniendo a por mí. En otro caso, si no he visto ninguna película de terror, interpretaré el ruido de las cañerías como lo que realmente es sin preocuparme. El constructivismo tiende a decir que en ambos casos el sonido escuchado es diferente cuando realmente no es así. Por mucho que pueda estar asustado y confundir el ruido de las cañerías con pisadas, realmente he escuchado el ruido de las cañerías, pues el sonido es algo plenamente objetivo: tiene una longitud de onda determinada que es captada por los receptores del órgano de Corti en nuestra cóclea de modo absolutamente objetivo. Posteriormente, nuestro cerebro (no sabemos casi nada de cómo lo hace) interpreta esa señal y le atribuye una determinada causalidad (aquí es donde cabe el error perceptivo).
La hipótesis de Whorf-Sapir (en su versión más fuerte), propuesta ya por Von Humboldt, que afirma que según el lenguaje que tengas, vivirás en un mundo distinto, es errónea. Es cierto que si no tienes palabras para referirte a determinados conceptos abstractos, esos conceptos no existen para ti, pero el árbol que está delante de tu casa sigue estando allí independientemente de cómo lo llames o si no lo llamas de ninguna manera. Las palabras no pueden crear objetos. Del mismo modo, nuestra percepción no construye subjetivamente todo lo que percibe.
Argumentar, en base a una serie de ilusiones ópticas, que “inventamos” o “construimos” la realidad al percibirla equivale a decir que como podemos cometer errores al realizar un problema matemático, las matemáticas son plenamente subjetivas. No, las ilusiones ópticas son errores, que muestran que nuestros sentidos, al igual que cualquiera de nuestras facultades, están sujetas a equivocarse. Y es que realmente ilusiones ópticas hay muy pocas. Cuando tengo que explicar a mis alumnos esa extraña manía de los filósofos de negar la realidad del mundo de los sentidos no tengo muchos ejemplos (siempre utilizo, y es cutre, el de la pajita en un vaso de agua que parece quebrada). Con algo más de imaginación y, con una conexión a Internet, uno encuentra muchas más ilusiones ópticas popularizadas a partir de las teorías de la Gestalt. Veamos algunas:
Ésta es la famosa espiral de Frazer. Por definición, una espiral está formada por una sola línea que se va enrollando sobre sí misma hasta acabar en el centro de la imagen. Vale, ponga el dedo en el punto A superior y siga su trayectoria. En teoría debería seguir y seguir hasta llegar al círculo blanco del centro pero… vuelve sobre sí mismo al mismo punto… Realmente aquí no hay una espiral, sino ¡¡¡un montón de círculos!!!.
Esta es de mis favoritas. Viendo la imagen, yo me jugaría todo mi dinero, mi casa y mi coche a que las casillas A y B son de diferente color. La A es de un gris muy oscuro y la B es de gris muy claro… No son del mismo color. Bien, imprima esta imagen y, con unas tijeras, recorte ambas casillas y compárelas… ¡¡¡Son exactamente iguales!!!
Siga las instrucciones y verá como las circunferencias se mueven. Viendo estas tres (si tiene más curiosidad aquí hay muchas más) hay quien argumentaría que nuestros sentidos nos engañan, que construimos la realidad de modo subjetivo. La geometría es una ilusión, viendo la primera… la luz es otra, viendo la segunda… y el movimiento es otra, viendo la tercera. Ya está, los pilares del conocimiento occidental destruidos.
No, en vez de pensar en esta línea es más lógico pensar en otra. La Gestalt propuso una serie de leyes para explicar cómo conseguíamos las gestalten (formas, figuras, composiciones…). Primero criticaron la forma clásica que teníamos de entender lo percibido (el estructuralismo de Titchener, sobre todo) como una suma de propiedades o estímulos sensibles (color, forma, tamaño… los estructuralistas fueron muy minuciosos intentando analizar todos y cada uno de los posibles estímulos sensibles). No, pensó Wertheimer, el resultado de la percepción no es una suma de estímulos, sino algo más. Agrupamos estas percepciones según unas leyes, rellenamos huecos, inventamos cosas que no existen… todo ello para que nuestro cerebro se quede tranquilo pensando en que lo que percibimos tiene significado, sentido. ¿De estos descubrimientos podemos decir que nos inventamos la realidad? No, más bien podemos deducir lo espectacularmente bien diseñado que está nuestro cerebro (¡ojo! los del diseño inteligente que se alejen de este Blog) para percibir la realidad lo mejor posible.
El argumento fundamental es el siguiente: nuestro sistema perceptivo es fruto de la evolución y como tal una herramienta para sobrevivir. Si todo lo que percibiéramos fuese falso o absolutamente subjetivo… ¿habríamos sobrevivido? Percibir un tigre que se avalanza sobre ti es algo que hay que percibir muy bien para seguir vivo. Si según mi personalidad, sociedad, cultura, etc. yo no lo percibo, no hubiera sobrevivido y, por lo tanto, mis descendientes no hubieran llegado muy lejos. Parece lógico pensar que ya que nuestra especie sigue viva, nuestro sistema perceptivo no nos engaña del todo.













